EL PUEBLO DEL RÍO (y II)

(Primera parte en: El Pueblo del Río I)

Apenas me doy cuenta de que estoy sorbiendo mi cuarta jarra. Cae la tarde; los rayos del sol se reflejan sobre el agua, y todo adquiere unas tonalidades anaranjadas y plácidas. Dejo en libertad a mi pensamiento para que vague por donde más le plazca. Primero está un rato observando, con más curiosidad que sorpresa, el contraste entre nuestra situación, de dolor y de muerte, y lo apacible del lugar. Luego mi pensamiento va río abajo. En aquella dirección, no muy lejos ya, han de estar las enormes llanuras de agua que nadie de nuestro pueblo ha visto jamás. Lo sé, lo sabemos todos porque el día anterior al ataque habíamos capturado a un pastor que aseguraba situarlas a unos pocos días de marcha. Y mi pensamiento también lo sabe porque hay algo especial, indefinible, que flota en el aire. La cerveza me cuesta un poco más de tragar. El estómago empieza a hincharse; pronto estaré listo. Así que llamo a mi pensamiento y lleno mi quinta jarra.

Nuestro pueblo había vivido río arriba durante tanto tiempo que nadie sabía, ni mucho menos recordaba, desde cuándo, ni siquiera las Guardianas de la Sabiduría. Éramos el Pueblo del Río, y nuestras aldeas y ciudades se extendían por las orillas de aquella amplia corriente de agua que no cesaba de fluir. Era el nuestro un pueblo próspero, trabajador, respetado y temido por sus vecinos, con tiempo para la pesca y para la caza, para las cosechas y, cuando hacía falta, para la guerra. Pero también éramos un pueblo con tiempo para la música, para la poesía, para la filosofía, para ver crecer a nuestros hijos; y para el amor. El río era nuestro guía, nuestro sustento, nuestra fuerza. Las viejas tradiciones explicaban que el río era un gigantesco anillo por el que el agua daba vueltas y vueltas alrededor del mundo, movida por la fuerza de un Dios poderoso y benevolente. Y eso creíamos, y en las fiestas del solsticio nos tomábamos de las manos en círculo como tributo a ese Dios, a ese anillo de agua del que nos reclamábamos descendientes y vasallos. Y así había sido durante generaciones.

Pero sucedió que viajeros venidos desde lejanas tierras propagaron extrañas habladurías, y en esas habladurías se decía que el río no era eterno, sino que iba a morir en un charco de asombrosas dimensiones, un infinito de agua al que llamaban “mar”. A pesar de lo absurdo y blasfemo de tales historias, la inquietud se propagó como el fuego en la paja seca. Los rumores circularon, las discusiones subieron de tono. Hubo tumultos, y algunos extranjeros fueron agredidos. Finalmente, nuestra reina decidió averiguar la verdad. Así que ordenó a sus mejores guerreros, exploradores y navegantes que tomaran armas, pertrechos y provisiones en abundancia, y aparejaran la más sólida de sus naves. Ordenó que también se embarcaran dos sanadoras, un geómetra, el pintor más afamado, una poetisa, un cronista y una Guardiana de la Sabiduría buena conocedora de la naturaleza de las plantas y de los animales. Debíamos partir cuanto antes río abajo, y viajar tan lejos como fuera necesario, durante tanto tiempo como hiciera falta, para alcanzar esas aguas de inabarcable grandeza, si existían, y, si no existían, recorrer todo el río hasta volver a casa; o perecer en el intento.

El día de nuestra partida hubo una gran fiesta, y el Pueblo del Río se reunió para tributarnos una calurosa despedida. Iniciamos nuestro periplo, y mientras navegamos por aguas conocidas, los aldeanos nos saludaban al pasar, y a menudo nos entregaban regalos y nos escoltaban pequeños trechos con sus canoas. Pero poco a poco fuimos penetrando en lo desconocido, y las riberas se fueron tornando progresivamente hostiles. Seguimos río abajo durante muchas lunas, y enfrentamos peligros de todo tipo. Luchamos contra bestias salvajes y contra pueblos belicosos, arrostramos violentas tempestades, cruzamos rápidos en que los remolinos nos agitaron con furia mientras la espuma cubría el agua con su blancura amenazante. Superamos enfermedades, vencimos nuestros miedos, aplacamos el desánimo. Y al parecer habíamos llegado cerca, muy cerca; pero a la vez estábamos insalvablemente lejos.

La historia de nuestro periplo ya nunca será narrada, ni cantada, ni dibujada, ni los desiertos de agua medidos. El cronista agoniza en la bodega, el pintor fue alcanzado por las llamas, el geómetra murió a causa de unos miasmas. Es cierto que la poetisa monta guardia junto a mis compañeros; pero mucho me temo que antes de tener tiempo de componer canción alguna, compartirá con ellos su funesto destino. El mío será algo diferente.

Una suave brisa sube por el río. Miro río abajo, mientras empieza a oscurecer. No veo nada, pero detrás de aquellos recodos, detrás de aquellos árboles, me parece sentir la presencia de algo gigantesco y líquido. La brisa me trae un aroma apenas perceptible, pero sin duda embriagador; noto en la piel la llamada del infinito, la llamada de esas aguas que se extienden más allá de lo que alcanza la vista, más allá de lo concebible. Y no entiendo muy bien por qué, pero huelo a sal.

La quinta jarra de cerveza es un suplicio. Mi estómago, hinchado, se niega a admitir más líquido. El gas de la cerveza se mueve dolorosamente por mis entrañas, y yo aprieto las mandíbulas para que no se me escape por la boca. Es ya casi de noche.

Me despojo de la coraza, esta especie de segunda piel, que me ha salvado la vida, y miro con curiosidad la abolladura que ha causado la jabalina; por dentro hay sangre seca, es mi sangre. Pero no importa, esa sangre ya no la necesito para nada. Me quito las botas, el yelmo, y todo cuanto pudiera hacerme pesado en el agua. Hago un gesto a mi amigo, a mi hermano de armas, con quien hemos combatido cien veces codo a codo. Le he explicado mis designios, y le he pedido que me ayudara. No me ha hecho preguntas. Está preparado, y se acerca con una cuerda en la mano. Compruebo el nudo corredizo, asiento y le devuelvo la cuerda; luego le abrazo en silencio. Me subo a la borda del bajel, con las piernas colgando hacia fuera. En ese momento, aunque no los veo, sé que los demás han alzado sus espadas, en un gesto de despedida mudo. Inspiro profundamente. Hago una señal; entonces, mi amigo me desliza el nudo corredizo por el cuello, lo aprieta con todas sus fuerzas apoyando su rodilla en mi espalda, asegura la atadura para que no se afloje. Algo cruje cerca de mi garganta, pero no presto atención al dolor. Noto una presión terrible en el cuello; esa presión me tranquiliza, me da seguridad, la seguridad de que podré cumplir mi destino. Más deprisa de lo que yo creía, se me empieza a nublar el entendimiento. Con la última brizna de conciencia, me dejo caer al agua. Mi cuerpo flota sin necesidad de yo moverme. La corriente empieza a arrastrarlo, río abajo. Seré el primer hombre del Pueblo del Río en llegar al agua infinita, y habré cumplido las órdenes de mi reina.

Antes de cerrar los ojos para siempre, noto de nuevo, más intenso y próximo, lo que ya sé identificar como el hálito del mar.

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EL PUEBLO DEL RÍO (I)

Bebo sin placer mi segunda jarra de cerveza, mientras el sol inicia el descenso hacia poniente. Bebo como un deber, sin gusto ni alegría. El agotamiento, la tensión, el miedo, el dolor, embotan mis pensamientos; por eso tardo en entender qué es lo que me produce el malestar sordo que me invade. Al final, me doy cuenta de que cerveza y placer siempre han estado muy juntos a lo largo de mi vida, de manera que beber la una sin experimentar lo otro me enfrenta a una especie de disonancia que me desconcierta e incomoda. Aunque, por mi oficio, no soy muy dado a metáforas, esta disonancia me evoca algo parecido a la muerte del amor. Sacudo la cabeza para ahuyentar tan estériles pensamientos. Luego, contemplo con tristeza la jarra que acabo de vaciar, y con decisión, y también con resignación, la lleno por tercera vez. Escucho el gorgoteo de las aguas del río al fregar sobre el casco de nuestro barco embarrancado. En otro momento, ese gorgoteo hubiera sonado como una melodía gentil; ahora lo hace como un murmullo apremiante.

El día anterior habíamos sido atacados. A lo largo de nuestro viaje, no era la primera vez que sucedía, aunque probablemente sería la última. Justo en el momento en que la claridad del día, amorfa y blanda, empezaba a asomar por oriente, una horda de guerreros de caras oscuras había caído sobre nosotros. Al amparo de la oscuridad, se habían acercado a nado a nuestro barco, y habían trepado a bordo sin que los centinelas se apercibieran. En un abrir y cerrar de ojos, aquellos feroces guerreros estaban en cubierta dispuestos a darnos muerte a todos. Nuestros centinelas, cumpliendo por última vez con su deber, cargaron contra ellos y les detuvieron, aunque sólo por un corto espacio de tiempo; pero fue un tiempo suficiente para sacudirnos las últimas hebras de sueño y tomar nuestras armas. Los del Pueblo del Río somos valientes luchadores, y pongo a los dioses por testigos de que aquel día dimos fe de nuestra bravura. Enarbolando mazas y espadas, protegidos por nuestros escudos y yelmos, caímos sobre los asaltantes. La lucha fue cruenta, y muchos compañeros sufrieron heridas terribles; otros cayeron para no levantarse más. Pero cuando el sol alcanzó lo más alto del cielo, no quedaba un salvaje vivo a bordo: todos habían huido, habían sido lanzados por la borda o habían hallado la muerte a nuestras manos.

Pero no hubo tiempo, ni de hecho motivo, para cantar victoria. Agotados, magullados, cubiertos de sangre nuestra o de nuestros enemigos, vimos con horror que durante el combate nos habían cortado la estacha del ancla que nos sujetaba al lecho del río, lejos de las orillas. Ahora íbamos a la deriva, hacia unas rocas tras las que aquellos diabólicos enemigos estaban parapetados. Intentamos maniobrar la vela, armar los remos. Pero se desencadenó el infierno: nos dispararon negras flechas de afiladas puntas, nos arrojaron piedras, nos lanzaron extraños artefactos que esparcían un fuego maligno; incluso cayeron sobre cubierta serpientes venenosas que se retorcían en busca de las pantorrillas de nuestros combatientes. Cuando estuvimos más cerca, gruesos garfios de hierro hicieron presa en las bordas de la nave, para arrastrarnos y estrellarnos contra las rocas. Entonces, el grito de guerra del Pueblo del Río resonó entre los meandros, y nuestros arqueros lanzaron dardos con mortífera puntería para obligar a los enemigos a esconderse; mientras, algunos protegimos a los marineros con los escudos oblongos, para que pudieran maniobrar y apartar el barco de aquella trampa mortal. Luchamos con denuedo, y corrió nuestra sangre. Algunos hermanos murieron atravesados por flechas, otros ardieron como teas, otros perecieron empozoñados por la mordedura de los malditos reptiles. Hasta nuestro capitán murió: fue atravesado por un garfio metálico, arrancado de nuestro lado sin que pudiéramos evitarlo y arrastrado a las aguas, que se tornaron rojas, mientras él aullaba de rabia más que de dolor, y nos exhortaba por última vez a no desfallecer.

La cerveza de la tercera jarra baja por mi garganta, mientras las sombras se alargan. Al tragar, siento un dolor agudo en el costado, donde ayer fui alcanzado por una pesada jabalina. La coraza impidió que la jabalina me atravesara de parte a parte, pero el golpe me dejó sin respiración y muy probablemente con algo roto en mi interior. Pero ya no me importa el dolor, ni el del costado, ni el del desgarro del brazo, ni la herida de la mano, ni ninguno de los demás cortes y rasguños. Sólo me importa acabar mi tercera jarra, pues empieza a acercarse el momento de ir al encuentro de mi destino.

Cuando llegó la noche, nuestro barco yacía, escorado, sobre unos bancos de arena. Habíamos conseguido apartarnos de las rocas, apagar los incendios. Pero el precio había sido muy alto. El barco, como una bestia herida de muerte, había ido dando tumbos hasta embarrancar. Los muertos habían sido arrojados por la borda con todas sus armas, para que sus cuerpos reposaran en el fondo del río. Los heridos habían sido bajados a la bodega, sin esperanzas, pues las dos sanadoras que llevábamos a bordo empuñaron la espada para ayudarnos cuando la situación era más desesperada y habían caído durante el combate. Los demás, sin soltar las armas, apostados, pasamos las horas de oscuridad ojo avizor, en un duermevela tenso. Se veían antorchas ir y venir por las orillas, pero no hubo más ataques. Al alba, la misma claridad, amorfa y blanda que el día anterior nos había traído muerte y destrucción, nos trajo, esta vez, desolación y desesperanza. Estaba claro que nuestro barco ya no abandonaría su lecho de muerte arenoso, y aunque no se veía ni rastro de los guerreros de piel oscura, todos sabíamos que estaban dejando pasar el tiempo, y que aguardarían hasta que pudieran acabar con nosotros sin mucha resistencia. A bordo, los heridos no se quejaban; los demás no maldecíamos nuestra suerte ni nos lamentábamos: el Pueblo del Río sabe esperar la muerte en silencio.

CONVERSACIÓN AL CAER LA NOCHE

Éranse una vez tres amigos, o podrían haber sido tres amigas, que tanto da, pero no combinaciones híbridas entre las dos posibilidades anteriores, y como ya hemos dicho que tanto da, para simplificar pondremos que fueran amigos, tres pequeñas personas que trenzaron los hilos de su niñez en esa felicidad cándida que da la primera edad, pero ya aviso que no va de eso la historia, así que pasaremos rápido a cuando la niñez y sus derivados inmediatos hubieron acabado, y entonces vivieron su edad adulta según lo que mejor supo hacer y entender cada uno, y el trenzado se deshizo, puede que dejara un hilillo aquí y otro allá, pero la cosa es que la vida los llevó por distintos caminos, a cada uno según su naturaleza y talentos, o puede que fueran ellos los que llevaron su vida, cada uno según su leal saber y entender, que sobre este punto no hay acuerdo, pero tal como antes, tanto da, y pasó el tiempo, que en eso la vida sí fue igual para todos, y cuando se asomaron las nieves del último invierno, o, va de metáforas, la noche estaba ya cayendo, se reunieron los tres en amable cónclave y hablaron de esto y de lo otro, y de la bondad del camino que cada uno había escogido, o que le había sido asignado, que ya he dicho que sobre esto no hay acuerdo, ni tiene tampoco gran importancia, cosa que también he dicho.

Y empezó uno:

—La revolución es la forma más elevada del cambio. El cambio es movimiento, el movimiento es vida: la inmovilidad es la muerte. La sociedad que no cambia está muerta. Yo he movido al mundo. La humanidad vive porque se mueve, y se mueve gracias a los que nos encaramos con el orden establecido, con el poder que sólo se ama a sí mismo, y le decimos: “¡basta ya!”. Nosotros, los revolucionarios, miramos más allá de las mentiras que los que mandan tejen para seguir mandando, vemos más allá del humo que todo lo tapa, y en nuestra mirada florece el futuro, un futuro diferente. Y si el futuro es diferente es que hay cambio, si hay cambio hay movimiento, si hay movimiento hay vida. Mi vida ha sido dar vida. O al menos intentarlo.

Y siguió el segundo:

—El viaje, la aventura, es la más alta expresión de la fuerza que llevamos dentro, es lo que hace latir nuestro corazón y nos lleva más allá. Explorar las fronteras, las fronteras de lo que llamáis progreso, de lo que llamáis civilización: esa ha sido mi vida. Yo me he aventurado en mundos de reglas desconocidas y cambiantes, en mundos en que la regla es que no hay reglas. He visitado territorios, paisajes, culturas en que todo es diferente e imprevisible. Me he empapado de esos mundos que no se parecen en nada al que creéis único y verdadero, me he saciado de las maravillas que están ahí, simplemente esperando que alguien tenga la audacia de ir a recogerlas. Mi vida ha sido beber de ese vaso embriagador que me ofreció la vida.

El tercero permanecía callado, pensativo, retraído.

—Bueno, ¿y tú? —le preguntaron al final.

—Pues yo —dijo titubeando—, yo, como el mundo tenía que seguir girando mientras los inconformistas nos hacíais avanzar con vuestras revoluciones, y los aventureros vivíais vuestra vida intensa cerca de las fronteras, me he dedicado a las pequeñas cosas que tenían que ser hechas. Nosotros, los conformistas, nos dedicamos a mantener todo en orden y en marcha, pues, de no ser por nosotros, no habría órdenes establecidos que subvertir ni siquiera fronteras que explorar. Para eso estamos los conformistas: para que, mientras unos hacen revoluciones y otros viven aventuras, las cosas sigan en su sitio y funcionando. Así ha sido mi vida.

Tras un momento sin decir nada, los tres se abrazaron en silencio.

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—Papá… ¿qué haces hablando sólo?

Y el anciano muy anciano sentado en el sillón junto a la ventana respondió:

—Nada, hijo, era sólo una conversación entre mis yoes.

Afuera, caía la noche.

BATALLA ANTES DE CENAR

Los soldados avanzan en hileras perfectas, los uniformes coloridos y las armaduras brillantes hacen del ejército una composición gloriosa y marcialmente geométrica. En punta marchan los cartagineses, formados de tres en fondo, primero los lanceros con sus cotas de malla y sus cascos cónicos, detrás la infantería pesada, con sus corazas y sus yelmos de penachos azules, les siguen las falanges macedonias, prietas las filas detrás de los amplios escudos, les flanquean a lado y lado sendas columnas de la Policía Montada del Canadá, casacas rojas, sus sombreros de fieltro y banderines y rifles. Algo más atrás, dos pelotones, el de la izquierda con uniformes azules, el de la de la derecha con uniformes grises, capitaneados por oficiales a caballo recién salidos de West Point, se abren levemente en formación de cuña para prevenir sorpresas. Cierra la marcha una compañía de hombres uniformados de caqui, con armas automática preparadas para la acción, como mandan los cánones de la guerra moderna, su jefe va a bordo de un jeep camuflado con una imponente ametralladora. Visto desde arriba, aquel ejército resulta poco coherente pero muy aguerrido, belicoso, imponente en su bizarría, la disposición táctica que exhibe dice mucho de su disciplina y de los conocimientos tácticos, de sus mandos, quién iba a osar atacarlo, quién, nadie en su sano juicio, nadie, bueno, nadie salvo aquellos malvados que acechan detrás de las sillas, un conjunto heterogéneo de elementos desparejados, unos pocos indios, dos o tres piratas, un caballero medieval un poco descascarillado, un grupo de arqueros de adscripción dudosa, un elemento indefinido con turbante, además de un torero y dos ciclistas, estos últimos, y puede que el torero también, más que otra cosa para hacer bulto, que nada se les había perdido en aquella contienda, y se emboscan entre las patas de las sillas con la intención de que pase la vanguardia cartaginesa, los montados y las falanges, incluso los yanquis y confederados, para así caer sobre la retaguardia, y la lucha se anuncia feroz, sin cuartel, y mientras las tropas avanzan, la horda de villanos toma posiciones y prepara su golpe de mano, y el único temor del niño es que su madre le llame a cenar y tenga que recoger y ordenar el campo de batalla antes del momento supremo, déjame jugar un rato más, mamá, y puede que fuera por eso que se quedara medio confuso cuando empezaron a silbar las balas, y cuando el inofensivo bosquecillo del otro lado del torrente se adornó de pronto con pequeñas lenguas de fuego que parecían señalarle, buscarle, y cuando se oyeron los primeros chirridos desgarradores de las granadas de mortero trazando sus mortíferas parábolas, y al concierto, o mejor sería decir desconcierto, se le unieron otros sonidos de muerte y destrucción, en vez de arrojarse al suelo o buscar amparo en alguna piedra o cuneta o tronco que la Providencia hubiera dispuesto por allá para su salvación, se quedó un momento pensando, sorprendido, que ni los indios ni los ciclistas, ni mucho menos los toreros, tenían morteros, y puede que fuera por ese retraso en cumplir con los elementales protocolos del arte de cómo reaccionar ante una emboscada, puede que fuera, repito, por ese retraso, que oyera un chirrido un silbido una explosión una sacudida suya, suyas, personales e intransferibles, y puede que por eso notara un golpe, y puede que por eso cayera de espaldas y viera el cielo azul con alguna nube, y mientras veía el cielo azul con alguna nube pensó que el golpe de mano de la turba de restos de serie les estaba saliendo muy bien, pero que pronto vendrían a sacarles del apuro los macedonios, la Policía Montada del Canadá y los americanos, y que tal vez mientras tuviera que resguardarse, o incluso que disparar, pero el silbido de las balas, propias o ajenas, las explosiones, los gritos, todo, empezaba a alejarse, a no ir con él, y volvió a mirar al cielo pero parecía que hubiera oscurecido, y pensó, qué mala pata, creo que mamá me llama para ir a cenar, y de repente se hizo de noche sin que llegara a ver los penachos azules de los cascos de los cartagineses que venían a salvarle, y pensó que le regañarían si no iba a cenar enseguida, así que cerró los ojos, o puede que los dejara abiertos, el resultado iba a ser el mismo.

LA PUERTA

Había llegado la hora de ir hacia la puerta. Había llegado la hora de llegar a la puerta y cruzarla. Experimentaba un estado de ánimo confuso, pues por una parte aquello no podía ser una sorpresa; sabía, desde el principio, que la puerta estaba allá y que llegaría un buen día en que tocaría franquearla. A pesar de eso, se sentía sorprendido, tal vez porque esa puerta que sabía que existía, pero que siempre le había parecido lejana, sólo para los otros, se había convertido en algo próximo, real, propio.

Sacudiendo la cabeza para espantar la confusión, y puede que también otras cosas, miró hacia atrás, con una mirada profunda ribeteada por la melancolía. El sol pronto iba a ponerse, y poco a poco las sombras empezaban a desdibujar los valles y llanuras por donde había caminado, las montañas que había subido y bajado, los pasos donde había experimentado un vértigo que le había hecho flaquear, los bosques en los que se había creído perdido, los prados de aromas dulces donde llegó a sentirse eterno. Las sombras parecían querer cubrirlo todo con un manto suave, presagio de oscuridades y olvidos.

Se quedó quieto, en silencio, mirando todo aquello que había dejado atrás con un punto de nostalgia. Si pudiera volver al principio, pensó, si alguien le ofreciera volver al principio, ¿podría vencer la tentación de aceptar? La pregunta resonó entre sus pensamientos y nubló momentáneamente su serenidad. Cerró los ojos. Y entonces, casi como una revelación, percibió su cansancio, un cansancio que le empapaba entero, de los pies a la cabeza, de la piel a la médula de los huesos. Movió la cabeza negativamente, como si estuviera rechazando la proposición. Demasiado cansancio, demasiado: llegar hasta aquí le había costado mucho esfuerzo, todo el esfuerzo de que era capaz y hasta un poco más, y ni él ni sus sentimientos deseaban volver a empezar. De pronto, la idea de llegar por fin a la puerta no se le antojaba demasiado mala. Aunque prisa, lo que se dice prisa, tampoco es que tuviera mucha. Quería disfrutar del atardecer, de esos momentos silenciosos y tibios. Tal vez si lo que le ofrecieran fuera quedarse un rato más así, quieto, mirando a lo lejos, perdido en sus recuerdos, reconfortado por los últimos rayos de sol, diría que sí. Pero nadie le propuso nada. Y mejor así. Se sentó en el suelo, recostado sobre el tronco de un árbol. Sus manos escarbaron un poco entre las hierbas, rozaron la corteza. Cogió un puñado de tierra y se lo acercó a la nariz. Inspiró profundamente… ¿se podría llevar ese olor, o al menos el recuerdo de ese olor, al otro lado de la puerta?

Inopinadamente, pasó una chica y le sonrió. Fue una sonrisa cálida y próxima, que él agradeció sin palabras innecesarias. La fue observando mientras se alejaba, y se dio cuenta de que iba en sentido contrario a la puerta; sintió una punzada de dolor. Pero así tenía que ser, y carecía de sentido intentar acompañarla, y también carecía de sentido pedirle que ella le acompañara a él. La sonrisa había sido regalo suficiente, y pensó que le hubiera gustado corresponderla con el poema más bello del mundo; pero él nunca había sabido escribir poemas, ni bellos ni no.

Envuelto por el sol poniente, protegido por su abrazo, se dejó acariciar por una sensación de infinitud que sabía que no iba a durar más de lo que duraran aquellos rayos de sol ya casi moribundos. En efecto, cuando las sombras empezaron a alargarse, el hombre notó el primer aliento del frío. De entrada, se resistió un poco a ponerse en marcha. Pero pronto un escalofrío en las entrañas hizo que se levantara. Miró por última vez a lo lejos, hacia donde el sol, ya desaparecido del todo, había dejado una luz sin calor ni alegría.

Suspiró, encogiéndose de hombros, y dio unos pasos renuentes hacia la puerta. Un frío cada vez más profundo le hizo estremecerse. Menos mal que nadie le veía, pensó tragando saliva; si no, podrían pensar que temblaba de miedo, y no de frío. Sonriendo ante aquella ocurrencia, que no era suya, sino de un personaje histórico que no viene a cuento identificar, afirmó el paso y llegó a la puerta.

Nadie sabe qué pensó exactamente en el momento en que la cruzó.

HACER LA MALETA

Tengo que hacer la maleta, pensó el hombre. La idea llevaba un rato yendo y viniendo, pero había dejado de ser una vaga sensación de tarea pendiente para convertirse en un imperativo, un apremio, un deber de urgencia próxima. Desasosegado, el hombre fue afanosamente de un lado a otro mientras intentaba aclarar sus ideas y decidir qué debía meter en la vieja y desvencijada maleta que tenía abierta sobre la cama. Su noción de a dónde iba era muy vaga, vaguedad que contrastaba con la evidencia sólida de que le vendrían a buscar en poco tiempo, y la certeza de que no podía hacer otra cosa que no fuera estar listo en poco tiempo.  Debía, pues, apurarse.

Decidió empezar por lo importante. Pero como no sabía qué era lo importante, cogió la gorra que le regalaron una vez sus hijos, un abrecartas, unos lápices y una percha, y luego otra percha por si acaso. Miró críticamente el resultado, sin quedar muy convencido de estar haciéndolo bien. En esas estaba cuando, de repente, le sobrevino un sudor frío. Los libros: era lo primero de lo que hubiera tenido que ocuparse y casi se le olvida. Irse sin libros era impensable, así que corrió a la habitación donde tenía la biblioteca, llena de estanterías, a su vez tan repletas de volúmenes que ya hacía tiempo que habían empezado a rebosar hacia el pasillo. ¿Cuántos podría coger? ¿Y cuáles? Una avalancha de títulos imprescindibles que empezaron a agolparse caóticamente en su cabeza le dejó casi jadeando. Algunos se le olvidaban antes de empezar a buscarlos, con muchos no conseguía dar, y algunos pasaron a engrosar un montón que crecía más de lo que podría absorber la absurda pequeñez de la maleta. La angustia le iba apretando la garganta con un puño helado, hasta que al final, con un gruñido que se pareció mucho a un sollozo, optó por coger al azar tantos volúmenes como le cupieron en los brazos y, no sin antes perder algunos por el camino, los transportó y volcó sobre la maleta. Aunque todavía tuvo que expulsar a manotazos a unos cuantos para que quedara  espacio para otras cosas, consideró resuelto el problema.

Momentáneamente más tranquilo, se dijo que debía proceder con método, ir por grandes temas. Empezaría por el cuarto de baño; ahí, cogió su cepillo de dientes y otros pocos útiles más de aseo. ¿Pijama? Pongamos que sí. Añadió unas cuantas piezas de ropa interior y colocó todo junto a los libros, sin estar muy seguro de si estaba haciendo lo correcto. En realidad, no recordaba por qué ni para qué se estaba preparando; puede que se lo hubieran dicho, pero él no llegó a preguntar por el tipo de equipaje, o al menos no recordaba haber preguntado, o puede que lo que no recordara fuera lo que le habían respondido. En cualquier caso, la sensación de urgencia de lo del equipaje era cada vez más fuerte. Debía estar preparado cuando vinieran; lo estaría.

A ver, más cosas, siguió pensado. La música no, que los discos ocupan demasiado, y además no sé muy bien si tengo discos todavía, me suena que no. Una sartén, una olla… Eso creo que no me hará falta, reflexionó; y descartó la idea. ¿Mi colección de búhos de porcelana? Un paquete de pañuelos de papel. Fotos. ¡Claro! Fotos. Recorrió la casa a la velocidad que le permitieron sus cansadas piernas, recogiendo y quitando de sus marcos, para ahorrar espacio, las que estaban a la vista: una foto de su boda, él con sus hijos en brazos, él con unas personas mayores que a lo mejor eran sus padres, una persona joven que a lo mejor era él cerca del mar, él con su mujer en algún viaje, su mujer en otro viaje, su mujer con sus hijos pequeños, la foto de un perro que tuvieron, de nuevo sus hijos. Bueno, otra cosa resuelta. ¿Y comida? Pues no. ¿Tal vez unas galletas para el camino? Eso sí. Por cierto… ¿qué camino? Sin tiempo para responder, unas galletas se añadieron a lo que ya estaba a medio empaquetar. ¡Mis juguetes de cuando era niño! Eso es imprescindible, reconoció con agitación. Removió cajones, desechando destornilladores, trapos, cables,  papeles, betún, sellos, pilas, ceniceros, clips, cajas vacías, pinzas, tinteros, papel de lija, pero no encontró ni rastro de juguetes. Desolado, abandonó la idea y miró angustiado el reloj. Estaba seguro de que el tiempo se le estaba empezando a acabar. ¿Qué más? Disperso en tonterías, temía cada vez más terminar dejándose algo esencial. Unos calcetines de lana. Eso. Y un despertador. De repente, otro sudor frío. Las cartas. Las cartas que se escribieron con la que luego fue su mujer cuando era sólo su novia y él estaba haciendo el servicio militar. Sonrió con ternura un momento. Claro que su mujer… por un momento su mujer se convirtió en un humo difuso. Respira, respira, se dijo. Mi mujer ha de ser la de la foto, no puede ser de otra forma. En cualquier caso, ya lo resolvería luego, de momento a por las cartas. Cuando las cartas estuvieron con todo lo demás, se acordó del dinero. ¡Dinero! ¿El talonario de cheques? Y la documentación. Seguramente no le haría falta, pero se echó al bolsillo la cartera. Los prismáticos. Tenía que llevarse los prismáticos, y también aquella gorra de capitán de barco que tan bien le quedaba. Y un cuadro. No, no, ningún cuadro, no había ninguno que cupiera en la maleta. Y hablando de cartas: debería también llevarse las otras cartas, las que guardaba en el fondo de un cajón, unas menos convencionales y que prefería que nadie leyera. Aunque, bien pensado: ¿quién iba a leerlas y, de leerlas, a quién le iba a importar? A otra cosa pues. Había que coger aquel viejo abanico que había sido de su abuela, y tal vez la planta de la galería, no, la planta tampoco cabría, y cómo iba a llevar una planta en la maleta, pero sí aquellos zapatos tan cómodos, y las medicinas y una linterna por si acaso, y si, conseguía encontrarla, su navaja suiza, no, que la había perdido hacía mucho, y lo que no debía olvidar era el primer pijamita que llevó su primer hijo y que guardaba en algún lado, y la tetera que hacía el té tan bueno, y la piedra blanca que recogió del pavimento de Lisboa, y la medalla que ganó en aquella competición, y sobre todo la pluma que le regalaron en su jubilación, bueno, eso no, total, nunca había ido muy bien, con un bolígrafo cualquiera bastaría, y recordaba vagamente haber cogido ya bolígrafos, pero por si acaso cogió una par más, y el paraguas plegable que tanto le gustaba por el sonido musical que hacía al abrirse, y la libreta donde apuntaba sus gastos, y el lápiz que escribía azul por un lado y rojo por el otro y que nunca había usado pero al que tenía cariño, y la pequeña máscara veneciana que le regalaron, y algunas de aquellas monedas antiguas que guardaba en un frasco, recuerdos de viajes que no recordaba, y el cepillo de dientes, no, eso ya estaba, lo que no sabía era si coger una corbata o no, y el taco de notas, y sus botas de montaña, y…

Sonó el timbre. Fue como una sacudida eléctrica, pero sobre todo una catarsis. Desde luego, todavía le faltaban muchas cosas. Pero el timbrazo, autoritario, inapelable, era un punto final, y ahora ya podía dejar de preocuparse. De modo que cerró como pudo la maleta, y procurando no pensar en todo lo que dejaba atrás, abrió la puerta. Los dos hombres que estaban en el umbral no dijeron nada. Uno le cogió la maleta de la mano, servicial pero inevitable, y el otro hizo un vago gesto con la cabeza como para indicar que les acompañara. Los tres bajaron la escalera en silencio. Al llegar a la calle, una especie de neblina parecía difuminar los contornos de las cosas, los contornos de la realidad. Se pusieron a caminar. Al pasar junto al contenedor de basuras de la esquina, el que llevaba la maleta la tiró dentro.

– Allá donde vas no necesitarás equipaje… -masculló.

Y poco a poco, se fueron desvaneciendo entre la neblina.

¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?

Llevar un ramo de claveles blancos por la calle es una de las tareas más penosas con las que me he enfrentado en mi no demasiado larga vida. Tal vez debería decir un ramo de flores, así en general, porque me temo que sería igual de penoso llevar un ramo de petunias rojas o de hortensias amarillas, si es que esas flores de esos colores existen, que no tengo ni idea. Pero el caso es que no llevo ni petunias ni hortensias, llevo claveles, blancos por añadidura, y tengo la impresión de que todo el mundo me mira, y no sólo me mira todo el mundo, sino que encima la mayor parte de los que me miran se sonríen por lo bajini. Un poco incómodo, busco complicidad a mi alrededor, alguien de mi gremio, a saber, el gremio de los enamorados, con quien sentirme solidario, pero no veo a nadie que lleve un triste ramo de flores, de ningún tipo, ni siquiera una en el ojal. Y maldigo la hora en que se me ocurrió entrar en la floristería, y maldigo el momento en que se me ocurrió acudir a nuestra cita con un ramo de flores, y maldigo haberme dejado llevar por el ambiente que se respira en estas fechas. Y si aguanto la penosa tarea es porque ella es una chica… no sé cómo decirlo, es una chica… “que te tiene sorbido el seso”, que dictaminaría la vecina amiga de la familia si lo supiera, que no lo sabe, y sólo faltaría que me viera con el dichoso ramo, así que mejor lo dejamos.  Porque el seso no me lo tiene sorbido, pero sí que me hace sentir cosas raras que no había sentido nunca antes. Y es que ella es fuerte, femenina, sonriente, profunda, hermosa, cálida, todo eso es y bastantes cosas más; hasta tal punto es todo eso y más que, cuando la tengo cerca, diría que unos hilos invisibles tiran de mí hacia ella. Y por eso, aunque hace poco que la conozco, he tenido la idea de comprar un ramo de flores, porque sí, porque quiero ver su sonrisa luminosa, porque quiero ver brillar sus ojos y porque hoy es un día especial. Pero la idea se ha revelado nefasta por muchos motivos. Primero, porque en mi infinita ingenuidad he entrado en la floristería pidiendo un ramo de rosas rojas; informado del precio, mis ímpetus se han atemperado, y, tras rebajar planteamientos, de la misma manera que he entrado con un ramo de rosas rojas en la cabeza he salido con un ramo de claveles blancos en la mano. Y ahora todo el mundo nos mira, a mí y a mi ramo desangelado, de manera que lo llevo medio bajo el brazo para que se vea menos y creo que no le está sentando nada bien, al pobre ramo, este tratamiento tan poco digno de su rango. Y encima blancos. La verdad es que no sé por qué he comprado claveles blancos, si al menos fueran claveles rojos tendrían un no sé qué de apasionado, de apasionado pobre pero apasionado al fin y al cabo. Pero blancos… Creo que me he ofuscado ante la mirada severa de la florista, que seguro que en seguida me ha calado como florísticamente inexperto y financieramente limitado, y me ha endosado la flor menos apropiada al día de hoy; blanco, el color de la pureza, me acabo de dar cuenta, mi chica va a pensar que soy un pazguato, bueno, mi chica no, que nos hemos visto sólo dos o tres veces.

Lleno de dudas, aprovecho un momento en el que nadie parece hacerme mucho caso, y miro discretamente el ramo; el aspecto no es muy bizarro, la maldita florista me ha vendido flores de segunda mano, o casi, así que lo aprieto bien contra el pecho y lo cubro con los brazos, de manera que apenas se ve. Y entonces me pongo a pensar. Como seguro que cuando llegue ella ya estará en la esquina en la que hemos quedado, no sé si debo presentarme con el ramo escondido a mi espalda y, darle una sorpresa, o blandirlo frente a mí, claro que si lo meto entre ella y yo igual me quedo sin beso, y cuando pienso en un beso de sus labios finos y bien dibujados me recorre tal estremecimiento que hasta mis mustios claveles parecen retomar algo del vigor perdido. No, lo mejor será llevarlo al costado, brazo levemente flexionado y un poco separada del cuerpo, así, como medio casual, y no sé si en la izquierda o en la derecha, pienso, calculo, mejor en la izquierda, así podría hasta intentar abrazarla con la derecha, y tan sumergido estoy en mis planes que me pongo a ensayar los gestos de las distintas opciones y estrategias, y tanto me olvido del mundo que cuando vuelvo a la realidad varios transeúntes me están observando con impertinente perplejidad. Así que me pongo colorado como un tomate, disimulo el ramo bajo el abrigo e intento adoptar una actitud noble y digna.

En eso, paso junto a un escaparate. Veo mi figura, desgarbada, mi abrigo, con unos elementos botánicos sobresaliendo por la solapa, mi  cara de adulto en ciernes… ¡el horror, el horror! Me detengo. Las flores me queman: no puedo presentarme con ellas, pero tampoco puedo presentarme sin ellas. Un espeluznante dilema. Por la calle baja un autobús a toda velocidad. Me acerco al bordillo. ¿Debo tirarme bajo el autobús? ¿Debo tirar el ramo? Mientras dudo, el autobús ya ha pasado y yo estoy en el bordillo, alicaído, con un ramo de claveles blancos más alicaídos que yo. Así que reanudo la marcha, arrastrando los pies. Tengo que pensar algo, decidir, la mano izquierda, el abrigo, la mano derecha… Ahora estoy seguro de que todos los que pasan me miran, ya no con burla sino con una cierta conmiseración. Busco desesperadamente otra tienda con escaparate, y cuando al fin encuentro una me pongo frente a ella y hago un último intento por componer, ramo y yo, una estampa gallarda y galante. Los claveles, tal vez ofendidos por mi actitud previa hacia ellos, no colaboran. Podría pintarlos de rojo con laca de uñas… Pero no hay tiempo, ni laca de uñas. Del otro lado del escaparate, todas las comadres del barrio están chanceándose a mi costa.

Con renuencia, sigo avanzando hacia la esquina fatídica, la que tenía que ser la esquina de mi felicidad, de la entrega triunfal de un ramo de rosas rojas, de la sonrisa luminosa y generosa de mi chica, bueno, de mi chica todavía no, ya sólo está a tres travesías; intento no pensar en mi aspecto, pero no puedo. Una travesía.  Tomo una decisión. Creo que nadie me mira. Me acerco a una papelera. Con un movimiento rápido, meto el ramo en sus entrañas. Bueno, en realidad sólo lo meto a medias. Lo que pasa es que me doy un golpe en la mano, el ramo se engancha con algo y unos cuantos claveles, lógicamente blancos, caen al suelo. Los recojo y los envío con sus compañeros; eso sí, con total seriedad, por si alguien mira, como si embutir claveles blancos en una papelera en un día como hoy fuera lo más normal del mundo. Cojo aire. La esquina está cerca, y ya puedo ir pensando en una excusa porque llego francamente tarde, y, claro, la historia de los claveles no se la voy a poder contar. Cuando estoy ya a punto de doblar la esquina, noto de repente una terrible sensación de desnudez, una terrible sensación de estar desarmado. ¿Cómo me voy a presentar ante mi chica, bueno, mi chica todavía no, un día como hoy sin un ramo de flores, o sin algún otro detalle? Estoy con las manos vacías, y además creo que se me ha manchado el abrigo; soy tonto del todo. Todavía intento pensar. ¡Bombones! Esa era la solución. Pero no hay bombonerías a la vista, y mi situación financiera tampoco soportaría una nueva inversión, ahora que he gastado mis pequeños ahorros en llenar de claveles blancos una papelera. La papelera… Dudoso, doy media vuelta y me acerco a donde yacen mis claveles. ¿Podría…? No, eso es casi necrofilia. Otra media vuelta, de nuevo hacia la esquina. La sensación de derrota es total.

Me detengo por última vez. Sé que esta vez ya no volveré a arrancar. Que mi vía crucis hacia la esquina termina aquí. Aunque soy de natural pacífico, de repente explota la rabia, y le sacudo una tremenda patada a una farola que pasaba por allí. Se oye un crujido, como de algo que se quiebra. Por el dolor que siento, probablemente han sido algunos de mis dedos. Así que salgo corriendo, cojeando, claro, pero huyendo, huyendo de la esquina, huyendo de la que ya nunca será mi chica, y proclamando con voz desgarrada:

—San Valentín, ¿por qué me has abandonado?