HISTORIA DE UNA DEFENSA

No tengo una idea precisa de dónde empiezo, o de cuándo empiezo, ni siquiera de cómo empiezo. Confusamente, recuerdo haber estado en un lugar oscuro y húmedo dentro de un envoltorio de plástico, arrugada, y luego tengo la vaga sensación de salir a la luz y de haberme hinchado hasta adquirir mi forma normal. Lo siguiente que recuerdo es estar colgada de una rabiza, cumpliendo con mi deber: evitar que el costado de mi barco tocara con el pantalán, con el espigón o con el barco de al lado, tanto durante las horas, días o meses en que permanece amarrado como cuando atraca o desatraca del muelle, momento delicado en el que evito roces y amortiguo golpes. Aunque poco reconocida, es una tarea de mucha responsabilidad, que exige buena forma física y saber aguantar la presión. Un trabajo sacrificado, desde luego, pero yo por aquel entonces era una defensa joven y muy bien dispuesta, y encaraba la vida con ilusión.

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Mi barco era un velero bien cuidado, propiedad de una familia que navegaba lo justo. Así, mi juventud transcurrió entre algunas travesías, por lo general limitadas, y largas estancias en el club náutico. Fue precisamente en el club náutico done abrí los ojos a algunas cosas de la vida; de ellas, tal vez la que más me sorprendió fue darme cuenta de que las defensas no éramos todas iguales. En efecto, un poco más a poniente de donde estaba atracado mi barco empezaba la zona reservada a los pescadores. Las barcas de los pescadores también tenían sus defensas, pero eran unas defensas por lo general sucias y desgastadas, casi siempre desparejas. Yo al principio las miraba con cierto respeto, admiración casi, como quien mira a curtidas veteranas. Pero aquellas congéneres eran realmente ariscas, y no paraban de meterse con nosotras: nos acusaban de vagas, de inútiles, de blandas, de llevar una vida fácil; nos invitaban burlonamente a ir a su lado para “ver lo que era bueno”, y nos mostraban con aspavientos y sin pudor sus cicatrices. Mi respeto inicial se fue trocando en rechazo, y poco a poco aprendí a mirar para otro lado. Claro que si miraba mucho hacia otro lado, es decir, hacia el muelle de levante, casi era peor, pues me topaba con otras defensas, estas rutilantes, hermosas, abrillantadas, algunas incluso con abrigos de tela, todas con rabizas inmaculadas. Su arrogancia era hiriente, y nos ignoraban de una manera tan explícita que hacía tanto daño como la malquerencia de las otras. Alguien me explicó que nosotras éramos defensas de “clase media”, porque estábamos a medio camino entre el proletariado y la aristocracia. Tardé un tiempo en entender que lo del medio camino no se refería a nuestra situación física en el puerto… Pero es que yo entonces era una joven e inexperta defensa, creo haberlo dicho.

Mi vida en aquel mi primer barco no tuvo mucha historia. Los niños me cogían a veces para jugar, y eso me gustaba. Pero pronto se hicieron mayores y los juegos acabaron. De manera que el patrón y su familia fueron viviendo su vida, y yo fui cumpliendo con mi deber, y poco más. Y así hubiera sido hasta el final, si no llega a ser porque un buen día el nudo que unía mi rabiza al guardamancebos se deshizo, y caí al agua. No puedo olvidar el sentimiento de desolación que experimenté cuando vi como mi barco se deslizaba a mi lado, y luego se iba alejando y haciendo pequeño, ni lo sola que me quedé rodeada de agua por todas partes. Así que fui a la deriva, días y días, mecida o zarandeada, según las ocasiones, por el mar, perdida, olvidada. Terminé varada en una playa, y pasaron más días sin que nadie me hiciera caso. Fue un tiempo de abandono y soledad, y llegué a pensar que las cosas estaban llegando a su fin, y que pronto sabría en qué consistía esa “muerte” que había oído mencionar varias veces sin saber muy bien de qué se trataba exactamente.

En esas estábamos cuando un buen día de primavera llegó a la playa un grupo de gente, padres, madres, niños. Uno de aquellos arrapiezos me vio, y se puso a dar voces, anunciando que había encontrado una pelota muy rara; casi inmediatamente me arrojó al agua y declaró a gritos que yo era un barco pirata que les atacaba y que a las armas. Apenas me dio tiempo a ofenderme por lo de pelota, o por lo de rara, o por lo de barco pirata. En cuestión de segundos, y con un entusiasmo digno de mejor causa, los niños se pusieron a tirarme piedras, añadiendo ruidos del tipo “buuu-uummm” o “ca-buuummm”. Por si alguien le cupiera la menor duda, confirmo que es tremendamente humillante que te tiren piedras, sobre todo cuando eres una defensa flotando indefensa. La cosa duró un rato, hasta que las pedradas, o tal vez una brisita que soplaba de tierra, me fueron alejando poco a poco de la playa, y dejé de ser objeto de su lapidaria puntería.

De nuevo en alta mar, a punto de convertirme en la defensa errante. Pero no fue así, pues casi inmediatamente una canoa se me acercó y se hizo con mis servicios. Debo reconocer que le estoy muy agradecido a este mi segundo patrón por haberme rescatado del abandono y restituido a un empleo digno. Pero también he de decir que la época de mi vida que pasé en mi segundo barco no fue una época feliz. Primero, no me gustan mucho las canoas, porque van dando saltos y las defensas nos damos unos golpes terribles contra los costados, y acabamos la mar de doloridas. Pero peor que eso fue que mis compañeras de trabajo, las otras defensas, tenían un aspecto mucho más lozano y brillante que el mío. Claro, ellas no habían estado a la deriva por el mar, ni varadas tiempo y tiempo en una playa, a sol y serena, ni las habían cosido a pedradas. Y me miraban mal, y yo me sentía algo incómoda. De hecho, mi estancia en la canoa fue breve. Al poco de haberme incorporado a mi nuevo puesto, la mujer del patrón me vio desde el pantalán, y señalándome con un mohín de disgusto dijo:

“- ¿Qué es eso?

– Una defensa que he encontrado flotando, qué suerte, ¿no?- respondió con inocencia mi segundo patrón

– ¿Suerte? ¿Has visto su aspecto? Ya la estás tirando ahora mismo, la calidad de un patrón se mide por la pulcritud de su barco- dictaminó su esposa.

– Pero mujer, es que necesito una defensa precisamente ahí… – alegó con poca convicción el aludido.”

Aunque la discusión no fue más allá, yo no las tenía todas conmigo. Con razón: a los pocos días, aquella despiadada señora se presentó con un bulto bajo el brazo: se mascaba la tragedia. Y mis temores quedaron confirmados cuando vi lo que era el bulto: una defensa nueva, de piel tersa y suave, con su forma turgente, los colores vivos, probablemente formada en una fábrica prestigiosa… En un santiamén, la nueva había ocupado mi sitio, y yo, baqueteada, con mi físico deteriorado por la edad y los golpes de la vida, quedaba abandonada al lado del contenedor de basura.

No detallaré lo turbada que me sentí en aquella penosa situación, que por suerte también duró poco, pues al poco acertó a pasar por allí un joven barbudo que se acercó y me miró con ojo crítico. Yo intenté adoptar una pose gallarda y resaltar mis curvas, todavía firmes. No sé cuánto de convincente resultaron mis esfuerzos, pero la cuestión es que el joven barbudo se me puso bajo el brazo, y así fui a parar a mi tercer barco. Era otro velero, algo tronado esta vez, que navegaba sin cesar, con tripulaciones variadas, chicas, jóvenes con guitarras, cerveza y a veces hasta algún humito que me llegaba y me provocaba risas absurdas. El patrón, el joven barbudo del que ya he hablado, era un tipo excéntrico, que gustaba de hablar solo, cantar a gritos o contarnos chistes a las defensas, a la botavara o a los chigres. Un poco loco, me decía yo, pero son cosas de la juventud, añadía con indulgencia. Lo cierto es que fueron años felices…

Hasta que un día, amarrados en puerto, noté que algo iba mal. Empezó con un dolor en el costado, y de pronto me sentí floja, sin fuerzas, deshinchada. Mi barco y el de al lado empezaron a tocar por mi zona. No tardó en darse cuenta el patrón, que me tomó en sus manos con cara preocupada. Me examinó, y me llevó al interior de la cabina. Era la primera vez que estaba allí… Me colocó sobre la mesa, me raspó la zona herida, y me colocó varias bandas de una cinta plateada. Poco a poco, y con alivio, fui notando que las fuerzas volvían. Aunque algo me decía que ya nunca volvería a ser la misma.

La operación me permitirá aguantar un poco más, pero esto se acaba. Ahora sé que estoy llegando al final de mi vida de defensa, y que por fin voy a saber qué es eso que llaman “muerte”. He de aceptarlo con serenidad, pues mi vida ha sido larga, intensa: he conocido tres patrones y servido en tres barcos, he corrido aventuras, he sufrido y he sido feliz. He vivido.

¿Qué más podría pedir?

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