NECESITÁBAMOS «LA NORIA»

Dice Axel Münthe, refiriéndose a un libro suyo, algo así como que “…murió de muerte natural, y el reducido duelo que lo acompañó a la fosa común del olvido soportó su pérdida con obstinada resignación”. Muchos libros mueren. Algunos mueren deprisa, de puro prescindibles que son, y otros lo hacen después de una larga y fecunda vida. La muerte, como fenómeno estadístico, no es intrínsecamente mala, de hecho es imprescindible, en la biología y en la literatura. Pero también existe la inmortalidad, que queda reservada para las grandes obras maestras. Además, están aquellos libros que no mueren del todo, sino que entran en una especie de letargo del que pueden despertar. Si lo hacen, durante un tiempo aportan a nuevas (o viejas) cohortes de lectores todo eso maravilloso e imposible de inventariar que aporta la literatura a los que leen. Querría creer que ese es el caso de La noria, de Luis Romero, mi padre, reeditado por editorial Comanegra, por cuya intercesión la obra vuelve a estar en las librerías. Una cuidada edición en forma de una caja en que a la obra original le acompaña otra novela coral, Gira Barcelona, a cargo de escritores actuales. La noria, por lo tanto, va a dar unas cuantas vueltas más.

A Joan Manuel Soldevilla (JMS), profesor de literatura, y a mí nos presentó Tintín en un aeropuerto hace ya unos años. Él ha sido, probablemente, uno de los primeros en leer La noria recién reeditada, lectura que le inspiró una serie de comentarios que me escribió. Le he pedido permiso para recogerlos y publicarlos en este blog, y no he podido resistir la tentación de apostillarlos como El Biólogo Descarriado que soy (EBD), y el resultado ha sido una especie de conversación entre nosotros.

JMS. He vuelto a leer La noria y he disfrutado. Muchísimo. La había leído dos veces, en aquella edición de Círculo de Lectores —con esa cubierta de Yzquierdo hipnótica— que supongo que dio una enorme difusión al texto allá en los setenta; una siendo un adolescente y otra siendo joven, quizás con treinta años. Siempre me había gustado pero ahora, con cincuenta y pocos, me ha entusiasmado. Y emocionado.

EBD. En efecto, La noria fue el libro recomendado del trimestre en Círculo, en 1971, y eso ayudó a darle una nueva vida. Pasado el boom de Círculo, siguió vendiéndose, aunque fuera modestamente, en sucesivas ediciones de Destino hasta los 80, en que podríamos decir que cayó en el olvido editorial. El recuerdo sobrevivió en algunos lectores, en estudios literarios, en algunas bibliotecas… Pero incluso su papel como una de las novelas clave sobre Barcelona se fue diluyendo.

JMS.  Sí, una novela sobre Barcelona, de crítica social. Sí, bueno. Cuando se ha hablado de La noria con frecuencia se ha hecho desde una perspectiva historicista; que si novela representativa de lo social, que si destacada por el uso del monólogo interior, que si retrato de Barcelona paralelo a La colmena… La he querido leer como lo que es, una novela, sin todo eso que le echaron desde antes de nacer, y la he disfrutado. Me ha entusiasmado el ritmo, el tempo narrativo, ese metrónomo implacable que resuena en toda la novela y que la cohesiona de forma admirable.

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Luis Romero en Cadaqués, en 1953, poco después de regresar a España después de haber ganado el premio Nadal. Fotografía: Francesc Català-Roca

EBD. El tiempo… sí, es verdad. Yo leí la novela por primera vez con quince o dieciséis años, y la he releído por cuarta o por quinta vez este verano. Cada vez encuentro algo nuevo, no sé si porque soy capaz de profundizar más, o porque mis ojos han ido cambiando con los años. Pero esto del tiempo tienes razón, no lo había percibido tan claramente. La novela sigue un eje temporal muy estricto, y las horas, no las horas, los minutos, avanzan de manera inapelable. Casi diría que es ese flujo del tiempo el que hace girar los cangilones (perdón por el palabro, podría haber dicho arcaduces, pero sería todavía peor) de la noria. Puede que ese flujo inevitable se refleje en el estilo…

JMS. Admiro el estilo, certero, controlado, que sabe encontrar un equilibrio entre el poema y la crónica; el narrador, todopoderoso, que muestra, valora y opina con una extraña combinación de misericordia y distancia.

EBD. Misericordia… Me gusta la palabra, aunque yo no la hubiera empleado. Siempre he creído que en muchas de las novelas de mi padre, a pesar de que se lleva al lector a un mundo injusto, opresivo, triste, gris, hasta sórdido en ocasiones, siempre queda un resquicio para la esperanza, tal vez lo que tú llamas misericordia del narrador. Este resquicio, muy taponado por todo lo demás, no todo el mundo lo percibe; es curioso.

JMS. Esperanza… Fíjate: este verano he elaborado un texto sobre Cervantes y Barcelona, y leyendo ahora La noria he descubierto una analogía curiosa, no sé si casual. Don Quijote llega a Barcelona una madrugada del día de San Juan, más o menos la madrugada que retrata la novela; la aurora de Barcelona no tiene cuatro columnas de cieno, como la de Nueva York, sino luz, esperanza, algarabía, vida…  Tanto en Cervantes como en Romero. Por otro lado, una curiosa paradoja, ¿cómo una novela que confluye hacia un amanecer espléndido puede tener este tono crepuscular?

EBD. ¡Una influencia cervantina en La noria! Eso realmente suena bien. La crítica de la época (y algún periodista actual también, y con más énfasis) quisieron identificar en La noria influencias de Dos Passos (Manhattan transfer), de Schnitzler (La ronda), de Virginia Woolf (Mrs Dalloway) y de Cela (La colmena). Lo que sucede es que mi padre, cuando escribió La noria, no había leído ninguno de estos libros, salvo La colmena. En cambio estoy seguro de que había leído El Quijote, obra de la que era un apasionado. Quién sabe…

JMS. Hay páginas soberbias y personajes extraordinarios, retratados con una profundidad y sutileza admirables. Dos cosas he descubierto que en lecturas anteriores no había advertido con tanta rotundidad: el miedo y el sexo, que fluyen por la ciudad desde sus cabañas hasta sus palacios como un extraño magma que todo lo empapa.

EBD. El miedo… Yo no lo acabo de percibir, pero puede que tengas razón, sobre todo si por miedo entendemos la incertidumbre, las estrecheces, el no saber qué va a haber mañana para comer. Y el sexo, desde luego. Aunque yo prefiero decir “abundancia de historias galantes”, tal vez inspirado por el título del primer capítulo (Madrugada galante). Pero… ¿y la ciudad? ¿Qué papel crees que desempeña?

JMS. La ciudad la he sentido muy cercana. No viví esa Barcelona, yo nací en los sesenta, pero la he reconocido como la mía, no sé si porque me fui de ella a finales de los ochenta, antes de la fiebre olímpica que todo lo cambió. Pero intuyo que no es por eso, sino porque el autor lo que ha hecho es crear una ciudad universal y atemporal. Que retrata con precisión un momento histórico, es cierto, pero que trasciende la anécdota y la convierte en universal. Intuyo que un lector de Buenos Aires o de París se reconocería en esta ciudad, que no es la suya.

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Diversas ediciones y traducciones de La noria. La edición a la que ace referencia JMS es la de abajo, en el centro.

EBD. Supongo que eso explica el éxito de la novela fuera del ámbito estrictamente barcelonés. Aunque no fuera la obra más traducida de mi padre, sí se publicó al menos en francés, italiano y alemán e italiano, en editoriales de mucha difusión (Robert Laffont, Paul List y Fratelli Fabri).

[sonrío con cierto embarazo… no sé si sacar el tema].

EBD. Y… esto… Por cierto… ¿y mi epílogo? ¿Qué te ha parecido?

JMS. Tu texto final, soberbio; inteligente y sutil, sitúa al autor en la obra y en el tono de la obra, y retrata de forma magnífica al novelista con sus propios mecanismos. Un acierto admirable.

EBD (…)

JMS. Una idea final: sería apasionante preparar una edición anotada con las explicaciones de todas las referencias sociales, culturales, musicales, urbanas o históricas que aparecen; no porque la lectura la exija –el libro se disfruta sin saber quién era El Coyote o qué era Locura de amor-, sino porque todas ellas forman una constelación apasionante de estampas que retratan un mundo extinguido y que ya pertenece a la historia.

EBD. Pues tomo nota, aunque habrá que esperar unos años, otro despertar del letargo del olvido.


ADDENDUM

El día 24 de noviembre, a las 19:30, habrá un acto de homenaje y en conmemoración del centenario de Luis Romero. Lo anuncio sobriamente, pero me hace una especial ilusión. Nos hace.

Aquí está la invitación al acto

Aquí está el vínculo a la nota de prensa del acto

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UN LARGO TRAGO DE VINO

Hace calor. El sol de agosto da de lleno en los tripulantes del pequeño llagut. Pero es un sol tolerable, incluso placentero para algunos, pues no es un sol obligado, sino libremente consentido, en algunos casos buscado. Además, el sol que cae mientras se flota en miles de millones de litros de agua salada es más compañía que castigo.

En la barca azul, que avanza con parsimonia hiriendo apenas la superficie del mar gentil del verano, vamos mi mujer, mis hijos, algunos amigos, yo. Alguien abre la pequeña nevera portátil y saca la bota de vino, que va pasando de mano en mano, de trago en trago. En la bota hay un vino frío, aderezado y templado por la pez que lleva la bota en sus entrañas. Cuando me llega el turno, la alzo con las dos manos, casi como si alzara un bebé: una mano cerca de la embocadura, otra en su vientre redondo, que presiono con suavidad. El pequeño chorro que brota me llega directamente al paladar, rebota en las paredes de la boca, salpica mi lengua; noto su frescura, su sabor, su aroma, su tacto, y dejo, con voluptuosidad, que se deslice por mi garganta. Cierro los ojos y prolongo el trago. Me inunda una sensación de plenitud intensa, mis humores más hipogeos afloran a mi piel y parecen hacer entrar en erupción a todos y cada uno de mis poros. Es un momento efímero y eterno.

Cuando abro los ojos estoy en la misma, aunque también distinta, barca azul, y navegamos por un mar que se diría que es el mismo mar pero no la misma agua. Yo también soy yo, pero no el yo de hace un rato. Tengo la bota en la mano, y la paso mecánicamente a la persona de mi derecha, incrédulo, pues los tripulantes no son los de antes. En la barca veo ahora a mis padres, a amigos suyos que ya hace mucho que dejaron de navegar. Miro mis manos, mis piernas, mi pecho: no son los míos pero sí son los míos. A mi alrededor, todos sonríen, salvo los que ríen abiertamente. Hablan, callan, a veces cantan; sobre todo, gozan de ese placer primario, epitelial que es ir en barca. Gozan como gozo yo, y como gozaré yo dentro de muchos años. Los veo, los oigo, casi los toco. Me emociono, pero intento disimular. Quiero decir algo, pero no sé qué. Gritaría que les echo mucho de menos, pero pensarían que me he vuelto loco, que me ha afectado el vino, que a mi edad no debería beber de la bota. Además, a qué iba a venir eso en medio de ese rato de felicidad compartida. Se me escapa una lágrima.

La bota ha dado ya la vuelta y me llega por la izquierda. Sé lo que va a suceder. La tomo en mis manos, indeciso. ¿Qué pasaría si la tirara por la borda? Pero no: cada cosa tiene su tiempo, su ritmo y hay ruedas que no deben dejar de rodar. Así que levanto la bota y le doy un largo trago, intenso, benefactor. Cierro los ojos.

Al abrirlos de nuevo, veo que me rodean mi mujer, mis hijos, mis amigos. Estoy profundamente turbado. Le paso la bota a mi hijo, o puede que sea a mi hija, que está a mi lado. En ese momento me doy cuenta de que una lágrima le resbala por la mejilla. Lo miro, la miro, asustado, pero no me atrevo a decirle nada, mucho menos a preguntarle. Parece indeciso, o indecisa, pero al final levanta la bota y le da un largo trago, en el que adivino la misma plenitud de la que acabo de disfrutar yo. Cuando termina, vuelve a sonreír; la lágrima ya se ha secado.

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Dedicado a esa barca azul, la Gloria, de cuya botadura se han cumplido cincuenta años este verano, y también en memoria de aquellos que a bordo de ella fueron felices.

RELOJ

El tiempo es aquello que nos separa de nuestros recuerdos, te digo arrastrando un poco, sólo un poco, las letras. Un día me dijeron que así mi voz sonaba más seductora, y hoy necesito seducirte.

El tiempo pasa, continúo, porque hemos vivido momentos que tienen un antes y un después, y ese antes y ese después son el tictac de la existencia, un tictac del que los relojes intentan un pálido remedo. Para qué queremos relojes, te pregunto mirándote a los ojos mientras te quito el tuyo, si ya tenemos los tic amenazadores que marcan la llegada de un momento amargo, o los tac melancólicos que anuncian el final de un instante de plenitud, o los tic y tac apagados y planos de momentos vacíos, que también llegaron y se fueron.

Intento modular mi voz para que adquiera tonos profundos, envolventes, sensuales, y prosigo con que no hay nada más absurdo que fiar nuestro tiempo al reloj. Como si fuéramos así a controlarlo; cuando en realidad lo que hacemos es construir un tiempo artificial, redondo, marcado por unas manecillas que se mueven, siempre a la misma velocidad, para no ir a ninguna parte, y terminan encerrándonos en círculos equiláteros prefabricados. Te pregunto si tú crees que el tiempo se mueve siempre a la misma velocidad, mientras mis dedos rozan tus cabellos.

Te miro y sonrío. Lo que quiero, añado, es construir nuestro propio reloj, tuyo y mío, que nuestros momentos sean su tic y su tac, y que los tic y los tac se mezclen como una música escrita en pentagramas temporales blandos. Quiero que compartamos nuestro futuro. Y también quiero que vayamos convirtiendo, juntos y poco a poco, ese futuro en pasado: porque compartir el pasado es tan hermoso como compartir el futuro, pero muchísimo más irrenunciable y definitivo.

Veo que sonríes y nos cogemos las manos. Tic. Cerramos los ojos, estamos, luego nuestras manos se separan. Tac.  Saco un paquete del bolsillo y te lo entrego. Te miro mientras lo abres, preguntándome qué cara pondrás cuando veas el precioso reloj que te regalo.

EL PRIMER NIÑO QUE LEYÓ TINTÍN

Una entrada para celebrar el día de Sant Jordi. Intento explicar una historia que tiene varios principios y no sé si algún final.

El día de Sant Jordi (San Jorge, se decía entonces, o simplemente Día del Libro) era un día especial para mi familia. Mi padre solía salir por la mañana a firmar sus obras, y a veces íbamos a verlo, a las Ramblas, al Paseo de Gracia o a alguna librería, que entonces, oh paradoja, había bastantes. A mis ojos de niño, resultaba maravilloso que la gente quisiera leer lo que mi padre había escrito; de hecho, me sigue pareciendo maravilloso ahora. Y encima que se acercaran a él para que les firmara una dedicatoria: “Con un amistoso saludo, Luis Romero”; por cierto, para desesperación de mi madre, que solía recriminarle que para ser un escritor, mostraba bien poca imaginación en la dedicatorias. Luego mi madre, por la tarde, me acompañaba a recorrer puestos, a husmear entre libros, siempre amparado por un pequeño crédito a fondo perdido que me permitiría comprar un volumen, tal vez dos si sabía administrarme bien. Y el día terminaba en el altillo de la Librería Argos, donde se reunían escritores del momento. La historia que quiero explicar empieza justamente un Día del Libro, concretamente el Día del Libro de 1964. Ese día mi padre publicó un artículo en La Vanguardia, y ese artículo desencadenó una serie de hechos, muy modestos en verdad, pero de los que quiero dejar constancia, cuando se cumplen 49 años de su publicación.

En realidad, puede que la historia no empiece el día de Sant Jordi de 1964, sino un día de septiembre de 2011, mientras espero embarcar en un vuelo hacia Milán de una aerolínea de bajo coste. El vuelo anda retrasado, no mucho, sólo unas pocas horas, y pienso que aterrizaremos muy tarde en Milán. Allí me esperan para llevarme en coche hasta Génova, donde al día siguiente a primera hora he de pronunciar la conferencia inaugural de un congreso. Eso quiere decir que llegaré a las tantas al hotel, me iré a dormir a las cuantas tras repasar mis notas para la charla, al día siguiente habrá que madrugar, estar brillante, sonreír a todo el mundo… O sea: que estoy de mal humor. El bocadillo al que me han invitado a guisa de compensación por el retraso era realmente desangelado, así que ha empeorado las cosas. De forma que busco consuelo en la lectura: hace tiempo que a todas partes voy con un libro encima, y así los tiempos muertos se convierten en tiempos muy vivos. Serán las influencias de aquellos lejanos días del libro… Salgo de mi enmimismamiento literario forzado por un súbito movimiento, en régimen turbulento, de mis compañeros de espera. Me consta que ese tipo de movimiento suele preludiar infaliblemente el anuncio de embarque; y así es: una voz, en la que incomprensiblemente no hay ni rastro de culpabilidad o arrepentimiento, empieza a pedirnos (ordenarnos, conminarnos) que nos dirijamos a la puerta tal. Casi a la vez, vibra mi móvil en el bolsillo. Tantos estímulos simultáneos me desconciertan, cojo el móvil, cierro el libro, busco la puerta tal, miro el número, desconocido, dudo entre responder o no, al final me decido y respondo, mientras me dirijo a la cola de embarque, y meto el libro en la mochila (tres acciones a la vez, me digo admirado). La llamada es de un tal Joan Manuel Soldevilla, que se presenta como catedrático de lengua y literatura, aunque pronto percibo que su verdadera naturaleza, o al menos la naturaleza con la que yo voy a tratar, es la de tintinólogo, tintinófilo o, mejor,  tintinaire (tintinero). Conversamos brevemente, y quedamos emplazados para comunicarnos y vernos más adelante. Las investigaciones de Soldevilla, de las que me hace un breve y amable resumen, hacen que, cuando embarco, lo haga como el primer niño documentado que leyó Tintín a casa nostra, désele al “nuestra” el alcance que a cada uno le parezca. Estoy sorprendido, e incluso secreta e injustificadamente orgulloso.

Ahora bien, también puede que la historia no empiece ni en 1964 ni en 2011, sino un día de diciembre de 1960, probablemente el día 10, cuando cumplí cinco años. Mi madre, que traducía para editorial Juventud, me regaló una primicia: un libro grande, en cuya portada se veía un señor (sí, un señor, eso me pareció a mí entonces) con un incomprensible tupé que miraba, con cara de susto, una seta gigante; a su lado, un perrito blanco compartía el susto de su amo.  Yo todavía no iba a la escuela, pero, rodeado de letras por todas partes, me desenvolvía bien en la leImagenctura. Así que inmediatamente quise saber de la seta gigante y del señor del mechón inverosímil, y me interné intrépidamente en aquellas páginas para conocer a un vejete sabio amante de los caramelos blandos llamado profesor Calys, a Philippulus el Profeta, y, más tarde, a un capitán algo borrachuzo, barbudo y malhablado, que me ayudó a enriquecer mi vocabulario, a la sazón algo limitado en ciertas especialidades. Y me estremecí con arañas gigantes y aerolitos ígneos, y navegué a bordo del Aurora hasta el Ártico, escandalizado por la maldad del financiero Bohlwinkel. Llegué a la última página satisfecho, exaltado y algo decepcionado, como sólo satisface, exalta y decepciona el final de un hermoso viaje. Al cerrar el libro hallé consuelo inmediato: la contraportada anunciaba bien a las claras que aquello no terminaba allí. Que había más. Que habría más. Fue el comienzo de una gran y larga amistad.

Por este lado, la historia continúa con un niño, o sea yo, que fue (que fui) creciendo en muchas y muy buenas compañías; entre ellas, y no la menor, los libros de Tintín, que me fueron llegando con cuentagotas. Leí los libros, los releí, y cuando los hube leído y releído pues, claro, los volví a leer. Con ellos descubrí, vibré, imaginé, viajé, aprendí. No creo que pueda escribir sobre Tintín nada que no haya sido escrito ya, y además quiero evitar caer en tonos excesivamente elegíacos o laudatorios. Así que puede que baste decir que leyendo Tintín pasé momentos muy felices, ¡mil rayos!

Otra parte de esta historia sigue con un intercambio de correos electrónicos. Joan Manuel Soldevilla me manda copia del artículo de mi padre del 23 de abril de 1964 que documenta y acredita mi primogenitura lectora, o como se llame. Habla de él, de mí, de mi madre, de nosotros, de nuestros respectivos días del libro, y describe mi incipiente biblioteca y el derecho que me asiste a comprar un nuevo Tintín, si se ha publicado. Me emociona releerlo. Soldevilla, al cabo de unos cuantos correos más, viene a verme a mi despacho de la facultad. Luego diría de mí que tengo aire discreto y british. Yo no sé qué decir de él, salvo que tiene el aspecto exacto que yo esperaría encontrar en un tintinólogo-tintinaire, y eso a pesar de que nunca se me ha planteado imaginar qué aspecto ha de tener un tintinólogo-tintinaire. Charlamos todo lo que da de sí el limitado tiempo de que disponemos uno y otro, sintonizamos desde nuestros mundos algo alejados. Pero no disjuntos: como él dice, Tintín une. Le explico unas pocas cosas, y aprovecho que tengo delante una enciclopedia tintinera para preguntar y enterarme de muchas otras, bastante intrascendentes para el común de los mortales, pero de las que conocer las respuestas me produce un intenso placer. También aprovecho para matizar fechas (cuando se publicó el artículo de mi padre, en el que se alude a El asunto Tornasol, yo ya llevaba casi nueve años leyendo tintines), y para insistir en que, con total seguridad, yo no había sido el primer niño en leer Tintín, ni de aquí ni de ninguna otra parte, entre otras cosas porque se habían publicado otros tintines en castellano antes de La estrella misteriosa, y porque, según comprobé en 1961 cuando empecé a ir al Liceo Francés, algunos de mis compañeros, especialmente los mayores, me llevaban gran ventaja gracias a privilegiadas y envidiables conexiones transpirenaicas. No nos cuesta pues convenir que el quid está en la palabra “documentado”, que he omitido del título de esta entrada por motivos obvios de mercadotecnia.

Soldevilla convirtió nuestro encuentro en material para un entrañable artículo (El primer nen que va llegir Tintin) que fue publicado en el nº 17 de la revista Jo encara diría més (yo aún diría más), de la asociación 1001 (léase en catalán, mil u, un quiebro ingenioso para evitar la voracidad de los propietarios de los derechos de autor).

Y la historia casi podría terminar con una pequeña sorpresa: la que me llevé el día 20 de abril, cuando vi en La Vanguardia, en la columna de Màrius Serra, El primer lector, que se hablaba de Soldevilla y de su libro Som i serem (tintinaires), en el que el artículo se ha convertido en capítulo. Al parecer, a Màrius Serra le ha llamado la atención la anécdota, la recuera y resume, y salgo con nombre y apellidos. Vuelvo, pues, a La Vanguardia, y se cierra el círculo que ratifica y certifica mi condición de primer lector documentado de Tintín en nuestro país. Un regalo (de mi madre) y tres artículos (de mi padre, de Soldevilla, de Serra) me han conferido tan singular condición; yo no he puesto nada por mi parte, salvo una cierta voracidad lectora. Con tales credenciales, puede que salte a la fama: soy carne de cañón para algún programa de telerrealidad. Pero bueno, dejemos eso. Dice Màrius Serra que siempre es emocionante creer que hemos llegado los primeros a un lugar ignoto. Soy consciente de que ni llegué primero, ni el lugar era ignoto. Eso sí: fue emocionante igual, tanto aquel día de diciembre de 1960 como aquel otro de septiembre de 2011.

Pero aspiro a que la historia continúe. De hecho, la historia continuó cuando nacieron mis hijos, y volví a adentrarme con ellos en el universo de Tintín, empezando, cosas que pasan, por La estrella misteriosa. Primero conmigo, luego por su cuenta, disfrutaron tanto como yo había disfrutado. Vi como pasaban con sus manos (pequeñas, al principio, luego cada vez mayores) las mismas páginas, que mis manos (también pequeñas, al principio) habían pasado un montón de años antes. Y luego pasó más tiempo. Ahora, la colección completa está descansando (relativamente: me malicio que algunos volúmenes hacen de vez en cuando excursiones clandestinas) en una estantería, con bastantes cicatrices pero aún gallarda, esperando a pie firme a la siguiente generación. Cuando llegue el momento, tengo planeado estar presente, al frente de mis tintines, auténticos grognards de mi biblioteca. Pero por si acaso, dejo escrita mi voluntad de que empiecen a leer Tintín como es debido, es decir, por La estrella misteriosa.

Y espero también que alguien les explique que fui el primer lector (documentado) de Tintín en el país.

Addendum
El enlace al artículo de Màrius Serra sólo funciona para suscriptores de La Vanguardia, hasta pasados 30 días de su publicación. El 50 de abril, por tanto, actualizaré el enlace al documento que entonces será público.

GLORIA MARTINENGO

1956 con Javier

Si nos atuviéramos a su rastro electrónico, diríamos que Gloria Martinengo era traductora, ya que la mayor parte de entradas que aparecen en la red sobre ella son por los libros que tradujo. Verdad, pero no toda la verdad. En efecto, ella operaba, con tecleo firme, la delicada transformación que lleva textos, sentimientos y pensamientos de un idioma a otro, y que tiene algo, o mucho, de alquimia lingüística y literaria. Pasaron por sus manos libros de viajes, infantiles, de autoayuda cuando todavía no era autoayuda, de historia, ensayo, arte, novela, novela rusa, y hasta el mismísimo Dostoievski (El Idiota), si bien por vía francesa indirecta. Era traductora, pues, aunque, para ser precisos, lo dejaremos en que se dedicó a traducir durante una época de su vida; porque ser, lo que se dice ser, fue eso y fue muchas otras cosas. Traducía del inglés y del francés; el inglés no sé dónde lo aprendió. El francés lo aprendió en Francia; allí pasó muchos (o a ella le parecieron muchos) años infantiles, en internados de monjas que le dejaron una sólida base cultural pero pocos buenos recuerdos. Véase, si no, lo que le oí contar en una ocasión: “Hacía frío, y cuando ya nos habíamos acostado en el enorme dormitorio común, pasaba la monja para comprobar que estuviéramos todas en el debido silencio; luego se apagaba la luz, y la monja se metía detrás de la cortina que rodeaba su cama. Entonces yo escuchaba como, prenda a prenda, se iba quitando el hábito o lo que fuera que llevase, entre rozamientos que eran como suspiros que se encadenaban y superponían. Finalmente, llegaba el turno de una especie de prenda interior que nunca vi, y de la que sólo sé que estaba plagada de cierres. La letanía de chasquidos breves de los cierres al abrirse era el sonido que me confirmaba que se había terminado otro día”. Eso sí, solía decir que una traducción francesa era siempre mejor que una traducción española, e incluso que una aspirina francesa era mejor que una aspirina española. En los años en que lo decía hasta puede que no le faltara razón.

Pasó parte de la guerra en Barcelona, entre colas para conseguir pan, sirenas que avisaban de los bombardeos, patrullas de control y otras miserias que es mejor ir olvidando. Su madre y su hermana se habían marchado, y ella había decidido quedarse.  Un buen día se le ocurrió ir a ver a su abuela, enfadada con la familia y que vivía, pongamos que en pecado, con un individuo de profesión desconocida en un piso sórdido de lo que ahora llamamos El Raval y antes se llamaba de otra manera. De la visita salió con un paquete envuelto en papel de periódico. En él había dos pares de zapatos en aceptable estado de conservación, regalo de la abuela pródiga. Los zapatos formaban parte de un acopio que tenía el allegado para su reventa, y que iba consiguiendo… ¡de los muertos en los bombardeos! Azorada, no atinó a rechazar el regalo,  aunque el paquete fuera rápidamente a parar al primer alcorque que vio al llegar a las Ramblas. Y ya nunca volvió a ver a su abuela.

Se labró un pequeño futuro profesional en Buenos Aires, a donde fue no sé si exactamente  a eso o abiertamente en busca de horizontes y aire fresco. La travesía la hizo en 1942, en el Cabo de Hornos, tercera clase, con una gente “espantosa” que huía de la miseria de la posguerra. ¿Llegaría en aquellas noches del Atlántico, rodeada de esa gente y en el vientre de aquel barco, con submarinos al acecho, a añorar el frío dormitorio de su infancia y los chasquidos de los cierres de la monja? En el registro de inmigración (una mota en su rastro electrónico) consta “de profesión, labores”. Una gallega más; pero eso pronto cambió, y,  lejos de las guerras, se abrió paso en el mundo de la publicidad, en un país joven y sin demasiadas heridas ni cicatrices, que esas ya vendrían después. Yo diría que encontró lo que buscaba, y lo profesional fue más el medio que el fin. Probablemente, vivió allá algunos de los mejores años de su vida en un entorno intelectualmente refrescante, culturalmente muy rico, y donde supo trabar amistades que le durarían para siempre.

Fue y vino varias veces (Cabo de Hornos, Corrientes y algún otro que no recuerdo), siempre más allá que aquí durante bastantes años. Pero a la postre terminó dejando aquello para regresar para siempre, en una apuesta arriesgada cuyos términos sólo soy capaz de intuir: algo, no mucho, relacionado con las raíces, y bastante de huida de las paredes de las oficinas, con alguna aspiración bohemia incluida. Pero, en gran parte y sobre todo, la apuesta fue por amor y por un proyecto de vida compartida. Así que clausuró sus asuntos en Argentina en 1956. Por cierto, lo hizo vulnerando unas cuantas leyes, para recuperar lo que era suyo. Resistió seis meses de asedio moral y judicial apoyada por sus amigos de allá y agarrada al recuerdo de los que quería y que la esperaban en Barcelona. Y, contra pronóstico, ganó su pleito. Y, más importante, y también contra pronóstico, ganó el resto de su apuesta.

Y qué más… Pues que jugó al fútbol con Ricardo Zamora, que explicaba películas a los niños de Martinet, que la seguían en alegre tropel, que vivió en directo la ascensión y muerte de Eva Perón, que estuvo detenida en una comisaría durante la guerra… Por cierto, dio una vuelta de campana incruenta conduciendo su Dyane 6, aunque unos huevos que llevaba se le reventaron en el techo, y eso fue motivo de broma mientras duró la mancha, que fue bastante. Conoció a artistas e intelectuales, a muchos en Cadaqués, a otros en el exilio, viajó a Checoslovaquia el año después de la invasión rusa, dio a luz (con dolor) a un hijo en 1955, dio nombre a dos barcas, ayudó a plantar algunos árboles, tradujo muchos libros, creo que me repito, con felicidad vio nacer e hizo felices a un nieto y una nieta,  y cocinaba unos macarrones gratinados que no tenían igual. Fue muy amiga de sus amigas y amigos, que tuvo muchos y buenos. Y fue independiente y libre en una época en que ser independiente y libre era algo más que una mera manera de ser. He tenido ocasión de leer, al pie de una foto de 1945 de quien fuera su marido a partir de 1955, una anotación de su puño y letra: “Fui a Lérida a ver a Luis, que estaba allí por motivos de su trabajo como inspector de seguros. Nos las prometíamos muy felices, pero la cosa no fue bien. La culpa la tuvieron las costumbres moralizantes de la época”.

Y esto sería casi una biografía, si no fuera porque hay cosas que no estoy muy seguro de que fueran así. Y si no fuera porque yo no quiero escribir una biografía de Gloria Martinengo; como mucho, quiero contribuir, y en cierta medida, rectificar, su rastro electrónico. Pero, sobre todo, lo que quiero decir es que hoy, 14 de enero de 2013, hubiera cumplido cien años, que era mi madre y que la echo mucho de menos.