EL TRUJIMÁN CONCILIADOR (2)

 

En el capítulo anterior
Nuestro héroe llega, camuflado, al lugar de sus hazañas, burla todas las barreras y consigue tomar posiciones en la sala, donde la mesa, para su estupefacción, no es redonda, sino rectangular. Se abre un tenso compás de espera…

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En eso llegan Sus Doctas y Experimentadas Sabidurías, que ni siquiera se dan cuenta del error geométrico de la mesa. Prefiero no sacarlos de su error. Además, tengo otros asuntos que atender, pues Sus Doctérrimas Cátedras Sublimes se muestran algo dubitativos respecto a la figura del traductor. Como todos hablan inglés, les ha parecido un poco raro mi humilde despliegue de técnica y talento. Pero antes de que desperdicien sus fértiles circuitos neuronales en pensar sobre tan nimio asunto, y aprovechando el factor sorpresa, ataco:

—Me envían los de la Superioridad del Alto Arriba— guiño el ojo aparatosamente— you know, los Grandes Jerarcas de la Ciencia Conocida y Por Conocer. Me han dicho que había algún problemilla de comunicación entre Sus Eminencias.

Les miro con amenazadora desconfianza.

—¿O me han engañado y ya han alcanzado Sus Serenísimas Usías las Consensuadas Conclusiones Trascendentes?

Aprovechando que algunos sacuden la cabeza negativamente, empalmo, señalando a la Mesa Supuestamente Redonda:

—Venga, vamos, no hay un minuto que perder, todos a su sitio y con auriculares puestos, de frente ¡mar!

Y para completar el cariz castrense que le quiero dar al momento, pongo La Fiel Infantería por los altavoces. La cosa funciona, pero como uno o dos parecen resistirse al ardor guerrero vibre en nuestras voces, pues recurro a mi Argumento Definitivo, y declamo con aire dolido:

—Aahhhh…. ¿Es por el color de mi piel que no os fiais de mí?

Es un golpe bajo, lo sé, pero es realmente infalible; todos han callado y, mansamente, se han dirigido a sus lugares de Superior Intelectual Discusión. La verdad, debo decir que he sido el primer sorprendido, ya que, con las prisas de última hora, me había olvidado de darme la capa de betún negro que tenía previsto para parecer un miembro de tan despreciada raza, y mi piel luce pálida y sonrosada. Pero los que miran de frente a la Verdad Científica no tienen ojos para insignificantes detalles, como la forma de la mesa o el color de la piel.

Así que allá vamos. Ellos en su mesa, y yo parapetado tras la mampara de cristal, ejerciendo una benevolente vigilancia sobre la Más Elevada Crema de la Intelectualidad Que Se Ha de Poner de Acuerdo Quieras Que No.

Empieza un italiano de ideas tan espesas que ni siquiera gesticula, lo que ya es decir; va desgranando algo que parece una letanía con voz tremendamente monótona. Reconozco que no tardo mucho en quedarme dormido. Al cabo de un rato, cuando me despierto, el buen hombre sigue; tengo la impresión de que se ha quedado atascado en un argumento circular. Como máximo, los participantes han estando escuchando mis suaves ronquidos por los auriculares, así que veo que muchos se los han quitado o los golpean con la mano, puede que para comprobar si se han embozado con alguna suciedad. Desconecto al italiano, subo el volumen del altavoz general de la sala, y con voz de sargento de la Legión, ordeno, en inglés:

—Por favor, permanezcan sentados, con los cinturones abrochados y escrupulosamente atentos a sus auriculares, que no deben quitarse bajo ningún concepto. Traduciré al final la intervención del Professore en Divina Sapienza para que ustedes puedan captar mejor su mensaje, en toda su profundidad, amplitud, altura y riqueza de matices.

Lo de los cinturones ha sido un desliz, pero ni se ha notado; tengo la situación controlada. Como el italiano no tiene pinta de ser capaz de salir del bucle, pongo un reggaeton por los altavoces, que sólo oye él porque a los demás les he llenado los auriculares de estática. El italiano se queda mudo por la sorpresa e inicia unos torpes pasos de baile sincopados, mientras yo digo a los demás en riguroso directo:

—Su Sapientísima Doctoridad en Variopintos Saberes ha dicho que el asunto a tratar es complejo, y que, tras un cuidadoso análisis basado en el subjetivismo crítico, ha decidido estar callado el resto de la reunión.

Lo he dicho en inglés, y lo repito en catalán, francés, italiano y castellano. Me acuerdo de que hay un croata, y como croata sé poco, lo vuelvo a decir en catalán con acento mallorquín y muy deprisa, a ver si cuela. Mis palabras provocan una ovación cerrada.

El italiano, todavía bailando su reggaeton, que por cierto hace rato que ya no suena, se sienta con la autoestima muy alta.

Es el turno del croata, que se pone a hablar en lengua balcánicamente incomprensible. No entiendo ni palabra, pero desde luego habla con gran conocimiento, fundamento y convicción. En previsión de algo así, he tenido la ocurrencia de anotar algunas de las palabras de la alocución del italiano. Con ellas, y añadiendo algunos verbos muy científicos de mi invención, compongo un discurso bien trabado; eso sí, omito artículos, preposiciones y hasta interjecciones, sobre todo las malsonantes, que uno es muy mirado, y demás palabras superfluas. De vez en cuando acabo alguna palabra en –ovic, cuestión de darle aroma exótico al asunto. Aparentemente, todos los participantes juzgan muy juiciosa la intervención del croata, o sea la mía, menos mi amigo, que acaba de identificarme y me mira con cierta preocupación. Le guiño un ojo, como para asegurarle que se han acabado sus penas, que aquí estoy yo.

(continuará…)

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¿Conseguirá nuestro héroe salvar a su amigo del Croata Deslenguado y del Italiano Denso? ¿Se alcanzarán las Conclusiones Consensuadas Trascedentes? ¿Triunfará la luz de la Razón sobre la oscuridad del dogma?

Estas y otras preguntas hallarán respuesta en la próxima entrega de esta apasionante serie… ¡no se la pierdan!

 

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EL TRUJIMÁN CONCILIADOR (1)

Conduzco una furgoneta negra adornada con grandes letras blancas donde pone “Adornos funerarios SEPELIO’S”. Reconozco que, como se verá a su debido tiempo, no es la caracterización ideal para el día de hoy; pero las prisas y una cierta confusión matutina, cuyo origen también desvelaré más adelante, han podido con mi proverbial clarividencia. Llego a mi destino. A pesar de que hay sitio de sobra en otras partes, aparco en pleno paso de peatones. Es un truco para disimular. Yo, que me fijo mucho en las cosas, he comprobado que las furgonetas tienden a hacerlo, lo de aparcar en los pasos de peatones, de manera que así nadie va a fijarse mucho en mí. Y es que no sólo soy muy observador, sino también una persona de recursos.

Mediante palpación, compruebo por última vez mi disfraz, que consta de peluca con rastas, gafas de sol modelo espejo, joroba postiza, anillos dorados en los dedos (de los pies) y camisa de colores chillones; ah, y una tabla de skate metida, así como al descuido, en el bolsillo de la camisa. Los anillos no se veían y he tenido que recortar un poco la puntera de los zapatos; ahora hacen mucho mejor efecto. Y aunque la tabla me molesta un poco y me tapa parte de la visión, quedo satisfecho del examen y bajo de la furgoneta mis dos grandes baúles con ruedas, donde va todo mi atrezzo, quise decir equipo. Arrastrando los baúles, que meten más ruido que un mercancías de antes de la guerra, me deslizo entre la gente tratando de pasar inadvertido. El éxito es sólo parcial. La parte que funciona es lo de deslizarme entre la gente, porque todos me abren paso con inesperada cortesía; y la que no funciona, directa consecuencia de la que sí, es lo de pasar desapercibido. Pero como soy algo filósofo, me digo que no se puede ganar en todo, y de muy buen humor porque las cosas van viento en popa, me presento en el edificio donde me han dicho que va a celebrarse la gran Reunión de Sabios De No Sé Muy Bien Qué Saberes.

No sin dificultades por lo voluminoso de mi equipaje, entro en el edificio. Un imberbe empleado de seguridad levanta una ceja al verme, pero, raudo cual centella y antes de darle tiempo a levantar la otra, le ordeno con enorme aplomo:

—Muchacho, llévame cuanto antes a la Sala de la Suma Importancia. Sus Sabidurías me necesitan con urgencia.

No sé si habrá sido la joroba, que llevo airosamente ladeada, mis baúles, donde está claramente escrito en letras rosas “Traducciones espontáneas de última generación” o simplemente el aplomo que exhibo; la cuestión es que creo que le he impresionado. Supongo que por eso me obedece y me acompaña a la sala, y además me da una especie de tarjeta que me dice que he de llevar puesta. Veo que él se la tiene colgada del cuello. Yo me la cuelgo de una oreja; aunque la pinza metálica me hace un poco de daño, a cambio me da un aire casual y vagamente antisistema que me va mucho. Y es que soy un hombre de mundo, para qué negarlo. Bueno, de mundo y algo despistado: me acabo de dar cuenta de que no sólo he errado en el letrero de la camioneta, sino también en el de los baúles. Y sí, ya sé que el rosa no es el color ideal, pero esmalte de uñas sólo tenía de color rosa y de color chocolate, y el color chocolate me pareció demasiado chillón.

La sala está vacía, y me apresuro a instalar mi sistema de micrófonos, amplificadores, caja de mezclas y auriculares, más tres ordenadores, de los cuales no funciona ninguno. Como eran negros los tres, uno de ellos lo llevo pintado con típex, y encima he dibujado la silueta de una manzana. Y es que a glamour no me gana nadie. A guisa de protección, coloco una mampara transparente; espero que no se note mucho que está fabricada con los restos de una cortina de ducha venida a menos. Llegados aquí, seguro que alguien se preguntará que a qué viene todo este despliegue. Pues aunque no es exactamente mi oficio, hoy voy a ejercer de traductor simultáneo. A ello me empuja la amistad. Permitidme un inciso para aclarar esta confusa historia.

Estaba yo ayer noche en el bar de la esquina cuando un buen amigo, que milita en el Gremio de la Abstrusa Ciencia, me dijo que andaban reunidos muchos como él, o sea del mismo Gremio, alrededor de una Mesa Redonda, cosa que a mí, todo sea dicho de paso, me pareció algo deliciosamente medieval y artúrico. Y que tenían que ponerse de acuerdo sobre la Suprema Verdad, y que no lo conseguían, y que se les acababa el tiempo y que hoy sin falta tenían que alcanzar Consensuadas Conclusiones Trascendentes, y que lo veía negro, y que poco menos que veía llegar el fin de su carrera. Como un amigo es un amigo, nada más llegar al final de la botella de whisky que compartimos, pergeñé un plan para sacarlo del apuro. Fin del inciso.

Volvamos a la sala. Una vez todo instalado, me permito unos instantes de recogimiento en la soledad de aquel Foro Conciliar aún desocupado. Pero de repente me sobresalto: la Mesa Redonda alrededor de la cual iban a sentarse los Paladines del Conocimiento, yo juraría que es impúdicamente rectangular. Como el asunto me desazona, voy a la señora de la limpieza, que pasaba por allá, y le pido una escuadra y un cartabón, cuestión de comprobarlo científicamente. No tiene, pero como es muy amable me presta, a cambio, un mocho y un plumero. Con ellos, y mi inteligencia práctica, invento un método infalible para medir la cuadratura de la mesa. Me pierdo un poco en la formulación teórica, y del todo en los cálculos. Pero me sigue pareciendo rectangular.

(continuará…)

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¿Qué sucederá cuando lleguen Sus Sabidurías ¿Cómo se las arreglará nuestro héroe para conducir el Concilio? ¿Conseguirá salvar la carrera de su amigo?

Estas y otras preguntas hallarán respuesta en la próxima entrega de esta apasionante serie… ¡no se la pierdan!

 

EL DÍA EN QUE ME PERDÍ EN LA BALDOSA

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Sobre mi mesa tengo una pequeña baldosa. En la vida real, la uso para dejar sobre ella mi taza de té, y en mi vida imaginaria la empleo como posavasos para mis bourbons, sí, esos que me invento para dar carácter a mi personaje de escritor maldito cuando no tengo nada mejor que hacer. La compré en Lisboa, cosa que no viene mucho a cuento, pero que al menos puede ayudar a entender por qué en ella hay un gallo azul, además de hojas, ramas y flores, también bastante azules, por cierto. Añado, y se verá más adelante que la puntualización no es baladí, que un día se me rompió por la mitad, la baldosa, claro, y con un poco de pegamento la pude recomponer. Bueno, lo de la mitad es sólo una aproximación.

Pues el otro día estaba sentado en mi sillón, con una hoja en blanco en la pantalla del ordenador, preguntándome por qué era tan difícil tener ideas, contemplando mi baldosa, de la que acababa de retirar una taza de té consumida, y pensando en lo efímero de una taza de té, de un vaso de bourbon imaginario, de la primavera, del amor, de la vida misma. La miraba sin verla, pero de pronto me pareció que el gallo se movía. Incrédulo, concentré en ella toda la agudeza de que fui capaz. Pero antes de poder aclarar nada, la baldosa empezó a crecer y a crecer, y yo empecé a caer y a caer, y tras un rato de enorme confusión me encontré rodando por el suelo, entre ramas y hojas azules. Confuso y desorientado, me levanté. A mi alrededor, y hasta el horizonte, sólo había suelo blanco y vegetación azul. Desolado, cabizbajo, me pregunté qué era lo que me había sucedido, y cuáles debían ser mis siguientes pasos.

A la primera pregunta debo reconocer que todavía hoy, mucho tiempo después, no he hallado respuesta. Pero respecto a la segunda bien pronto se resolvió la incertidumbre. En efecto, a la que volví a alzar la vista divisé a lo lejos una enorme silueta azul bípeda, con cresta enhiesta y plumas arrogantes que se iba acercando a donde estaba yo. Como en mi estado de profunda zozobra no recordaba si los gallos, especialmente los azules, eran o no carnívoros, juzgué sensato ponerme a correr y poner cuanta distancia fuera posible entre el gallináceo y yo. Era urgente encontrar refugio, porque aquel bicho, incluso de lejos, no parecía muy amistoso. Corrí y corrí, exigiendo a mi corazón y a mis pulmones me temo que algo más de lo que estaban en condiciones de suministrar. El terreno seguía sin otro particular que sus plantas azules y su lisura blanca y cerámica, así que la cosa se estaba poniendo fea;  pero cuando ya empezaba a desesperar, noté que en el suelo aparecían una especie de grumos de algo solidificado. Al poco, llegué a una grieta que cruzaba mi camino y se extendía a lado y lado hasta perderse de vista. Algunos trozos de la grieta estaban rellenos de aquella sustancia solidificada, pero otros no, de manera que no me fue difícil encontrar una oquedad donde acomodarme, jadeante. Mientras yo bendecía mi escasa pulcritud a la hora de recomponer baldosas, el gallo pasó de largo, y pude sentirme, dentro de lo insólito de la situación, a salvo.

Así empezó mi vida de baldosita, que creo que es como debe llamarse a los habitantes de las baldosas. De ella conservo recuerdos fragmentarios y muy imprecisos. Sólo sé que pasó el tiempo, sin que fuera consciente de cuánto pasó, ni apenas de cómo pasó. Y poco a poco empecé a aceptar el hecho de que iba a vivir para siempre en aquella baldosa desierta, con la única compañía de un gigantesco y huraño gallo azul.

Pero no fue así. Un buen día, al salir de mi grieta-hogar, vi pasar a cierta distancia una silueta femenina. Era evidente que ella no me había visto a mí, pues estaba de espaldas, y caminaba alejándose, sin prisa ni apuro alguno. He de reconocer que experimenté casi una sacudida, y algo se removió en mi interior. Cuando uno vive en una baldosa, entre estar solo y estar acompañado hay una diferencia. Pero hubo algo más. Y no fue deseo, o no sólo deseo. Fue bastante más, y habrá que disculparme si no lo sé explicar mejor. Ella estaba lejos, y de espaldas, de manera que no pude ver su cara, ni apenas sus formas. Pero la silueta era profundamente femenina, y, a pesar de una evidente economía de movimientos, caminaba con gracia especial, nada afectada pero tremendamente atractiva. La estuve contemplando un rato, y cuanto más la miraba más cautivado quedaba por aquella silueta estilizada, por aquella espalda erguida y flexible, por aquella melena que parecía ejecutar un suave contrapunto a su ritmo de marcha, por aquellas piernas torneadas que convertían cada paso en un paso de baile, por aquellas caderas que parecían ondular suspendidas en el éter. Y bueno, sí, lo confesaré con todas sus letras: me enamoré perdidamente, como un tonto, de manera total e inapelable. Salí corriendo tras ella, con locos pensamientos de Adanes y Evas, y con un montón de mariposas aleteando en la boca de mi estómago, perdóneseme el fácil tópico. Al llegar a una distancia razonable, se me ocurrió que debía decirle algo, iniciar algún tipo de conversación. Como verán, no estuve muy brillante, pero estas cosas nunca se me han dado muy bien; entre mi torpeza congénita y las circunstancias, un tanto singulares, en mi descargo sea dicho, sólo se me ocurrió preguntar:

-Eh, oiga, perdone… ¿sabe si los gallos azules son carnívoros?

Se detuvo y, con la misma gracia que impregnaba todos sus movimientos, empezó a darse la vuelta, despacio. Yo, mientras, me estaba derritiendo, y esperaba ver su rostro, en el que estaba seguro iba a aparecer dibujada una sonrisa cálida de divertida sorpresa. Mi sangre se estaba acercando a su punto de ebullición y mi corazón latía más fuerte y más deprisa que si me hubiera perseguido un gallo, del color que fuera. Por eso lo que sucedió me resultó totalmente sorprendente: me quedé dormido. Sí, reconozco que es raro, pero yo creo que son cosas que son habituales cuando uno vive en una baldosa.

Al despertar, estaba en mi sillón, con una página en blanco en la pantalla del ordenador. La baldosa, inofensiva y con el gallo inmóvil en su centro, ocupaba su lugar habitual. La miré con incredulidad, la miré y la remiré, incluso la inspeccioné con una lupa, luego con otra lupa más potente. Si alguien cree que lo que me preocupaba era el gallo, o localizar la grieta que me había dado cobijo, se equivoca. Lo único que me interesaba era encontrar una silueta, femenina y esbelta. Pero no di con ella. Una punzada de dolor me advirtió de la llegada de un vacío de contornos muy bien definidos, un vacío de sabor dulceamargo orlado por una infinita añoranza, que me ha acompañado desde entonces.

Me puse a teclear, para explicar la historia, pero sobre todo para mantener la añoranza a raya. A menudo, me detenía y me quedaba mirando la baldosa. Ahí, en alguna parte, una silueta femenina me está esperando, aunque no sé cómo llegar a ella. Sé que todo suena raro, pero no hay nada tan real como una ausencia.

Así que no me digáis que fue un sueño.

 

Y ESTO HARÉIS EN HONOR AL LENGUAJE

Y en el principio fue un magma de sonidos; y de ese magma primordial unos sonidos fueron más gratos que los demás a Mis oídos y fueron escogidos, y así se crearon las letras.

Y las letras vagaron un tiempo, perdidas en el silencio que intentaban llenar, chocando las unas con las otras, y poco a poco entraron en armonía y las palabras fueron también creadas, y fueron creadas tanto breves preposiciones como inacabables adverbios, incomprendidos adjetivos, ora poéticos atributos, ora cargantes epítetos, y también fueron creados verbos de acción pasiva o activa, y prácticos pronombres, artículos de compañía, sonoras interjecciones; pues así fue hecho.

Y entonces quise que las palabras danzaran, y danzaron con alegría, y de la danza de las palabras, nacieron las frases, cortas e independientes, cooperativamente coordinadas, en procesión yuxtapuestas o disciplinadamente subordinadas.

Y al día siguiente fue mi deseo que el espacio de la lengua se curvara en formas imposibles, y de esta manera las frases, traviesas, se entregaron con desenfreno a todo tipo de juegos, y de esos juegos surgieron metáforas, aliteraciones, rimas, hipérboles, tropos, figuras, y otros dibujos de incomprensible belleza.

Y entonces le dije al lenguaje que creciera y se multiplicara y poblara la mente y el corazón de los hombres.

Y vi que lo que había hecho era bueno.

Pero en vez de descansar, dispuse que las frases, letras y palabras, todas ellas sin excepción, fueran guardadas en libros, y que esos libros tuvieran en su seno todo lo escrito, y todo lo que algún día se escribirá, incluso aquello que se podría escribir o haber escrito, y todo en todas las lenguas, las que existen, las que han existido, las que existirán y las que nunca llegarán a existir, y dispuse según mi deseo que todos esos libros fueran guardados en la Biblioteca de Babel.

Y fue mi voluntad que los hijos de los hombres tuvieran conocimiento de Ella, pero no pudieran a Ella acceder, y que por tan gran obra construida mediante un número tan pequeño de sonidos cantaran Mis alabanzas, mientras matemáticos insignes consagraban sus noches de insomnio a calcular cuántos eran los libros en Ella guardados.

Y quise que los hijos de los hombres supieran de Ella, por que supieran de un lugar donde se encerraba todo lo que es verdadero, pero también todo lo que es falso, toda la belleza, pero también toda la maldad, toda la sabiduría, pero también toda la estupidez, y toda la poesía pero también todos los balbuceos malsonantes carentes de cualquier sentido, de manera y a fin de que los hijos de los hombres quisieran emular Mi creación y escribieran sin cesar bellezas y adefesios, maravillas y aberraciones, verdades y mentiras, arte y banalidades.

Y esto haréis en honor al lenguaje: cada vez que la Tierra dé una vuelta al Astro Rey que la ilumina y alimenta, una luna después de cuando día y noche se igualan, la Biblioteca de Babel carraspeará y dejará ir a algunos de los que en su vientre moran, y de libros  inundaréis escaparates y mostradores, aceras y plazas, mercados y zocos, y la gente saldrá a la calle por y para ellos, y fiestas celebraréis en Mi honor, y el mundo se regará con rosas rojas en alabanza a aquello que ha sido hecho por Mi mano.

Y que así fuera hice.

………

– Y esta es la historia -dijo con mirada nostálgica aquel dios menor en la tertulia del bar de segunda clase del Paraíso-. Eso sí, manda huevos que los discípulos del Gran Jefe me hayan llamado Sant Jordi.

oooooo

Addendum
Parece obvio, pero para que quede escrito, la idea de la Biblioteca de Babel viene del cuento del mismo nombre de Jorge Luis Borges, Historia Universal de la Infamia
http://www.literaberinto.com/vueltamundo/bibliotecaborges.htm

MONTE ARRIBA (y II): CUIDADO CON EL CHOCOLATE

Publico dos entradas a la vez, esta y la anterior, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

A una hora bastante digna he coronado el pico. Coronar un pico siempre produce un placer elemental y no muy razonable, pero cuándo se ha pedido a los placeres que fueran razonables. Hechas las fotos, he abierto mi saquito de provisiones y he repuesto fuerzas con fruición: un par de mandarinas, unas nueces y ese trago de agua que sabe mejor y más intenso que el trago del mejor reserva de la mejor cosecha. Luego, como reconocimiento a mi esfuerzo, me he premiado con una pequeña pastilla de chocolate que ayer rescaté de un armario de casa donde yacía olvidada. La había comprado hacía mucho tiempo en un remoto pueblo francés donde me detuve por pura casualidad, en una chocolatería atendida por una mujer un tanto enigmática. Recordando aquella tienda tan poco en consonancia con el lugar, y un poco perdido en la grandeza del paisaje, saboreé el primer bocado; era un chocolate denso, aromático, con una amargura sin aristas, levemente especiado e incluso algo picante. Suspiré, cerrando los ojos, y fui atacando sin prisas el resto de la tableta. Un éxtasis gustativo…

En cuanto terminé, y con en la boca los últimos coletazos del chocolate, me di cuenta de que algo no acababa de ir bien. Mi corazón empezó a latir más fuerte, a pesar de estar sentado, y la sangre se puso a correr por mis venas y arterias con cierto desorden; como hubiera dicho un físico, abandonó su habitual flujo laminar para pasar a un clarísimo flujo turbulento. Por otra parte, mi diálogo interior, tirando a contemplativo, se tornó tumultuoso, y sin yo poder hacer nada para evitarlo, empezó a derivar hacia contextos… esto… irreproducibles. Un poco asustado, miré con aprensión el envoltorio del chocolate, pero qué iba a hacer, si todo su contenido estaba ya en mi estómago y, por lo que podía notar, también en mi sangre. Ante la ausencia de alternativas, decidí iniciar la bajada, aunque en mi situación de creciente desenfreno psicosomático se me antojaba peligroso.

Mis primeros pasos fueron un poco tambaleantes, y mi pensamiento estaba ocupado en asuntos de mayor enjundia que buscar el camino o apoyar los pies con cierto fundamentado equilibrio. Aquellos chocolates eran auténticas bombas, y su autora no sé si merecía la horca o el título perpetuo de benefactora de la Humanidad, probablemente ambas cosas. Un sofoco se me iba, y otro se me venía. Intentando dominarme, apliqué todas las recetas que se me ocurrieron: hacer raíces cuadradas mentalmente hasta el sexto decimal (aunque reconozco que sólo lo conseguí con el cuatro), pensar en las próximas elecciones, recordar una escena de La vida es una tómbola, evocar la declaración de Hacienda, hacer cien flexiones (en realidad a la tercera tuve que parar por fuerza, o falta de fuerza, mayor): nada. Mi estado no mejoraba, mis pensamientos giraban obsesivamente alrededor de una misma idea… esto…básica, y mis humores se agitaban a mayor ritmo todavía que mis pensamientos y exactamente en la misma dirección.

Declamando a gritos poesías eróticas que iba improvisando, conseguí avanzar un poco. El camino de bajada llevaba a una vieja ermita, lo cual me dio una idea para solucionar mi problema de… esto… exceso de energías. Así que nada más llegar a la ermita me puse a impetrar la Gracia de la Patrona o Patrón de aquel santo lugar, fuera quien fuera, para que me librara de mi tormento. Muy apurado tenía que estar un descreído como yo para recurrir a soluciones tan poco laicas; pero me apliqué con todas mis energías a formular una petición bien argumentada. Desgraciadamente, el Cielo se mantuvo sordo a mis plegarias. Y he de admitir que no se lo reprocho, pues si bien seguramente la petición en sí debió parecer plenamente razonable a quien la recibiera, es posible que los detalles que di sobre lo que me pareció la mejor manera de aliviar mis… esto… inquietudes, probablemente fueron considerados que atentaban en exceso contra el sexto mandamiento, contra el noveno y contra algunas otras regulaciones menores. Viéndome rechazado por las Instancias Divinas, y en un acceso de cólera dramática, me planté ante la ermita y declamé con sincero convencimiento:

Clamé al cielo y no me oyó.
Más si sus puertas me cierra,
de mis pasos en la tierra
responda el cielo, no yo.

 Y me puse a correr monte abajo, jurando en gíglico, en busca de alguna ninfa, dríade, náyade, sirena nemorosa, serrana, pastora, zagala, lo que fuera, lombriz, bueno, lombriz no. La verdad es que ahora, en frío, me avergüenza reconocer la situación de necesidad extrema en que me hallaba y los pensamientos y deseos que aquello engendraba en mi débil carne. Pero a quien tenga tendencia a juzgarme duramente, le invito a que un día pruebe un chocolate como aquel del que yo había sido víctima, y luego me cuente.

 La historia hubiera podido acabar muy mal. Pero quiso el destino que en mi loca carrera atinara a pasar cerca de un pequeño estanque de aguas cristalinas, desde el que me pareció que una doncella, que allí voluptuosamente se bañaba, me hacía inequívocos e insinuantes gestos. Sin pensármelo dos veces, ni siquiera una, me lancé en pos de tan mirífica visión, con tan mala, o puede que fuera buena, fortuna que me enredé en unas ramas y caí cuan largo y ancho soy en el estanque. Al instante, el estanque y sus límpidas aguas se tornaron en charca fangosa, y la supuesta doncella en una rana que ni siquiera se dignó mirarme y desapareció con gran y ofendida dignidad. Churretones de barro se me colaron por la espalda, y empezaron a subir por las perneras del pantalón, como reptiles viscosos y malolientes que se dirigieran a un punto no muy alejado de mi ombligo. Eso, junto con la frialdad del agua, consiguieron lo que no habían conseguido ni jaculatorias ni flexiones ni raíces cuadradas, y los efectos del chocolate quedaron pronto disipados. Avergonzado, hecho un Dios me libre, empapado, tiritando de frio, completé el camino de regreso con infinita pena y cero de gloria.

 Nada más llegar a casa, corrí al armario del chocolate, y comprobé con horror que nos quedaba otra tableta de aquellas. Poseído por un irreprimible furor vengativo, la cogí entre mis manos sin contemplaciones y me dispuse a entregarla al abrazo del fuego purificador…

 (Y aquí termina la historia… Dejo a la imaginación del lector el destino final de aquella mágica tableta)

MONTE ARRIBA (I): ¿NOS ECHAMOS UNA CARRERITA?

 

Publico dos entradas a la vez, esta y la siguiente, ya que en el fondo son una única entrada que se me partió por la mitad. Se pueden leer las dos a la vez o, mejor opción, consecutivamente, pero también de manera independiente, la primera y no la segunda o la segunda y no la primera; incluso se puede no leer ninguna.

 

Estoy subiendo hacia un pico, bueno, dejémoslo en un piquillo, que se llama Puigsallança. Hace sol, pero es un sol poco agresivo, y además la mayor parte del camino transcurre por dentro de encinares y hayedos, umbríos los primeros, a la espera de lucir sus hojas los segundos. Es el principio de la subida, y se respira bien, de momento. El olor a tierra, a verde, a húmedo, resulta embriagador.

Voy solo. Me gusta ir solo por la montaña. Solo, estás más atento a olores, luces y sonidos. O a lo mejor eso son excusas, y lo que pasa es que me gusta ir solo por ciertos rasgos de mi carácter, digamos que de déficit de sociabilidad, de los que a veces se me acusa. Sea una cosa, la otra o ambas, me gusta establecer una especie de diálogo interior mientras camino, sobre todo cuando los árboles me privan de conversar con mi sombra. Y no pretendo insinuar que eso del diálogo interior implica profundas reflexiones, qué va. Mi diálogo interior es intrascendente, casi frívolo en ocasiones. En cualquier caso, el camino embarrado y resbaladizo que estoy siguiendo no lo cambiaría por la alfombra roja de un palacio; subiendo, me siento profundamente feliz, incomprensible y atávicamente feliz.

Llego a un pequeño collado con una hierba tan verde que uno no acaba de tomársela en serio. Ahí, la vegetación se abre, y, a lo lejos, se ven las imponentes cumbres nevadas del Pirineo. Son cumbres consagradas, reconocidas, con una pizca de arrogancia, y que miran a mi modesto pico como quien mira a un hermano pequeño que no ha alcanzado la pubertad. Pero yo no me dejo amilanar, y sigo mi camino con espíritu primaveral. Y es que sí, la primavera ha venido, nadie sabe cómo ha sido. Además de las flores, de los sonidos, de la tibieza del aire, flota por ahí un no sé qué indefinido que me fuerza a mirar a la Primavera a los ojos. Y lo hago con cierta sensación de culpabilidad, y me veo obligado a reconocer que ha llegado, a pesar de mis deseos de que no llegara. ¿Qué por qué no quería que llegara? Tanto da, cosas mías. De hecho, hubo una época en que, cuando se acercaba el momento, luchaba con la Primavera, la empujaba, intentaba cerrarle el paso, detenerla, retrasarla. Jamás conseguí nada; como mucho un año conseguí que llegara unos segundos más tarde, pero hubo tal revuelo en las Cortes Astronómicas, y tal furia en los Sindicatos Astrológicos, y las mareas excepcionales que vinieron soliviantaron de tal manera a los Reinos Marinos y Oceánicos, que me juré no volverlo a hacer. Ahora, me limito a mirar para otro lado, a simular que no va conmigo, hacer como quien no quiere la cosa, a no establecer relaciones diplomáticas con ella. Pero, cada año, termina llegando un día en que la evidencia se impone. Y este año ese día ha sido hoy. Los sonidos, la tibieza del aire, las flores, y ese no sé qué que flota por ahí, han hecho que terminara rindiendo pleitesía a la Primavera; pues qué se le va a hacer, si no puedes con tu enemigo únete a él, o eso dicen.

En estas estoy, intentando respirar a pesar de la cuesta cada vez más empinada, cuando de repente oigo voces. Un grupo de tres o cuatro personas viene en sentido contrario, y, Dios, cómo se envidia a los que van en sentido contrario cuando tú subes. Obviamente, están practicando el diálogo exterior, lo cual interrumpe mi diálogo interior, claro. Y me hace pensar que la gente en la montaña debería ir callada, o hablando poco y muy bajito, que no está bien llenar el monte de voces. Disimulando mi desaprobación, les saludo cortésmente al cruzarnos. En estos casos, intento saludar con dignidad, procurando que no se note que el corazón está a punto de salírseme por la boca; ello implica algunos equilibrios que no siempre dan resultados satisfactorios. Mientras los caminantes se pierden a mi espalda en dirección al valle, se me ocurre que lo que juzgamos que está bien o que no está bien depende no tanto de juicios morales o de valores éticos, sino de lo que nos gusta o no nos gusta, o de lo que nos hace sentir momentáneamente satisfechos o insatisfechos, así que un ejercicio de tolerancia es siempre recomendable. Profundamente emocionado por mi altura de miras interior, dejo que mi mirada se pierda en el infinito y así componer una escena de profunda trascendencia; lamentablemente, mi altura de miras y mi mirada perdida la aprovecha una piedra para ponerme una alevosa zancadilla que casi da con mis huesos en el suelo. De manera que me pongo a maldecir, con escasa tolerancia, a mi prójimo ruidoso, a todas las piedras de ese lado del Mississippi y a la falta de oxigenación de mi cerebro que me provoca pensamientos de tan inútil y ecuménica bondad.

Al poco, tengo uno de mis consabidos ataques de hipocondría. Suelen darme estos ataques cuando las fuerzas flaquean y el diálogo interior languidece, una o dos veces por excursión. En esta ocasión, todo empieza por un dolor incipiente en una rodilla, que me hace pensar que me acabo de quebrar el menisco, y quién sabe si también el fémur, y que por culpa de ello voy a caer al suelo y quedar inconsciente por el golpe, a la merced de la congelación y de las alimañas. Mientras me preparo para la caída, noto un leve dolor en el hombro derecho, y me digo, caramba, qué infarto más raro estás teniendo, y cuando ya me dispongo a sacar el móvil para dictar un mensaje póstumo al mundo, veo lucecitas en un ojo, aviso inapelable de un inminente desprendimiento de retina, lo cual me causa amplia zozobra, ya que andar ciego por la montaña, más si encima se te han roto los meniscos y estás sufriendo un infarto, es muy difícil. Al cabo de poco, el ataque de hipocondría termina. Igual que vienen se van, deben de ser cosas de la edad.

Pasado el ataque en cuestión, creo obligado explicar qué hago aquí. El Puigsallança hacia el que me dirijo es un “cent cims”, un “cien cimas”. Esto de las cien cimas es una especie de reto que consiste en coronar cien cimas de entre un listado de más de trescientas propuesto por la Federación Catalana. La primera vez que oí hablar del asunto me pareció una gran idea, y se me ocurrió que era una excusa excelente para ir conociendo y descubriendo rincones y lugares hermosos. Pero en esas se me apareció el señor Tiempo, que me miró con sorna y dijo:

-Sí, claro, cent cims, mi niño, explícame cómo vas a subir a cien cimas con los años que te quedan para subir cimas, ricura, echa unos números, el ritmo al que Yo paso y el ritmo al que tú subes, que no sé para qué te sirve tanta ciencia, si terminas siempre en manos del descarrío, echa cuentas y ríndete a Mi evidencia.

Profundamente afligido por tan cruel exhortación, cerré la libreta donde pensaba apuntar mis logros montañeros, derrotado. Pero en eso algo se revolvió en mi interior, y, mirando al señor Tiempo con mirada pícara le dije:

-Bueno… pues… ¿Echamos una carrerita?

Y eso. Que aquí estamos.

UN ALMA DE SALDO

 

La historia empieza en el momento en que bajé de la acera para cruzar la calle. Bueno, en realidad no; si empiezo por cuando bajé de la acera, la historia resultará más confusa aún de lo que ya va a resultar de por sí, sin añadir las torpezas del narrador. Así que me perdonarán ustedes si doy un paso atrás para empezar por donde debí realmente haber empezado.

Digamos pues que la historia empieza un día en que, ya anochecido, íbamos mi mujer, mi hijo y yo por la calle. Aunque tal vez debí haber empezado por decir que mi hija acababa de tener una hija, ese puede que sea el principio de verdad. Y esa niña que acababa de nacer era la primera sobrina de mi hijo, que era hermano de mi hija, y la primera nieta de mi mujer, y, claro, la primera hija de mi hija, y mi primera nieta, casi se me olvida, aunque era fácil deducirlo. Si digo que íbamos a conocer a la recién nacida puede que poco a poco todo esto empiece ya a tener algo de sentido. Pues bueno, íbamos los tres por la calle casi cogidos de las manos, viviendo juntos y cada uno a su manera una mezcla de gozo, maravilla y sobrecogimiento, en silencio pero densamente unidos, anticipando abrazos y fermentando emociones, flotando los tres en una especie de felicidad individual y compartida.

Ahora que he conseguido aclarar las cosas, al menos hasta aquí, puedo volver al momento en que decidí cruzar la calle, miré a mi derecha, no venía nadie, así que bajé prestamente un pie de la acera, luego el otro, y en ese momento me sentí como un cretino por no haber mirado a mi izquierda, por donde un autobús lanzado a toda velocidad se me llevó por delante en medio de un delirio de frenos chirriantes, golpes, gritos y confusión. Lamento no poder explicar que justo antes del impacto tuve tiempo de ver la cara horrorizada del conductor y de sentir su ramalazo de incredulidad con unas gotas de compasión. Pero todo fue tan rápido que no pude disfrutar del privilegio de ver la cara del hombre que iba a causar mi muerte, lo cual es una pena porque le hubiera dado un toque dramático muy propio a mi historia. En realidad no vi casi nada, tal vez cosas dando vueltas a mi alrededor, o puede que el que diera vueltas fuera yo, oscuridad, apenas dolor y luego, como desde arriba y ya de lejos, mi cuerpo en el suelo, por suerte y gracias a la oscuridad, carente de detalles. Cada vez desde más lejos, vi algunas personas acercarse a él, o sea a mí, aunque ya no era yo, yo era una sustancia extraña que parecía estar ascendiendo, y aquellos que se acercaban a lo que había sido yo lo hacían con poca fe, y no se lo reprocho, pues después del atropello yo era el primero que tenía bien claro que ya nada se podía hacer. Pronto la escena se desvaneció, y durante un rato todo lo que noté fueron unas ganas de llorar enormes, inabarcables, abismales. Curiosamente, mi muerte me dejaba indiferente; lo inconsolable era evocar a mi mujer y a mi hijo, lo que habrían visto y oído, y pensar en mi hija, que no recibiría el abrazo de su padre, y en mi nieta, que recibiría abrazos que habrían quedado helados por el horror, unos abrazos helados que no merecía en absoluto. Me sentía atrozmente culpable por haber arrojado aquella sombra negra sobre unos momentos que tendrían que haber sido de plenitud y felicidad, y todo por no haber mirado hacia donde debía, oh soberana estupidez.

Aunque en mi nuevo estado el concepto de tiempo era un tanto difuso, digamos, para entendernos, que al cabo de un rato sentí que a mi alrededor había otras presencias parecidas a la mía, presencias a las que por comodidad llamaré “almas” a partir de ahora. Me di cuenta de que las almas eran, éramos, numerosas, e incluso parecía reinar una cierta confusión, pues, aunque etéreas, las almas se movían (nos movíamos), íbamos de un lado con cierta agitación e incluso había algún tipo de conversaciones sin voces que llenaban el ambiente de ruido silencioso. Poco a poco me fui adaptando a todo aquello, incluso entendiendo cosas aquí y allá, de manera que me di cuenta de que todas las almas parecían esperar algo, y una tensión contenida, que pronto se me contagió, nos envolvía a todos, o a todas, que esto del género tampoco andaba claro por allá. Ustedes me dirán que exagero, pero estar entre un gran número de almas que, en toda lógica, correspondían a recién muertos como yo, agitadas e inquietas, es una experiencia difícil. Poco hecho todavía a la vida inmaterial, intenté buscar alguna referencia para ubicarme, y lo primero que se me ocurrió fue la sala de espera de un hospital. Aunque luego di con una mejor: la antesala de un juzgado. Mi intuición se reforzó al discernir unas especies de ujieres con aspecto de querubines desengañados y cínicos que aparecían aquí y allá y parecían comunicar veredictos a las almas ansiosas. Mientras yo me incorporaba a aquella espera inquieta y desapacible, y aunque los recuerdos de lo que empezaba a denominar para mis adentros “mi vida terrenal” parecían empezar a marchitarse, persistía como un dolor punzante la tristeza dolorosa por la forma en que había abandonado a mis seres más queridos.

Siempre teniendo en cuenta que recurro a convencionalismos inaplicables a aquella singular situación, digamos que transcurrió un buen rato, uno de los ratos más desazonadores que he pasado en mi vida, un rato que me hizo vislumbrar el sentido de la palabra eternidad en aquel contexto. Hasta que por fin uno de aquellos ujieres chusqueros con alas pero escasamente angelicales se me acercó. Lo que me comunicó lo hizo, por supuesto, sin palabras, aunque yo lo traduzco para más fácil comprensión:

—Eh tú, si tú, fenómeno, vente para acá, que te han examinado y no hay recoveco de tu vida que no haya sido explorado, desmenuzado y analizado, qué te parece, y, la verdad es que te has lucido, con tu vida, ¿eh?, menudo currículo el gachó, si no he entendido mal, tema cometer pecados no te has cortado ni un pelo, ¿eh?, y en cuanto a mandamientos, el señor iba de anarquista, por lo que he oído…

Siguió así un buen rato, durante el cual me vi inapelablemente condenado al infierno por toda la eternidad, ahora que empezaba a entender qué era eso de la eternidad, y la zozobra me invadió, o invadió mi alma, y nunca mejor dicho. Por abreviar, paso directamente a la parte final de la filípica de aquel arcángel con trienios:

—Pues vaya que se han estado rato contigo, que si llego a ser yo te despacho en un pispás, pedazo de pecador contumaz. Han discutido y discutido, las monsergas de la misericordia y no sé cuántas sandeces más, pero al final te han aprobado. Ya te iba a dar yo, aprobar a un tipejo como tú, pero son los tiempos que corren aquí arriba, y así van las cosas. Y es que antes al menos te hubieras chupado una temporada de purgatorio de no te menees, pero dicen que ya no toca, lo del purgatorio, y muy a mi pesar te vas a ir de rositas, y a mí qué más me da, si yo soy un mandado, yo a obedecer, y tal como me lo han dicho te lo digo a ti, te vas a ir de rositas, eso sí, por un voto de diferencia, no te hagas ilusiones, anda, venga, desaparece de mi vista antes de que alguien se arrepienta de Su Misericordia…

Y con estas palabras el que desapareció fue él, sin dejarme explicarle que mi salvación eterna me importaba un comino y que lo que me importaba era el rastro de dolor que muy a mi pesar había dejado. Y en esos tristes pensamientos estaba cuando de repente se materializó a mi lado un extraño y oscuro personaje de olor penetrante y contornos difusos, un poco rojos y otro poco negros. Así me habló:

—Vaya vaya, un chisgarabís que envían al paraíso, eso me complace, claro, y, el señor puede que, según tengo entendido, haya dejado atrás algunos asuntos que…euuuhhh… limpiar… y puede que el señor estuviera interesado en un pequeño trato con este su seguro servidor, amplia y mutuamente beneficioso…

Aunque lo de limpiar me pareció una referencia excesivamente descarnada, se lo pasé por alto y le animé a seguir.

—Bueno, pues es muy sencillo, usted, señor mío, vuelve a su vida exactamente en el punto en que la dejó, arregla sus asuntos, limpia lo que tenga que limpiar, y, transcurridos…estooo… en su caso… digamos… seis meses… bueno, usted me cae bien, pongamos nueve meses, usted vuelve por aquí y pone su alma a mi disposición. ¿Le parece?

El Diablo. Me di cuenta de que el Diablo en persona estaba intentando comprarme el alma.

—Mefistófeles —murmuré recordando mis clásicos.

Inmediatamente, el personaje estalló en desagradables carcajadas.

—El Diablo, mi bisoño amigo, tiene cosas más importantes que hacer que ocuparse de su alma, que tampoco vale gran cosa, si se me permite decirlo. Ha pasado el examen por un voto de diferencia, así que no se pavonee en exceso, que usted es un alma de a pie, una especie de saldo con la que no puedo perder mucho tiempo, ¿estamos?, un alma que casi nos quedamos gratis, no lo olvide. Así que diga si acepta o no, y acabemos rápido.

Aquello hirió mi amor propio, he de reconocerlo pues a nadie le gusta ser un alma low cost, y casi frustra el trato. Pero el recuerdo de lo que había pasado con el autobús pesaba como una losa en mi conciencia, de modo que regateé un poco, sobre todo por mantener las formas, y conseguí arrancarle a aquel diablejo subalterno tres meses más. En total, doce meses de plazo a cambio de mi condenación eterna. Claro que nueve o doce, tanto daba; lo importante era evitar aquel autobús, y lo demás carecía de interés. En realidad, el trato no era tan malo, y uno por los suyos hace lo que sea. Así que le pregunté, tímidamente, si debía firmar con una gota de mi sangre.

—Ja ja ja… Usted ha leído demasiados libros, compadre. No desperdicie el año que acaba de comprar leyendo más, el consejo es gratis. El contrato ya está firmado.

Y desapareció. Inmediatamente, me encontré de nuevo en el momento en que decidí cruzar la calle, miré a mi derecha, no venía nadie, así que bajé prestamente un pie de la acera, luego el otro, y en ese momento un grito de mi hijo me hizo dar un salto hacia atrás. Trastabillé y caí en la acera, mientras notaba el aliento próximo del autobús asesino que pasaba a pocos centímetros de mí, y me sentía como un cretino por no haber mirado a mi izquierda, pero un cretino vivo y que pudo abrazar a su mujer y a su hijo para que se nos fuera el susto a los tres.

—No ha pasado nada, sólo un susto — mentí con total desparpajo.

A partir de ahí ya no hay mucho que contar. Lo que siguen pueden imaginarlo, y luego la vida siguió, y no creo necesario explicar los detalles. A veces es suficiente que las cosas sean como tienen que ser.

He tenido tiempo de prepararlo todo, de arreglarlo todo, de “limpiarlo” todo, como me fue dicho, incluso de preparar un poco el camino. Cuando sea el momento, haré la maleta —bueno, creo que no, que no hay maletas— y cumpliré mi parte del trato.

Ustedes puede que no lo crean, pero cuando lo pienso serenamente, creo que no ha sido tan mal negocio.