“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)

EL PEOR DÍA

—El peor día, para mí —dijo el hombre sentado en el sofá—, es el que veo que la tarde ha durado un minuto más, que noto que el sol se ha puesto un minuto más tarde.

—¿Y qué tiene de malo que el sol se ponga un minuto más tarde? —cuestionó otro, acomodado en el extremo del mismo sofá.

—Ese primer atisbo de renuencia del sol a desaparecer me avisa de que el año apunta ya hacia la primavera, hacia el verano…

—¿Y qué tiene de malo que el año apunte hacia la primavera? —insistió, con un deje de impaciencia, el de la punta.

—Pues tú qué crees —replicó el aludido, con un breve resoplido de desdén. —El invierno es el momento en que todo está quieto, frío, silencioso. El tiempo se suspende, la máquina de convertir futuro en pasado se detiene. El invierno te aproxima a la eternidad, el verano te aleja de ella.

—Pues no te arriendo la ganancia —volvió al ataque el mismo de antes—. Menudo estafermo estás tú hecho… ¿Acaso no te gusta cabalgar a lomos de las olas de la primavera, no te gusta sentir el gozo de una nueva vida explotar en tus entrañas, no te apasiona eclosionar a una nueva llamada palpitante de la sangre?

—¡Poetastro! —dijeron algunas voces.

—¡Basta de tópicos! —pidieron otras.

—Sí, me gusta, pero… es que gasta muy deprisa el poco tiempo que nos queda —concluyó bajito, el primero que había hablado. Pero nadie lo oyó, o si alguien lo oyó no hizo mucho caso.

—A mí —tomó entonces la palabra otro personaje de aspecto apocado— me parece que el peor día del año es aquél en el que firmas y rubricas tu declaración de Hacienda.

—¡Materialista!

—¡Pesetero!

Cuando el coro de voces displicentes hizo el silencio, el aludido prosiguió:

—Cuesta mucho llegar a fin de mes… Y sí, cuando se acerca fin de mes tengo cierta tendencia a volverme materialista, ustedes me perdonarán. Entrego muchas horas de mi vida a cambio de comida, techo y cama, y una parte de esa vida que entrego se la llevan los de la Hacienda pública.

—¡Insolidario! —dijo alguien.

—¿Insolidario? No creo… Ya me parece bien dar parte lo mío. Lo que me duele es que la parte de mi vida que se llevan va a aeropuertos sin aviones, a policías que no siempre protegen al ciudadano, a banqueros que no perdonan a sus deudores, a los que quitan al prójimo el pan suyo de cada día, a los que no nos libran del mal, a obras que nacen muertas, a quienes afirman que su bien es el bien común, a rentistas improductivos, a vividores, conseguidores…

—Antisistema… —musitó uno con poco convencimiento.

Era un tema delicado, incómodo, y los presentes se miraron sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Hasta que alguien se decidió a cambiar de tercio.

—Pues a mí me permitiréis que os diga que el peor día es aquél en que se retira la decoración navideña, el momento en que bolas de colores, figuritas, pesebres, árboles y adornos vuelven a sus cajas, al largo estiaje, a la larga espera hasta que una nueva Navidad les llama de nuevo. Cuando retiro los adornos, mientras los guardo cuidadosamente, los miro con una especie de nostalgia anticipada, y no puedo evitar pensar que quién sabe qué manos los volverán a poner al año siguiente.

—Será cenizo… —se oyó.

—El peor día del año es, evidentemente, el día de mi cumpleaños —terció con cierta petulancia uno que hasta entonces se había mantenido en silencio. —Es el día que sé, indefectiblemente, que acabo de dar otra vuelta al Sol, y que esta nueva vuelta al Sol me ha dejado un poco más ajado y cochambroso.

—Y de que nos queda una vuelta menos que dar —apostilló su vecino de silla.

—Muy original, sí señor ­­—masculló el de los adornos navideños.

De nuevo se hizo el silencio. Todos quedaron pensativos, y un soplo de melancolía recorrió la reunión. Hasta que uno que estaba de pie junto a la pared se decidió a tomar la palabra:

—Pues para mí…

No pudo proseguir, pues la persona que estaba sentada en el sillón, tomando notas en una libreta de tapas negras, le interrumpió con autoridad.

—Gracias a todos, es suficiente. Tengo ya material para escribir mi entrada del blog de esta semana. Pueden retirarse.

Mientras los demás desaparecían, el hombre suspiró, pensando que a veces era cómodo poder recurrir a sus otros yoes.

FRÍO

Tengo frío. Un frío que, más que desapacible, es áspero, hosco, y me llega ya a los mismísimos huesos. Bueno, es un decir. En realidad no creo que el frío, que supuestamente me viene a través de la piel, alcance los huesos; me parece que lo que hace es nacer en los huesos, y luego extenderse por el resto del cuerpo hasta llegar a la piel. O también puede que el frío que empieza en la piel y el que me nace en los huesos se encuentren en algún punto intermedio e indeterminado, una especie de polo norte del frío interior.

Hace tiempo no hacía tanto frío, o yo no tenía tanto frío, o al menos no era este el frío que yo tenía. Era un frío normal, de fuera, del que te defiendes poniendo barreras, murallas que te protejan del exterior: un jersey, una manta, las paredes de una habitación. Cortadas sus vías de comunicación, el frío invasor era derrotado poco a poco por el calor, por mi calor, ese que antes surgía de algún punto de mis entrañas.

Pero sucedió que un día el frío empezó a adueñarse de mi cuerpo. Empecé a tener frío en los dedos, en la nariz, en los pies… No muy original, desde luego. Luego vinieron las rodillas, las muñecas, las nalgas, el ombligo. Empecé a preocuparme, pues contra aquel frío nada podían las barreras, y mi calor interior ya no conseguía expulsarlo.

Poco a poco, el frío se fue apoderando de lugares insospechados, conquistándolos con devastadora y despiadada eficacia. Sentí frío en la cabeza del fémur, en el intestino (grueso), en el riñón izquierdo, en el cerebelo, en el intestino (delgado) y hasta en la retina. Después les tocó el turno al diafragma, al riñón derecho, a las costillas flotantes y al hígado. Finalmente, llegó un momento en que noté como, con cada latido de mi corazón, ríos de sangre helada avanzaban a sacudidas por mis arterias, se esparcían por mis capilares y desparramaban la frialdad por todos mis tejidos, por todas mis células.

Mis manos estaban frías, y nadie quería mis caricias; mis labios estaban fríos, y nadie quería mis besos; mi mirada era fría, y nadie quería que le mirara. Luego fueron mis palabras las que se hicieron frías, y dejaron de escucharme. Hasta mi risa se hizo fría, y cuando yo reía los demás lloraban. Por eso dejé de acariciar, de besar, de mirar, de hablar y hasta de reír.

Al final, el frío llegó a ese sitio que no sé muy bien lo que es pero que, para entendernos, solemos llamar alma. Cuando el frío llega al alma es ya totalmente hegemónico, inapelable.

Entonces se hizo de noche. Ya no amanecerá..

Estoy inmóvil.

El frío es ya definitivo.

EL PUEBLO DEL RÍO (y II)

(Primera parte en: El Pueblo del Río I)

Apenas me doy cuenta de que estoy sorbiendo mi cuarta jarra. Cae la tarde; los rayos del sol se reflejan sobre el agua, y todo adquiere unas tonalidades anaranjadas y plácidas. Dejo en libertad a mi pensamiento para que vague por donde más le plazca. Primero está un rato observando, con más curiosidad que sorpresa, el contraste entre nuestra situación, de dolor y de muerte, y lo apacible del lugar. Luego mi pensamiento va río abajo. En aquella dirección, no muy lejos ya, han de estar las enormes llanuras de agua que nadie de nuestro pueblo ha visto jamás. Lo sé, lo sabemos todos porque el día anterior al ataque habíamos capturado a un pastor que aseguraba situarlas a unos pocos días de marcha. Y mi pensamiento también lo sabe porque hay algo especial, indefinible, que flota en el aire. La cerveza me cuesta un poco más de tragar. El estómago empieza a hincharse; pronto estaré listo. Así que llamo a mi pensamiento y lleno mi quinta jarra.

Nuestro pueblo había vivido río arriba durante tanto tiempo que nadie sabía, ni mucho menos recordaba, desde cuándo, ni siquiera las Guardianas de la Sabiduría. Éramos el Pueblo del Río, y nuestras aldeas y ciudades se extendían por las orillas de aquella amplia corriente de agua que no cesaba de fluir. Era el nuestro un pueblo próspero, trabajador, respetado y temido por sus vecinos, con tiempo para la pesca y para la caza, para las cosechas y, cuando hacía falta, para la guerra. Pero también éramos un pueblo con tiempo para la música, para la poesía, para la filosofía, para ver crecer a nuestros hijos; y para el amor. El río era nuestro guía, nuestro sustento, nuestra fuerza. Las viejas tradiciones explicaban que el río era un gigantesco anillo por el que el agua daba vueltas y vueltas alrededor del mundo, movida por la fuerza de un Dios poderoso y benevolente. Y eso creíamos, y en las fiestas del solsticio nos tomábamos de las manos en círculo como tributo a ese Dios, a ese anillo de agua del que nos reclamábamos descendientes y vasallos. Y así había sido durante generaciones.

Pero sucedió que viajeros venidos desde lejanas tierras propagaron extrañas habladurías, y en esas habladurías se decía que el río no era eterno, sino que iba a morir en un charco de asombrosas dimensiones, un infinito de agua al que llamaban “mar”. A pesar de lo absurdo y blasfemo de tales historias, la inquietud se propagó como el fuego en la paja seca. Los rumores circularon, las discusiones subieron de tono. Hubo tumultos, y algunos extranjeros fueron agredidos. Finalmente, nuestra reina decidió averiguar la verdad. Así que ordenó a sus mejores guerreros, exploradores y navegantes que tomaran armas, pertrechos y provisiones en abundancia, y aparejaran la más sólida de sus naves. Ordenó que también se embarcaran dos sanadoras, un geómetra, el pintor más afamado, una poetisa, un cronista y una Guardiana de la Sabiduría buena conocedora de la naturaleza de las plantas y de los animales. Debíamos partir cuanto antes río abajo, y viajar tan lejos como fuera necesario, durante tanto tiempo como hiciera falta, para alcanzar esas aguas de inabarcable grandeza, si existían, y, si no existían, recorrer todo el río hasta volver a casa; o perecer en el intento.

El día de nuestra partida hubo una gran fiesta, y el Pueblo del Río se reunió para tributarnos una calurosa despedida. Iniciamos nuestro periplo, y mientras navegamos por aguas conocidas, los aldeanos nos saludaban al pasar, y a menudo nos entregaban regalos y nos escoltaban pequeños trechos con sus canoas. Pero poco a poco fuimos penetrando en lo desconocido, y las riberas se fueron tornando progresivamente hostiles. Seguimos río abajo durante muchas lunas, y enfrentamos peligros de todo tipo. Luchamos contra bestias salvajes y contra pueblos belicosos, arrostramos violentas tempestades, cruzamos rápidos en que los remolinos nos agitaron con furia mientras la espuma cubría el agua con su blancura amenazante. Superamos enfermedades, vencimos nuestros miedos, aplacamos el desánimo. Y al parecer habíamos llegado cerca, muy cerca; pero a la vez estábamos insalvablemente lejos.

La historia de nuestro periplo ya nunca será narrada, ni cantada, ni dibujada, ni los desiertos de agua medidos. El cronista agoniza en la bodega, el pintor fue alcanzado por las llamas, el geómetra murió a causa de unos miasmas. Es cierto que la poetisa monta guardia junto a mis compañeros; pero mucho me temo que antes de tener tiempo de componer canción alguna, compartirá con ellos su funesto destino. El mío será algo diferente.

Una suave brisa sube por el río. Miro río abajo, mientras empieza a oscurecer. No veo nada, pero detrás de aquellos recodos, detrás de aquellos árboles, me parece sentir la presencia de algo gigantesco y líquido. La brisa me trae un aroma apenas perceptible, pero sin duda embriagador; noto en la piel la llamada del infinito, la llamada de esas aguas que se extienden más allá de lo que alcanza la vista, más allá de lo concebible. Y no entiendo muy bien por qué, pero huelo a sal.

La quinta jarra de cerveza es un suplicio. Mi estómago, hinchado, se niega a admitir más líquido. El gas de la cerveza se mueve dolorosamente por mis entrañas, y yo aprieto las mandíbulas para que no se me escape por la boca. Es ya casi de noche.

Me despojo de la coraza, esta especie de segunda piel, que me ha salvado la vida, y miro con curiosidad la abolladura que ha causado la jabalina; por dentro hay sangre seca, es mi sangre. Pero no importa, esa sangre ya no la necesito para nada. Me quito las botas, el yelmo, y todo cuanto pudiera hacerme pesado en el agua. Hago un gesto a mi amigo, a mi hermano de armas, con quien hemos combatido cien veces codo a codo. Le he explicado mis designios, y le he pedido que me ayudara. No me ha hecho preguntas. Está preparado, y se acerca con una cuerda en la mano. Compruebo el nudo corredizo, asiento y le devuelvo la cuerda; luego le abrazo en silencio. Me subo a la borda del bajel, con las piernas colgando hacia fuera. En ese momento, aunque no los veo, sé que los demás han alzado sus espadas, en un gesto de despedida mudo. Inspiro profundamente. Hago una señal; entonces, mi amigo me desliza el nudo corredizo por el cuello, lo aprieta con todas sus fuerzas apoyando su rodilla en mi espalda, asegura la atadura para que no se afloje. Algo cruje cerca de mi garganta, pero no presto atención al dolor. Noto una presión terrible en el cuello; esa presión me tranquiliza, me da seguridad, la seguridad de que podré cumplir mi destino. Más deprisa de lo que yo creía, se me empieza a nublar el entendimiento. Con la última brizna de conciencia, me dejo caer al agua. Mi cuerpo flota sin necesidad de yo moverme. La corriente empieza a arrastrarlo, río abajo. Seré el primer hombre del Pueblo del Río en llegar al agua infinita, y habré cumplido las órdenes de mi reina.

Antes de cerrar los ojos para siempre, noto de nuevo, más intenso y próximo, lo que ya sé identificar como el hálito del mar.

LA HISTORIA MÁS HERMOSA JAMÁS ESCRITA

Érase una vez un padre que gustaba de leer historias a sus hijos. Y sus hijos gustaban de que su padre les leyera historias. Una vez acostados los niños, el padre se sentaba en el suelo, cerca de sus camas y abría el libro; con la lectura, se asomaban de la mano a las ventanas maravillosas de la fantasía. Así, juntos, corrieron aventuras sin fin, domeñaron sanguinarias fieras, descubrieron países secretos, se codearon con princesas y dragones, con piratas y buscadores de oro, desafiaron a brujos de gran poder y escucharon a sabios, anduvieron con seres fabulosos, contemplaron tesoros de inabarcable riqueza, exploraron templos olvidados, selvas y grutas, flotaron en el cielo y vivieron bajo el mar.

Pero sucedió que un día al padre se le ocurrió pensar lo bello que sería leer a sus hijos una historia que él hubiera imaginado y puesto en palabras. Y así decidió que iba a escribir una historia, pero no una historia cualquiera, sino la historia más hermosa jamás escrita, pues eso quería para sus hijos.

De manera que se sentó a su mesa con pluma y papel, y pensó y pensó, y luego siguió pensando. Pero por mucho que se esforzara, el papel siguió en blanco, pues ni el título había sido capaz de componer. Al ponerse el sol, guardó su pluma y su papel, y se fue a leer a sus hijos, como hacía cada noche. Mas una semilla de melancolía empezaba a germinar en su corazón.

Al día siguiente volvió a su papel en blanco, y con ahínco buscó frases para dar forma a ideas que no se le ocurrían. Al llegar la noche, apenas unos pocos trazos que nada querían decir ocupaban una esquina de su hoja. Aquella noche, mientras leía a sus hijos, se dio cuenta de que la melancolía era ya algo más que una semilla.

Y los días pasaron. El papel siguió en blanco, y la melancolía creció y creció, tanto creció que a aquel pobre padre le empezó a costar respirar. Así que decidió partir, en busca de esa historia que quería escribir y que iba a ser la historia más hermosa jamás escrita. Leyó a sus hijos por última vez, dejó una nota de despedida y se puso en marcha hacia donde había visto ponerse el sol.

Anduvo por fértiles valles, cruzó ardientes desiertos, navegó por mares tormentosos, vadeó ríos de turbulentas aguas, cabalgó por praderas infinitas y atravesó desfiladeros en montañas escarpadas y blancas. Pernoctó en posadas, hosterías, caravasares, ventas y campamentos. Habló con gente de toda condición, desde arrogantes príncipes que vivían en ostentosos palacios hasta humildes leñadores que moraban en oscuras cabañas. Y por las noches echaba de menos a sus hijos, y lloraba por las historias que no les leía, y echaba de menos a su esposa y lloraba por no tener junto a él su cuerpo suave y cálido, y su voluntad flaqueaba.

Pero por la mañana, fortalecida su voluntad, seguía adelante. Mas su porfiar resultó vano, y siguió sin hallar aquello cuya búsqueda le atormentaba. Hasta que llegó un día en que, hastiado por lo estéril de su jornada y al borde de la desesperación, abrió su corazón a un hombre sabio que vivía en una gruta de las montañas y que le había dado cobijo una noche de tormenta. Puede que en verdad no fuera a un hombre sabio a quien abriera su corazón, sino a un poeta sin rimas que halló en una taberna y con quien había compartido un par de jarras de vino caliente, de ese que hiere la cabeza y el alma. Incluso hay versiones apócrifas que sostienen que no fue ni en una gruta ni en una taberna, y que ni fue a un sabio ni a un poeta a quienes hizo partícipes de su infinito desasosiego, sino que fue en un pajar y a una ramera, entre cuyos brazos había corrido a refugiarse, enfermo de soledad y borracho de nostalgia.

Pero nada de eso importa, pues lo cierto es que el sabio cavernícola, o puede que fuera el poeta amante del vino, o tal vez la ramera complaciente, le dijo, le dijeron:

—Peregrino, tu búsqueda ha terminado. Presta atención a lo que has de hacer. Tu viaje no es sino un hilo, un hilo que has ido dejando detrás de ti. Debes tomar ese hilo entre tus manos, y, una vez lo tengas, lo agitas, lo revuelves, lo barajas, lo bates, lo desordenas. Atento ahora, pues el hilo se ha tornado en revoltijo. Al revoltijo le das un poco de forma, amasándolo, pero una forma cambiante y sin aristas. Luego añades aquí y allá tus sueños y tus miedos, y lo envuelves, aunque no del todo, con la música de las montañas y el susurro de las aguas. Después lo pueblas con cosas y gentes que hayas encontrado en tu camino, y también con cosas y gentes que no hayas encontrado pero hubieras podido encontrar, incluso con las cosas y gentes que eres incapaz de imaginar. Lo riegas más tarde con tu dolor y tu soledad, y haces crujir tus dientes y vibrar tus huesos para iluminarlo, lo calientas con tu sangre derramada, y dejas que fragüe con la tristeza amarga del recuerdo de tu esposa y de tus hijos. Finalmente, lo restriegas por los olores de los lugares maravillosos y horribles en los que has estado, cuya luz brilla, lo veo, en el fondo de tus ojos. Cuando hayas hecho todo eso, toma pues pluma y papel, y luego vuelve a casa en paz, pues habrás cumplido tu destino.

Y aunque el papel, que todavía llevaba en su zurrón, era ya más amarillo que blanco, y la tinta de su pluma estaba ya casi seca, el hombre se puso a escribir febrilmente, con tal entrega que pasaron setecientos treinta días y setecientas treinta noches antes de que pusiera el punto final a su historia. Y el día setecientos treinta y uno el sabio, el poeta y la ramera vieron y leyeron, y afirmaron que, sin duda, aquello era, con casi total seguridad, la historia más hermosa jamás escrita.

Y el hombre emprendió el camino de vuelta. Cuando llegó a su casa, su esposa, que estaba en la puerta, lo vio desde lejos y corrió hacia él. Ambos se abrazaron largamente y mezclaron sus lágrimas. Luego entraron en casa. El hombre apenas podía contener su impaciencia, esperando a que se hiciera la hora de ir a dormir, y el tiempo caprichoso decidió pasar despacio. Pero al final el sol se puso y llegaron las tinieblas, pero los hijos no acudieron. El hombre, extrañado, y con su obra en una mano un tanto temblorosa, le preguntó a su mujer. Con un suspiro, ésta respondió:

—Marido mío, tus hijos han crecido mientras estabas fuera. Ahora ya no necesitan tus historias para dormir. Ahora han partido para escribir ellos mismos la historia de sus vidas…

El hombre lloró en silencio, mientras un frío que parecía surgir de lo más profundo del invierno empezaba a crecer en sus entrañas.

Y para que el frío no se apoderara de él, arrojó al fuego las hojas escritas.


Addendum

Puede que si el hombre cuyas tribulaciones explico más arriba hubiera tenido un blog, su historia no se hubiera perdido y yo se la hubiera podido leer a mis hijos. Lo que aprovecho para recordar que mañana hará dos años y 81 entradas que habito, a ratos libres, este blog.

LA SERVILLETA AMARILLA

La mesa es pequeña, y está un poco apartada, y la mujer tampoco es que sea muy grande, y también parece apartada de casi todo, así que mesa y mujer hacen juego, y la mujer retira con desgana la servilleta amarilla que envuelve los cubiertos, esos cubiertos envueltos que le ha puesto el camarero, y se los ha puesto sin excesivo cariño, todo hay que decirlo, sin mirarla, pues según qué clientes no tienen derecho a cariño, ni a cortesía casi, a esos clientes se les pone el cubierto, se les pone el plato, claro, pero se les pone el plato como se le pone el tapón a una botella vacía, como se le pone el punto final a una instancia, piensa el camarero, aunque en realidad no lo piensa, ya se ha olvidado de la mesa, que hay que saber que el camarero ve sobre todo mesas, raramente ve las personas que se sientan a las mesas, especialmente si son mujeres como aquella, que en ese momento dispone ordenadamente los cubiertos al lado del plato único de su medio menú, sin derecho a bebida, que ya beberá luego del botellín que lleva en el bolsillo y que ha llenado en la fuente, sin derecho a postre, y es que las cosas no están para muchas alegrías, que suele decirse, aunque tampoco parece que fuera a haber mucha alegría en un poco de agua mineral y, pongamos, una manzana, digo yo, así que a falta de alegría estira su servilleta de papel, sí, la misma que envolvía los cubiertos, su servilleta de papel amarillo, suspira y ataca, sin prisa, ni placer, ni alegría, que eso ya habíamos dicho que no había, ataca el plato, y cumple así con su deber de alimentarse, atacar, cumplir su deber, qué marcial suena todo eso, pero, créanme, ustedes que no estaban allá, nada evocaba menos la milicia y el ardor guerrero que aquella pobre vieja en aquella mesa pequeña y apartada, cumpliendo su parte de un contrato que alguien debió firmar por ella un día, cosas que tiene no leerse la letra menuda, cumpliendo la parte que decía que debía alimentarse, y sí, ya no sé si lo había dicho o no, la mujer era vieja, no muy vieja, sólo razonablemente vieja, y la mujer razonablemente vieja comía en silencio, menuda obviedad que se me acaba de escapar, comía en silencio, por supuesto, cómo iba a comer la pobre, echando un discurso tal vez, si nadie la veía, si nadie la miraba, si los parroquianos atendían a sus asuntos, entre los que no estaba, por supuesto, nada que tuviera que ver con aquella mujer comiendo en silencio, ni siquiera el camarero la ve, sólo verá la mesa vacía cuando se vaya, y recogerá el servicio, que como no te he visto no me acuerdo, que dice el refrán, un poco adaptado, eso sí.

Y ustedes se preguntarán que cómo y por qué sé yo todo eso, y la respuesta es muy sencilla, tan sencilla como que yo pasaba cerca de aquel bar de mi barrio, y apoyé la cara contra el cristal, y me puse a mirar al interior en busca de unos coleguillas que a veces paraban allí, y como no estaban pues seguí mirando con descaro a mesas y comensales, que el descaro es prerrogativa de los que tenemos la virtud de ser jóvenes, virtud de la que, por cierto, carecía la mujer solitaria, como ya ha sido explicado antes, y anduve un rato mirando, mi nariz apretada contra el cristal, mis manos haciendo pantalla para evitar los reflejos, y por eso he podido explicarlo, pero sucedió que cuando empecé a quedarme sin descaro que derramar a través del cristal, me pareció que la mujer salía de su burbuja de indiferencia y silencio, y me miraba, y entonces yo también la miré, y mi descaro se tornó insolencia, y nos miramos un rato y un extraño frío empezó a recorrerme la espalda, e hice ademán de irme, pero entonces la mujer, súbitamente implorante, me suplicó, que no sé cómo pude escucharla a través del grueso cristal:

—Chico, eh, chico… Por favor… ¡Mírame! Necesito que alguien me mire y me vea. Si nadie me ve es que no existo, si no existo terminaré por desvanecerme… ¡Por favor!

—Maldita vieja… —mascullé casi para mis adentros—. A quién le importa que tú desaparezcas o aparezcas o te fulmine un rayo cósmico.

Y, con rabia, cerré los ojos, los cerré con todas mis fuerzas, pero sin apartarme del cristal, que quería que me viera así, cerrando los ojos de par en par, y sí, ya sé que fue un poco cruel, pero si el mundo no fuera un sitio un poco cruel los dioses se aburrirían infinitamente, es una idea que un día se me ocurrió en clase de religión, y seguí con los ojos cerrados un buen rato, y cuando por fin volví a abrirlos el camarero estaba recogiendo el plato y los cubiertos, y en el suelo había una servilleta amarilla un poco arrugada y no muy sucia.

NOMBRES CAÍDOS

 

—¡Papá, papá! —grita el niño, entrando atropelladamente en su casa a la vuelta del colegio—. Hoy nos ha dicho la maestra que el niño aquel, el que tenía tantas pecas, ya no volverá…

—Sí, Cristobalito —le contesta el padre removiéndose un poco incómodo en su butaca—, a Ernestito, el pobre… cómo decirlo… se lo han llevado los ángeles del Cielo y está con el buen Dios.

—Eso, Ernesto —murmura perplejo el niño sin acabar de entender muy bien lo que ha pasado.

***

—Oye, Catalina, hace tiempo que no veo al panadero jubilado, sabes quién digo, aquel viejo simpático de la gorra que se tomaba el cafelito aquí delante, no me acuerdo de cómo se llama… —mira el hombre interrogativamente a su joven mujer.

—Tadeo. Tadeo se llamaba, menuda cabeza la tuya, Cristóbal. Y claro que llevas tiempo sin verlo, como que se murió —le informa al punto Catalina, un punto pizpireta.

—Vaya, Tadeo… —dice Cristóbal, y se queda pensativo.

***

—Don Cristóbal… —intenta apremiarle la asistenta— dese prisa, o va a llegar tarde al médico. Mire, doña Catalina le está esperando en el recibidor…

—Que ya voy, que ya voy… —gruñe Cristóbal.

Y al ver asomar la cabeza de su mujer desde el recibidor le espeta:

—Digo yo que por esperar cinco minutos no le pasará nada al doctor ese… ese… como-se-llame, el de la barba gris, demonios.

Y responde Catalina:

—Bernardo, Cristóbal querido, te refieres al doctor Bernardo. Pero me temo que el doctor Bernardo no nos espera, ni nos esperará más, que se murió de un mal aire hace unos meses. Y seguro que su sustituto es un joven impaciente, así que apúrate.

—Claro, Bernardo, eso es… —masculla Cristóbal algo preocupado.

***

—Hija —pregunta Cristóbal con voz temblorosa a una mujer ya no demasiado joven—, no te lo creerás pero soy incapaz de recordar el nombre de tu madre.

—Papá…

A la hija, sorprendida, parece que le cuesta hablar.

—Papá… ¿Cómo no recuerdas el nombre de mamá, si hace un mes estaba todavía viva y a tu lado?

—Hija, hija…

La voz de Cristóbal se quiebra.

—Hija, no sé qué me pasa, no puedo, lo he olvidado…

—Catalina, papá, mamá se llamaba Catalina.

—Catalina… —solloza Cristóbal.

Las lágrimas resbalan mezcladas por sus mejillas; padre e hija están ahora unidos por un abrazo de náufragos.

***

—¿Alguien me podría decir cómo me llamo?

Pero ni siquiera el silencio responde a su pregunta.