“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)

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LA SERVILLETA AMARILLA

La mesa es pequeña, y está un poco apartada, y la mujer tampoco es que sea muy grande, y también parece apartada de casi todo, así que mesa y mujer hacen juego, y la mujer retira con desgana la servilleta amarilla que envuelve los cubiertos, esos cubiertos envueltos que le ha puesto el camarero, y se los ha puesto sin excesivo cariño, todo hay que decirlo, sin mirarla, pues según qué clientes no tienen derecho a cariño, ni a cortesía casi, a esos clientes se les pone el cubierto, se les pone el plato, claro, pero se les pone el plato como se le pone el tapón a una botella vacía, como se le pone el punto final a una instancia, piensa el camarero, aunque en realidad no lo piensa, ya se ha olvidado de la mesa, que hay que saber que el camarero ve sobre todo mesas, raramente ve las personas que se sientan a las mesas, especialmente si son mujeres como aquella, que en ese momento dispone ordenadamente los cubiertos al lado del plato único de su medio menú, sin derecho a bebida, que ya beberá luego del botellín que lleva en el bolsillo y que ha llenado en la fuente, sin derecho a postre, y es que las cosas no están para muchas alegrías, que suele decirse, aunque tampoco parece que fuera a haber mucha alegría en un poco de agua mineral y, pongamos, una manzana, digo yo, así que a falta de alegría estira su servilleta de papel, sí, la misma que envolvía los cubiertos, su servilleta de papel amarillo, suspira y ataca, sin prisa, ni placer, ni alegría, que eso ya habíamos dicho que no había, ataca el plato, y cumple así con su deber de alimentarse, atacar, cumplir su deber, qué marcial suena todo eso, pero, créanme, ustedes que no estaban allá, nada evocaba menos la milicia y el ardor guerrero que aquella pobre vieja en aquella mesa pequeña y apartada, cumpliendo su parte de un contrato que alguien debió firmar por ella un día, cosas que tiene no leerse la letra menuda, cumpliendo la parte que decía que debía alimentarse, y sí, ya no sé si lo había dicho o no, la mujer era vieja, no muy vieja, sólo razonablemente vieja, y la mujer razonablemente vieja comía en silencio, menuda obviedad que se me acaba de escapar, comía en silencio, por supuesto, cómo iba a comer la pobre, echando un discurso tal vez, si nadie la veía, si nadie la miraba, si los parroquianos atendían a sus asuntos, entre los que no estaba, por supuesto, nada que tuviera que ver con aquella mujer comiendo en silencio, ni siquiera el camarero la ve, sólo verá la mesa vacía cuando se vaya, y recogerá el servicio, que como no te he visto no me acuerdo, que dice el refrán, un poco adaptado, eso sí.

Y ustedes se preguntarán que cómo y por qué sé yo todo eso, y la respuesta es muy sencilla, tan sencilla como que yo pasaba cerca de aquel bar de mi barrio, y apoyé la cara contra el cristal, y me puse a mirar al interior en busca de unos coleguillas que a veces paraban allí, y como no estaban pues seguí mirando con descaro a mesas y comensales, que el descaro es prerrogativa de los que tenemos la virtud de ser jóvenes, virtud de la que, por cierto, carecía la mujer solitaria, como ya ha sido explicado antes, y anduve un rato mirando, mi nariz apretada contra el cristal, mis manos haciendo pantalla para evitar los reflejos, y por eso he podido explicarlo, pero sucedió que cuando empecé a quedarme sin descaro que derramar a través del cristal, me pareció que la mujer salía de su burbuja de indiferencia y silencio, y me miraba, y entonces yo también la miré, y mi descaro se tornó insolencia, y nos miramos un rato y un extraño frío empezó a recorrerme la espalda, e hice ademán de irme, pero entonces la mujer, súbitamente implorante, me suplicó, que no sé cómo pude escucharla a través del grueso cristal:

—Chico, eh, chico… Por favor… ¡Mírame! Necesito que alguien me mire y me vea. Si nadie me ve es que no existo, si no existo terminaré por desvanecerme… ¡Por favor!

—Maldita vieja… —mascullé casi para mis adentros—. A quién le importa que tú desaparezcas o aparezcas o te fulmine un rayo cósmico.

Y, con rabia, cerré los ojos, los cerré con todas mis fuerzas, pero sin apartarme del cristal, que quería que me viera así, cerrando los ojos de par en par, y sí, ya sé que fue un poco cruel, pero si el mundo no fuera un sitio un poco cruel los dioses se aburrirían infinitamente, es una idea que un día se me ocurrió en clase de religión, y seguí con los ojos cerrados un buen rato, y cuando por fin volví a abrirlos el camarero estaba recogiendo el plato y los cubiertos, y en el suelo había una servilleta amarilla un poco arrugada y no muy sucia.

MIS MEMORIAS (III)

Cosas del lenguaje

Oye, que me he dado cuenta, leyendo por ahí, de que lo de escribir con anglicismos es muy cool, pero que debería respetar un poco más la lengua de mis mayores. Así que diré analepsis en vez de flash-back, música relajante en vez de música chill-out, superventas en vez de best-seller, mercadotecnia en vez de marketing, guay (o chévere, o padre) en vez de cool, batallón en vez de sotnia y no tengo ni idea de cómo diré tai-chi. Así seguro que se me entiende mejor.

Nota (de importancia regular, lo digo sobre todo por el título del siguiente apartado). Cuando, tras mucho buscar, estaba dudando entre llamar al tai-chi “principio generador supremo”, “lo ilimitado” o “energía del universo”, una buena amiga me hace notar que tai-chi no es un anglicismo, en qué estaría yo pensando. Y que sotnia tampoco, cosa que, pero, e tenía menos preocupado. Sea como sea, respiro con alivio.


Nota importante

Debo repasar cuidadosamente todo lo escrito. Lo de amasar mi primer millón era una licencia, una más, pero como llegue a oídos de los inspectores de Hacienda, o de mi banquero, al que debo todavía unas cuotas de amortización de un préstamo, me busco la ruina. Malditas licencias. Pero las licencias son la sal de las memorias; esta es otra frase memorable que se me acaba de ocurrir y deslizaré en alguna parte, puede que en el prólogo.


Salvad al Don

La verdad, de repente me ha dado mucha pena prescindir de la escena de la batalla a orillas del río, que me estaba quedando muy propia, muy auténtica, dramáticamente humana, cómo me gusta echarme piropos. Claro que hasta que ustedes, queridos lectores que todavía no existen pero existirán cuando lean esto, puedan alabarme, yo debo encargarme en solitario de la sección de halagos y parabienes, que no sólo de pan vive el escritor de sus memorias. Bueno, pierdo el hilo. A lo que íbamos: que lo de la batalla lo he de aprovechar sin falta, como sea. Pienso… Ya lo tengo: mientras intento escribir un capítulo, ante la hoja en blanco que me mira desafiante, me quedo dormido. Sueño con galopes, sables desnudos, frío, un río muy ancho que transporta bloques de hielo. Al despertar contemplo, incrédulo, cómo la hoja ya no está en blanco, sino que contiene, de mi puño y letra, el relato de la batalla. Y no me negarán, queridos lectores (cuando los tenga serán queridos, sin duda) que la cosa es surreal, levemente desazonadora: simplemente brillante.

Nota de importancia secundaria. He de aflojar un poco en el tema de la densidad de autoalabanzas.


Cuñas insólitas

Brás Cubas, en sus memorias, introduce de vez en cuando un episodio insólito, que no viene a cuento: una mosca que se intenta comer a una hormiga que le muerde una pata, por ejemplo; o una doctrina filosófica pintoresca: el humanitismo. Son como pequeños entremeses refrescantes que desconciertan al respetable, que después de leerlos regresa al texto con interés renovado; debo intentar emular eso. Lo que pasa es que no se me ocurre nada. He perdido una hora intentando imaginar una escena con una pastilla de jabón en la bañera, una alegoría intuitiva y deslumbrante, he pensado. Hasta que me he convencido de que era, sencillamente, una banalidad estúpida (o una estupidez banal, vaya usted a saber). Demonios, nadie me había avisado de lo mucho que costaba tener buenas ideas.


Momentos de desánimo

En vez de seguir escribiendo mis memorias, repaso lo que ya he escrito. Craso error. Todo me parece ahora mezquino, mediocre, gris. ¿Alguno de ustedes, queridos lectores, ha cocinado bacalao al pilpil? ¿Y cuando creía que todo iba bien tras un buen rato de agitar rítmicamente la cazuela, y de ver crecer poco apoca una salsa densa y cremosa, promesa firme de placeres gustativos sin fin, ha contemplado con horror su inapelable desagregación en unos elementos oleosos heterogéneos y llenos de grumos, prueba palpable de lo mucho que faltan a sus promesas ciertas salsas? Pues mis memorias me parecen ahora un bacalao al pilpil fracasado que nadie querrá catar.


Un poco mejor

La metáfora anterior me ha hecho sonreír. Estoy seguro de que nadie, ni Machado de Assis, ni siquiera el Biólogo Descarriado, ha comparado nunca unas memorias con un bacalao al pilpil. Este hallazgo literario me da ánimos y me empuja a seguir.


Deberes pendientes

A todo esto todavía no se me ha ocurrido todavía ninguna buena razón por la cual mis padres hubieran querido llamarme Virgilio. Se lo preguntaría, si no fuera porque al no llamarme Virgilio la pregunta es posible que les cause cierta sorpresa. Es un problema que debo resolver o el primer capítulo queda comprometido. También he de pensar más frases profundas para el capítulo de filosofía. Se me acumula el trabajo.


Vejez

Este es un capítulo de sentimientos contenidos: sereno, intenso pero no desgarrado. En él, muestro una aceptación melancólica de mi senectud, mezclada con una mirada lúcida sobre mi vida y el mundo. Y finalmente explico cómo encaro la enfermedad que va a acabar con mis días. Tengo que asesorarme, ha de ser una enfermedad no muy cruel, no muy larga, tampoco demasiado fulminante, que dé tiempo a unas últimas reflexiones, y que pueda terminar como una especie de clímax encubierto. Pero nada que resulte lacrimógeno ni melodramático, que mi superventas ha de mantener unos niveles mínimos de calidad literaria y humana. Y morirse como los lectores esperan de uno no es nada fácil; habrá que afinar.


Vida familiar

Antes de llegar a la vejez tengo que hablar de mi familia. Padres, mujer, hijos. Mis hijos no me perdonarían que no les mencionara, sobre todo porque fue uno de ellos quien me regaló el libro de las memorias de Brás Cubas. Luego abuelos y abuelas, tíos, tías, primos, sobrinos, familia política. Ay de mí si me dejo a a alguien. .

De lo que me estoy dando cuenta es de que escribir unas memorias da un montón de trabajo y de que te obliga a tomar un montón de decisiones. En mala hora me metí en esto.

Se me ocurre de pronto que a lo mejor este tema espinoso-familiar lo podría solucionar mediante una licencia de esas, explicando que empecé en un orfanato, y que no me casé ni tuve hijos; y es que las licencias son a las memorias lo que los comodines a los juegos de cartas.

Maldita lógica: esta solución no es viable, ya que si fuera así nunca sabría por qué me llamo Virgilio.

MIS MEMORIAS (II)

Remordimiento de cabeza

Me despierto con un fuerte remordimiento de cabeza y mucho dolor de conciencia, qué raro, no me acaban de casar esas expresiones, será mucho remordimiento de cabeza y fuerte dolor de conciencia, pues tampoco, ya lo aclararé cuando esté más lúcido. Hay también otros síntomas menores que me abstendré de enumerar porque a estas alturas cualquier cosa que escriba será usada en mi contra.

Spleen y melancolía

En mi estado, me veo casi obligado a hablar de la bilis negra, de la angustia de existir, de la melancolía profunda, sin objeto e irrecuperable. Un intento de suicidio puede completar un cuadro muy atractivo y hacerme ganar lectores.

Intento de suicidio

Hago memoria, y por mucho que busque y rebusque en mi pasado no recuerdo ni una brizna de pensamiento, ni mucho menos de intento, de suicidio. Dicho intento está, por lo tanto, en el futuro. Así que manos a la obra: ni corto ni perezoso, abro la ventana, me subo al alféizar, respiro la brisa con anticipada sensación de pérdida, dejo que el sol me acaricie por última vez, pienso que hoy es un buen día para morir y salto. Caigo bastante dignamente sobre la hierba del jardín, medio metro más abajo. Vuelvo a entrar en casa. Ya está, ya tengo el intento. Y es que la vida hay que vivirla intensamente, en primera persona.

Por si acaso, voy a prepararme un café bien cargado, no vaya a ser. Y además me tomo dos alka-seltzer y un neurocalm, me pongo música chill-out y hago unos movimientos de tai-chi.

Una vida en primera persona

Estas memorias están sacando lo mejor de mí, y estoy escribiendo frases que ni siquiera sabía que sabía escribir. Vean esta: “y es que la vida hay que vivirla intensamente, en primera persona”. No me negarán que tiene un no sé qué de ritmo, de energía. Enardecido por mi propia frase, decido salir a la calle a vivir una aventura que merezca un capítulo destacado. Y es que la vida hay que vivirla en primera persona, decididamente, perdonen que me repita, pero un hallazgo literario como este hay exprimirlo a fondo.

Un momento de desconcierto

Como he dado casi dos vueltas a la manzana y no ha pasado nada, vuelvo a casa un poco decepcionado. No sé muy bien por dónde seguir…

Proyectos para la infancia

Por suerte me doy cuenta de que la infancia había quedado pendiente de flash-back, y eso me salva del vacío creativo. Será exactamente en el momento más expansivo y exitoso de mi vida, el momento en que termino de amasar mi primer millón. Será entonces, pues, cuando evoque mis primeros años. Eso sí, he de reconocer que mi infancia fue razonablemente feliz, y eso no es buena materia prima para un best-seller. Así que deberé recurrir de nuevo a licencias prosaicas, y recordar cuando iba a robar madera a las obras para alimentar la lumbre de nuestra pobre choza, versión así medio lírico-rural, o cuando ayudaba al sustento de mi familia recogiendo colillas en el metro, versión más sórdido-urbana. O las dos, ancha es Castilla. También puedo explicar cuando murió mi pobre madre después de cedernos todas sus raciones de comida durante la temible hambruna de posguerra. Claro que para esto antes he de pedirle permiso, que con su buena salud igual se asusta al verse muerta, por muy licenciada que sea su muerte; espero que entienda que son necesidades del guion, servidumbres del marketing literario.

De nuevo Virgilio

De repente resuelvo una cuestión que me tenía medio ofuscado, véase algunos capítulos más arriba. El dolor era en la cabeza, y el remordimiento, por exclusión, tenía que ser en la conciencia. Del dolor de cabeza prefiero no hablar ahora, y lo del remordimiento viene, seguro, de mi nombre putativo, Virgilio. Pienso que si esto han de ser unas memorias y distorsiono la realidad para que me quede una narración apañadita y primorosa, luego los estudiosos que indaguen en mi vida pueden quedar desconcertados y la verdad histórica comprometida.

Tras un rato de estupefacción dándole vueltas al asunto, concluyo que es altamente improbable que nadie indague en mi vida, absolutamente irrelevante para la historia y para casi todo lo demás. Declaro pues bula de licencia y empiezo a perfilar un capítulo sobre cómo conseguí derrotar a las hordas tártaras con un puñado de incondicionales valientes a mis órdenes.

Victoria a orillas del Don

El alba, pesada y fría, húmeda y blanda, empezaba a apoderarse del campo de batalla. Ocupábamos la parte más alta de una colina cuyos flancos la escarcha blanqueaba, y que pronto la sangre iba a enrojecer. Los caballos de mis hombres piafaban nerviosos, emitiendo nubes de vapor por sus ollares. Yo, impasible, flotando sobre la tensión contenida de aquellos terribles momentos, tenía la vista fija en la caballería enemiga, que empezaba a llegar a nuestro lado del río. Empecé a recorrer con fría calma, al paso, las filas de nuestros soldados, la sotnia puesta bajo mi mando por nuestro atamán. Con deliberada lentitud desenvainé mi sable curvo y con él señalé a los tártaros. Mantuve mi brazo extendido unos segundos, luego alcé el mortífero acero y…

Me interrumpo y recapacito. Me parece que estoy yendo demasiado lejos, esto es una licencia de tal calibre que mina gravemente mi credibilidad. Decididamente lo borro, me digo, mientras el retronar de los cascos de los caballos lanzados a una carga demoledora se va perdiendo por los rincones de mi imaginación.

ACERICO

Siento el tiempo que ha pasado
.          como agujas en la piel.
Una aguja por cada barco que no salió del puerto.
Una aguja por cada día muerto.
Una aguja por cada combate que rehuí.
Una aguja por cada beso que no te di.
Una aguja por cada cuento que no os conté.
Una aguja por cada carta que no escribí,
.          que ni siquiera pensé.
Una aguja por cada abrazo que no os llegó
.          y que por ahí anda perdido.
Una aguja por cada amanecer
.          que se me escapó
Una aguja por cada libro que no leí.
Una aguja por cada sueño fallido.
Una aguja por cada latido.
Una aguja por cada tarde vacía
Una aguja por cada gota de vida
.          que se quedó en el camino.

 ………

-Eh, maeztro… Pare er carro, ozú, que a ehte paso se me va aquedá como un acerico…

Y todos estallaron en ruidosas carcajadas, incluido el hombre que estaba recitando y al que se le disipó de golpe la borrachera de melancolía que había agarrado.

LA SONRISA DEL GASOLINERO

Llego con mi moto a la gasolinera. La subo al caballete. Los gasolineros van de surtidor en surtidor, de coche en coche, de coche en moto, dispensando el oloroso líquido de donde extraeremos, motor de explosión mediante, la energía que nos permitirá ir de un sitio al otro, y del otro al uno, que esto de ir y venir es cosa seria y trascendente.

Los gasolineros son, creo, indiferentes al efecto invernadero, al peak-oil y a cualquier otra cosa que no sea su tedioso quehacer en medio de una atmósfera enriquecida en hidrocarburos volátiles, y enrarecida por la mirada de los conductores que esperan turno, inquietos, irritables, impacientes, igual de indiferentes que ellos al efecto invernadero, al peak-oil y al último informe del IPCC, todo hay que decirlo.

Los gasolineros, por lo menos estos, son gente de gesto algo torcido, mirada diluidamente torva, sonrisa ausente. Pero la culpa no es de ellos, es que esto de dispensar efecto invernadero líquido es muy muy aburrido. O a lo mejor es que se contagian de la irritación de los conductores. O a lo mejor resulta que sí, que sí están preocupados por el último informe del IPCC y la acidificación de los océanos, y eso les causa pesar. O puede que simplemente sea que el propietario les paga un mal salario pero mucho peor es no tener trabajo. No creo que nunca sepa a qué se debe el gesto adusto de los gasolineros, pero es que ya me empiezo a acostumbrar a que haya cosas que nunca sabré.

Llevo un rato esperando. Yo también empiezo a estar impaciente, irritado, tenso, vigilando que nadie me pase delante, intentando aparentar indiferencia pero siguiendo con ansiedad el deambular de los gasolineros por este su reino terrenal. En eso, uno de ellos se aproxima, con su cara reglamentaria. De repente, su seriedad da paso a un esbozo de sonrisa que termina floreciendo hasta trocarse en expresión luminosa, radiante. Me quedo perplejo. ¿Qué ha sucedido? ¿Es a mí? Miro a mi alrededor, y el misterio se aclara. La acreedora de la sonrisa es una chica que, un surtidor más allá del mío, se apoya indolentemente en su motocicleta, exhibiendo unas largas y bronceadas piernas, una figura muy correctamente torneada, con todos los entrantes y salientes curvos que se exige en estos casos, y encima, bajo su cabellera rubia, mira lánguidamente al gasolinero. El susodicho gasolinero pasa por mi lado sin mirarme, probablemente también sin verme, y se va, zalamero, a atender a la belleza motorizada.

Maldigo mi suerte. Justo cuando me tocaba a mí. Medito si debo protestar o la sonrisa embelesada es ya suficiente sentencia firme e inapelable. Antes de tener tiempo de decidir nada, otro gasolinero, este con todos los atributos faciales en regla, se me acerca y sin decir palabra me empieza a llenar el depósito.

Mientras hago mi pequeña contribución a los desmanes de la industria petrolera, pienso que jamás ningún gasolinero me sonreirá como le ha sonreída a ella, y que la envidia será un feo pecado, pero que el mundo es profundamente injusto, e incluso suspiro, creo recordar, y me pongo tibiamente melancólico.

Un poco más tarde, ya a lomos de mi montura mecánica y produciendo más dióxido de carbono que el que tengo derecho a producir, consigo sacudirme la melancolía mediante una simple pregunta: ¿para qué carajo quiero yo que un gasolinero huraño me sonría embelesada y zalameramente?

Y es que una buena pregunta te arregla una tarde. Y así concluyo felizmente esta historia.

EL TRUJIMÁN CONCILIADOR (y 3)

En capítulos anteriores (uno y dos)…
Nuestro héroe llega, camuflado, y consigue tomar posiciones en la sala. Llegan los Sabios, cuyas reticencias iniciales son vencidas por la astucia sin par del personaje. Gracias a la templanza de nuestro héroe, la reunión avanza y se van superando obstáculos. Pero el fracaso vive oculto en los pequeños triunfos, y se acerca la Hora de la Verdad…

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Ahora les toca a los franceses. Les pido que hablen en inglés. Lo hacen, y a partir de ese momento no tengo más que repetir lo que dicen, abreviando un poco si acaso. Entro así en una fase plácida, pero entonces se me ocurre una gran idea: le doy a mi voz un tono monocorde, como de salmodia. La cosa resulta, y veo como poco a poco los Sesudos Iluminados van cayendo uno tras otro en un profundo sopor. Con la asistencia dormida, consigo hacer pasar a varias delegaciones más sin mucho perjuicio para nadie. A los oradores, para que no se sientan menospreciados, les susurro de vez en cuando por los auriculares:

— Mire Vuezapiencia con qué profundo recogimiento el Cónclave de Sabiduría Excelsa le escucha…

Así llegamos a la pausa-café sin mayores incidentes. Están contentos, la cosa avanza expedita. El croata incluso se me acerca y me felicita, aunque me pregunta que por qué traduzco cosas al maltés, que no hay nadie de Malta en la sala. Le contesto que setze jutges d’un jutjat menjen fetge d’un penjatovic y se va admirado de mi poliglotía. Aprovecho el receso para dar unas vueltas a la sala sobre mi skate. La cosa no pasa de intento, ya que, desgraciadamente, tan metido que estoy en mi papel que olvido que no tengo ni idea de montar en un chisme de esos y antes de llegar a la primea curva me pego tal trastazo que se me va la joroba; la suprimo de mi disfraz, espero que no se note mucho. Sólo más tarde me entero de que los traductores simultáneos, en general, no van mucho en tabla; no sé de dónde saqué la idea.

Ahora viene la parte difícil: hay que alcanzar un consenso con las conclusiones. Le hago un signo discreto a mi amigo, moviendo las orejas, como diciendo que confíe en mí y que adelante. Mi amigo toma la palabra y presenta a una colega suya que empieza a mostrar datos y gráficos y símbolos matemáticos incomprensibles. Vaya, para eso no venía yo preparado. No se me ocurre nada mejor que proferir una serie de sonidos guturales, que me parece la transcripción más sensata de lo que estoy viendo. Le susurro a mi amigo por el micro que se apresure, que la cosa puede complicarse, pues creo que del lenguaje matemático me falla un poco la fonética. Mi amigo me hace caso, y se pone a hablar con palabras cargadas de sensata lucidez. Yo condenso su lucidez en unas pocas palabras:

—Primera conclusión : son ustedes maravillosos.

La primera conclusión se aprueba por aclamación. Mi amigo, que no ha oído mi traducción, se queda perplejo y me mira, boquiabierto. Le hago señas de que adelante, que lo deje todo de mi cuenta, y retoma su discurso.

—Segunda conclusión — traduzco—: esta comisión de Curia de Cerebros de Alta Gama es la mejor comisión de este lado del Misisipi.

La segunda conclusión se aprueba con más entusiasmo aún que la primea, lo que se suele llamar a la búlgara. Pero en un descuido el italiano toma la palabra, y se pone a argumentar que habría que cambiar “la mejor” por “la de mayor bondad”, apelando a argumentos que de nuevo le hacen entrar en un bucle sin salida. Se me erizan las rastas, y antes de que se produzca una debacle, le enchufo en sus auriculares Bandiera Rossa a todo volumen. El pobre hombre se queda pasmado y, en nombre del Compromiso Histórico, levanta tímidamente el puño. Pongo la canción en reproducción automática y a ese ya lo tengo neutralizado.

Envalentonado por el éxito, como veo cierta inquietud por el lado de las Galias, recurro a un arrebato lírico y les recito con mucho un sentimiento un soneto que termina:

Vivez, si m’en croyez, n’attendez à demain:
Cueillez dès aujourd’hui les roses de la vie.

Y, en efecto, como los galos se esperaban cualquier cosa menos los versos de Ronsard, y como son muy románticos, ellos, se quedan en trance para el resto de la reunión. El campo de batalla está empezando a quedar despejado, así que me permito ir a por la última y más delicada conclusión:

— Y la tercera conclusión es que todos los numerajos de la colega de mi amigo y todo lo que está diciendo mi amigo es totalmente cierto de toda certitud, no se hable más, amén.

Maldita sea. Me había olvidado del croata, un elemento belicoso que empieza a poner pegas por todas partes. La cosa se pone fea, así que veo que tendré que recurrir al juego sucio. En la guerra y en el amor… ya se sabe. Lo siento por él. Abro los auriculares de la colega de mi amigo y suelto:

—Dice el Profesor en Conocimiento de la Croata Jurisprudencia que tienes una sonrisa maravillosa, y que si supieras del Saber todo lo que tienes de bonita, hasta consideraría posible darte la razón, y que si estudias o trabajas.

La colega de mi amigo duda un segundo, tal vez porque la última frase está un poco pasada de moda, pero seguro que piensa que en Croacia todavía se lleva. Sé que es una mujer que no se arredra por una impertinencia así, y noto como coge impulso. Por un momento temo haberme pasado de rosca y que le estrangule sin más averiguaciones. Pero no; se limita a lanzar al croata una mirada tan devastadora y gélida que hubiera detenido a un rinoceronte lanzado al galope, con más razón a un simple croata belicoso que no entiende lo que pasa. El pobre entra en cortocircuito multiorgánico, y deja de preocuparme.

Para dar la puntilla, digo:

— Los que no estén de acuerdo que hagan la vertical sobre una sola mano y aplaudan con los pies.

Como nadie se mueve, considero que la tercera de las conclusiones ha sido aprobada sin votos en contra.

Cautivo y desarmado el Éjército de los Díscolos Saberes Colosales, las conclusiones han sido alcanzadas. La reunión ha terminado.

Creo que me he ganado el título de Trujimán Conciliador. Con distintivo blanco de segunda clase, al menos.

FIN