NECESITÁBAMOS «LA NORIA»

Dice Axel Münthe, refiriéndose a un libro suyo, algo así como que “…murió de muerte natural, y el reducido duelo que lo acompañó a la fosa común del olvido soportó su pérdida con obstinada resignación”. Muchos libros mueren. Algunos mueren deprisa, de puro prescindibles que son, y otros lo hacen después de una larga y fecunda vida. La muerte, como fenómeno estadístico, no es intrínsecamente mala, de hecho es imprescindible, en la biología y en la literatura. Pero también existe la inmortalidad, que queda reservada para las grandes obras maestras. Además, están aquellos libros que no mueren del todo, sino que entran en una especie de letargo del que pueden despertar. Si lo hacen, durante un tiempo aportan a nuevas (o viejas) cohortes de lectores todo eso maravilloso e imposible de inventariar que aporta la literatura a los que leen. Querría creer que ese es el caso de La noria, de Luis Romero, mi padre, reeditado por editorial Comanegra, por cuya intercesión la obra vuelve a estar en las librerías. Una cuidada edición en forma de una caja en que a la obra original le acompaña otra novela coral, Gira Barcelona, a cargo de escritores actuales. La noria, por lo tanto, va a dar unas cuantas vueltas más.

A Joan Manuel Soldevilla (JMS), profesor de literatura, y a mí nos presentó Tintín en un aeropuerto hace ya unos años. Él ha sido, probablemente, uno de los primeros en leer La noria recién reeditada, lectura que le inspiró una serie de comentarios que me escribió. Le he pedido permiso para recogerlos y publicarlos en este blog, y no he podido resistir la tentación de apostillarlos como El Biólogo Descarriado que soy (EBD), y el resultado ha sido una especie de conversación entre nosotros.

JMS. He vuelto a leer La noria y he disfrutado. Muchísimo. La había leído dos veces, en aquella edición de Círculo de Lectores —con esa cubierta de Yzquierdo hipnótica— que supongo que dio una enorme difusión al texto allá en los setenta; una siendo un adolescente y otra siendo joven, quizás con treinta años. Siempre me había gustado pero ahora, con cincuenta y pocos, me ha entusiasmado. Y emocionado.

EBD. En efecto, La noria fue el libro recomendado del trimestre en Círculo, en 1971, y eso ayudó a darle una nueva vida. Pasado el boom de Círculo, siguió vendiéndose, aunque fuera modestamente, en sucesivas ediciones de Destino hasta los 80, en que podríamos decir que cayó en el olvido editorial. El recuerdo sobrevivió en algunos lectores, en estudios literarios, en algunas bibliotecas… Pero incluso su papel como una de las novelas clave sobre Barcelona se fue diluyendo.

JMS.  Sí, una novela sobre Barcelona, de crítica social. Sí, bueno. Cuando se ha hablado de La noria con frecuencia se ha hecho desde una perspectiva historicista; que si novela representativa de lo social, que si destacada por el uso del monólogo interior, que si retrato de Barcelona paralelo a La colmena… La he querido leer como lo que es, una novela, sin todo eso que le echaron desde antes de nacer, y la he disfrutado. Me ha entusiasmado el ritmo, el tempo narrativo, ese metrónomo implacable que resuena en toda la novela y que la cohesiona de forma admirable.

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Luis Romero en Cadaqués, en 1953, poco después de regresar a España después de haber ganado el premio Nadal. Fotografía: Francesc Català-Roca

EBD. El tiempo… sí, es verdad. Yo leí la novela por primera vez con quince o dieciséis años, y la he releído por cuarta o por quinta vez este verano. Cada vez encuentro algo nuevo, no sé si porque soy capaz de profundizar más, o porque mis ojos han ido cambiando con los años. Pero esto del tiempo tienes razón, no lo había percibido tan claramente. La novela sigue un eje temporal muy estricto, y las horas, no las horas, los minutos, avanzan de manera inapelable. Casi diría que es ese flujo del tiempo el que hace girar los cangilones (perdón por el palabro, podría haber dicho arcaduces, pero sería todavía peor) de la noria. Puede que ese flujo inevitable se refleje en el estilo…

JMS. Admiro el estilo, certero, controlado, que sabe encontrar un equilibrio entre el poema y la crónica; el narrador, todopoderoso, que muestra, valora y opina con una extraña combinación de misericordia y distancia.

EBD. Misericordia… Me gusta la palabra, aunque yo no la hubiera empleado. Siempre he creído que en muchas de las novelas de mi padre, a pesar de que se lleva al lector a un mundo injusto, opresivo, triste, gris, hasta sórdido en ocasiones, siempre queda un resquicio para la esperanza, tal vez lo que tú llamas misericordia del narrador. Este resquicio, muy taponado por todo lo demás, no todo el mundo lo percibe; es curioso.

JMS. Esperanza… Fíjate: este verano he elaborado un texto sobre Cervantes y Barcelona, y leyendo ahora La noria he descubierto una analogía curiosa, no sé si casual. Don Quijote llega a Barcelona una madrugada del día de San Juan, más o menos la madrugada que retrata la novela; la aurora de Barcelona no tiene cuatro columnas de cieno, como la de Nueva York, sino luz, esperanza, algarabía, vida…  Tanto en Cervantes como en Romero. Por otro lado, una curiosa paradoja, ¿cómo una novela que confluye hacia un amanecer espléndido puede tener este tono crepuscular?

EBD. ¡Una influencia cervantina en La noria! Eso realmente suena bien. La crítica de la época (y algún periodista actual también, y con más énfasis) quisieron identificar en La noria influencias de Dos Passos (Manhattan transfer), de Schnitzler (La ronda), de Virginia Woolf (Mrs Dalloway) y de Cela (La colmena). Lo que sucede es que mi padre, cuando escribió La noria, no había leído ninguno de estos libros, salvo La colmena. En cambio estoy seguro de que había leído El Quijote, obra de la que era un apasionado. Quién sabe…

JMS. Hay páginas soberbias y personajes extraordinarios, retratados con una profundidad y sutileza admirables. Dos cosas he descubierto que en lecturas anteriores no había advertido con tanta rotundidad: el miedo y el sexo, que fluyen por la ciudad desde sus cabañas hasta sus palacios como un extraño magma que todo lo empapa.

EBD. El miedo… Yo no lo acabo de percibir, pero puede que tengas razón, sobre todo si por miedo entendemos la incertidumbre, las estrecheces, el no saber qué va a haber mañana para comer. Y el sexo, desde luego. Aunque yo prefiero decir “abundancia de historias galantes”, tal vez inspirado por el título del primer capítulo (Madrugada galante). Pero… ¿y la ciudad? ¿Qué papel crees que desempeña?

JMS. La ciudad la he sentido muy cercana. No viví esa Barcelona, yo nací en los sesenta, pero la he reconocido como la mía, no sé si porque me fui de ella a finales de los ochenta, antes de la fiebre olímpica que todo lo cambió. Pero intuyo que no es por eso, sino porque el autor lo que ha hecho es crear una ciudad universal y atemporal. Que retrata con precisión un momento histórico, es cierto, pero que trasciende la anécdota y la convierte en universal. Intuyo que un lector de Buenos Aires o de París se reconocería en esta ciudad, que no es la suya.

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Diversas ediciones y traducciones de La noria. La edición a la que ace referencia JMS es la de abajo, en el centro.

EBD. Supongo que eso explica el éxito de la novela fuera del ámbito estrictamente barcelonés. Aunque no fuera la obra más traducida de mi padre, sí se publicó al menos en francés, italiano y alemán e italiano, en editoriales de mucha difusión (Robert Laffont, Paul List y Fratelli Fabri).

[sonrío con cierto embarazo… no sé si sacar el tema].

EBD. Y… esto… Por cierto… ¿y mi epílogo? ¿Qué te ha parecido?

JMS. Tu texto final, soberbio; inteligente y sutil, sitúa al autor en la obra y en el tono de la obra, y retrata de forma magnífica al novelista con sus propios mecanismos. Un acierto admirable.

EBD (…)

JMS. Una idea final: sería apasionante preparar una edición anotada con las explicaciones de todas las referencias sociales, culturales, musicales, urbanas o históricas que aparecen; no porque la lectura la exija –el libro se disfruta sin saber quién era El Coyote o qué era Locura de amor-, sino porque todas ellas forman una constelación apasionante de estampas que retratan un mundo extinguido y que ya pertenece a la historia.

EBD. Pues tomo nota, aunque habrá que esperar unos años, otro despertar del letargo del olvido.


ADDENDUM

El día 24 de noviembre, a las 19:30, habrá un acto de homenaje y en conmemoración del centenario de Luis Romero. Lo anuncio sobriamente, pero me hace una especial ilusión. Nos hace.

Aquí está la invitación al acto

Aquí está el vínculo a la nota de prensa del acto

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LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (Y OTRA MÁS)

MIS AMIGOS LOS NEGROS DE PERGHISA, EN LA ILHA DO SAL

Luis Romero

Van vestidos de hombre y no les llaman hombres.
Tienen color negro y garganta de negro.
Esos dientes heridos que cantan en la noche,
esas manos abiertas buscando tres estrellas…

¡Dime tú viejo esclavo que doblas la clavícula!
¡Dímelo tú, muchacha con los senos pintados!

Este niño panzudo o esa trenza de estopa,
o ese jarro con agua pagada a precio de oro.
¿De dónde esta alegría o esta antigua tristeza,
y estas mornas cantadas en el perfil del año?
Ocho árboles tan solo hay en toda la isla;
ocho árboles tan solo, y dos mil tiburones.

Es un negro, es un negro. Y esa mujer; la negra.
¿En qué alcoba, o qué luna, en qué playa, en qué choza…?

Perghisa; un poco de humo o un puñado de estiércol.
Cien metros más allá, reverencias y whiskys,
trescientos aparatos cual relojes gigantes,
y la ciencia amarilla vestida de verano.

El avión que pasa camino de otras cosas.
Y aquí, el negro, con su terror pequeño,
con su canción, sus dientes, y su imparcial sonrisa,
con sus enormes pies, dramáticos, descalzos.

Los negros de Perghisa cantan bajo la luna.
Le cantan a la madre, y a la mujer, y al hambre,
y le cantan a aquél
                                que entiende su lenguaje.

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 Me temo que publicando esto pierdo toda la credibilidad que me quedaba. Pero… ¿qué le voy a hacer si el domingo pasado, cuando creía que lo de la ilha do Sal ya no daba más de sí, vuelvo a bucear en papeles de mi padre y de repente encuentro, mecanografiado en tinta azul sobre una cuartilla, el poema que acabo de transcribir? Y encima es que… que la cuartilla estaba entre otras muchas, que las cogí todas juntas sin mirarlas casi, que las iba a archivar en la caja de “repasar minuciosamente algún día” y de repente me saltaron encima las fatídicas palabras: ilha do Sal. ¿Cómo iba a mirar para otro lado? Sé que suena poco verosímil, pero las cosas han sucedido exactamente como las he contado.

Además, estoy seguro de que, al menos aquella noche, en el perfil del año, mi padre entendió el lenguaje de los negros de Perghisa.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (COLETILLA INESPERADA)

Llamarlo milagro implica invocar una intervención divina de la que dudo; llamarlo suceso de muy baja probabilidad prescinde de cualquier pátina de magia o poesía, elementos de los que no quiero prescindir del todo. Así que de momento no lo llamaré de ninguna manera, y me limitaré a explicarlo. Lo que ha sucedido es que hoy, en mi deambular infinito por los océanos de papel de mi padre, de cuya magnitud ya di cuenta en Nadando en alguna historia, de repente, entre el catálogo de una exposición y unas anotaciones en el dorso de un sobre del Banco Comercial Transatlántico, he visto surgir un título que me ha hecho abrir unos ojos como platos: Ilha do Sal. ¡Ni más ni menos que un breve artículo, de cuya existencia yo nada sabía, sobre el episodio que narré en mi última entrada!

En la vida no sé si hay milagros, pero lo que sí hay, doy fe, son casualidades poéticas. Así que he cogido el recorte, como si me hubiera sido directamente enviado. También, y, hasta cierto punto, con algo de temor, temor a haber sido pillado en falta, que algunas lagunas de la historia que no me fueron contadas las había rellenado yo a golpe de imaginación.

El artículo está escrito desde Buenos aires, no mucho después del suceso, y fue publicado en la hoy desaparecida Solidaridad Nacional (la Soli para los amigos y para los vendedores de prensa ambulantes, especie ya extinguida). Leo con un poco de ansia, pero a la vez con sensación de reencuentro. Sonrío a medida que avanza la lectura… y no sólo porque mi versión se ajusta a los hechos, incluida la gabardina que su amigo «alzaba en despedida emocionada, mientras el viento debía conmoverle la barba de mayorazgo». Pero me doy cuenta de que pasé por alto una cosa, un ingrediente imprescindible: la tristeza y la desolación de aquel fin de año en medio del Atlántico. Yo lo había dejado reducido a una simple nostalgia (que también hubo, aunque no fue simple: «La nostalgia mordía», dice). Supongo que los padres que explican historias a sus hijos pequeños las despojan de las aristas más punzantes… Pero ahora que ya soy mayor puedo leerlo: «Aquella entrada de año fue una de las más tristes de mi vida». Aquella entrada de año, una de las más tristes de su vida, empezó en el hotel, un hotel «…bueno, de tipo colonial, con excelente cocina europea, vinos portugueses y aperitivos y licores internacionales». En el club del hotel se reunieron las fuerzas vivas de la isla. Según cuenta, «afortunadamente, el vino de Oporto obró milagros, arrebatando las penas en su dulzura cálida». Pero «entrar el año allí, en aquel pequeño club colonial, era horrible, enervante». Así que tres de los asistentes, mi padre entre ellos, salieron, provistos, así consta, de una pandereta. Caminaron hasta el pueblo, y allí se unieron a una ronda de jóvenes negros, que llevaban una guitarra y un violín, y con tal pertrecho sinfónico de cuerda y percusión se pasaron la noche, hasta que amaneció, cantando mornas a la puerta de las chozas de las mozas, y bebiendo aguardiente, de una botella que mi padre compró en la taberna de Pedro, en el único vaso de que disponían y que compartieron fraternalmente. La noche, que ya no era noche, sino amanecer, terminó con unas pocas libaciones más en otra taberna, la Pérola do Atlântico. Mi padre afirma que sus compañeros caboverdianos no les olvidarían fácilmente, no por la invitación a aguardiente, sino «…por juntar las alegrías y las penas, por estrechar sus manos, por beber en el mismo vaso, por unir las voces, por haberles dicho, ya el sol en el horizonte, que ante Dios no hay ni blancos ni negros ni portugueses ni españoles», que, por lo que deduzco, es una especie de exaltación de la amistad pero en entorno multiétnico, expresado en lenguaje actual. Estábamos en los albores (nunca mejor dicho) de 1951, recordémoslo.

Escribir tiene mucho de meter un mensaje en una botella. Y encontrar una botella con un mensaje dentro… para qué negarlo, es una cosa realmente emocionante.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL

En la isla de la Sal estuvo a punto de terminar mi historia, que, oh paradoja, a pesar de que estuvo a punto de terminar, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado.

La ilha do Sal, surgida del fondo del Atlántico en tiempos geológicamente no tan remotos, está en el archipiélago de Cabo Verde, en su extremo nororiental por más señas y, en cuanto a tamaño, no es gran cosa: algo así como un tercio de Menorca, hectárea más, hectárea menos. Está situada entre el trópico de Cáncer y el ecuador, a una distancia prudencial del continente africano, y cuentan de ella que, a pesar de su origen volcánico, es plana como el dorso de la mano.

El otro día, mientras navegaba con rumbo sur y en el cuarto de derrota intentaba escoger el mejor rumbo para atravesar las calmas ecuatoriales, la ilha do Sal me ha miró desde la carta náutica; luego yo la miré a ella. Y nos sonreímos, como dos viejos amigos.

Así que he decidido visitarla. La maniobra me va a apartar de mi derrota unas decenas de millas, y me va a costar un retraso de unos centenares de puestos en la regata, pero es que parece inevitable sentirse atraído por el sitio en el que a punto de estuvo uno de no ser. He trasluchado y he puesto proa a la isla, con un rizo en la mayor, que el alisio estaba peleón, y el spinnaker bien trimado. La verdad es que, cuando he visto la isla, me ha invadido una emoción difícil de explicar: tenue, desconocida, medio ajena. Puede que sea el tipo de emoción que toca sentir cuando se llega a un sitio en el que nunca se había estado antes; un sitio en el que la historia de uno, esa que, oh paradoja, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado, estuvo a punto de terminar. Me repito, ya los sé; pido excusas.

He navegado a lo largo de sus costas occidentales, y hasta he echado el ancla para darme un baño y celebrar el reencuentro como se merece. Lo que pasa es que… bueno, que lo que he visto no me ha gustado mucho. La ilha do Sal a mí me la explicaron (concretamente, me la explicó mi padre) como un lugar apartado del mundo, poblado por criollos algo descendientes de portugueses y muy descendientes de esclavos negros, poco civilizado, entiéndase en el buen sentido, exótico, rozando lo misterioso, o puede que lo misterioso lo pusiera mi imaginación infantil. En ese lugar apartado del mundo había un aeropuerto en el que hacían escala los vuelos transoceánicos allá por los años cincuenta, supongo que para repostar. Pues bien: de todo eso ahora sólo queda el aeropuerto. El resto se ha convertido en un “paraíso turístico” (¿paraíso para quién?), con hospedajes de nombres tan apetecibles como Hotel Melià Tortuga Beach, Vila Do Farol Resort, Djadsal Holiday Club, Hotel Oasis Salinas Sea o Melià Dunas Beach Resort & Spa, entre muchos otros. Voy a ahorrarme cualquier comentario sobre sus dimensiones, estilo arquitectónico, integración en la cultura local y demás, que con los nombres ya pagan. Y yo que creía que en la ilha do Sal se hablaba el criollo de Cabo Verde… Colmo de desdichas, ni siquiera me recibe la voz densa y rica de Cesária Évora.

En el aeropuerto de la isla de la Sal aterrizó, creo que el 30 de diciembre de 1950, o tal vez fuera de 1949, el avión en el que viajaba quien unos años más tarde iba a convertirse en mi padre. Iba hacia la Argentina, para empezar allá, junto a la que unos años más tarde iba a convertirse en mi madre, un nuevo camino en un país nuevo. Ella tenía un prometedor futuro en publicidad, y había partido unos meses antes y él tenía un prometedor futuro en el mundo de los seguros; luego la vida incumpliría ambas promesas de manera muy satisfactoria para ambos, y para mí de paso, pero eso es otra historia.

El avión había despegado de Barcelona la madrugada anterior, y el plan de mi padre era haber pasado las Navidades con sus padres (esa parte se cumplió) y la Nochevieja con mi madre (esa se cumpliría menos, como se verá). A mi padre habían ido a despedirle dos buenos amigos (JC y REG; por cierto, REG aseguró más tarde y en mi presencia haber trepado a lo más alto del mástil de la torre de control para un postrer adiós agitando una gabardina, hazaña que mi padre, también en mi presencia, confirmó en cuanto a lo de la gabardina pero que rebajó a “una pequeña barandilla” en cuanto a lo del trepado); los tres habían aprovechado para pasar aquella última noche juntos en bares, tabernas y puede que algún cabaret, que sobre esto no se me dieron detalles, aunque seguro que también estuvieron sentados en bancos públicos y hasta paseando, que la economía de aquella época no daba para muchas alegrías. También fue a despedirle su padre, que se convertiría en mi abuelo unos años más tarde, y que tuvo que pagar el taxi de vuelta a los otros dos, sin un real después de la noche de farra. La madrugada era fría, muy fría, tan agresivamente fría como sólo saben serlo las madrugadas después de noches alegres en que toca despedirse, y seguro que triste, en distintos registros para cada uno pero muy triste para todos, que los viajes a América, en aquella época, no es que fueran sólo de ida, pero la vuelta solía demorarse. He evocado esta escena muchas veces, y me he imaginado a mi abuelo, contenido y serio, abrazando a mi padre, firme y próximo pero sin aspavientos, y encajando luego el sablazo del taxi sin enfado ni reproches. También me he imaginado a mi padre, con una mezcla abrumadora de sentimientos que soy incapaz de calibrar. Antes, cuando me imaginaba la escena, era un simple y curioso espectador. Más tarde, y sin desearlo conscientemente, me fui metiendo en el papel de mi padre. Ahora, cuando la evoco, el papel en el que me meto es el de mi abuelo.

Total, a lo que íbamos: el avión aterrizó según lo previsto en la ilha do Sal, donde los pasajeros descendieron, esperaron a que acabaran las operaciones de repostado, reembarcaron y se dispusieron a saltar el charco. El avión despegó, pero no felizmente. Algo se averió en los motores, o donde fuera, y en vez de enfilar hacia Sudamérica, se puso a dar largas vueltas sobre la isla. Avisados los pasajeros, hubo escenas de nervios, mientras mi padre veía por la ventanilla como el avión se deshacía de su combustible para aterrizar con menos peso y menos riesgo. Allá abajo, en medio de la isla, divisaba la pista donde se iba a jugar su destino (y el mío, pardiez, aunque él no lo supiera). La cosa podía acabar más o menos bien o muy mal; pero lo cierto es que el avión hizo su maniobra de aproximación correctamente y aterrizó con apenas unas cuantas sacudidas. Y la cosa acabó bien, como todos habrán deducido ya, que si hubiera acabado mal ni yo escribiría esto, ni mi padre hubiera sido mi padre, ni mi madre mi madre, ni siquiera mi abuelo hubiera sido mi abuelo, y nos hubiéramos perdido todos muchos buenos ratos.

Para terminar con la historia de mi padre, diré que pasó allá el fin de año de 1950 (o de 1949), y unos cuantos días más, mientras llegaba no sé qué pieza de no sé dónde. Pasó esos días alejado del resto del pasaje, con caminatas por la isla, conversaciones con los nativos, baños en aguas tibias y supongo que ensoñaciones sobre lo que le esperaba y quien le esperaba al otro lado del océano. La pieza llegó, el avión fue reparado, y el viaje continuó sin más problemas. Eso sí, llegó a Buenos Aires con cerca de una semana de retraso, y esa semana fue muy angustiosa para la que todavía no era mi madre, pues las noticias le fueron llegando tarde y mal, y estuvo varios días sin saber qué había sido del avión ni del trozo de su futuro que viajaba en él. A veces he intentado imaginar su reencuentro: nunca he podido, me emociono demasiado.

Vuelvo al presente, miro hacia la isla desde la cubierta de mi barco y sacudo la cabeza. Levo el ancla y doy vela. Hay que aprovechar la cola del alisio, que me estoy acercando a las calmas ecuatoriales.

Pronto la isla se empieza a hacer pequeña.

Me pregunto si uno puede sentir nostalgia de un sitio en el que no ha estado nunca. Porque si la respuesta es que no, entonces no sé qué es lo que siento ahora mismo.

Aclaración para incrédulos
Todo lo explicado en esta historia es rigurosamente cierto, salvo mi llegada a la isla a bordo de un velero de regatas. Que, seamos justos, tampoco es totalmente falsa. Es lo que tiene participar en regatas virtuales alrededor del mundo…

TOCAN A MUERTOS

Tocan a muertos. Es un toque lento, solemne, contenidamente triste. Suena la campana grande, luego silencio, luego la pequeña, luego más silencio, luego otra vez la grande… El espacio entre tañidos da tiempo a que la nota se prolongue, se debilite y se extinga del todo, como si fuera el hálito de la persona que acaba de morir. El silencio se prolonga, hasta que se escucha la voz de la otra campana, que quedará en el aire unos instantes hasta que, a su vez, se extinga. Puede que sean los silencios los que dan al toque de muertos su aspecto fúnebre, su inequívoco marchamo de punto final.

 Cuando era niño y oía tocar a muertos, quedaba levemente sobrecogido, como en suspenso; pero era un sobrecogimiento efímero. Cuando era niño yo no sabía lo que era la muerte, y ni siquiera sabía que no lo sabía. La muerte era entonces algo que siempre les sucedía a los otros, y que significaba pena, llanto y ropas negras. Si tocaban a muertos estando en la escuela, el maestro nos hacía levantar y persignar; si oíamos tocar a muertos mientras estábamos jugando, deteníamos por un instante nuestros juegos, congelábamos nuestras risas sin saber muy bien por qué, y mirábamos hacia el campanario, como si allí pudiera esconderse la razón profunda de la muerte. Pronto volvíamos a nuestras batallas, exploraciones, pelotas o canicas, y nos olvidábamos del resto. Las voces de las vecinas, comunicándose el nombre del finado, formaban una especie de trasfondo sonoro al que prestábamos escasa atención.

Una vez iba corriendo (¿por qué tenemos tanta prisa cuando nos queda casi todo el tiempo del mundo?) en busca del medio cuartillo de aceite que mi madre me había encargado comprar en la tienda de ultramarinos del final de la calle. El tío Demetrio estaba sentado, como siempre (¿por qué tenemos tan poca prisa cuando el tiempo casi se nos ha acabado?), en la silla que solía sacar a la puerta de su casa. En aquel momento empezaron a tocar a muertos. El tío Demetrio se puso de pie y se quitó la gorra. Era un día de invierno, y el viento del norte barría el pueblo con su soplo helado. Yo dejé de correr, y le dije:

—Tío Demetrio, que se le va a enfriar la cabeza.

El respeto por los mayores seguía en aquel entonces unos cánones diferentes de los vigentes hoy en día; el tratamiento de usted era irrenunciable, pero al tío Demetrio era muy normal para nosotros, chiquillos, lanzarle pullas y cuchufletas, a las que solía reaccionar con gracejo y descaro. Vaya, una especie de esgrima inocente para prepararnos a lo que luego nos fuera a deparar la vida. Aquel día, el tío Demetrio me miró de una manera que aún hoy no sabría definir, y respondió, con una seriedad trascendente y concisa que nunca le había visto:

—Un difunto bien merece un poco de frío en mis sesos.

Y como puede que no me viera muy convencido, añadió:

—Cada vez que tocan esas campanas… Cada vez que muere uno del pueblo… El pueblo muere un poco. Nosotros morimos un poco. Bueno, tú un poco, yo un bastante.

Creo que fue la primera vez que pensé que, al fin y al cabo, eso de morirse no era sólo cosa de los otros. Así que me alejé al paso, sin contrarréplica, pues cuando uno está ante una gran verdad lo mejor es guardar silencio. Y mientras me alejaba estremecido por el frío del viento y por el frío de una muerte que acababa de mirar con otros ojos, el tío Demetrio seguía en pie, con la gorra en la mano, y yo me prometí que cuando las campanas tocaran por el tío Demetrio, me pondría en pie y me quitaría la gorra.

 Tocan a muertos con solemnidad y tristeza. Las dos notas, la de la campana grande y la de la pequeña nacen y se extinguen, sin cabalgarse, sin apremio, como simbolizando la intemporalidad en la que ha entrado el muerto.

 La vida dio algunas vueltas, y me llevó lejos de mi pueblo, a la ciudad, donde las campanas de las iglesias no tocan a muertos y los viejos de los bancos no se quitan las gorras, claro, por qué iban a quitárselas si las campanas de las iglesias no tocan a muertos, y ellos no mueren un poco, ni un bastante, con cada muerto, sino que mueren todo de golpe, al final. Pasó el tiempo, y pasaron cosas y más cosas, y hubo cosas que no pasaron, pero ni unas ni otras creo que importen mucho a nadie, ni siquiera a mí ya. Luego la vida dio algunas vueltas más, y volví al pueblo, que era ya otro pueblo, o tal vez el que era otro era yo. Ya nadie se acordaba del tío Demetrio, que había muerto sin que yo me quitara la gorra. Pero, eso sí: las campanas seguían doblando cuando se producía una muerte y yo, por algún motivo, empezaba a morirme un bastante, en lugar de un poco, cada vez que las oía.


Hoy tocan a muertos, de una manera especialmente solemne y triste. Puede que algún niño detenga un momento su juego. Puede que alguien se ponga en pie y se quite la gorra. Puede que ese mismo niño piense que la muerte es algo que sólo les sucede a los otros. No importa, tiempo tendrá de convertirse en uno de esos otros, como me he convertido yo, que descanso tranquilamente en mi ataúd, mientras el sonido de las dos campanas me envuelve y la gente del pueblo muere un poco, o un bastante, conmigo. Por primera vez en mi vida (¿o debería decir en mi muerte?) el toque de muertos no me estremece, sino que me acompaña.

MIS MEMORIAS (y IV): EPÍLOGOS

Epílogo en tercera persona

Virgilio estuvo así escribiendo páginas y páginas, pergeñando unas memorias que, en los momentos de euforia, él consideraba ricas y entrañables, magníficas en su clara sencillez, llenas de humor, lucidez y ternura; y en los de no tanta euforia, vanas, vacías, insulsas, desestructuradas y hueras.

Y sucedió que de tanto acumular vida escrita, Virgilio un buen día notó algo en el pecho, como una leve dificultad al respirar. Dejó pasar un tiempo, pero la dificultad no remitió. Los días siguientes, la dificultad fue sustituida por un malestar insistente, el malestar no tardó en tornarse opresión, la opresión dio paso al dolor, el dolor se hizo angustia. Y cuanto más escribía más fuerte era la opresión, más cruel el dolor, más profunda la angustia.

Virgilio pronto entendió que la causa del mal era el peso de sus memorias, que se había hecho aplastante, que la causa del mal eran sus recuerdos, que se habían transformado en cadenas y grilletes, aquellos recuerdos voluminosos y excesivos que le aprisionaban, y que, además, había tenido la mala idea de engordar con licencias y mixtificaciones.

A Virgilio sólo le quedaban dos alternativas: dejarse morir o liberarse. Pensó que dejarse morir asfixiado por su propia historia sería sin duda un final maravilloso y muy literario, que le haría ganarse para siempre un lugar en el corazón de sus lectores. Virgilio suspiró, seducido por la épica íntima implícita en ese posible final, y a la vez suspiró porque se sabía incapaz de acometerlo, ni por acción ni por omisión.

Virgilio optó pues por la huida. Así que se puso a borrar, a romper, a quemar, a quemar sobre todo, hoja escrita tras hoja escrita, eliminando uno a uno los capítulos en que había ido envolviendo su vida, yendo hacia los cimientos, en busca del orfanato en el que no había nacido, en busca de la improbable comadrona que le palpó por primera vez, plano cenital incluido.

Y yo, señores, yo, tercera persona, narrador omnisciente que les está explicando este final, quiero dejar fehaciente testimonio que aquella hoguera en la que ardían las páginas de la vida del que dijo ser y llamarse Virgilio exhalaba un insólito olor de bacalao al pilpil. De la misma manera, yo, narrador omnisciente gracias al cual van a enterarse del final de todo esto, quiero dejar igual de fehaciente constancia que cuando a Virgilio le llegó el turno de entregar al fuego purificador las páginas en que con todo lujo de detalles y sonido de atambores se narraba la batalla a orillas del Don, en vez de proceder priomaníacamente, como con las demás, las dejó de lado con disimulo, pensando que nadie le veía. Mala suerte la suya, los narradores omniscientes nos enteramos de todo. Y no pude menos que compadecerle: pobre hombre, el único recuerdo que quiso conservar ni siquiera tenía una pizca de realidad.

Llama a llama, chispa a chispa, Virgilio pudo respirar más libremente. Y como creía firmemente que todo hombre debía dejar alguna memoria para la posteridad, él decidió dejar una memoria compuesta de silencios, los muchos silencios de su vida, mucho más llevaderos y livianos que todo lo escrito. Claro que quién va a querer leer el silencio.

Lo que a pesar de mi omnisciencia no sé explicar, y quedará como misterio consolidado, es por qué algunos retazos de las memorias de Virgilio aparecieron un buen día en el blog absurdo de un descarriado biólogo. Lo poco que queda de las memorias de Virgilio está ahí. Ahí y en el epílogo que me dictó y que a continuación transcribo.

Epílogo en primera persona

“Yo, Virgilio, siempre he hecho las cosas a medias. Cuando consideré que mi vida era una especie de proyecto inacabado, me escribí para acabarme. El resultado es que terminé por estar demasiado acabado. Decidí entonces desaparecer y hacerme silencio. Pero tampoco he conseguido desaparecer del todo, y unas briznas de mi vida han quedado atrapadas en este absurdo lugar del éter llamado blog. Lectores, debo despedirme de ustedes, pues ya no serán nunca mis lectores. No me hagan caso y olvídenme cuanto antes.”

MIS MEMORIAS (III)

Cosas del lenguaje

Oye, que me he dado cuenta, leyendo por ahí, de que lo de escribir con anglicismos es muy cool, pero que debería respetar un poco más la lengua de mis mayores. Así que diré analepsis en vez de flash-back, música relajante en vez de música chill-out, superventas en vez de best-seller, mercadotecnia en vez de marketing, guay (o chévere, o padre) en vez de cool, batallón en vez de sotnia y no tengo ni idea de cómo diré tai-chi. Así seguro que se me entiende mejor.

Nota (de importancia regular, lo digo sobre todo por el título del siguiente apartado). Cuando, tras mucho buscar, estaba dudando entre llamar al tai-chi “principio generador supremo”, “lo ilimitado” o “energía del universo”, una buena amiga me hace notar que tai-chi no es un anglicismo, en qué estaría yo pensando. Y que sotnia tampoco, cosa que, pero, e tenía menos preocupado. Sea como sea, respiro con alivio.


Nota importante

Debo repasar cuidadosamente todo lo escrito. Lo de amasar mi primer millón era una licencia, una más, pero como llegue a oídos de los inspectores de Hacienda, o de mi banquero, al que debo todavía unas cuotas de amortización de un préstamo, me busco la ruina. Malditas licencias. Pero las licencias son la sal de las memorias; esta es otra frase memorable que se me acaba de ocurrir y deslizaré en alguna parte, puede que en el prólogo.


Salvad al Don

La verdad, de repente me ha dado mucha pena prescindir de la escena de la batalla a orillas del río, que me estaba quedando muy propia, muy auténtica, dramáticamente humana, cómo me gusta echarme piropos. Claro que hasta que ustedes, queridos lectores que todavía no existen pero existirán cuando lean esto, puedan alabarme, yo debo encargarme en solitario de la sección de halagos y parabienes, que no sólo de pan vive el escritor de sus memorias. Bueno, pierdo el hilo. A lo que íbamos: que lo de la batalla lo he de aprovechar sin falta, como sea. Pienso… Ya lo tengo: mientras intento escribir un capítulo, ante la hoja en blanco que me mira desafiante, me quedo dormido. Sueño con galopes, sables desnudos, frío, un río muy ancho que transporta bloques de hielo. Al despertar contemplo, incrédulo, cómo la hoja ya no está en blanco, sino que contiene, de mi puño y letra, el relato de la batalla. Y no me negarán, queridos lectores (cuando los tenga serán queridos, sin duda) que la cosa es surreal, levemente desazonadora: simplemente brillante.

Nota de importancia secundaria. He de aflojar un poco en el tema de la densidad de autoalabanzas.


Cuñas insólitas

Brás Cubas, en sus memorias, introduce de vez en cuando un episodio insólito, que no viene a cuento: una mosca que se intenta comer a una hormiga que le muerde una pata, por ejemplo; o una doctrina filosófica pintoresca: el humanitismo. Son como pequeños entremeses refrescantes que desconciertan al respetable, que después de leerlos regresa al texto con interés renovado; debo intentar emular eso. Lo que pasa es que no se me ocurre nada. He perdido una hora intentando imaginar una escena con una pastilla de jabón en la bañera, una alegoría intuitiva y deslumbrante, he pensado. Hasta que me he convencido de que era, sencillamente, una banalidad estúpida (o una estupidez banal, vaya usted a saber). Demonios, nadie me había avisado de lo mucho que costaba tener buenas ideas.


Momentos de desánimo

En vez de seguir escribiendo mis memorias, repaso lo que ya he escrito. Craso error. Todo me parece ahora mezquino, mediocre, gris. ¿Alguno de ustedes, queridos lectores, ha cocinado bacalao al pilpil? ¿Y cuando creía que todo iba bien tras un buen rato de agitar rítmicamente la cazuela, y de ver crecer poco apoca una salsa densa y cremosa, promesa firme de placeres gustativos sin fin, ha contemplado con horror su inapelable desagregación en unos elementos oleosos heterogéneos y llenos de grumos, prueba palpable de lo mucho que faltan a sus promesas ciertas salsas? Pues mis memorias me parecen ahora un bacalao al pilpil fracasado que nadie querrá catar.


Un poco mejor

La metáfora anterior me ha hecho sonreír. Estoy seguro de que nadie, ni Machado de Assis, ni siquiera el Biólogo Descarriado, ha comparado nunca unas memorias con un bacalao al pilpil. Este hallazgo literario me da ánimos y me empuja a seguir.


Deberes pendientes

A todo esto todavía no se me ha ocurrido todavía ninguna buena razón por la cual mis padres hubieran querido llamarme Virgilio. Se lo preguntaría, si no fuera porque al no llamarme Virgilio la pregunta es posible que les cause cierta sorpresa. Es un problema que debo resolver o el primer capítulo queda comprometido. También he de pensar más frases profundas para el capítulo de filosofía. Se me acumula el trabajo.


Vejez

Este es un capítulo de sentimientos contenidos: sereno, intenso pero no desgarrado. En él, muestro una aceptación melancólica de mi senectud, mezclada con una mirada lúcida sobre mi vida y el mundo. Y finalmente explico cómo encaro la enfermedad que va a acabar con mis días. Tengo que asesorarme, ha de ser una enfermedad no muy cruel, no muy larga, tampoco demasiado fulminante, que dé tiempo a unas últimas reflexiones, y que pueda terminar como una especie de clímax encubierto. Pero nada que resulte lacrimógeno ni melodramático, que mi superventas ha de mantener unos niveles mínimos de calidad literaria y humana. Y morirse como los lectores esperan de uno no es nada fácil; habrá que afinar.


Vida familiar

Antes de llegar a la vejez tengo que hablar de mi familia. Padres, mujer, hijos. Mis hijos no me perdonarían que no les mencionara, sobre todo porque fue uno de ellos quien me regaló el libro de las memorias de Brás Cubas. Luego abuelos y abuelas, tíos, tías, primos, sobrinos, familia política. Ay de mí si me dejo a a alguien. .

De lo que me estoy dando cuenta es de que escribir unas memorias da un montón de trabajo y de que te obliga a tomar un montón de decisiones. En mala hora me metí en esto.

Se me ocurre de pronto que a lo mejor este tema espinoso-familiar lo podría solucionar mediante una licencia de esas, explicando que empecé en un orfanato, y que no me casé ni tuve hijos; y es que las licencias son a las memorias lo que los comodines a los juegos de cartas.

Maldita lógica: esta solución no es viable, ya que si fuera así nunca sabría por qué me llamo Virgilio.