RELOJ

El tiempo es aquello que nos separa de nuestros recuerdos, te digo arrastrando un poco, sólo un poco, las letras. Un día me dijeron que así mi voz sonaba más seductora, y hoy necesito seducirte.

El tiempo pasa, continúo, porque hemos vivido momentos que tienen un antes y un después, y ese antes y ese después son el tictac de la existencia, un tictac del que los relojes intentan un pálido remedo. Para qué queremos relojes, te pregunto mirándote a los ojos mientras te quito el tuyo, si ya tenemos los tic amenazadores que marcan la llegada de un momento amargo, o los tac melancólicos que anuncian el final de un instante de plenitud, o los tic y tac apagados y planos de momentos vacíos, que también llegaron y se fueron.

Intento modular mi voz para que adquiera tonos profundos, envolventes, sensuales, y prosigo con que no hay nada más absurdo que fiar nuestro tiempo al reloj. Como si fuéramos así a controlarlo; cuando en realidad lo que hacemos es construir un tiempo artificial, redondo, marcado por unas manecillas que se mueven, siempre a la misma velocidad, para no ir a ninguna parte, y terminan encerrándonos en círculos equiláteros prefabricados. Te pregunto si tú crees que el tiempo se mueve siempre a la misma velocidad, mientras mis dedos rozan tus cabellos.

Te miro y sonrío. Lo que quiero, añado, es construir nuestro propio reloj, tuyo y mío, que nuestros momentos sean su tic y su tac, y que los tic y los tac se mezclen como una música escrita en pentagramas temporales blandos. Quiero que compartamos nuestro futuro. Y también quiero que vayamos convirtiendo, juntos y poco a poco, ese futuro en pasado: porque compartir el pasado es tan hermoso como compartir el futuro, pero muchísimo más irrenunciable y definitivo.

Veo que sonríes y nos cogemos las manos. Tic. Cerramos los ojos, estamos, luego nuestras manos se separan. Tac.  Saco un paquete del bolsillo y te lo entrego. Te miro mientras lo abres, preguntándome qué cara pondrás cuando veas el precioso reloj que te regalo.

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2 pensamientos en “RELOJ

  1. “Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj”
    Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca . Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

    Julio Cortázar, Historias de cronopios y
    de famas.

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