TAMBIÉN NECESITÁBAMOS «LOS OTROS»

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Tras su éxito con La noria, Luis Romero vuelve a España desde Argentina (con Gloria) en 1952, decidido (decididos) a vivir de la literatura y de las letras con pureza; es decir, sin necesitar o querer otros trabajos, ni en editoriales ni en ningún otro lugar, ni aceptar sinecuras de ningún tipo, especialmente cuando ello pudiera suponer merma de su libertad de creación. Al poco, publica Carta de ayer (1953) y Las viejas voces (1955), dos obras interesantes, aunque probablemente no lo mejor de su narrativa. Luego vendrá Los otros, gestado en 1955 y publicado en 1956; como lector escasamente ecuánime que soy, me parece una novela espléndida. Y no, no es porque yo también fuera gestado en 1955 y prácticamente publicado en 1956, sino por su valor literario, social y humano. Cuando Domingo Ródenas me preguntó por alguna novela de Luis Romero que recuperar para su centenario, al estar La noria comprometida con Comanegra, me salió de dentro una respuesta casi refleja: Los otros. Esta pregunta se me hizo a principios de 2016, y Los otros está ya en las librerías gracias a editorial Calambur. Espero que sirva para que algunos lectores disfruten (o, en algunos momentos, bastantes momentos de hecho, sufran) con una novela que tiene ribetes de novela negra, pero que es, sobre todo, el relato descarnado de una realidad social miserable y demoledora, que fue la de este país y que tal vez convenga no olvidar.

Un ejemplar de la obra reeditada ha ido pasando de mano en mano en nuestro círculo familiar más íntimo, y la hemos leído (o releído) en sucesivas oleadas. Lo que sigue no es un ejercicio serio de crítica o análisis literario, ni lo pretende; es una simple conversación que ni siquiera ha tenido lugar como tal, un intercambio de pareceres entre lectores de dos generaciones que tienen en común sus lazos familiares próximos y directos, entre ellos y con el autor. Componen el dramatis personae: BRS y MRS (nieto y nieta de Luis Romero), TSS (Teresa), y EBD (El Biólogo Descarriado), compilador de esta conversación.

EBD. Los otros es una novela de muchos personajes, uno de los cuales actúa como una especie de centro de gravedad de ese pequeño microcosmos humano. Este personaje viene de La noria, donde comete (capítulo 19, Ser o no ser; por cierto, ni en La noria ni en Los otros se nos dice su nombre) un atraco que le reporta magros beneficios. Unos años más tarde, y ya en Los otros, la desesperación le lleva, como única vía de salvación frente a la miseria, a planear asaltar al cobrador de una empresa. En la primera parte de la narración van apareciendo una serie de personas que el atraco va a unir, aunque sea muy lejanamente. El atraco, que no sale bien, provoca una especie de onda expansiva que agita, en mayor o en menor medida, la existencia de todas esas personas, que orbitan por un tiempo alrededor del hecho y del personaje central, a menudo sin ser plenamente conscientes de ello. Por supuesto, el atracador sin nombre, cuya huida por Barcelona seguiremos con angustia, adquiere un relieve especial, pero sin reducir al resto a la condición de secundarios: sus vidas se hacen muy presentes a lo largo de toda la novela y son, casi, su razón de ser.

TSS, BRS, MRS. ¡¡¡Eso ya lo sabíamos!!!

EBD. Pues claro… ¿No podríais disimular un poco y meteros un poco más en vuestro papel de tertulianos literarios? Era un resumen para la galería, leñe. Venga, vamos a lo importante.

TSS. Aleix Porta acaba de publicar una reseña (Ser o no ser: la Barcelona de Luis Romero) y sugiere que el alejamiento físico desde el que se escribió La noria (Buenos Aires) permitió a su autor suavizar un poco la crudeza de una realidad social desoladora. Y que, de regreso a Barcelona, la sordidez y la miseria se hicieron tan patentes que le obligaron a que el tono de su siguiente novela (Los otros) fuera mucho más amargo, sin espacio para la esperanza o la ternura.

EBD. No sé, puede ser; como idea es atractiva, aunque La noria no es una novela particularmente optimista.

TSS. No, claro. El entorno, la ciudad de Barcelona, es el mismo. Pero en La noria la gente se divierte, al menos hay gente que lo hace o planea hacerlo. La realidad de Los otros es mucho más áspera.

MRS. Tanto La noria como Los otros transcurren en Barcelona, en 24 horas o en menos. Es extraño, estas dos novelas me hacen sentir nostalgia, nostalgia de una ciudad que no he conocido ni conoceré.

 BRS. Hay muchas otras novelas sobre Barcelona que tal vez no provoquen ese sentimiento de nostalgia. Yo creo que el retrato es tan vívido, tan sin contemplaciones, que terminas viviendo esa ciudad desaparecida, y una vez vivida, sientes nostalgia por su desaparición.

MRS. Sí. Son historias intensas, densas en cuanto a personas, auténticamente humanas, que, además, salvando las distancias, son plenamente vigentes. Y demuestran que la ciudad es contradictoria, despiadada, sobre todo en Los otros, pero que está viva, muy viva, o lo estaba en aquel entonces, antes de irse convirtiendo en la especie de escaparate que es hoy.

BRS. Un apunte: la ciudad como lugar del azar. El azar tiene un gran papel en la novela. A los personajes los reúne el atraco, pero muchos de ellos confluyen en el atraco de la mano del azar.

TSS. Volviendo a Los otros, la palabra despiadada da en el clavo. La ciudad es despiadada. Yo insisto: los personajes de Los otros son gente a los que se les escapa (o se les ha escapado ya) no sólo el presente, sino también el futuro, insatisfechos, cargados de frustraciones y de amargura.

MRS. Bueno, probablemente la situación de mediados de los 50 no daba para mucho más…

TSS. No claro, pero es que incluso el empresario, que se supone que es un triunfador, nota que su existencia está vacía; y está solo, muy solo. Casi todos están solos. Es un libro de soledades, pesimista. Probablemente necesariamente pesimista, si quería retratar fielmente la realidad social.

EBD. Desde luego, la lectura de Los otros te deja profundamente desasosegado. Pero sí que hay resquicios, unas pequeñas gotas de… ¿misericordia? para unos personajes tan desheredados de cualquier esperanza. Hay rasgos de solidaridad, de gente que intenta ayudar al atracador en su huida, hay un vislumbre de caminos que se abren para el cobrador y la secretaria, hay un tenue consuelo para la mujer del contable…

BRS. El anciano contable… La descripción de su casa de una vulgaridad escalofriante; pero en ese escenario vulgar, la ternura infinita de ese hombre hacia su mujer. Que sí, que sí. Pero yo también opino que la ciudad, en su sentido más humano, aparece como algo muy hostil. Incluso feo… No salen las partes hermosas de Barcelona, los barrios altos, ni siquiera Las Ramblas. En cambio sí salen barrios feos, inhóspitos, donde no se asfaltan las calles, donde crecen los hierbajos, hay descampados, ropa tendida, suciedad. Y esto también es de actualidad, puede que incluso más actual ahora que cuando se escribió: la dualidad de una ciudad escaparate, como se ha dicho hace un momento, pero con entrañas carcomidas.

EBD. Lo que os puedo asegurar es que las descripciones son de un realismo absoluto, de crónica periodística o de informe pericial. Estoy seguro de que el punto donde se produce el atraco, si no existía, se parecía mucho a un lugar real. Y el descampado donde se echa el atracador a descansar, un momento de sosiego (sólo aparente) en la vorágine de la huida. Y la casa donde vive con Carmela, su pareja, o la del anciano contable que decíamos antes. Lugares desaparecidos hoy, que quedan fijados en la prosa de Los otros como si de fotografías de Català-Roca se tratara.

MRS. No queda claro si los personajes son héroes o antihéroes, pero definitivamente entramos en sus vidas y motivaciones, a veces tan profundamente que a nuestros ojos quedan dignificados, especialmente los más pobres, los más desafortunados. Y el atracador, claro. Eso es uno de los atractivos del libro.

TRS. ¿Y las mujeres? Yo no llegué a vivir, al menos no con plena consciencia, aquella época, pero la sociedad aparece explícitamente sometida a unas convenciones muy rígidas. Hay una moral estricta que afecta sobre todo a las mujeres, que además desempeñan un papel muy subordinado al de los hombres. La mayor parte de mujeres que aparecen, por no decir todas, están derrotadas, desamparadas, más todavía que los hombres, y ni siquiera apuntan un germen de rebeldía como al menos sí hacen los protagonistas masculinos (el tabernero, el propio atracador…).

EBD. Es totalmente cierto. Hay mucho que aprender de esta novela, y el desasosiego que te produce no es más que una prueba de su riqueza literaria.

BRS. Cambiando un poco de tema, a mí Los otros me parece que tiene algo de cinematográfico. Algo o mucho. Hay unos personajes que confluyen, se produce el atraco. A partir de ahí, la huida desorientada del atracador en un solo plano secuencia, un travelling en el que la cámara se mueve, y su movimiento va cambiando de ritmo a medida que se desarrolla la acción: rápido al principio, más lento hacia el final. Y cuando está tumbado en el descampado y oye cantar a una mujer, tal vez el mejor momento del libro: un picado que enmarque el descampado, el hombre tumbado…

EBD. Pues… se hizo, creo, un intento de adaptación cinematográfica que no cuajó, no mucho después de la publicación. Y a finales de los setenta se hizo una película amateur en Gaillac, cerca de Albi. Esta vocación de relato visual es bastante singular en la obra de Luis Romero.

BRS. Y hablando de la obra de Luis Romero: el encadenamiento de sus personajes. Los otros lo protagoniza un personaje escapado de La noria. Algunos personajes de La noria vuelven a aparecer en La corriente, y también uno de los guardias que interviene en el atraco, así como el tabernero. Ese guardia viene de un pueblo dominado por una especie de cacique, déspota nada ilustrado que hace y deshace a su antojo, y de ese pueblo emigran para llegar a una ciudad anónima (Luis Romero declaró que era una mezcla de Madrid, Barcelona y Bilbao) el matrimonio que protagoniza La Nochebuena. La muerte de ese cacique y sus consecuencias para el pueblo se relatan en El cacique

MRS. Podríamos jugar a buscar otros encadenamientos y a proyectarlos hacia el futuro, o sea, nuestro presente.

TSS. Sí. Pero. Pero la mayor parte de los personajes de los encadenamientos están ya muertos…

EBD. Por cierto, ¿sabíais que Los otros fue la novela más traducida de Luis Romero? Se publicó en francés, italiano, alemán, sueco y húngaro. Y me parece que, junto con La corriente, la única de sus novelas que no fue reeditada.

Por lo tanto, no cabe duda: también necesitábamos Los otros.

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NECESITÁBAMOS «LA NORIA»

Dice Axel Münthe, refiriéndose a un libro suyo, algo así como que “…murió de muerte natural, y el reducido duelo que lo acompañó a la fosa común del olvido soportó su pérdida con obstinada resignación”. Muchos libros mueren. Algunos mueren deprisa, de puro prescindibles que son, y otros lo hacen después de una larga y fecunda vida. La muerte, como fenómeno estadístico, no es intrínsecamente mala, de hecho es imprescindible, en la biología y en la literatura. Pero también existe la inmortalidad, que queda reservada para las grandes obras maestras. Además, están aquellos libros que no mueren del todo, sino que entran en una especie de letargo del que pueden despertar. Si lo hacen, durante un tiempo aportan a nuevas (o viejas) cohortes de lectores todo eso maravilloso e imposible de inventariar que aporta la literatura a los que leen. Querría creer que ese es el caso de La noria, de Luis Romero, mi padre, reeditado por editorial Comanegra, por cuya intercesión la obra vuelve a estar en las librerías. Una cuidada edición en forma de una caja en que a la obra original le acompaña otra novela coral, Gira Barcelona, a cargo de escritores actuales. La noria, por lo tanto, va a dar unas cuantas vueltas más.

A Joan Manuel Soldevilla (JMS), profesor de literatura, y a mí nos presentó Tintín en un aeropuerto hace ya unos años. Él ha sido, probablemente, uno de los primeros en leer La noria recién reeditada, lectura que le inspiró una serie de comentarios que me escribió. Le he pedido permiso para recogerlos y publicarlos en este blog, y no he podido resistir la tentación de apostillarlos como El Biólogo Descarriado que soy (EBD), y el resultado ha sido una especie de conversación entre nosotros.

JMS. He vuelto a leer La noria y he disfrutado. Muchísimo. La había leído dos veces, en aquella edición de Círculo de Lectores —con esa cubierta de Yzquierdo hipnótica— que supongo que dio una enorme difusión al texto allá en los setenta; una siendo un adolescente y otra siendo joven, quizás con treinta años. Siempre me había gustado pero ahora, con cincuenta y pocos, me ha entusiasmado. Y emocionado.

EBD. En efecto, La noria fue el libro recomendado del trimestre en Círculo, en 1971, y eso ayudó a darle una nueva vida. Pasado el boom de Círculo, siguió vendiéndose, aunque fuera modestamente, en sucesivas ediciones de Destino hasta los 80, en que podríamos decir que cayó en el olvido editorial. El recuerdo sobrevivió en algunos lectores, en estudios literarios, en algunas bibliotecas… Pero incluso su papel como una de las novelas clave sobre Barcelona se fue diluyendo.

JMS.  Sí, una novela sobre Barcelona, de crítica social. Sí, bueno. Cuando se ha hablado de La noria con frecuencia se ha hecho desde una perspectiva historicista; que si novela representativa de lo social, que si destacada por el uso del monólogo interior, que si retrato de Barcelona paralelo a La colmena… La he querido leer como lo que es, una novela, sin todo eso que le echaron desde antes de nacer, y la he disfrutado. Me ha entusiasmado el ritmo, el tempo narrativo, ese metrónomo implacable que resuena en toda la novela y que la cohesiona de forma admirable.

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Luis Romero en Cadaqués, en 1953, poco después de regresar a España después de haber ganado el premio Nadal. Fotografía: Francesc Català-Roca

EBD. El tiempo… sí, es verdad. Yo leí la novela por primera vez con quince o dieciséis años, y la he releído por cuarta o por quinta vez este verano. Cada vez encuentro algo nuevo, no sé si porque soy capaz de profundizar más, o porque mis ojos han ido cambiando con los años. Pero esto del tiempo tienes razón, no lo había percibido tan claramente. La novela sigue un eje temporal muy estricto, y las horas, no las horas, los minutos, avanzan de manera inapelable. Casi diría que es ese flujo del tiempo el que hace girar los cangilones (perdón por el palabro, podría haber dicho arcaduces, pero sería todavía peor) de la noria. Puede que ese flujo inevitable se refleje en el estilo…

JMS. Admiro el estilo, certero, controlado, que sabe encontrar un equilibrio entre el poema y la crónica; el narrador, todopoderoso, que muestra, valora y opina con una extraña combinación de misericordia y distancia.

EBD. Misericordia… Me gusta la palabra, aunque yo no la hubiera empleado. Siempre he creído que en muchas de las novelas de mi padre, a pesar de que se lleva al lector a un mundo injusto, opresivo, triste, gris, hasta sórdido en ocasiones, siempre queda un resquicio para la esperanza, tal vez lo que tú llamas misericordia del narrador. Este resquicio, muy taponado por todo lo demás, no todo el mundo lo percibe; es curioso.

JMS. Esperanza… Fíjate: este verano he elaborado un texto sobre Cervantes y Barcelona, y leyendo ahora La noria he descubierto una analogía curiosa, no sé si casual. Don Quijote llega a Barcelona una madrugada del día de San Juan, más o menos la madrugada que retrata la novela; la aurora de Barcelona no tiene cuatro columnas de cieno, como la de Nueva York, sino luz, esperanza, algarabía, vida…  Tanto en Cervantes como en Romero. Por otro lado, una curiosa paradoja, ¿cómo una novela que confluye hacia un amanecer espléndido puede tener este tono crepuscular?

EBD. ¡Una influencia cervantina en La noria! Eso realmente suena bien. La crítica de la época (y algún periodista actual también, y con más énfasis) quisieron identificar en La noria influencias de Dos Passos (Manhattan transfer), de Schnitzler (La ronda), de Virginia Woolf (Mrs Dalloway) y de Cela (La colmena). Lo que sucede es que mi padre, cuando escribió La noria, no había leído ninguno de estos libros, salvo La colmena. En cambio estoy seguro de que había leído El Quijote, obra de la que era un apasionado. Quién sabe…

JMS. Hay páginas soberbias y personajes extraordinarios, retratados con una profundidad y sutileza admirables. Dos cosas he descubierto que en lecturas anteriores no había advertido con tanta rotundidad: el miedo y el sexo, que fluyen por la ciudad desde sus cabañas hasta sus palacios como un extraño magma que todo lo empapa.

EBD. El miedo… Yo no lo acabo de percibir, pero puede que tengas razón, sobre todo si por miedo entendemos la incertidumbre, las estrecheces, el no saber qué va a haber mañana para comer. Y el sexo, desde luego. Aunque yo prefiero decir “abundancia de historias galantes”, tal vez inspirado por el título del primer capítulo (Madrugada galante). Pero… ¿y la ciudad? ¿Qué papel crees que desempeña?

JMS. La ciudad la he sentido muy cercana. No viví esa Barcelona, yo nací en los sesenta, pero la he reconocido como la mía, no sé si porque me fui de ella a finales de los ochenta, antes de la fiebre olímpica que todo lo cambió. Pero intuyo que no es por eso, sino porque el autor lo que ha hecho es crear una ciudad universal y atemporal. Que retrata con precisión un momento histórico, es cierto, pero que trasciende la anécdota y la convierte en universal. Intuyo que un lector de Buenos Aires o de París se reconocería en esta ciudad, que no es la suya.

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Diversas ediciones y traducciones de La noria. La edición a la que ace referencia JMS es la de abajo, en el centro.

EBD. Supongo que eso explica el éxito de la novela fuera del ámbito estrictamente barcelonés. Aunque no fuera la obra más traducida de mi padre, sí se publicó al menos en francés, italiano y alemán e italiano, en editoriales de mucha difusión (Robert Laffont, Paul List y Fratelli Fabri).

[sonrío con cierto embarazo… no sé si sacar el tema].

EBD. Y… esto… Por cierto… ¿y mi epílogo? ¿Qué te ha parecido?

JMS. Tu texto final, soberbio; inteligente y sutil, sitúa al autor en la obra y en el tono de la obra, y retrata de forma magnífica al novelista con sus propios mecanismos. Un acierto admirable.

EBD (…)

JMS. Una idea final: sería apasionante preparar una edición anotada con las explicaciones de todas las referencias sociales, culturales, musicales, urbanas o históricas que aparecen; no porque la lectura la exija –el libro se disfruta sin saber quién era El Coyote o qué era Locura de amor-, sino porque todas ellas forman una constelación apasionante de estampas que retratan un mundo extinguido y que ya pertenece a la historia.

EBD. Pues tomo nota, aunque habrá que esperar unos años, otro despertar del letargo del olvido.


ADDENDUM

El día 24 de noviembre, a las 19:30, habrá un acto de homenaje y en conmemoración del centenario de Luis Romero. Lo anuncio sobriamente, pero me hace una especial ilusión. Nos hace.

Aquí está la invitación al acto

Aquí está el vínculo a la nota de prensa del acto

OBRAS COMPLETAS

No, mire, ya le ha dicho mi secretaria que no tenía tiempo para hablar con usted, estoy de trabajo hasta las cejas. Recibió nuestra carta, supongo, y digo supongo para ser cortés, y allí ya quedaba claro que su manuscrito no nos interesa, y digo que no nos interesa también para ser cortés. Es una lástima, pero no podemos publicarlo todo. Hemos de pensar en el público, en las ventas… Esto es un negocio, no un mecenazgo, no una psicoterapia para aumentar la autoestima de autores primerizos, o que ni siquiera llegarán a primerizos, si me permite usted la franqueza. Y puede que su novela no esté mal del todo, no, pero no creo que conecte con el lector medio, ni con el lector entero, un sencillo juego de palabras bastante inocente. Y poco más que decir; además he de dejarle, lo siento. No servirá de nada que insista. Y naturalmente que no, que no me voy a extender en los motivos de mi decisión, faltaría más que ahora le tuviera que hacer un análisis crítico de lo que nos mandó. Esto es una editorial, y no una escuela de escritura, si me permite la franqueza, y van dos. Vaya a un curso, apúntese y pague, y ahí le enseñarán, le explicarán, le dirán lo bien que lo hace, y hasta es posible que termine escribiendo algo mejor. Pero, y usaré por tercera vez mi franqueza que algunos toman por brusquedad, le vaticino que seguirá igual de incapaz de hacer una obra literaria con un mínimo de dignidad, de dignidad literaria, me refiero, que tampoco se trata ahora de faltarle al respeto. Yo no tengo tiempo de darle clases. No es mi negocio. Le resumo el asunto en tres palabras: no y no. N-O. Y deme las gracias por no enviarle la factura de lo que he tenido que pagar a alguien para que leyera su manuscrito, más el rato que me lleva explicarle ahora todo esto por teléfono. Ganas no me faltan. Ni razón. Y, oiga, que yo no le quito mérito a su esfuerzo. Ha tenido tesón, paciencia, ha llegado hasta el final, cosa que muchos de sus colegas no consiguen. Cómo que qué colegas… Esos, que como usted, se ponen un buen día a escribir una novela. Muchos no la acaban, a veces ni siquiera la empiezan, loado sea Dios. Todo eso que nos ahorramos nosotros, los editores. Lo que no sé es de dónde les ha venido la idea de que uno se pone a escribir una novela un buen día y ya está. ¿Por qué no prueban a componer una sinfonía, eh? ¿Por qué? Oh, sí, claro, escribir sabe todo el mundo, eso creen. Como si creyeran que todo el mundo puede componer una sinfonía porque canta en la ducha. Que no entiende por qué hablo en plural… Bueno, pues está meridianamente claro, hablo de usted y los de su especie. Bueno, mejor lo dejamos. Ando ocupado y no quiero prolongar esta conversación. No quiero escuchar sus argumentos. Yo soy un profesional, y sé lo que me digo. Y ahora le rogaría que no me viniera con que a Joyce le rechazaron una novela. ¿O fue a Faulkner? A quien fuera. Sí, me lo suelen decir. ¿Sabe qué les contesto? Lo mismo que le voy a contestar a usted: que le prometo que el día que le den el premio Nobel me como entero su manuscrito, con tomate y mostaza, palabrita del niño Jesús, eso sí, si a cambio usted promete colgar ahora mismo y no volver a darme la lata. Y, por favor, NO me diga que a Joyce no le dieron el premio Nobel. Y es que al final es todo cuestión de ego. ¿Para qué demonios quiere publicar una novela? ¿Qué quiere demostrar? Vuelva a casa y dedíquese a sus asuntos, hombre. Y no me provoque. O le digo lo que pienso de verdad, que hasta ahora he estado moderado y suave. No me tire de la lengua. Cerramos aquí y quedamos como señores, ¿le parece? Porque no quiero hablar de su lenguaje pobre, incapaz de transmitir matices, retorcido, pesado, a menudo convencional, suficiente como para hundir la novela sin ayuda del resto. Pero hay resto. Los personajes: planos, desvaídos, sin carácter. Sus personajes no son personajes, son tópicos, no llegan ni a caricaturas. Y la historia… superficial, sin gancho, sin tensión, sin un desenlace que uno espera desde la segunda página, qué digo, desde la segunda línea, sin ritmo, nada de nada. En serio, que no quiero seguir perdiendo el tiempo explicándole los motivos de haber rechazado su engendro, quise decir su obra. Y ahora, que se me hace tarde, permítame que le dé un buen consejo: tire el manuscrito a la papelera cuanto antes. ¿Entendido?

El hombre que estaba al otro lado de la línea, que no había abierto la boca en todo el rato, murmuró algo así como que sí, que ahí la pondría, junto a sus obras completas; pero el otro no lo oyó, pues ya había colgado.

Dos historias: el viento y el fulgor

Por la mañana. Verano. Un pueblo de Castilla. La posguerra. Es día de feria, se venderán y comprarán caballerías, arreos, herramientas; vendrá gente, habrá bullicio, y también habrá un poco de tiempo para la diversión, sea lo que sea diversión una tarde de verano en un pueblo de Castilla durante la posguerra.

Dos parejas de la Guardia Civil salen del cuartelillo, instalado en un castillo medio en ruinas, y bajan al pueblo a vigilar. Los días de feria llaman al mal tiempo, y no se puede bajar la guardia; aunque por lo general las cosas que surgen aquí y allá nunca suelen pasar a mayores.

Dos gitanos se acercan a la feria desde un pueblo vecino. Llegados, van y vienen, comentan, beben, charlan; uno de ellos gallea un poco, sin objeto especial.

Luego las cosas se tuercen. El gitano tiene mal vino, hay unas palabras, un botellazo y un tabernero termina herido, nada grave, pero se forma un tumulto. El gitano huye.

Acude una de las parejas de guardias, poco después la otra. Salen en persecución del huido. Hace sol, hace calor seco castellano. Una de las parejas sigue el camino; la otra se interna en un olivar para intentar rodearle. Intuyen peligro. Avanzan sin saber muy bien cómo protegerse. Suena un disparo; uno de los guardias civiles cae. Muerto.

El gitano ha disparado; no sabe por qué, creo que no se pregunta por qué. Abandona el arma y huye. Será una huida de varios días, un viaje intenso hacia ninguna parte, por ciudades, pueblos y personas. Explicado por Ignacio Aldecoa, será Con el viento solano.

En la casa- cuartel-castillo han quedado dos guardias de retén. También están las mujeres e hijos de todos ellos, menos del cabo, que es soltero. Llega la noticia de la muerte de un compañero, pero no se sabe quién de los cuatro que salieron es. Será una espera que durará todo el día, una espera que inician los dos guardias sabedores de la noticia pero a la que luego se incorporan, una a una, las mujeres. La espera madura, fermenta casi, en las pequeñas historias, en los pequeños mundos de aquellos hombres y mujeres. Hasta saber la identidad del muerto. Explicado por Ignacio Aldecoa, será El fulgor y la sangre.

Miedo, pobreza, sudor, polvo, huida, espera. La historia de un gitano acorralado, que a lo largo de varios días huye de algo que ni siquiera responde a un porqué. La historia de unas mujeres que una espera de un día entero une en un cuartelillo de un pueblo remoto. Dos historias, una historia, tal vez la Historia.

Encontré Con el viento solano en una librería de lance, y me hice con él sin dudar a un precio irrisorio. Me senté a leerlo en un café mientras esperaba que se hiciera la hora de ir a buscar a unas pruebas médicas a mi tío; empezaba su última batalla.  Unos años más tarde, repesqué El fulgor y la sangre de la biblioteca, ahora fría, de mi padre, y lo fui leyendo aquí y allá. El nombre de Ignacio Aldecoa fue en ambos casos irresistible invitación. Cuando empecé el segundo libro, no sabía que era la otra historia de aquella historia que había empezado a leer unos años antes tomando un café. Lo fui intuyendo poco a poco, hasta que la evidencia cristalizó  en un momento de intenso gozo literario.

Me temo que acabo de hurtar la posibilidad de disfrutar de un momento similar a cualquiera que haya leído esto. Como compensación, que piense que no conocer esas dos novelas significa un aliciente para su futuro como lector. Ese aliciente para mí ya es pasado.