“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)

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LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (Y OTRA MÁS)

MIS AMIGOS LOS NEGROS DE PERGHISA, EN LA ILHA DO SAL

Luis Romero

Van vestidos de hombre y no les llaman hombres.
Tienen color negro y garganta de negro.
Esos dientes heridos que cantan en la noche,
esas manos abiertas buscando tres estrellas…

¡Dime tú viejo esclavo que doblas la clavícula!
¡Dímelo tú, muchacha con los senos pintados!

Este niño panzudo o esa trenza de estopa,
o ese jarro con agua pagada a precio de oro.
¿De dónde esta alegría o esta antigua tristeza,
y estas mornas cantadas en el perfil del año?
Ocho árboles tan solo hay en toda la isla;
ocho árboles tan solo, y dos mil tiburones.

Es un negro, es un negro. Y esa mujer; la negra.
¿En qué alcoba, o qué luna, en qué playa, en qué choza…?

Perghisa; un poco de humo o un puñado de estiércol.
Cien metros más allá, reverencias y whiskys,
trescientos aparatos cual relojes gigantes,
y la ciencia amarilla vestida de verano.

El avión que pasa camino de otras cosas.
Y aquí, el negro, con su terror pequeño,
con su canción, sus dientes, y su imparcial sonrisa,
con sus enormes pies, dramáticos, descalzos.

Los negros de Perghisa cantan bajo la luna.
Le cantan a la madre, y a la mujer, y al hambre,
y le cantan a aquél
                                que entiende su lenguaje.

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 Me temo que publicando esto pierdo toda la credibilidad que me quedaba. Pero… ¿qué le voy a hacer si el domingo pasado, cuando creía que lo de la ilha do Sal ya no daba más de sí, vuelvo a bucear en papeles de mi padre y de repente encuentro, mecanografiado en tinta azul sobre una cuartilla, el poema que acabo de transcribir? Y encima es que… que la cuartilla estaba entre otras muchas, que las cogí todas juntas sin mirarlas casi, que las iba a archivar en la caja de “repasar minuciosamente algún día” y de repente me saltaron encima las fatídicas palabras: ilha do Sal. ¿Cómo iba a mirar para otro lado? Sé que suena poco verosímil, pero las cosas han sucedido exactamente como las he contado.

Además, estoy seguro de que, al menos aquella noche, en el perfil del año, mi padre entendió el lenguaje de los negros de Perghisa.

TOCAN A MUERTOS

Tocan a muertos. Es un toque lento, solemne, contenidamente triste. Suena la campana grande, luego silencio, luego la pequeña, luego más silencio, luego otra vez la grande… El espacio entre tañidos da tiempo a que la nota se prolongue, se debilite y se extinga del todo, como si fuera el hálito de la persona que acaba de morir. El silencio se prolonga, hasta que se escucha la voz de la otra campana, que quedará en el aire unos instantes hasta que, a su vez, se extinga. Puede que sean los silencios los que dan al toque de muertos su aspecto fúnebre, su inequívoco marchamo de punto final.

 Cuando era niño y oía tocar a muertos, quedaba levemente sobrecogido, como en suspenso; pero era un sobrecogimiento efímero. Cuando era niño yo no sabía lo que era la muerte, y ni siquiera sabía que no lo sabía. La muerte era entonces algo que siempre les sucedía a los otros, y que significaba pena, llanto y ropas negras. Si tocaban a muertos estando en la escuela, el maestro nos hacía levantar y persignar; si oíamos tocar a muertos mientras estábamos jugando, deteníamos por un instante nuestros juegos, congelábamos nuestras risas sin saber muy bien por qué, y mirábamos hacia el campanario, como si allí pudiera esconderse la razón profunda de la muerte. Pronto volvíamos a nuestras batallas, exploraciones, pelotas o canicas, y nos olvidábamos del resto. Las voces de las vecinas, comunicándose el nombre del finado, formaban una especie de trasfondo sonoro al que prestábamos escasa atención.

Una vez iba corriendo (¿por qué tenemos tanta prisa cuando nos queda casi todo el tiempo del mundo?) en busca del medio cuartillo de aceite que mi madre me había encargado comprar en la tienda de ultramarinos del final de la calle. El tío Demetrio estaba sentado, como siempre (¿por qué tenemos tan poca prisa cuando el tiempo casi se nos ha acabado?), en la silla que solía sacar a la puerta de su casa. En aquel momento empezaron a tocar a muertos. El tío Demetrio se puso de pie y se quitó la gorra. Era un día de invierno, y el viento del norte barría el pueblo con su soplo helado. Yo dejé de correr, y le dije:

—Tío Demetrio, que se le va a enfriar la cabeza.

El respeto por los mayores seguía en aquel entonces unos cánones diferentes de los vigentes hoy en día; el tratamiento de usted era irrenunciable, pero al tío Demetrio era muy normal para nosotros, chiquillos, lanzarle pullas y cuchufletas, a las que solía reaccionar con gracejo y descaro. Vaya, una especie de esgrima inocente para prepararnos a lo que luego nos fuera a deparar la vida. Aquel día, el tío Demetrio me miró de una manera que aún hoy no sabría definir, y respondió, con una seriedad trascendente y concisa que nunca le había visto:

—Un difunto bien merece un poco de frío en mis sesos.

Y como puede que no me viera muy convencido, añadió:

—Cada vez que tocan esas campanas… Cada vez que muere uno del pueblo… El pueblo muere un poco. Nosotros morimos un poco. Bueno, tú un poco, yo un bastante.

Creo que fue la primera vez que pensé que, al fin y al cabo, eso de morirse no era sólo cosa de los otros. Así que me alejé al paso, sin contrarréplica, pues cuando uno está ante una gran verdad lo mejor es guardar silencio. Y mientras me alejaba estremecido por el frío del viento y por el frío de una muerte que acababa de mirar con otros ojos, el tío Demetrio seguía en pie, con la gorra en la mano, y yo me prometí que cuando las campanas tocaran por el tío Demetrio, me pondría en pie y me quitaría la gorra.

 Tocan a muertos con solemnidad y tristeza. Las dos notas, la de la campana grande y la de la pequeña nacen y se extinguen, sin cabalgarse, sin apremio, como simbolizando la intemporalidad en la que ha entrado el muerto.

 La vida dio algunas vueltas, y me llevó lejos de mi pueblo, a la ciudad, donde las campanas de las iglesias no tocan a muertos y los viejos de los bancos no se quitan las gorras, claro, por qué iban a quitárselas si las campanas de las iglesias no tocan a muertos, y ellos no mueren un poco, ni un bastante, con cada muerto, sino que mueren todo de golpe, al final. Pasó el tiempo, y pasaron cosas y más cosas, y hubo cosas que no pasaron, pero ni unas ni otras creo que importen mucho a nadie, ni siquiera a mí ya. Luego la vida dio algunas vueltas más, y volví al pueblo, que era ya otro pueblo, o tal vez el que era otro era yo. Ya nadie se acordaba del tío Demetrio, que había muerto sin que yo me quitara la gorra. Pero, eso sí: las campanas seguían doblando cuando se producía una muerte y yo, por algún motivo, empezaba a morirme un bastante, en lugar de un poco, cada vez que las oía.


Hoy tocan a muertos, de una manera especialmente solemne y triste. Puede que algún niño detenga un momento su juego. Puede que alguien se ponga en pie y se quite la gorra. Puede que ese mismo niño piense que la muerte es algo que sólo les sucede a los otros. No importa, tiempo tendrá de convertirse en uno de esos otros, como me he convertido yo, que descanso tranquilamente en mi ataúd, mientras el sonido de las dos campanas me envuelve y la gente del pueblo muere un poco, o un bastante, conmigo. Por primera vez en mi vida (¿o debería decir en mi muerte?) el toque de muertos no me estremece, sino que me acompaña.

LA HISTORIA MÁS HERMOSA JAMÁS ESCRITA

Érase una vez un padre que gustaba de leer historias a sus hijos. Y sus hijos gustaban de que su padre les leyera historias. Una vez acostados los niños, el padre se sentaba en el suelo, cerca de sus camas y abría el libro; con la lectura, se asomaban de la mano a las ventanas maravillosas de la fantasía. Así, juntos, corrieron aventuras sin fin, domeñaron sanguinarias fieras, descubrieron países secretos, se codearon con princesas y dragones, con piratas y buscadores de oro, desafiaron a brujos de gran poder y escucharon a sabios, anduvieron con seres fabulosos, contemplaron tesoros de inabarcable riqueza, exploraron templos olvidados, selvas y grutas, flotaron en el cielo y vivieron bajo el mar.

Pero sucedió que un día al padre se le ocurrió pensar lo bello que sería leer a sus hijos una historia que él hubiera imaginado y puesto en palabras. Y así decidió que iba a escribir una historia, pero no una historia cualquiera, sino la historia más hermosa jamás escrita, pues eso quería para sus hijos.

De manera que se sentó a su mesa con pluma y papel, y pensó y pensó, y luego siguió pensando. Pero por mucho que se esforzara, el papel siguió en blanco, pues ni el título había sido capaz de componer. Al ponerse el sol, guardó su pluma y su papel, y se fue a leer a sus hijos, como hacía cada noche. Mas una semilla de melancolía empezaba a germinar en su corazón.

Al día siguiente volvió a su papel en blanco, y con ahínco buscó frases para dar forma a ideas que no se le ocurrían. Al llegar la noche, apenas unos pocos trazos que nada querían decir ocupaban una esquina de su hoja. Aquella noche, mientras leía a sus hijos, se dio cuenta de que la melancolía era ya algo más que una semilla.

Y los días pasaron. El papel siguió en blanco, y la melancolía creció y creció, tanto creció que a aquel pobre padre le empezó a costar respirar. Así que decidió partir, en busca de esa historia que quería escribir y que iba a ser la historia más hermosa jamás escrita. Leyó a sus hijos por última vez, dejó una nota de despedida y se puso en marcha hacia donde había visto ponerse el sol.

Anduvo por fértiles valles, cruzó ardientes desiertos, navegó por mares tormentosos, vadeó ríos de turbulentas aguas, cabalgó por praderas infinitas y atravesó desfiladeros en montañas escarpadas y blancas. Pernoctó en posadas, hosterías, caravasares, ventas y campamentos. Habló con gente de toda condición, desde arrogantes príncipes que vivían en ostentosos palacios hasta humildes leñadores que moraban en oscuras cabañas. Y por las noches echaba de menos a sus hijos, y lloraba por las historias que no les leía, y echaba de menos a su esposa y lloraba por no tener junto a él su cuerpo suave y cálido, y su voluntad flaqueaba.

Pero por la mañana, fortalecida su voluntad, seguía adelante. Mas su porfiar resultó vano, y siguió sin hallar aquello cuya búsqueda le atormentaba. Hasta que llegó un día en que, hastiado por lo estéril de su jornada y al borde de la desesperación, abrió su corazón a un hombre sabio que vivía en una gruta de las montañas y que le había dado cobijo una noche de tormenta. Puede que en verdad no fuera a un hombre sabio a quien abriera su corazón, sino a un poeta sin rimas que halló en una taberna y con quien había compartido un par de jarras de vino caliente, de ese que hiere la cabeza y el alma. Incluso hay versiones apócrifas que sostienen que no fue ni en una gruta ni en una taberna, y que ni fue a un sabio ni a un poeta a quienes hizo partícipes de su infinito desasosiego, sino que fue en un pajar y a una ramera, entre cuyos brazos había corrido a refugiarse, enfermo de soledad y borracho de nostalgia.

Pero nada de eso importa, pues lo cierto es que el sabio cavernícola, o puede que fuera el poeta amante del vino, o tal vez la ramera complaciente, le dijo, le dijeron:

—Peregrino, tu búsqueda ha terminado. Presta atención a lo que has de hacer. Tu viaje no es sino un hilo, un hilo que has ido dejando detrás de ti. Debes tomar ese hilo entre tus manos, y, una vez lo tengas, lo agitas, lo revuelves, lo barajas, lo bates, lo desordenas. Atento ahora, pues el hilo se ha tornado en revoltijo. Al revoltijo le das un poco de forma, amasándolo, pero una forma cambiante y sin aristas. Luego añades aquí y allá tus sueños y tus miedos, y lo envuelves, aunque no del todo, con la música de las montañas y el susurro de las aguas. Después lo pueblas con cosas y gentes que hayas encontrado en tu camino, y también con cosas y gentes que no hayas encontrado pero hubieras podido encontrar, incluso con las cosas y gentes que eres incapaz de imaginar. Lo riegas más tarde con tu dolor y tu soledad, y haces crujir tus dientes y vibrar tus huesos para iluminarlo, lo calientas con tu sangre derramada, y dejas que fragüe con la tristeza amarga del recuerdo de tu esposa y de tus hijos. Finalmente, lo restriegas por los olores de los lugares maravillosos y horribles en los que has estado, cuya luz brilla, lo veo, en el fondo de tus ojos. Cuando hayas hecho todo eso, toma pues pluma y papel, y luego vuelve a casa en paz, pues habrás cumplido tu destino.

Y aunque el papel, que todavía llevaba en su zurrón, era ya más amarillo que blanco, y la tinta de su pluma estaba ya casi seca, el hombre se puso a escribir febrilmente, con tal entrega que pasaron setecientos treinta días y setecientas treinta noches antes de que pusiera el punto final a su historia. Y el día setecientos treinta y uno el sabio, el poeta y la ramera vieron y leyeron, y afirmaron que, sin duda, aquello era, con casi total seguridad, la historia más hermosa jamás escrita.

Y el hombre emprendió el camino de vuelta. Cuando llegó a su casa, su esposa, que estaba en la puerta, lo vio desde lejos y corrió hacia él. Ambos se abrazaron largamente y mezclaron sus lágrimas. Luego entraron en casa. El hombre apenas podía contener su impaciencia, esperando a que se hiciera la hora de ir a dormir, y el tiempo caprichoso decidió pasar despacio. Pero al final el sol se puso y llegaron las tinieblas, pero los hijos no acudieron. El hombre, extrañado, y con su obra en una mano un tanto temblorosa, le preguntó a su mujer. Con un suspiro, ésta respondió:

—Marido mío, tus hijos han crecido mientras estabas fuera. Ahora ya no necesitan tus historias para dormir. Ahora han partido para escribir ellos mismos la historia de sus vidas…

El hombre lloró en silencio, mientras un frío que parecía surgir de lo más profundo del invierno empezaba a crecer en sus entrañas.

Y para que el frío no se apoderara de él, arrojó al fuego las hojas escritas.


Addendum

Puede que si el hombre cuyas tribulaciones explico más arriba hubiera tenido un blog, su historia no se hubiera perdido y yo se la hubiera podido leer a mis hijos. Lo que aprovecho para recordar que mañana hará dos años y 81 entradas que habito, a ratos libres, este blog.

ACERICO

Siento el tiempo que ha pasado
.          como agujas en la piel.
Una aguja por cada barco que no salió del puerto.
Una aguja por cada día muerto.
Una aguja por cada combate que rehuí.
Una aguja por cada beso que no te di.
Una aguja por cada cuento que no os conté.
Una aguja por cada carta que no escribí,
.          que ni siquiera pensé.
Una aguja por cada abrazo que no os llegó
.          y que por ahí anda perdido.
Una aguja por cada amanecer
.          que se me escapó
Una aguja por cada libro que no leí.
Una aguja por cada sueño fallido.
Una aguja por cada latido.
Una aguja por cada tarde vacía
Una aguja por cada gota de vida
.          que se quedó en el camino.

 ………

-Eh, maeztro… Pare er carro, ozú, que a ehte paso se me va aquedá como un acerico…

Y todos estallaron en ruidosas carcajadas, incluido el hombre que estaba recitando y al que se le disipó de golpe la borrachera de melancolía que había agarrado.

UN LARGO TRAGO DE VINO

Hace calor. El sol de agosto da de lleno en los tripulantes del pequeño llagut. Pero es un sol tolerable, incluso placentero para algunos, pues no es un sol obligado, sino libremente consentido, en algunos casos buscado. Además, el sol que cae mientras se flota en miles de millones de litros de agua salada es más compañía que castigo.

En la barca azul, que avanza con parsimonia hiriendo apenas la superficie del mar gentil del verano, vamos mi mujer, mis hijos, algunos amigos, yo. Alguien abre la pequeña nevera portátil y saca la bota de vino, que va pasando de mano en mano, de trago en trago. En la bota hay un vino frío, aderezado y templado por la pez que lleva la bota en sus entrañas. Cuando me llega el turno, la alzo con las dos manos, casi como si alzara un bebé: una mano cerca de la embocadura, otra en su vientre redondo, que presiono con suavidad. El pequeño chorro que brota me llega directamente al paladar, rebota en las paredes de la boca, salpica mi lengua; noto su frescura, su sabor, su aroma, su tacto, y dejo, con voluptuosidad, que se deslice por mi garganta. Cierro los ojos y prolongo el trago. Me inunda una sensación de plenitud intensa, mis humores más hipogeos afloran a mi piel y parecen hacer entrar en erupción a todos y cada uno de mis poros. Es un momento efímero y eterno.

Cuando abro los ojos estoy en la misma, aunque también distinta, barca azul, y navegamos por un mar que se diría que es el mismo mar pero no la misma agua. Yo también soy yo, pero no el yo de hace un rato. Tengo la bota en la mano, y la paso mecánicamente a la persona de mi derecha, incrédulo, pues los tripulantes no son los de antes. En la barca veo ahora a mis padres, a amigos suyos que ya hace mucho que dejaron de navegar. Miro mis manos, mis piernas, mi pecho: no son los míos pero sí son los míos. A mi alrededor, todos sonríen, salvo los que ríen abiertamente. Hablan, callan, a veces cantan; sobre todo, gozan de ese placer primario, epitelial que es ir en barca. Gozan como gozo yo, y como gozaré yo dentro de muchos años. Los veo, los oigo, casi los toco. Me emociono, pero intento disimular. Quiero decir algo, pero no sé qué. Gritaría que les echo mucho de menos, pero pensarían que me he vuelto loco, que me ha afectado el vino, que a mi edad no debería beber de la bota. Además, a qué iba a venir eso en medio de ese rato de felicidad compartida. Se me escapa una lágrima.

La bota ha dado ya la vuelta y me llega por la izquierda. Sé lo que va a suceder. La tomo en mis manos, indeciso. ¿Qué pasaría si la tirara por la borda? Pero no: cada cosa tiene su tiempo, su ritmo y hay ruedas que no deben dejar de rodar. Así que levanto la bota y le doy un largo trago, intenso, benefactor. Cierro los ojos.

Al abrirlos de nuevo, veo que me rodean mi mujer, mis hijos, mis amigos. Estoy profundamente turbado. Le paso la bota a mi hijo, o puede que sea a mi hija, que está a mi lado. En ese momento me doy cuenta de que una lágrima le resbala por la mejilla. Lo miro, la miro, asustado, pero no me atrevo a decirle nada, mucho menos a preguntarle. Parece indeciso, o indecisa, pero al final levanta la bota y le da un largo trago, en el que adivino la misma plenitud de la que acabo de disfrutar yo. Cuando termina, vuelve a sonreír; la lágrima ya se ha secado.

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Dedicado a esa barca azul, la Gloria, de cuya botadura se han cumplido cincuenta años este verano, y también en memoria de aquellos que a bordo de ella fueron felices.

ÚLTIMOS DÍAS ANTES DEL INVIERNO

La casa era grande, grande y fría. Podríamos decir que vanamente grande y obviamente fría. Obviamente fría porque casi todo era ya frío entonces; y vanamente grande porque éramos sólo dos. Y como éramos sólo dos, nos sobraba casa, y la casa que nos sobraba simplemente la ignorábamos, como quien aparta la comida que le sobra una vez saciado; o como quien aparta la comida porque ha decidido ser sobrio. Puestos a apartar, aunque, desgraciadamente, no a ignorar, también apartábamos el frío; lo dejábamos fuera de un pequeño perímetro que habíamos creado alrededor de la gran chimenea que había en el salón. Ese perímetro lo defendía un fuego lleno de bravura, con grandes llamas y muchas chispas, que parecían velar sobre nosotros, y nos mantenían fuera del alcance no sólo del frío, sino también, hasta donde era posible, del miedo.

Lo que hacíamos en aquella casa y cómo habíamos llegado hasta allí forma parte de una larga historia que dio comienzo hace una eternidad, cuando nos conocimos; o tal vez diera comienzo en cualquier momento de los muchos años que compartimos mientras, al principio sin saberlo, luego ya plenamente conscientes, envejecíamos juntos. Claro que nunca habríamos llegado a esta casa sino llega a ser porque un buen día el Invierno empezó a caer sobre el mundo. No tengo intención de evocar aquellos momentos ni lo que fueron para la especie humana. A la duda le siguió el desconcierto, el desconcierto dejó paso a la zozobra, de la zozobra vino el miedo, y el miedo engendró el pánico, y peor. Cada cual vivió aquello a su manera. Unos pocos al principio, más tarde muchos más, todos los que pudieron al final, iniciaron una huida desesperada hacia el sur, pensando que allá el Invierno no llegaría, o que llegaría menos virulento, o al menos que llegaría más tarde. Riadas de gente se pusieron en marcha hacia cualquier parte, por cualquier medio, con tal de que esa cualquier parte estuviera hacia el sur. Al final, sólo se veían largas columnas de hombres, mujeres y niños que iban a pie camino del sur, que pronto dejó de ser el sur para convertirse en el Sur, la última esperanza de la especie. Todo se movía hacia ese Sur que tal vez ni siquiera existiera.

Ella y yo decidimos quedarnos. Para tomar la decisión, apenas tuvimos que hablar; nos miramos a los ojos, y compartimos con enorme y desoladora lucidez que ya habíamos vivido lo que teníamos que vivir, que ya habíamos hecho lo que teníamos que hacer, incluso algo más, y que no íbamos a mendigar una propina más que incierta. Con aquella mirada, renunciábamos a nuestra pequeña parte de la historia colectiva: fuera cual fuera el destino del mundo, nosotros ya no formábamos parte de él. Tomada la decisión, pasaron unos días, serenos, silenciosos. Pero nos quedó un resto de inquietud, de insatisfacción. Ese poso fue fermentando, hasta que uno de los, no recuerdo quién, propuso ir a enfrentar el invierno. Y el otro, no recuerdo quién tampoco, sonriendo, asintió. Y así nos pusimos en marcha hacia el norte.

El viaje fue largo, y desde luego ni fácil ni cómodo, sobre todo porque no sabíamos qué buscábamos ni a dónde íbamos. Más de una vez pensamos en volver atrás, aunque atrás era una palabra que iba perdiendo poco a poco su significado. Las fuerzas se fueron desgastando, y la pizca de rebeldía residual que nos había empujado contracorriente terminó por marchitarse. Fue pues una mezcla de cansancio y hastío la que nos dijo que había llegado el momento de detenernos. O puede que no. Puede que hubiéramos seguido todavía más al norte. No lo sabremos, y además carece de interés. Lo que sucedió es que, desde muy lejos, vimos la casa. Decir que fue como un flechazo es cursi, y encima no es verdad; pero a medida que nos fuimos acercando a ella, empezamos a percibir con claridad creciente que nuestra marcha llegaba a su término. Frente a la casa, cogidos de la mano, nos detuvimos un momento. Luego, nos dirigimos a la puerta, y no nos sorprendió lo más mínimo que estuviera abierta. Se había acabado la huida hacia adelante; esperaríamos aquí, a pie firme, la llegada del Invierno, y aquí, en nuestro último hogar, perderíamos nuestra última batalla.

El resto ya está casi todo explicado. La casa estaba vacía, había mucha leña, había un salón con una gran chimenea, había una despensa con comida que nos duraría, es un decir, más que la leña. Así que nos instalamos, y desde entonces estamos aquí, compartiendo esta última porción de vida que hemos decidido apurar juntos. Podría parecer que esperamos, pero en realidad no esperamos. Vivimos los segundos, con sosiego, y a medida que la mano del Invierno va apretando el mundo con más fuerza, cada vez con más fuerza, nosotros echamos más troncos al fuego, y nos acostamos junto a la chimenea, envueltos en mantas, sonrientes, mientras las llamas pintan de tonos cobrizos nuestras pieles desnudas, y hablamos, sin prisa, de las cosas que hemos hecho y de las que hubiéramos podido hacer, e incluso de las que nunca habríamos hecho. O callamos.

De esta manera han pasado los últimos días antes del Invierno. El frío nos rodea, y nuestro perímetro resiste, aunque ya por poco tiempo. Los troncos se han agotado, y está ardiendo la última brazada de leña que hemos podido conseguir. Podríamos quemar los muebles, pero para qué; además no sería elegante. De un momento a otro, el Invierno se hará con nosotros. Nos hemos librado del miedo. Estamos juntos, hemos estado juntos tanto tiempo que sería inconcebible no estar juntos también ahora. Estamos envueltos en mantas, en silencio. No hay nada que decir que no nos hayamos dicho ya. Cuando se extinga la llama postrera, quitaremos las mantas de encima de nuestros cuerpos y nos abrazaremos por última vez, y abrazados entraremos en la oscuridad final.