SILENCIO

Silencio viene del latín, del verbo sileo, silui, silere, que significa estar callado o callarse. Silencio es palabra que se define por negación, ya que hace referencia a la ausencia de ruido, según el diccionario. Yo diría que no es sólo ausencia de ruido, sino ausencia de sonido, pero quién soy yo para enmendar diccionarios. En particular, el silencio es ausencia o abstención de hablar; una especie de vacío sonoro, vaya. Por extensión, o por analogía, nos encontramos también con silencios escritos, como cuando la prensa no habla de ciertos sucesos o la historia arrincona hechos y acontecimientos, normalmente por resultar incómodos para según quién. Y también nos encontramos con silencios musicales, que en realidad son pausas; con silencios castrenses, que son una especie de buenas noches de obligado cumplimiento, acompañados siempre de un toque de corneta de lo más melancólico, si es que una corneta puede expresar melancolía, con silencios administrativos, cuando no te hacen ni caso y no tienen ganas de explicarte el porqué, y con muchos más.

Silencio es palabra sin duda prona a paradojas. Así, podemos decir que en la iglesia se ha hecho el silencio mientras el sacerdote perora a voces contra el sexo extramatrimonial. También podemos escuchar el silencio, aunque es posible que para ello necesitemos tener un oído muy poético. «Écoute ce qu’on entend lorsque rien ne se fait entendre», escribe Paul Valéry («Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír»). Hubo, al parecer, un personaje que se dedicaba a coleccionar silencios de grabaciones de programas de radio, para luego deleitarse escuchándolos. Lo cuenta Heinrich Böll (Los silencios del doctor Murke); una historia interesante, por cierto. Estoy seguro que sería una gran cosa disponer de una fonoteca de silencios: el silencio mullido de las montañas nevadas, el silencio oscuro y siempre algo amenazador de la noche, el silencio tétrico de los cementerios. Seguro que suenan diferente.

Y, más paradojas: nos podemos expresar mediante el silencio, pues hay silencios elocuentes, glaciales, respetuosos, obstinados y hasta prudentes, y también los hay huraños o corteses. Por antítesis, también debe haber silencios mudos, aunque suene a pleonasmo.

Por mucho que nos parezca raro, hay silencios más silenciosos que otros. El silencio más silencioso es el absoluto; en el silencio absoluto se puede oír volar una mosca, con lo que deja de ser absoluto, presumo. Si el silencio absoluto parece que nos llena también por dentro, es un silencio profundo. Y si al silencio le acompaña un matiz de sobrecogimiento, el silencio deviene en silencio de muerte, o sepulcral, tanto da, que la idea de fondo es la misma. Y si el silencio absoluto tiene un punto de tensión llega a suceder que el silencio se hace sustancia, y entonces se puede cortar (con un cuchillo). La idea del silencio como sustancia física está ampliamente admitida, puesto que se puede hacer el silencio; en cualquier caso, es una sustancia frágil, ya que es muy fácil de romper: una simple tosecilla, por ejemplo, basta para romper el silencio. Corolario: si existe un silencio absoluto es porque hay un silencio… no tan absoluto. Curiosamente, no atino con palabras para describir silencios de este segundo tipo, así que pongamos que son silencios ma non troppo.

A veces el silencio adquiere una dimensión colectiva, corporativa casi; por ejemplo, en las congregaciones religiosas en las que se exige el voto de silencio. El voto de silencio evoca una cierta espiritualidad, recogimiento, meditación. En cambio, un pacto de silencio suele acordarse para ocultar algo, lo cual es ya menos espiritual y más sospechoso. Pero peor es cuando lo de ocultar sucede por imposición, por imposición de la llamada ley del silencio, ley cuyo incumplimiento suele acarrear nefastas consecuencias.

Después de este paseo por el silencio, concluyo que nunca la negación de algo tuvo tantas posibilidades y recovecos.

Por eso a veces a los blogs les llegan tiempos de silencio.

ACERICO

Siento el tiempo que ha pasado
.          como agujas en la piel.
Una aguja por cada barco que no salió del puerto.
Una aguja por cada día muerto.
Una aguja por cada combate que rehuí.
Una aguja por cada beso que no te di.
Una aguja por cada cuento que no os conté.
Una aguja por cada carta que no escribí,
.          que ni siquiera pensé.
Una aguja por cada abrazo que no os llegó
.          y que por ahí anda perdido.
Una aguja por cada amanecer
.          que se me escapó
Una aguja por cada libro que no leí.
Una aguja por cada sueño fallido.
Una aguja por cada latido.
Una aguja por cada tarde vacía
Una aguja por cada gota de vida
.          que se quedó en el camino.

 ………

-Eh, maeztro… Pare er carro, ozú, que a ehte paso se me va aquedá como un acerico…

Y todos estallaron en ruidosas carcajadas, incluido el hombre que estaba recitando y al que se le disipó de golpe la borrachera de melancolía que había agarrado.

REIVINDICACIÓN DE LA PEREZA

La pereza es uno de los siete pecados capitales, o era, que recuerdo de forma vaga que los siete pecados capitales se reformaron o se derogaron; aunque puede que no, que ni se reformaran ni se derogaran y por lo tanto sigan siendo las siete maneras principales que tiene la Humanidad para perderse, y, entre ellas, la pereza mantenga su condición principal.

La primera acepción de pereza en el diccionario de la Real Academia es “negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados”. Tal definición da paso a un corolario y a una duda. El corolario es que, en lo que se refiere a las cosas a que no estamos obligados, gozamos de permiso para mostrar la negligencia y descuido que nos plazca sin incurrir en pecado de pereza. La duda es sobre cuáles son las cosas a las que estamos obligados; figuran como candidatas tanto aquellas respecto a las cuales hemos firmado un contrato, adquirido un compromiso o empeñado una palabra, como aquellas a las que la ley nos obliga, como, finalmente, las que, sin palabra dada ni ley mediante, se espera, así, en impersonal, que hagamos. El corolario es firme, la duda queda a beneficio de inventario.

Me pregunto por qué la pereza fue declarada pecado, y me respondo que sería para unir a las fuerzas coercitivas del mundo terrenal, las fuerzas coercitivas del mundo espiritual, unión harto conveniente para que el pueblo, de natural indolente e indisciplinado, hiciera y haga las cosas “a las que está obligado” con la debida diligencia y entrega: a la definición antes mencionada me remito. No hay combinación, la amenaza de aquí abajo, la amenaza de allá arriba, más convincente para garantizar que el pueblo cumpla con sus obligaciones, que conocida es la tendencia del pueblo a escamotear el diezmo, a murmurar a la hora de pagar el portazgo, a rechazar el derecho de pernada, a protestar por aeropuertos sin aviones, a oponerse a desahucios jurídicamente impecables o a indignarse al perder el dinero de unas preferentes. Sin duda, a todas estas cosas “está obligado”, véase una vez más ut supra. El descuido o incluso la tibieza en el cumplimiento de tales obligaciones constituye pues no sólo flagrante delito, castigado por las penas que establezca la legislación vigente, sino además flagrante pecado de pereza, pasible de un par de Padrenuestros y algún Avemaría, o de las llamas del infierno llegado el caso.

La segunda acepción de pereza que figura en el diccionario de la Real Academia es mucho más benevolente, contemporizadora casi diría: “flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos”. Es esta sin duda una pereza de superior clase, vecina a la languidez y que podría por tanto llegar a alcanzar un toque de distinción. Aunque no lo dice en ninguna parte, yo me malicio que sería una pereza propia de gente de alcurnia, tales como aristócratas, banqueros y jerarcas varios, es decir, gente que está obligada a menos cosas y que, por lo tanto, tiene menos oportunidades con la primera acepción y anda necesitada de esta segunda.

Pereza, como no podía ser de otra forma, viene del latín. La palabra latina es pigritia, que a su vez viene de piger, al que repugna algo, en particular el trabajo o la guerra. Así, a los objetores de conciencia (del servicio militar) se les hubiera llamado, en la antigua Roma, algo así como gens pigerrima ad labores militiae. Claro que pigritia también se aplicaba a un descanso honorable, sin dejadez ni desidia, y valga decir, para desagraviar un poco más a la pigritia y a su nieta, la pereza, que a un mar tranquilo, sereno, se le llamaba mare pigrum; que nadie me venga ahora con que obligación del mar es mostrarse debidamente tempestuoso.

En resumen: que puede que la pereza no esté bien vista, pero sépase al menos que lleva en sí no sólo un atisbo de serenidad honorable sino también un germen de rebeldía: serenidad por repugnancia a la agitación, rebeldía contra lo que se supone que estamos obligados a hacer.

Llegados aquí, reconozco haber actuado, en las últimas semanas, con cierta negligencia y descuido en esto de mantener activo el blog. Lo que no sé, y puede que debiera reflexionar sobre ello, es si he faltado a mi obligación, si he pecado, si ha sido un acto de rebeldía o si lo que he hecho ha sido un alarde de serenidad.

Pero la verdad es que reflexionar me da pereza.

DE CAZA (y 2)

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERASigo con mi movimiento pretendidamente browniano a través del Ensanche, pero ando con el alma perdida, y apenas me fijo en nada ya. Tan sólo en un balcón que ofrece comida a la mosca del geranio, y pienso que está bien, que nutrir a los insectos hambrientos o a sus larvas, sobre todo a sus larvas, que la infancia se lo merece todo, es siempre un acto de bondad.

 Esta falta de atención, impropia del estado de ánimo del cazador, se debe a que mi movimiento tenía en verdad un componente determinista oculto, componente que me ha ido llevando sin que yo fuera consciente del todo, hacia la parte baja de la ciudad. Cuando abandono el Ensanche cartesiano y penetro en el conglomerado orgánico del barrio antiguo, mis sentidos vuelven a afinarse. El hiato entre los dos tejidos es drástico, y apenas hay intrusiones de uno en otro, nada de mestizajes, que se diría hoy en día. Pienso que es como si un muro alto y fuerte los hubiera separado alguna vez, y quedo satisfecho del poderoso símil que creo haber inventado. Entonces, de repente se me aparece el fantasma de la muralla de Barcelona. Bajo la cabeza, algo avergonzado; en serio que no todos los días descubro el Mediterráneo.

 Superado el pequeño sofoco, me asomo a lugares que cargan a sus espaldas mucha más historia y muchas más historias de las que uno es capaz de imaginar. Un poco desconcertado por la presencia silenciosa de toda esa cantidad de pasado que me supera, busco un asidero; así que me acerco al colegio al que fueron mi padre y sus tres hermanos, y me detengo un momento ante la puerta. Intento evocar imágenes de niños que son, o fueron, o tal vez serían, o serán, menudo lío de tiempos, mi padre y mis tíos, pero no lo consigo. No importa, me conmuevo igual, que para eso he venido, y como no está bien quedarse conmovido allí en medio, pues adopto mi pose de fotógrafo maldito, que si fumara quedaría todavía mejor, con una colilla en la esquina de la boca, una lástima, esto de no fumar, y disparo unas cuantas veces sin ni siquiera encuadrar, creo que ni siquiera he puesto la cámara en marcha, es sólo cuestión de justificarme. Respiro hondo, y pongo rumbo a cualquier otra parte.

 Como si jugara a un extraño juego de la oca, topo con otro colegio, de colegio a colegio, me digo, y me respondo, y tiro porque es mi privilegio; y es que a veces me salgo respondón yo solito. La visión de este otro colegio me produce algo de desasosiego: el patio vacío, triste cemento recalentado por el sol, encerrado por las paredes de las casas vecinas, que se elevan de manera muy poco cariñosa y hurtarán la visión de buena parte del cielo a las miradas infantiles. OLYMPUS DIGITAL CAMERASólo una apertura, una verja-puerta, a través de la que miro. Y veo el patio vacío, el triste cemento recalentado, perdón, creo que me repito, y una canasta como todo aliciente para alimentar los sueños infantiles, sueños que en su mayoría intentarán huir de aquel lugar tan inhóspito pero que seguramente morirán atrapados en la verja. Pensar en lo sueños muertos atrapados en la verja no ha sido una buena idea, me hace dar un respingo y un paso atrás para apartarme de aquel camposanto de sueños. En un movimiento defensivo reflejo, me echo la cámara a la cara y disparo una ráfaga; a lo mejor salen los sueños muertos. Pero… quia. Sólo sale una verja sobre un patio de cemento inhóspito recalentado por el sol, que huele a patio de cemento inhóspito recalentado por el sol. Concluyo que los sueños muertos son transparentes. Para consolarme, pienso que un día vendrán miles de globos de colores, que dejarán que lo sueños se cojan a ellos y se los llevarán a donde sea que deban llegar lo sueños.

 Intentando no encontrarme con más colegios, callejeo con sensación de plenitud melancólica, que no sé muy bien qué es, en cualquier caso es un estado de ánimo que pega bien con el tipo de cazador que estoy representando. Yo, que he vivido en el Ensanche la mayor parte de mi vida, siento con mayor intensidad recuerdos de este barrio antiguo, algunos propios, muchos prestados o de segunda mano. Una contradicción más, como aquello que me dijeron una vez, que quOLYMPUS DIGITAL CAMERAeriendo ser Haddock terminé siendo Tintín. Pues contradicción en ristre ando arriba y abajo, olfateando rastros perdidos de un niño con su padre, de un niño con su madre, de u niño con sus abuelos, o de un joven muy joven que jugó un poco a la bohemia en un estudio de ínfimas dimensiones. La verdad, rastros ya no quedan muchos, que alguien debió pasar el estropajo del olvido, y eso me indigna. Indignado pues, y a falta de mejor negociado al que dirigir mi protesta, alzo la vista al cielo, pero por el camino veo que desde un balcón se han solidarizado conmigo. Eso me reconforta, y dedico a los moradores del balcón un imperceptible saludo.

 Lo que no acabo de entender es cómo he llegado exactamente a la puerta del edificio desvencijado donde estaba aquel estudio del que acabo de hablar, porque de verdad que no tenía intención alguna de venir aquí. Pero ya que estoy, y como todavía me dura la indignación de antes, me planto en jarras ante la puerta, como reclamando el derecho a recuperar alguna de las infinitas posibilidades que creí entender que la vida me ofrecía en aquel entonces, y que luego no me dio, sería que no me fijé en la letra pequeña de la oferta.

 Mi postura es sin duda gallarda y desafiante, pero como, pasado un rato, nadie me ha hecho ningún caso, tiro de máquina de fotos, por favor, qué bien van las cámaras para salir airoso de estos trances, y disparo, así como con desgana, y entre las fotos y mi digna actitud, aprovecho para retirarme de aquel callejón sin que se note demasiado que huyo con el rabo entre las piernas.

oOoOoOoO

Addendum

La idea de los globos, contra lo que algunos podrían pensar, viene de “Le Ballon rouge”, de Albert Lamorisse.
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DE CAZA (1)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Hoy voy de caza. Salgo a dar un paseo urbano, provisto de mis armas de caza mayor: una cámara fotográfica y una pequeña libreta. Voy en busca de alguna idea para el blog, o al menos de alguna imagen interesante. Y aunque anticipo que volveré con las manos vacías, es decir, con la libreta en blanco y la cámara llena de un montón de imágenes de interés diremos que limitado, eso no me preocupa. Y no me preocupa porque, a cambio, habré disfrutado de un paseo sereno, con un hermoso sol que llena la ciudad de contrastes de luz y sombra, de calor y fresco, un paseo de esos sin dirección ni sentido en los que uno enfila una calle y no la otra, dobla una esquina y no la de más allá sin saber muy bien por qué; o sabiéndolo, pero sin acabar de creerlo: un color, un señor que empuja una carretilla, un trapo en una ventana, o puede que el aroma diluido de un recuerdo enterrado en el pozo de la memoria que se disuelve. Así que me embarco en un itinerario maravillosamente carente de lógica, y también carente de geometría, y hasta de teología, como hubiera dicho aquél. Eso sí, como buen cazador, tengo los sentidos a flor de piel, estoy alerta, receptivo a los más nimios detalles. Llevar cámara, y llevar libreta, obliga a mirarlo todo con otra mirada, una mirada que atraviesa las cosas y llega incluso a aquello que no se ve, o sobre todo llega a aquello que no se ve. También como buen cazador que no come de lo que caza, a pesar de que no me cobre ninguna pieza seré feliz mientras lo intente.

Transito por el tejido cartesiano del Ensanche, y mis pensamientos se pierden en lo que pudo ser y no fue esta parte de la ciudad. Pero eso es una estrategia equivocada para un cazador como yo, de manera que dejo de lado lo que pudo ser y lo que deOLYMPUS DIGITAL CAMERAbió haber sido y me quedo en lo que finalmente fue, o sea, en lo que es. Y entonces veo furgonetas que ya no llevan cartas de amor, una casa tachada no sé por qué (¿se debió construir por error?) y dos ancianas que, abandonada toda rebeldía residual, cruzan disciplinadamente en verde sin reclamar ni libertad, ni amnistía ni siquiera el voto para las mujeres, si es que alguna vez reclamaron tales cosas.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Un poco más allá, descubro una escena curiosa. Dos jóvenes turistas han pedido a una dama de cierta edad que les haga una foto, y mientras posan me detengo, no fuera a estropear la composición. Sigo la escena, algo chusca, a través del reflejo en un escaparate, discreto que es uno. La situación se prolonga. Las chicas desconfían de la capacidad de la señora, puede que con razón, inspeccionan el resultado, tuercen el gesto, le piden que repita, y mientras la pobre señora, azorada, hace lo que puede, ellas no dejan de gesticular para indicarle esto, aquello y lo de más allá. Por lo visto, la señora, que seguro que, ejerciendo su derecho de edad, llama retrato a las fotos, no atina; el retrato no queda al gusto de las señoritas, que empiezan a ponerse nerviosas probablemente pensando que cómo es posible que en una ciudad como Barcelona haya damas, aunque sean de cierta edad, que no sepan fotografiar decentemente a las turistas. Como veo que las cosas se complican, intento hacerme pasar por un alcorque, no fuera a salpicarme el asunto. Pero se ve que mi camOLYMPUS DIGITAL CAMERAuflaje resulta poco creíble, las chicas me divisan, me ven con cámara al cuello y gritan, alborozadas: “se lo pediremos a ese señor, mira la cámara que lleva, seguro que sabe hacer muy buenas fotos”, ya me he encargado yo de la traducción simultánea. Suerte que la libreta la llevo en el bolsillo, me digo, si no seguro que encima me piden un poema. Me acerco, resignado. Como no puedo decepcionarlas,  me apodero con aplomo de su máquina de baratillo, estudio sin prisas la posición del sol y la configuración de las sombras, por supuesto con mirada profesional, frunzo el ceño, que siempre es un recurso convincente, y las hago cambiar de sitio con ademán autoritario. Así queda mejor la iluminación y los contrastes me ayudarán a dar profundidad a la foto; las muevo otro poquito, en parte para conseguir un bonito inmueble como fondo de la foto, en parte para ver si puedo capturar también un coche movido que dé un poco de dinamismo, y en parte simplemente para fastidiar. Encuadro, les pido que relajen el rostro, hago una primera toma, sólo para ver el tacto del disparador, modifico el encuadre, buscando incorporar una hilera de farolas que añadan ritmo a la futura imagen, les pido que cambien la posición de las manos, y cuando bajan la guardia para moverse disparo de nuevo, les pido que sonrían, y espero unos segundos, bastantes segundos, para que se les canse la sonrisa, y entonces vuelvo a disparar, finalmente les digo que ya está, y en cuanto abandonan su hieratismo de turistas en tierra exótica, les tomo tres o cuatro tomas más en rápida sucesión. Les devuelvo la cámara con desapego experto, evito caer en la tentación de hacer una reverencia, porque mi actuación de fotógrafo consumado ha sido, modestia aparte, memorable, y me retiro dignamente. Quedan convencidas de que han sido fotografiadas por el mismísimo Catalá-Roca. O quedarían, en el caso improbable de que supieran quién era ese tal Catalá-Roca.

Mientras me alejo, pienso en que es una lástima que no haga las fotos tan bien como las explico.

MEA CULPA

Mis queridos y putativos (con perdón) lectores:

Hay muchos blogs, tantos blogs que nadie sabe cuántos hay; se barajan cifras que superan los cien millones, aunque no tengo ni idea de sin son cifras fiables o no, y tampoco me importa mucho. Pero como todo bloguero, al menos en un rincón del alma, aspira a ser leído, la competencia es fuerte.

Por eso, porque uno aspira, poco o mucho, a que le lean el blog, y porque hay tantos blogs, resulta que hasta hay blogs que te explican cómo hacer para que la gente lea tu blog. Desde luego, escribir una entrada en tu blog sobre cómo hacer que la gente lea  blogs es una forma infalible de conseguirlo. Yo leí una de esas entradas (http://blogs.elpais.com/antiguru/2013/06/10/) y aprendí un montón de cosas útiles. Por ejemplo, aprendí que más de un tercio de las personas que llegan a un blog no leen ni una línea del texto al que acceden, simplemente se van a otro enlace o le dan a la tecla retroceder. De los dos tercios restantes la mayoría abandonan al llegar al segundo párrafo y sólo un tres por ciento lo supera. De esos, algún empecinado puede que llegue hasta el final del texto. Aplicando tan universales principios a este caso particular, colijo que raros serán los que hayan llegado hasta aquí, y más raros todavía los que terminen de leer esta entrada: a los primeros dedico una leve reverencia, a los segundos un imaginario monumento y a los demás una pedorreta, aunque, qué más da, no se enterarán nunca pues son los que se quedaron en la primera línea.

Supongo que la estadística, cuya verosimilitud ignoro, se refiere sobre todo a clicadores compulsivos que van de un lugar a otro en busca de emociones fuertes. Yo diría que navegantes más sosegados deben tener otro comportamiento; pero es muy posible que sean una exigua minoría. En consecuencia, quien quiera buscar clientela debe buscarla entre los maníacos del enlace. ¿Qué hay que hacer para que estos personajes de dedo ágil se queden en tu blog y lo lean? A eso respondía el artículo citado más arriba, enunciando una serie de reglas de fácil aplicación. Ahí va un resumen.

– hay
– que
– emplear
– listas
– itemizadas,

poner lo esencial en negrita,

salpimentar el texto con subtítulos,

escribir frases cortas (como esta).

Plantear una idea por párrafo.

Y, sobre todo: huir de los juegos de palabras, minimizar reflexiones profundas, que suelen necesitar frases complejas para expresarse, emplear las menos palabras posible. Y si los párrafos son breves, hay mucha ilustración y líneas en blanco entre los párrafos, todavía mejor.

Llegado aquí, compruebo con horror que vulnero con exhaustiva minuciosidad todas las reglas de los buenos blogueros. Y en serio que no lo hago a propósito, aunque lo parezca. Mis frases se alargan sin que yo pueda evitarlo, y las palabras me salen juguetonas. Las ideas, que no son necesariamente profundas, se enredan con las frases y no siempre salen a flote. A veces ni siquiera hay ideas, por lo que no sé cómo separar los párrafos. Por mucho que busco lo esencial para ponerlo en negrita, no doy con ello. Y lo más parecido a una lista itemizada que tengo en mi haber es algún intento de diálogo. Y sí, ya sé que itemizada es palabro que no está en el diccionario, pero en las reglas para escribir un blog atractivo no dice nada de respeto escrupuloso a la gramática.

Me gustaría alegar en mi defensa que no recuerdo que, pongamos por caso, Crónicas del alba (Ramón J. Sender) tuviera mucha ilustración y muchas líneas en blanco, ni que en la escritura de El Don Apacible (Mijail Shólojov) se emplearan las menos palabras posibles, ni que en El Hacedor (Jorge Luis Borges) se nos racionaran las ideas (poco profundas)  a razón de una por párrafo, ni que en Voyage au bout de la nuit (Louis Ferdinand Céline) hubiera muchas listas itemizadas, ni siquiera que en Así hablaba Zaratustra (Friedrich Nietsche) el pensador alemán resaltara en negrita las ideas esenciales. Reconozco que mi argumento es falaz, pues todos los citados eran maestros de la literatura y del pensamiento, y no pelagatos de vía estrecha, lo cual probablemente exima de la obediencia a ciertas reglas. Además, no vivieron en la era digital, ni escribían blogs, sino cosas más serias. Así que se rechaza la protesta, que le hubieran dicho a Perry Mason, espero que alguien lo recuerde.

Este blog, junto a otros de la misma ralea y que me son queridos, queda por lo tanto condenado a que la corriente de clics que fluye incansable por los caudalosos torrentes de internet pase por su lado sin hacerles caso; como mucho, alguna salpicadura accidental que la necesidad de inmediatez se encargará de evaporar y que apenas pasará de la primera línea.

Lo cual, bien mirado, no me parece tan terrible, sino todo lo contrario.

Atentamente,

EL ÚLTIMO SORBO DE TÉ ES MORIR UN POCO

De las oscuras y húmicas profundidades del suelo suben el agua y los minerales; aspirados por una fuerza orgánica irresistible, circulan por los leñosos tallos hasta alcanzar las hojas, donde se unirán al carbono en un verde éxtasis de luz. Luego vendrá la orfebrería metabólica: añadir unos átomos aquí, condensar algunos dobles enlaces allá, pulir los grupos metilo, retocar la colocación de los nitrógenos, amansar los oxígenos, conjugar dobles enlaces. De esta forma, poco a poco, se forjan las joyas de un tesoro, gracias a una sabiduría vegetal más allá de lo concebible.

El tesoro no será entregado sin lucha. Primero, las plantas deberán ser cosechadas, y despojadas de sus hojas, que sufrirán secado, picado, fermentación. Luego será necesario que un alquimista las someta al tormento del agua hirviendo, hirviendo que no hervida, en el vientre redondo y sensual de una redoma opaca, para que vayan liberando aromas, taninos, alcaloides, polifenoles, en su justa medida: por eso, ni un segundo de menos, ni un segundo de más. Tendremos así a punto el líquido marrón, aromático, caliente, con un punto de amargura contenida y un rastro de aspereza amistosa, al que algunos, para terminar de propiciar su buena voluntad, adornan con dosis absolutamente idiosincráticas, es decir, personales e intransferibles, de leche y azúcar.

Creo que tomo té desde que tengo uso de razón, y espero seguir tomando té incluso cuando deje de tenerlo. Hay tés que despiertan, otros que traen paz; los hay que son una bienvenida a casa, los hay que son un adiós; y los hay que dicen, simplemente, aquí estoy, y me gusta estar aquí, y aquí quiero quedarme. Algunos tés reconfortan y ayudan cuando hace frío, frío del de fuera o frío del de dentro; otros son un paréntesis, un momento de reposo. Los tés pueden ser urbanos, marinos, rurales, montañeros. El té es bueno para después de hacer el amor, pero también para después de hacer la guerra, para después de una excursión, de un día agotador, e incluso para después de no hacer nada. Hay tés de la mañana compartidos, y tés de la tarde solitarios, tés para la lectura, para la mirada interior y para la mente en blanco. El five o’clock tea de las seis que a menudo tomo a las siete es una especie de trópico de Capricornio o línea de sombra que avisa de la proximidad de la noche. Hay quien dice que hacer el té es un acto de amor. Si es verdad, que creo que lo es, ha habido muchos litros de amor en mi vida.

Por supuesto, estoy escribiendo junto a una taza de té. El primer sorbo es un enorme placer minúsculo; el último es morir un poco.