TAMBIÉN NECESITÁBAMOS «LOS OTROS»

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Tras su éxito con La noria, Luis Romero vuelve a España desde Argentina (con Gloria) en 1952, decidido (decididos) a vivir de la literatura y de las letras con pureza; es decir, sin necesitar o querer otros trabajos, ni en editoriales ni en ningún otro lugar, ni aceptar sinecuras de ningún tipo, especialmente cuando ello pudiera suponer merma de su libertad de creación. Al poco, publica Carta de ayer (1953) y Las viejas voces (1955), dos obras interesantes, aunque probablemente no lo mejor de su narrativa. Luego vendrá Los otros, gestado en 1955 y publicado en 1956; como lector escasamente ecuánime que soy, me parece una novela espléndida. Y no, no es porque yo también fuera gestado en 1955 y prácticamente publicado en 1956, sino por su valor literario, social y humano. Cuando Domingo Ródenas me preguntó por alguna novela de Luis Romero que recuperar para su centenario, al estar La noria comprometida con Comanegra, me salió de dentro una respuesta casi refleja: Los otros. Esta pregunta se me hizo a principios de 2016, y Los otros está ya en las librerías gracias a editorial Calambur. Espero que sirva para que algunos lectores disfruten (o, en algunos momentos, bastantes momentos de hecho, sufran) con una novela que tiene ribetes de novela negra, pero que es, sobre todo, el relato descarnado de una realidad social miserable y demoledora, que fue la de este país y que tal vez convenga no olvidar.

Un ejemplar de la obra reeditada ha ido pasando de mano en mano en nuestro círculo familiar más íntimo, y la hemos leído (o releído) en sucesivas oleadas. Lo que sigue no es un ejercicio serio de crítica o análisis literario, ni lo pretende; es una simple conversación que ni siquiera ha tenido lugar como tal, un intercambio de pareceres entre lectores de dos generaciones que tienen en común sus lazos familiares próximos y directos, entre ellos y con el autor. Componen el dramatis personae: BRS y MRS (nieto y nieta de Luis Romero), TSS (Teresa), y EBD (El Biólogo Descarriado), compilador de esta conversación.

EBD. Los otros es una novela de muchos personajes, uno de los cuales actúa como una especie de centro de gravedad de ese pequeño microcosmos humano. Este personaje viene de La noria, donde comete (capítulo 19, Ser o no ser; por cierto, ni en La noria ni en Los otros se nos dice su nombre) un atraco que le reporta magros beneficios. Unos años más tarde, y ya en Los otros, la desesperación le lleva, como única vía de salvación frente a la miseria, a planear asaltar al cobrador de una empresa. En la primera parte de la narración van apareciendo una serie de personas que el atraco va a unir, aunque sea muy lejanamente. El atraco, que no sale bien, provoca una especie de onda expansiva que agita, en mayor o en menor medida, la existencia de todas esas personas, que orbitan por un tiempo alrededor del hecho y del personaje central, a menudo sin ser plenamente conscientes de ello. Por supuesto, el atracador sin nombre, cuya huida por Barcelona seguiremos con angustia, adquiere un relieve especial, pero sin reducir al resto a la condición de secundarios: sus vidas se hacen muy presentes a lo largo de toda la novela y son, casi, su razón de ser.

TSS, BRS, MRS. ¡¡¡Eso ya lo sabíamos!!!

EBD. Pues claro… ¿No podríais disimular un poco y meteros un poco más en vuestro papel de tertulianos literarios? Era un resumen para la galería, leñe. Venga, vamos a lo importante.

TSS. Aleix Porta acaba de publicar una reseña (Ser o no ser: la Barcelona de Luis Romero) y sugiere que el alejamiento físico desde el que se escribió La noria (Buenos Aires) permitió a su autor suavizar un poco la crudeza de una realidad social desoladora. Y que, de regreso a Barcelona, la sordidez y la miseria se hicieron tan patentes que le obligaron a que el tono de su siguiente novela (Los otros) fuera mucho más amargo, sin espacio para la esperanza o la ternura.

EBD. No sé, puede ser; como idea es atractiva, aunque La noria no es una novela particularmente optimista.

TSS. No, claro. El entorno, la ciudad de Barcelona, es el mismo. Pero en La noria la gente se divierte, al menos hay gente que lo hace o planea hacerlo. La realidad de Los otros es mucho más áspera.

MRS. Tanto La noria como Los otros transcurren en Barcelona, en 24 horas o en menos. Es extraño, estas dos novelas me hacen sentir nostalgia, nostalgia de una ciudad que no he conocido ni conoceré.

 BRS. Hay muchas otras novelas sobre Barcelona que tal vez no provoquen ese sentimiento de nostalgia. Yo creo que el retrato es tan vívido, tan sin contemplaciones, que terminas viviendo esa ciudad desaparecida, y una vez vivida, sientes nostalgia por su desaparición.

MRS. Sí. Son historias intensas, densas en cuanto a personas, auténticamente humanas, que, además, salvando las distancias, son plenamente vigentes. Y demuestran que la ciudad es contradictoria, despiadada, sobre todo en Los otros, pero que está viva, muy viva, o lo estaba en aquel entonces, antes de irse convirtiendo en la especie de escaparate que es hoy.

BRS. Un apunte: la ciudad como lugar del azar. El azar tiene un gran papel en la novela. A los personajes los reúne el atraco, pero muchos de ellos confluyen en el atraco de la mano del azar.

TSS. Volviendo a Los otros, la palabra despiadada da en el clavo. La ciudad es despiadada. Yo insisto: los personajes de Los otros son gente a los que se les escapa (o se les ha escapado ya) no sólo el presente, sino también el futuro, insatisfechos, cargados de frustraciones y de amargura.

MRS. Bueno, probablemente la situación de mediados de los 50 no daba para mucho más…

TSS. No claro, pero es que incluso el empresario, que se supone que es un triunfador, nota que su existencia está vacía; y está solo, muy solo. Casi todos están solos. Es un libro de soledades, pesimista. Probablemente necesariamente pesimista, si quería retratar fielmente la realidad social.

EBD. Desde luego, la lectura de Los otros te deja profundamente desasosegado. Pero sí que hay resquicios, unas pequeñas gotas de… ¿misericordia? para unos personajes tan desheredados de cualquier esperanza. Hay rasgos de solidaridad, de gente que intenta ayudar al atracador en su huida, hay un vislumbre de caminos que se abren para el cobrador y la secretaria, hay un tenue consuelo para la mujer del contable…

BRS. El anciano contable… La descripción de su casa de una vulgaridad escalofriante; pero en ese escenario vulgar, la ternura infinita de ese hombre hacia su mujer. Que sí, que sí. Pero yo también opino que la ciudad, en su sentido más humano, aparece como algo muy hostil. Incluso feo… No salen las partes hermosas de Barcelona, los barrios altos, ni siquiera Las Ramblas. En cambio sí salen barrios feos, inhóspitos, donde no se asfaltan las calles, donde crecen los hierbajos, hay descampados, ropa tendida, suciedad. Y esto también es de actualidad, puede que incluso más actual ahora que cuando se escribió: la dualidad de una ciudad escaparate, como se ha dicho hace un momento, pero con entrañas carcomidas.

EBD. Lo que os puedo asegurar es que las descripciones son de un realismo absoluto, de crónica periodística o de informe pericial. Estoy seguro de que el punto donde se produce el atraco, si no existía, se parecía mucho a un lugar real. Y el descampado donde se echa el atracador a descansar, un momento de sosiego (sólo aparente) en la vorágine de la huida. Y la casa donde vive con Carmela, su pareja, o la del anciano contable que decíamos antes. Lugares desaparecidos hoy, que quedan fijados en la prosa de Los otros como si de fotografías de Català-Roca se tratara.

MRS. No queda claro si los personajes son héroes o antihéroes, pero definitivamente entramos en sus vidas y motivaciones, a veces tan profundamente que a nuestros ojos quedan dignificados, especialmente los más pobres, los más desafortunados. Y el atracador, claro. Eso es uno de los atractivos del libro.

TRS. ¿Y las mujeres? Yo no llegué a vivir, al menos no con plena consciencia, aquella época, pero la sociedad aparece explícitamente sometida a unas convenciones muy rígidas. Hay una moral estricta que afecta sobre todo a las mujeres, que además desempeñan un papel muy subordinado al de los hombres. La mayor parte de mujeres que aparecen, por no decir todas, están derrotadas, desamparadas, más todavía que los hombres, y ni siquiera apuntan un germen de rebeldía como al menos sí hacen los protagonistas masculinos (el tabernero, el propio atracador…).

EBD. Es totalmente cierto. Hay mucho que aprender de esta novela, y el desasosiego que te produce no es más que una prueba de su riqueza literaria.

BRS. Cambiando un poco de tema, a mí Los otros me parece que tiene algo de cinematográfico. Algo o mucho. Hay unos personajes que confluyen, se produce el atraco. A partir de ahí, la huida desorientada del atracador en un solo plano secuencia, un travelling en el que la cámara se mueve, y su movimiento va cambiando de ritmo a medida que se desarrolla la acción: rápido al principio, más lento hacia el final. Y cuando está tumbado en el descampado y oye cantar a una mujer, tal vez el mejor momento del libro: un picado que enmarque el descampado, el hombre tumbado…

EBD. Pues… se hizo, creo, un intento de adaptación cinematográfica que no cuajó, no mucho después de la publicación. Y a finales de los setenta se hizo una película amateur en Gaillac, cerca de Albi. Esta vocación de relato visual es bastante singular en la obra de Luis Romero.

BRS. Y hablando de la obra de Luis Romero: el encadenamiento de sus personajes. Los otros lo protagoniza un personaje escapado de La noria. Algunos personajes de La noria vuelven a aparecer en La corriente, y también uno de los guardias que interviene en el atraco, así como el tabernero. Ese guardia viene de un pueblo dominado por una especie de cacique, déspota nada ilustrado que hace y deshace a su antojo, y de ese pueblo emigran para llegar a una ciudad anónima (Luis Romero declaró que era una mezcla de Madrid, Barcelona y Bilbao) el matrimonio que protagoniza La Nochebuena. La muerte de ese cacique y sus consecuencias para el pueblo se relatan en El cacique

MRS. Podríamos jugar a buscar otros encadenamientos y a proyectarlos hacia el futuro, o sea, nuestro presente.

TSS. Sí. Pero. Pero la mayor parte de los personajes de los encadenamientos están ya muertos…

EBD. Por cierto, ¿sabíais que Los otros fue la novela más traducida de Luis Romero? Se publicó en francés, italiano, alemán, sueco y húngaro. Y me parece que, junto con La corriente, la única de sus novelas que no fue reeditada.

Por lo tanto, no cabe duda: también necesitábamos Los otros.

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LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (Y OTRA MÁS)

MIS AMIGOS LOS NEGROS DE PERGHISA, EN LA ILHA DO SAL

Luis Romero

Van vestidos de hombre y no les llaman hombres.
Tienen color negro y garganta de negro.
Esos dientes heridos que cantan en la noche,
esas manos abiertas buscando tres estrellas…

¡Dime tú viejo esclavo que doblas la clavícula!
¡Dímelo tú, muchacha con los senos pintados!

Este niño panzudo o esa trenza de estopa,
o ese jarro con agua pagada a precio de oro.
¿De dónde esta alegría o esta antigua tristeza,
y estas mornas cantadas en el perfil del año?
Ocho árboles tan solo hay en toda la isla;
ocho árboles tan solo, y dos mil tiburones.

Es un negro, es un negro. Y esa mujer; la negra.
¿En qué alcoba, o qué luna, en qué playa, en qué choza…?

Perghisa; un poco de humo o un puñado de estiércol.
Cien metros más allá, reverencias y whiskys,
trescientos aparatos cual relojes gigantes,
y la ciencia amarilla vestida de verano.

El avión que pasa camino de otras cosas.
Y aquí, el negro, con su terror pequeño,
con su canción, sus dientes, y su imparcial sonrisa,
con sus enormes pies, dramáticos, descalzos.

Los negros de Perghisa cantan bajo la luna.
Le cantan a la madre, y a la mujer, y al hambre,
y le cantan a aquél
                                que entiende su lenguaje.

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 Me temo que publicando esto pierdo toda la credibilidad que me quedaba. Pero… ¿qué le voy a hacer si el domingo pasado, cuando creía que lo de la ilha do Sal ya no daba más de sí, vuelvo a bucear en papeles de mi padre y de repente encuentro, mecanografiado en tinta azul sobre una cuartilla, el poema que acabo de transcribir? Y encima es que… que la cuartilla estaba entre otras muchas, que las cogí todas juntas sin mirarlas casi, que las iba a archivar en la caja de “repasar minuciosamente algún día” y de repente me saltaron encima las fatídicas palabras: ilha do Sal. ¿Cómo iba a mirar para otro lado? Sé que suena poco verosímil, pero las cosas han sucedido exactamente como las he contado.

Además, estoy seguro de que, al menos aquella noche, en el perfil del año, mi padre entendió el lenguaje de los negros de Perghisa.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (COLETILLA INESPERADA)

Llamarlo milagro implica invocar una intervención divina de la que dudo; llamarlo suceso de muy baja probabilidad prescinde de cualquier pátina de magia o poesía, elementos de los que no quiero prescindir del todo. Así que de momento no lo llamaré de ninguna manera, y me limitaré a explicarlo. Lo que ha sucedido es que hoy, en mi deambular infinito por los océanos de papel de mi padre, de cuya magnitud ya di cuenta en Nadando en alguna historia, de repente, entre el catálogo de una exposición y unas anotaciones en el dorso de un sobre del Banco Comercial Transatlántico, he visto surgir un título que me ha hecho abrir unos ojos como platos: Ilha do Sal. ¡Ni más ni menos que un breve artículo, de cuya existencia yo nada sabía, sobre el episodio que narré en mi última entrada!

En la vida no sé si hay milagros, pero lo que sí hay, doy fe, son casualidades poéticas. Así que he cogido el recorte, como si me hubiera sido directamente enviado. También, y, hasta cierto punto, con algo de temor, temor a haber sido pillado en falta, que algunas lagunas de la historia que no me fueron contadas las había rellenado yo a golpe de imaginación.

El artículo está escrito desde Buenos aires, no mucho después del suceso, y fue publicado en la hoy desaparecida Solidaridad Nacional (la Soli para los amigos y para los vendedores de prensa ambulantes, especie ya extinguida). Leo con un poco de ansia, pero a la vez con sensación de reencuentro. Sonrío a medida que avanza la lectura… y no sólo porque mi versión se ajusta a los hechos, incluida la gabardina que su amigo «alzaba en despedida emocionada, mientras el viento debía conmoverle la barba de mayorazgo». Pero me doy cuenta de que pasé por alto una cosa, un ingrediente imprescindible: la tristeza y la desolación de aquel fin de año en medio del Atlántico. Yo lo había dejado reducido a una simple nostalgia (que también hubo, aunque no fue simple: «La nostalgia mordía», dice). Supongo que los padres que explican historias a sus hijos pequeños las despojan de las aristas más punzantes… Pero ahora que ya soy mayor puedo leerlo: «Aquella entrada de año fue una de las más tristes de mi vida». Aquella entrada de año, una de las más tristes de su vida, empezó en el hotel, un hotel «…bueno, de tipo colonial, con excelente cocina europea, vinos portugueses y aperitivos y licores internacionales». En el club del hotel se reunieron las fuerzas vivas de la isla. Según cuenta, «afortunadamente, el vino de Oporto obró milagros, arrebatando las penas en su dulzura cálida». Pero «entrar el año allí, en aquel pequeño club colonial, era horrible, enervante». Así que tres de los asistentes, mi padre entre ellos, salieron, provistos, así consta, de una pandereta. Caminaron hasta el pueblo, y allí se unieron a una ronda de jóvenes negros, que llevaban una guitarra y un violín, y con tal pertrecho sinfónico de cuerda y percusión se pasaron la noche, hasta que amaneció, cantando mornas a la puerta de las chozas de las mozas, y bebiendo aguardiente, de una botella que mi padre compró en la taberna de Pedro, en el único vaso de que disponían y que compartieron fraternalmente. La noche, que ya no era noche, sino amanecer, terminó con unas pocas libaciones más en otra taberna, la Pérola do Atlântico. Mi padre afirma que sus compañeros caboverdianos no les olvidarían fácilmente, no por la invitación a aguardiente, sino «…por juntar las alegrías y las penas, por estrechar sus manos, por beber en el mismo vaso, por unir las voces, por haberles dicho, ya el sol en el horizonte, que ante Dios no hay ni blancos ni negros ni portugueses ni españoles», que, por lo que deduzco, es una especie de exaltación de la amistad pero en entorno multiétnico, expresado en lenguaje actual. Estábamos en los albores (nunca mejor dicho) de 1951, recordémoslo.

Escribir tiene mucho de meter un mensaje en una botella. Y encontrar una botella con un mensaje dentro… para qué negarlo, es una cosa realmente emocionante.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL

En la isla de la Sal estuvo a punto de terminar mi historia, que, oh paradoja, a pesar de que estuvo a punto de terminar, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado.

La ilha do Sal, surgida del fondo del Atlántico en tiempos geológicamente no tan remotos, está en el archipiélago de Cabo Verde, en su extremo nororiental por más señas y, en cuanto a tamaño, no es gran cosa: algo así como un tercio de Menorca, hectárea más, hectárea menos. Está situada entre el trópico de Cáncer y el ecuador, a una distancia prudencial del continente africano, y cuentan de ella que, a pesar de su origen volcánico, es plana como el dorso de la mano.

El otro día, mientras navegaba con rumbo sur y en el cuarto de derrota intentaba escoger el mejor rumbo para atravesar las calmas ecuatoriales, la ilha do Sal me ha miró desde la carta náutica; luego yo la miré a ella. Y nos sonreímos, como dos viejos amigos.

Así que he decidido visitarla. La maniobra me va a apartar de mi derrota unas decenas de millas, y me va a costar un retraso de unos centenares de puestos en la regata, pero es que parece inevitable sentirse atraído por el sitio en el que a punto de estuvo uno de no ser. He trasluchado y he puesto proa a la isla, con un rizo en la mayor, que el alisio estaba peleón, y el spinnaker bien trimado. La verdad es que, cuando he visto la isla, me ha invadido una emoción difícil de explicar: tenue, desconocida, medio ajena. Puede que sea el tipo de emoción que toca sentir cuando se llega a un sitio en el que nunca se había estado antes; un sitio en el que la historia de uno, esa que, oh paradoja, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado, estuvo a punto de terminar. Me repito, ya los sé; pido excusas.

He navegado a lo largo de sus costas occidentales, y hasta he echado el ancla para darme un baño y celebrar el reencuentro como se merece. Lo que pasa es que… bueno, que lo que he visto no me ha gustado mucho. La ilha do Sal a mí me la explicaron (concretamente, me la explicó mi padre) como un lugar apartado del mundo, poblado por criollos algo descendientes de portugueses y muy descendientes de esclavos negros, poco civilizado, entiéndase en el buen sentido, exótico, rozando lo misterioso, o puede que lo misterioso lo pusiera mi imaginación infantil. En ese lugar apartado del mundo había un aeropuerto en el que hacían escala los vuelos transoceánicos allá por los años cincuenta, supongo que para repostar. Pues bien: de todo eso ahora sólo queda el aeropuerto. El resto se ha convertido en un “paraíso turístico” (¿paraíso para quién?), con hospedajes de nombres tan apetecibles como Hotel Melià Tortuga Beach, Vila Do Farol Resort, Djadsal Holiday Club, Hotel Oasis Salinas Sea o Melià Dunas Beach Resort & Spa, entre muchos otros. Voy a ahorrarme cualquier comentario sobre sus dimensiones, estilo arquitectónico, integración en la cultura local y demás, que con los nombres ya pagan. Y yo que creía que en la ilha do Sal se hablaba el criollo de Cabo Verde… Colmo de desdichas, ni siquiera me recibe la voz densa y rica de Cesária Évora.

En el aeropuerto de la isla de la Sal aterrizó, creo que el 30 de diciembre de 1950, o tal vez fuera de 1949, el avión en el que viajaba quien unos años más tarde iba a convertirse en mi padre. Iba hacia la Argentina, para empezar allá, junto a la que unos años más tarde iba a convertirse en mi madre, un nuevo camino en un país nuevo. Ella tenía un prometedor futuro en publicidad, y había partido unos meses antes y él tenía un prometedor futuro en el mundo de los seguros; luego la vida incumpliría ambas promesas de manera muy satisfactoria para ambos, y para mí de paso, pero eso es otra historia.

El avión había despegado de Barcelona la madrugada anterior, y el plan de mi padre era haber pasado las Navidades con sus padres (esa parte se cumplió) y la Nochevieja con mi madre (esa se cumpliría menos, como se verá). A mi padre habían ido a despedirle dos buenos amigos (JC y REG; por cierto, REG aseguró más tarde y en mi presencia haber trepado a lo más alto del mástil de la torre de control para un postrer adiós agitando una gabardina, hazaña que mi padre, también en mi presencia, confirmó en cuanto a lo de la gabardina pero que rebajó a “una pequeña barandilla” en cuanto a lo del trepado); los tres habían aprovechado para pasar aquella última noche juntos en bares, tabernas y puede que algún cabaret, que sobre esto no se me dieron detalles, aunque seguro que también estuvieron sentados en bancos públicos y hasta paseando, que la economía de aquella época no daba para muchas alegrías. También fue a despedirle su padre, que se convertiría en mi abuelo unos años más tarde, y que tuvo que pagar el taxi de vuelta a los otros dos, sin un real después de la noche de farra. La madrugada era fría, muy fría, tan agresivamente fría como sólo saben serlo las madrugadas después de noches alegres en que toca despedirse, y seguro que triste, en distintos registros para cada uno pero muy triste para todos, que los viajes a América, en aquella época, no es que fueran sólo de ida, pero la vuelta solía demorarse. He evocado esta escena muchas veces, y me he imaginado a mi abuelo, contenido y serio, abrazando a mi padre, firme y próximo pero sin aspavientos, y encajando luego el sablazo del taxi sin enfado ni reproches. También me he imaginado a mi padre, con una mezcla abrumadora de sentimientos que soy incapaz de calibrar. Antes, cuando me imaginaba la escena, era un simple y curioso espectador. Más tarde, y sin desearlo conscientemente, me fui metiendo en el papel de mi padre. Ahora, cuando la evoco, el papel en el que me meto es el de mi abuelo.

Total, a lo que íbamos: el avión aterrizó según lo previsto en la ilha do Sal, donde los pasajeros descendieron, esperaron a que acabaran las operaciones de repostado, reembarcaron y se dispusieron a saltar el charco. El avión despegó, pero no felizmente. Algo se averió en los motores, o donde fuera, y en vez de enfilar hacia Sudamérica, se puso a dar largas vueltas sobre la isla. Avisados los pasajeros, hubo escenas de nervios, mientras mi padre veía por la ventanilla como el avión se deshacía de su combustible para aterrizar con menos peso y menos riesgo. Allá abajo, en medio de la isla, divisaba la pista donde se iba a jugar su destino (y el mío, pardiez, aunque él no lo supiera). La cosa podía acabar más o menos bien o muy mal; pero lo cierto es que el avión hizo su maniobra de aproximación correctamente y aterrizó con apenas unas cuantas sacudidas. Y la cosa acabó bien, como todos habrán deducido ya, que si hubiera acabado mal ni yo escribiría esto, ni mi padre hubiera sido mi padre, ni mi madre mi madre, ni siquiera mi abuelo hubiera sido mi abuelo, y nos hubiéramos perdido todos muchos buenos ratos.

Para terminar con la historia de mi padre, diré que pasó allá el fin de año de 1950 (o de 1949), y unos cuantos días más, mientras llegaba no sé qué pieza de no sé dónde. Pasó esos días alejado del resto del pasaje, con caminatas por la isla, conversaciones con los nativos, baños en aguas tibias y supongo que ensoñaciones sobre lo que le esperaba y quien le esperaba al otro lado del océano. La pieza llegó, el avión fue reparado, y el viaje continuó sin más problemas. Eso sí, llegó a Buenos Aires con cerca de una semana de retraso, y esa semana fue muy angustiosa para la que todavía no era mi madre, pues las noticias le fueron llegando tarde y mal, y estuvo varios días sin saber qué había sido del avión ni del trozo de su futuro que viajaba en él. A veces he intentado imaginar su reencuentro: nunca he podido, me emociono demasiado.

Vuelvo al presente, miro hacia la isla desde la cubierta de mi barco y sacudo la cabeza. Levo el ancla y doy vela. Hay que aprovechar la cola del alisio, que me estoy acercando a las calmas ecuatoriales.

Pronto la isla se empieza a hacer pequeña.

Me pregunto si uno puede sentir nostalgia de un sitio en el que no ha estado nunca. Porque si la respuesta es que no, entonces no sé qué es lo que siento ahora mismo.

Aclaración para incrédulos
Todo lo explicado en esta historia es rigurosamente cierto, salvo mi llegada a la isla a bordo de un velero de regatas. Que, seamos justos, tampoco es totalmente falsa. Es lo que tiene participar en regatas virtuales alrededor del mundo…

UN LARGO TRAGO DE VINO

Hace calor. El sol de agosto da de lleno en los tripulantes del pequeño llagut. Pero es un sol tolerable, incluso placentero para algunos, pues no es un sol obligado, sino libremente consentido, en algunos casos buscado. Además, el sol que cae mientras se flota en miles de millones de litros de agua salada es más compañía que castigo.

En la barca azul, que avanza con parsimonia hiriendo apenas la superficie del mar gentil del verano, vamos mi mujer, mis hijos, algunos amigos, yo. Alguien abre la pequeña nevera portátil y saca la bota de vino, que va pasando de mano en mano, de trago en trago. En la bota hay un vino frío, aderezado y templado por la pez que lleva la bota en sus entrañas. Cuando me llega el turno, la alzo con las dos manos, casi como si alzara un bebé: una mano cerca de la embocadura, otra en su vientre redondo, que presiono con suavidad. El pequeño chorro que brota me llega directamente al paladar, rebota en las paredes de la boca, salpica mi lengua; noto su frescura, su sabor, su aroma, su tacto, y dejo, con voluptuosidad, que se deslice por mi garganta. Cierro los ojos y prolongo el trago. Me inunda una sensación de plenitud intensa, mis humores más hipogeos afloran a mi piel y parecen hacer entrar en erupción a todos y cada uno de mis poros. Es un momento efímero y eterno.

Cuando abro los ojos estoy en la misma, aunque también distinta, barca azul, y navegamos por un mar que se diría que es el mismo mar pero no la misma agua. Yo también soy yo, pero no el yo de hace un rato. Tengo la bota en la mano, y la paso mecánicamente a la persona de mi derecha, incrédulo, pues los tripulantes no son los de antes. En la barca veo ahora a mis padres, a amigos suyos que ya hace mucho que dejaron de navegar. Miro mis manos, mis piernas, mi pecho: no son los míos pero sí son los míos. A mi alrededor, todos sonríen, salvo los que ríen abiertamente. Hablan, callan, a veces cantan; sobre todo, gozan de ese placer primario, epitelial que es ir en barca. Gozan como gozo yo, y como gozaré yo dentro de muchos años. Los veo, los oigo, casi los toco. Me emociono, pero intento disimular. Quiero decir algo, pero no sé qué. Gritaría que les echo mucho de menos, pero pensarían que me he vuelto loco, que me ha afectado el vino, que a mi edad no debería beber de la bota. Además, a qué iba a venir eso en medio de ese rato de felicidad compartida. Se me escapa una lágrima.

La bota ha dado ya la vuelta y me llega por la izquierda. Sé lo que va a suceder. La tomo en mis manos, indeciso. ¿Qué pasaría si la tirara por la borda? Pero no: cada cosa tiene su tiempo, su ritmo y hay ruedas que no deben dejar de rodar. Así que levanto la bota y le doy un largo trago, intenso, benefactor. Cierro los ojos.

Al abrirlos de nuevo, veo que me rodean mi mujer, mis hijos, mis amigos. Estoy profundamente turbado. Le paso la bota a mi hijo, o puede que sea a mi hija, que está a mi lado. En ese momento me doy cuenta de que una lágrima le resbala por la mejilla. Lo miro, la miro, asustado, pero no me atrevo a decirle nada, mucho menos a preguntarle. Parece indeciso, o indecisa, pero al final levanta la bota y le da un largo trago, en el que adivino la misma plenitud de la que acabo de disfrutar yo. Cuando termina, vuelve a sonreír; la lágrima ya se ha secado.

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Dedicado a esa barca azul, la Gloria, de cuya botadura se han cumplido cincuenta años este verano, y también en memoria de aquellos que a bordo de ella fueron felices.

NADANDO EN ALGUNA HISTORIA

Los montones de diarios se extienden a mis pies como una especie de océano de aguas tranquilas, aunque dejan entrever, a la vez, algo de amenazador. Predomina La Vanguardia, pero hay también ejemplares de El País, Ya, ABC, Diario de Barcelona, Avui y otros varios, y hasta asoma entre ellos alguna Hoja del Lunes. Están en absoluto desorden cronológico, y, a primera vista, no descubro ningún criterio evidente que permita entender por qué esos periódicos, y no otros, están ahí. Con una jactancia impropia de mi edad y condición, le lanzo a ese proceloso océano una mirada retadora. Ahora, tú y yo nos vamos a ver las caras, le pienso. Al poco, tengo sobre la mesa un primer paquete. Me tiro de cabeza al agua de papel e historia.

Nada más empezar, leo que se encarga la construcción del primer buque oceanográfico español (24 de febrero de 1966), y no puedo menos que sonreír. De ahí salto a un titular que reza: Sarajevo’84, la primera olimpiada sin problemas en 16 años. La sonrisa se me congela, y con razón, ya que unos diarios más allá encuentro: Brutal matanza en Sarajevo (28 de mayo de 1992). Aunque la ocasión es excelente para algún profundo pensamiento, no me da tiempo: Fallece Jacques Tati, inolvidable Monsieur Hulot, a los 74 años de edad (6 de noviembre de 1982). Le envío un agradecimiento retrospectivo.

Después de estas primeras brazadas, salgo a la superficie a tomar aire. Esto no va a ser un baño plácido. Inspiro profundamente y vuelvo a sumergirme.

El Vaquilla se amotina en la Modelo para pedir droga (abril de 1984) – Discusión bizantina sobre el uso táctico de la aviación norteamericana en Vietnam (junio de 1968) – Deja de fabricarse el 600 (14 de setiembre de 1973) – No existen pruebas de que los OVNIS sean objetos pilotados procedentes de otros planetas (1969) – Confirmado: habrá trasvase del Ebro a las cuencas del Pirineo Oriental (1984) – Victoria de Santana en el torneo de Helsinki (7 de junio de 1968) – Hoy se cumplen cuatro años de la Constitución (será el 6 diciembre de 1982, digo yo) – Solemne conmemoración en Barcelona del Día del Caudillo (2 de octubre de 1955).

Para hacer un receso, pasamos a publicidad: Veterano, pura casta (17 de febrero de 1981) – Luce orgullosamente su espléndida dentadura: ¡La vida con Albident! (febrero de 1968).

Me he metido en unas aguas difíciles. Además de difíciles, son también una máquina del tiempo enloquecida, que va azarosamente hacia adelante y hacia atrás, que frena y acelera según le parece. Me doy cuenta de que lo que llamamos noticias es aquello que nos enseñan los diarios de lo que pasa por el mundo. Y que la sucesión de noticias es como un telón de fondo, una banda sonora disonante, que nos acompaña a lo largo de la vida. Y que medio siglo de esa banda sonora está pasando ante mis ojos de manera caótica. Y que yo me lo he buscado. Más que de nadador, empiezo a tener sensación de náufrago. Así que me pongo a escribir, a anotar compulsivamente titulares al azar, no, el azar es todavía algo, los anoto al tuntún. Lo que escribo se convierte en una especie de tabla a la que me agarro, para, abandonada ya toda esperanza de nadar, simplemente flotar. Así, agarrado a mi tablón, prosigo.

Andrei Gromyko va a Rumania para pedir disciplina a Ceaucescu a cambio de petróleo (1 de febrero de 1984) – Las manifestaciones del presidente Echeverría, de Méjico, una intolerable injerencia en los asuntos internos españoles (15 de abril de 1973) – Malvinas: la guerra ya es un hecho (1982) – Lanzamiento del Apolo IX (1969) – Demandas: secretaria-taquimecanógrafa, muy práctica en correspondencia (4 de setiembre de 1964) – Nieto y Tormo, mejores tiempos en 50 cc (1977) – Fallece Catalá-Roca, el fotógrafo de la posguerra (6 de marzo de 1988).

Y aquí necesito otra pausa, así que volvemos a publicidad: Tivoli: James Bond contra Goldfinger (18 de abril de 1965) – Embellezca su cuerpo. Celulitis, grasas, carnes fofas, arrugas en codos y rodillas son defectos que eliminará fácilmente friccionándose con la “Crema Corporal K2” (17 de junio de 1960).

Voy a la deriva, y el concepto de tiempo ha dejado de tener sentido, tanto el tiempo en que sucedió todo aquello como el tiempo en que lo estoy leyendo ahora. Aunque intento evitar los remolinos, alguno me atrapa de vez en cuando y me leo una noticia entera, o dos.

Sito Pons vuelve a Barcelona en olor de multitud (22 septiembre de 1988) – Se reanudó ayer el estudio del proyecto de ley sobre el II Plan de Desarrollo Económico y Social (9 de enero de 1969) – En la alocución del presidente de la Generalitat no hubo referencia alguna a la polémica sobre la autodeterminación (31 de diciembre de 1989) – Estudiante acusado de sedición (1968) – El XII Premio Planeta para ”El Relevo”, de Luis Romero (16 de octubre de 1963, en realidad era “El Cacique”) – Los mujaidines a las puertas de Kabul (abril de 1992) – Premio Nobel a García Márquez (22 de octubre de 1982) – Controversias en torno al fallo del combate Urtain-Chapelle (1969) – La pobreza del lenguaje conduce al insulto (Lázaro Carreter, creo que enero de 1992) – Asesinato de Robert Kennedy (1968) – Toledo: ubérrima cosecha de cebada (7 de junio de 1968) – Martinet y otros pueblos de alta montaña incomunicados por las inundaciones (10 de noviembre de 1982) – Duelo nacional por el vil asesinato del Almirante Carrero Blanco (21 de diciembre de 1973) – Toda España se siente unida en un mismo clamor en torno a su Caudillo y a cuanto representa (el mismo día, o tal vez algún día después) – Bolsa de Barcelona: dinero en abundancia (algún día de 1969) – Guía del radioescucha (1954) – La policía de Tortosa procedió a la detención de cuatro malhechores (18 de mayo de 1966) – Gimondi sacó treinta y nueve segundos al líder Merckx en la “contra-reloj” (7 de junio de 1968) – PCE: pugna para suceder a Carrillo (7 de noviembre de 1982).

Pagarés de Telefónica: ¡compre! (1983) – Cine Comedia: Tygra, hielo y fuego (1983) – Contactos con Srtas., máxima discreción (1983). Esto del final era la publicidad, creo que ya se ve. Para la pausa…

Algunas palabras son como fósiles que descubro con sorpresa de paleontólogo: radioescucha, malhechor, sedición, ubérrima cosecha, señoritas, vil, caudillo, perdón, Caudillo… Me doy cuenta de que el idioma no es el mismo. Es un idioma que entiendo, pero que no hablo, que ya nadie habla. Por suerte, diría yo, aunque también diría que alguna vez fue el mío.

La muerte saca del olvido a Alfonso Grosso (1995) – Villa-Cisneros: las posibilidades pesqueras de la plataforma continental africana (7 de junio de 1968) – Se fija el precio del petróleo procedente de Amposta (15 de abril de 1973) – Importante empresa del ramo de fibras artificiales radicada en Igualada, necesita ayudante tintorero para el turno noche (21 octubre 1969) – Idi Amin ante la asamblea de las Naciones Unidas (3 de octubre de 1975) – Campaña antiespañola en Europa (1975) – Los portugueses empiezan a estar fatigados de las manifestaciones callejeras y de los rumores (3 de octubre de 1975) – Las Arenas: los desternillantes toreros cómicos “El Gran Ricardo y los Chinorris Toreros” (25 de junio de 1976) – Los 80 años de Joan Miró (13 de abril de 1973) – Muhammad Alí defenderá el título mundial de los pesos pesados frente a Joe Frazier (1 de octubre de 1975) – Aiguafreda: roban un sistema antirrobo (hacia 1980) – El general Jorge Videla felicita al nuevo presidente de Argentina Roberto Viola (31 de marzo de 1981).

Una pausa y volvemos, no se vayan. Mantenga su aspecto varonil, la salud de sus cabellos exige Hair Tonic Fluid (1973) – Cine Rex: La primera conquista. Una divertida experiencia de juventud que muchos hombres recordarán como propia… y muchas mujeres comprenderán (1971)

Soy absolutamente incapaz de explicar lo que pienso o lo que siento. Desde luego, en esta travesía del océano se esconden muchas moralejas sobre lo relativo de las cosas importantes, sobre el tiempo que todo lo iguala, sobre lo efímero de la realidad publicada, sobre lo efímero de la realidad en general, y sobre mil cosas más. Pero como no lo sé explicar, sigo escribiendo.

Tras el abortado golpe de estado: masiva respuesta popular a la sedición. Vítores al Rey (poco después del 23 de febrero de 1981, claro) – La Calle y su Mundo – El Color de mi Cristal – Mercado lanero y algodonero – Ecos de Sociedad (muchas veces, a lo largo de muchos años) – Josep Pla ha muerto en su “mas” de Llofriu (24 de abril de 1981) – Felipe González prepara su gobierno (30 de octubre de 1982) – Durante los últimos años se han producido en Santander seis detenciones por portar letreros de tipo subversivo (12 de enero de 1971) – Oración al Espíritu Santo. Gracias (1978) – Murió el piloto de F-1 italiano Riccado Paletti (15 de junio de 1982) – Capricornio disfrutará hoy de un espíritu reflexivo (cuando sea) – Trimestre desaprovechado. Declaraciones de Jorge Carreras Llansana, rector de la Universidad de Barcelona (3 de marzo de 1974) – La Universidad de Barcelona solicita que el curso empiece en enero (16 de setiembre de 1973) – Atentados (demasiadas veces) – El pintor Tharrats asistirá al lanzamiento del Gemini XI (8 de setiembre de 1966) – Se celebran los actos de la festividad de San Cristóbal (julio de 1968).

Y volvemos a publicidad: Urbanizaciones Riomar. 10% de entrada, resto 3 años sin intereses (28 de julio de 1964) – Fume Bonanza, el cigarrillo negro de buena raza (hacia 1975?)

Pienso que había un yo (o varios yoes) que leía o leyó esas noticias, y que entre ese yo (esos yoes) y mi yo que las lee ahora hay una continuidad tan sólida como profundo es el hiato (los numerosos hiatos) que los separa. Como lo de pensar me da dolor de cabeza, seguimos.

Dubcek, objeto de presiones por parte de Breznev (24 de febrero de 1968) – Hoy, Fiesta de la Banderita. 4000 señoritas postularán por la ciudad (11 de noviembre de 1972) – Julio Cortázar será hoy enterrado en Montparnasse (14 de febrero de 1984) – Un día histórico para Occidente: acuerdo entre Estados Unidos y España para el mantenimiento de la paz (27 de setiembre de 1953) – Ha muerto el presidente Kennedy (23 de noviembre de 1963) – F-1: ganó Senna y Prost está más cerca del título (16 de setiembre de 1985) – Momento en que el cadáver de Allende es sacado de La Moneda (15 de setiembre de 1973) – Puig Antich y Heinz Chez fueron ejecutados ayer (3 de marzo de 1974) – El Jefe del Estado conmuta la pena de muerte impuesta al Guardia Civil Antonio Franco Martín (3 de marzo de 1974) – Salvador Puig Antich recibió sepultura en el cementerio del Suroeste (5 de marzo de 1974) – La guerra vietnamita: se da por ganada la batalla de Hue (24 de febrero de 1968).

Esta vez me olvido de la cuña publicitaria porque me empieza a costar tragar, a costar respirar. Digo yo que serán los ácaros que se han extraviado entre las páginas o entre las olas y ahora se acumulan en mi sistema respiratorio. Aunque en cuanto a seres extraviados, me siento mucho más extraviado que cualquier ácaro.

Guinea Ecuatorial: venturas y desventuras de la Diputación (11 de julio de 1968) – Inauguración de la central telefónica de Barcelona (27 de setiembre de 1953) – Frescos y chubascos en los días inmediatos (1977) – Tarradellas podría regresar muy pronto (23 de junio de 1977) – Ejercicios espirituales. Tandas en completo retiro (19 de agosto de 1955) – Miguel Boyer, posible ministrable del grupo de González (12 de noviembre de 1982) – Falta tornero en industria electromecánica (19 de agosto de 1955) – Maíz, Haro, Aguilar y Aritzmendi son los más cualificados aspirantes a la victoria en el cross (1968) – El tranvía por el nuevo tramo de Aribau (19 de agosto de 1955) – Los Simca 1200 sirven para más cosas esforzándose menos (19 de marzo de 1978) – El Dique Flotante. Sección caballeros (hacia 1970?) – Cine Calderón: Virilidad a la Española (1976).

Y así sigo. Pasa yo diría que una eternidad, el reloj y personas allegadas insisten en que dos días sin sus noches. Puede que haya conseguido cruzar el mar, agarrado a mi tablón. O puede que me haya ahogado y no me haya dado cuenta. Me inclino por la segunda posibilidad. Y eso me debería obligar a cambiar el título de esta entrada. Pero los náufragos ahogados tenemos derecho al ejercicio de la pereza, así que lo dejo como está.

DE CAZA (y 2)

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERASigo con mi movimiento pretendidamente browniano a través del Ensanche, pero ando con el alma perdida, y apenas me fijo en nada ya. Tan sólo en un balcón que ofrece comida a la mosca del geranio, y pienso que está bien, que nutrir a los insectos hambrientos o a sus larvas, sobre todo a sus larvas, que la infancia se lo merece todo, es siempre un acto de bondad.

 Esta falta de atención, impropia del estado de ánimo del cazador, se debe a que mi movimiento tenía en verdad un componente determinista oculto, componente que me ha ido llevando sin que yo fuera consciente del todo, hacia la parte baja de la ciudad. Cuando abandono el Ensanche cartesiano y penetro en el conglomerado orgánico del barrio antiguo, mis sentidos vuelven a afinarse. El hiato entre los dos tejidos es drástico, y apenas hay intrusiones de uno en otro, nada de mestizajes, que se diría hoy en día. Pienso que es como si un muro alto y fuerte los hubiera separado alguna vez, y quedo satisfecho del poderoso símil que creo haber inventado. Entonces, de repente se me aparece el fantasma de la muralla de Barcelona. Bajo la cabeza, algo avergonzado; en serio que no todos los días descubro el Mediterráneo.

 Superado el pequeño sofoco, me asomo a lugares que cargan a sus espaldas mucha más historia y muchas más historias de las que uno es capaz de imaginar. Un poco desconcertado por la presencia silenciosa de toda esa cantidad de pasado que me supera, busco un asidero; así que me acerco al colegio al que fueron mi padre y sus tres hermanos, y me detengo un momento ante la puerta. Intento evocar imágenes de niños que son, o fueron, o tal vez serían, o serán, menudo lío de tiempos, mi padre y mis tíos, pero no lo consigo. No importa, me conmuevo igual, que para eso he venido, y como no está bien quedarse conmovido allí en medio, pues adopto mi pose de fotógrafo maldito, que si fumara quedaría todavía mejor, con una colilla en la esquina de la boca, una lástima, esto de no fumar, y disparo unas cuantas veces sin ni siquiera encuadrar, creo que ni siquiera he puesto la cámara en marcha, es sólo cuestión de justificarme. Respiro hondo, y pongo rumbo a cualquier otra parte.

 Como si jugara a un extraño juego de la oca, topo con otro colegio, de colegio a colegio, me digo, y me respondo, y tiro porque es mi privilegio; y es que a veces me salgo respondón yo solito. La visión de este otro colegio me produce algo de desasosiego: el patio vacío, triste cemento recalentado por el sol, encerrado por las paredes de las casas vecinas, que se elevan de manera muy poco cariñosa y hurtarán la visión de buena parte del cielo a las miradas infantiles. OLYMPUS DIGITAL CAMERASólo una apertura, una verja-puerta, a través de la que miro. Y veo el patio vacío, el triste cemento recalentado, perdón, creo que me repito, y una canasta como todo aliciente para alimentar los sueños infantiles, sueños que en su mayoría intentarán huir de aquel lugar tan inhóspito pero que seguramente morirán atrapados en la verja. Pensar en lo sueños muertos atrapados en la verja no ha sido una buena idea, me hace dar un respingo y un paso atrás para apartarme de aquel camposanto de sueños. En un movimiento defensivo reflejo, me echo la cámara a la cara y disparo una ráfaga; a lo mejor salen los sueños muertos. Pero… quia. Sólo sale una verja sobre un patio de cemento inhóspito recalentado por el sol, que huele a patio de cemento inhóspito recalentado por el sol. Concluyo que los sueños muertos son transparentes. Para consolarme, pienso que un día vendrán miles de globos de colores, que dejarán que lo sueños se cojan a ellos y se los llevarán a donde sea que deban llegar lo sueños.

 Intentando no encontrarme con más colegios, callejeo con sensación de plenitud melancólica, que no sé muy bien qué es, en cualquier caso es un estado de ánimo que pega bien con el tipo de cazador que estoy representando. Yo, que he vivido en el Ensanche la mayor parte de mi vida, siento con mayor intensidad recuerdos de este barrio antiguo, algunos propios, muchos prestados o de segunda mano. Una contradicción más, como aquello que me dijeron una vez, que quOLYMPUS DIGITAL CAMERAeriendo ser Haddock terminé siendo Tintín. Pues contradicción en ristre ando arriba y abajo, olfateando rastros perdidos de un niño con su padre, de un niño con su madre, de u niño con sus abuelos, o de un joven muy joven que jugó un poco a la bohemia en un estudio de ínfimas dimensiones. La verdad, rastros ya no quedan muchos, que alguien debió pasar el estropajo del olvido, y eso me indigna. Indignado pues, y a falta de mejor negociado al que dirigir mi protesta, alzo la vista al cielo, pero por el camino veo que desde un balcón se han solidarizado conmigo. Eso me reconforta, y dedico a los moradores del balcón un imperceptible saludo.

 Lo que no acabo de entender es cómo he llegado exactamente a la puerta del edificio desvencijado donde estaba aquel estudio del que acabo de hablar, porque de verdad que no tenía intención alguna de venir aquí. Pero ya que estoy, y como todavía me dura la indignación de antes, me planto en jarras ante la puerta, como reclamando el derecho a recuperar alguna de las infinitas posibilidades que creí entender que la vida me ofrecía en aquel entonces, y que luego no me dio, sería que no me fijé en la letra pequeña de la oferta.

 Mi postura es sin duda gallarda y desafiante, pero como, pasado un rato, nadie me ha hecho ningún caso, tiro de máquina de fotos, por favor, qué bien van las cámaras para salir airoso de estos trances, y disparo, así como con desgana, y entre las fotos y mi digna actitud, aprovecho para retirarme de aquel callejón sin que se note demasiado que huyo con el rabo entre las piernas.

oOoOoOoO

Addendum

La idea de los globos, contra lo que algunos podrían pensar, viene de “Le Ballon rouge”, de Albert Lamorisse.
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