MIS MEMORIAS (III)

Cosas del lenguaje

Oye, que me he dado cuenta, leyendo por ahí, de que lo de escribir con anglicismos es muy cool, pero que debería respetar un poco más la lengua de mis mayores. Así que diré analepsis en vez de flash-back, música relajante en vez de música chill-out, superventas en vez de best-seller, mercadotecnia en vez de marketing, guay (o chévere, o padre) en vez de cool, batallón en vez de sotnia y no tengo ni idea de cómo diré tai-chi. Así seguro que se me entiende mejor.

Nota (de importancia regular, lo digo sobre todo por el título del siguiente apartado). Cuando, tras mucho buscar, estaba dudando entre llamar al tai-chi “principio generador supremo”, “lo ilimitado” o “energía del universo”, una buena amiga me hace notar que tai-chi no es un anglicismo, en qué estaría yo pensando. Y que sotnia tampoco, cosa que, pero, e tenía menos preocupado. Sea como sea, respiro con alivio.


Nota importante

Debo repasar cuidadosamente todo lo escrito. Lo de amasar mi primer millón era una licencia, una más, pero como llegue a oídos de los inspectores de Hacienda, o de mi banquero, al que debo todavía unas cuotas de amortización de un préstamo, me busco la ruina. Malditas licencias. Pero las licencias son la sal de las memorias; esta es otra frase memorable que se me acaba de ocurrir y deslizaré en alguna parte, puede que en el prólogo.


Salvad al Don

La verdad, de repente me ha dado mucha pena prescindir de la escena de la batalla a orillas del río, que me estaba quedando muy propia, muy auténtica, dramáticamente humana, cómo me gusta echarme piropos. Claro que hasta que ustedes, queridos lectores que todavía no existen pero existirán cuando lean esto, puedan alabarme, yo debo encargarme en solitario de la sección de halagos y parabienes, que no sólo de pan vive el escritor de sus memorias. Bueno, pierdo el hilo. A lo que íbamos: que lo de la batalla lo he de aprovechar sin falta, como sea. Pienso… Ya lo tengo: mientras intento escribir un capítulo, ante la hoja en blanco que me mira desafiante, me quedo dormido. Sueño con galopes, sables desnudos, frío, un río muy ancho que transporta bloques de hielo. Al despertar contemplo, incrédulo, cómo la hoja ya no está en blanco, sino que contiene, de mi puño y letra, el relato de la batalla. Y no me negarán, queridos lectores (cuando los tenga serán queridos, sin duda) que la cosa es surreal, levemente desazonadora: simplemente brillante.

Nota de importancia secundaria. He de aflojar un poco en el tema de la densidad de autoalabanzas.


Cuñas insólitas

Brás Cubas, en sus memorias, introduce de vez en cuando un episodio insólito, que no viene a cuento: una mosca que se intenta comer a una hormiga que le muerde una pata, por ejemplo; o una doctrina filosófica pintoresca: el humanitismo. Son como pequeños entremeses refrescantes que desconciertan al respetable, que después de leerlos regresa al texto con interés renovado; debo intentar emular eso. Lo que pasa es que no se me ocurre nada. He perdido una hora intentando imaginar una escena con una pastilla de jabón en la bañera, una alegoría intuitiva y deslumbrante, he pensado. Hasta que me he convencido de que era, sencillamente, una banalidad estúpida (o una estupidez banal, vaya usted a saber). Demonios, nadie me había avisado de lo mucho que costaba tener buenas ideas.


Momentos de desánimo

En vez de seguir escribiendo mis memorias, repaso lo que ya he escrito. Craso error. Todo me parece ahora mezquino, mediocre, gris. ¿Alguno de ustedes, queridos lectores, ha cocinado bacalao al pilpil? ¿Y cuando creía que todo iba bien tras un buen rato de agitar rítmicamente la cazuela, y de ver crecer poco apoca una salsa densa y cremosa, promesa firme de placeres gustativos sin fin, ha contemplado con horror su inapelable desagregación en unos elementos oleosos heterogéneos y llenos de grumos, prueba palpable de lo mucho que faltan a sus promesas ciertas salsas? Pues mis memorias me parecen ahora un bacalao al pilpil fracasado que nadie querrá catar.


Un poco mejor

La metáfora anterior me ha hecho sonreír. Estoy seguro de que nadie, ni Machado de Assis, ni siquiera el Biólogo Descarriado, ha comparado nunca unas memorias con un bacalao al pilpil. Este hallazgo literario me da ánimos y me empuja a seguir.


Deberes pendientes

A todo esto todavía no se me ha ocurrido todavía ninguna buena razón por la cual mis padres hubieran querido llamarme Virgilio. Se lo preguntaría, si no fuera porque al no llamarme Virgilio la pregunta es posible que les cause cierta sorpresa. Es un problema que debo resolver o el primer capítulo queda comprometido. También he de pensar más frases profundas para el capítulo de filosofía. Se me acumula el trabajo.


Vejez

Este es un capítulo de sentimientos contenidos: sereno, intenso pero no desgarrado. En él, muestro una aceptación melancólica de mi senectud, mezclada con una mirada lúcida sobre mi vida y el mundo. Y finalmente explico cómo encaro la enfermedad que va a acabar con mis días. Tengo que asesorarme, ha de ser una enfermedad no muy cruel, no muy larga, tampoco demasiado fulminante, que dé tiempo a unas últimas reflexiones, y que pueda terminar como una especie de clímax encubierto. Pero nada que resulte lacrimógeno ni melodramático, que mi superventas ha de mantener unos niveles mínimos de calidad literaria y humana. Y morirse como los lectores esperan de uno no es nada fácil; habrá que afinar.


Vida familiar

Antes de llegar a la vejez tengo que hablar de mi familia. Padres, mujer, hijos. Mis hijos no me perdonarían que no les mencionara, sobre todo porque fue uno de ellos quien me regaló el libro de las memorias de Brás Cubas. Luego abuelos y abuelas, tíos, tías, primos, sobrinos, familia política. Ay de mí si me dejo a a alguien. .

De lo que me estoy dando cuenta es de que escribir unas memorias da un montón de trabajo y de que te obliga a tomar un montón de decisiones. En mala hora me metí en esto.

Se me ocurre de pronto que a lo mejor este tema espinoso-familiar lo podría solucionar mediante una licencia de esas, explicando que empecé en un orfanato, y que no me casé ni tuve hijos; y es que las licencias son a las memorias lo que los comodines a los juegos de cartas.

Maldita lógica: esta solución no es viable, ya que si fuera así nunca sabría por qué me llamo Virgilio.

MIS MEMORIAS (II)

Remordimiento de cabeza

Me despierto con un fuerte remordimiento de cabeza y mucho dolor de conciencia, qué raro, no me acaban de casar esas expresiones, será mucho remordimiento de cabeza y fuerte dolor de conciencia, pues tampoco, ya lo aclararé cuando esté más lúcido. Hay también otros síntomas menores que me abstendré de enumerar porque a estas alturas cualquier cosa que escriba será usada en mi contra.

Spleen y melancolía

En mi estado, me veo casi obligado a hablar de la bilis negra, de la angustia de existir, de la melancolía profunda, sin objeto e irrecuperable. Un intento de suicidio puede completar un cuadro muy atractivo y hacerme ganar lectores.

Intento de suicidio

Hago memoria, y por mucho que busque y rebusque en mi pasado no recuerdo ni una brizna de pensamiento, ni mucho menos de intento, de suicidio. Dicho intento está, por lo tanto, en el futuro. Así que manos a la obra: ni corto ni perezoso, abro la ventana, me subo al alféizar, respiro la brisa con anticipada sensación de pérdida, dejo que el sol me acaricie por última vez, pienso que hoy es un buen día para morir y salto. Caigo bastante dignamente sobre la hierba del jardín, medio metro más abajo. Vuelvo a entrar en casa. Ya está, ya tengo el intento. Y es que la vida hay que vivirla intensamente, en primera persona.

Por si acaso, voy a prepararme un café bien cargado, no vaya a ser. Y además me tomo dos alka-seltzer y un neurocalm, me pongo música chill-out y hago unos movimientos de tai-chi.

Una vida en primera persona

Estas memorias están sacando lo mejor de mí, y estoy escribiendo frases que ni siquiera sabía que sabía escribir. Vean esta: “y es que la vida hay que vivirla intensamente, en primera persona”. No me negarán que tiene un no sé qué de ritmo, de energía. Enardecido por mi propia frase, decido salir a la calle a vivir una aventura que merezca un capítulo destacado. Y es que la vida hay que vivirla en primera persona, decididamente, perdonen que me repita, pero un hallazgo literario como este hay exprimirlo a fondo.

Un momento de desconcierto

Como he dado casi dos vueltas a la manzana y no ha pasado nada, vuelvo a casa un poco decepcionado. No sé muy bien por dónde seguir…

Proyectos para la infancia

Por suerte me doy cuenta de que la infancia había quedado pendiente de flash-back, y eso me salva del vacío creativo. Será exactamente en el momento más expansivo y exitoso de mi vida, el momento en que termino de amasar mi primer millón. Será entonces, pues, cuando evoque mis primeros años. Eso sí, he de reconocer que mi infancia fue razonablemente feliz, y eso no es buena materia prima para un best-seller. Así que deberé recurrir de nuevo a licencias prosaicas, y recordar cuando iba a robar madera a las obras para alimentar la lumbre de nuestra pobre choza, versión así medio lírico-rural, o cuando ayudaba al sustento de mi familia recogiendo colillas en el metro, versión más sórdido-urbana. O las dos, ancha es Castilla. También puedo explicar cuando murió mi pobre madre después de cedernos todas sus raciones de comida durante la temible hambruna de posguerra. Claro que para esto antes he de pedirle permiso, que con su buena salud igual se asusta al verse muerta, por muy licenciada que sea su muerte; espero que entienda que son necesidades del guion, servidumbres del marketing literario.

De nuevo Virgilio

De repente resuelvo una cuestión que me tenía medio ofuscado, véase algunos capítulos más arriba. El dolor era en la cabeza, y el remordimiento, por exclusión, tenía que ser en la conciencia. Del dolor de cabeza prefiero no hablar ahora, y lo del remordimiento viene, seguro, de mi nombre putativo, Virgilio. Pienso que si esto han de ser unas memorias y distorsiono la realidad para que me quede una narración apañadita y primorosa, luego los estudiosos que indaguen en mi vida pueden quedar desconcertados y la verdad histórica comprometida.

Tras un rato de estupefacción dándole vueltas al asunto, concluyo que es altamente improbable que nadie indague en mi vida, absolutamente irrelevante para la historia y para casi todo lo demás. Declaro pues bula de licencia y empiezo a perfilar un capítulo sobre cómo conseguí derrotar a las hordas tártaras con un puñado de incondicionales valientes a mis órdenes.

Victoria a orillas del Don

El alba, pesada y fría, húmeda y blanda, empezaba a apoderarse del campo de batalla. Ocupábamos la parte más alta de una colina cuyos flancos la escarcha blanqueaba, y que pronto la sangre iba a enrojecer. Los caballos de mis hombres piafaban nerviosos, emitiendo nubes de vapor por sus ollares. Yo, impasible, flotando sobre la tensión contenida de aquellos terribles momentos, tenía la vista fija en la caballería enemiga, que empezaba a llegar a nuestro lado del río. Empecé a recorrer con fría calma, al paso, las filas de nuestros soldados, la sotnia puesta bajo mi mando por nuestro atamán. Con deliberada lentitud desenvainé mi sable curvo y con él señalé a los tártaros. Mantuve mi brazo extendido unos segundos, luego alcé el mortífero acero y…

Me interrumpo y recapacito. Me parece que estoy yendo demasiado lejos, esto es una licencia de tal calibre que mina gravemente mi credibilidad. Decididamente lo borro, me digo, mientras el retronar de los cascos de los caballos lanzados a una carga demoledora se va perdiendo por los rincones de mi imaginación.

REIVINDICACIÓN DE LA PEREZA

La pereza es uno de los siete pecados capitales, o era, que recuerdo de forma vaga que los siete pecados capitales se reformaron o se derogaron; aunque puede que no, que ni se reformaran ni se derogaran y por lo tanto sigan siendo las siete maneras principales que tiene la Humanidad para perderse, y, entre ellas, la pereza mantenga su condición principal.

La primera acepción de pereza en el diccionario de la Real Academia es “negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados”. Tal definición da paso a un corolario y a una duda. El corolario es que, en lo que se refiere a las cosas a que no estamos obligados, gozamos de permiso para mostrar la negligencia y descuido que nos plazca sin incurrir en pecado de pereza. La duda es sobre cuáles son las cosas a las que estamos obligados; figuran como candidatas tanto aquellas respecto a las cuales hemos firmado un contrato, adquirido un compromiso o empeñado una palabra, como aquellas a las que la ley nos obliga, como, finalmente, las que, sin palabra dada ni ley mediante, se espera, así, en impersonal, que hagamos. El corolario es firme, la duda queda a beneficio de inventario.

Me pregunto por qué la pereza fue declarada pecado, y me respondo que sería para unir a las fuerzas coercitivas del mundo terrenal, las fuerzas coercitivas del mundo espiritual, unión harto conveniente para que el pueblo, de natural indolente e indisciplinado, hiciera y haga las cosas “a las que está obligado” con la debida diligencia y entrega: a la definición antes mencionada me remito. No hay combinación, la amenaza de aquí abajo, la amenaza de allá arriba, más convincente para garantizar que el pueblo cumpla con sus obligaciones, que conocida es la tendencia del pueblo a escamotear el diezmo, a murmurar a la hora de pagar el portazgo, a rechazar el derecho de pernada, a protestar por aeropuertos sin aviones, a oponerse a desahucios jurídicamente impecables o a indignarse al perder el dinero de unas preferentes. Sin duda, a todas estas cosas “está obligado”, véase una vez más ut supra. El descuido o incluso la tibieza en el cumplimiento de tales obligaciones constituye pues no sólo flagrante delito, castigado por las penas que establezca la legislación vigente, sino además flagrante pecado de pereza, pasible de un par de Padrenuestros y algún Avemaría, o de las llamas del infierno llegado el caso.

La segunda acepción de pereza que figura en el diccionario de la Real Academia es mucho más benevolente, contemporizadora casi diría: “flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos”. Es esta sin duda una pereza de superior clase, vecina a la languidez y que podría por tanto llegar a alcanzar un toque de distinción. Aunque no lo dice en ninguna parte, yo me malicio que sería una pereza propia de gente de alcurnia, tales como aristócratas, banqueros y jerarcas varios, es decir, gente que está obligada a menos cosas y que, por lo tanto, tiene menos oportunidades con la primera acepción y anda necesitada de esta segunda.

Pereza, como no podía ser de otra forma, viene del latín. La palabra latina es pigritia, que a su vez viene de piger, al que repugna algo, en particular el trabajo o la guerra. Así, a los objetores de conciencia (del servicio militar) se les hubiera llamado, en la antigua Roma, algo así como gens pigerrima ad labores militiae. Claro que pigritia también se aplicaba a un descanso honorable, sin dejadez ni desidia, y valga decir, para desagraviar un poco más a la pigritia y a su nieta, la pereza, que a un mar tranquilo, sereno, se le llamaba mare pigrum; que nadie me venga ahora con que obligación del mar es mostrarse debidamente tempestuoso.

En resumen: que puede que la pereza no esté bien vista, pero sépase al menos que lleva en sí no sólo un atisbo de serenidad honorable sino también un germen de rebeldía: serenidad por repugnancia a la agitación, rebeldía contra lo que se supone que estamos obligados a hacer.

Llegados aquí, reconozco haber actuado, en las últimas semanas, con cierta negligencia y descuido en esto de mantener activo el blog. Lo que no sé, y puede que debiera reflexionar sobre ello, es si he faltado a mi obligación, si he pecado, si ha sido un acto de rebeldía o si lo que he hecho ha sido un alarde de serenidad.

Pero la verdad es que reflexionar me da pereza.

LA SONRISA DEL GASOLINERO

Llego con mi moto a la gasolinera. La subo al caballete. Los gasolineros van de surtidor en surtidor, de coche en coche, de coche en moto, dispensando el oloroso líquido de donde extraeremos, motor de explosión mediante, la energía que nos permitirá ir de un sitio al otro, y del otro al uno, que esto de ir y venir es cosa seria y trascendente.

Los gasolineros son, creo, indiferentes al efecto invernadero, al peak-oil y a cualquier otra cosa que no sea su tedioso quehacer en medio de una atmósfera enriquecida en hidrocarburos volátiles, y enrarecida por la mirada de los conductores que esperan turno, inquietos, irritables, impacientes, igual de indiferentes que ellos al efecto invernadero, al peak-oil y al último informe del IPCC, todo hay que decirlo.

Los gasolineros, por lo menos estos, son gente de gesto algo torcido, mirada diluidamente torva, sonrisa ausente. Pero la culpa no es de ellos, es que esto de dispensar efecto invernadero líquido es muy muy aburrido. O a lo mejor es que se contagian de la irritación de los conductores. O a lo mejor resulta que sí, que sí están preocupados por el último informe del IPCC y la acidificación de los océanos, y eso les causa pesar. O puede que simplemente sea que el propietario les paga un mal salario pero mucho peor es no tener trabajo. No creo que nunca sepa a qué se debe el gesto adusto de los gasolineros, pero es que ya me empiezo a acostumbrar a que haya cosas que nunca sabré.

Llevo un rato esperando. Yo también empiezo a estar impaciente, irritado, tenso, vigilando que nadie me pase delante, intentando aparentar indiferencia pero siguiendo con ansiedad el deambular de los gasolineros por este su reino terrenal. En eso, uno de ellos se aproxima, con su cara reglamentaria. De repente, su seriedad da paso a un esbozo de sonrisa que termina floreciendo hasta trocarse en expresión luminosa, radiante. Me quedo perplejo. ¿Qué ha sucedido? ¿Es a mí? Miro a mi alrededor, y el misterio se aclara. La acreedora de la sonrisa es una chica que, un surtidor más allá del mío, se apoya indolentemente en su motocicleta, exhibiendo unas largas y bronceadas piernas, una figura muy correctamente torneada, con todos los entrantes y salientes curvos que se exige en estos casos, y encima, bajo su cabellera rubia, mira lánguidamente al gasolinero. El susodicho gasolinero pasa por mi lado sin mirarme, probablemente también sin verme, y se va, zalamero, a atender a la belleza motorizada.

Maldigo mi suerte. Justo cuando me tocaba a mí. Medito si debo protestar o la sonrisa embelesada es ya suficiente sentencia firme e inapelable. Antes de tener tiempo de decidir nada, otro gasolinero, este con todos los atributos faciales en regla, se me acerca y sin decir palabra me empieza a llenar el depósito.

Mientras hago mi pequeña contribución a los desmanes de la industria petrolera, pienso que jamás ningún gasolinero me sonreirá como le ha sonreída a ella, y que la envidia será un feo pecado, pero que el mundo es profundamente injusto, e incluso suspiro, creo recordar, y me pongo tibiamente melancólico.

Un poco más tarde, ya a lomos de mi montura mecánica y produciendo más dióxido de carbono que el que tengo derecho a producir, consigo sacudirme la melancolía mediante una simple pregunta: ¿para qué carajo quiero yo que un gasolinero huraño me sonría embelesada y zalameramente?

Y es que una buena pregunta te arregla una tarde. Y así concluyo felizmente esta historia.

DE CAZA (y 2)

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERASigo con mi movimiento pretendidamente browniano a través del Ensanche, pero ando con el alma perdida, y apenas me fijo en nada ya. Tan sólo en un balcón que ofrece comida a la mosca del geranio, y pienso que está bien, que nutrir a los insectos hambrientos o a sus larvas, sobre todo a sus larvas, que la infancia se lo merece todo, es siempre un acto de bondad.

 Esta falta de atención, impropia del estado de ánimo del cazador, se debe a que mi movimiento tenía en verdad un componente determinista oculto, componente que me ha ido llevando sin que yo fuera consciente del todo, hacia la parte baja de la ciudad. Cuando abandono el Ensanche cartesiano y penetro en el conglomerado orgánico del barrio antiguo, mis sentidos vuelven a afinarse. El hiato entre los dos tejidos es drástico, y apenas hay intrusiones de uno en otro, nada de mestizajes, que se diría hoy en día. Pienso que es como si un muro alto y fuerte los hubiera separado alguna vez, y quedo satisfecho del poderoso símil que creo haber inventado. Entonces, de repente se me aparece el fantasma de la muralla de Barcelona. Bajo la cabeza, algo avergonzado; en serio que no todos los días descubro el Mediterráneo.

 Superado el pequeño sofoco, me asomo a lugares que cargan a sus espaldas mucha más historia y muchas más historias de las que uno es capaz de imaginar. Un poco desconcertado por la presencia silenciosa de toda esa cantidad de pasado que me supera, busco un asidero; así que me acerco al colegio al que fueron mi padre y sus tres hermanos, y me detengo un momento ante la puerta. Intento evocar imágenes de niños que son, o fueron, o tal vez serían, o serán, menudo lío de tiempos, mi padre y mis tíos, pero no lo consigo. No importa, me conmuevo igual, que para eso he venido, y como no está bien quedarse conmovido allí en medio, pues adopto mi pose de fotógrafo maldito, que si fumara quedaría todavía mejor, con una colilla en la esquina de la boca, una lástima, esto de no fumar, y disparo unas cuantas veces sin ni siquiera encuadrar, creo que ni siquiera he puesto la cámara en marcha, es sólo cuestión de justificarme. Respiro hondo, y pongo rumbo a cualquier otra parte.

 Como si jugara a un extraño juego de la oca, topo con otro colegio, de colegio a colegio, me digo, y me respondo, y tiro porque es mi privilegio; y es que a veces me salgo respondón yo solito. La visión de este otro colegio me produce algo de desasosiego: el patio vacío, triste cemento recalentado por el sol, encerrado por las paredes de las casas vecinas, que se elevan de manera muy poco cariñosa y hurtarán la visión de buena parte del cielo a las miradas infantiles. OLYMPUS DIGITAL CAMERASólo una apertura, una verja-puerta, a través de la que miro. Y veo el patio vacío, el triste cemento recalentado, perdón, creo que me repito, y una canasta como todo aliciente para alimentar los sueños infantiles, sueños que en su mayoría intentarán huir de aquel lugar tan inhóspito pero que seguramente morirán atrapados en la verja. Pensar en lo sueños muertos atrapados en la verja no ha sido una buena idea, me hace dar un respingo y un paso atrás para apartarme de aquel camposanto de sueños. En un movimiento defensivo reflejo, me echo la cámara a la cara y disparo una ráfaga; a lo mejor salen los sueños muertos. Pero… quia. Sólo sale una verja sobre un patio de cemento inhóspito recalentado por el sol, que huele a patio de cemento inhóspito recalentado por el sol. Concluyo que los sueños muertos son transparentes. Para consolarme, pienso que un día vendrán miles de globos de colores, que dejarán que lo sueños se cojan a ellos y se los llevarán a donde sea que deban llegar lo sueños.

 Intentando no encontrarme con más colegios, callejeo con sensación de plenitud melancólica, que no sé muy bien qué es, en cualquier caso es un estado de ánimo que pega bien con el tipo de cazador que estoy representando. Yo, que he vivido en el Ensanche la mayor parte de mi vida, siento con mayor intensidad recuerdos de este barrio antiguo, algunos propios, muchos prestados o de segunda mano. Una contradicción más, como aquello que me dijeron una vez, que quOLYMPUS DIGITAL CAMERAeriendo ser Haddock terminé siendo Tintín. Pues contradicción en ristre ando arriba y abajo, olfateando rastros perdidos de un niño con su padre, de un niño con su madre, de u niño con sus abuelos, o de un joven muy joven que jugó un poco a la bohemia en un estudio de ínfimas dimensiones. La verdad, rastros ya no quedan muchos, que alguien debió pasar el estropajo del olvido, y eso me indigna. Indignado pues, y a falta de mejor negociado al que dirigir mi protesta, alzo la vista al cielo, pero por el camino veo que desde un balcón se han solidarizado conmigo. Eso me reconforta, y dedico a los moradores del balcón un imperceptible saludo.

 Lo que no acabo de entender es cómo he llegado exactamente a la puerta del edificio desvencijado donde estaba aquel estudio del que acabo de hablar, porque de verdad que no tenía intención alguna de venir aquí. Pero ya que estoy, y como todavía me dura la indignación de antes, me planto en jarras ante la puerta, como reclamando el derecho a recuperar alguna de las infinitas posibilidades que creí entender que la vida me ofrecía en aquel entonces, y que luego no me dio, sería que no me fijé en la letra pequeña de la oferta.

 Mi postura es sin duda gallarda y desafiante, pero como, pasado un rato, nadie me ha hecho ningún caso, tiro de máquina de fotos, por favor, qué bien van las cámaras para salir airoso de estos trances, y disparo, así como con desgana, y entre las fotos y mi digna actitud, aprovecho para retirarme de aquel callejón sin que se note demasiado que huyo con el rabo entre las piernas.

oOoOoOoO

Addendum

La idea de los globos, contra lo que algunos podrían pensar, viene de “Le Ballon rouge”, de Albert Lamorisse.
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DE CAZA (1)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Hoy voy de caza. Salgo a dar un paseo urbano, provisto de mis armas de caza mayor: una cámara fotográfica y una pequeña libreta. Voy en busca de alguna idea para el blog, o al menos de alguna imagen interesante. Y aunque anticipo que volveré con las manos vacías, es decir, con la libreta en blanco y la cámara llena de un montón de imágenes de interés diremos que limitado, eso no me preocupa. Y no me preocupa porque, a cambio, habré disfrutado de un paseo sereno, con un hermoso sol que llena la ciudad de contrastes de luz y sombra, de calor y fresco, un paseo de esos sin dirección ni sentido en los que uno enfila una calle y no la otra, dobla una esquina y no la de más allá sin saber muy bien por qué; o sabiéndolo, pero sin acabar de creerlo: un color, un señor que empuja una carretilla, un trapo en una ventana, o puede que el aroma diluido de un recuerdo enterrado en el pozo de la memoria que se disuelve. Así que me embarco en un itinerario maravillosamente carente de lógica, y también carente de geometría, y hasta de teología, como hubiera dicho aquél. Eso sí, como buen cazador, tengo los sentidos a flor de piel, estoy alerta, receptivo a los más nimios detalles. Llevar cámara, y llevar libreta, obliga a mirarlo todo con otra mirada, una mirada que atraviesa las cosas y llega incluso a aquello que no se ve, o sobre todo llega a aquello que no se ve. También como buen cazador que no come de lo que caza, a pesar de que no me cobre ninguna pieza seré feliz mientras lo intente.

Transito por el tejido cartesiano del Ensanche, y mis pensamientos se pierden en lo que pudo ser y no fue esta parte de la ciudad. Pero eso es una estrategia equivocada para un cazador como yo, de manera que dejo de lado lo que pudo ser y lo que deOLYMPUS DIGITAL CAMERAbió haber sido y me quedo en lo que finalmente fue, o sea, en lo que es. Y entonces veo furgonetas que ya no llevan cartas de amor, una casa tachada no sé por qué (¿se debió construir por error?) y dos ancianas que, abandonada toda rebeldía residual, cruzan disciplinadamente en verde sin reclamar ni libertad, ni amnistía ni siquiera el voto para las mujeres, si es que alguna vez reclamaron tales cosas.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Un poco más allá, descubro una escena curiosa. Dos jóvenes turistas han pedido a una dama de cierta edad que les haga una foto, y mientras posan me detengo, no fuera a estropear la composición. Sigo la escena, algo chusca, a través del reflejo en un escaparate, discreto que es uno. La situación se prolonga. Las chicas desconfían de la capacidad de la señora, puede que con razón, inspeccionan el resultado, tuercen el gesto, le piden que repita, y mientras la pobre señora, azorada, hace lo que puede, ellas no dejan de gesticular para indicarle esto, aquello y lo de más allá. Por lo visto, la señora, que seguro que, ejerciendo su derecho de edad, llama retrato a las fotos, no atina; el retrato no queda al gusto de las señoritas, que empiezan a ponerse nerviosas probablemente pensando que cómo es posible que en una ciudad como Barcelona haya damas, aunque sean de cierta edad, que no sepan fotografiar decentemente a las turistas. Como veo que las cosas se complican, intento hacerme pasar por un alcorque, no fuera a salpicarme el asunto. Pero se ve que mi camOLYMPUS DIGITAL CAMERAuflaje resulta poco creíble, las chicas me divisan, me ven con cámara al cuello y gritan, alborozadas: “se lo pediremos a ese señor, mira la cámara que lleva, seguro que sabe hacer muy buenas fotos”, ya me he encargado yo de la traducción simultánea. Suerte que la libreta la llevo en el bolsillo, me digo, si no seguro que encima me piden un poema. Me acerco, resignado. Como no puedo decepcionarlas,  me apodero con aplomo de su máquina de baratillo, estudio sin prisas la posición del sol y la configuración de las sombras, por supuesto con mirada profesional, frunzo el ceño, que siempre es un recurso convincente, y las hago cambiar de sitio con ademán autoritario. Así queda mejor la iluminación y los contrastes me ayudarán a dar profundidad a la foto; las muevo otro poquito, en parte para conseguir un bonito inmueble como fondo de la foto, en parte para ver si puedo capturar también un coche movido que dé un poco de dinamismo, y en parte simplemente para fastidiar. Encuadro, les pido que relajen el rostro, hago una primera toma, sólo para ver el tacto del disparador, modifico el encuadre, buscando incorporar una hilera de farolas que añadan ritmo a la futura imagen, les pido que cambien la posición de las manos, y cuando bajan la guardia para moverse disparo de nuevo, les pido que sonrían, y espero unos segundos, bastantes segundos, para que se les canse la sonrisa, y entonces vuelvo a disparar, finalmente les digo que ya está, y en cuanto abandonan su hieratismo de turistas en tierra exótica, les tomo tres o cuatro tomas más en rápida sucesión. Les devuelvo la cámara con desapego experto, evito caer en la tentación de hacer una reverencia, porque mi actuación de fotógrafo consumado ha sido, modestia aparte, memorable, y me retiro dignamente. Quedan convencidas de que han sido fotografiadas por el mismísimo Catalá-Roca. O quedarían, en el caso improbable de que supieran quién era ese tal Catalá-Roca.

Mientras me alejo, pienso en que es una lástima que no haga las fotos tan bien como las explico.

MONTE ARRIBA (I): ¿NOS ECHAMOS UNA CARRERITA?

 

Publico dos entradas a la vez, esta y la siguiente, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

 

Estoy subiendo hacia un pico, bueno, dejémoslo en un piquillo, que se llama Puigsallança. Hace sol, pero es un sol poco agresivo, y además la mayor parte del camino transcurre por dentro de encinares y hayedos, umbríos los primeros, a la espera de lucir sus hojas los segundos. Es el principio de la subida, y se respira bien, de momento. El olor a tierra, a verde, a húmedo, resulta embriagador.

Voy solo. Me gusta ir solo por la montaña. Solo, estás más atento a olores, luces y sonidos. O a lo mejor eso son excusas, y lo que pasa es que me gusta ir solo por ciertos rasgos de mi carácter, digamos que de déficit de sociabilidad, de los que a veces se me acusa. Sea una cosa, la otra o ambas, me gusta establecer una especie de diálogo interior mientras camino, sobre todo cuando los árboles me privan de conversar con mi sombra. Y no pretendo insinuar que eso del diálogo interior implica profundas reflexiones, qué va. Mi diálogo interior es intrascendente, casi frívolo en ocasiones. En cualquier caso, el camino embarrado y resbaladizo que estoy siguiendo no lo cambiaría por la alfombra roja de un palacio; subiendo, me siento profundamente feliz, incomprensible y atávicamente feliz.

Llego a un pequeño collado con una hierba tan verde que uno no acaba de tomársela en serio. Ahí, la vegetación se abre, y, a lo lejos, se ven las imponentes cumbres nevadas del Pirineo. Son cumbres consagradas, reconocidas, con una pizca de arrogancia, y que miran a mi modesto pico como quien mira a un hermano pequeño que no ha alcanzado la pubertad. Pero yo no me dejo amilanar, y sigo mi camino con espíritu primaveral. Y es que sí, la primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Además de las flores, de los sonidos, de la tibieza del aire, flota por ahí un no sé qué indefinido que me fuerza a mirar a la Primavera a los ojos. Y lo hago con cierta sensación de culpabilidad, y me veo obligado a reconocer que ha llegado, a pesar de mis deseos de que no llegara. ¿Qué por qué no quería que llegara? Tanto da, cosas mías. De hecho, hubo una época en que, cuando se acercaba el momento, luchaba con la Primavera, la empujaba, intentaba cerrarle el paso, detenerla, retrasarla. Jamás conseguí nada; como mucho un año conseguí que llegara unos segundos más tarde, pero hubo tal revuelo en las Cortes Astronómicas, y tal furia en los Sindicatos Astrológicos, y las mareas excepcionales que vinieron soliviantaron de tal manera a los Reinos Marinos y Oceánicos, que me juré no volverlo a hacer. Ahora, me limito a mirar para otro lado, a simular que no va conmigo, hacer como quien no quiere la cosa, a no establecer relaciones diplomáticas con ella. Pero, cada año, termina llegando un día en que la evidencia se impone. Y este año ese día ha sido hoy. Los sonidos, la tibieza del aire, las flores, y ese no sé qué que flota por ahí, han hecho que terminara rindiendo pleitesía a la Primavera; pues qué se le va a hacer, si no puedes con tu enemigo únete a él, o eso dicen.

En estas estoy, intentando respirar a pesar de la cuesta cada vez más empinada, cuando de repente oigo voces. Un grupo de tres o cuatro personas viene en sentido contrario, y, Dios, cómo se envidia a los que van en sentido contrario cuando tú subes. Obviamente, están practicando el diálogo exterior, lo cual interrumpe mi diálogo interior, claro. Y me hace pensar que la gente en la montaña debería ir callada, o hablando poco y muy bajito, que no está bien llenar el monte de voces. Disimulando mi desaprobación, les saludo cortésmente al cruzarnos. En estos casos, intento saludar con dignidad, procurando que no se note que el corazón está a punto de salírseme por la boca; ello implica algunos equilibrios que no siempre dan resultados satisfactorios. Mientras los caminantes se pierden a mi espalda en dirección al valle, se me ocurre que lo que juzgamos que está bien o que no está bien depende no tanto de juicios morales o de valores éticos, sino de lo que nos gusta o no nos gusta, o de lo que nos hace sentir momentáneamente satisfechos o insatisfechos, así que un ejercicio de tolerancia es siempre recomendable. Profundamente emocionado por mi altura de miras interior, dejo que mi mirada se pierda en el infinito y así componer una escena de profunda trascendencia; lamentablemente, mi altura de miras y mi mirada perdida la aprovecha una piedra para ponerme una alevosa zancadilla que casi da con mis huesos en el suelo. De manera que me pongo a maldecir, con escasa tolerancia, a mi prójimo ruidoso, a todas las piedras de ese lado del Mississippi y a la falta de oxigenación de mi cerebro que me provoca pensamientos de tan inútil y ecuménica bondad.

Al poco, tengo uno de mis consabidos ataques de hipocondría. Suelen darme estos ataques cuando las fuerzas flaquean y el diálogo interior languidece, una o dos veces por excursión. En esta ocasión, todo empieza por un dolor incipiente en una rodilla, que me hace pensar que me acabo de quebrar el menisco, y quién sabe si también el fémur, y que por culpa de ello voy a caer al suelo y quedar inconsciente por el golpe, a la merced de la congelación y de las alimañas. Mientras me preparo para la caída, noto un leve dolor en el hombro derecho, y me digo, caramba, qué infarto más raro estás teniendo, y cuando ya me dispongo a sacar el móvil para dictar un mensaje póstumo al mundo, veo lucecitas en un ojo, aviso inapelable de un inminente desprendimiento de retina, lo cual me causa amplia zozobra, ya que andar ciego por la montaña, más si encima se te han roto los meniscos y estás sufriendo un infarto, es muy difícil. Al cabo de poco, el ataque de hipocondría termina. Igual que vienen se van, deben de ser cosas de la edad.

Pasado el ataque en cuestión, creo obligado explicar qué hago aquí. El Puigsallança hacia el que me dirijo es un “cent cims”, un “cien cimas”. Esto de las cien cimas es una especie de reto que consiste en coronar cien cimas de entre un listado de más de trescientas propuesto por la Federación Catalana. La primera vez que oí hablar del asunto me pareció una gran idea, y se me ocurrió que era una excusa excelente para ir conociendo y descubriendo rincones y lugares hermosos. Pero en esas se me apareció el señor Tiempo, que me miró con sorna y dijo:

-Sí, claro, cent cims, mi niño, explícame cómo vas a subir a cien cimas con los años que te quedan para subir cimas, ricura, echa unos números, el ritmo al que Yo paso y el ritmo al que tú subes, que no sé para qué te sirve tanta ciencia, si terminas siempre en manos del descarrío, echa cuentas y ríndete a Mi evidencia.

Profundamente afligido por tan cruel exhortación, cerré la libreta donde pensaba apuntar mis logros montañeros, derrotado. Pero en eso algo se revolvió en mi interior, y, mirando al señor Tiempo con mirada pícara le dije:

-Bueno… pues… ¿Echamos una carrerita?

Y eso. Que aquí estamos.