“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (Y OTRA MÁS)

MIS AMIGOS LOS NEGROS DE PERGHISA, EN LA ILHA DO SAL

Luis Romero

Van vestidos de hombre y no les llaman hombres.
Tienen color negro y garganta de negro.
Esos dientes heridos que cantan en la noche,
esas manos abiertas buscando tres estrellas…

¡Dime tú viejo esclavo que doblas la clavícula!
¡Dímelo tú, muchacha con los senos pintados!

Este niño panzudo o esa trenza de estopa,
o ese jarro con agua pagada a precio de oro.
¿De dónde esta alegría o esta antigua tristeza,
y estas mornas cantadas en el perfil del año?
Ocho árboles tan solo hay en toda la isla;
ocho árboles tan solo, y dos mil tiburones.

Es un negro, es un negro. Y esa mujer; la negra.
¿En qué alcoba, o qué luna, en qué playa, en qué choza…?

Perghisa; un poco de humo o un puñado de estiércol.
Cien metros más allá, reverencias y whiskys,
trescientos aparatos cual relojes gigantes,
y la ciencia amarilla vestida de verano.

El avión que pasa camino de otras cosas.
Y aquí, el negro, con su terror pequeño,
con su canción, sus dientes, y su imparcial sonrisa,
con sus enormes pies, dramáticos, descalzos.

Los negros de Perghisa cantan bajo la luna.
Le cantan a la madre, y a la mujer, y al hambre,
y le cantan a aquél
                                que entiende su lenguaje.

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 Me temo que publicando esto pierdo toda la credibilidad que me quedaba. Pero… ¿qué le voy a hacer si el domingo pasado, cuando creía que lo de la ilha do Sal ya no daba más de sí, vuelvo a bucear en papeles de mi padre y de repente encuentro, mecanografiado en tinta azul sobre una cuartilla, el poema que acabo de transcribir? Y encima es que… que la cuartilla estaba entre otras muchas, que las cogí todas juntas sin mirarlas casi, que las iba a archivar en la caja de “repasar minuciosamente algún día” y de repente me saltaron encima las fatídicas palabras: ilha do Sal. ¿Cómo iba a mirar para otro lado? Sé que suena poco verosímil, pero las cosas han sucedido exactamente como las he contado.

Además, estoy seguro de que, al menos aquella noche, en el perfil del año, mi padre entendió el lenguaje de los negros de Perghisa.

TOCAN A MUERTOS

Tocan a muertos. Es un toque lento, solemne, contenidamente triste. Suena la campana grande, luego silencio, luego la pequeña, luego más silencio, luego otra vez la grande… El espacio entre tañidos da tiempo a que la nota se prolongue, se debilite y se extinga del todo, como si fuera el hálito de la persona que acaba de morir. El silencio se prolonga, hasta que se escucha la voz de la otra campana, que quedará en el aire unos instantes hasta que, a su vez, se extinga. Puede que sean los silencios los que dan al toque de muertos su aspecto fúnebre, su inequívoco marchamo de punto final.

 Cuando era niño y oía tocar a muertos, quedaba levemente sobrecogido, como en suspenso; pero era un sobrecogimiento efímero. Cuando era niño yo no sabía lo que era la muerte, y ni siquiera sabía que no lo sabía. La muerte era entonces algo que siempre les sucedía a los otros, y que significaba pena, llanto y ropas negras. Si tocaban a muertos estando en la escuela, el maestro nos hacía levantar y persignar; si oíamos tocar a muertos mientras estábamos jugando, deteníamos por un instante nuestros juegos, congelábamos nuestras risas sin saber muy bien por qué, y mirábamos hacia el campanario, como si allí pudiera esconderse la razón profunda de la muerte. Pronto volvíamos a nuestras batallas, exploraciones, pelotas o canicas, y nos olvidábamos del resto. Las voces de las vecinas, comunicándose el nombre del finado, formaban una especie de trasfondo sonoro al que prestábamos escasa atención.

Una vez iba corriendo (¿por qué tenemos tanta prisa cuando nos queda casi todo el tiempo del mundo?) en busca del medio cuartillo de aceite que mi madre me había encargado comprar en la tienda de ultramarinos del final de la calle. El tío Demetrio estaba sentado, como siempre (¿por qué tenemos tan poca prisa cuando el tiempo casi se nos ha acabado?), en la silla que solía sacar a la puerta de su casa. En aquel momento empezaron a tocar a muertos. El tío Demetrio se puso de pie y se quitó la gorra. Era un día de invierno, y el viento del norte barría el pueblo con su soplo helado. Yo dejé de correr, y le dije:

—Tío Demetrio, que se le va a enfriar la cabeza.

El respeto por los mayores seguía en aquel entonces unos cánones diferentes de los vigentes hoy en día; el tratamiento de usted era irrenunciable, pero al tío Demetrio era muy normal para nosotros, chiquillos, lanzarle pullas y cuchufletas, a las que solía reaccionar con gracejo y descaro. Vaya, una especie de esgrima inocente para prepararnos a lo que luego nos fuera a deparar la vida. Aquel día, el tío Demetrio me miró de una manera que aún hoy no sabría definir, y respondió, con una seriedad trascendente y concisa que nunca le había visto:

—Un difunto bien merece un poco de frío en mis sesos.

Y como puede que no me viera muy convencido, añadió:

—Cada vez que tocan esas campanas… Cada vez que muere uno del pueblo… El pueblo muere un poco. Nosotros morimos un poco. Bueno, tú un poco, yo un bastante.

Creo que fue la primera vez que pensé que, al fin y al cabo, eso de morirse no era sólo cosa de los otros. Así que me alejé al paso, sin contrarréplica, pues cuando uno está ante una gran verdad lo mejor es guardar silencio. Y mientras me alejaba estremecido por el frío del viento y por el frío de una muerte que acababa de mirar con otros ojos, el tío Demetrio seguía en pie, con la gorra en la mano, y yo me prometí que cuando las campanas tocaran por el tío Demetrio, me pondría en pie y me quitaría la gorra.

 Tocan a muertos con solemnidad y tristeza. Las dos notas, la de la campana grande y la de la pequeña nacen y se extinguen, sin cabalgarse, sin apremio, como simbolizando la intemporalidad en la que ha entrado el muerto.

 La vida dio algunas vueltas, y me llevó lejos de mi pueblo, a la ciudad, donde las campanas de las iglesias no tocan a muertos y los viejos de los bancos no se quitan las gorras, claro, por qué iban a quitárselas si las campanas de las iglesias no tocan a muertos, y ellos no mueren un poco, ni un bastante, con cada muerto, sino que mueren todo de golpe, al final. Pasó el tiempo, y pasaron cosas y más cosas, y hubo cosas que no pasaron, pero ni unas ni otras creo que importen mucho a nadie, ni siquiera a mí ya. Luego la vida dio algunas vueltas más, y volví al pueblo, que era ya otro pueblo, o tal vez el que era otro era yo. Ya nadie se acordaba del tío Demetrio, que había muerto sin que yo me quitara la gorra. Pero, eso sí: las campanas seguían doblando cuando se producía una muerte y yo, por algún motivo, empezaba a morirme un bastante, en lugar de un poco, cada vez que las oía.


Hoy tocan a muertos, de una manera especialmente solemne y triste. Puede que algún niño detenga un momento su juego. Puede que alguien se ponga en pie y se quite la gorra. Puede que ese mismo niño piense que la muerte es algo que sólo les sucede a los otros. No importa, tiempo tendrá de convertirse en uno de esos otros, como me he convertido yo, que descanso tranquilamente en mi ataúd, mientras el sonido de las dos campanas me envuelve y la gente del pueblo muere un poco, o un bastante, conmigo. Por primera vez en mi vida (¿o debería decir en mi muerte?) el toque de muertos no me estremece, sino que me acompaña.

LA HISTORIA MÁS HERMOSA JAMÁS ESCRITA

Érase una vez un padre que gustaba de leer historias a sus hijos. Y sus hijos gustaban de que su padre les leyera historias. Una vez acostados los niños, el padre se sentaba en el suelo, cerca de sus camas y abría el libro; con la lectura, se asomaban de la mano a las ventanas maravillosas de la fantasía. Así, juntos, corrieron aventuras sin fin, domeñaron sanguinarias fieras, descubrieron países secretos, se codearon con princesas y dragones, con piratas y buscadores de oro, desafiaron a brujos de gran poder y escucharon a sabios, anduvieron con seres fabulosos, contemplaron tesoros de inabarcable riqueza, exploraron templos olvidados, selvas y grutas, flotaron en el cielo y vivieron bajo el mar.

Pero sucedió que un día al padre se le ocurrió pensar lo bello que sería leer a sus hijos una historia que él hubiera imaginado y puesto en palabras. Y así decidió que iba a escribir una historia, pero no una historia cualquiera, sino la historia más hermosa jamás escrita, pues eso quería para sus hijos.

De manera que se sentó a su mesa con pluma y papel, y pensó y pensó, y luego siguió pensando. Pero por mucho que se esforzara, el papel siguió en blanco, pues ni el título había sido capaz de componer. Al ponerse el sol, guardó su pluma y su papel, y se fue a leer a sus hijos, como hacía cada noche. Mas una semilla de melancolía empezaba a germinar en su corazón.

Al día siguiente volvió a su papel en blanco, y con ahínco buscó frases para dar forma a ideas que no se le ocurrían. Al llegar la noche, apenas unos pocos trazos que nada querían decir ocupaban una esquina de su hoja. Aquella noche, mientras leía a sus hijos, se dio cuenta de que la melancolía era ya algo más que una semilla.

Y los días pasaron. El papel siguió en blanco, y la melancolía creció y creció, tanto creció que a aquel pobre padre le empezó a costar respirar. Así que decidió partir, en busca de esa historia que quería escribir y que iba a ser la historia más hermosa jamás escrita. Leyó a sus hijos por última vez, dejó una nota de despedida y se puso en marcha hacia donde había visto ponerse el sol.

Anduvo por fértiles valles, cruzó ardientes desiertos, navegó por mares tormentosos, vadeó ríos de turbulentas aguas, cabalgó por praderas infinitas y atravesó desfiladeros en montañas escarpadas y blancas. Pernoctó en posadas, hosterías, caravasares, ventas y campamentos. Habló con gente de toda condición, desde arrogantes príncipes que vivían en ostentosos palacios hasta humildes leñadores que moraban en oscuras cabañas. Y por las noches echaba de menos a sus hijos, y lloraba por las historias que no les leía, y echaba de menos a su esposa y lloraba por no tener junto a él su cuerpo suave y cálido, y su voluntad flaqueaba.

Pero por la mañana, fortalecida su voluntad, seguía adelante. Mas su porfiar resultó vano, y siguió sin hallar aquello cuya búsqueda le atormentaba. Hasta que llegó un día en que, hastiado por lo estéril de su jornada y al borde de la desesperación, abrió su corazón a un hombre sabio que vivía en una gruta de las montañas y que le había dado cobijo una noche de tormenta. Puede que en verdad no fuera a un hombre sabio a quien abriera su corazón, sino a un poeta sin rimas que halló en una taberna y con quien había compartido un par de jarras de vino caliente, de ese que hiere la cabeza y el alma. Incluso hay versiones apócrifas que sostienen que no fue ni en una gruta ni en una taberna, y que ni fue a un sabio ni a un poeta a quienes hizo partícipes de su infinito desasosiego, sino que fue en un pajar y a una ramera, entre cuyos brazos había corrido a refugiarse, enfermo de soledad y borracho de nostalgia.

Pero nada de eso importa, pues lo cierto es que el sabio cavernícola, o puede que fuera el poeta amante del vino, o tal vez la ramera complaciente, le dijo, le dijeron:

—Peregrino, tu búsqueda ha terminado. Presta atención a lo que has de hacer. Tu viaje no es sino un hilo, un hilo que has ido dejando detrás de ti. Debes tomar ese hilo entre tus manos, y, una vez lo tengas, lo agitas, lo revuelves, lo barajas, lo bates, lo desordenas. Atento ahora, pues el hilo se ha tornado en revoltijo. Al revoltijo le das un poco de forma, amasándolo, pero una forma cambiante y sin aristas. Luego añades aquí y allá tus sueños y tus miedos, y lo envuelves, aunque no del todo, con la música de las montañas y el susurro de las aguas. Después lo pueblas con cosas y gentes que hayas encontrado en tu camino, y también con cosas y gentes que no hayas encontrado pero hubieras podido encontrar, incluso con las cosas y gentes que eres incapaz de imaginar. Lo riegas más tarde con tu dolor y tu soledad, y haces crujir tus dientes y vibrar tus huesos para iluminarlo, lo calientas con tu sangre derramada, y dejas que fragüe con la tristeza amarga del recuerdo de tu esposa y de tus hijos. Finalmente, lo restriegas por los olores de los lugares maravillosos y horribles en los que has estado, cuya luz brilla, lo veo, en el fondo de tus ojos. Cuando hayas hecho todo eso, toma pues pluma y papel, y luego vuelve a casa en paz, pues habrás cumplido tu destino.

Y aunque el papel, que todavía llevaba en su zurrón, era ya más amarillo que blanco, y la tinta de su pluma estaba ya casi seca, el hombre se puso a escribir febrilmente, con tal entrega que pasaron setecientos treinta días y setecientas treinta noches antes de que pusiera el punto final a su historia. Y el día setecientos treinta y uno el sabio, el poeta y la ramera vieron y leyeron, y afirmaron que, sin duda, aquello era, con casi total seguridad, la historia más hermosa jamás escrita.

Y el hombre emprendió el camino de vuelta. Cuando llegó a su casa, su esposa, que estaba en la puerta, lo vio desde lejos y corrió hacia él. Ambos se abrazaron largamente y mezclaron sus lágrimas. Luego entraron en casa. El hombre apenas podía contener su impaciencia, esperando a que se hiciera la hora de ir a dormir, y el tiempo caprichoso decidió pasar despacio. Pero al final el sol se puso y llegaron las tinieblas, pero los hijos no acudieron. El hombre, extrañado, y con su obra en una mano un tanto temblorosa, le preguntó a su mujer. Con un suspiro, ésta respondió:

—Marido mío, tus hijos han crecido mientras estabas fuera. Ahora ya no necesitan tus historias para dormir. Ahora han partido para escribir ellos mismos la historia de sus vidas…

El hombre lloró en silencio, mientras un frío que parecía surgir de lo más profundo del invierno empezaba a crecer en sus entrañas.

Y para que el frío no se apoderara de él, arrojó al fuego las hojas escritas.


Addendum

Puede que si el hombre cuyas tribulaciones explico más arriba hubiera tenido un blog, su historia no se hubiera perdido y yo se la hubiera podido leer a mis hijos. Lo que aprovecho para recordar que mañana hará dos años y 81 entradas que habito, a ratos libres, este blog.

ACERICO

Siento el tiempo que ha pasado
.          como agujas en la piel.
Una aguja por cada barco que no salió del puerto.
Una aguja por cada día muerto.
Una aguja por cada combate que rehuí.
Una aguja por cada beso que no te di.
Una aguja por cada cuento que no os conté.
Una aguja por cada carta que no escribí,
.          que ni siquiera pensé.
Una aguja por cada abrazo que no os llegó
.          y que por ahí anda perdido.
Una aguja por cada amanecer
.          que se me escapó
Una aguja por cada libro que no leí.
Una aguja por cada sueño fallido.
Una aguja por cada latido.
Una aguja por cada tarde vacía
Una aguja por cada gota de vida
.          que se quedó en el camino.

 ………

-Eh, maeztro… Pare er carro, ozú, que a ehte paso se me va aquedá como un acerico…

Y todos estallaron en ruidosas carcajadas, incluido el hombre que estaba recitando y al que se le disipó de golpe la borrachera de melancolía que había agarrado.

UN LARGO TRAGO DE VINO

Hace calor. El sol de agosto da de lleno en los tripulantes del pequeño llagut. Pero es un sol tolerable, incluso placentero para algunos, pues no es un sol obligado, sino libremente consentido, en algunos casos buscado. Además, el sol que cae mientras se flota en miles de millones de litros de agua salada es más compañía que castigo.

En la barca azul, que avanza con parsimonia hiriendo apenas la superficie del mar gentil del verano, vamos mi mujer, mis hijos, algunos amigos, yo. Alguien abre la pequeña nevera portátil y saca la bota de vino, que va pasando de mano en mano, de trago en trago. En la bota hay un vino frío, aderezado y templado por la pez que lleva la bota en sus entrañas. Cuando me llega el turno, la alzo con las dos manos, casi como si alzara un bebé: una mano cerca de la embocadura, otra en su vientre redondo, que presiono con suavidad. El pequeño chorro que brota me llega directamente al paladar, rebota en las paredes de la boca, salpica mi lengua; noto su frescura, su sabor, su aroma, su tacto, y dejo, con voluptuosidad, que se deslice por mi garganta. Cierro los ojos y prolongo el trago. Me inunda una sensación de plenitud intensa, mis humores más hipogeos afloran a mi piel y parecen hacer entrar en erupción a todos y cada uno de mis poros. Es un momento efímero y eterno.

Cuando abro los ojos estoy en la misma, aunque también distinta, barca azul, y navegamos por un mar que se diría que es el mismo mar pero no la misma agua. Yo también soy yo, pero no el yo de hace un rato. Tengo la bota en la mano, y la paso mecánicamente a la persona de mi derecha, incrédulo, pues los tripulantes no son los de antes. En la barca veo ahora a mis padres, a amigos suyos que ya hace mucho que dejaron de navegar. Miro mis manos, mis piernas, mi pecho: no son los míos pero sí son los míos. A mi alrededor, todos sonríen, salvo los que ríen abiertamente. Hablan, callan, a veces cantan; sobre todo, gozan de ese placer primario, epitelial que es ir en barca. Gozan como gozo yo, y como gozaré yo dentro de muchos años. Los veo, los oigo, casi los toco. Me emociono, pero intento disimular. Quiero decir algo, pero no sé qué. Gritaría que les echo mucho de menos, pero pensarían que me he vuelto loco, que me ha afectado el vino, que a mi edad no debería beber de la bota. Además, a qué iba a venir eso en medio de ese rato de felicidad compartida. Se me escapa una lágrima.

La bota ha dado ya la vuelta y me llega por la izquierda. Sé lo que va a suceder. La tomo en mis manos, indeciso. ¿Qué pasaría si la tirara por la borda? Pero no: cada cosa tiene su tiempo, su ritmo y hay ruedas que no deben dejar de rodar. Así que levanto la bota y le doy un largo trago, intenso, benefactor. Cierro los ojos.

Al abrirlos de nuevo, veo que me rodean mi mujer, mis hijos, mis amigos. Estoy profundamente turbado. Le paso la bota a mi hijo, o puede que sea a mi hija, que está a mi lado. En ese momento me doy cuenta de que una lágrima le resbala por la mejilla. Lo miro, la miro, asustado, pero no me atrevo a decirle nada, mucho menos a preguntarle. Parece indeciso, o indecisa, pero al final levanta la bota y le da un largo trago, en el que adivino la misma plenitud de la que acabo de disfrutar yo. Cuando termina, vuelve a sonreír; la lágrima ya se ha secado.

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Dedicado a esa barca azul, la Gloria, de cuya botadura se han cumplido cincuenta años este verano, y también en memoria de aquellos que a bordo de ella fueron felices.

ÚLTIMOS DÍAS ANTES DEL INVIERNO

La casa era grande, grande y fría. Podríamos decir que vanamente grande y obviamente fría. Obviamente fría porque casi todo era ya frío entonces; y vanamente grande porque éramos sólo dos. Y como éramos sólo dos, nos sobraba casa, y la casa que nos sobraba simplemente la ignorábamos, como quien aparta la comida que le sobra una vez saciado; o como quien aparta la comida porque ha decidido ser sobrio. Puestos a apartar, aunque, desgraciadamente, no a ignorar, también apartábamos el frío; lo dejábamos fuera de un pequeño perímetro que habíamos creado alrededor de la gran chimenea que había en el salón. Ese perímetro lo defendía un fuego lleno de bravura, con grandes llamas y muchas chispas, que parecían velar sobre nosotros, y nos mantenían fuera del alcance no sólo del frío, sino también, hasta donde era posible, del miedo.

Lo que hacíamos en aquella casa y cómo habíamos llegado hasta allí forma parte de una larga historia que dio comienzo hace una eternidad, cuando nos conocimos; o tal vez diera comienzo en cualquier momento de los muchos años que compartimos mientras, al principio sin saberlo, luego ya plenamente conscientes, envejecíamos juntos. Claro que nunca habríamos llegado a esta casa sino llega a ser porque un buen día el Invierno empezó a caer sobre el mundo. No tengo intención de evocar aquellos momentos ni lo que fueron para la especie humana. A la duda le siguió el desconcierto, el desconcierto dejó paso a la zozobra, de la zozobra vino el miedo, y el miedo engendró el pánico, y peor. Cada cual vivió aquello a su manera. Unos pocos al principio, más tarde muchos más, todos los que pudieron al final, iniciaron una huida desesperada hacia el sur, pensando que allá el Invierno no llegaría, o que llegaría menos virulento, o al menos que llegaría más tarde. Riadas de gente se pusieron en marcha hacia cualquier parte, por cualquier medio, con tal de que esa cualquier parte estuviera hacia el sur. Al final, sólo se veían largas columnas de hombres, mujeres y niños que iban a pie camino del sur, que pronto dejó de ser el sur para convertirse en el Sur, la última esperanza de la especie. Todo se movía hacia ese Sur que tal vez ni siquiera existiera.

Ella y yo decidimos quedarnos. Para tomar la decisión, apenas tuvimos que hablar; nos miramos a los ojos, y compartimos con enorme y desoladora lucidez que ya habíamos vivido lo que teníamos que vivir, que ya habíamos hecho lo que teníamos que hacer, incluso algo más, y que no íbamos a mendigar una propina más que incierta. Con aquella mirada, renunciábamos a nuestra pequeña parte de la historia colectiva: fuera cual fuera el destino del mundo, nosotros ya no formábamos parte de él. Tomada la decisión, pasaron unos días, serenos, silenciosos. Pero nos quedó un resto de inquietud, de insatisfacción. Ese poso fue fermentando, hasta que uno de los, no recuerdo quién, propuso ir a enfrentar el invierno. Y el otro, no recuerdo quién tampoco, sonriendo, asintió. Y así nos pusimos en marcha hacia el norte.

El viaje fue largo, y desde luego ni fácil ni cómodo, sobre todo porque no sabíamos qué buscábamos ni a dónde íbamos. Más de una vez pensamos en volver atrás, aunque atrás era una palabra que iba perdiendo poco a poco su significado. Las fuerzas se fueron desgastando, y la pizca de rebeldía residual que nos había empujado contracorriente terminó por marchitarse. Fue pues una mezcla de cansancio y hastío la que nos dijo que había llegado el momento de detenernos. O puede que no. Puede que hubiéramos seguido todavía más al norte. No lo sabremos, y además carece de interés. Lo que sucedió es que, desde muy lejos, vimos la casa. Decir que fue como un flechazo es cursi, y encima no es verdad; pero a medida que nos fuimos acercando a ella, empezamos a percibir con claridad creciente que nuestra marcha llegaba a su término. Frente a la casa, cogidos de la mano, nos detuvimos un momento. Luego, nos dirigimos a la puerta, y no nos sorprendió lo más mínimo que estuviera abierta. Se había acabado la huida hacia adelante; esperaríamos aquí, a pie firme, la llegada del Invierno, y aquí, en nuestro último hogar, perderíamos nuestra última batalla.

El resto ya está casi todo explicado. La casa estaba vacía, había mucha leña, había un salón con una gran chimenea, había una despensa con comida que nos duraría, es un decir, más que la leña. Así que nos instalamos, y desde entonces estamos aquí, compartiendo esta última porción de vida que hemos decidido apurar juntos. Podría parecer que esperamos, pero en realidad no esperamos. Vivimos los segundos, con sosiego, y a medida que la mano del Invierno va apretando el mundo con más fuerza, cada vez con más fuerza, nosotros echamos más troncos al fuego, y nos acostamos junto a la chimenea, envueltos en mantas, sonrientes, mientras las llamas pintan de tonos cobrizos nuestras pieles desnudas, y hablamos, sin prisa, de las cosas que hemos hecho y de las que hubiéramos podido hacer, e incluso de las que nunca habríamos hecho. O callamos.

De esta manera han pasado los últimos días antes del Invierno. El frío nos rodea, y nuestro perímetro resiste, aunque ya por poco tiempo. Los troncos se han agotado, y está ardiendo la última brazada de leña que hemos podido conseguir. Podríamos quemar los muebles, pero para qué; además no sería elegante. De un momento a otro, el Invierno se hará con nosotros. Nos hemos librado del miedo. Estamos juntos, hemos estado juntos tanto tiempo que sería inconcebible no estar juntos también ahora. Estamos envueltos en mantas, en silencio. No hay nada que decir que no nos hayamos dicho ya. Cuando se extinga la llama postrera, quitaremos las mantas de encima de nuestros cuerpos y nos abrazaremos por última vez, y abrazados entraremos en la oscuridad final.

NADANDO EN ALGUNA HISTORIA

Los montones de diarios se extienden a mis pies como una especie de océano de aguas tranquilas, aunque dejan entrever, a la vez, algo de amenazador. Predomina La Vanguardia, pero hay también ejemplares de El País, Ya, ABC, Diario de Barcelona, Avui y otros varios, y hasta asoma entre ellos alguna Hoja del Lunes. Están en absoluto desorden cronológico, y, a primera vista, no descubro ningún criterio evidente que permita entender por qué esos periódicos, y no otros, están ahí. Con una jactancia impropia de mi edad y condición, le lanzo a ese proceloso océano una mirada retadora. Ahora, tú y yo nos vamos a ver las caras, le pienso. Al poco, tengo sobre la mesa un primer paquete. Me tiro de cabeza al agua de papel e historia.

Nada más empezar, leo que se encarga la construcción del primer buque oceanográfico español (24 de febrero de 1966), y no puedo menos que sonreír. De ahí salto a un titular que reza: Sarajevo’84, la primera olimpiada sin problemas en 16 años. La sonrisa se me congela, y con razón, ya que unos diarios más allá encuentro: Brutal matanza en Sarajevo (28 de mayo de 1992). Aunque la ocasión es excelente para algún profundo pensamiento, no me da tiempo: Fallece Jacques Tati, inolvidable Monsieur Hulot, a los 74 años de edad (6 de noviembre de 1982). Le envío un agradecimiento retrospectivo.

Después de estas primeras brazadas, salgo a la superficie a tomar aire. Esto no va a ser un baño plácido. Inspiro profundamente y vuelvo a sumergirme.

El Vaquilla se amotina en la Modelo para pedir droga (abril de 1984) – Discusión bizantina sobre el uso táctico de la aviación norteamericana en Vietnam (junio de 1968) – Deja de fabricarse el 600 (14 de setiembre de 1973) – No existen pruebas de que los OVNIS sean objetos pilotados procedentes de otros planetas (1969) – Confirmado: habrá trasvase del Ebro a las cuencas del Pirineo Oriental (1984) – Victoria de Santana en el torneo de Helsinki (7 de junio de 1968) – Hoy se cumplen cuatro años de la Constitución (será el 6 diciembre de 1982, digo yo) – Solemne conmemoración en Barcelona del Día del Caudillo (2 de octubre de 1955).

Para hacer un receso, pasamos a publicidad: Veterano, pura casta (17 de febrero de 1981) – Luce orgullosamente su espléndida dentadura: ¡La vida con Albident! (febrero de 1968).

Me he metido en unas aguas difíciles. Además de difíciles, son también una máquina del tiempo enloquecida, que va azarosamente hacia adelante y hacia atrás, que frena y acelera según le parece. Me doy cuenta de que lo que llamamos noticias es aquello que nos enseñan los diarios de lo que pasa por el mundo. Y que la sucesión de noticias es como un telón de fondo, una banda sonora disonante, que nos acompaña a lo largo de la vida. Y que medio siglo de esa banda sonora está pasando ante mis ojos de manera caótica. Y que yo me lo he buscado. Más que de nadador, empiezo a tener sensación de náufrago. Así que me pongo a escribir, a anotar compulsivamente titulares al azar, no, el azar es todavía algo, los anoto al tuntún. Lo que escribo se convierte en una especie de tabla a la que me agarro, para, abandonada ya toda esperanza de nadar, simplemente flotar. Así, agarrado a mi tablón, prosigo.

Andrei Gromyko va a Rumania para pedir disciplina a Ceaucescu a cambio de petróleo (1 de febrero de 1984) – Las manifestaciones del presidente Echeverría, de Méjico, una intolerable injerencia en los asuntos internos españoles (15 de abril de 1973) – Malvinas: la guerra ya es un hecho (1982) – Lanzamiento del Apolo IX (1969) – Demandas: secretaria-taquimecanógrafa, muy práctica en correspondencia (4 de setiembre de 1964) – Nieto y Tormo, mejores tiempos en 50 cc (1977) – Fallece Catalá-Roca, el fotógrafo de la posguerra (6 de marzo de 1988).

Y aquí necesito otra pausa, así que volvemos a publicidad: Tivoli: James Bond contra Goldfinger (18 de abril de 1965) – Embellezca su cuerpo. Celulitis, grasas, carnes fofas, arrugas en codos y rodillas son defectos que eliminará fácilmente friccionándose con la “Crema Corporal K2” (17 de junio de 1960).

Voy a la deriva, y el concepto de tiempo ha dejado de tener sentido, tanto el tiempo en que sucedió todo aquello como el tiempo en que lo estoy leyendo ahora. Aunque intento evitar los remolinos, alguno me atrapa de vez en cuando y me leo una noticia entera, o dos.

Sito Pons vuelve a Barcelona en olor de multitud (22 septiembre de 1988) – Se reanudó ayer el estudio del proyecto de ley sobre el II Plan de Desarrollo Económico y Social (9 de enero de 1969) – En la alocución del presidente de la Generalitat no hubo referencia alguna a la polémica sobre la autodeterminación (31 de diciembre de 1989) – Estudiante acusado de sedición (1968) – El XII Premio Planeta para ”El Relevo”, de Luis Romero (16 de octubre de 1963, en realidad era “El Cacique”) – Los mujaidines a las puertas de Kabul (abril de 1992) – Premio Nobel a García Márquez (22 de octubre de 1982) – Controversias en torno al fallo del combate Urtain-Chapelle (1969) – La pobreza del lenguaje conduce al insulto (Lázaro Carreter, creo que enero de 1992) – Asesinato de Robert Kennedy (1968) – Toledo: ubérrima cosecha de cebada (7 de junio de 1968) – Martinet y otros pueblos de alta montaña incomunicados por las inundaciones (10 de noviembre de 1982) – Duelo nacional por el vil asesinato del Almirante Carrero Blanco (21 de diciembre de 1973) – Toda España se siente unida en un mismo clamor en torno a su Caudillo y a cuanto representa (el mismo día, o tal vez algún día después) – Bolsa de Barcelona: dinero en abundancia (algún día de 1969) – Guía del radioescucha (1954) – La policía de Tortosa procedió a la detención de cuatro malhechores (18 de mayo de 1966) – Gimondi sacó treinta y nueve segundos al líder Merckx en la “contra-reloj” (7 de junio de 1968) – PCE: pugna para suceder a Carrillo (7 de noviembre de 1982).

Pagarés de Telefónica: ¡compre! (1983) – Cine Comedia: Tygra, hielo y fuego (1983) – Contactos con Srtas., máxima discreción (1983). Esto del final era la publicidad, creo que ya se ve. Para la pausa…

Algunas palabras son como fósiles que descubro con sorpresa de paleontólogo: radioescucha, malhechor, sedición, ubérrima cosecha, señoritas, vil, caudillo, perdón, Caudillo… Me doy cuenta de que el idioma no es el mismo. Es un idioma que entiendo, pero que no hablo, que ya nadie habla. Por suerte, diría yo, aunque también diría que alguna vez fue el mío.

La muerte saca del olvido a Alfonso Grosso (1995) – Villa-Cisneros: las posibilidades pesqueras de la plataforma continental africana (7 de junio de 1968) – Se fija el precio del petróleo procedente de Amposta (15 de abril de 1973) – Importante empresa del ramo de fibras artificiales radicada en Igualada, necesita ayudante tintorero para el turno noche (21 octubre 1969) – Idi Amin ante la asamblea de las Naciones Unidas (3 de octubre de 1975) – Campaña antiespañola en Europa (1975) – Los portugueses empiezan a estar fatigados de las manifestaciones callejeras y de los rumores (3 de octubre de 1975) – Las Arenas: los desternillantes toreros cómicos “El Gran Ricardo y los Chinorris Toreros” (25 de junio de 1976) – Los 80 años de Joan Miró (13 de abril de 1973) – Muhammad Alí defenderá el título mundial de los pesos pesados frente a Joe Frazier (1 de octubre de 1975) – Aiguafreda: roban un sistema antirrobo (hacia 1980) – El general Jorge Videla felicita al nuevo presidente de Argentina Roberto Viola (31 de marzo de 1981).

Una pausa y volvemos, no se vayan. Mantenga su aspecto varonil, la salud de sus cabellos exige Hair Tonic Fluid (1973) – Cine Rex: La primera conquista. Una divertida experiencia de juventud que muchos hombres recordarán como propia… y muchas mujeres comprenderán (1971)

Soy absolutamente incapaz de explicar lo que pienso o lo que siento. Desde luego, en esta travesía del océano se esconden muchas moralejas sobre lo relativo de las cosas importantes, sobre el tiempo que todo lo iguala, sobre lo efímero de la realidad publicada, sobre lo efímero de la realidad en general, y sobre mil cosas más. Pero como no lo sé explicar, sigo escribiendo.

Tras el abortado golpe de estado: masiva respuesta popular a la sedición. Vítores al Rey (poco después del 23 de febrero de 1981, claro) – La Calle y su Mundo – El Color de mi Cristal – Mercado lanero y algodonero – Ecos de Sociedad (muchas veces, a lo largo de muchos años) – Josep Pla ha muerto en su “mas” de Llofriu (24 de abril de 1981) – Felipe González prepara su gobierno (30 de octubre de 1982) – Durante los últimos años se han producido en Santander seis detenciones por portar letreros de tipo subversivo (12 de enero de 1971) – Oración al Espíritu Santo. Gracias (1978) – Murió el piloto de F-1 italiano Riccado Paletti (15 de junio de 1982) – Capricornio disfrutará hoy de un espíritu reflexivo (cuando sea) – Trimestre desaprovechado. Declaraciones de Jorge Carreras Llansana, rector de la Universidad de Barcelona (3 de marzo de 1974) – La Universidad de Barcelona solicita que el curso empiece en enero (16 de setiembre de 1973) – Atentados (demasiadas veces) – El pintor Tharrats asistirá al lanzamiento del Gemini XI (8 de setiembre de 1966) – Se celebran los actos de la festividad de San Cristóbal (julio de 1968).

Y volvemos a publicidad: Urbanizaciones Riomar. 10% de entrada, resto 3 años sin intereses (28 de julio de 1964) – Fume Bonanza, el cigarrillo negro de buena raza (hacia 1975?)

Pienso que había un yo (o varios yoes) que leía o leyó esas noticias, y que entre ese yo (esos yoes) y mi yo que las lee ahora hay una continuidad tan sólida como profundo es el hiato (los numerosos hiatos) que los separa. Como lo de pensar me da dolor de cabeza, seguimos.

Dubcek, objeto de presiones por parte de Breznev (24 de febrero de 1968) – Hoy, Fiesta de la Banderita. 4000 señoritas postularán por la ciudad (11 de noviembre de 1972) – Julio Cortázar será hoy enterrado en Montparnasse (14 de febrero de 1984) – Un día histórico para Occidente: acuerdo entre Estados Unidos y España para el mantenimiento de la paz (27 de setiembre de 1953) – Ha muerto el presidente Kennedy (23 de noviembre de 1963) – F-1: ganó Senna y Prost está más cerca del título (16 de setiembre de 1985) – Momento en que el cadáver de Allende es sacado de La Moneda (15 de setiembre de 1973) – Puig Antich y Heinz Chez fueron ejecutados ayer (3 de marzo de 1974) – El Jefe del Estado conmuta la pena de muerte impuesta al Guardia Civil Antonio Franco Martín (3 de marzo de 1974) – Salvador Puig Antich recibió sepultura en el cementerio del Suroeste (5 de marzo de 1974) – La guerra vietnamita: se da por ganada la batalla de Hue (24 de febrero de 1968).

Esta vez me olvido de la cuña publicitaria porque me empieza a costar tragar, a costar respirar. Digo yo que serán los ácaros que se han extraviado entre las páginas o entre las olas y ahora se acumulan en mi sistema respiratorio. Aunque en cuanto a seres extraviados, me siento mucho más extraviado que cualquier ácaro.

Guinea Ecuatorial: venturas y desventuras de la Diputación (11 de julio de 1968) – Inauguración de la central telefónica de Barcelona (27 de setiembre de 1953) – Frescos y chubascos en los días inmediatos (1977) – Tarradellas podría regresar muy pronto (23 de junio de 1977) – Ejercicios espirituales. Tandas en completo retiro (19 de agosto de 1955) – Miguel Boyer, posible ministrable del grupo de González (12 de noviembre de 1982) – Falta tornero en industria electromecánica (19 de agosto de 1955) – Maíz, Haro, Aguilar y Aritzmendi son los más cualificados aspirantes a la victoria en el cross (1968) – El tranvía por el nuevo tramo de Aribau (19 de agosto de 1955) – Los Simca 1200 sirven para más cosas esforzándose menos (19 de marzo de 1978) – El Dique Flotante. Sección caballeros (hacia 1970?) – Cine Calderón: Virilidad a la Española (1976).

Y así sigo. Pasa yo diría que una eternidad, el reloj y personas allegadas insisten en que dos días sin sus noches. Puede que haya conseguido cruzar el mar, agarrado a mi tablón. O puede que me haya ahogado y no me haya dado cuenta. Me inclino por la segunda posibilidad. Y eso me debería obligar a cambiar el título de esta entrada. Pero los náufragos ahogados tenemos derecho al ejercicio de la pereza, así que lo dejo como está.

DE CAZA (y 2)

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERASigo con mi movimiento pretendidamente browniano a través del Ensanche, pero ando con el alma perdida, y apenas me fijo en nada ya. Tan sólo en un balcón que ofrece comida a la mosca del geranio, y pienso que está bien, que nutrir a los insectos hambrientos o a sus larvas, sobre todo a sus larvas, que la infancia se lo merece todo, es siempre un acto de bondad.

 Esta falta de atención, impropia del estado de ánimo del cazador, se debe a que mi movimiento tenía en verdad un componente determinista oculto, componente que me ha ido llevando sin que yo fuera consciente del todo, hacia la parte baja de la ciudad. Cuando abandono el Ensanche cartesiano y penetro en el conglomerado orgánico del barrio antiguo, mis sentidos vuelven a afinarse. El hiato entre los dos tejidos es drástico, y apenas hay intrusiones de uno en otro, nada de mestizajes, que se diría hoy en día. Pienso que es como si un muro alto y fuerte los hubiera separado alguna vez, y quedo satisfecho del poderoso símil que creo haber inventado. Entonces, de repente se me aparece el fantasma de la muralla de Barcelona. Bajo la cabeza, algo avergonzado; en serio que no todos los días descubro el Mediterráneo.

 Superado el pequeño sofoco, me asomo a lugares que cargan a sus espaldas mucha más historia y muchas más historias de las que uno es capaz de imaginar. Un poco desconcertado por la presencia silenciosa de toda esa cantidad de pasado que me supera, busco un asidero; así que me acerco al colegio al que fueron mi padre y sus tres hermanos, y me detengo un momento ante la puerta. Intento evocar imágenes de niños que son, o fueron, o tal vez serían, o serán, menudo lío de tiempos, mi padre y mis tíos, pero no lo consigo. No importa, me conmuevo igual, que para eso he venido, y como no está bien quedarse conmovido allí en medio, pues adopto mi pose de fotógrafo maldito, que si fumara quedaría todavía mejor, con una colilla en la esquina de la boca, una lástima, esto de no fumar, y disparo unas cuantas veces sin ni siquiera encuadrar, creo que ni siquiera he puesto la cámara en marcha, es sólo cuestión de justificarme. Respiro hondo, y pongo rumbo a cualquier otra parte.

 Como si jugara a un extraño juego de la oca, topo con otro colegio, de colegio a colegio, me digo, y me respondo, y tiro porque es mi privilegio; y es que a veces me salgo respondón yo solito. La visión de este otro colegio me produce algo de desasosiego: el patio vacío, triste cemento recalentado por el sol, encerrado por las paredes de las casas vecinas, que se elevan de manera muy poco cariñosa y hurtarán la visión de buena parte del cielo a las miradas infantiles. OLYMPUS DIGITAL CAMERASólo una apertura, una verja-puerta, a través de la que miro. Y veo el patio vacío, el triste cemento recalentado, perdón, creo que me repito, y una canasta como todo aliciente para alimentar los sueños infantiles, sueños que en su mayoría intentarán huir de aquel lugar tan inhóspito pero que seguramente morirán atrapados en la verja. Pensar en lo sueños muertos atrapados en la verja no ha sido una buena idea, me hace dar un respingo y un paso atrás para apartarme de aquel camposanto de sueños. En un movimiento defensivo reflejo, me echo la cámara a la cara y disparo una ráfaga; a lo mejor salen los sueños muertos. Pero… quia. Sólo sale una verja sobre un patio de cemento inhóspito recalentado por el sol, que huele a patio de cemento inhóspito recalentado por el sol. Concluyo que los sueños muertos son transparentes. Para consolarme, pienso que un día vendrán miles de globos de colores, que dejarán que lo sueños se cojan a ellos y se los llevarán a donde sea que deban llegar lo sueños.

 Intentando no encontrarme con más colegios, callejeo con sensación de plenitud melancólica, que no sé muy bien qué es, en cualquier caso es un estado de ánimo que pega bien con el tipo de cazador que estoy representando. Yo, que he vivido en el Ensanche la mayor parte de mi vida, siento con mayor intensidad recuerdos de este barrio antiguo, algunos propios, muchos prestados o de segunda mano. Una contradicción más, como aquello que me dijeron una vez, que quOLYMPUS DIGITAL CAMERAeriendo ser Haddock terminé siendo Tintín. Pues contradicción en ristre ando arriba y abajo, olfateando rastros perdidos de un niño con su padre, de un niño con su madre, de u niño con sus abuelos, o de un joven muy joven que jugó un poco a la bohemia en un estudio de ínfimas dimensiones. La verdad, rastros ya no quedan muchos, que alguien debió pasar el estropajo del olvido, y eso me indigna. Indignado pues, y a falta de mejor negociado al que dirigir mi protesta, alzo la vista al cielo, pero por el camino veo que desde un balcón se han solidarizado conmigo. Eso me reconforta, y dedico a los moradores del balcón un imperceptible saludo.

 Lo que no acabo de entender es cómo he llegado exactamente a la puerta del edificio desvencijado donde estaba aquel estudio del que acabo de hablar, porque de verdad que no tenía intención alguna de venir aquí. Pero ya que estoy, y como todavía me dura la indignación de antes, me planto en jarras ante la puerta, como reclamando el derecho a recuperar alguna de las infinitas posibilidades que creí entender que la vida me ofrecía en aquel entonces, y que luego no me dio, sería que no me fijé en la letra pequeña de la oferta.

 Mi postura es sin duda gallarda y desafiante, pero como, pasado un rato, nadie me ha hecho ningún caso, tiro de máquina de fotos, por favor, qué bien van las cámaras para salir airoso de estos trances, y disparo, así como con desgana, y entre las fotos y mi digna actitud, aprovecho para retirarme de aquel callejón sin que se note demasiado que huyo con el rabo entre las piernas.

oOoOoOoO

Addendum

La idea de los globos, contra lo que algunos podrían pensar, viene de “Le Ballon rouge”, de Albert Lamorisse.
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MONTE ARRIBA (I): ¿NOS ECHAMOS UNA CARRERITA?

 

Publico dos entradas a la vez, esta y la siguiente, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

 

Estoy subiendo hacia un pico, bueno, dejémoslo en un piquillo, que se llama Puigsallança. Hace sol, pero es un sol poco agresivo, y además la mayor parte del camino transcurre por dentro de encinares y hayedos, umbríos los primeros, a la espera de lucir sus hojas los segundos. Es el principio de la subida, y se respira bien, de momento. El olor a tierra, a verde, a húmedo, resulta embriagador.

Voy solo. Me gusta ir solo por la montaña. Solo, estás más atento a olores, luces y sonidos. O a lo mejor eso son excusas, y lo que pasa es que me gusta ir solo por ciertos rasgos de mi carácter, digamos que de déficit de sociabilidad, de los que a veces se me acusa. Sea una cosa, la otra o ambas, me gusta establecer una especie de diálogo interior mientras camino, sobre todo cuando los árboles me privan de conversar con mi sombra. Y no pretendo insinuar que eso del diálogo interior implica profundas reflexiones, qué va. Mi diálogo interior es intrascendente, casi frívolo en ocasiones. En cualquier caso, el camino embarrado y resbaladizo que estoy siguiendo no lo cambiaría por la alfombra roja de un palacio; subiendo, me siento profundamente feliz, incomprensible y atávicamente feliz.

Llego a un pequeño collado con una hierba tan verde que uno no acaba de tomársela en serio. Ahí, la vegetación se abre, y, a lo lejos, se ven las imponentes cumbres nevadas del Pirineo. Son cumbres consagradas, reconocidas, con una pizca de arrogancia, y que miran a mi modesto pico como quien mira a un hermano pequeño que no ha alcanzado la pubertad. Pero yo no me dejo amilanar, y sigo mi camino con espíritu primaveral. Y es que sí, la primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Además de las flores, de los sonidos, de la tibieza del aire, flota por ahí un no sé qué indefinido que me fuerza a mirar a la Primavera a los ojos. Y lo hago con cierta sensación de culpabilidad, y me veo obligado a reconocer que ha llegado, a pesar de mis deseos de que no llegara. ¿Qué por qué no quería que llegara? Tanto da, cosas mías. De hecho, hubo una época en que, cuando se acercaba el momento, luchaba con la Primavera, la empujaba, intentaba cerrarle el paso, detenerla, retrasarla. Jamás conseguí nada; como mucho un año conseguí que llegara unos segundos más tarde, pero hubo tal revuelo en las Cortes Astronómicas, y tal furia en los Sindicatos Astrológicos, y las mareas excepcionales que vinieron soliviantaron de tal manera a los Reinos Marinos y Oceánicos, que me juré no volverlo a hacer. Ahora, me limito a mirar para otro lado, a simular que no va conmigo, hacer como quien no quiere la cosa, a no establecer relaciones diplomáticas con ella. Pero, cada año, termina llegando un día en que la evidencia se impone. Y este año ese día ha sido hoy. Los sonidos, la tibieza del aire, las flores, y ese no sé qué que flota por ahí, han hecho que terminara rindiendo pleitesía a la Primavera; pues qué se le va a hacer, si no puedes con tu enemigo únete a él, o eso dicen.

En estas estoy, intentando respirar a pesar de la cuesta cada vez más empinada, cuando de repente oigo voces. Un grupo de tres o cuatro personas viene en sentido contrario, y, Dios, cómo se envidia a los que van en sentido contrario cuando tú subes. Obviamente, están practicando el diálogo exterior, lo cual interrumpe mi diálogo interior, claro. Y me hace pensar que la gente en la montaña debería ir callada, o hablando poco y muy bajito, que no está bien llenar el monte de voces. Disimulando mi desaprobación, les saludo cortésmente al cruzarnos. En estos casos, intento saludar con dignidad, procurando que no se note que el corazón está a punto de salírseme por la boca; ello implica algunos equilibrios que no siempre dan resultados satisfactorios. Mientras los caminantes se pierden a mi espalda en dirección al valle, se me ocurre que lo que juzgamos que está bien o que no está bien depende no tanto de juicios morales o de valores éticos, sino de lo que nos gusta o no nos gusta, o de lo que nos hace sentir momentáneamente satisfechos o insatisfechos, así que un ejercicio de tolerancia es siempre recomendable. Profundamente emocionado por mi altura de miras interior, dejo que mi mirada se pierda en el infinito y así componer una escena de profunda trascendencia; lamentablemente, mi altura de miras y mi mirada perdida la aprovecha una piedra para ponerme una alevosa zancadilla que casi da con mis huesos en el suelo. De manera que me pongo a maldecir, con escasa tolerancia, a mi prójimo ruidoso, a todas las piedras de ese lado del Mississippi y a la falta de oxigenación de mi cerebro que me provoca pensamientos de tan inútil y ecuménica bondad.

Al poco, tengo uno de mis consabidos ataques de hipocondría. Suelen darme estos ataques cuando las fuerzas flaquean y el diálogo interior languidece, una o dos veces por excursión. En esta ocasión, todo empieza por un dolor incipiente en una rodilla, que me hace pensar que me acabo de quebrar el menisco, y quién sabe si también el fémur, y que por culpa de ello voy a caer al suelo y quedar inconsciente por el golpe, a la merced de la congelación y de las alimañas. Mientras me preparo para la caída, noto un leve dolor en el hombro derecho, y me digo, caramba, qué infarto más raro estás teniendo, y cuando ya me dispongo a sacar el móvil para dictar un mensaje póstumo al mundo, veo lucecitas en un ojo, aviso inapelable de un inminente desprendimiento de retina, lo cual me causa amplia zozobra, ya que andar ciego por la montaña, más si encima se te han roto los meniscos y estás sufriendo un infarto, es muy difícil. Al cabo de poco, el ataque de hipocondría termina. Igual que vienen se van, deben de ser cosas de la edad.

Pasado el ataque en cuestión, creo obligado explicar qué hago aquí. El Puigsallança hacia el que me dirijo es un “cent cims”, un “cien cimas”. Esto de las cien cimas es una especie de reto que consiste en coronar cien cimas de entre un listado de más de trescientas propuesto por la Federación Catalana. La primera vez que oí hablar del asunto me pareció una gran idea, y se me ocurrió que era una excusa excelente para ir conociendo y descubriendo rincones y lugares hermosos. Pero en esas se me apareció el señor Tiempo, que me miró con sorna y dijo:

-Sí, claro, cent cims, mi niño, explícame cómo vas a subir a cien cimas con los años que te quedan para subir cimas, ricura, echa unos números, el ritmo al que Yo paso y el ritmo al que tú subes, que no sé para qué te sirve tanta ciencia, si terminas siempre en manos del descarrío, echa cuentas y ríndete a Mi evidencia.

Profundamente afligido por tan cruel exhortación, cerré la libreta donde pensaba apuntar mis logros montañeros, derrotado. Pero en eso algo se revolvió en mi interior, y, mirando al señor Tiempo con mirada pícara le dije:

-Bueno… pues… ¿Echamos una carrerita?

Y eso. Que aquí estamos.