YO ME BATO POR UN BESO

En mi primera juventud frecuenté juergas nocturnas, con distintos grados de desenfreno (de leve a moderado, tampoco vaya nadie a pensar mal), en forma de fiestas, copeos en bares que cerraban la persiana pero no la barra y locales periféricos a las ordenanzas municipales. Fumábamos, bailábamos, bebíamos, hablábamos, cantábamos y nos retirábamos a altas horas de la madrugada creyéndonos los más temibles calaveras en muchas millas a la redonda; a nuestra manera, éramos felices.

En una de esas noches de francachela me sucedió algo que no he conseguido borrar de mi memoria, que de hecho ni siquiera he intentado borrar de mi memoria, a pesar de lo que diré en la penúltima frase del relato; para ser sincero, he decidido contarlo para que cuando se borre de mi memoria pueda seguir recordando. Creo que a eso hoy en día se le llama copia de seguridad. La historia fue, más o menos, como sigue.

Estábamos unos cuantos de pie en un bar, con nuestros vasos de no recuerdo muy bien qué en la mano, hablando de esto y de lo otro, entre ruidos y risas, bastante animados y propensos a entrar en comunión con el mundo, o con el prójimo, o incluso con la prójima de terciarse. En tales circunstancias, solían surgir los temas de conversación más disparatados. Aquella noche se habló de duelos. Como era costumbre, cada cual fue diciendo la suya, por qué motivos se batiría, dónde, a qué arma, a quién escogería de padrinos… Mientras la conversación avanzaba y se metía por andurriales cada vez más surrealistas, yo me fijé en la chica que estaba justo a mi lado. La había visto otras veces, y he de confesar que no recuerdo bien su cara, ni siquiera su cuerpo; en cambio, tengo presente su sonrisa, una sonrisa amplia, cálida, directa, persistente, en la que hubiera querido ahogarme para siempre. Con aquella sonrisa a mi lado, poco caso hacía de la charla: la miraba, la miraba sonreír, y pensaba que me costaría bien poco enamorarme de ella, al menos en aquel momento y estado. Y así estaba yo medio atontado cuando de repente giró la cabeza y me miró de hito en hito. Se me heló la sangre en las venas, pues pensé que se habría ofendido por mi poco discreta atención. En cambio, renovando su demoledora sonrisa, me preguntó:

—Y tú… ¿Tú por qué te batirías?

He de reconocer que las mujeres en aquel tiempo no me hacían mucho caso, bueno, ni en aquel ni en ningún tiempo anterior que recuerde, ni en ninguno posterior, así que me recorrió una especie de “escalocaliente” (lo siento, no sé cómo decirlo, un escalofrío de alta temperatura) seguido de un escalofrío (de los de toda la vida) por el temor de que mi respuesta no estuviera a la altura. Casi sin pensarlo, repliqué:

—Yo… yo me batiría por un beso.

Eso dije, así, ni corto ni perezoso. Lo habría oído en alguna parte. Hago un inciso y ruego a posibles lectores no se tomen todo esto muy a pecho: eran otros tiempos, y hasta era otro yo. Prosigo. Pensé que con esa frase acabaría nuestro amable intercambio, pero me equivocaba. Su sonrisa se hizo más amplia, y creo que a mí se me acentuó la cara de bobo, me cogió por un brazo y puede que murmurando un “de acuerdo” del que tampoco puedo dar fe, me llevó a un rincón apartado.

—A piedra, papel o tijera. A tres victorias —dictaminó.

Y la maldita no dejaba de sonreír, y yo empezaba a ser el hombre más feliz de la tierra.

—Quieres decir… —puntualicé inseguro— que si gano… ¿Podré besarte?

Afirmó, y se puso en tal posición que de verdad parecía una duelista. Y yo, cuando conseguí serenar mis pensamientos, decidí que aquel desafío había que ganarlo. Mi máquina de pensar se puso manos a la obra; la chica parecía de carácter fuerte, así que seguro que empezaría por piedra, a ver, un, dos tres… ¡Sí! ¡Acerté! Ella piedra, yo papel, ya tenía una victoria. La sangre empezó a correr de manera un tanto desordenada por mis venas y arterias, y, levemente embriagado por el triunfo, me pareció lógico que fuera a cambiar de estrategia, así que yo ahora sacaría piedra, y la cosa se pondría fácil, un, dos, tres… ¡maldita sea! Había vuelto a sacar piedra, nadie gana, nadie pierde, vamos allá de nuevo, piensa, piensa, tienes que pensar, entender su estrategia, me decía yo con frenesí interior, a ver, ahora seguro que cambia, veamos, sí, creo que esta vez saco tijera y es mía, cómo va sacar tres piedras seguidas, un, dos, nervios, tres, ¡oh no! Mi tijera acaba de ser aplastada por su piedra, pero a quién se le ocurre sacar tres piedras seguidas, por el amor de Dios, vamos empatados a una victoria. Seriedad, serenidad, a esta mujercita me la meriendo yo con pan con tomate, ahora seguro que no saca piedra, no se atreverá, pero con su cerebro emocional femenino la tijera seguro que le va a dar repelús, irá por la vía suave del papel, lo veo venir, así que saco yo la tijera y le corto en dos su papel, esto está hecho, uno, dos, tres… ¡vaya! Los dos hemos sacado tijera, y encima sonríe que me deslumbra, en los duelos serios nadie sonríe, uno, dos,  tres, ay, no he tenido tiempo de pensar, saco papel al tuntún, ella ha vuelto a piedra, ¡sss-ssí!, dos victorias a uno. La tengo en el bote. Respiro profundamente y miro sus labios, y los imagino sobre los míos, cabe los míos, contra los míos, imagino el olor de esa sonrisa pegada a mi cara, y digamos para simplificar que me altero un poco. Es el momento culminante, sus dos derrotas han sido con piedra, ahora no se va a atrever a sacar piedra, como estará escocida por la derrota va  a sacar tijera, que es más agresivo, así que con una piedra remato la faena, un, dos, adelante, tres, ¡ahí va!, me ha sacado papel, mi piedra cae fatalmente envuelta al pozo de la derrota. Bueno, no todo está perdido, empatamos a dos victorias. Ahora es la decisiva. Estoy un poco asustado, el triunfo se me puede escapar, ella con piedra se siente segura, pero seguro que me quiere sorprender, puede que con otro papel, no, esta vez será tijera, ay qué nervios, una, mejor que saque tijera, dos, no, no, sacaré papel, tres, saco piedra… ¡Nada hecho! Ella ha sacado piedra también. Me mira a los ojos, y aunque sigue sonriendo tengo la sensación de que me dice que está jugando conmigo, que lee mis pensamientos y que va a derrotarme cuando y como quiera. Volvemos a contar, uno, dos, tres, y vuelven a salir dos piedras. Y luego otra vez. Y así siete u ocho veces, esto es absurdo, a ver quién aguanta más, no sé por qué me empecino, no sé por qué se empecina ella. Esto se ha de acabar, y voy a ganar yo. Hago ver que tengo que sonarme para pensar un poco. Es una treta tan obvia que estoy seguro de que se ha dado cuenta. Por lo tanto, sabe que voy a cambiar, que ahora no voy a sacar piedra. Por  lo tanto creerá que voy a sacar tijera, símbolo fálico o lo que sea, y ella lo dejará en piedra, pero yo sacaré papel, cosa que seguro que ha previsto, y por lo tanto sacará tijera y yo la pillaré con mi piedra, pero si ella cree que voy a sacar piedra, ella sacará papel y yo lo cortaré con mi tijera. La jugada es infalible. Un, dos, tres, saco mi tijera y ella, era de esperar, me he dado cuentas en el último segundo, saca piedra. He perdido. Esta vez sí, del todo. Me maldigo. Maldigo mucho, a mí, a mi suerte, a mi estupidez. Ahora bien, yo siempre he sido un buen perdedor, bueno, mentira, yo siempre he sabido aparentar ser un buen perdedor, así que es el momento de ser un caballero, o de hacerlo ver. Por lo tanto, encojo los hombros, intento una sonrisa forzada e intento mirarla de frente sin conseguirlo. Farfullo algo sobre lo bien que ha jugado y adopto una pose de resignación digna; mientras, por dentro, estoy jurando en arameo y, mentalmente, sólo mentalmente, le doy de puntapiés a la pared.

De repente, ella se aproximó, y noté un roce leve, aéreo, sutil; eran sus labios que, sin detenerse, depositaban sobre los míos un esbozo de beso.

—Adiós —dijo.

Luego se fue haciendo pequeña, mientras se alejaba alegremente hacia el olvido.

Nunca he vuelto a verla.

RELOJ

El tiempo es aquello que nos separa de nuestros recuerdos, te digo arrastrando un poco, sólo un poco, las letras. Un día me dijeron que así mi voz sonaba más seductora, y hoy necesito seducirte.

El tiempo pasa, continúo, porque hemos vivido momentos que tienen un antes y un después, y ese antes y ese después son el tictac de la existencia, un tictac del que los relojes intentan un pálido remedo. Para qué queremos relojes, te pregunto mirándote a los ojos mientras te quito el tuyo, si ya tenemos los tic amenazadores que marcan la llegada de un momento amargo, o los tac melancólicos que anuncian el final de un instante de plenitud, o los tic y tac apagados y planos de momentos vacíos, que también llegaron y se fueron.

Intento modular mi voz para que adquiera tonos profundos, envolventes, sensuales, y prosigo con que no hay nada más absurdo que fiar nuestro tiempo al reloj. Como si fuéramos así a controlarlo; cuando en realidad lo que hacemos es construir un tiempo artificial, redondo, marcado por unas manecillas que se mueven, siempre a la misma velocidad, para no ir a ninguna parte, y terminan encerrándonos en círculos equiláteros prefabricados. Te pregunto si tú crees que el tiempo se mueve siempre a la misma velocidad, mientras mis dedos rozan tus cabellos.

Te miro y sonrío. Lo que quiero, añado, es construir nuestro propio reloj, tuyo y mío, que nuestros momentos sean su tic y su tac, y que los tic y los tac se mezclen como una música escrita en pentagramas temporales blandos. Quiero que compartamos nuestro futuro. Y también quiero que vayamos convirtiendo, juntos y poco a poco, ese futuro en pasado: porque compartir el pasado es tan hermoso como compartir el futuro, pero muchísimo más irrenunciable y definitivo.

Veo que sonríes y nos cogemos las manos. Tic. Cerramos los ojos, estamos, luego nuestras manos se separan. Tac.  Saco un paquete del bolsillo y te lo entrego. Te miro mientras lo abres, preguntándome qué cara pondrás cuando veas el precioso reloj que te regalo.

EL ESTRO DE LAS FLORES

Imagen

La Muntanya Negra es la presencia mineral que tiene Cadaqués a su espalda, y digo mineral porque la mayor parte del tiempo la vegetación que la recubre, dominada por matorral rabiosamente mediterráneo, parece, contagiada de la naturaleza geológica de la montaña, haber apostatado de su naturaleza biológica. Eso sí, cuando la recupera y reivindica lo hace con tanto vigor que casi da miedo.

Para subir a la Muntanya Negra hay que partir de una de las partes menos nobles del pueblo, a saber, la entrada por la carretera de Roses. Luego hay que dirigirse hacia las escuelas, que finalmente se evitan para atacar una buena subida, primero por calles, luego por una urbanización donde casas modernas parecen querer dar una lección magistral de cadaquesidad, con sus piedras secas elegantemente dispuestas. Cuando dejo atrás esas casas y abordo un camino de tierra y roca que lleva hacia Mas Duran, se me suele escapar un suspiro de alivio, del tipo “al fin solo”. Es el momento de empezar a disfrutar del camino, que se va encaramando poco a poco, entre paredes de piedra seca y olivares. Mucho antes de llegar a Mas Duran, nada más haber alcanzado una pista, hay que hacer un acto de fe y girar a la izquierda, Así, un poco a campo a través y otro poco por senderos casi imaginados, se asciende a una pequeña cresta.

El día es hermoso, la luz brillante, el aire diáfano. La vegetación ha explotado, ha enloquecido, se ha emborrachado de primavera; da la impresión de que es la misma explosión de júbilo colectivo de un pueblo que acabara de sacudirse la opresión de una tiranía. Las laderas, al contrario que el resto del año, no son minerales, pero, sorprendentemente, tampoco son verdes. Son, sobre todo, amarillas y blancas, aunque aquí y allá hay alguna pincelada de otro color, lila por ejemplo. La culpa es de las retamas, de las aliagas, que exponen sus estandartes amarillos, de las jaras negras, cuyas flores blancas desbordan las lomas; algunos espliegos intentan hacerse ver, aunque con poco éxito. Y otras plantas menores lanzan un grito cromático rebelde rápidamente olvidado. Huele, huele de una manera feroz, huele a vida que se perpetúa, a sexo botánico.

Imagen

Al final de la cresta se toma el camino viejo a Port de la Selva, una pequeña joya, empedrado a tramos, con algunos puentes y refuerzos de piedra seca centenaria. Estos muros, construidos con una sabiduría secular ya olvidada, carecen de glamour, pero son bellos en su vejez pétrea, casi conmovedores. El camino viejo flanquea la montaña amarilla y blanca, y el mar allá a lo lejos es un telón azul que abarca todo lo que no abarca el azul del cielo. Debería andar despacio, disfrutar, empaparme de esa especie de milagro que me rodea. Pero no puedo, serán los efluvios que emiten las flores en celo; la cuestión es que mi marcha adquiere un ritmo frenético, y en un santiamén me planto en el cruce de senderos donde tomaré, a la izquierda, el que me llevará al Puig dels Bufadors y luego a la Muntanya Negra.

El calor aprieta. El maldito sendero sube de mala manera, y mi ritmo se atempera. También se atempera mi exaltado estado  de comunión con la naturaleza, y empiezo a sentirme miserable, sudoroso, y ahora me preocupa más respirar que contemplar, más subir que sentir. Pero los metros de desnivel van cayendo, y al llegar al Puig dels Bufadors recupero un poco el pulso, el mío y el de las cosas. Desde allá arriba, la sensación es la de estar a la deriva en un océano amarillo y blanco que se extiende por el monte hasta unirse con el otro océano, el azul.

Imagen

Del Puig dels Bufadors a la Muntanya negra son unos pocos pasos. Desde la Muntanya Negra se ve el Pení, Cadaqués, Cap de Creus, el castillo de San Salvador, que vela sobre Sant Pere de Rodes, l’Albera, y qué se yo cuántas cosas más. También se ven masos (masías) que conocieron tiempos mejores y nos recuerdan un pasado agrícola y ganadero un tanto olvidado por la tradición y fama pescadora. Pero sobre todo se ve, vuelve a verse, la lujuria vegetal que se exhibe sin pudor, y es tan intensa que a uno le vienen ganas de transformarse en flor o, mejor, en insecto polinizador, para hacer de celestina alada, y ayudar a la consumación de los cientos de miles de actos sexuales florales que se piden a gritos.

Desde allá arriba, la belleza es tan intensa que duele. Cielo, mar, montañas, vegetación, y la luz, esa luz transparente cuya franqueza es tan directa que hiere. Pensativo, me digo que, cuando toquen retirada, espero no recordar esta belleza total, inevitable y definitiva. Porque si, llegado el momento, la recordara, las cosas serían sin duda mucho más difíciles.

Addendum
Espero que nadie de mi gremio se crea en el deber de recordarme que los vegetales no tienen ni estro ni celo. Pero si tal cosa sucediera, me vería obligado a responder que nadie que hubiera estado ese día de mayo en la Muntanya Negra pondría en duda mis palabras con banales tecnicismos.

Por cierto, por si alguien quiere darse el paseo:
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=4523134

BORRONES DEL DESTINO

Un móvil al que llamaremos Fito sale del punto A en dirección al punto B, con una velocidad supuestamente uniforme v. Otro móvil, al que llamaremos Lola, sale del punto A’ en dirección al punto B’, con velocidad también supuestamente uniforme v’. Dadas las coordenadas de A, A’, B y B’, así como los valores de v y v’ (sólo los módulos), puede calcularse fácilmente que ambos móviles van a coincidir en el tiempo t en el punto intersección de los segmentos AB y A’B’, al que por comodidad llamaremos x.

Bueno. Pero aclaremos que Fito y Lola, como móviles, tienen algunas peculiaridades. Para empezar, tienen volumen, cosa que siempre ha sido un auténtico incordio para los problemas de móviles puntales. También tienen masa, consecuencia casi inevitable, en los días que corren, de tener volumen. Para acabarlo de arreglar, su masa no se dispone según ninguna figura medianamente geométrica, ni siquiera por aproximación. Peor aún, ambos móviles exhiben un atributo por el que las leyes de la física –y las del Destino- sienten un horror absoluto: tienen voluntad, albedrío, o al menos se les supone. Corolario: miran un escaparate, curiosean en las portadas de los periódicos alineados en el kiosco, saludan a un conocido, con el que incluso puede que se paren a intercambiar unas palabras, aprietan el paso a la vista de un semáforo que va a pasar a rojo, lo aflojan porque de repente el aire tibio de la mañana, o el verde incipiente de las hojas de los árboles, o cualquier otra cursilería por el estilo, les susurra al oído que para qué tanta prisa… Escolio: v y v’ (recordemos, las velocidades) son entelequias formalmente intratables y uniformemente desconcertantes.

El enunciado inicial lo tomamos pues como una grosera simplificación, apenas descriptiva del momento en que dos personas echan a andar. Como el enfoque, básicamente cinemático, del asunto deja grandes lagunas, abrimos un breve paréntesis aclaratorio.

Fito y Lola son dos personas, hombre y mujer respectivamente, adulto tirando a otoñal él, adulta tirando a primaveral ella. Él, con una mochila bastante llena ya de sus historias, mochila que a ratos se le antoja pesada, sobre todo cuando aprieta la convicción de que algunas cosas mejor no llevarlas ahí, o cuando abruma, aunque sea pasajeramente, la conciencia del vacío de cosas que ya no formarán nunca parte de esa carga. Ella, una mochila con más ilusiones que recuerdos, con más proyectos que pasado, una fuerza más levitatoria que gravitacional, aunque puede que ella no se dé cuenta.  Fin del paréntesis aclaratorio, y así ahorramos detalles, descripciones, recorridos vitales, situaciones socioeconómicas y demás nimiedades engorrosas.

Cuando los móviles Fito y Lola iniciaron su movimiento, el Destino había esbozado un guión. Para algo era el cálculo de velocidades, de trayectorias, la determinación del punto de encuentro (recordemos, x, al tiempo t): dos personas que están donde no tenían que estar, una palabra, unos ojos, un tal vez, un perdona, qué más da, los accesorios del asunto vienen por separado, una chispa, un algo, un algo que prende, que va a más, que crece, amor, pasión, deseo, lo que sea, hermoso, inesperado, vital, lleno de posibilidades, emociones, y el final ya se vería, que el Destino está siempre muy ocupado y no puede desarrollar a fondo los guiones.

Pero ya hemos apuntado al principio las dificultades de calcular cosas de móviles con masa y voluntad, y que encima se mueven a velocidades uniformemente desconcertantes. Por lo tanto no resulta extraño que en el punto x al tiempo t no estén ni Fito ni Lola. Ni siquiera consta que puedan verse, o entreverse, ni mucho menos que por unos instantes tengan, en forma de breve escalofrío en las yemas de los dedos, la sensación de que los rozaba, sin llegar a tocarlos, la felicidad, o al menos una ración generosa de felicidad que hubiera podido corresponderles, y que se les va –se les ha ido- para siempre y sin remedio.

Pero el Destino es gato viejo. Así, igual que Fito y Lola habían sido proyectados el uno hacia el otro, con poca, digamos, puntería, también lo fueron Fonsi y Lita, Fran y Lea, Fidel y Lidia, Flavio y Lourdes, Félix y Lucila, Fausto y Luisa, Fermín y Laura, Firmo y Livia, Ferran y Laia, Floro y Leire, y muchos más. Todos marraron. Todos, salvo Fabián y Lara. Y el destino, satisfecho, agradeció a la mecánica estadística lo que no había podido cumplir la cinemática.

En momentos de bienaventurada dicha, Fabián (o Lara) pensaban en lo improbable del feliz suceso de haberse encontrado.

Cuando los ecos de esas reflexiones llegaban al Destino, le hacían sonreír; entonces, recordaba con un punto de suficiencia a Fito y Lola, Fonsi y Lita, Fran y Lea, Fidel y Lidia, Flavio y Lourdes, Félix y Lucila, Fausto y Luisa, Fermín y Laura, Firmo y Livia, Ferran y Laia, Floro y Leire, y muchos más.

Simples borrones.

LA MUERTE DEL DESEO

El final del deseo. El agotamiento del deseo. La muerte del deseo.

No sabía cómo titular esto. Al final me decidí por muerte, que siempre queda más dramático y por lo tanto puede terminar siendo más comercial, o al menos eso dice mi asesor de mercadotecnia. Aclaro que mi asesor de mercadotecnia es un ser imaginario que me sirve para echarle las culpas de mi ineptitud financiero-empresarial.

Pero no sé bien si es lo más adecuado. Lo de final da la impresión de que es algo que se interrumpe, así, sin causa conocida ni mayores connotaciones. Lo de agotamiento alude al cansancio, pero también al consumo de un recurso hasta su desaparición. La muerte evoca la conclusión de unas funciones orgánicas. Puede que el deseo sea una simple línea, como  una de las líneas de la mano, y un día se llega al final, punto, se acabó. O a lo mejor el deseo es un bien, algo que se nos da en una cierta cantidad limitada al nacer para que lo vayamos usando. Si es así, cómo llegaría a arrepentirme de haber deseado cosas frívolas, cosas triviales, deseo que el señor de al lado deje de hablar, deseo que el semáforo se ponga verde de una vez. Pero también puede que el deseo sea una especie de organismo que hay que alimentar, proteger, cuidar, cultivar. Y, como todo organismo, puede que se muera de viejo, de accidente o de enfermedad.

Hay quien dice que la felicidad es la ausencia de deseo. No creo que me interese esa felicidad. Me gusta desear. Me gusta desear tener ideas para escribir artículos aquí. Me gusta desear que llegue el sábado, y me gusta desear que llegue el lunes; me gusta desearos buenas noches, me gusta desear que llegues a la cama, me gusta desear silencio, me gusta desear dormirme y me gusta desear que los Reyes Magos hayan pasado cuando despierto. Me gusta desear a la mujer de mi prójimo, aunque sea en broma, y me gusta desear el mal a los malvados, aunque luego me arrepienta y entonces desee no haberlo deseado. Me gusta desear imposibles, pero también me gusta desear posibles razonables. Confieso que disfruto con deseos inconfesables: por ejemplo, a veces deseo un móvil nuevo, y otras veces deseo la fragancia esa que anuncian en televisión; y es que ni los deseos son perfectos.  Me gusta desear que se haga de noche, y me gusta desear que amanezca, aunque a veces he deseado que no amaneciera nunca. Y de igual manera me gusta desear que llegue el viento o que llegue la calma, o que siga el viento o que siga la calma, pues no deseo deseos coherentes. Me gusta desear, discretamente, que lleguéis a casa cuando ya es tarde.  Y me gusta desear ser deseado. Cuando me vuelvo insensato, deseo un mundo sosegado, culto, justo y feliz. Y cuando vuelvo a poner los pies en el suelo deseo ser campeón de lucha grecorromana, deseo ir a Marte en una expedición sin retorno y deseo ser un príncipe destronado que vive un exilio bohemio y melancólico, todo a la vez. Cuando pierdo el control suelo desear ir en bicicleta cuesta arriba como si fuera cuesta abajo, o deseo ver manadas de elefantes galopando por la sabana africana, o deseo un plato de callos a la madrileña bien sabrosos. Ah. Y deseo no tener nunca un asesor de mercadotecnia. A veces miro hacia atrás y deseo haber dado aquel beso que no di, y a veces miro hacia adelante y deseo envejecer sin llegar a viejo. Pero cuanto más se acerca el invierno, más deseo tu piel tibia y suave junto a la mía.

Puede que un día se acabe el deseo. O puede que se agote. O puede que se muera. Puede que un día mi único deseo sea volver a desear. O puede que ni eso. ¿Puede que termine olvidando lo que es desear?

De momento, lo que más deseo es seguir deseando.