MONTE ARRIBA (y II): CUIDADO CON EL CHOCOLATE

Publico dos entradas a la vez, esta y la anterior, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

A una hora bastante digna he coronado el pico. Coronar un pico siempre produce un placer elemental y no muy razonable, pero cuándo se ha pedido a los placeres que fueran razonables. Hechas las fotos, he abierto mi saquito de provisiones y he repuesto fuerzas con fruición: un par de mandarinas, unas nueces y ese trago de agua que sabe mejor y más intenso que el trago del mejor reserva de la mejor cosecha. Luego, como reconocimiento a mi esfuerzo, me he premiado con una pequeña pastilla de chocolate que ayer rescaté de un armario de casa donde yacía olvidada. La había comprado hacía mucho tiempo en un remoto pueblo francés donde me detuve por pura casualidad, en una chocolatería atendida por una mujer un tanto enigmática. Recordando aquella tienda tan poco en consonancia con el lugar, y un poco perdido en la grandeza del paisaje, saboreé el primer bocado; era un chocolate denso, aromático, con una amargura sin aristas, levemente especiado e incluso algo picante. Suspiré, cerrando los ojos, y fui atacando sin prisas el resto de la tableta. Un éxtasis gustativo…

En cuanto terminé, y con en la boca los últimos coletazos del chocolate, me di cuenta de que algo no acababa de ir bien. Mi corazón empezó a latir más fuerte, a pesar de estar sentado, y la sangre se puso a correr por mis venas y arterias con cierto desorden; como hubiera dicho un físico, abandonó su habitual flujo laminar para pasar a un clarísimo flujo turbulento. Por otra parte, mi diálogo interior, tirando a contemplativo, se tornó tumultuoso, y sin yo poder hacer nada para evitarlo, empezó a derivar hacia contextos… esto… irreproducibles. Un poco asustado, miré con aprensión el envoltorio del chocolate, pero qué iba a hacer, si todo su contenido estaba ya en mi estómago y, por lo que podía notar, también en mi sangre. Ante la ausencia de alternativas, decidí iniciar la bajada, aunque en mi situación de creciente desenfreno psicosomático se me antojaba peligroso.

Mis primeros pasos fueron un poco tambaleantes, y mi pensamiento estaba ocupado en asuntos de mayor enjundia que buscar el camino o apoyar los pies con cierto fundamentado equilibrio. Aquellos chocolates eran auténticas bombas, y su autora no sé si merecía la horca o el título perpetuo de benefactora de la Humanidad, probablemente ambas cosas. Un sofoco se me iba, y otro se me venía. Intentando dominarme, apliqué todas las recetas que se me ocurrieron: hacer raíces cuadradas mentalmente hasta el sexto decimal (aunque reconozco que sólo lo conseguí con el cuatro), pensar en las próximas elecciones, recordar una escena de La vida es una tómbola, evocar la declaración de Hacienda, hacer cien flexiones (en realidad a la tercera tuve que parar por fuerza, o falta de fuerza, mayor): nada. Mi estado no mejoraba, mis pensamientos giraban obsesivamente alrededor de una misma idea… esto…básica, y mis humores se agitaban a mayor ritmo todavía que mis pensamientos y exactamente en la misma dirección.

Declamando a gritos poesías eróticas que iba improvisando, conseguí avanzar un poco. El camino de bajada llevaba a una vieja ermita, lo cual me dio una idea para solucionar mi problema de… esto… exceso de energías. Así que nada más llegar a la ermita me puse a impetrar la Gracia de la Patrona o Patrón de aquel santo lugar, fuera quien fuera, para que me librara de mi tormento. Muy apurado tenía que estar un descreído como yo para recurrir a soluciones tan poco laicas; pero me apliqué con todas mis energías a formular una petición bien argumentada. Desgraciadamente, el Cielo se mantuvo sordo a mis plegarias. Y he de admitir que no se lo reprocho, pues si bien seguramente la petición en sí debió parecer plenamente razonable a quien la recibiera, es posible que los detalles que di sobre lo que me pareció la mejor manera de aliviar mis… esto… inquietudes, probablemente fueron considerados que atentaban en exceso contra el sexto mandamiento, contra el noveno y contra algunas otras regulaciones menores. Viéndome rechazado por las Instancias Divinas, y en un acceso de cólera dramática, me planté ante la ermita y declamé con sincero convencimiento:

Clamé al cielo y no me oyó.
Más si sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, no yo.

 Y me puse a correr monte abajo, jurando en gíglico, en busca de alguna ninfa, dríade, náyade, sirena nemorosa, serrana, pastora, zagala, lo que fuera, lombriz, bueno, lombriz no. La verdad es que ahora, en frío, me avergüenza reconocer la situación de necesidad extrema en que me hallaba y los pensamientos y deseos que aquello engendraba en mi débil carne. Pero a quien tenga tendencia a juzgarme duramente, le invito a que un día pruebe un chocolate como aquel del que yo había sido víctima, y luego me cuente.

 La historia hubiera podido acabar muy mal. Pero quiso el destino que en mi loca carrera atinara a pasar cerca de un pequeño estanque de aguas cristalinas, desde el que me pareció que una doncella, que allí voluptuosamente se bañaba, me hacía inequívocos e insinuantes gestos. Sin pensármelo dos veces, ni siquiera una, me lancé en pos de tan mirífica visión, con tan mala, o puede que fuera buena, fortuna que me enredé en unas ramas y caí cuan largo y ancho soy en el estanque. Al instante, el estanque y sus límpidas aguas se tornaron en charca fangosa, y la supuesta doncella en una rana que ni siquiera se dignó mirarme y desapareció con gran y ofendida dignidad. Churretones de barro se me colaron por la espalda, y empezaron a subir por las perneras del pantalón, como reptiles viscosos y malolientes que se dirigieran a un punto no muy alejado de mi ombligo. Eso, junto con la frialdad del agua, consiguieron lo que no habían conseguido ni jaculatorias ni flexiones ni raíces cuadradas, y los efectos del chocolate quedaron pronto disipados. Avergonzado, hecho un Dios me libre, empapado, tiritando de frio, completé el camino de regreso con infinita pena y cero de gloria.

 Nada más llegar a casa, corrí al armario del chocolate, y comprobé con horror que nos quedaba otra tableta de aquellas. Poseído por un irreprimible furor vengativo, la cogí entre mis manos sin contemplaciones y me dispuse a entregarla al abrazo del fuego purificador…

 (Y aquí termina la historia… Dejo a la imaginación del lector el destino final de aquella mágica tableta)

MONTE ARRIBA (I): ¿NOS ECHAMOS UNA CARRERITA?

 

Publico dos entradas a la vez, esta y la siguiente, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

 

Estoy subiendo hacia un pico, bueno, dejémoslo en un piquillo, que se llama Puigsallança. Hace sol, pero es un sol poco agresivo, y además la mayor parte del camino transcurre por dentro de encinares y hayedos, umbríos los primeros, a la espera de lucir sus hojas los segundos. Es el principio de la subida, y se respira bien, de momento. El olor a tierra, a verde, a húmedo, resulta embriagador.

Voy solo. Me gusta ir solo por la montaña. Solo, estás más atento a olores, luces y sonidos. O a lo mejor eso son excusas, y lo que pasa es que me gusta ir solo por ciertos rasgos de mi carácter, digamos que de déficit de sociabilidad, de los que a veces se me acusa. Sea una cosa, la otra o ambas, me gusta establecer una especie de diálogo interior mientras camino, sobre todo cuando los árboles me privan de conversar con mi sombra. Y no pretendo insinuar que eso del diálogo interior implica profundas reflexiones, qué va. Mi diálogo interior es intrascendente, casi frívolo en ocasiones. En cualquier caso, el camino embarrado y resbaladizo que estoy siguiendo no lo cambiaría por la alfombra roja de un palacio; subiendo, me siento profundamente feliz, incomprensible y atávicamente feliz.

Llego a un pequeño collado con una hierba tan verde que uno no acaba de tomársela en serio. Ahí, la vegetación se abre, y, a lo lejos, se ven las imponentes cumbres nevadas del Pirineo. Son cumbres consagradas, reconocidas, con una pizca de arrogancia, y que miran a mi modesto pico como quien mira a un hermano pequeño que no ha alcanzado la pubertad. Pero yo no me dejo amilanar, y sigo mi camino con espíritu primaveral. Y es que sí, la primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Además de las flores, de los sonidos, de la tibieza del aire, flota por ahí un no sé qué indefinido que me fuerza a mirar a la Primavera a los ojos. Y lo hago con cierta sensación de culpabilidad, y me veo obligado a reconocer que ha llegado, a pesar de mis deseos de que no llegara. ¿Qué por qué no quería que llegara? Tanto da, cosas mías. De hecho, hubo una época en que, cuando se acercaba el momento, luchaba con la Primavera, la empujaba, intentaba cerrarle el paso, detenerla, retrasarla. Jamás conseguí nada; como mucho un año conseguí que llegara unos segundos más tarde, pero hubo tal revuelo en las Cortes Astronómicas, y tal furia en los Sindicatos Astrológicos, y las mareas excepcionales que vinieron soliviantaron de tal manera a los Reinos Marinos y Oceánicos, que me juré no volverlo a hacer. Ahora, me limito a mirar para otro lado, a simular que no va conmigo, hacer como quien no quiere la cosa, a no establecer relaciones diplomáticas con ella. Pero, cada año, termina llegando un día en que la evidencia se impone. Y este año ese día ha sido hoy. Los sonidos, la tibieza del aire, las flores, y ese no sé qué que flota por ahí, han hecho que terminara rindiendo pleitesía a la Primavera; pues qué se le va a hacer, si no puedes con tu enemigo únete a él, o eso dicen.

En estas estoy, intentando respirar a pesar de la cuesta cada vez más empinada, cuando de repente oigo voces. Un grupo de tres o cuatro personas viene en sentido contrario, y, Dios, cómo se envidia a los que van en sentido contrario cuando tú subes. Obviamente, están practicando el diálogo exterior, lo cual interrumpe mi diálogo interior, claro. Y me hace pensar que la gente en la montaña debería ir callada, o hablando poco y muy bajito, que no está bien llenar el monte de voces. Disimulando mi desaprobación, les saludo cortésmente al cruzarnos. En estos casos, intento saludar con dignidad, procurando que no se note que el corazón está a punto de salírseme por la boca; ello implica algunos equilibrios que no siempre dan resultados satisfactorios. Mientras los caminantes se pierden a mi espalda en dirección al valle, se me ocurre que lo que juzgamos que está bien o que no está bien depende no tanto de juicios morales o de valores éticos, sino de lo que nos gusta o no nos gusta, o de lo que nos hace sentir momentáneamente satisfechos o insatisfechos, así que un ejercicio de tolerancia es siempre recomendable. Profundamente emocionado por mi altura de miras interior, dejo que mi mirada se pierda en el infinito y así componer una escena de profunda trascendencia; lamentablemente, mi altura de miras y mi mirada perdida la aprovecha una piedra para ponerme una alevosa zancadilla que casi da con mis huesos en el suelo. De manera que me pongo a maldecir, con escasa tolerancia, a mi prójimo ruidoso, a todas las piedras de ese lado del Mississippi y a la falta de oxigenación de mi cerebro que me provoca pensamientos de tan inútil y ecuménica bondad.

Al poco, tengo uno de mis consabidos ataques de hipocondría. Suelen darme estos ataques cuando las fuerzas flaquean y el diálogo interior languidece, una o dos veces por excursión. En esta ocasión, todo empieza por un dolor incipiente en una rodilla, que me hace pensar que me acabo de quebrar el menisco, y quién sabe si también el fémur, y que por culpa de ello voy a caer al suelo y quedar inconsciente por el golpe, a la merced de la congelación y de las alimañas. Mientras me preparo para la caída, noto un leve dolor en el hombro derecho, y me digo, caramba, qué infarto más raro estás teniendo, y cuando ya me dispongo a sacar el móvil para dictar un mensaje póstumo al mundo, veo lucecitas en un ojo, aviso inapelable de un inminente desprendimiento de retina, lo cual me causa amplia zozobra, ya que andar ciego por la montaña, más si encima se te han roto los meniscos y estás sufriendo un infarto, es muy difícil. Al cabo de poco, el ataque de hipocondría termina. Igual que vienen se van, deben de ser cosas de la edad.

Pasado el ataque en cuestión, creo obligado explicar qué hago aquí. El Puigsallança hacia el que me dirijo es un “cent cims”, un “cien cimas”. Esto de las cien cimas es una especie de reto que consiste en coronar cien cimas de entre un listado de más de trescientas propuesto por la Federación Catalana. La primera vez que oí hablar del asunto me pareció una gran idea, y se me ocurrió que era una excusa excelente para ir conociendo y descubriendo rincones y lugares hermosos. Pero en esas se me apareció el señor Tiempo, que me miró con sorna y dijo:

-Sí, claro, cent cims, mi niño, explícame cómo vas a subir a cien cimas con los años que te quedan para subir cimas, ricura, echa unos números, el ritmo al que Yo paso y el ritmo al que tú subes, que no sé para qué te sirve tanta ciencia, si terminas siempre en manos del descarrío, echa cuentas y ríndete a Mi evidencia.

Profundamente afligido por tan cruel exhortación, cerré la libreta donde pensaba apuntar mis logros montañeros, derrotado. Pero en eso algo se revolvió en mi interior, y, mirando al señor Tiempo con mirada pícara le dije:

-Bueno… pues… ¿Echamos una carrerita?

Y eso. Que aquí estamos.

EL ESTRO DE LAS FLORES

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La Muntanya Negra es la presencia mineral que tiene Cadaqués a su espalda, y digo mineral porque la mayor parte del tiempo la vegetación que la recubre, dominada por matorral rabiosamente mediterráneo, parece, contagiada de la naturaleza geológica de la montaña, haber apostatado de su naturaleza biológica. Eso sí, cuando la recupera y reivindica lo hace con tanto vigor que casi da miedo.

Para subir a la Muntanya Negra hay que partir de una de las partes menos nobles del pueblo, a saber, la entrada por la carretera de Roses. Luego hay que dirigirse hacia las escuelas, que finalmente se evitan para atacar una buena subida, primero por calles, luego por una urbanización donde casas modernas parecen querer dar una lección magistral de cadaquesidad, con sus piedras secas elegantemente dispuestas. Cuando dejo atrás esas casas y abordo un camino de tierra y roca que lleva hacia Mas Duran, se me suele escapar un suspiro de alivio, del tipo “al fin solo”. Es el momento de empezar a disfrutar del camino, que se va encaramando poco a poco, entre paredes de piedra seca y olivares. Mucho antes de llegar a Mas Duran, nada más haber alcanzado una pista, hay que hacer un acto de fe y girar a la izquierda, Así, un poco a campo a través y otro poco por senderos casi imaginados, se asciende a una pequeña cresta.

El día es hermoso, la luz brillante, el aire diáfano. La vegetación ha explotado, ha enloquecido, se ha emborrachado de primavera; da la impresión de que es la misma explosión de júbilo colectivo de un pueblo que acabara de sacudirse la opresión de una tiranía. Las laderas, al contrario que el resto del año, no son minerales, pero, sorprendentemente, tampoco son verdes. Son, sobre todo, amarillas y blancas, aunque aquí y allá hay alguna pincelada de otro color, lila por ejemplo. La culpa es de las retamas, de las aliagas, que exponen sus estandartes amarillos, de las jaras negras, cuyas flores blancas desbordan las lomas; algunos espliegos intentan hacerse ver, aunque con poco éxito. Y otras plantas menores lanzan un grito cromático rebelde rápidamente olvidado. Huele, huele de una manera feroz, huele a vida que se perpetúa, a sexo botánico.

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Al final de la cresta se toma el camino viejo a Port de la Selva, una pequeña joya, empedrado a tramos, con algunos puentes y refuerzos de piedra seca centenaria. Estos muros, construidos con una sabiduría secular ya olvidada, carecen de glamour, pero son bellos en su vejez pétrea, casi conmovedores. El camino viejo flanquea la montaña amarilla y blanca, y el mar allá a lo lejos es un telón azul que abarca todo lo que no abarca el azul del cielo. Debería andar despacio, disfrutar, empaparme de esa especie de milagro que me rodea. Pero no puedo, serán los efluvios que emiten las flores en celo; la cuestión es que mi marcha adquiere un ritmo frenético, y en un santiamén me planto en el cruce de senderos donde tomaré, a la izquierda, el que me llevará al Puig dels Bufadors y luego a la Muntanya Negra.

El calor aprieta. El maldito sendero sube de mala manera, y mi ritmo se atempera. También se atempera mi exaltado estado  de comunión con la naturaleza, y empiezo a sentirme miserable, sudoroso, y ahora me preocupa más respirar que contemplar, más subir que sentir. Pero los metros de desnivel van cayendo, y al llegar al Puig dels Bufadors recupero un poco el pulso, el mío y el de las cosas. Desde allá arriba, la sensación es la de estar a la deriva en un océano amarillo y blanco que se extiende por el monte hasta unirse con el otro océano, el azul.

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Del Puig dels Bufadors a la Muntanya negra son unos pocos pasos. Desde la Muntanya Negra se ve el Pení, Cadaqués, Cap de Creus, el castillo de San Salvador, que vela sobre Sant Pere de Rodes, l’Albera, y qué se yo cuántas cosas más. También se ven masos (masías) que conocieron tiempos mejores y nos recuerdan un pasado agrícola y ganadero un tanto olvidado por la tradición y fama pescadora. Pero sobre todo se ve, vuelve a verse, la lujuria vegetal que se exhibe sin pudor, y es tan intensa que a uno le vienen ganas de transformarse en flor o, mejor, en insecto polinizador, para hacer de celestina alada, y ayudar a la consumación de los cientos de miles de actos sexuales florales que se piden a gritos.

Desde allá arriba, la belleza es tan intensa que duele. Cielo, mar, montañas, vegetación, y la luz, esa luz transparente cuya franqueza es tan directa que hiere. Pensativo, me digo que, cuando toquen retirada, espero no recordar esta belleza total, inevitable y definitiva. Porque si, llegado el momento, la recordara, las cosas serían sin duda mucho más difíciles.

Addendum
Espero que nadie de mi gremio se crea en el deber de recordarme que los vegetales no tienen ni estro ni celo. Pero si tal cosa sucediera, me vería obligado a responder que nadie que hubiera estado ese día de mayo en la Muntanya Negra pondría en duda mis palabras con banales tecnicismos.

Por cierto, por si alguien quiere darse el paseo:
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=4523134

DOS BOTELLAS DE CHAMPÁN

Un buen día de verano de algún año principios de los 80, un joven que recién empezaba su tesis en ecología marina andaba bajo las aguas de las islas Medes. Buceaba a la caza de algunos datos que, según creía en aquel entonces, le iban a permitir hacer retroceder las fronteras de lo desconocido  y reclamar para su Rey y Señor, la Ciencia, nuevos territorios hasta entonces perdidos en la incertidumbre de lo ignorado. Concluida su inmersión,  se subió a su barca, una neumática algo ajada de cuatro metros de eslora. Experimentaba una discreta euforia, mezcla de la sensación, un tanto subjetiva,  de haber  avanzado un pasito más en la búsqueda del conocimiento, y de la sensual metamorfosis del frío de su neopreno en tibieza, primero, y calor amable después, merced a los generosos rayos de sol en su piel.

A todo esto, algunos barcos de veraneantes iban y venían a su alrededor; uno de ellos echó el ancla con tan mala fortuna que el cabo se enredó en la hélice, y ni la marcha atrás ni los repetidos tirones consiguieron desfacer el enredo, más bien todo lo contrario. Así que los desolados tripulantes,  al ver al joven a medias pertrechado de lo que por aquel entonces todavía se llamaba hombre-rana, recabaron su ayuda. Con el secreto orgullo juvenil de sentirse necesitado en un difícil trance, nuestro aspirante a ecólogo se re-enfundó valerosamente el medio neopreno del que se había desprendido y acudió presto y gallardo al llamado, aleteando airosamente hacia el barco en apuros. Al poco se sumergió bajo el casco y se puso a deshacer el corsé que el cabo había trenzado sobre el eje de la hélice. No fue fácil, pero con un poco de paciencia, esfuerzo y un cuchillo la cosa quedó arreglada en no demasiado tiempo. Al emerger, se encontró con la agradable sorpresa de que los del barco incidentado le obsequiaban con una botella de champán rosado en el punto de temperatura exacto para ser consumida. Fue un gesto sumamente cortés que nuestro joven, veterano de otros rescates improvisados más o menos análogos y que habían sido recompensados, como mucho, con un “gracias” (o “merci” o “thank you”) supo apreciar debidamente. Y que, todo hay que decirlo, aumentó su euforia, que pasó de “discreta” a “evidente”.

Pasaron los años, una treintena por lo bajo.

La historia sigue otro buen día, esta vez  de primavera mediada, en aguas de Cala Montgó. Ahí, un respetado (es un decir) y entrado en años profesor de ecología marina está a bordo de una embarcación cabinada de casi nueve metros de eslora, con algunos alumnos y una compañera. Anda en el empeño de enseñar a esos jóvenes estudiantes algunos rudimentos de eso que llaman ciencia, aunque desde luego no tiene nada claro qué demonios harán luego con los tales rudimentos. Han andado por el fondo, han cazado algunos datos, algunas muestras; los chicos están felices, se trata probablemente de su primera inmersión científica. Es posible que crean que están haciendo retroceder las fronteras de lo desconocido. Hasta es posible que tengan algo de razón.

No muy lejos, un barco despampanante, con una superficie habitable que ya querrían para ellos los pisos de algunos de los estudiantes allí presentes, hace maniobras desesperadas, avante y atrás, para sacar el ancla; no lo consigue, el fondeo ha quedado atrapado en algún obstáculo imprevisto. Al divisar al profesor todavía con medio traje de neopreno y ver a bordo equipos de scuba (cada época tiene su lenguaje), desde el barco hacen gestos en correcto francés para pedir ayuda. El profesor maldice su suerte, ya que es el único con parte del neopreno puesto, además del decano por al menos una generación de ventaja.  A partir de aquí, va a ser tentado tres veces por el Maligno. Primera tentación: la de negarse con cualquier excusa, que se me ha acabado el aire, que me esperan a comer, que el médico me lo ha prohibido. Pero la solidaridad del mar, que funciona incluso con los barcos despampanantes, termina por imponerse. Así que se vuelve a enfundar el traje, húmedo y frío, se pone gafas (graduadas), aletas, plomos,  las botellas a la espalda, nada hasta el barco despampanante de las narices con muy escaso ardor guerrero y nula prestancia, se sumerge y contempla horrorizado como el ancla, de grandes dimensiones, se ha enganchado en la cadena que une dos enormes bloques de hormigón; para acabarlo de arreglar, las maniobras del barco han enredado todos estos elementos muy eficazmente. Sobreviene entonces la segunda tentación: la de salir diciendo que es imposible, que llamen a un equipo profesional de desenredadores, que aquello está lleno de tiburones y de algas carnívoras. Pero  la tentación vuelve a ser vencida, de manera que el improvisado rescatador se pone manos a la obra y, resoplando y con paciencia, consigue que las cosas se resuelvan. Al volver a la superficie, el armador y patrón (al que el profesor rápidamente le adjudica categoría de directivo de banco rescatado que acaba de jubilarse a los 50 años) le dice que le va a hacer un obsequio. El profesor se niega educadamente, con ganas de salir del agua de una vez. Pero entonces dice el propietario: “C’est une bouteille de champagne rosé…”. Las imágenes de otro barco, de otra época, de otra botella de delicioso contenido, de un joven que probablemente era otra persona, vienen de golpe y le hacen sonreír interiormente. Por tercera vez  es tentado: esta vez está a punto de decir que sí, que es su tarifa habitual en estos menesteres. Pero por tercera vez se sobrepone, y, en su lugar, asiente, acepta (cómo le podría explicar al banquero putativo lo de otro barco, otra época, otro joven…), intercambia unas pocas cortesías con él y vuelve a nado a su embarcación con la botella. Tan inesperado botín causa sólo una relativa sorpresa en el estudiantado.

Una botella de champán, una botella de champagne, rosado en ambos casos. ¿Por qué a uno le fascinan tanto estas pequeñas simetrías, que en el fondo no tienen nada de simétricas?

DISFRACES

  El Cap de Creus es el primer punto en el que da el sol por la mañana. El primer punto de Cataluña, de España, de la península Ibérica, o del mundo, según se mire o crea. Pero poco debía importar la primicia solar y sus matices al grupo de mujeres que estaban sentadas junto al Puig de la Cruïlla. Aquellas mujeres, de noche cerrada, se habían encontrado en Portdogué, y llevaban un buen rato andando por el insobornablemente empinado sendero que las había traído hasta aquí. Estaba clareando, y el frío del amanecer se fundía con el calor del esfuerzo en una especie de mezcla blanda. Por fin, las rocas del Cap brillaron con los rayos de sol primerizos. Entonces, las mujeres se fueron levantando, como obedeciendo a una señal. Se colocaron de nuevo las cestas del pescado en la cabeza y retomaron su marcha, por la vertiente sur del Pení.

(“Ix! És clar, al cap. On volies que les portéssim si no?”/”Claro, en la cabeza. ¿Dónde íbamos a llevarlas si no?”)

Es media mañana. Sopla un vientecillo de sur desapacible, pero el cielo está despejado, y me pongo en camino, botas cómodas y resistentes, pantalones elásticos y abrigados, forro polar, mochila ergonómica, palos. Las calles de Cadaqués están casi vacías este día de febrero, y mientras músculos, pulmones, articulaciones y corazón se van adaptando, no sin alguna protesta, al ritmo de la marcha, evoco otro Cadaqués, medio siglo, un siglo atrás, o tal vez más. Me imagino un grupo de mujeres de ropas oscuras, o tal vez no tan oscuras, faldas largas que apenas dejan ver las fuertes pantorrillas, alpargatas, cestas de pescado en la cabeza, siguiendo, más o menos, la misma ruta que hoy he decidido seguir yo.

(“Hi anàvem en grup, quan podíem. Ens trobàvem a Portdogué, però va haver-hi dies que hi vaig anar sola. Tot depenia de si la pesca era bona.”/”Cuando podíamos, íbamos en grupo. Nos encontrábamos en Portdogué, aunque hubo días en que fui sola. Todo dependía de si la pesca era buena.”)

Cadaqués desde el Puig de la Cruïlla

Cadaqués desde el Puig de la Cruïlla

La vida no era fácil entonces, y se vivía de lo que daba el mar y de lo que daba la tierra. Pero resultaba que lo que daba el mar (y a veces también lo que daba la tierra) se pagaba mejor en Roses que en Cadaqués. La necesidad empuja con pocos miramientos; así que, cuando la pesca era buena, los pescadores despertaban a sus esposas o hijas en plena noche, al llegar de faenar, y después de un buen desayuno, o lo que demonios se tome a esas horas inclementes, las mujeres lavaban y pesaban las mejores piezas, las ponían con cuidado en la cesta, se acomodaban la cesta en la cabeza con ayuda del curull (pañuelo que se arrollaban en espiral para asentar la carga) y se iban a pie a venderlo a Roses.

(“Portàvem allò  que es pagava millor. Depenia del què s’agafés: roger, lluç, calamar, llagosta quan hi havia… Uns deu o dotze quilos, venien a ser.”/”Llevábamos lo que mejor se pagaba. Dependía de lo que se hubiera cogido: salmonetes, merluza, calamar, langosta cuando había… Unos diez o doce kilos, venían a ser”)

Paso por Portdogué, donde no me espera nadie, salvo recuerdos infantiles y no tan infantiles que se amontonan, bordeo el Llané Gran, luego el Llané Petit, ataco la primera subida, asfaltada, y a mi izquierda dejo el hotel Rocamar, una mole que el desarrollismo legó a Cadaqués. Luego cojo un pequeño sendero cementado que bordea una casa un poco rara. Se trata de la casa de Madame Forestier, une grande dame de gran belleza. Estaba casada con Monsieur Forestier, como su nombre indica, arquitecto municipal de París (no me consta, era lo que se decía), arquitecto de renombre (eso sí me consta), que edificó sus atrevidas formas poligonales a mediados de los cincuenta, en una de las laderas que dominan la bahía. En aquella época, el aspecto resultaba cuanto menos un poco estrambótico, y aun resulta. Hay que decir, no obstante, que desde el interior la polifacética fachada permite que cada ventana mire hacia un lugar distinto, y ofrezca encuadres diferenciados, singulares, del paisaje y del mar. Si no me falla la memoria, la casa fue, sucesivamente, de color marrón, ocre, verde claro pastel, y ahora es blanca, los árboles han crecido a su alrededor y pasa desapercibida; como ahora también pasa desapercibido el recuerdo de Monsieur y Madame Forestier. Me encojo de hombros. El grupo de mujeres con cestas en la cabeza se me ha escapado. Cadaqués tiene para mí demasiados recuerdos, demasiadas historias, es como un matorral tupido en el que si entro quedo atrapado y del que me cuesta sustraerme. Pero hoy sólo hay una historia: la de la proeza de estas mujeres que, a costa de su sueño, de su frío, de su cansancio, conseguían una trabajada plusvalía. Así que me vuelvo a encoger de hombros y sigo, monte arriba.

El grupo se estiró un poco. Algunas tomaron algo de delantera, otras se rezagaron un tanto. Hacía frío (o hacía calor, o hacía humedad, o hacía sueño, siempre hacía algo). El Cap Norfeu se proyectaba hacia el horizonte como un reptil pétreo, y a lo lejos, al otro lado del golfo de Roses, se adivinaba la silueta de las illes Medes. Probablemente ellas no prestaron mucha atención a esos detalles; o tal vez sí. Pero lo importante era vigilar el camino, las piedras, el equilibrio de la cesta en la cabeza, responder a algún comentario o broma ocasional, tal vez animar a la que jadeaba, fatigada. Al poco, el grupo se volvió a compactar, como por voluntad propia. Pasaron muy juntas por el lugar en el que, años atrás, se había estrellado una avioneta por culpa de la niebla, accidente en el que murieron todos sus tripulantes. Los restos del aparato seguían por ahí, y cuando soplaba el viento se oían ruidos metálicos que, a la que más a la que menos, le provocaban escalofríos.

(“Aquells sorolls de ferros… ens feien por. Allà hi havia mort gent, què vols que et digui.”/”Aquellos ruidos de hierro… nos daban miedo. Allí había muerto gente, qué quieres que te diga.”)

Seguir el camino que tantas veces recorrieron las mujeres de Cadaqués no va a ser fácil. Parte lo ha borrado una pista que lleva a Roses por la costa, y parte lo ha borrado el olvido. La cuestión es dar con los restos de senderos que abandonan las lazadas a que obliga la búsqueda de desniveles razonables y se rigen por la lógica de lo directo y lo más corto, por fatigoso que sea. Al principio no es muy difícil, aunque me ofenden unas marcas de pintura (rojo y blanco, rojo y verde, amarillo) que no estaban entonces y que preferiría que no estuvieran ahora, al menos que no estuvieran hoy. Luego la cosa se irá complicando. Así que avanzo entre matorrales y olivos asilvestrados, entre paredes de piedra seca que siguen ahí, fruto de un trabajo artesano, secular, insistente y experto. Dejo a la derecha las ruinas del Corral d’en Quirch, en Es Pla d’en Melus, y ataco una subida un poco más tiesa que me lleva al Puig de la Cruïlla: unos 315 metros de altura que he hecho en una hora justa. Probablemente las mujeres me habrían empezado a dejar atrás, aunque mi orgullo viril se consuela pensando que he tenido un par de dudas a la hora de identificar porciones casi perdidas del camino. Me siento en una roca e imagino cómo debía, cómo debe ser la salida del sol vista desde aquí.

Ya habían llegado al pequeño collado que dejaría, por un rato, el mar fuera de su vista. Ante ellas se abría un terreno llano con matorrales y prados, justo donde las faldas escarpadas del Pení empezaban a suavizarse. Comentó alguna que se decía que los americanos iban a construir aquí arriba una base de cohetes, de aviones, o algo así.  Bueno. Que construyeran… El caminar era ahora más relajado, y surgieron bromas, chistes, sobre los americanos, sobre esto y sobre lo otro; se oyó alguna canción. Superado un pequeño repecho, rodearon el Mas dels Arbres, y algo más allá pasaron no demasiado cerca del Mas d’en Causa. De las chimeneas de estas casonas salían perezosos jirones de humo, a modo de saludo algo distante pero cortés. Las vacas, omnipresentes, las miraron con calculada y meticulosa indiferencia.

(“També nos ho passàvem bé. Fèiem xistes, bromes. De vegades cantàvem.”/ “También nos lo pasábamos bien. Hacíamos chistes, bromas. A veces cantábamos.”)

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Mas dels Arbres. La base aérea del Pení al fondo

Empiezo el flanqueo que me lleva por las faldas del Pení. El Cap Norfeu se proyecta hacia el horizonte como un reptil pétreo, y a lo lejos, al otro lado del golfo de Roses, adivino la silueta de las illes Medes. Es hermoso y me detengo a tomar unas fotos. No veo restos de ningún fuselaje corroídos por el óxido, ni tampoco restos íberos que aseguran hay por aquí. Eso sí, veo las edificaciones de la base de seguimiento aéreo. El  camino me hará pasar muy cerca de sus terrenos y alambradas. Esta base la empezaron a construir los americanos en 1958, creo, y unos años más tarde la cedieron al ejército español. Corren, o corrieron, historias de americanos borrachos, de trifulcas, historias que yo escuché de niño sin entender muy bien y que ya no tienen mucha importancia. Me encojo una vez más de hombros, evitando meterme de nuevo en mi personal matorral de recuerdos. Ante el asombro de muchos, la base ha perdido, ganado y vuelto a perder una de las dos bolas que tan característico aspecto daban a la montaña. También ha perdido personal, y paso cerca de barracones que parecen abandonados, y de otras construcciones que ni siquiera sé qué son, feas, militares. Con algunos titubeos, consigo encontrar el camino que me lleva al otro lado de la cresta. Alcanzo, tras una hora y tres cuartos de camino, el punto más alto del recorrido (430 metros), y desemboco en unas llanuras cruzadas por pistas y con letreros que señalan direcciones que no son las que yo busco.

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Mas d’en Causa. Al fondo, el castillo de Sant Salvador

Así que prescindo de ellas y de ellos y me lanzo campo a través hacia unas ruinas que diviso, que supongo que serán las del Mas dels Arbres, y de ahí, entre vacas que me miran de hito en hito, alcanzo otras ruinas, las del Mas d’en Causa, donde consta que Josep Pla se comió una tortilla siguiendo un itinerario parecido al mío. Hace mucho que de sus chimeneas no sale humo. Cuando veo la llanura ampurdanesa del otro lado, sé que lo he conseguido, que las indicaciones que me dieron, el instinto y la buena suerte han funcionado y que he seguido el camino correcto. Lo celebro con unas nueces y un largo trago de agua.

Allá abajo se veía Roses, se veía el golfo, se veía el mar, otro mar que no era el suyo pero también era el suyo. El tiempo de coger aire, y abajo. El descenso era algo traicionero, y la senda muy pedregosa: la cuesta abajo podía ser de peor andar que la cuesta arriba. Pero la habían hecho cien veces, mil veces, tantas veces como buenos días de pesca había habido en los últimos años. Un poco más tarde, el Mas de l’Alzeda ya estaba a sus pies. Una o dos de ellas se agacharon discretamente, con la elegancia a la que obliga llevar una cesta en la cabeza, a coger un par de piedras, que los perros del Mas no eran muy hospitalarios. Aunque hoy iba a haber suerte: se oyeron ladridos, pero la cosa no pasó a mayores. Así que el Mas quedó a su espalda, y  las conversaciones se animaron mientras apretaban el paso inconscientemente. El Mas Oliva era ya la antesala de Roses, y para cuando pasaron ante las primeras casas del pueblo, el un grupo andaba definitivamente alegre y decidido. Tras doblar un poco a la izquierda, llegaron a su destino: la Plaça d’es Peix. Tres horas y media hacía de su encuentro en Portdogué. Si todo iba bien, venderían el pescado a buen precio. Descansarían un rato, harían alguna compra, siempre y sólo de cosas de primera necesidad. Y si había suerte, el conductor del coche de línea, el Minobis, las dejaría subir para el viaje de vuelta. Si no, desharían el camino, ya sin carga, y en dos horas y media, en casa.

(“A Roses el peix es venia, de vegades més bé, de vegades més malament. I desprès tornàvem, més lleugeres”/ “En Roses se vendía el pescado, a veces mejor, a veces peor. Y después volvíamos, más deprisa.”)

Dos horas y media después de salir de Cadaqués inicio la bajada hacia Roses. Mis palos, ultraligeros y telescópicos, me ayudan a afianzarme por la trocha pedregosa, y en media hora he llegado al Mas de l’Alzeda, rodeado de cabras y ovejas, pero deshabitado. No se oyen ladridos de perros, y en cambio sí se oye a lo lejos una música que seguro que, oída de cerca, sería atronadora.  Ahora el camino discurre entre olivares, y entro en Roses (¿dónde habré dejado el Mas Oliva?) por calles de aspecto suburbial, algo deprimentes. La excursión ya está completa, pero quiero llegar al mar, por aquello de lo símbolos y tal. Cerca del centro de la población empiezo a cruzarme con gente disfrazada, y entiendo lo de la música: es carnaval, y ha habido una rúa. Me siento algo fuera de lugar. Pero pronto me doy cuenta de que yo también voy disfrazado. Voy disfrazado de mujer, con un curull y una cesta llena de pescado en la cabeza, y la llevo a vender a la Plaça d’es Peix. Sólo que mi disfraz es interior. Y ya sé que no es muy convincente, mi disfraz, pero tampoco lo es el de la astronauta que me acabo de cruzar.

A las tres horas y media de haber salido de Cadaqués llego a la playa de Roses, con mis palos, mi mochila y mis pantalones. Miro el mar un momento. Hay demasiada gente a mi alrededor, así que doy media vuelta y me dirijo a la estación del coche de línea, hoy llamado Sarfa. Pago mi billete y me subo al autocar que me llevará de vuelta a Cadaqués. Miro al conductor, un joven pulcro, que no hace ademán de rechazarme. ¿Será el Minobis disfrazado?

(“No ens ho semblava, que fos dolent, això d’anar a peu a Roses. Si quan eres un nap així de petit ja demanaves un doll per portar-lo al cap! Portar peix no era pas tant dolent. No ens ho semblava. Era la vida que teníem, voràs…”/”No nos parecía que fuera malo eso de ir a pie a Roses. ¡Si cuando éramos así de pequeñas ya pedíamos un doll para llevarlo en la cabeza lleno de agua! Llevar pescado no era tan malo. No nos lo parecía. Era la vida que teníamos…”)

Dedicado a Teresa Francesch Llorens

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Addendum
: confieso que llevaba un GPS en el bolsillo. El chisme no me fue de utilidad, y la única vez que lo miré más bien me desconcertó que otra cosa. Pero me sirvió para grabar el recorrido. Por si alguien quiere:
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=3969590