OBRAS COMPLETAS

No, mire, ya le ha dicho mi secretaria que no tenía tiempo para hablar con usted, estoy de trabajo hasta las cejas. Recibió nuestra carta, supongo, y digo supongo para ser cortés, y allí ya quedaba claro que su manuscrito no nos interesa, y digo que no nos interesa también para ser cortés. Es una lástima, pero no podemos publicarlo todo. Hemos de pensar en el público, en las ventas… Esto es un negocio, no un mecenazgo, no una psicoterapia para aumentar la autoestima de autores primerizos, o que ni siquiera llegarán a primerizos, si me permite usted la franqueza. Y puede que su novela no esté mal del todo, no, pero no creo que conecte con el lector medio, ni con el lector entero, un sencillo juego de palabras bastante inocente. Y poco más que decir; además he de dejarle, lo siento. No servirá de nada que insista. Y naturalmente que no, que no me voy a extender en los motivos de mi decisión, faltaría más que ahora le tuviera que hacer un análisis crítico de lo que nos mandó. Esto es una editorial, y no una escuela de escritura, si me permite la franqueza, y van dos. Vaya a un curso, apúntese y pague, y ahí le enseñarán, le explicarán, le dirán lo bien que lo hace, y hasta es posible que termine escribiendo algo mejor. Pero, y usaré por tercera vez mi franqueza que algunos toman por brusquedad, le vaticino que seguirá igual de incapaz de hacer una obra literaria con un mínimo de dignidad, de dignidad literaria, me refiero, que tampoco se trata ahora de faltarle al respeto. Yo no tengo tiempo de darle clases. No es mi negocio. Le resumo el asunto en tres palabras: no y no. N-O. Y deme las gracias por no enviarle la factura de lo que he tenido que pagar a alguien para que leyera su manuscrito, más el rato que me lleva explicarle ahora todo esto por teléfono. Ganas no me faltan. Ni razón. Y, oiga, que yo no le quito mérito a su esfuerzo. Ha tenido tesón, paciencia, ha llegado hasta el final, cosa que muchos de sus colegas no consiguen. Cómo que qué colegas… Esos, que como usted, se ponen un buen día a escribir una novela. Muchos no la acaban, a veces ni siquiera la empiezan, loado sea Dios. Todo eso que nos ahorramos nosotros, los editores. Lo que no sé es de dónde les ha venido la idea de que uno se pone a escribir una novela un buen día y ya está. ¿Por qué no prueban a componer una sinfonía, eh? ¿Por qué? Oh, sí, claro, escribir sabe todo el mundo, eso creen. Como si creyeran que todo el mundo puede componer una sinfonía porque canta en la ducha. Que no entiende por qué hablo en plural… Bueno, pues está meridianamente claro, hablo de usted y los de su especie. Bueno, mejor lo dejamos. Ando ocupado y no quiero prolongar esta conversación. No quiero escuchar sus argumentos. Yo soy un profesional, y sé lo que me digo. Y ahora le rogaría que no me viniera con que a Joyce le rechazaron una novela. ¿O fue a Faulkner? A quien fuera. Sí, me lo suelen decir. ¿Sabe qué les contesto? Lo mismo que le voy a contestar a usted: que le prometo que el día que le den el premio Nobel me como entero su manuscrito, con tomate y mostaza, palabrita del niño Jesús, eso sí, si a cambio usted promete colgar ahora mismo y no volver a darme la lata. Y, por favor, NO me diga que a Joyce no le dieron el premio Nobel. Y es que al final es todo cuestión de ego. ¿Para qué demonios quiere publicar una novela? ¿Qué quiere demostrar? Vuelva a casa y dedíquese a sus asuntos, hombre. Y no me provoque. O le digo lo que pienso de verdad, que hasta ahora he estado moderado y suave. No me tire de la lengua. Cerramos aquí y quedamos como señores, ¿le parece? Porque no quiero hablar de su lenguaje pobre, incapaz de transmitir matices, retorcido, pesado, a menudo convencional, suficiente como para hundir la novela sin ayuda del resto. Pero hay resto. Los personajes: planos, desvaídos, sin carácter. Sus personajes no son personajes, son tópicos, no llegan ni a caricaturas. Y la historia… superficial, sin gancho, sin tensión, sin un desenlace que uno espera desde la segunda página, qué digo, desde la segunda línea, sin ritmo, nada de nada. En serio, que no quiero seguir perdiendo el tiempo explicándole los motivos de haber rechazado su engendro, quise decir su obra. Y ahora, que se me hace tarde, permítame que le dé un buen consejo: tire el manuscrito a la papelera cuanto antes. ¿Entendido?

El hombre que estaba al otro lado de la línea, que no había abierto la boca en todo el rato, murmuró algo así como que sí, que ahí la pondría, junto a sus obras completas; pero el otro no lo oyó, pues ya había colgado.

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FRÍO

Tengo frío. Un frío que, más que desapacible, es áspero, hosco, y me llega ya a los mismísimos huesos. Bueno, es un decir. En realidad no creo que el frío, que supuestamente me viene a través de la piel, alcance los huesos; me parece que lo que hace es nacer en los huesos, y luego extenderse por el resto del cuerpo hasta llegar a la piel. O también puede que el frío que empieza en la piel y el que me nace en los huesos se encuentren en algún punto intermedio e indeterminado, una especie de polo norte del frío interior.

Hace tiempo no hacía tanto frío, o yo no tenía tanto frío, o al menos no era este el frío que yo tenía. Era un frío normal, de fuera, del que te defiendes poniendo barreras, murallas que te protejan del exterior: un jersey, una manta, las paredes de una habitación. Cortadas sus vías de comunicación, el frío invasor era derrotado poco a poco por el calor, por mi calor, ese que antes surgía de algún punto de mis entrañas.

Pero sucedió que un día el frío empezó a adueñarse de mi cuerpo. Empecé a tener frío en los dedos, en la nariz, en los pies… No muy original, desde luego. Luego vinieron las rodillas, las muñecas, las nalgas, el ombligo. Empecé a preocuparme, pues contra aquel frío nada podían las barreras, y mi calor interior ya no conseguía expulsarlo.

Poco a poco, el frío se fue apoderando de lugares insospechados, conquistándolos con devastadora y despiadada eficacia. Sentí frío en la cabeza del fémur, en el intestino (grueso), en el riñón izquierdo, en el cerebelo, en el intestino (delgado) y hasta en la retina. Después les tocó el turno al diafragma, al riñón derecho, a las costillas flotantes y al hígado. Finalmente, llegó un momento en que noté como, con cada latido de mi corazón, ríos de sangre helada avanzaban a sacudidas por mis arterias, se esparcían por mis capilares y desparramaban la frialdad por todos mis tejidos, por todas mis células.

Mis manos estaban frías, y nadie quería mis caricias; mis labios estaban fríos, y nadie quería mis besos; mi mirada era fría, y nadie quería que le mirara. Luego fueron mis palabras las que se hicieron frías, y dejaron de escucharme. Hasta mi risa se hizo fría, y cuando yo reía los demás lloraban. Por eso dejé de acariciar, de besar, de mirar, de hablar y hasta de reír.

Al final, el frío llegó a ese sitio que no sé muy bien lo que es pero que, para entendernos, solemos llamar alma. Cuando el frío llega al alma es ya totalmente hegemónico, inapelable.

Entonces se hizo de noche. Ya no amanecerá..

Estoy inmóvil.

El frío es ya definitivo.

TOCAN A MUERTOS

Tocan a muertos. Es un toque lento, solemne, contenidamente triste. Suena la campana grande, luego silencio, luego la pequeña, luego más silencio, luego otra vez la grande… El espacio entre tañidos da tiempo a que la nota se prolongue, se debilite y se extinga del todo, como si fuera el hálito de la persona que acaba de morir. El silencio se prolonga, hasta que se escucha la voz de la otra campana, que quedará en el aire unos instantes hasta que, a su vez, se extinga. Puede que sean los silencios los que dan al toque de muertos su aspecto fúnebre, su inequívoco marchamo de punto final.

 Cuando era niño y oía tocar a muertos, quedaba levemente sobrecogido, como en suspenso; pero era un sobrecogimiento efímero. Cuando era niño yo no sabía lo que era la muerte, y ni siquiera sabía que no lo sabía. La muerte era entonces algo que siempre les sucedía a los otros, y que significaba pena, llanto y ropas negras. Si tocaban a muertos estando en la escuela, el maestro nos hacía levantar y persignar; si oíamos tocar a muertos mientras estábamos jugando, deteníamos por un instante nuestros juegos, congelábamos nuestras risas sin saber muy bien por qué, y mirábamos hacia el campanario, como si allí pudiera esconderse la razón profunda de la muerte. Pronto volvíamos a nuestras batallas, exploraciones, pelotas o canicas, y nos olvidábamos del resto. Las voces de las vecinas, comunicándose el nombre del finado, formaban una especie de trasfondo sonoro al que prestábamos escasa atención.

Una vez iba corriendo (¿por qué tenemos tanta prisa cuando nos queda casi todo el tiempo del mundo?) en busca del medio cuartillo de aceite que mi madre me había encargado comprar en la tienda de ultramarinos del final de la calle. El tío Demetrio estaba sentado, como siempre (¿por qué tenemos tan poca prisa cuando el tiempo casi se nos ha acabado?), en la silla que solía sacar a la puerta de su casa. En aquel momento empezaron a tocar a muertos. El tío Demetrio se puso de pie y se quitó la gorra. Era un día de invierno, y el viento del norte barría el pueblo con su soplo helado. Yo dejé de correr, y le dije:

—Tío Demetrio, que se le va a enfriar la cabeza.

El respeto por los mayores seguía en aquel entonces unos cánones diferentes de los vigentes hoy en día; el tratamiento de usted era irrenunciable, pero al tío Demetrio era muy normal para nosotros, chiquillos, lanzarle pullas y cuchufletas, a las que solía reaccionar con gracejo y descaro. Vaya, una especie de esgrima inocente para prepararnos a lo que luego nos fuera a deparar la vida. Aquel día, el tío Demetrio me miró de una manera que aún hoy no sabría definir, y respondió, con una seriedad trascendente y concisa que nunca le había visto:

—Un difunto bien merece un poco de frío en mis sesos.

Y como puede que no me viera muy convencido, añadió:

—Cada vez que tocan esas campanas… Cada vez que muere uno del pueblo… El pueblo muere un poco. Nosotros morimos un poco. Bueno, tú un poco, yo un bastante.

Creo que fue la primera vez que pensé que, al fin y al cabo, eso de morirse no era sólo cosa de los otros. Así que me alejé al paso, sin contrarréplica, pues cuando uno está ante una gran verdad lo mejor es guardar silencio. Y mientras me alejaba estremecido por el frío del viento y por el frío de una muerte que acababa de mirar con otros ojos, el tío Demetrio seguía en pie, con la gorra en la mano, y yo me prometí que cuando las campanas tocaran por el tío Demetrio, me pondría en pie y me quitaría la gorra.

 Tocan a muertos con solemnidad y tristeza. Las dos notas, la de la campana grande y la de la pequeña nacen y se extinguen, sin cabalgarse, sin apremio, como simbolizando la intemporalidad en la que ha entrado el muerto.

 La vida dio algunas vueltas, y me llevó lejos de mi pueblo, a la ciudad, donde las campanas de las iglesias no tocan a muertos y los viejos de los bancos no se quitan las gorras, claro, por qué iban a quitárselas si las campanas de las iglesias no tocan a muertos, y ellos no mueren un poco, ni un bastante, con cada muerto, sino que mueren todo de golpe, al final. Pasó el tiempo, y pasaron cosas y más cosas, y hubo cosas que no pasaron, pero ni unas ni otras creo que importen mucho a nadie, ni siquiera a mí ya. Luego la vida dio algunas vueltas más, y volví al pueblo, que era ya otro pueblo, o tal vez el que era otro era yo. Ya nadie se acordaba del tío Demetrio, que había muerto sin que yo me quitara la gorra. Pero, eso sí: las campanas seguían doblando cuando se producía una muerte y yo, por algún motivo, empezaba a morirme un bastante, en lugar de un poco, cada vez que las oía.


Hoy tocan a muertos, de una manera especialmente solemne y triste. Puede que algún niño detenga un momento su juego. Puede que alguien se ponga en pie y se quite la gorra. Puede que ese mismo niño piense que la muerte es algo que sólo les sucede a los otros. No importa, tiempo tendrá de convertirse en uno de esos otros, como me he convertido yo, que descanso tranquilamente en mi ataúd, mientras el sonido de las dos campanas me envuelve y la gente del pueblo muere un poco, o un bastante, conmigo. Por primera vez en mi vida (¿o debería decir en mi muerte?) el toque de muertos no me estremece, sino que me acompaña.

LA SERVILLETA AMARILLA

La mesa es pequeña, y está un poco apartada, y la mujer tampoco es que sea muy grande, y también parece apartada de casi todo, así que mesa y mujer hacen juego, y la mujer retira con desgana la servilleta amarilla que envuelve los cubiertos, esos cubiertos envueltos que le ha puesto el camarero, y se los ha puesto sin excesivo cariño, todo hay que decirlo, sin mirarla, pues según qué clientes no tienen derecho a cariño, ni a cortesía casi, a esos clientes se les pone el cubierto, se les pone el plato, claro, pero se les pone el plato como se le pone el tapón a una botella vacía, como se le pone el punto final a una instancia, piensa el camarero, aunque en realidad no lo piensa, ya se ha olvidado de la mesa, que hay que saber que el camarero ve sobre todo mesas, raramente ve las personas que se sientan a las mesas, especialmente si son mujeres como aquella, que en ese momento dispone ordenadamente los cubiertos al lado del plato único de su medio menú, sin derecho a bebida, que ya beberá luego del botellín que lleva en el bolsillo y que ha llenado en la fuente, sin derecho a postre, y es que las cosas no están para muchas alegrías, que suele decirse, aunque tampoco parece que fuera a haber mucha alegría en un poco de agua mineral y, pongamos, una manzana, digo yo, así que a falta de alegría estira su servilleta de papel, sí, la misma que envolvía los cubiertos, su servilleta de papel amarillo, suspira y ataca, sin prisa, ni placer, ni alegría, que eso ya habíamos dicho que no había, ataca el plato, y cumple así con su deber de alimentarse, atacar, cumplir su deber, qué marcial suena todo eso, pero, créanme, ustedes que no estaban allá, nada evocaba menos la milicia y el ardor guerrero que aquella pobre vieja en aquella mesa pequeña y apartada, cumpliendo su parte de un contrato que alguien debió firmar por ella un día, cosas que tiene no leerse la letra menuda, cumpliendo la parte que decía que debía alimentarse, y sí, ya no sé si lo había dicho o no, la mujer era vieja, no muy vieja, sólo razonablemente vieja, y la mujer razonablemente vieja comía en silencio, menuda obviedad que se me acaba de escapar, comía en silencio, por supuesto, cómo iba a comer la pobre, echando un discurso tal vez, si nadie la veía, si nadie la miraba, si los parroquianos atendían a sus asuntos, entre los que no estaba, por supuesto, nada que tuviera que ver con aquella mujer comiendo en silencio, ni siquiera el camarero la ve, sólo verá la mesa vacía cuando se vaya, y recogerá el servicio, que como no te he visto no me acuerdo, que dice el refrán, un poco adaptado, eso sí.

Y ustedes se preguntarán que cómo y por qué sé yo todo eso, y la respuesta es muy sencilla, tan sencilla como que yo pasaba cerca de aquel bar de mi barrio, y apoyé la cara contra el cristal, y me puse a mirar al interior en busca de unos coleguillas que a veces paraban allí, y como no estaban pues seguí mirando con descaro a mesas y comensales, que el descaro es prerrogativa de los que tenemos la virtud de ser jóvenes, virtud de la que, por cierto, carecía la mujer solitaria, como ya ha sido explicado antes, y anduve un rato mirando, mi nariz apretada contra el cristal, mis manos haciendo pantalla para evitar los reflejos, y por eso he podido explicarlo, pero sucedió que cuando empecé a quedarme sin descaro que derramar a través del cristal, me pareció que la mujer salía de su burbuja de indiferencia y silencio, y me miraba, y entonces yo también la miré, y mi descaro se tornó insolencia, y nos miramos un rato y un extraño frío empezó a recorrerme la espalda, e hice ademán de irme, pero entonces la mujer, súbitamente implorante, me suplicó, que no sé cómo pude escucharla a través del grueso cristal:

—Chico, eh, chico… Por favor… ¡Mírame! Necesito que alguien me mire y me vea. Si nadie me ve es que no existo, si no existo terminaré por desvanecerme… ¡Por favor!

—Maldita vieja… —mascullé casi para mis adentros—. A quién le importa que tú desaparezcas o aparezcas o te fulmine un rayo cósmico.

Y, con rabia, cerré los ojos, los cerré con todas mis fuerzas, pero sin apartarme del cristal, que quería que me viera así, cerrando los ojos de par en par, y sí, ya sé que fue un poco cruel, pero si el mundo no fuera un sitio un poco cruel los dioses se aburrirían infinitamente, es una idea que un día se me ocurrió en clase de religión, y seguí con los ojos cerrados un buen rato, y cuando por fin volví a abrirlos el camarero estaba recogiendo el plato y los cubiertos, y en el suelo había una servilleta amarilla un poco arrugada y no muy sucia.

NOMBRES CAÍDOS

 

—¡Papá, papá! —grita el niño, entrando atropelladamente en su casa a la vuelta del colegio—. Hoy nos ha dicho la maestra que el niño aquel, el que tenía tantas pecas, ya no volverá…

—Sí, Cristobalito —le contesta el padre removiéndose un poco incómodo en su butaca—, a Ernestito, el pobre… cómo decirlo… se lo han llevado los ángeles del Cielo y está con el buen Dios.

—Eso, Ernesto —murmura perplejo el niño sin acabar de entender muy bien lo que ha pasado.

***

—Oye, Catalina, hace tiempo que no veo al panadero jubilado, sabes quién digo, aquel viejo simpático de la gorra que se tomaba el cafelito aquí delante, no me acuerdo de cómo se llama… —mira el hombre interrogativamente a su joven mujer.

—Tadeo. Tadeo se llamaba, menuda cabeza la tuya, Cristóbal. Y claro que llevas tiempo sin verlo, como que se murió —le informa al punto Catalina, un punto pizpireta.

—Vaya, Tadeo… —dice Cristóbal, y se queda pensativo.

***

—Don Cristóbal… —intenta apremiarle la asistenta— dese prisa, o va a llegar tarde al médico. Mire, doña Catalina le está esperando en el recibidor…

—Que ya voy, que ya voy… —gruñe Cristóbal.

Y al ver asomar la cabeza de su mujer desde el recibidor le espeta:

—Digo yo que por esperar cinco minutos no le pasará nada al doctor ese… ese… como-se-llame, el de la barba gris, demonios.

Y responde Catalina:

—Bernardo, Cristóbal querido, te refieres al doctor Bernardo. Pero me temo que el doctor Bernardo no nos espera, ni nos esperará más, que se murió de un mal aire hace unos meses. Y seguro que su sustituto es un joven impaciente, así que apúrate.

—Claro, Bernardo, eso es… —masculla Cristóbal algo preocupado.

***

—Hija —pregunta Cristóbal con voz temblorosa a una mujer ya no demasiado joven—, no te lo creerás pero soy incapaz de recordar el nombre de tu madre.

—Papá…

A la hija, sorprendida, parece que le cuesta hablar.

—Papá… ¿Cómo no recuerdas el nombre de mamá, si hace un mes estaba todavía viva y a tu lado?

—Hija, hija…

La voz de Cristóbal se quiebra.

—Hija, no sé qué me pasa, no puedo, lo he olvidado…

—Catalina, papá, mamá se llamaba Catalina.

—Catalina… —solloza Cristóbal.

Las lágrimas resbalan mezcladas por sus mejillas; padre e hija están ahora unidos por un abrazo de náufragos.

***

—¿Alguien me podría decir cómo me llamo?

Pero ni siquiera el silencio responde a su pregunta.

MENTIRA PIADOSA

El hombre estaba en un rincón, algo aburrido, algo distanciado física y espiritualmente del bullicio de aquella fiesta y de lo que parecía ser una general alegría. Había venido para no hacer un feo a la familia, pero, saciado su moderado apetito durante la cena, pocas eran ahora sus ganas de beber, escasas las de hablar y más escasas todavía las de bailar. Desde que se había levantado de la mesa, toda su actividad había consistido en unas conversaciones, por llamar de alguna forma lo que no había pasado de ser un saludo prolongado, y un par de rechazos corteses a otras tantas invitaciones para ir a la pista; invitaciones que, dicho sea de paso, no parecían haber sido formuladas con gran entusiasmo. Así que simplemente estaba allá, dejando que la fiesta se deslizara a su alrededor, mientras se hacía la hora de retirarse discretamente.

Metido en su burbuja, no vio como Elsa (¿o era Elisa? ¿o era Elvira? ¿o Elena? ¿o Eloísa?) se aproximaba, y, taponándole todas las vías de escape, lo cogía por el brazo y, quieras que no, se lo llevaba al baile. Elena (o Eloísa, o Elvira, o Elisa, o Elsa) era la hija menor de su primo o sobrino segundo (o la novia del hijo de su otro primo o sobrino, el que enviudó, o tal vez fuera la hija o nieta de unos que, hacía un rato, le habían palmeado enérgicamente la espalda asegurando ser parientes, en grado indefinido, de su cuñada). Elisa (o Elena, o Eloísa, o Elvira, o Elsa) sonreía y no parecía dispuesta a encajar una negativa, así que se dejó arrastrar. Una vez en la pista, el hombre fue siguiendo el ritmo lo mejor que supo, sonrió lo justo, notó la proximidad de un cuerpo joven, suspiró de puertas adentro y finalmente agradeció a los dioses que protegen a los desprotegidos que la pieza acabara pronto. Eloísa (o Elsa, o Elvira, o Elisa, o Elena) se acercó un poco para hacerse oír y dijo:

—Bueno —puede que aquí dijera “tío”, pero quién sabe; el hombre no oía muy bien—, estás hecho todo un bailarín.

Y luego añadió con sonrisa de complicidad intergeneracional:

—Y no te pido otro baile no fueras a pensar que quiero ligar contigo…

—No temas, chica —respondió el hombre, y usó el “chica” para que no se notara que no recordaba bien si a la que se dirigía era Elvira o Elsa o Elena (o tal vez Elisa, o Eloísa)—, que jamás pensaría tal cosa. Sabes… me he mirado en el espejo antes de venir aquí.

Dijo aquello porque le pareció una salida vagamente ingeniosa, y todo lo digna de lo que era capaz. Lo que no se esperaba era que a Elsa-Eloísa-Elena-Elvira-Elisa le afectara la broma. Así que quedó sorprendido cuando a la chica se le borró la sonrisa y le miró con tristeza y arrepentimiento. El hombre se dio cuenta de que su comentario había hecho pensar a la chica que le había herido, y estaba claro que la pobre, en aquel mismo momento, estaba buscando desesperadamente algo que decir. Maldiciendo lo complicado que era el mundo, acudió en su ayuda:

—Que no, mujer, no hablaba en serio. A mí, aquí donde me ves, estas fiestas me rejuvenecen, el ardor guerrero vuelve a mis venas, y, oye, que tienes razón, que mejor no me pidas otro baile porque no respondo de mis actos —y le guiñó un ojo con una sonrisa en la que deslizó unas gotas de picardía para darle credibilidad.

Antes de que la cosa se enredara más, se dio media vuelta en busca de las sombras, de la soledad, del no estar. Sentía un nudo en la garganta, en el estómago, en el alma, donde fuera que se sientan los nudos. Porque lo del espejo no era broma, y sí, se había mirado al espejo antes de venir a la fiesta.

PUNTOS CARDINALES

Al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde me alcanza la vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Estos son mis cuatro puntos cardinales. No estoy seguro de si siempre fueron así, o si en algún momento mi mundo, como un imperio donde casi nunca se ponía el sol, se extendió más allá de las paredes o al otro lado de la puerta. Tengo vagas sensaciones, que no llegan a recuerdos, de espacios abiertos, vastos lugares y soles que parecían no ponerse, de dominios de los que me fui poco a poco retirando, a veces con lucha, otras con vergüenza; pero es posible que sólo sean recuerdos de sueños, o tal vez sueños de recuerdos.

No sé cómo es la pared que está a mi espalda. La siento como una especie de punto de apoyo, punto de apoyo que, la verdad sea dicha, no me permite mover el mundo, ni siquiera el mío, tan poca cosa. A veces, la pared que está a mi espalda me impide huir cuando la pequeñez en la que vivo se me hace insoportable.

La pared que tengo frente a mí sí que sé cómo es, o debería saberlo, pues la veo constantemente. Lo que pasa es que la veo pero no la miro, y sería incapaz de explicar cómo es si alguien me lo preguntara; aunque nadie me lo preguntará nunca, y eso me tranquiliza. En la pared de enfrente hay una ventana, un poco en alto, a través de la cual entra luz, nunca mucha, a menudo poca y triste, a veces ninguna. Saber que no hay nada que ver por esa ventana me proporciona insípida tranquilidad.

Mis ojos no alcanzan a distinguir lo que tengo a mi derecha, pero me parece que allí hay un espacio que no está vacío del todo. Lo ocupan sombras imprecisas y contornos borrosos que no consigo identificar; será porque no veo bien, o tal vez será porque mi mundo ya sólo consta de puertas, ventanas y paredes, y he olvidado todo lo demás, y por eso llamo sombras imprecisas y contornos borrosos a todo lo que no son puertas, ventanas y paredes.

A mi izquierda hay una puerta que siempre está cerrada. Antes estaba abierta y llevaba a algún sitio. Luego empezó a estar cerrada, cada vez más a menudo. Ahora parece parte integrante de la pared, y la verdad es que no me importa que sea una puerta o un trozo de muro, y ya no me interesa saber a dónde lleva o a dónde llevó en su momento.

En algún momento me da por pensar que a mi espalda está mi pasado, y frente a mí, la ventana de mi futuro; que hacia mi derecha, el salvaje oriente, se extiende el mundo desconocido y anhelado de las cosas prohibidas; y que a mi izquierda, tras la puerta y bañada con los rayos tibios del sol poniente estás tú.

Pero no. Porque al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde alcanza mi vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Sólo eso.