LA CARTERA DEL CARTERA

En aquellos tiempos… En aquellos tiempos yo estaba en las antípodas de lo que suele considerarse un chico modélico, y la cosa no sólo no me preocupaba, sino que lo tenía a gala. Los años han pasado, y ahora no sé si soy modélico, pero chico ya no soy, y creo que ha llegado el momento de escribir una historia que no ha dejado de darme vueltas por la cabeza desde que me sucediera. De hecho, creo que empecé a dejar de ser chico precisamente cuando sucedió.

En aquellos tiempos, como iba diciendo, frecuentaba los jardines de la biblioteca. Pero que nadie piense mal de mí, lo que me hacía frecuentar tan sospechosos parajes tenía más que ver con los jardines que con la biblioteca. En la biblioteca no había nada que me interesara lo más mínimo, había dictaminado después de una breve visita, salvo los jardines, que ofrecían todo tipo de posibilidades: fumar un cigarrillo, echar un buen trago lejos de todos los que intentan impedir que disfrutes de la vida o levantarle las faldas a alguna chica despistada. También había buenas líneas de huida si el guardia del barrio hacía acto de presencia. Y cuando aparecían los de la escuela del otro lado de la carretera, les demostrábamos quienes eran los verdaderos dueños de los jardines a gritos e insultos, y si insistían, a pedradas y palos. Había días, pues, algo agitados; pero también había días tranquilos, en que nos tumbábamos en la hierba, apoyados en el cartel de “Se Prohíbe Pisar el Césped” y hablábamos de esto o de lo otro, o, si nos aburríamos mucho, gastábamos bromas a los que por allí estaban: viejos, alguna madre con sus niños, alguna pareja de enamorados.

Fue precisamente uno de esos días en los que no pasaba nada cuando le vimos por primera vez. La verdad, no sé por qué nos fijamos en él. Era un viejecito como todos, bastante arrugado, con los hombros algo caídos, pelo blanco bien peinado y gafas. Puede que nos llamara la atención que sus pasos, aunque cortos, todavía demostraran energía, o que el bastón que llevaba parecía más un adorno que una necesidad. Puede, si hubiéramos sido capaces de fijarnos en esos detalles, que no lo éramos, y por lo tanto no recuerdo realmente esas cosas. Lo que sí recuerdo es que miraba al mundo, ora por encima, ora a través de sus gafas, como con una cierta desconfianza, y portaba, colgando de su mano izquierda, una cartera que parecía bastante llena. Sin saber muy bien por qué, le seguimos con la mirada hasta que desapareció a través de la puerta de la biblioteca.

“- Bah, un estudioso”, dijo con desprecio el Tarugo, como para cerrar la cuestión.

Los días siguientes se fueron repitiendo los encuentros. Nuestra mirada y algún pensamiento que otro se dirigían hacia él cada vez que se nos ponía a tiro; hacia él y hacia su cartera, que fue poco a poco concentrando la atención del grupo. Había algo especial en ella, en la forma en que la cogía, bueno, mejor, la agarraba. La cartera y él parecían necesitarse mutuamente, o puede que fuera sólo el viejo que necesitara la cartera, y a ella se agarrara como a un salvavidas.

“- O como a un paracaídas”, apuntó el Azafato, aunque no recuerdo que nadie hubiera dicho nada de salvavidas.

No recuerdo cuando empezamos a llamarle “el Cartera”, supongo que a los pocos días de verle por primera vez. Su alias nació como nacen todos, sin premeditación ni alevosía, como había sucedido con todos nosotros. Y se le quedó pegado, pues los motes son pegajosos, como las telarañas y los mocos. Eso sí, el mote era ideal, pues con la misma palabra nos podíamos referir al personaje y al objeto. Por supuesto, su contenido era tema de conversación cada vez más habitual. Terreno abonado para especulaciones poco fundamentadas, ese tema dio lugar a un rosario de brillantes teorías: que si llevaba el plano de un tesoro con las coordenadas escritas en una misteriosa clave que intentaba descifrar con los libracos de la biblioteca, que si transportaba los ahorros de su vida para que no se los robaran sus avariciosos sobrinos, que si escondía la fórmula de una mirífica sustancia que quería vender a un país extranjero, que si dentro tenía un documento con la confesión completa de sus crímenes, que si lo que conservaba eran las cartas de las centenares de amantes que había tenido.

“- Quia -zanjó el Ladillas, que se las daba de experto en el tema femenino- un tipo como ese no gusta a las mujeres”

Las discusiones fueron subiendo de tono y de nivel, y pronto se vio que la única solución era una comprobación corpore insepulto, como dije yo, haciendo honor a mi apodo, aunque reconozco que un poco al tuntún. Así que tras acaloradas deliberaciones, en las que sólo el Picapleitos mostró alguna objeción a la vía de acción directa que anhelábamos todos, decidimos pasar al ataque. Dicho y hecho, la pandilla entera le salimos un buen día al paso. En realidad éramos unos mocosos, pero juntos debíamos dar el pego; y entre nosotros estaban el Maciste y el Gorila, que, aunque de nuestra edad, iban algo adelantados en lo que hace a desarrollo: el Maciste aseguraba haberse afeitado un par de veces, y el Gorila nos enseñó una vez un vello incipiente en un lugar prohibido, que fue la envidia de todos. En resumen: que la especie de falange macedonia que se le plantó delante al pobre hombre debía impresionar; y desde luego que le impresionó, pues su reacción inmediata, además de poner cara de pavor, fue agarrar la cartera con las dos manos y apretarla contra el pecho.

“- Abuelo, qué llevas ahí… “, le espetó el Sonrisas, al que se le daba bien la cuestión de las relaciones públicas.

El anciano no respondió, y se limitó a agarrar su cartera con más fuerza, o con más desesperación, que viene a ser lo mismo. El Maciste se destacó un poco del grupo y se le acercó, amenazador.

“- Que qué demonios escondes dentro de tu cartera, viejales”

El Cartera, francamente asustado, atinó a balbucear:

“- N-nada, papeles, notas, cosas mías…

– ¿Y qué carajo de cosas tuyas son esos papeles, calzonazos, qué notas de detritos poéticos llevarás tu ahí en tus sucios garabatos?” se me ocurrió apostillar, que por algo me llamaban el Pico de Oro, olvidé decirlo antes.

Me miró a los ojos. De repente, la mirada de terror se transformó en una mirada de tristeza, una tristeza profunda e irremediable, absorbente, contagiosa, total.

“- Son… trozos de mi vida” musitó.

Y me siguió mirando de aquella manera. Ya no hubo tiempo para más. Alguien le dio un empujón, otro agarró la cartera, hubo un forcejeo, gritos, insultos, zarandeos, no recuerdo muy bien, yo seguía viendo su mirada triste y profunda. Lo siguiente que recuerdo es una carrera loca huyendo del lugar de nuestro glorioso asalto, hasta llegar a un lugar junto a una tapia, jadeantes. Ahí algunos se dedicaron a vaciar la cartera. Yo, medio ausente, apenas acerté a entrever un contenido decepcionante: recortes de periódico sin nada en común, salvo su color amarillento, un bloc con las páginas escritas, lápices con poca punta, dos o tres postales, clips, una chincheta, cuartillas en blanco, una foto de unos jóvenes de algún equipo de fútbol aficionado, un frasco con pastillas, unas monedas claramente olvidadas y sin ningún valor, media goma de borrar, un billete de tranvía capicúa, una vieja agenda de direcciones, dos o tres tarjetas, el envoltorio de una chocolatina y unas cuantas cosas más hasta completar un lamentable batiburrillo de cosas sin valor ni interés que se fueron amontonando en el suelo ante nosotros.

 “-Menuda mierrrrrdaaaaaa…” gritó el Bombero.

Y sin darnos tiempo a reaccionar, sacó sus cerillas y le pegó fuego al montón. Los papeles empezaron a arder, primero como a desgana, luego con llamas cada vez más vivas. Se mascaba la tragedia, y algunos se eclipsaron en silencio. Yo me quedé mirando aquella hoguera, aquellos supuestos trozos de una vida que se estaban convirtiendo en humo y cenizas. De repente, se oyó un silbato. Luego otro. El humo debía ser como un dedo acusador que nos señalaba, y pronto íbamos a tener al guardia encima, o quién sabe si a la policía. Los que quedaban salieron corriendo, mientras que yo seguía abandonado a una especie de estupor, del que afortunadamente me sacó un pitido ya muy cercano. Maquinalmente, me agaché, recogí el bloc que el fuego no había consumido del todo, me lo eché al bolsillo y salí zumbando.

No me atreví a volver al parque en unos días. No era el guardia el que me daba miedo, ni siquiera la policía: era el Cartera, el Cartera y su mirada. Pero, ya se sabe, el asesino siempre vuelve al lugar del crimen: lo había leído en algún sitio. Así que terminé acercándome por allá, aunque sin dejarme ver mucho. Fue desde detrás de unos arbustos que vi al Cartera, si es que aquello era todavía el Cartera. Era él, pero ya no era él. Ni rastro del personaje de días anteriores. Avanzaba con unos pasos cortos, muy cortos, tan cortos que parecía no moverse, sólo agitarse. Arrastraba los pies, y se apoyaba pesadamente en su bastón. Los hombros estaban totalmente caídos, vencidos, y la cabeza iba entre los hombros vencidos, con el pelo en desorden, y la mirada definitivamente perdida en los cristales de sus gafas. La mano izquierda, ignominiosamente vacía, temblaba de forma incontrolada. No fue a la biblioteca, como acostumbraba, sino que se sentó pesadamente en un banco. Y se quedó así, extraviado, derrumbado. Aguanté hasta que no pude más y luego salí corriendo; no dejé de correr hasta que mis piernas y mis pulmones dijeron basta.

No recuerdo muy bien dónde me había llevado mi carrera. Lo único que recuerdo es que metí la mano en el bolsillo y me di cuenta de que todavía llevaba el bloc medio chamuscado del anciano. Sin ser muy bien dueño de mis actos, lo abrí al azar por una página, y leí lo siguiente:

“En aquellos tiempos… En aquellos tiempos yo estaba en las antípodas de lo que suele considerarse un chico modélico, y la cosa no sólo no me preocupaba, sino que lo tenía a gala. Los años han pasado, y ahora no sé si soy modélico, pero chico ya no soy, y creo que ha llegado el momento de escribir una historia…”

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