EL PUEBLO DEL RÍO (y II)

(Primera parte en: El Pueblo del Río I)

Apenas me doy cuenta de que estoy sorbiendo mi cuarta jarra. Cae la tarde; los rayos del sol se reflejan sobre el agua, y todo adquiere unas tonalidades anaranjadas y plácidas. Dejo en libertad a mi pensamiento para que vague por donde más le plazca. Primero está un rato observando, con más curiosidad que sorpresa, el contraste entre nuestra situación, de dolor y de muerte, y lo apacible del lugar. Luego mi pensamiento va río abajo. En aquella dirección, no muy lejos ya, han de estar las enormes llanuras de agua que nadie de nuestro pueblo ha visto jamás. Lo sé, lo sabemos todos porque el día anterior al ataque habíamos capturado a un pastor que aseguraba situarlas a unos pocos días de marcha. Y mi pensamiento también lo sabe porque hay algo especial, indefinible, que flota en el aire. La cerveza me cuesta un poco más de tragar. El estómago empieza a hincharse; pronto estaré listo. Así que llamo a mi pensamiento y lleno mi quinta jarra.

Nuestro pueblo había vivido río arriba durante tanto tiempo que nadie sabía, ni mucho menos recordaba, desde cuándo, ni siquiera las Guardianas de la Sabiduría. Éramos el Pueblo del Río, y nuestras aldeas y ciudades se extendían por las orillas de aquella amplia corriente de agua que no cesaba de fluir. Era el nuestro un pueblo próspero, trabajador, respetado y temido por sus vecinos, con tiempo para la pesca y para la caza, para las cosechas y, cuando hacía falta, para la guerra. Pero también éramos un pueblo con tiempo para la música, para la poesía, para la filosofía, para ver crecer a nuestros hijos; y para el amor. El río era nuestro guía, nuestro sustento, nuestra fuerza. Las viejas tradiciones explicaban que el río era un gigantesco anillo por el que el agua daba vueltas y vueltas alrededor del mundo, movida por la fuerza de un Dios poderoso y benevolente. Y eso creíamos, y en las fiestas del solsticio nos tomábamos de las manos en círculo como tributo a ese Dios, a ese anillo de agua del que nos reclamábamos descendientes y vasallos. Y así había sido durante generaciones.

Pero sucedió que viajeros venidos desde lejanas tierras propagaron extrañas habladurías, y en esas habladurías se decía que el río no era eterno, sino que iba a morir en un charco de asombrosas dimensiones, un infinito de agua al que llamaban “mar”. A pesar de lo absurdo y blasfemo de tales historias, la inquietud se propagó como el fuego en la paja seca. Los rumores circularon, las discusiones subieron de tono. Hubo tumultos, y algunos extranjeros fueron agredidos. Finalmente, nuestra reina decidió averiguar la verdad. Así que ordenó a sus mejores guerreros, exploradores y navegantes que tomaran armas, pertrechos y provisiones en abundancia, y aparejaran la más sólida de sus naves. Ordenó que también se embarcaran dos sanadoras, un geómetra, el pintor más afamado, una poetisa, un cronista y una Guardiana de la Sabiduría buena conocedora de la naturaleza de las plantas y de los animales. Debíamos partir cuanto antes río abajo, y viajar tan lejos como fuera necesario, durante tanto tiempo como hiciera falta, para alcanzar esas aguas de inabarcable grandeza, si existían, y, si no existían, recorrer todo el río hasta volver a casa; o perecer en el intento.

El día de nuestra partida hubo una gran fiesta, y el Pueblo del Río se reunió para tributarnos una calurosa despedida. Iniciamos nuestro periplo, y mientras navegamos por aguas conocidas, los aldeanos nos saludaban al pasar, y a menudo nos entregaban regalos y nos escoltaban pequeños trechos con sus canoas. Pero poco a poco fuimos penetrando en lo desconocido, y las riberas se fueron tornando progresivamente hostiles. Seguimos río abajo durante muchas lunas, y enfrentamos peligros de todo tipo. Luchamos contra bestias salvajes y contra pueblos belicosos, arrostramos violentas tempestades, cruzamos rápidos en que los remolinos nos agitaron con furia mientras la espuma cubría el agua con su blancura amenazante. Superamos enfermedades, vencimos nuestros miedos, aplacamos el desánimo. Y al parecer habíamos llegado cerca, muy cerca; pero a la vez estábamos insalvablemente lejos.

La historia de nuestro periplo ya nunca será narrada, ni cantada, ni dibujada, ni los desiertos de agua medidos. El cronista agoniza en la bodega, el pintor fue alcanzado por las llamas, el geómetra murió a causa de unos miasmas. Es cierto que la poetisa monta guardia junto a mis compañeros; pero mucho me temo que antes de tener tiempo de componer canción alguna, compartirá con ellos su funesto destino. El mío será algo diferente.

Una suave brisa sube por el río. Miro río abajo, mientras empieza a oscurecer. No veo nada, pero detrás de aquellos recodos, detrás de aquellos árboles, me parece sentir la presencia de algo gigantesco y líquido. La brisa me trae un aroma apenas perceptible, pero sin duda embriagador; noto en la piel la llamada del infinito, la llamada de esas aguas que se extienden más allá de lo que alcanza la vista, más allá de lo concebible. Y no entiendo muy bien por qué, pero huelo a sal.

La quinta jarra de cerveza es un suplicio. Mi estómago, hinchado, se niega a admitir más líquido. El gas de la cerveza se mueve dolorosamente por mis entrañas, y yo aprieto las mandíbulas para que no se me escape por la boca. Es ya casi de noche.

Me despojo de la coraza, esta especie de segunda piel, que me ha salvado la vida, y miro con curiosidad la abolladura que ha causado la jabalina; por dentro hay sangre seca, es mi sangre. Pero no importa, esa sangre ya no la necesito para nada. Me quito las botas, el yelmo, y todo cuanto pudiera hacerme pesado en el agua. Hago un gesto a mi amigo, a mi hermano de armas, con quien hemos combatido cien veces codo a codo. Le he explicado mis designios, y le he pedido que me ayudara. No me ha hecho preguntas. Está preparado, y se acerca con una cuerda en la mano. Compruebo el nudo corredizo, asiento y le devuelvo la cuerda; luego le abrazo en silencio. Me subo a la borda del bajel, con las piernas colgando hacia fuera. En ese momento, aunque no los veo, sé que los demás han alzado sus espadas, en un gesto de despedida mudo. Inspiro profundamente. Hago una señal; entonces, mi amigo me desliza el nudo corredizo por el cuello, lo aprieta con todas sus fuerzas apoyando su rodilla en mi espalda, asegura la atadura para que no se afloje. Algo cruje cerca de mi garganta, pero no presto atención al dolor. Noto una presión terrible en el cuello; esa presión me tranquiliza, me da seguridad, la seguridad de que podré cumplir mi destino. Más deprisa de lo que yo creía, se me empieza a nublar el entendimiento. Con la última brizna de conciencia, me dejo caer al agua. Mi cuerpo flota sin necesidad de yo moverme. La corriente empieza a arrastrarlo, río abajo. Seré el primer hombre del Pueblo del Río en llegar al agua infinita, y habré cumplido las órdenes de mi reina.

Antes de cerrar los ojos para siempre, noto de nuevo, más intenso y próximo, lo que ya sé identificar como el hálito del mar.

EL PUEBLO DEL RÍO (I)

Bebo sin placer mi segunda jarra de cerveza, mientras el sol inicia el descenso hacia poniente. Bebo como un deber, sin gusto ni alegría. El agotamiento, la tensión, el miedo, el dolor, embotan mis pensamientos; por eso tardo en entender qué es lo que me produce el malestar sordo que me invade. Al final, me doy cuenta de que cerveza y placer siempre han estado muy juntos a lo largo de mi vida, de manera que beber la una sin experimentar lo otro me enfrenta a una especie de disonancia que me desconcierta e incomoda. Aunque, por mi oficio, no soy muy dado a metáforas, esta disonancia me evoca algo parecido a la muerte del amor. Sacudo la cabeza para ahuyentar tan estériles pensamientos. Luego, contemplo con tristeza la jarra que acabo de vaciar, y con decisión, y también con resignación, la lleno por tercera vez. Escucho el gorgoteo de las aguas del río al fregar sobre el casco de nuestro barco embarrancado. En otro momento, ese gorgoteo hubiera sonado como una melodía gentil; ahora lo hace como un murmullo apremiante.

El día anterior habíamos sido atacados. A lo largo de nuestro viaje, no era la primera vez que sucedía, aunque probablemente sería la última. Justo en el momento en que la claridad del día, amorfa y blanda, empezaba a asomar por oriente, una horda de guerreros de caras oscuras había caído sobre nosotros. Al amparo de la oscuridad, se habían acercado a nado a nuestro barco, y habían trepado a bordo sin que los centinelas se apercibieran. En un abrir y cerrar de ojos, aquellos feroces guerreros estaban en cubierta dispuestos a darnos muerte a todos. Nuestros centinelas, cumpliendo por última vez con su deber, cargaron contra ellos y les detuvieron, aunque sólo por un corto espacio de tiempo; pero fue un tiempo suficiente para sacudirnos las últimas hebras de sueño y tomar nuestras armas. Los del Pueblo del Río somos valientes luchadores, y pongo a los dioses por testigos de que aquel día dimos fe de nuestra bravura. Enarbolando mazas y espadas, protegidos por nuestros escudos y yelmos, caímos sobre los asaltantes. La lucha fue cruenta, y muchos compañeros sufrieron heridas terribles; otros cayeron para no levantarse más. Pero cuando el sol alcanzó lo más alto del cielo, no quedaba un salvaje vivo a bordo: todos habían huido, habían sido lanzados por la borda o habían hallado la muerte a nuestras manos.

Pero no hubo tiempo, ni de hecho motivo, para cantar victoria. Agotados, magullados, cubiertos de sangre nuestra o de nuestros enemigos, vimos con horror que durante el combate nos habían cortado la estacha del ancla que nos sujetaba al lecho del río, lejos de las orillas. Ahora íbamos a la deriva, hacia unas rocas tras las que aquellos diabólicos enemigos estaban parapetados. Intentamos maniobrar la vela, armar los remos. Pero se desencadenó el infierno: nos dispararon negras flechas de afiladas puntas, nos arrojaron piedras, nos lanzaron extraños artefactos que esparcían un fuego maligno; incluso cayeron sobre cubierta serpientes venenosas que se retorcían en busca de las pantorrillas de nuestros combatientes. Cuando estuvimos más cerca, gruesos garfios de hierro hicieron presa en las bordas de la nave, para arrastrarnos y estrellarnos contra las rocas. Entonces, el grito de guerra del Pueblo del Río resonó entre los meandros, y nuestros arqueros lanzaron dardos con mortífera puntería para obligar a los enemigos a esconderse; mientras, algunos protegimos a los marineros con los escudos oblongos, para que pudieran maniobrar y apartar el barco de aquella trampa mortal. Luchamos con denuedo, y corrió nuestra sangre. Algunos hermanos murieron atravesados por flechas, otros ardieron como teas, otros perecieron empozoñados por la mordedura de los malditos reptiles. Hasta nuestro capitán murió: fue atravesado por un garfio metálico, arrancado de nuestro lado sin que pudiéramos evitarlo y arrastrado a las aguas, que se tornaron rojas, mientras él aullaba de rabia más que de dolor, y nos exhortaba por última vez a no desfallecer.

La cerveza de la tercera jarra baja por mi garganta, mientras las sombras se alargan. Al tragar, siento un dolor agudo en el costado, donde ayer fui alcanzado por una pesada jabalina. La coraza impidió que la jabalina me atravesara de parte a parte, pero el golpe me dejó sin respiración y muy probablemente con algo roto en mi interior. Pero ya no me importa el dolor, ni el del costado, ni el del desgarro del brazo, ni la herida de la mano, ni ninguno de los demás cortes y rasguños. Sólo me importa acabar mi tercera jarra, pues empieza a acercarse el momento de ir al encuentro de mi destino.

Cuando llegó la noche, nuestro barco yacía, escorado, sobre unos bancos de arena. Habíamos conseguido apartarnos de las rocas, apagar los incendios. Pero el precio había sido muy alto. El barco, como una bestia herida de muerte, había ido dando tumbos hasta embarrancar. Los muertos habían sido arrojados por la borda con todas sus armas, para que sus cuerpos reposaran en el fondo del río. Los heridos habían sido bajados a la bodega, sin esperanzas, pues las dos sanadoras que llevábamos a bordo empuñaron la espada para ayudarnos cuando la situación era más desesperada y habían caído durante el combate. Los demás, sin soltar las armas, apostados, pasamos las horas de oscuridad ojo avizor, en un duermevela tenso. Se veían antorchas ir y venir por las orillas, pero no hubo más ataques. Al alba, la misma claridad, amorfa y blanda que el día anterior nos había traído muerte y destrucción, nos trajo, esta vez, desolación y desesperanza. Estaba claro que nuestro barco ya no abandonaría su lecho de muerte arenoso, y aunque no se veía ni rastro de los guerreros de piel oscura, todos sabíamos que estaban dejando pasar el tiempo, y que aguardarían hasta que pudieran acabar con nosotros sin mucha resistencia. A bordo, los heridos no se quejaban; los demás no maldecíamos nuestra suerte ni nos lamentábamos: el Pueblo del Río sabe esperar la muerte en silencio.

TOCAN A MUERTOS

Tocan a muertos. Es un toque lento, solemne, contenidamente triste. Suena la campana grande, luego silencio, luego la pequeña, luego más silencio, luego otra vez la grande… El espacio entre tañidos da tiempo a que la nota se prolongue, se debilite y se extinga del todo, como si fuera el hálito de la persona que acaba de morir. El silencio se prolonga, hasta que se escucha la voz de la otra campana, que quedará en el aire unos instantes hasta que, a su vez, se extinga. Puede que sean los silencios los que dan al toque de muertos su aspecto fúnebre, su inequívoco marchamo de punto final.

 Cuando era niño y oía tocar a muertos, quedaba levemente sobrecogido, como en suspenso; pero era un sobrecogimiento efímero. Cuando era niño yo no sabía lo que era la muerte, y ni siquiera sabía que no lo sabía. La muerte era entonces algo que siempre les sucedía a los otros, y que significaba pena, llanto y ropas negras. Si tocaban a muertos estando en la escuela, el maestro nos hacía levantar y persignar; si oíamos tocar a muertos mientras estábamos jugando, deteníamos por un instante nuestros juegos, congelábamos nuestras risas sin saber muy bien por qué, y mirábamos hacia el campanario, como si allí pudiera esconderse la razón profunda de la muerte. Pronto volvíamos a nuestras batallas, exploraciones, pelotas o canicas, y nos olvidábamos del resto. Las voces de las vecinas, comunicándose el nombre del finado, formaban una especie de trasfondo sonoro al que prestábamos escasa atención.

Una vez iba corriendo (¿por qué tenemos tanta prisa cuando nos queda casi todo el tiempo del mundo?) en busca del medio cuartillo de aceite que mi madre me había encargado comprar en la tienda de ultramarinos del final de la calle. El tío Demetrio estaba sentado, como siempre (¿por qué tenemos tan poca prisa cuando el tiempo casi se nos ha acabado?), en la silla que solía sacar a la puerta de su casa. En aquel momento empezaron a tocar a muertos. El tío Demetrio se puso de pie y se quitó la gorra. Era un día de invierno, y el viento del norte barría el pueblo con su soplo helado. Yo dejé de correr, y le dije:

—Tío Demetrio, que se le va a enfriar la cabeza.

El respeto por los mayores seguía en aquel entonces unos cánones diferentes de los vigentes hoy en día; el tratamiento de usted era irrenunciable, pero al tío Demetrio era muy normal para nosotros, chiquillos, lanzarle pullas y cuchufletas, a las que solía reaccionar con gracejo y descaro. Vaya, una especie de esgrima inocente para prepararnos a lo que luego nos fuera a deparar la vida. Aquel día, el tío Demetrio me miró de una manera que aún hoy no sabría definir, y respondió, con una seriedad trascendente y concisa que nunca le había visto:

—Un difunto bien merece un poco de frío en mis sesos.

Y como puede que no me viera muy convencido, añadió:

—Cada vez que tocan esas campanas… Cada vez que muere uno del pueblo… El pueblo muere un poco. Nosotros morimos un poco. Bueno, tú un poco, yo un bastante.

Creo que fue la primera vez que pensé que, al fin y al cabo, eso de morirse no era sólo cosa de los otros. Así que me alejé al paso, sin contrarréplica, pues cuando uno está ante una gran verdad lo mejor es guardar silencio. Y mientras me alejaba estremecido por el frío del viento y por el frío de una muerte que acababa de mirar con otros ojos, el tío Demetrio seguía en pie, con la gorra en la mano, y yo me prometí que cuando las campanas tocaran por el tío Demetrio, me pondría en pie y me quitaría la gorra.

 Tocan a muertos con solemnidad y tristeza. Las dos notas, la de la campana grande y la de la pequeña nacen y se extinguen, sin cabalgarse, sin apremio, como simbolizando la intemporalidad en la que ha entrado el muerto.

 La vida dio algunas vueltas, y me llevó lejos de mi pueblo, a la ciudad, donde las campanas de las iglesias no tocan a muertos y los viejos de los bancos no se quitan las gorras, claro, por qué iban a quitárselas si las campanas de las iglesias no tocan a muertos, y ellos no mueren un poco, ni un bastante, con cada muerto, sino que mueren todo de golpe, al final. Pasó el tiempo, y pasaron cosas y más cosas, y hubo cosas que no pasaron, pero ni unas ni otras creo que importen mucho a nadie, ni siquiera a mí ya. Luego la vida dio algunas vueltas más, y volví al pueblo, que era ya otro pueblo, o tal vez el que era otro era yo. Ya nadie se acordaba del tío Demetrio, que había muerto sin que yo me quitara la gorra. Pero, eso sí: las campanas seguían doblando cuando se producía una muerte y yo, por algún motivo, empezaba a morirme un bastante, en lugar de un poco, cada vez que las oía.


Hoy tocan a muertos, de una manera especialmente solemne y triste. Puede que algún niño detenga un momento su juego. Puede que alguien se ponga en pie y se quite la gorra. Puede que ese mismo niño piense que la muerte es algo que sólo les sucede a los otros. No importa, tiempo tendrá de convertirse en uno de esos otros, como me he convertido yo, que descanso tranquilamente en mi ataúd, mientras el sonido de las dos campanas me envuelve y la gente del pueblo muere un poco, o un bastante, conmigo. Por primera vez en mi vida (¿o debería decir en mi muerte?) el toque de muertos no me estremece, sino que me acompaña.

LA HISTORIA MÁS HERMOSA JAMÁS ESCRITA

Érase una vez un padre que gustaba de leer historias a sus hijos. Y sus hijos gustaban de que su padre les leyera historias. Una vez acostados los niños, el padre se sentaba en el suelo, cerca de sus camas y abría el libro; con la lectura, se asomaban de la mano a las ventanas maravillosas de la fantasía. Así, juntos, corrieron aventuras sin fin, domeñaron sanguinarias fieras, descubrieron países secretos, se codearon con princesas y dragones, con piratas y buscadores de oro, desafiaron a brujos de gran poder y escucharon a sabios, anduvieron con seres fabulosos, contemplaron tesoros de inabarcable riqueza, exploraron templos olvidados, selvas y grutas, flotaron en el cielo y vivieron bajo el mar.

Pero sucedió que un día al padre se le ocurrió pensar lo bello que sería leer a sus hijos una historia que él hubiera imaginado y puesto en palabras. Y así decidió que iba a escribir una historia, pero no una historia cualquiera, sino la historia más hermosa jamás escrita, pues eso quería para sus hijos.

De manera que se sentó a su mesa con pluma y papel, y pensó y pensó, y luego siguió pensando. Pero por mucho que se esforzara, el papel siguió en blanco, pues ni el título había sido capaz de componer. Al ponerse el sol, guardó su pluma y su papel, y se fue a leer a sus hijos, como hacía cada noche. Mas una semilla de melancolía empezaba a germinar en su corazón.

Al día siguiente volvió a su papel en blanco, y con ahínco buscó frases para dar forma a ideas que no se le ocurrían. Al llegar la noche, apenas unos pocos trazos que nada querían decir ocupaban una esquina de su hoja. Aquella noche, mientras leía a sus hijos, se dio cuenta de que la melancolía era ya algo más que una semilla.

Y los días pasaron. El papel siguió en blanco, y la melancolía creció y creció, tanto creció que a aquel pobre padre le empezó a costar respirar. Así que decidió partir, en busca de esa historia que quería escribir y que iba a ser la historia más hermosa jamás escrita. Leyó a sus hijos por última vez, dejó una nota de despedida y se puso en marcha hacia donde había visto ponerse el sol.

Anduvo por fértiles valles, cruzó ardientes desiertos, navegó por mares tormentosos, vadeó ríos de turbulentas aguas, cabalgó por praderas infinitas y atravesó desfiladeros en montañas escarpadas y blancas. Pernoctó en posadas, hosterías, caravasares, ventas y campamentos. Habló con gente de toda condición, desde arrogantes príncipes que vivían en ostentosos palacios hasta humildes leñadores que moraban en oscuras cabañas. Y por las noches echaba de menos a sus hijos, y lloraba por las historias que no les leía, y echaba de menos a su esposa y lloraba por no tener junto a él su cuerpo suave y cálido, y su voluntad flaqueaba.

Pero por la mañana, fortalecida su voluntad, seguía adelante. Mas su porfiar resultó vano, y siguió sin hallar aquello cuya búsqueda le atormentaba. Hasta que llegó un día en que, hastiado por lo estéril de su jornada y al borde de la desesperación, abrió su corazón a un hombre sabio que vivía en una gruta de las montañas y que le había dado cobijo una noche de tormenta. Puede que en verdad no fuera a un hombre sabio a quien abriera su corazón, sino a un poeta sin rimas que halló en una taberna y con quien había compartido un par de jarras de vino caliente, de ese que hiere la cabeza y el alma. Incluso hay versiones apócrifas que sostienen que no fue ni en una gruta ni en una taberna, y que ni fue a un sabio ni a un poeta a quienes hizo partícipes de su infinito desasosiego, sino que fue en un pajar y a una ramera, entre cuyos brazos había corrido a refugiarse, enfermo de soledad y borracho de nostalgia.

Pero nada de eso importa, pues lo cierto es que el sabio cavernícola, o puede que fuera el poeta amante del vino, o tal vez la ramera complaciente, le dijo, le dijeron:

—Peregrino, tu búsqueda ha terminado. Presta atención a lo que has de hacer. Tu viaje no es sino un hilo, un hilo que has ido dejando detrás de ti. Debes tomar ese hilo entre tus manos, y, una vez lo tengas, lo agitas, lo revuelves, lo barajas, lo bates, lo desordenas. Atento ahora, pues el hilo se ha tornado en revoltijo. Al revoltijo le das un poco de forma, amasándolo, pero una forma cambiante y sin aristas. Luego añades aquí y allá tus sueños y tus miedos, y lo envuelves, aunque no del todo, con la música de las montañas y el susurro de las aguas. Después lo pueblas con cosas y gentes que hayas encontrado en tu camino, y también con cosas y gentes que no hayas encontrado pero hubieras podido encontrar, incluso con las cosas y gentes que eres incapaz de imaginar. Lo riegas más tarde con tu dolor y tu soledad, y haces crujir tus dientes y vibrar tus huesos para iluminarlo, lo calientas con tu sangre derramada, y dejas que fragüe con la tristeza amarga del recuerdo de tu esposa y de tus hijos. Finalmente, lo restriegas por los olores de los lugares maravillosos y horribles en los que has estado, cuya luz brilla, lo veo, en el fondo de tus ojos. Cuando hayas hecho todo eso, toma pues pluma y papel, y luego vuelve a casa en paz, pues habrás cumplido tu destino.

Y aunque el papel, que todavía llevaba en su zurrón, era ya más amarillo que blanco, y la tinta de su pluma estaba ya casi seca, el hombre se puso a escribir febrilmente, con tal entrega que pasaron setecientos treinta días y setecientas treinta noches antes de que pusiera el punto final a su historia. Y el día setecientos treinta y uno el sabio, el poeta y la ramera vieron y leyeron, y afirmaron que, sin duda, aquello era, con casi total seguridad, la historia más hermosa jamás escrita.

Y el hombre emprendió el camino de vuelta. Cuando llegó a su casa, su esposa, que estaba en la puerta, lo vio desde lejos y corrió hacia él. Ambos se abrazaron largamente y mezclaron sus lágrimas. Luego entraron en casa. El hombre apenas podía contener su impaciencia, esperando a que se hiciera la hora de ir a dormir, y el tiempo caprichoso decidió pasar despacio. Pero al final el sol se puso y llegaron las tinieblas, pero los hijos no acudieron. El hombre, extrañado, y con su obra en una mano un tanto temblorosa, le preguntó a su mujer. Con un suspiro, ésta respondió:

—Marido mío, tus hijos han crecido mientras estabas fuera. Ahora ya no necesitan tus historias para dormir. Ahora han partido para escribir ellos mismos la historia de sus vidas…

El hombre lloró en silencio, mientras un frío que parecía surgir de lo más profundo del invierno empezaba a crecer en sus entrañas.

Y para que el frío no se apoderara de él, arrojó al fuego las hojas escritas.


Addendum

Puede que si el hombre cuyas tribulaciones explico más arriba hubiera tenido un blog, su historia no se hubiera perdido y yo se la hubiera podido leer a mis hijos. Lo que aprovecho para recordar que mañana hará dos años y 81 entradas que habito, a ratos libres, este blog.

LA SERVILLETA AMARILLA

La mesa es pequeña, y está un poco apartada, y la mujer tampoco es que sea muy grande, y también parece apartada de casi todo, así que mesa y mujer hacen juego, y la mujer retira con desgana la servilleta amarilla que envuelve los cubiertos, esos cubiertos envueltos que le ha puesto el camarero, y se los ha puesto sin excesivo cariño, todo hay que decirlo, sin mirarla, pues según qué clientes no tienen derecho a cariño, ni a cortesía casi, a esos clientes se les pone el cubierto, se les pone el plato, claro, pero se les pone el plato como se le pone el tapón a una botella vacía, como se le pone el punto final a una instancia, piensa el camarero, aunque en realidad no lo piensa, ya se ha olvidado de la mesa, que hay que saber que el camarero ve sobre todo mesas, raramente ve las personas que se sientan a las mesas, especialmente si son mujeres como aquella, que en ese momento dispone ordenadamente los cubiertos al lado del plato único de su medio menú, sin derecho a bebida, que ya beberá luego del botellín que lleva en el bolsillo y que ha llenado en la fuente, sin derecho a postre, y es que las cosas no están para muchas alegrías, que suele decirse, aunque tampoco parece que fuera a haber mucha alegría en un poco de agua mineral y, pongamos, una manzana, digo yo, así que a falta de alegría estira su servilleta de papel, sí, la misma que envolvía los cubiertos, su servilleta de papel amarillo, suspira y ataca, sin prisa, ni placer, ni alegría, que eso ya habíamos dicho que no había, ataca el plato, y cumple así con su deber de alimentarse, atacar, cumplir su deber, qué marcial suena todo eso, pero, créanme, ustedes que no estaban allá, nada evocaba menos la milicia y el ardor guerrero que aquella pobre vieja en aquella mesa pequeña y apartada, cumpliendo su parte de un contrato que alguien debió firmar por ella un día, cosas que tiene no leerse la letra menuda, cumpliendo la parte que decía que debía alimentarse, y sí, ya no sé si lo había dicho o no, la mujer era vieja, no muy vieja, sólo razonablemente vieja, y la mujer razonablemente vieja comía en silencio, menuda obviedad que se me acaba de escapar, comía en silencio, por supuesto, cómo iba a comer la pobre, echando un discurso tal vez, si nadie la veía, si nadie la miraba, si los parroquianos atendían a sus asuntos, entre los que no estaba, por supuesto, nada que tuviera que ver con aquella mujer comiendo en silencio, ni siquiera el camarero la ve, sólo verá la mesa vacía cuando se vaya, y recogerá el servicio, que como no te he visto no me acuerdo, que dice el refrán, un poco adaptado, eso sí.

Y ustedes se preguntarán que cómo y por qué sé yo todo eso, y la respuesta es muy sencilla, tan sencilla como que yo pasaba cerca de aquel bar de mi barrio, y apoyé la cara contra el cristal, y me puse a mirar al interior en busca de unos coleguillas que a veces paraban allí, y como no estaban pues seguí mirando con descaro a mesas y comensales, que el descaro es prerrogativa de los que tenemos la virtud de ser jóvenes, virtud de la que, por cierto, carecía la mujer solitaria, como ya ha sido explicado antes, y anduve un rato mirando, mi nariz apretada contra el cristal, mis manos haciendo pantalla para evitar los reflejos, y por eso he podido explicarlo, pero sucedió que cuando empecé a quedarme sin descaro que derramar a través del cristal, me pareció que la mujer salía de su burbuja de indiferencia y silencio, y me miraba, y entonces yo también la miré, y mi descaro se tornó insolencia, y nos miramos un rato y un extraño frío empezó a recorrerme la espalda, e hice ademán de irme, pero entonces la mujer, súbitamente implorante, me suplicó, que no sé cómo pude escucharla a través del grueso cristal:

—Chico, eh, chico… Por favor… ¡Mírame! Necesito que alguien me mire y me vea. Si nadie me ve es que no existo, si no existo terminaré por desvanecerme… ¡Por favor!

—Maldita vieja… —mascullé casi para mis adentros—. A quién le importa que tú desaparezcas o aparezcas o te fulmine un rayo cósmico.

Y, con rabia, cerré los ojos, los cerré con todas mis fuerzas, pero sin apartarme del cristal, que quería que me viera así, cerrando los ojos de par en par, y sí, ya sé que fue un poco cruel, pero si el mundo no fuera un sitio un poco cruel los dioses se aburrirían infinitamente, es una idea que un día se me ocurrió en clase de religión, y seguí con los ojos cerrados un buen rato, y cuando por fin volví a abrirlos el camarero estaba recogiendo el plato y los cubiertos, y en el suelo había una servilleta amarilla un poco arrugada y no muy sucia.

NOMBRES CAÍDOS

 

—¡Papá, papá! —grita el niño, entrando atropelladamente en su casa a la vuelta del colegio—. Hoy nos ha dicho la maestra que el niño aquel, el que tenía tantas pecas, ya no volverá…

—Sí, Cristobalito —le contesta el padre removiéndose un poco incómodo en su butaca—, a Ernestito, el pobre… cómo decirlo… se lo han llevado los ángeles del Cielo y está con el buen Dios.

—Eso, Ernesto —murmura perplejo el niño sin acabar de entender muy bien lo que ha pasado.

***

—Oye, Catalina, hace tiempo que no veo al panadero jubilado, sabes quién digo, aquel viejo simpático de la gorra que se tomaba el cafelito aquí delante, no me acuerdo de cómo se llama… —mira el hombre interrogativamente a su joven mujer.

—Tadeo. Tadeo se llamaba, menuda cabeza la tuya, Cristóbal. Y claro que llevas tiempo sin verlo, como que se murió —le informa al punto Catalina, un punto pizpireta.

—Vaya, Tadeo… —dice Cristóbal, y se queda pensativo.

***

—Don Cristóbal… —intenta apremiarle la asistenta— dese prisa, o va a llegar tarde al médico. Mire, doña Catalina le está esperando en el recibidor…

—Que ya voy, que ya voy… —gruñe Cristóbal.

Y al ver asomar la cabeza de su mujer desde el recibidor le espeta:

—Digo yo que por esperar cinco minutos no le pasará nada al doctor ese… ese… como-se-llame, el de la barba gris, demonios.

Y responde Catalina:

—Bernardo, Cristóbal querido, te refieres al doctor Bernardo. Pero me temo que el doctor Bernardo no nos espera, ni nos esperará más, que se murió de un mal aire hace unos meses. Y seguro que su sustituto es un joven impaciente, así que apúrate.

—Claro, Bernardo, eso es… —masculla Cristóbal algo preocupado.

***

—Hija —pregunta Cristóbal con voz temblorosa a una mujer ya no demasiado joven—, no te lo creerás pero soy incapaz de recordar el nombre de tu madre.

—Papá…

A la hija, sorprendida, parece que le cuesta hablar.

—Papá… ¿Cómo no recuerdas el nombre de mamá, si hace un mes estaba todavía viva y a tu lado?

—Hija, hija…

La voz de Cristóbal se quiebra.

—Hija, no sé qué me pasa, no puedo, lo he olvidado…

—Catalina, papá, mamá se llamaba Catalina.

—Catalina… —solloza Cristóbal.

Las lágrimas resbalan mezcladas por sus mejillas; padre e hija están ahora unidos por un abrazo de náufragos.

***

—¿Alguien me podría decir cómo me llamo?

Pero ni siquiera el silencio responde a su pregunta.

SOLITARIO

La primera vez que los vi juntos estaban en la mesa de un café del barrio antiguo. A ninguno de los dos podía considerarle amigo; sólo coincidíamos, de tarde en tarde, en algunos lugares y situaciones, por lo que yo los tenía catalogados como “conocidos de saludo obligado y derecho a conversación breve”. De cada uno de ellos sabía lo justo, necesario y adecuado para poder ejercer, de terciarse, el derecho a conversación mencionado; es decir, conocía unas pocas de sus coordenadas vitales, como por ejemplo su nombre, modo de vestir, lugares que les gustaba frecuentar y cosas por el estilo, e ignoraba el resto. O puede que el resto lo hubiera olvidado, pues uno tampoco hace grandes esfuerzos por recordar cosas de los conocidos de saludo obligado y derecho a conversación breve, ni siquiera cuando la memoria es joven.

Me acerqué a su mesa. No se trataba de husmear el porqué de estar juntos, eso para mí carecía de interés. Pero me gusta ver caras conocidas. Tener gente a la que saludar me da una agradable sensación de pisar terreno firme, y hace que los lugares los sienta un poco más míos. Ellos no me vieron, así que tuve tiempo de observarlos. Estaban jugando a una especie de solitario, e iban disponiendo las cartas sobre la mesa. Las movían de un montón a otro, de una hilera a un montón, de un montón a una hilera, guiados por unas leyes que no supe adivinar, como no conseguí tampoco entender el objetivo final de los movimientos, si es que había algún objetivo final, me apostillé a mí mismo. Sus cuatro manos se movían vivazmente, y llevaban con gracia y determinación de un lado a otro, a través de caminos secretos regidos por secretos códigos que sólo ellos dos conocían.

Estuve un rato así, mirándolos, sin cumplir mi deber de saludo ni decidirme a ejercer mi derecho a breve conversación. Había algo, como una especie de burbuja que los incluía a ellos pero me excluía a mí, una delgada frontera que delimitaba un territorio al que yo no tenía acceso. Pasaron unos segundos, minutos tal vez, y la situación empezó a ser incómoda. Interrumpirlos era como entrar sin llamar, pero irme era un tanto desairado y ridículo. En esas estaba cuando, por suerte, uno de los dos, él o ella, no recuerdo, alzó la vista. Luego la alzó el otro, ella o él, tampoco recuerdo. En sus ojos noté algo que yo no esperaba, difícil de describir. Desde luego, había mucha felicidad. Una felicidad profunda y compartida, un chorro de felicidad que iba de los ojos de uno a los de otra, y de los ojos de otra a los de uno, una felicidad que no me incluía a mí, ni a mí ni al resto del mundo, todo hay que decirlo, y de la que, claramente, el solitario no era la causa, aunque puede que sí el instrumento. Mentiría si dijera que noté rechazo, o fastidio. Ambos sonrieron, me saludaron, incluso cálidamente. Un poco descolocado, aproveché mi rapidez de reflejos y les dije, sin más preámbulos:

—Haciendo un solitario en compañía… ¡oh sublime paradoja!

Su sonrisa se hizo más amplia, respondieron algo que no recuerdo. Pero la burbuja seguía ahí, no habían abierto la puerta. Así que pretexté unas vagas y urgentes ocupaciones, me despedí y me batí en retirada con un regusto dulceamargo, que la felicidad es dulce, pero que fuera una felicidad por completo ajena a uno siempre deja un poco de amargura, oh cruel egoísmo.

Archivé el asunto en algún rincón de la memoria, y casi me había olvidado de él cuando, al cabo de un tiempo, aquella pareja dio que hablar. Al parecer, la historia no había acabado bien. La chica era de buena y acomodada familia, y su buena y acomodada familia tenía para ella ciertos planes que no incluían relación alguna, ni ilícita ni, mucho menos todavía, lícita, con un joven de familia de inmigrantes, sin posición, ni alcurnia, ni beneficio conocidos, ni, por supuesto, desconocidos. Nunca supe los detalles, pero me contaron que se habían prohibido los encuentros, que se habían erigido muros y alambradas, sociales, claro, y que las salidas y paseos fueron vigilados. Se terminó por enviar a la chica a un caro pensionado extranjero, y como esto no es una novela rosa, pues eso, que se produjo la ruptura. También me explicaron que él se lo había tomado con frialdad, con mucha frialdad. Y hasta me pareció percibir un atisbo de crítica por el hecho de que el chico no hubiera tenido el decoro de actuar como se debe en estos casos, es decir, por no haber raptado a la chica, ni haberse dado a la bebida, ni haber escrito poemas desesperados, ni, siquiera, haberse cortado las venas.

Pasado un tiempo, volví a verlo. Estaba él solo, sentado en la mesa de otro café, una mesa que se me antojó más pequeña que la otra, puede que más oscura también. Sobre la mesa, las cartas se movían de montón a montón, aunque parecía que pesaban más, que los movimientos eran menos decididos, más torpes e imprecisos. Estuve un buen rato observándolo, sin atreverme a acercarme. Durante ese rato, los montones crecían y decrecían, las hileras se formaban y disolvían, pero todo parecía, esta vez definitivamente, carente de cualquier objetivo final. Al final, me decidí. Junto a él, y como no alzaba la cabeza, después de un breve carraspeo, no tuve mejor idea que decir:

—Debe de ser apasionante, este juego…

Me miró con una mirada vaga e inexpresiva, muy distinta de la que le había visto tiempo atrás. Y respondió:

—No… qué va. Es el juego más soso y aburrido que jamás se haya inventado.

Sentí una especie de escalofrío, y emprendí la retirada, esta vez sin pretexto alguno.

Él siguió llevando y trayendo cartas de allá para acá.