LUIS ROMERO: CIEN AÑOS Y DOS REEDICIONES

Me disfrazo hoy de periodista para explicar cómo fue la celebración del centenario de mi padre y de paso hacerlo con una engañosa apariencia de imparcialidad. Hubiera podido decir, simplemente, que fue muy bien, y creo que hubiera estado casi todo dicho, al menos lo esencial. Pero la fluencia escrita a veces me pierde.

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Participantes en el acto, de izquierda a derecha: Sergio Vila-Sanjuán, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Javier Romero Martinengo, Domingo Ródenas de Moya, Joan Tharrats y Joan Sala.

La Nau Comanegra quedó pequeña para acoger a los que acudieron, por admiración, afecto o curiosidad, al acto celebrado en homenaje a Luis Romero (1916-2009) y en conmemoración de su centenario, el pasado 24 de noviembre. Luis Romero fue «un hombre bueno» (según Jean-Jacques Fleury, profesor de literatura, en carta que envió desde Albi) y «una persona encantadora, que desarmaba de lo encantadora que era» (según hizo saber a los presentes Juan Antonio Masoliver Ródenas, escritor, catedrático de literatura y crítico literario). De eclosión tardía, Irrumpió en la narrativa española a los 35 años gracias a La noria (premio Nadal 1951), y es sobre todo conocido por sus facetas de novelista (por ejemplo: Los otros, El cacique, Castell de cartes) y de historiador (o de novelista-historiador: Tres días de julio, Desastre en Cartagena, Por qué y cómo mataron a Calvo Sotelo, entre otros), que le llevaron recibir algunos de los galardones más prestigiosos de las letras españolas (además del Nadal mencionado, los premios Planeta, Espejo de España y Ramon Llull). En la última etapa de su carrera, escribió sobre arte, y en especial sobre Salvador Dalí, desde una perspectiva muy personal fuertemente empapada de su larga amistad con el pintor.

Luis Romero había confesado más de una vez su amor por las tabernas, a las que dedicó dos libros. Este amor no hay que atribuirlo al gusto por el vino, que un poco también, sino, sobre todo, al hecho de que una taberna fuera «un lugar donde la gente se reunía dispuesta a hablar», según su propia definición. Y Luis Romero era un apasionado de la conversación. La Nau Comanegra se convirtió, en este sentido, en una taberna con un tema monográfico: el autor y su obra.

En un año en que se celebraban efemérides literarias y centenarios de mayor tronío, el de Luis Romero podría haber pasado totalmente desapercibido, de no haber sido por dos editoriales que, en connivencia con la familia, han tenido el acierto (o la audacia) de lanzarse a sendos proyectos de recuperación de su obra. Por un lado, Comanegra ha reeditado La noria. Para ayudar a que sus cangilones den unas cuantas vueltas más, la novela sale acompañada de un nuevo volumen que, sin pretender ser una nueva Noria, intenta una visión poliédrica de la Barcelona de hoy de la mano de doce autores actuales; completa la reedición un prólogo de Marina Espasa. Por su parte, Calambur ha mirado hacia Los otros, publicada inicialmente en 1956, una novela intensa, menos conocida pero no por eso menor. Relata, desde la perspectiva de múltiples personajes que de alguna manera convergen en el drama, un atraco y lo que le sigue, relato que rápidamente se convierte en una crítica social áspera y a ratos descarnada, con ribetes de novela negra. Acompañan la reedición un prólogo de Santos Sanz Villanueva y un estudio de los cambios que obligó a introducir la censura. Ambas obras llevan epílogos del hijo del novelista, en dos registros muy diferentes, según resaltó Sergio Vila-Sanjuán, periodista y escritor, en el transcurso del acto.

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Las dos reediciones: La noria y Los otros

Dar una nueva vida a dos obras tan señaladas dentro de la narrativa española de posguerra constituye, por sí solo, un bonito homenaje a un autor que parecía haber ido cayendo en un inmerecido olvido. Pero reunirse a hablar de él, a analizar su obra y a rememorar algunas anécdotas era la pizca de sal que le faltaba al guiso. Por eso, y gracias a los buenos oficios de Sergio Vila-Sanjuán, las dos editoriales se pusieron de acuerdo y, en el magnífico local de la antigua fábrica Lehman, por cierto muy cerca de la casa donde vivió buena parte de su vida, y murió, el autor homenajeado, Comanegra actuó como excelente anfitrión del encuentro.

Las intervenciones, moderadas por Vila-Sanjuán, ayudaron a dibujar un retrato, desde diferentes perspectivas, de la obra, y también de la persona, de Luis Romero.  El propio Vila-Sanjuán destacó la importancia capital de La noria como una de las grandes novelas de la posguerra, y de Tres días de julio como la primera gran crónica periodística de la guerra civil. El hijo del escritor, Javier Romero Martinengo, reivindicó la figura de su padre a través no sólo de algunos de sus facetas literarias menos conocidas (poesía, literatura fantástica o en los límites de la realidad, novelas en catalán…), sino también de su biografía, y de su compromiso ético con la verdad. Juan Antonio Masoliver Ródenas mezcló recuerdos personales y evocaciones literarias, y, en una intervención que supo a poco por lo breve, destacó el fondo existencial en la literatura de Romero, así como algunos toques poéticos en medio de su prosa, seria y concisa. Según Masoliver Ródenas, La noria es un recorrido no sólo geográfico, por la ciudad, sino también un recorrido a través de las clases sociales. Y destacó Tres días de julio como la primera obra sobre la guerra civil que enfrenta, literariamente, a los dos bandos en plano de igualdad, mérito nada banal dada su fecha de publicación (1967). Domingo Ródenas, profesor de literatura de la Universitat Pompeu Fabra y crítico literario, realizó un elaborado parlamento en el que abundó en la reivindicación de la obra de Luis Romero, en especial de su capacidad de creación literaria y de reflexión, a menudo innovadora, sobre la forma, tanto si escribía una novela (por ejemplo Los otros, con el alma de la ciudad en primer plano y de protagonismo colectivo, que, ya en 1956, usaba elementos de novela negra como vehículo de una demoledora denuncia social), como un reportaje novelado (Tres días de julio, con una técnica novelesca muy elaborada para ensamblar las distintas miradas individuales sobre el hecho colectivo de aterradora magnitud que fue el desencadenamiento de la guerra civil) o arte (Todo Dalí en un rostro, que es un análisis artístico abrazando de lleno su experiencia vital con Dalí, que a la vez lo convierte en literatura).  Joan Tharrats, hijo del pintor Joan-Josep Tharrats, padre e hijo grandes amigos de Luis Romero, enlazó recuerdos y curiosidades del Cadaqués de los años 50, 60 y 70, y sobre todo de su paisaje humano e intelectual, del que se alimentó, y al que alimentó, Romero. Desde la platea, el crítico y escritor J. Ernesto Ayala-Dip comentó con humor algunos detalles sobre el viaje que a principios de los 90 compartió con Romero a Madrid, y el periodista Sergi Doria evocó la entrevista que le hizo en 2006, que fue la última en la vida del novelista. Joan Sala, de editorial Comanegra, cerró las intervenciones en su calidad de anfitrión, explicando qué le había llevado a decidir reeditar La noria, decisión a la que, por cierto, no había sido ajeno Joan Tharrats.

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Portada del folleto de la jornada que la ACEC (Associació Col.legial d’Escriptors de Catalunya) dedicó a Luis Romero en 1990

En 1990, la ACEC dedicó un homenaje a Luis Romero, en el que destacados especialistas analizaron críticamente los múltiples aspectos de su literatura. Hoy, un cuarto de siglo más tarde, un nuevo homenaje nos recuerda a un autor de indudable independencia y honestidad, innovador y renovador y cuya obra, por sus valores literarios y humanos, se mantiene hoy totalmente vigente.

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TAMBIÉN NECESITÁBAMOS «LOS OTROS»

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Tras su éxito con La noria, Luis Romero vuelve a España desde Argentina (con Gloria) en 1952, decidido (decididos) a vivir de la literatura y de las letras con pureza; es decir, sin necesitar o querer otros trabajos, ni en editoriales ni en ningún otro lugar, ni aceptar sinecuras de ningún tipo, especialmente cuando ello pudiera suponer merma de su libertad de creación. Al poco, publica Carta de ayer (1953) y Las viejas voces (1955), dos obras interesantes, aunque probablemente no lo mejor de su narrativa. Luego vendrá Los otros, gestado en 1955 y publicado en 1956; como lector escasamente ecuánime que soy, me parece una novela espléndida. Y no, no es porque yo también fuera gestado en 1955 y prácticamente publicado en 1956, sino por su valor literario, social y humano. Cuando Domingo Ródenas me preguntó por alguna novela de Luis Romero que recuperar para su centenario, al estar La noria comprometida con Comanegra, me salió de dentro una respuesta casi refleja: Los otros. Esta pregunta se me hizo a principios de 2016, y Los otros está ya en las librerías gracias a editorial Calambur. Espero que sirva para que algunos lectores disfruten (o, en algunos momentos, bastantes momentos de hecho, sufran) con una novela que tiene ribetes de novela negra, pero que es, sobre todo, el relato descarnado de una realidad social miserable y demoledora, que fue la de este país y que tal vez convenga no olvidar.

Un ejemplar de la obra reeditada ha ido pasando de mano en mano en nuestro círculo familiar más íntimo, y la hemos leído (o releído) en sucesivas oleadas. Lo que sigue no es un ejercicio serio de crítica o análisis literario, ni lo pretende; es una simple conversación que ni siquiera ha tenido lugar como tal, un intercambio de pareceres entre lectores de dos generaciones que tienen en común sus lazos familiares próximos y directos, entre ellos y con el autor. Componen el dramatis personae: BRS y MRS (nieto y nieta de Luis Romero), TSS (Teresa), y EBD (El Biólogo Descarriado), compilador de esta conversación.

EBD. Los otros es una novela de muchos personajes, uno de los cuales actúa como una especie de centro de gravedad de ese pequeño microcosmos humano. Este personaje viene de La noria, donde comete (capítulo 19, Ser o no ser; por cierto, ni en La noria ni en Los otros se nos dice su nombre) un atraco que le reporta magros beneficios. Unos años más tarde, y ya en Los otros, la desesperación le lleva, como única vía de salvación frente a la miseria, a planear asaltar al cobrador de una empresa. En la primera parte de la narración van apareciendo una serie de personas que el atraco va a unir, aunque sea muy lejanamente. El atraco, que no sale bien, provoca una especie de onda expansiva que agita, en mayor o en menor medida, la existencia de todas esas personas, que orbitan por un tiempo alrededor del hecho y del personaje central, a menudo sin ser plenamente conscientes de ello. Por supuesto, el atracador sin nombre, cuya huida por Barcelona seguiremos con angustia, adquiere un relieve especial, pero sin reducir al resto a la condición de secundarios: sus vidas se hacen muy presentes a lo largo de toda la novela y son, casi, su razón de ser.

TSS, BRS, MRS. ¡¡¡Eso ya lo sabíamos!!!

EBD. Pues claro… ¿No podríais disimular un poco y meteros un poco más en vuestro papel de tertulianos literarios? Era un resumen para la galería, leñe. Venga, vamos a lo importante.

TSS. Aleix Porta acaba de publicar una reseña (Ser o no ser: la Barcelona de Luis Romero) y sugiere que el alejamiento físico desde el que se escribió La noria (Buenos Aires) permitió a su autor suavizar un poco la crudeza de una realidad social desoladora. Y que, de regreso a Barcelona, la sordidez y la miseria se hicieron tan patentes que le obligaron a que el tono de su siguiente novela (Los otros) fuera mucho más amargo, sin espacio para la esperanza o la ternura.

EBD. No sé, puede ser; como idea es atractiva, aunque La noria no es una novela particularmente optimista.

TSS. No, claro. El entorno, la ciudad de Barcelona, es el mismo. Pero en La noria la gente se divierte, al menos hay gente que lo hace o planea hacerlo. La realidad de Los otros es mucho más áspera.

MRS. Tanto La noria como Los otros transcurren en Barcelona, en 24 horas o en menos. Es extraño, estas dos novelas me hacen sentir nostalgia, nostalgia de una ciudad que no he conocido ni conoceré.

 BRS. Hay muchas otras novelas sobre Barcelona que tal vez no provoquen ese sentimiento de nostalgia. Yo creo que el retrato es tan vívido, tan sin contemplaciones, que terminas viviendo esa ciudad desaparecida, y una vez vivida, sientes nostalgia por su desaparición.

MRS. Sí. Son historias intensas, densas en cuanto a personas, auténticamente humanas, que, además, salvando las distancias, son plenamente vigentes. Y demuestran que la ciudad es contradictoria, despiadada, sobre todo en Los otros, pero que está viva, muy viva, o lo estaba en aquel entonces, antes de irse convirtiendo en la especie de escaparate que es hoy.

BRS. Un apunte: la ciudad como lugar del azar. El azar tiene un gran papel en la novela. A los personajes los reúne el atraco, pero muchos de ellos confluyen en el atraco de la mano del azar.

TSS. Volviendo a Los otros, la palabra despiadada da en el clavo. La ciudad es despiadada. Yo insisto: los personajes de Los otros son gente a los que se les escapa (o se les ha escapado ya) no sólo el presente, sino también el futuro, insatisfechos, cargados de frustraciones y de amargura.

MRS. Bueno, probablemente la situación de mediados de los 50 no daba para mucho más…

TSS. No claro, pero es que incluso el empresario, que se supone que es un triunfador, nota que su existencia está vacía; y está solo, muy solo. Casi todos están solos. Es un libro de soledades, pesimista. Probablemente necesariamente pesimista, si quería retratar fielmente la realidad social.

EBD. Desde luego, la lectura de Los otros te deja profundamente desasosegado. Pero sí que hay resquicios, unas pequeñas gotas de… ¿misericordia? para unos personajes tan desheredados de cualquier esperanza. Hay rasgos de solidaridad, de gente que intenta ayudar al atracador en su huida, hay un vislumbre de caminos que se abren para el cobrador y la secretaria, hay un tenue consuelo para la mujer del contable…

BRS. El anciano contable… La descripción de su casa de una vulgaridad escalofriante; pero en ese escenario vulgar, la ternura infinita de ese hombre hacia su mujer. Que sí, que sí. Pero yo también opino que la ciudad, en su sentido más humano, aparece como algo muy hostil. Incluso feo… No salen las partes hermosas de Barcelona, los barrios altos, ni siquiera Las Ramblas. En cambio sí salen barrios feos, inhóspitos, donde no se asfaltan las calles, donde crecen los hierbajos, hay descampados, ropa tendida, suciedad. Y esto también es de actualidad, puede que incluso más actual ahora que cuando se escribió: la dualidad de una ciudad escaparate, como se ha dicho hace un momento, pero con entrañas carcomidas.

EBD. Lo que os puedo asegurar es que las descripciones son de un realismo absoluto, de crónica periodística o de informe pericial. Estoy seguro de que el punto donde se produce el atraco, si no existía, se parecía mucho a un lugar real. Y el descampado donde se echa el atracador a descansar, un momento de sosiego (sólo aparente) en la vorágine de la huida. Y la casa donde vive con Carmela, su pareja, o la del anciano contable que decíamos antes. Lugares desaparecidos hoy, que quedan fijados en la prosa de Los otros como si de fotografías de Català-Roca se tratara.

MRS. No queda claro si los personajes son héroes o antihéroes, pero definitivamente entramos en sus vidas y motivaciones, a veces tan profundamente que a nuestros ojos quedan dignificados, especialmente los más pobres, los más desafortunados. Y el atracador, claro. Eso es uno de los atractivos del libro.

TRS. ¿Y las mujeres? Yo no llegué a vivir, al menos no con plena consciencia, aquella época, pero la sociedad aparece explícitamente sometida a unas convenciones muy rígidas. Hay una moral estricta que afecta sobre todo a las mujeres, que además desempeñan un papel muy subordinado al de los hombres. La mayor parte de mujeres que aparecen, por no decir todas, están derrotadas, desamparadas, más todavía que los hombres, y ni siquiera apuntan un germen de rebeldía como al menos sí hacen los protagonistas masculinos (el tabernero, el propio atracador…).

EBD. Es totalmente cierto. Hay mucho que aprender de esta novela, y el desasosiego que te produce no es más que una prueba de su riqueza literaria.

BRS. Cambiando un poco de tema, a mí Los otros me parece que tiene algo de cinematográfico. Algo o mucho. Hay unos personajes que confluyen, se produce el atraco. A partir de ahí, la huida desorientada del atracador en un solo plano secuencia, un travelling en el que la cámara se mueve, y su movimiento va cambiando de ritmo a medida que se desarrolla la acción: rápido al principio, más lento hacia el final. Y cuando está tumbado en el descampado y oye cantar a una mujer, tal vez el mejor momento del libro: un picado que enmarque el descampado, el hombre tumbado…

EBD. Pues… se hizo, creo, un intento de adaptación cinematográfica que no cuajó, no mucho después de la publicación. Y a finales de los setenta se hizo una película amateur en Gaillac, cerca de Albi. Esta vocación de relato visual es bastante singular en la obra de Luis Romero.

BRS. Y hablando de la obra de Luis Romero: el encadenamiento de sus personajes. Los otros lo protagoniza un personaje escapado de La noria. Algunos personajes de La noria vuelven a aparecer en La corriente, y también uno de los guardias que interviene en el atraco, así como el tabernero. Ese guardia viene de un pueblo dominado por una especie de cacique, déspota nada ilustrado que hace y deshace a su antojo, y de ese pueblo emigran para llegar a una ciudad anónima (Luis Romero declaró que era una mezcla de Madrid, Barcelona y Bilbao) el matrimonio que protagoniza La Nochebuena. La muerte de ese cacique y sus consecuencias para el pueblo se relatan en El cacique

MRS. Podríamos jugar a buscar otros encadenamientos y a proyectarlos hacia el futuro, o sea, nuestro presente.

TSS. Sí. Pero. Pero la mayor parte de los personajes de los encadenamientos están ya muertos…

EBD. Por cierto, ¿sabíais que Los otros fue la novela más traducida de Luis Romero? Se publicó en francés, italiano, alemán, sueco y húngaro. Y me parece que, junto con La corriente, la única de sus novelas que no fue reeditada.

Por lo tanto, no cabe duda: también necesitábamos Los otros.

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NECESITÁBAMOS «LA NORIA»

Dice Axel Münthe, refiriéndose a un libro suyo, algo así como que “…murió de muerte natural, y el reducido duelo que lo acompañó a la fosa común del olvido soportó su pérdida con obstinada resignación”. Muchos libros mueren. Algunos mueren deprisa, de puro prescindibles que son, y otros lo hacen después de una larga y fecunda vida. La muerte, como fenómeno estadístico, no es intrínsecamente mala, de hecho es imprescindible, en la biología y en la literatura. Pero también existe la inmortalidad, que queda reservada para las grandes obras maestras. Además, están aquellos libros que no mueren del todo, sino que entran en una especie de letargo del que pueden despertar. Si lo hacen, durante un tiempo aportan a nuevas (o viejas) cohortes de lectores todo eso maravilloso e imposible de inventariar que aporta la literatura a los que leen. Querría creer que ese es el caso de La noria, de Luis Romero, mi padre, reeditado por editorial Comanegra, por cuya intercesión la obra vuelve a estar en las librerías. Una cuidada edición en forma de una caja en que a la obra original le acompaña otra novela coral, Gira Barcelona, a cargo de escritores actuales. La noria, por lo tanto, va a dar unas cuantas vueltas más.

A Joan Manuel Soldevilla (JMS), profesor de literatura, y a mí nos presentó Tintín en un aeropuerto hace ya unos años. Él ha sido, probablemente, uno de los primeros en leer La noria recién reeditada, lectura que le inspiró una serie de comentarios que me escribió. Le he pedido permiso para recogerlos y publicarlos en este blog, y no he podido resistir la tentación de apostillarlos como El Biólogo Descarriado que soy (EBD), y el resultado ha sido una especie de conversación entre nosotros.

JMS. He vuelto a leer La noria y he disfrutado. Muchísimo. La había leído dos veces, en aquella edición de Círculo de Lectores —con esa cubierta de Yzquierdo hipnótica— que supongo que dio una enorme difusión al texto allá en los setenta; una siendo un adolescente y otra siendo joven, quizás con treinta años. Siempre me había gustado pero ahora, con cincuenta y pocos, me ha entusiasmado. Y emocionado.

EBD. En efecto, La noria fue el libro recomendado del trimestre en Círculo, en 1971, y eso ayudó a darle una nueva vida. Pasado el boom de Círculo, siguió vendiéndose, aunque fuera modestamente, en sucesivas ediciones de Destino hasta los 80, en que podríamos decir que cayó en el olvido editorial. El recuerdo sobrevivió en algunos lectores, en estudios literarios, en algunas bibliotecas… Pero incluso su papel como una de las novelas clave sobre Barcelona se fue diluyendo.

JMS.  Sí, una novela sobre Barcelona, de crítica social. Sí, bueno. Cuando se ha hablado de La noria con frecuencia se ha hecho desde una perspectiva historicista; que si novela representativa de lo social, que si destacada por el uso del monólogo interior, que si retrato de Barcelona paralelo a La colmena… La he querido leer como lo que es, una novela, sin todo eso que le echaron desde antes de nacer, y la he disfrutado. Me ha entusiasmado el ritmo, el tempo narrativo, ese metrónomo implacable que resuena en toda la novela y que la cohesiona de forma admirable.

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Luis Romero en Cadaqués, en 1953, poco después de regresar a España después de haber ganado el premio Nadal. Fotografía: Francesc Català-Roca

EBD. El tiempo… sí, es verdad. Yo leí la novela por primera vez con quince o dieciséis años, y la he releído por cuarta o por quinta vez este verano. Cada vez encuentro algo nuevo, no sé si porque soy capaz de profundizar más, o porque mis ojos han ido cambiando con los años. Pero esto del tiempo tienes razón, no lo había percibido tan claramente. La novela sigue un eje temporal muy estricto, y las horas, no las horas, los minutos, avanzan de manera inapelable. Casi diría que es ese flujo del tiempo el que hace girar los cangilones (perdón por el palabro, podría haber dicho arcaduces, pero sería todavía peor) de la noria. Puede que ese flujo inevitable se refleje en el estilo…

JMS. Admiro el estilo, certero, controlado, que sabe encontrar un equilibrio entre el poema y la crónica; el narrador, todopoderoso, que muestra, valora y opina con una extraña combinación de misericordia y distancia.

EBD. Misericordia… Me gusta la palabra, aunque yo no la hubiera empleado. Siempre he creído que en muchas de las novelas de mi padre, a pesar de que se lleva al lector a un mundo injusto, opresivo, triste, gris, hasta sórdido en ocasiones, siempre queda un resquicio para la esperanza, tal vez lo que tú llamas misericordia del narrador. Este resquicio, muy taponado por todo lo demás, no todo el mundo lo percibe; es curioso.

JMS. Esperanza… Fíjate: este verano he elaborado un texto sobre Cervantes y Barcelona, y leyendo ahora La noria he descubierto una analogía curiosa, no sé si casual. Don Quijote llega a Barcelona una madrugada del día de San Juan, más o menos la madrugada que retrata la novela; la aurora de Barcelona no tiene cuatro columnas de cieno, como la de Nueva York, sino luz, esperanza, algarabía, vida…  Tanto en Cervantes como en Romero. Por otro lado, una curiosa paradoja, ¿cómo una novela que confluye hacia un amanecer espléndido puede tener este tono crepuscular?

EBD. ¡Una influencia cervantina en La noria! Eso realmente suena bien. La crítica de la época (y algún periodista actual también, y con más énfasis) quisieron identificar en La noria influencias de Dos Passos (Manhattan transfer), de Schnitzler (La ronda), de Virginia Woolf (Mrs Dalloway) y de Cela (La colmena). Lo que sucede es que mi padre, cuando escribió La noria, no había leído ninguno de estos libros, salvo La colmena. En cambio estoy seguro de que había leído El Quijote, obra de la que era un apasionado. Quién sabe…

JMS. Hay páginas soberbias y personajes extraordinarios, retratados con una profundidad y sutileza admirables. Dos cosas he descubierto que en lecturas anteriores no había advertido con tanta rotundidad: el miedo y el sexo, que fluyen por la ciudad desde sus cabañas hasta sus palacios como un extraño magma que todo lo empapa.

EBD. El miedo… Yo no lo acabo de percibir, pero puede que tengas razón, sobre todo si por miedo entendemos la incertidumbre, las estrecheces, el no saber qué va a haber mañana para comer. Y el sexo, desde luego. Aunque yo prefiero decir “abundancia de historias galantes”, tal vez inspirado por el título del primer capítulo (Madrugada galante). Pero… ¿y la ciudad? ¿Qué papel crees que desempeña?

JMS. La ciudad la he sentido muy cercana. No viví esa Barcelona, yo nací en los sesenta, pero la he reconocido como la mía, no sé si porque me fui de ella a finales de los ochenta, antes de la fiebre olímpica que todo lo cambió. Pero intuyo que no es por eso, sino porque el autor lo que ha hecho es crear una ciudad universal y atemporal. Que retrata con precisión un momento histórico, es cierto, pero que trasciende la anécdota y la convierte en universal. Intuyo que un lector de Buenos Aires o de París se reconocería en esta ciudad, que no es la suya.

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Diversas ediciones y traducciones de La noria. La edición a la que ace referencia JMS es la de abajo, en el centro.

EBD. Supongo que eso explica el éxito de la novela fuera del ámbito estrictamente barcelonés. Aunque no fuera la obra más traducida de mi padre, sí se publicó al menos en francés, italiano y alemán e italiano, en editoriales de mucha difusión (Robert Laffont, Paul List y Fratelli Fabri).

[sonrío con cierto embarazo… no sé si sacar el tema].

EBD. Y… esto… Por cierto… ¿y mi epílogo? ¿Qué te ha parecido?

JMS. Tu texto final, soberbio; inteligente y sutil, sitúa al autor en la obra y en el tono de la obra, y retrata de forma magnífica al novelista con sus propios mecanismos. Un acierto admirable.

EBD (…)

JMS. Una idea final: sería apasionante preparar una edición anotada con las explicaciones de todas las referencias sociales, culturales, musicales, urbanas o históricas que aparecen; no porque la lectura la exija –el libro se disfruta sin saber quién era El Coyote o qué era Locura de amor-, sino porque todas ellas forman una constelación apasionante de estampas que retratan un mundo extinguido y que ya pertenece a la historia.

EBD. Pues tomo nota, aunque habrá que esperar unos años, otro despertar del letargo del olvido.


ADDENDUM

El día 24 de noviembre, a las 19:30, habrá un acto de homenaje y en conmemoración del centenario de Luis Romero. Lo anuncio sobriamente, pero me hace una especial ilusión. Nos hace.

Aquí está la invitación al acto

Aquí está el vínculo a la nota de prensa del acto

“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)

Luis Romero Pérez

 

 

Luis Romero nació en 1916, en el piso principal de la calle Ribera nº 1. El alumbramiento tuvo lugar en una cama de matrimonio que se conservó hasta hace relativamente poco, la misma en la que había nacido su hermano mayor y en la que nacerían sus dos hermanos pequeños, la misma en que murieron sus padres muchos años más tarde. Estudió en un colegio religioso, el Condal: estudios primarios y después peritaje mercantil. En los primeros años de la II República su padre se quedó sin trabajo: la empresa (suiza) que le empleaba decidió irse de España, y ya nadie quiso contratar a un ingeniero cuya edad se acercaba peligrosamente a la de jubilación. Eran épocas turbulentas, inciertas, y Luis Romero, a los 16 años, tuvo que entrar a trabajar en una compañía de seguros, junto a su hermano mayor (y al año siguiente el que le seguía).  Los planes eran sacar adelante a la familia entre los tres, y que el cuarto pudiera estudiar.

Claro que entonces vino la guerra, parte de la cual Luis Romero pasó preso en el castillo de Montjuich y en un campo de concentración en Hospitalet de Mar, hoy de l’Infant. Acabada la guerra, marchó como voluntario a la División Azul, al frente de Rusia, de donde volvió, definitivamente licenciado, en 1942. Se reincorpora a su trabajo de seguros, pero cambia la oficina por el nomadismo del inspector. Es más duro, pero él lo prefiere: viaja por toda la España de posguerra, en mula, bicicleta (poco, siempre mantuvo la distancia con las dos ruedas), tren, coche de línea, carro. Va conociendo gentes y lugares, algunos museos y catedrales, pero, sobre todo, aldeas, campesinos, trabajadores, curas y maestros rurales, tabernas y locales aún menos recomendables. Es observador, de curiosidad de amplio espectro, sensible, culto autodidacta y excelente conversador; gracias a ello, puede penetrar profundamente en los lugares y en las personas. Tengo para mí que esa época, intensa y vital, y ese contacto tan próximo y humano le crean una especie de sustrato, de humus, del que van a surgir las materias primas para muchos de los personajes que luego aparecerán en sus novelas. A la vez, liga amistad con algunos artistas, como los del núcleo de Bilbao, ciudad por la que siente gran debilidad. Allí, Blas de Otero le lee sus poemas en la oscuridad de su estudio, y se entienden casi en silencio.

Hay quien ha dicho que Luis Romero es un escritor de vocación tardía. No creo que eso sea exacto del todo. Sus primeras poesías y escritos breves son de antes de la guerra, y algunos de ellos se publicarán más adelante; el resto yace en una especie de legajo con la inscripción, de su puño y letra: “Todo esto es muy malo”. Yo más bien creo que es un escritor al que las circunstancias no le dejaron eclosionar antes. Su primer libro, Cuerda tensa (dedicado así: “A Gloria, en la vigilia emocionada del hemisferio Austral”) aparece, autofinanciado, en 1950. Le seguirá un libro sobre tabernas, nacido, por supuesto, de su experiencia viajera.

En diciembre de 1950 marcha a Argentina, en un viaje no exento de incidentes que ya ha sido explicado en otros lugares (aquí, aquí y aquí). Allí estaba Gloria, y allí vivieron hasta 1952, momento en que decidieron regresar a España, con, en el equipaje, un brillante premio Nadal 1951 (que se entrega la noche del día de Reyes de 1952… cuántas confusiones he leído a costa de este pequeño desajuste de años) por La noria; y la firme intención de dedicarse a la literatura.

Vivir sólo de la literatura fue probablemente la aventura más audaz de la vida de Luis Romero (y de Gloria, con sus traducciones), y no diremos que no hubo estrecheces, angustias y sinsabores. Pero, como decía Luis, “El voto de pobreza te exime del de obediencia”, y pudieron disfrutar de una existencia apartada de los cauces establecidos, enriquecedora, rodeados de un variado paisaje humano de artistas, literatos y otra fauna. Pasaron largas temporadas en Cadaqués, viajaron, tuvieron una pequeña barca y luego otra un poco menos pequeña, ambas en activo a día de hoy, una pequeña casa en la montaña más tarde, muchos y muy buenos amigos. Estoy convencido de que el saldo fue positivo, incluso con el nacimiento de su único hijo, que vino al mundo en diciembre de 1955 y les recortó su libertad de movimientos.

Luis_y_Gloria1952

Fotografía. Francesc Català Roca (1952)

Llegaron más novelas, entre las que mi preferida es Los otros, aunque de más joven me gustara más Carta de ayer, así como una copiosa producción de artículos y dos novelas cortas en catalán, que considero una delicia (o sea, dos delicias: El carrer y La finestra). Luego, en 1967, publica Tres días de julio, una obra escrita como novela pero tan minuciosamente documentada que se convierte en un libro de testimonios, de historia casi.  A mi juicio, este libro es una de las contribuciones principales que se han hecho hasta ahora no sólo a la historia de la Guerra Civil, sino a la cicatrización de heridas y brechas, más atendiendo a la fecha de publicación. Escribió luego más libros sobre la Guerra, sobre Dalí, de quien fue amigo próximo y cómplice, más artículos y colaboraciones. Creo que empezó a envejecer en serio a principios del nuevo milenio; enviudó en 2004 y falleció en 2009, con, como obra póstuma, unos textos algo inconexos e incompletos que no llegan a ser unas memorias, ni lo pretenden.

Hasta aquí, una biografía no muy brillante de Luis Romero, no demasiado diferente de lo que figura en la mayor parte de reseñas, solapillas y páginas donde se habla de él. Pero querría añadir algunas pocas cosas…

Por ejemplo: era una persona sin rencor, a pesar de lo que le tocó pasar. Me consta que quedó fuertemente impresionado por la quema y destrucción, los días 19 y 20 de julio de 1936, de Santa María del Mar. La vivió a pie de calle, y es posible que eso influyera en su elección de bando. Narra esos hechos con detalle en Tres días de julio, pero lo hace con alejamiento, sin justificarlos ni reprobarlos, sin rencor hacia sus autores, para que cada uno, en cada tiempo en que esas páginas se lean, los juzgue o los interprete como crea conveniente. Más tarde, durante su cautiverio en Montjuich, fue condenado a muerte sin juicio ni procedimiento alguno por contribuir a organizar un plante entre los presos. Pasó una noche convencido de que a la madrugada siguiente iba a ser fusilado, y cuando lo explicaba, lo hacía con humor: “Formábamos [los 15 o 16 condenados a muerte] una mezcla insólita: la mitad éramos facciosos, la otra mitad anarcosindicalistas [encarcelados a raíz de los hechos de mayo de 1937]”. Unas gestiones oportunas hicieron llegar noticias del hecho al Ministro de la Guerra (creo que era Indalecio Prieto), que ordenó suspender la ejecución sumarísima. Nunca le oí quitar importancia al hecho, ni banalizar lo que debió sentir durante las horas que estuvo en capilla, pero tampoco le oí expresarse en términos de odio hacia los responsables. De hecho, alguna vez que visitaba Montjuich con sus nietos, les decía: “A mí aquí me hacen rebaja, ya me he alojado en este castillo”.

Nunca se adscribió a camarillas, ni a las de la primera posguerra, ni a las que vinieron muchos años después. Cuando volvió de la División Azul en 1942, poco menos que como héroe de guerra, le hubiera sido fácil medrar al amparo de su reciente pasado militar. Nunca lo hizo, y se reincorporó a su antiguo trabajo, alejado de cualquier hermandad o grupo. Más tarde, a finales de los 50, y a pesar de que su idioma materno y familiar era el castellano, publicó dos novelas cortas en catalán que ya he mencionado antes, diría yo que como un modo efectivo de actuar contra la situación de la lengua catalana, y hubiera habido una tercera (que vio la luz finalmente en 1991) de no mediar circunstancias que ahora no vienen a cuento.

Él era la persona que, los domingos por la mañana, en épocas en que ni un mal seiscientos tenía (y, por cierto, nunca tuvo; entró en el mundo del automovilismo en 1967, gracias a un 2 CV), me llevaba a unos paseos, que cualquier canon razonable de entonces o de ahora calificaría de absurdos. Eran paseos por zonas de chabolas y otras barriadas pobres (y al decir pobres me refiero a pobres de los años sesenta), nuevos barrios en galopante construcción, campos de fútbol de última categoría, mercados de libros viejos, zonas industriales, playas urbanas a las que tardaría mucho en llegar el glamour. Y yo, con mi pequeña mano perdida en una de las suyas, caminaba ufano a su lado aprendiendo sin saber que aprendía. Por cierto: esos paseos terminaban en alguna mesa de algún bar modesto, donde él se tomaba una cerveza y yo un vaso de sifón. No olvidaré el día en que, tras pasear por el Guinardó, nos sentamos en una terraza. Entonces, en vez de pedir para mí el habitual vaso de sifón, me hizo traer un quinto, mi primer quinto. Fue ese uno de los momentos más gloriosos y plenos de mi vida, que puede que hoy hubiera causado la detención del adulto inductor.

Qué más… Inundaba la casa de sonidos de máquina de escribir, pero eso ya ha sido explicado en otro lugar; añadamos que redondeaba lo que para mí era un hábitat acogedor y natural con el olor de tabaco de pipa Clan o Amsterdamer. Viajó mucho, conoció a mucha gente, de la llamada importante pero también de la otra, tuvo grandes amigos, entre ellos algunos personajes disparatados cuya existencia real empieza a costarme aceptar; pero creo que empiezo a repetirme. Estuvo a punto de despeñar a una amiga argentina al desfrenarse su Dyane 6 cerca de un barranco, aunque un árbol providencial salvó la situación. Tuvo que sacar a la pasajera del coche por la ventanilla trasera, operación que, una vez vista las dimensiones de la amiga y las de la ventanilla, resulta físicamente imposible, pero que fue motivo de risas durante muchos años. Navegó por aguas de Cadaqués hasta su último verano, hizo felices a sus nietos (y sus nietos le hicieron feliz a él), discutió con Gloria el mejor emplazamiento para sus nichos en el cementerio de Portlligat, y alcanzaron un acuerdo. Allí están enterrados.

A lo largo de su vida, hizo acopio de una cantidad inimaginable de papeles y libros de todo tipo. Ese legado, ese pandemónium inverosímil, me permite, de vez en cuando, maldecirle; más a menudo, me permite seguir conociéndole, a él y a su vida desde más cerca, desde más ángulos; como si, de alguna manera, mientras intento poner orden en la entropía documental más desatada, prosiguiéramos aquellos paseos de domingo por la mañana.

Hoy, 24 de mayo de 2016, hace exactamente cien años que Luis Romero nació en aquella cama de matrimonio de la que he hablado al principio; por lo tanto, hoy hubiera cumplido cien años. Era mi padre y le echo mucho de menos.

Addendum

Primicia. Este año del centenario, andan en marcha dos proyectos editoriales de recuperación de la obra de Luis Romero, que espero se materialicen pronto. Seguiremos informando.

OBRAS COMPLETAS

No, mire, ya le ha dicho mi secretaria que no tenía tiempo para hablar con usted, estoy de trabajo hasta las cejas. Recibió nuestra carta, supongo, y digo supongo para ser cortés, y allí ya quedaba claro que su manuscrito no nos interesa, y digo que no nos interesa también para ser cortés. Es una lástima, pero no podemos publicarlo todo. Hemos de pensar en el público, en las ventas… Esto es un negocio, no un mecenazgo, no una psicoterapia para aumentar la autoestima de autores primerizos, o que ni siquiera llegarán a primerizos, si me permite usted la franqueza. Y puede que su novela no esté mal del todo, no, pero no creo que conecte con el lector medio, ni con el lector entero, un sencillo juego de palabras bastante inocente. Y poco más que decir; además he de dejarle, lo siento. No servirá de nada que insista. Y naturalmente que no, que no me voy a extender en los motivos de mi decisión, faltaría más que ahora le tuviera que hacer un análisis crítico de lo que nos mandó. Esto es una editorial, y no una escuela de escritura, si me permite la franqueza, y van dos. Vaya a un curso, apúntese y pague, y ahí le enseñarán, le explicarán, le dirán lo bien que lo hace, y hasta es posible que termine escribiendo algo mejor. Pero, y usaré por tercera vez mi franqueza que algunos toman por brusquedad, le vaticino que seguirá igual de incapaz de hacer una obra literaria con un mínimo de dignidad, de dignidad literaria, me refiero, que tampoco se trata ahora de faltarle al respeto. Yo no tengo tiempo de darle clases. No es mi negocio. Le resumo el asunto en tres palabras: no y no. N-O. Y deme las gracias por no enviarle la factura de lo que he tenido que pagar a alguien para que leyera su manuscrito, más el rato que me lleva explicarle ahora todo esto por teléfono. Ganas no me faltan. Ni razón. Y, oiga, que yo no le quito mérito a su esfuerzo. Ha tenido tesón, paciencia, ha llegado hasta el final, cosa que muchos de sus colegas no consiguen. Cómo que qué colegas… Esos, que como usted, se ponen un buen día a escribir una novela. Muchos no la acaban, a veces ni siquiera la empiezan, loado sea Dios. Todo eso que nos ahorramos nosotros, los editores. Lo que no sé es de dónde les ha venido la idea de que uno se pone a escribir una novela un buen día y ya está. ¿Por qué no prueban a componer una sinfonía, eh? ¿Por qué? Oh, sí, claro, escribir sabe todo el mundo, eso creen. Como si creyeran que todo el mundo puede componer una sinfonía porque canta en la ducha. Que no entiende por qué hablo en plural… Bueno, pues está meridianamente claro, hablo de usted y los de su especie. Bueno, mejor lo dejamos. Ando ocupado y no quiero prolongar esta conversación. No quiero escuchar sus argumentos. Yo soy un profesional, y sé lo que me digo. Y ahora le rogaría que no me viniera con que a Joyce le rechazaron una novela. ¿O fue a Faulkner? A quien fuera. Sí, me lo suelen decir. ¿Sabe qué les contesto? Lo mismo que le voy a contestar a usted: que le prometo que el día que le den el premio Nobel me como entero su manuscrito, con tomate y mostaza, palabrita del niño Jesús, eso sí, si a cambio usted promete colgar ahora mismo y no volver a darme la lata. Y, por favor, NO me diga que a Joyce no le dieron el premio Nobel. Y es que al final es todo cuestión de ego. ¿Para qué demonios quiere publicar una novela? ¿Qué quiere demostrar? Vuelva a casa y dedíquese a sus asuntos, hombre. Y no me provoque. O le digo lo que pienso de verdad, que hasta ahora he estado moderado y suave. No me tire de la lengua. Cerramos aquí y quedamos como señores, ¿le parece? Porque no quiero hablar de su lenguaje pobre, incapaz de transmitir matices, retorcido, pesado, a menudo convencional, suficiente como para hundir la novela sin ayuda del resto. Pero hay resto. Los personajes: planos, desvaídos, sin carácter. Sus personajes no son personajes, son tópicos, no llegan ni a caricaturas. Y la historia… superficial, sin gancho, sin tensión, sin un desenlace que uno espera desde la segunda página, qué digo, desde la segunda línea, sin ritmo, nada de nada. En serio, que no quiero seguir perdiendo el tiempo explicándole los motivos de haber rechazado su engendro, quise decir su obra. Y ahora, que se me hace tarde, permítame que le dé un buen consejo: tire el manuscrito a la papelera cuanto antes. ¿Entendido?

El hombre que estaba al otro lado de la línea, que no había abierto la boca en todo el rato, murmuró algo así como que sí, que ahí la pondría, junto a sus obras completas; pero el otro no lo oyó, pues ya había colgado.

SILENCIO

Silencio viene del latín, del verbo sileo, silui, silere, que significa estar callado o callarse. Silencio es palabra que se define por negación, ya que hace referencia a la ausencia de ruido, según el diccionario. Yo diría que no es sólo ausencia de ruido, sino ausencia de sonido, pero quién soy yo para enmendar diccionarios. En particular, el silencio es ausencia o abstención de hablar; una especie de vacío sonoro, vaya. Por extensión, o por analogía, nos encontramos también con silencios escritos, como cuando la prensa no habla de ciertos sucesos o la historia arrincona hechos y acontecimientos, normalmente por resultar incómodos para según quién. Y también nos encontramos con silencios musicales, que en realidad son pausas; con silencios castrenses, que son una especie de buenas noches de obligado cumplimiento, acompañados siempre de un toque de corneta de lo más melancólico, si es que una corneta puede expresar melancolía, con silencios administrativos, cuando no te hacen ni caso y no tienen ganas de explicarte el porqué, y con muchos más.

Silencio es palabra sin duda prona a paradojas. Así, podemos decir que en la iglesia se ha hecho el silencio mientras el sacerdote perora a voces contra el sexo extramatrimonial. También podemos escuchar el silencio, aunque es posible que para ello necesitemos tener un oído muy poético. «Écoute ce qu’on entend lorsque rien ne se fait entendre», escribe Paul Valéry («Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír»). Hubo, al parecer, un personaje que se dedicaba a coleccionar silencios de grabaciones de programas de radio, para luego deleitarse escuchándolos. Lo cuenta Heinrich Böll (Los silencios del doctor Murke); una historia interesante, por cierto. Estoy seguro que sería una gran cosa disponer de una fonoteca de silencios: el silencio mullido de las montañas nevadas, el silencio oscuro y siempre algo amenazador de la noche, el silencio tétrico de los cementerios. Seguro que suenan diferente.

Y, más paradojas: nos podemos expresar mediante el silencio, pues hay silencios elocuentes, glaciales, respetuosos, obstinados y hasta prudentes, y también los hay huraños o corteses. Por antítesis, también debe haber silencios mudos, aunque suene a pleonasmo.

Por mucho que nos parezca raro, hay silencios más silenciosos que otros. El silencio más silencioso es el absoluto; en el silencio absoluto se puede oír volar una mosca, con lo que deja de ser absoluto, presumo. Si el silencio absoluto parece que nos llena también por dentro, es un silencio profundo. Y si al silencio le acompaña un matiz de sobrecogimiento, el silencio deviene en silencio de muerte, o sepulcral, tanto da, que la idea de fondo es la misma. Y si el silencio absoluto tiene un punto de tensión llega a suceder que el silencio se hace sustancia, y entonces se puede cortar (con un cuchillo). La idea del silencio como sustancia física está ampliamente admitida, puesto que se puede hacer el silencio; en cualquier caso, es una sustancia frágil, ya que es muy fácil de romper: una simple tosecilla, por ejemplo, basta para romper el silencio. Corolario: si existe un silencio absoluto es porque hay un silencio… no tan absoluto. Curiosamente, no atino con palabras para describir silencios de este segundo tipo, así que pongamos que son silencios ma non troppo.

A veces el silencio adquiere una dimensión colectiva, corporativa casi; por ejemplo, en las congregaciones religiosas en las que se exige el voto de silencio. El voto de silencio evoca una cierta espiritualidad, recogimiento, meditación. En cambio, un pacto de silencio suele acordarse para ocultar algo, lo cual es ya menos espiritual y más sospechoso. Pero peor es cuando lo de ocultar sucede por imposición, por imposición de la llamada ley del silencio, ley cuyo incumplimiento suele acarrear nefastas consecuencias.

Después de este paseo por el silencio, concluyo que nunca la negación de algo tuvo tantas posibilidades y recovecos.

Por eso a veces a los blogs les llegan tiempos de silencio.