SILENCIO

Silencio viene del latín, del verbo sileo, silui, silere, que significa estar callado o callarse. Silencio es palabra que se define por negación, ya que hace referencia a la ausencia de ruido, según el diccionario. Yo diría que no es sólo ausencia de ruido, sino ausencia de sonido, pero quién soy yo para enmendar diccionarios. En particular, el silencio es ausencia o abstención de hablar; una especie de vacío sonoro, vaya. Por extensión, o por analogía, nos encontramos también con silencios escritos, como cuando la prensa no habla de ciertos sucesos o la historia arrincona hechos y acontecimientos, normalmente por resultar incómodos para según quién. Y también nos encontramos con silencios musicales, que en realidad son pausas; con silencios castrenses, que son una especie de buenas noches de obligado cumplimiento, acompañados siempre de un toque de corneta de lo más melancólico, si es que una corneta puede expresar melancolía, con silencios administrativos, cuando no te hacen ni caso y no tienen ganas de explicarte el porqué, y con muchos más.

Silencio es palabra sin duda prona a paradojas. Así, podemos decir que en la iglesia se ha hecho el silencio mientras el sacerdote perora a voces contra el sexo extramatrimonial. También podemos escuchar el silencio, aunque es posible que para ello necesitemos tener un oído muy poético. «Écoute ce qu’on entend lorsque rien ne se fait entendre», escribe Paul Valéry («Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír»). Hubo, al parecer, un personaje que se dedicaba a coleccionar silencios de grabaciones de programas de radio, para luego deleitarse escuchándolos. Lo cuenta Heinrich Böll (Los silencios del doctor Murke); una historia interesante, por cierto. Estoy seguro que sería una gran cosa disponer de una fonoteca de silencios: el silencio mullido de las montañas nevadas, el silencio oscuro y siempre algo amenazador de la noche, el silencio tétrico de los cementerios. Seguro que suenan diferente.

Y, más paradojas: nos podemos expresar mediante el silencio, pues hay silencios elocuentes, glaciales, respetuosos, obstinados y hasta prudentes, y también los hay huraños o corteses. Por antítesis, también debe haber silencios mudos, aunque suene a pleonasmo.

Por mucho que nos parezca raro, hay silencios más silenciosos que otros. El silencio más silencioso es el absoluto; en el silencio absoluto se puede oír volar una mosca, con lo que deja de ser absoluto, presumo. Si el silencio absoluto parece que nos llena también por dentro, es un silencio profundo. Y si al silencio le acompaña un matiz de sobrecogimiento, el silencio deviene en silencio de muerte, o sepulcral, tanto da, que la idea de fondo es la misma. Y si el silencio absoluto tiene un punto de tensión llega a suceder que el silencio se hace sustancia, y entonces se puede cortar (con un cuchillo). La idea del silencio como sustancia física está ampliamente admitida, puesto que se puede hacer el silencio; en cualquier caso, es una sustancia frágil, ya que es muy fácil de romper: una simple tosecilla, por ejemplo, basta para romper el silencio. Corolario: si existe un silencio absoluto es porque hay un silencio… no tan absoluto. Curiosamente, no atino con palabras para describir silencios de este segundo tipo, así que pongamos que son silencios ma non troppo.

A veces el silencio adquiere una dimensión colectiva, corporativa casi; por ejemplo, en las congregaciones religiosas en las que se exige el voto de silencio. El voto de silencio evoca una cierta espiritualidad, recogimiento, meditación. En cambio, un pacto de silencio suele acordarse para ocultar algo, lo cual es ya menos espiritual y más sospechoso. Pero peor es cuando lo de ocultar sucede por imposición, por imposición de la llamada ley del silencio, ley cuyo incumplimiento suele acarrear nefastas consecuencias.

Después de este paseo por el silencio, concluyo que nunca la negación de algo tuvo tantas posibilidades y recovecos.

Por eso a veces a los blogs les llegan tiempos de silencio.

REIVINDICACIÓN DE LA PEREZA

La pereza es uno de los siete pecados capitales, o era, que recuerdo de forma vaga que los siete pecados capitales se reformaron o se derogaron; aunque puede que no, que ni se reformaran ni se derogaran y por lo tanto sigan siendo las siete maneras principales que tiene la Humanidad para perderse, y, entre ellas, la pereza mantenga su condición principal.

La primera acepción de pereza en el diccionario de la Real Academia es “negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados”. Tal definición da paso a un corolario y a una duda. El corolario es que, en lo que se refiere a las cosas a que no estamos obligados, gozamos de permiso para mostrar la negligencia y descuido que nos plazca sin incurrir en pecado de pereza. La duda es sobre cuáles son las cosas a las que estamos obligados; figuran como candidatas tanto aquellas respecto a las cuales hemos firmado un contrato, adquirido un compromiso o empeñado una palabra, como aquellas a las que la ley nos obliga, como, finalmente, las que, sin palabra dada ni ley mediante, se espera, así, en impersonal, que hagamos. El corolario es firme, la duda queda a beneficio de inventario.

Me pregunto por qué la pereza fue declarada pecado, y me respondo que sería para unir a las fuerzas coercitivas del mundo terrenal, las fuerzas coercitivas del mundo espiritual, unión harto conveniente para que el pueblo, de natural indolente e indisciplinado, hiciera y haga las cosas “a las que está obligado” con la debida diligencia y entrega: a la definición antes mencionada me remito. No hay combinación, la amenaza de aquí abajo, la amenaza de allá arriba, más convincente para garantizar que el pueblo cumpla con sus obligaciones, que conocida es la tendencia del pueblo a escamotear el diezmo, a murmurar a la hora de pagar el portazgo, a rechazar el derecho de pernada, a protestar por aeropuertos sin aviones, a oponerse a desahucios jurídicamente impecables o a indignarse al perder el dinero de unas preferentes. Sin duda, a todas estas cosas “está obligado”, véase una vez más ut supra. El descuido o incluso la tibieza en el cumplimiento de tales obligaciones constituye pues no sólo flagrante delito, castigado por las penas que establezca la legislación vigente, sino además flagrante pecado de pereza, pasible de un par de Padrenuestros y algún Avemaría, o de las llamas del infierno llegado el caso.

La segunda acepción de pereza que figura en el diccionario de la Real Academia es mucho más benevolente, contemporizadora casi diría: “flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos”. Es esta sin duda una pereza de superior clase, vecina a la languidez y que podría por tanto llegar a alcanzar un toque de distinción. Aunque no lo dice en ninguna parte, yo me malicio que sería una pereza propia de gente de alcurnia, tales como aristócratas, banqueros y jerarcas varios, es decir, gente que está obligada a menos cosas y que, por lo tanto, tiene menos oportunidades con la primera acepción y anda necesitada de esta segunda.

Pereza, como no podía ser de otra forma, viene del latín. La palabra latina es pigritia, que a su vez viene de piger, al que repugna algo, en particular el trabajo o la guerra. Así, a los objetores de conciencia (del servicio militar) se les hubiera llamado, en la antigua Roma, algo así como gens pigerrima ad labores militiae. Claro que pigritia también se aplicaba a un descanso honorable, sin dejadez ni desidia, y valga decir, para desagraviar un poco más a la pigritia y a su nieta, la pereza, que a un mar tranquilo, sereno, se le llamaba mare pigrum; que nadie me venga ahora con que obligación del mar es mostrarse debidamente tempestuoso.

En resumen: que puede que la pereza no esté bien vista, pero sépase al menos que lleva en sí no sólo un atisbo de serenidad honorable sino también un germen de rebeldía: serenidad por repugnancia a la agitación, rebeldía contra lo que se supone que estamos obligados a hacer.

Llegados aquí, reconozco haber actuado, en las últimas semanas, con cierta negligencia y descuido en esto de mantener activo el blog. Lo que no sé, y puede que debiera reflexionar sobre ello, es si he faltado a mi obligación, si he pecado, si ha sido un acto de rebeldía o si lo que he hecho ha sido un alarde de serenidad.

Pero la verdad es que reflexionar me da pereza.

Y ESTO HARÉIS EN HONOR AL LENGUAJE

Y en el principio fue un magma de sonidos; y de ese magma primordial unos sonidos fueron más gratos que los demás a Mis oídos y fueron escogidos, y así se crearon las letras.

Y las letras vagaron un tiempo, perdidas en el silencio que intentaban llenar, chocando las unas con las otras, y poco a poco entraron en armonía y las palabras fueron también creadas, y fueron creadas tanto breves preposiciones como inacabables adverbios, incomprendidos adjetivos, ora poéticos atributos, ora cargantes epítetos, y también fueron creados verbos de acción pasiva o activa, y prácticos pronombres, artículos de compañía, sonoras interjecciones; pues así fue hecho.

Y entonces quise que las palabras danzaran, y danzaron con alegría, y de la danza de las palabras, nacieron las frases, cortas e independientes, cooperativamente coordinadas, en procesión yuxtapuestas o disciplinadamente subordinadas.

Y al día siguiente fue mi deseo que el espacio de la lengua se curvara en formas imposibles, y de esta manera las frases, traviesas, se entregaron con desenfreno a todo tipo de juegos, y de esos juegos surgieron metáforas, aliteraciones, rimas, hipérboles, tropos, figuras, y otros dibujos de incomprensible belleza.

Y entonces le dije al lenguaje que creciera y se multiplicara y poblara la mente y el corazón de los hombres.

Y vi que lo que había hecho era bueno.

Pero en vez de descansar, dispuse que las frases, letras y palabras, todas ellas sin excepción, fueran guardadas en libros, y que esos libros tuvieran en su seno todo lo escrito, y todo lo que algún día se escribirá, incluso aquello que se podría escribir o haber escrito, y todo en todas las lenguas, las que existen, las que han existido, las que existirán y las que nunca llegarán a existir, y dispuse según mi deseo que todos esos libros fueran guardados en la Biblioteca de Babel.

Y fue mi voluntad que los hijos de los hombres tuvieran conocimiento de Ella, pero no pudieran a Ella acceder, y que por tan gran obra construida mediante un número tan pequeño de sonidos cantaran Mis alabanzas, mientras matemáticos insignes consagraban sus noches de insomnio a calcular cuántos eran los libros en Ella guardados.

Y quise que los hijos de los hombres supieran de Ella, por que supieran de un lugar donde se encerraba todo lo que es verdadero, pero también todo lo que es falso, toda la belleza, pero también toda la maldad, toda la sabiduría, pero también toda la estupidez, y toda la poesía pero también todos los balbuceos malsonantes carentes de cualquier sentido, de manera y a fin de que los hijos de los hombres quisieran emular Mi creación y escribieran sin cesar bellezas y adefesios, maravillas y aberraciones, verdades y mentiras, arte y banalidades.

Y esto haréis en honor al lenguaje: cada vez que la Tierra dé una vuelta al Astro Rey que la ilumina y alimenta, una luna después de cuando día y noche se igualan, la Biblioteca de Babel carraspeará y dejará ir a algunos de los que en su vientre moran, y de libros  inundaréis escaparates y mostradores, aceras y plazas, mercados y zocos, y la gente saldrá a la calle por y para ellos, y fiestas celebraréis en Mi honor, y el mundo se regará con rosas rojas en alabanza a aquello que ha sido hecho por Mi mano.

Y que así fuera hice.

………

– Y esta es la historia -dijo con mirada nostálgica aquel dios menor en la tertulia del bar de segunda clase del Paraíso-. Eso sí, manda huevos que los discípulos del Gran Jefe me hayan llamado Sant Jordi.

oooooo

Addendum
Parece obvio, pero para que quede escrito, la idea de la Biblioteca de Babel viene del cuento del mismo nombre de Jorge Luis Borges, Historia Universal de la Infamia
http://www.literaberinto.com/vueltamundo/bibliotecaborges.htm

HOY HE SACADO A PASEAR A MI SOMBRA

xx23-IMGP1013-001La sombra es una negación. Una negación suave, no tan radical como la oscuridad, pero una negación, al fin y  al cabo. Puede ser tanto una negación de contornos precisos (La sombra del ciprés es alargada) o amorfa (“la habitación estaba en sombras”), y entonces, curiosamente, se usa el plural, como si se tratara de varias negaciones mezcladas.  Cuando hace mucho calor buscamos la sombra, y entonces la negación se convierte en esperanza de bienestar, pero, si hemos cometido un delito, lo de estar a la sombra unos años puede ser bastante desesperante. Nuestra sombra nos es fiel, y hasta donde yo sé, es irrenunciable, y por eso un acompañante habitual, deseado o no, no nos dejará ni a sol ni a sombra; o, peor aún, se convertirá en nuestra sombra. De todas maneras, hay unos pocos ejemplos de sombras díscolas o abandonadas: que yo conozca, Peter Pan y El hombre que perdió su sombra.

 Aunque hay varios tipos de ondas, como las de radio o las sonoras, a las que se aplica el concepto, las sombras más comunes nacen de la interceptación de la luz por un cuerpo xx03-IMGP1023opaco. Cuando la luz que se intercepta es la de la verdad tenemos la sombra de la duda. Y cuando quien la intercepta es un bailarín o una figura, o un intento de figura, tenemos las sombras chinescas. Y resulta que hay sombras tanto protectoras (“medró a la sombra de su mentor”) como opresivas, que detraen lucimiento y fama (“estoy cansado de que me hagas sombra en todas las ruedas de prensa”). La sombra tiene una naturaleza frágil y efímera (y cuando no, se habla de otras cosas, como tinieblas, negrura…), y por eso la asociamos a una cantidad exigua, evanescente (“no tiene ni sombra de sensibilidad”, se dice de los zafios y patanes), con la cual podemos dar color a un tazón de leche, sobre todo en Andalucía (“póngame un sombra,  por favor, que no quiero desvelarme”) y de ahí pasamos a usar el término para designar cosas que se perciben confusamente (Esas sombras del trasmundo), que se perciben de una forma fugaz e imprecisa (Ha pasado una sombra) o que se perciben en el más allá (“la sombra de la mujer asesinada se le aparecía cada vez más a menudo”). Ahora bien, que todo eso no sirva de excusa para la cobardía que aflige a quien tiene miedo hasta de su sombra. Por otra parte, aunque las sombras suelen ser bastante neutras, ni buenas ni malas, hay quien se arregla para tenerlas pésimas, a base de meter la pata o ser patoso, hasta que unánimemente se afirma de él que tiene mala sombra. Y si se le añade la contumacia, se pasa a ser un malasombra. Para algunos, nuestra sombra es una versión empobrecida de nosotros mismos; y es señal de que las cosas se nos han torcido cuando oímos decir que ya no somos ni la sombra de lo que fuimos.

xx08-IMGP1029Las sombras pequeñas o sombrillas son transportables y se usan en la playa; las formas más individuales de sombra se llevan en la cabeza y se llaman sombreros. Es lógico que cuando algo intercepte los rayos de la alegría estemos de ánimo sombrío o nos ensombrezcamos, que en subjuntivo suena raro pero valer, vale.  Lo que no acabo de ver es por qué decimos de algo que nos causa maravilla o espanto que nos asombra. ¿Será que nos quita momentáneamente la luz del entendimiento? Rescato de entre un gran montón de recuerdos absurdos el apodo de Sombrita, que fue un boxeador de los años 60 al que en un combate importante dejaron KO de un cabezazo, mientras el árbitro, probablemente a sueldo de la internacional judeomasónica, se hacía el longuis; en internet compruebo que no está tan olvidado como yo creía. Por si no queremos comprometernos sobre dónde empieza la oscuridad y termina la luz tenemos la casi-sombra o penumbra, para las vertientes de montañas a sotavento del sol la umbría, y para cultivar plantas al abrigo de rayos solares inclementes podemos construir un umbráculo, aunque reconozco que es la primera vez en mi vida que utilizo ese palabro. Como puede verse, la umbra latina pervive en algunos términos, no en todos, vaya usted a saber por qué.   

Todo esto viene a cuento de que hoy he sacado a pasear a mi sombra. Nos hemos dado una vuelta por un trozo de monte mediterráneo, y mientras yo recorría senderos y trochas xx10-IMGP1031ella (curioso, que mi sombra sea femenina; en cambio la sombra de las mujeres no es masculina) se movía a mi alrededor, levemente traviesa, y hasta se ha escondido, tapada por un árbol. Con ojo crítico, le he reprochado que no se cuidara un poco más, que me parecía una sombra no totalmente rechoncha pero si más achaparrada de lo debido. La muy ladina se me ha reído, y aprovechando una inclinación de terreno se ha hecho larga y esbelta, lo que ha merecido mi aprobación. Insolente, me ha replicado que por qué no me cuidaba yo, lo cual me he ofendido; así que la he remojado un poco, y su contorno ha quedado algo desdibujado un rato. Pero pronto hemos hecho las paces, y he terminado mirándola con ternura, qué menos, después de tantos años juntos. Ahora que, según dicen, me empiezo a hacer transparente, es posible que pierdas consistencia, la he avisado. Se ha encogido de hombros, me ha parecido; o a lo mejor los hombros que se han encogido eran los míos. Antes de desaparecer, tragada por la llegada de la tarde, me ha pedido que escribiera algo sobre ella y las de su especie. Y aquí estoy.

No es mala cosa, de vez en cuando, pasar un rato con tu sombra.

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ESCRIBIR

Érase una vez un hombre corriente, algo retraído tal vez, pero quién no se retrae de vez en cuando, con los tiempos que corren. Y resultó que el hombre corriente un día empezó a escribir. Y fue escribiendo, un poco aquí, otro poco allá. Al cabo de un tiempo, fueron los amigos y le preguntaron que por qué escribía; él no respondió. Pero escribió:

“Escribo porque me gusta escribir. Escribo porque a veces me dicen que lo hago bien, y eso me complace, aunque no sea verdad. Escribo porque me divierte jugar a ser literato. Escribo porque hay que contar lo que a uno le pasa por la cabeza. Escribo porque el papel nunca me interrumpe cuando explico mis cosas. Escribo porque no me canso de maravillarme ante el milagro de unas letras que se transforman en mucho más que palabras. Escribo porque en lo que escribo me veo, ve trocitos de mi mundo, de mi vida.”

Y pasaron los días, bastantes días, incluso puede que fueran muchos los días que pasaron. Y el hombre corriente cada vez escribía más, y más a menudo. Y de nuevo le preguntaron que por qué escribía, y que qué escribía, y que para qué o para quién escribía. Y entonces escribió:

“Empecé a escribir porque me gustaba, porque jugaba a ser literato, porque quería contar mis cosas a alguien, porque me fascinaba la magia de las palabras. Ahora ya no. Ahora escribo porque escribo trozos de mi vida. Y lo que escribo queda atrapado en la red de mis letras, de mis palabas y de mis frases, y ya no puede escapar hacia el pasado. Y esos trozos permanecen cautivos, y puedo volver a verlos siempre que quiero. Porque escribir es como detener el reloj, es ensartar los instantes con palabras como se ensarta una mariposa con un alfiler; y esos instantes quedan en el papel, como la mariposa queda en una caja con tapa de cristal. Y por eso escribo cada vez más, para evitar que trozos de mi vida se pierdan en el tiempo.”

Y siguió escribiendo, más y más, en cuadernos, blogs, blocs, libretas, bitácoras, agendas y carnés. Y ya no sólo escribía palabras y frases, sino que también anotaba, registraba, asentaba, apuntaba: pesos, precios, menús, datos, fechas, veces, lugares.

Los amigos, intrigados, seguían preguntando. Él nunca respondía, de hecho parecía no oírles. Pero por ahí escribió:

“Apunto datos. Las cantidades, los números, las cifras son las vigas del recuerdo, un poco como la paja que le mete el taxidermista al animal disecado para que conserve la forma. Y alrededor de los datos escribo los hechos, y a veces hasta algunas sensaciones o una emoción o dos. Los trozos de vida que capturo cada vez me quedan mejor conservados.”

Como cada vez estaba más tiempo escribiendo, los amigos empezaron a dejar de visitarle. Seguramente no se dio cuenta. Por aquel entonces, fue cuando estuvo su primer día entero escribiendo sin parar. Sólo mucho tiempo después se supo que ese día había escrito:

 “Ayer me desperté a las 7:06. Mi primera percepción fue una leve sequedad de boca, y una presión suave sobre mi brazo derecho, que había quedado bajo la almohada. Noté unos hormigueos durante casi veinte segundos. Con la mano derecha retiré la sábana unos 35 o 36 centímetros. La temperatura en la habitación era de 20 grados …”.

Al llegar la noche de ese día escribió la última frase:

“Hoy he alcanzado la perfección. He escrito el día de ayer con tal detalle que está todo él metido en lo que he escrito. Este día, y todos los sucesivos a partir de ahora, quedarán para siempre aquí, embalsamados, completos, eternos, míos”.

Y se fue a dormir. Al día siguiente, nada más levantarse, fue a su máquina de escribir, puso un papel en blanco y empezó a teclear.

“Ayer escribí: “Ayer me desperté a las 7:06. Mi primera percepción fue una leve sequedad de boca, y una presión suave sobre mi brazo derecho…””.

Y al día siguiente:

“Ayer escribí: “Ayer escribí: “Ayer me desperté a las 7:06. Mi primera percepción fue una leve sequedad de boca, y una presión suave sobre mi brazo derecho…”””.

Cuando lo encontraron, yacía sobre un lecho de papeles escritos. Todos idénticos.

LA MÚSICA DE DOS MÁQUINAS DE ESCRIBIR

Querría haber empezado diciendo que la música de mi infancia se la debo a dos máquinas de escribir. Pero cuando iba a decirlo me he dado cuenta de que la afirmación iba a sonar vaga, parcial, o totalmente incomprensible a una mayoría. Por lo que cambio de planes narrativos para una conveniente digresión histórica.

Así que empezaré diciendo que antes, en un pasado que no requiere fechado preciso ni siquiera orientativo, pero que sin duda abarca mi niñez, muchos años antes y unos cuantos después, existían unos cachivaches mecánicos que servían para escribir textos pulcramente, o al menos esa era la intención. Es decir, servían para lo mismo  que sirve hoy un ordenador más un procesador de texto más una impresora; bueno, exactamente para lo mismo no, pero se le parecía. Entre las diferencias, por ejemplo, que la máquina de escribir no estaba conectada a internet ni necesitaba antivirus, y que cuando se colgaba, una simple operación manual solucionaba el problema. Entre las similitudes: que tenía teclas con letras y números, en una disposición que, con algunas licencias nada poéticas, se mantienen en los ordenadores actuales. Cuando se pulsaba una tecla, unos engranajes misteriosos que olían a polvo y disolvente, o a lo mejor era lubricante, hacían que una especie de patilla saliera disparada en un arco perfecto hacia el papel, firmemente sujeto por un rodillo. Como por arte de magia, un momento  antes de impactar se levantaba una cinta de tela entintada, con tan buena fortuna que la letra que figuraba en la tecla pulsada quedaba indeleblemente marcada en la hoja. El proceso iba acompañado por un “clac”, o “plac” o incluso “tlac”, o muchas otras variantes, pues cada máquina tenía su voz. Por cierto: la máquina de escribir era absolutamente implacable con los errores. Lo escrito, escrito quedaba. Tengo para mí que la sana costumbre de pensar primero, dar forma a las frases en la cabeza y, una vez encontrada la idea adecuada y la construcción que mejor la expresaba, pasarla al papel, murió con la máquina de escribir. Con el ordenador nació la posibilidad, muy popular, me temo, de escribir por ensayo y error, es decir, teclear primero y pensar después. Bueno, la intención de mi digresión histórica no era, no es, salirme por la tangente de una elegía de la máquina de escribir, sino explicar, ilustrar su sonido, el “clac”, o “plac”, o “f-flac”, o incluso “tlac”. Un sonido físico, totalmente mecánico y primario, resonante de vocales fuertes, atlético  y en absoluto discreto. Quien no lo haya oído, que no lo intente asimilar al “tlt” o “plp” o “tsk” fofos y avocálicos de los teclados actuales.

Como iba diciendo, pues, la música de mi infancia se la debo a dos máquinas de escribir. Las oía ya desde la escalera, acogiéndome a la vuelta del colegio. Al llamar al timbre una de las dos, o a veces las dos, callaban, no sin antes una última andanada de “placs”, quien sabe si el final de una frase, el de una línea o el de una idea. Saludos, conversaciones, merienda… Luego, una vez en mi cuarto, haciendo deberes, leyendo o jugando, el paisaje sonoro recuperaba los “placs”, atenuados por las paredes pero cercanos, envolviéndome con su familiar amabilidad. Eran, en cierta forma, las voces de mi padre y de mi madre. Superpuestas, pero inconfundibles. Mi padre, con un tecleado enérgico y levemente arrítmico, de mecanógrafo autodidacta; mi madre, con un tecleado fluido, académico de ocho dedos (y el pulgar para la barra de los espacios). El uno inventaba historias, vidas, emociones; la otra asimilaba historias, vidas y emociones que habían sido pensadas en otros idiomas y las repensaba para escribirlas en castellano. Había diálogos entre los dos instrumentos, pocos silencios, muchos dúos y algún solo, había pianissimi, y también había auténticos crescendi. La música me abrazaba y, ahora me doy cuenta, creaba para mí una especie de atmósfera cálida y protectora, confortable, íntima, en la que me sentía tremendamente seguro y a gusto.

Cuando abro un libro  escrito por mi padre o traducido por mi madre me gusta zambullirme en los párrafos, apartar las frases, atravesar las palabras y llegar a las letras. Aquellas letras, cada una de ellas, todas ellas, sonaron un día “plac” y aquellas frases fueron la música de mi infancia.

Puede que por eso mi oído para la otra música sea tan limitado.

LA CRISIS DE LAS PALABRAS

No hay palabras. Explotó la crisis. Llegó la austeridad.

No se sabe muy bien qué ha pasado, ni cómo empezó el asunto. Quien más, quien menos, todos recuerdan que en algún momento las palabras empezaron a fluir desaforadamente por el aire, por las ondas, por los cables, por el éter, por los papeles. Y nos sumergió una marea de palabras, y aprendimos a vivir en un planeta superpoblado de palabras, y todo fue para bien en el mejor de los mundos.

Hay sabios que dicen ahora que el desencadenante fue una alegría excesiva en la concesión de créditos a la industria de las palabras, que condujo a un sobredimensionamiento de las líneas de producción. Otros sabios hablan de innovaciones tecnológicas indefinidas que abarató los costes de las cadenas de ensamblado de letras. Y hay quien sospecha de una deslocalización encubierta de las factorías. Por estos motivos, o por otros, la cuestión es que los precios de las palabras empezaron a bajar, y, consecuentemente, el número de palabras en circulación fue subiendo. La abundancia de palabras llegó a ser intimidante, y aparecían en tropel donde más se las esperaba (y donde menos), o donde menos se las deseaba (y donde más). El mercado se expandió, y se fijaron segmentos de clientes con proveedores específicos. Así, la pequeña empresa se dedicó a clientes minoristas: los taxistas, los peluqueros, los médicos, los camareros, los que se sientan en los bancos de la calle… pero también los pasajeros de taxi, los clientes de peluquerías, los pacientes, los comensales y los que se sientan al lado de los que se sientan en los bancos de la calle; todos ellos se lanzaron a un consumo, moderado primero, desenfrenado después.  Algunas empresas familiares se esmeraron con su clientela especializada: los amantes, los curas, los militares, los abogados, los buenos conversadores, los panaderos, que pudieron disfrutar, a precios ajustados, de un léxico abundante y de calidad. La mediana empresa se dedicó a los consumidores al por mayor. Así, se hicieron con grandes remesas de palabras los vendedores, sobre todo los ambulantes, los profesores, los sacamuelas, los tertulianos (de café), los teleoperadores , más de un blogger y los pelmazos profesionales, entre otros. Y, finalmente, las multinacionales de la palabra coparon, cómo no, la división de grandes clientes: tertulianos (de radio y televisión), políticos, empresarios, sindicalistas, periodistas, locutores.

Evidentemente, el mercado, gracias a precios cada vez más económicos, se expandió, y al expandirse hizo crecer a pequeña, mediana y gran industria de la palabra, que podía ofrecer precios cada vez más competitivos, lo que aumentaba las ventas, y a su vez… Despreocupadamente, vivimos así un tiempo rebosante de palabras, nadando, es un decir, ahogándonos a veces, las más veces, en palabras y más palabras, de tenderos, predicadores, presentadores, parlamentarios, voceros, ministros, próceres de todo tipo, vecinos y vecinas. Hasta loros y cotorras mejoraron su cháchara, gracias a la cantidad de palabras casi sin utilizar que se tiraban alegremente  a la basura. Prosperidad, dijeron por ahí, nunca edad de oro semejante había florecido así en la historia de la Humanidad. Aunque voces insidiosas alertaron de que era una inflación peligrosa, de que había demasiadas palabras y pocas ideas, y de que por eso muchas palabras viajaban huérfanas de contenido, nadie hizo mucho caso: eran los descontentos perpetuos, los sediciosos de siempre, ya se sabe.

A esto se le llamó luego “vivir por encima de nuestras posibilidades verbales”, aunque en su momento le llamaran “ciclo virtuoso expansivo de crecimiento” o algo así. El cambio de denominación se produjo, más o menos, cuando  la demanda empezó a estabilizarse, o tal vez cuando empezó a menguar, o cuando se desplomó del todo. Al asomar las primeras señales de que algo iba mal, los más avispados intentaron rematar sus existencias a la baja para  evitar el naufragio, pero sólo ayudaron a generar un mercado secundario que terminó de hundir los precios. Otros tiraron de mercadotecnia, y florecieron ofertas, a cual más curiosa o disparatada: palabras a medida, bonos de mil palabras a pagar en cómodos plazos, palabras todo a cien, palabras estructuradas, palabras en obligaciones preferentes, palabras compre dos regalo una, palabras prêt-à-porter…  Pero nada. Las palabras se almacenaban en memorias ópticas, memorias magnéticas, discos duros y discos blandos, en cintas, en núcleos de ferrita, y en libros, libretas, papeles sueltos, en neuronas, y hasta escritas en las paredes y en los suelos, y en el mar y en el cielo. Hasta que el sistema no aguantó más y explotó la crisis.

Y así estamos ahora. Ha llegado la austeridad. Primero, los gobiernos y los bancos centrales inyectaron ingentes cantidades de dinero para rescatar la gran industria de la palabra, too big to fail, dijeron. Luego se recortó drásticamente el uso del lenguaje; dicen que eso, antes o después, permitirá recuperar la demanda. Mientras, la gente se saluda con un gesto de cabeza, los camareros sirven calladamente, los enamorados se declaran por gestos, las madres sonríen a sus hijos en vez de explicarles cuentos, la música instrumental copa las emisoras de radio, las televisiones emiten películas mudas, los libros son sólo de fotos, los pregoneros van a clases de mímica. Y no dejan de decirnos que todo es culpa nuestra, que nos empeñamos en vivir por encima de nuestras posibilidades. Pero que siendo austeros al final todo se arreglará.

Mientras esperamos, vivimos tristes.

Vivimos en silencio.