COSAS GRANDES QUE SE HACEN EN LA VIDA

Caía la tarde. En aquella habitación, impersonal y aséptica, la tarde caía asépticamente, impersonalmente, sin poesía, sin emociones, de manera totalmente funcional. La habitación estaba protagonizada por una cama, y en la cama había un viejo que le venía pequeño a la cama, y no al revés. En la habitación, aunque con poco afán de notoriedad, figuraban también una butaca anodina, un par de sillas, un velador y un armario empotrado. El viejo murmuró algo, y el hombre que se sentaba junto a su cabecera le preguntó:

—¿Qué decís, padre?

—Digo —repitió el hombre con esfuerzo— que el tarado que afirmó que no había dos atardeceres iguales nunca estuvo en este hospital.

—Padre, ¿por qué decís eso?

—Porque es la puñetera verdad, sobrino.

El hombre de la silla se quedó callado. Le costaba dar conversación al viejo de la cama, más desde que habían comenzado a tratarle con fármacos contra el dolor, que claramente interferían con su entendimiento y le hacían decir cosas extrañas. El viejo cerró los ojos. Se sentía raro, como si divagara a medias. A sus pensamientos les reconocía cierta paternidad, aunque también reconocía que empezaban a escapar a su control. Cuando pensaba en sus pensamientos tenía la sensación de que él plantaba la semilla, ponía la idea en marcha, pero luego le era imposible darle continuidad; sus ideas se ponían a volar con sus propias alas, y se expresaban, las pocas veces en que se expresaba, con palabras que no eran las que él hubiera escogido. Como hijos que se emancipan… Por eso pensar le desconcertaba primero, y le cansaba después; claro que no pensar le aburría. A veces el sueño, que venía últimamente con gran facilidad y casi por sorpresa, le solucionaba el dilema. Pero era una solución en falso, pues antes o después llegaba el momento de despertar. Al despertar, las cosas extrañas, muy extrañas a veces, que había vivido en sus sueños, y que en sus sueños tan llenas de sentido y lógica parecían, se iban convirtiendo en absurdas, dolorosamente absurdas. Y cuanto más sentido y lógica les intentaba buscar, más cruelmente absurdas se volvían. El desasosiego duraba un rato, el necesario para que, poco a poco, los sueños se fueran deshaciendo en jirones de olvido. Entonces abría los ojos, resignado a encontrarse con el mismo atardecer (o anochecer, o amanecer) de todos los días, el mismo dilema entre el desconcierto de pensar y el aburrimiento de no pensar, la misma amenaza de conversación ociosa.

—Padre —dijo de pronto el hombre sentado—, contadme cosas grandes que hayáis hecho en la vida…

El viejo escuchó con desgana y miró al techo.

—Cosas grandes…

Odiaba, bueno, no odiaba, simplemente le producía hastío, que para odiar hacen falta fuerzas y él de eso andaba justito, le producía hastío, pues, la conversación forzada que el hombre junto a su cabecera parecía empeñado en mantener, como en cumplimiento de un deber sagrado. Pero había aprendido que si respondía a las preguntas, solía seguir un rato de tranquilidad y silencio. Así que, en busca de ese silencio deseado, lanzó el anzuelo a las aguas turbias de su memoria, sonriendo ante la metáfora del anzuelo que le había salido, así porque sí, tan poco dado a metáforas que él había sido siempre.

—Algunas veces comíamos el campo —fue explicando con lentitud—, y hacíamos carne a la brasa. Yo era el encargado de hacer el fuego, y luego de asar las carnes, y también alguna verdura con las que las acompañábamos. Hacía calor, y mientras asaba me refrescaba con tragos de cerveza helada. Luego nos sentábamos a la sombra, en una mesa con un hule a cuadros. Cortábamos grandes rebanadas de un pan denso y crujiente, mientras las carnes humeantes parecían invitarnos a gozar de la vida. Si me preguntas por algo grande, te diré: la butifarra deshaciéndose en la boca, levemente apoyada en la blandura del pan; la dulzura de la cebolla; y la aspereza del vino que bebíamos del porrón. Y luego, el campo, el bosque, el estro de las flores, el zumbido de los insectos, el sol, el cielo, las nubes, el viento moviendo las faldas de tu abuela… Eso era grande.

—Padre, padre, serían las faldas de madre…

—De quien coño fueran, sobrino, de quien coño fueran.

El viejo se había ganado unos minutos de silencio, y a la vez una sonrisa interior. Él que nunca había sido amigo de palabras malsonantes, las usaba ahora prolijamente. Lo gracioso es que surgían, así, por su cuenta y riesgo. Pero encontraba que le daban a sus frases una especie de solidez enérgica que no podía alcanzar de otra forma y que le complacía.

Pero el hombre sentado no parecía haber quedado muy satisfecho con la respuesta, de manera que no tardó en volver a la carga.

—Padre, decidme, explicadme algo grande de verdad, importante…

El viejo apenas suspiró, y con voz queda arrancó una nueva historia.

—La cima no era muy alta, ni difícil, normalmente un pequeño paseo. Pero aquel día había niebla, y mucha nieve. Me costó trabajo subir, y a punto estuve de dejarlo. No iba bien equipado, las botas se me hundían en la nieve, y cuando no me hundía, resbalaba. Pero la cuestión es que seguí, y que al final llegué arriba casi sin fuerzas. Todavía jadeando, me senté, sin ver nada, rodeado de la blandura algodonosa de la niebla. Y entonces, de repente, la niebla desapareció. Como si se hubiera corrido una cortina, a mi alrededor surgieron los picos vecinos, las crestas, las aristas, y la nieve de sus cimas empezó a brillar, iluminada por los rayos de sol que se filtraban entre las nubes y que las acariciaban como dedos de luz. Aquella belleza, inesperada, íntima, en un silencio grandioso, resultó sobrecogedora. Sí, aquello fue algo grande. Grande de puta madre, para ser más exactos.

El hombre de la silla puso una cara de cierta sorpresa. El viejo se dio cuenta y pensó que hoy le iba a costar más ganarse su ración de silencio. La siguiente pregunta, pues, no le pilló desprevenido.

—Pero padre… ¿Por qué no me queréis explicar las cosas realmente grandes que habéis hecho?

El anciano se volvió ligeramente hacia aquel que insistía en llamarle padre, y le espetó:

—Realmente grande… No creo que te lo deba explicar. Lo realmente grande es estar abrazado a las mujeres que amas, sentir su piel tibia sobre la tuya, notar en tus manos la suavidad sensual de…

—Padre, padre —le interrumpió el hombre de la silla—, habréis querido decir la mujer que amas, y os debéis estar refiriendo a madre, sin duda.

—¿Madre? —respondió el anciano a medias desconcertado—. Ella… claro… tu tía, sí… bueno, sí… ; sí, me refiero a ella, bastante, bueno, sobre todo a ella. Pues nos ha jodido el tío este pedazo de sabihondo…

El hombre de la silla decidió no insistir, no seguir en aquella dirección que se revelaba peligrosa. Estaba claro que el viejo empezaba a desvariar, y mejor evitarse ahora disgustos, a estas alturas de la vida. Juzgó prudente reorientar su charla, y a la vez ayudar al anciano a encontrar sus recuerdos. Así que prosiguió:

—Padre, ¿por qué no me contáis cosas de vuestra cátedra, de vuestros discípulos, de cuando pronunciasteis el discurso de ingreso en la Real Sociedad de Ciencias, de vuestros teoremas, de vuestra obra…? ¿No fue eso grande?

—Ah, eso… Sí, claro. Eso también. También fue grande.

Hizo una pausa mientras pensaba de qué manera le daba un toque de credibilidad a aquella afirmación complaciente y no demasiado cierta. Y de repente se le ocurrió:

—Grande, sí. Grande de cojones.

LA SONRISA DEL GASOLINERO

Llego con mi moto a la gasolinera. La subo al caballete. Los gasolineros van de surtidor en surtidor, de coche en coche, de coche en moto, dispensando el oloroso líquido de donde extraeremos, motor de explosión mediante, la energía que nos permitirá ir de un sitio al otro, y del otro al uno, que esto de ir y venir es cosa seria y trascendente.

Los gasolineros son, creo, indiferentes al efecto invernadero, al peak-oil y a cualquier otra cosa que no sea su tedioso quehacer en medio de una atmósfera enriquecida en hidrocarburos volátiles, y enrarecida por la mirada de los conductores que esperan turno, inquietos, irritables, impacientes, igual de indiferentes que ellos al efecto invernadero, al peak-oil y al último informe del IPCC, todo hay que decirlo.

Los gasolineros, por lo menos estos, son gente de gesto algo torcido, mirada diluidamente torva, sonrisa ausente. Pero la culpa no es de ellos, es que esto de dispensar efecto invernadero líquido es muy muy aburrido. O a lo mejor es que se contagian de la irritación de los conductores. O a lo mejor resulta que sí, que sí están preocupados por el último informe del IPCC y la acidificación de los océanos, y eso les causa pesar. O puede que simplemente sea que el propietario les paga un mal salario pero mucho peor es no tener trabajo. No creo que nunca sepa a qué se debe el gesto adusto de los gasolineros, pero es que ya me empiezo a acostumbrar a que haya cosas que nunca sabré.

Llevo un rato esperando. Yo también empiezo a estar impaciente, irritado, tenso, vigilando que nadie me pase delante, intentando aparentar indiferencia pero siguiendo con ansiedad el deambular de los gasolineros por este su reino terrenal. En eso, uno de ellos se aproxima, con su cara reglamentaria. De repente, su seriedad da paso a un esbozo de sonrisa que termina floreciendo hasta trocarse en expresión luminosa, radiante. Me quedo perplejo. ¿Qué ha sucedido? ¿Es a mí? Miro a mi alrededor, y el misterio se aclara. La acreedora de la sonrisa es una chica que, un surtidor más allá del mío, se apoya indolentemente en su motocicleta, exhibiendo unas largas y bronceadas piernas, una figura muy correctamente torneada, con todos los entrantes y salientes curvos que se exige en estos casos, y encima, bajo su cabellera rubia, mira lánguidamente al gasolinero. El susodicho gasolinero pasa por mi lado sin mirarme, probablemente también sin verme, y se va, zalamero, a atender a la belleza motorizada.

Maldigo mi suerte. Justo cuando me tocaba a mí. Medito si debo protestar o la sonrisa embelesada es ya suficiente sentencia firme e inapelable. Antes de tener tiempo de decidir nada, otro gasolinero, este con todos los atributos faciales en regla, se me acerca y sin decir palabra me empieza a llenar el depósito.

Mientras hago mi pequeña contribución a los desmanes de la industria petrolera, pienso que jamás ningún gasolinero me sonreirá como le ha sonreída a ella, y que la envidia será un feo pecado, pero que el mundo es profundamente injusto, e incluso suspiro, creo recordar, y me pongo tibiamente melancólico.

Un poco más tarde, ya a lomos de mi montura mecánica y produciendo más dióxido de carbono que el que tengo derecho a producir, consigo sacudirme la melancolía mediante una simple pregunta: ¿para qué carajo quiero yo que un gasolinero huraño me sonría embelesada y zalameramente?

Y es que una buena pregunta te arregla una tarde. Y así concluyo felizmente esta historia.

PUNTOS CARDINALES

Al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde me alcanza la vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Estos son mis cuatro puntos cardinales. No estoy seguro de si siempre fueron así, o si en algún momento mi mundo, como un imperio donde casi nunca se ponía el sol, se extendió más allá de las paredes o al otro lado de la puerta. Tengo vagas sensaciones, que no llegan a recuerdos, de espacios abiertos, vastos lugares y soles que parecían no ponerse, de dominios de los que me fui poco a poco retirando, a veces con lucha, otras con vergüenza; pero es posible que sólo sean recuerdos de sueños, o tal vez sueños de recuerdos.

No sé cómo es la pared que está a mi espalda. La siento como una especie de punto de apoyo, punto de apoyo que, la verdad sea dicha, no me permite mover el mundo, ni siquiera el mío, tan poca cosa. A veces, la pared que está a mi espalda me impide huir cuando la pequeñez en la que vivo se me hace insoportable.

La pared que tengo frente a mí sí que sé cómo es, o debería saberlo, pues la veo constantemente. Lo que pasa es que la veo pero no la miro, y sería incapaz de explicar cómo es si alguien me lo preguntara; aunque nadie me lo preguntará nunca, y eso me tranquiliza. En la pared de enfrente hay una ventana, un poco en alto, a través de la cual entra luz, nunca mucha, a menudo poca y triste, a veces ninguna. Saber que no hay nada que ver por esa ventana me proporciona insípida tranquilidad.

Mis ojos no alcanzan a distinguir lo que tengo a mi derecha, pero me parece que allí hay un espacio que no está vacío del todo. Lo ocupan sombras imprecisas y contornos borrosos que no consigo identificar; será porque no veo bien, o tal vez será porque mi mundo ya sólo consta de puertas, ventanas y paredes, y he olvidado todo lo demás, y por eso llamo sombras imprecisas y contornos borrosos a todo lo que no son puertas, ventanas y paredes.

A mi izquierda hay una puerta que siempre está cerrada. Antes estaba abierta y llevaba a algún sitio. Luego empezó a estar cerrada, cada vez más a menudo. Ahora parece parte integrante de la pared, y la verdad es que no me importa que sea una puerta o un trozo de muro, y ya no me interesa saber a dónde lleva o a dónde llevó en su momento.

En algún momento me da por pensar que a mi espalda está mi pasado, y frente a mí, la ventana de mi futuro; que hacia mi derecha, el salvaje oriente, se extiende el mundo desconocido y anhelado de las cosas prohibidas; y que a mi izquierda, tras la puerta y bañada con los rayos tibios del sol poniente estás tú.

Pero no. Porque al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde alcanza mi vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Sólo eso.

DE CAZA (y 2)

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERASigo con mi movimiento pretendidamente browniano a través del Ensanche, pero ando con el alma perdida, y apenas me fijo en nada ya. Tan sólo en un balcón que ofrece comida a la mosca del geranio, y pienso que está bien, que nutrir a los insectos hambrientos o a sus larvas, sobre todo a sus larvas, que la infancia se lo merece todo, es siempre un acto de bondad.

 Esta falta de atención, impropia del estado de ánimo del cazador, se debe a que mi movimiento tenía en verdad un componente determinista oculto, componente que me ha ido llevando sin que yo fuera consciente del todo, hacia la parte baja de la ciudad. Cuando abandono el Ensanche cartesiano y penetro en el conglomerado orgánico del barrio antiguo, mis sentidos vuelven a afinarse. El hiato entre los dos tejidos es drástico, y apenas hay intrusiones de uno en otro, nada de mestizajes, que se diría hoy en día. Pienso que es como si un muro alto y fuerte los hubiera separado alguna vez, y quedo satisfecho del poderoso símil que creo haber inventado. Entonces, de repente se me aparece el fantasma de la muralla de Barcelona. Bajo la cabeza, algo avergonzado; en serio que no todos los días descubro el Mediterráneo.

 Superado el pequeño sofoco, me asomo a lugares que cargan a sus espaldas mucha más historia y muchas más historias de las que uno es capaz de imaginar. Un poco desconcertado por la presencia silenciosa de toda esa cantidad de pasado que me supera, busco un asidero; así que me acerco al colegio al que fueron mi padre y sus tres hermanos, y me detengo un momento ante la puerta. Intento evocar imágenes de niños que son, o fueron, o tal vez serían, o serán, menudo lío de tiempos, mi padre y mis tíos, pero no lo consigo. No importa, me conmuevo igual, que para eso he venido, y como no está bien quedarse conmovido allí en medio, pues adopto mi pose de fotógrafo maldito, que si fumara quedaría todavía mejor, con una colilla en la esquina de la boca, una lástima, esto de no fumar, y disparo unas cuantas veces sin ni siquiera encuadrar, creo que ni siquiera he puesto la cámara en marcha, es sólo cuestión de justificarme. Respiro hondo, y pongo rumbo a cualquier otra parte.

 Como si jugara a un extraño juego de la oca, topo con otro colegio, de colegio a colegio, me digo, y me respondo, y tiro porque es mi privilegio; y es que a veces me salgo respondón yo solito. La visión de este otro colegio me produce algo de desasosiego: el patio vacío, triste cemento recalentado por el sol, encerrado por las paredes de las casas vecinas, que se elevan de manera muy poco cariñosa y hurtarán la visión de buena parte del cielo a las miradas infantiles. OLYMPUS DIGITAL CAMERASólo una apertura, una verja-puerta, a través de la que miro. Y veo el patio vacío, el triste cemento recalentado, perdón, creo que me repito, y una canasta como todo aliciente para alimentar los sueños infantiles, sueños que en su mayoría intentarán huir de aquel lugar tan inhóspito pero que seguramente morirán atrapados en la verja. Pensar en lo sueños muertos atrapados en la verja no ha sido una buena idea, me hace dar un respingo y un paso atrás para apartarme de aquel camposanto de sueños. En un movimiento defensivo reflejo, me echo la cámara a la cara y disparo una ráfaga; a lo mejor salen los sueños muertos. Pero… quia. Sólo sale una verja sobre un patio de cemento inhóspito recalentado por el sol, que huele a patio de cemento inhóspito recalentado por el sol. Concluyo que los sueños muertos son transparentes. Para consolarme, pienso que un día vendrán miles de globos de colores, que dejarán que lo sueños se cojan a ellos y se los llevarán a donde sea que deban llegar lo sueños.

 Intentando no encontrarme con más colegios, callejeo con sensación de plenitud melancólica, que no sé muy bien qué es, en cualquier caso es un estado de ánimo que pega bien con el tipo de cazador que estoy representando. Yo, que he vivido en el Ensanche la mayor parte de mi vida, siento con mayor intensidad recuerdos de este barrio antiguo, algunos propios, muchos prestados o de segunda mano. Una contradicción más, como aquello que me dijeron una vez, que quOLYMPUS DIGITAL CAMERAeriendo ser Haddock terminé siendo Tintín. Pues contradicción en ristre ando arriba y abajo, olfateando rastros perdidos de un niño con su padre, de un niño con su madre, de u niño con sus abuelos, o de un joven muy joven que jugó un poco a la bohemia en un estudio de ínfimas dimensiones. La verdad, rastros ya no quedan muchos, que alguien debió pasar el estropajo del olvido, y eso me indigna. Indignado pues, y a falta de mejor negociado al que dirigir mi protesta, alzo la vista al cielo, pero por el camino veo que desde un balcón se han solidarizado conmigo. Eso me reconforta, y dedico a los moradores del balcón un imperceptible saludo.

 Lo que no acabo de entender es cómo he llegado exactamente a la puerta del edificio desvencijado donde estaba aquel estudio del que acabo de hablar, porque de verdad que no tenía intención alguna de venir aquí. Pero ya que estoy, y como todavía me dura la indignación de antes, me planto en jarras ante la puerta, como reclamando el derecho a recuperar alguna de las infinitas posibilidades que creí entender que la vida me ofrecía en aquel entonces, y que luego no me dio, sería que no me fijé en la letra pequeña de la oferta.

 Mi postura es sin duda gallarda y desafiante, pero como, pasado un rato, nadie me ha hecho ningún caso, tiro de máquina de fotos, por favor, qué bien van las cámaras para salir airoso de estos trances, y disparo, así como con desgana, y entre las fotos y mi digna actitud, aprovecho para retirarme de aquel callejón sin que se note demasiado que huyo con el rabo entre las piernas.

oOoOoOoO

Addendum

La idea de los globos, contra lo que algunos podrían pensar, viene de “Le Ballon rouge”, de Albert Lamorisse.
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DE CAZA (1)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Hoy voy de caza. Salgo a dar un paseo urbano, provisto de mis armas de caza mayor: una cámara fotográfica y una pequeña libreta. Voy en busca de alguna idea para el blog, o al menos de alguna imagen interesante. Y aunque anticipo que volveré con las manos vacías, es decir, con la libreta en blanco y la cámara llena de un montón de imágenes de interés diremos que limitado, eso no me preocupa. Y no me preocupa porque, a cambio, habré disfrutado de un paseo sereno, con un hermoso sol que llena la ciudad de contrastes de luz y sombra, de calor y fresco, un paseo de esos sin dirección ni sentido en los que uno enfila una calle y no la otra, dobla una esquina y no la de más allá sin saber muy bien por qué; o sabiéndolo, pero sin acabar de creerlo: un color, un señor que empuja una carretilla, un trapo en una ventana, o puede que el aroma diluido de un recuerdo enterrado en el pozo de la memoria que se disuelve. Así que me embarco en un itinerario maravillosamente carente de lógica, y también carente de geometría, y hasta de teología, como hubiera dicho aquél. Eso sí, como buen cazador, tengo los sentidos a flor de piel, estoy alerta, receptivo a los más nimios detalles. Llevar cámara, y llevar libreta, obliga a mirarlo todo con otra mirada, una mirada que atraviesa las cosas y llega incluso a aquello que no se ve, o sobre todo llega a aquello que no se ve. También como buen cazador que no come de lo que caza, a pesar de que no me cobre ninguna pieza seré feliz mientras lo intente.

Transito por el tejido cartesiano del Ensanche, y mis pensamientos se pierden en lo que pudo ser y no fue esta parte de la ciudad. Pero eso es una estrategia equivocada para un cazador como yo, de manera que dejo de lado lo que pudo ser y lo que deOLYMPUS DIGITAL CAMERAbió haber sido y me quedo en lo que finalmente fue, o sea, en lo que es. Y entonces veo furgonetas que ya no llevan cartas de amor, una casa tachada no sé por qué (¿se debió construir por error?) y dos ancianas que, abandonada toda rebeldía residual, cruzan disciplinadamente en verde sin reclamar ni libertad, ni amnistía ni siquiera el voto para las mujeres, si es que alguna vez reclamaron tales cosas.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Un poco más allá, descubro una escena curiosa. Dos jóvenes turistas han pedido a una dama de cierta edad que les haga una foto, y mientras posan me detengo, no fuera a estropear la composición. Sigo la escena, algo chusca, a través del reflejo en un escaparate, discreto que es uno. La situación se prolonga. Las chicas desconfían de la capacidad de la señora, puede que con razón, inspeccionan el resultado, tuercen el gesto, le piden que repita, y mientras la pobre señora, azorada, hace lo que puede, ellas no dejan de gesticular para indicarle esto, aquello y lo de más allá. Por lo visto, la señora, que seguro que, ejerciendo su derecho de edad, llama retrato a las fotos, no atina; el retrato no queda al gusto de las señoritas, que empiezan a ponerse nerviosas probablemente pensando que cómo es posible que en una ciudad como Barcelona haya damas, aunque sean de cierta edad, que no sepan fotografiar decentemente a las turistas. Como veo que las cosas se complican, intento hacerme pasar por un alcorque, no fuera a salpicarme el asunto. Pero se ve que mi camOLYMPUS DIGITAL CAMERAuflaje resulta poco creíble, las chicas me divisan, me ven con cámara al cuello y gritan, alborozadas: “se lo pediremos a ese señor, mira la cámara que lleva, seguro que sabe hacer muy buenas fotos”, ya me he encargado yo de la traducción simultánea. Suerte que la libreta la llevo en el bolsillo, me digo, si no seguro que encima me piden un poema. Me acerco, resignado. Como no puedo decepcionarlas,  me apodero con aplomo de su máquina de baratillo, estudio sin prisas la posición del sol y la configuración de las sombras, por supuesto con mirada profesional, frunzo el ceño, que siempre es un recurso convincente, y las hago cambiar de sitio con ademán autoritario. Así queda mejor la iluminación y los contrastes me ayudarán a dar profundidad a la foto; las muevo otro poquito, en parte para conseguir un bonito inmueble como fondo de la foto, en parte para ver si puedo capturar también un coche movido que dé un poco de dinamismo, y en parte simplemente para fastidiar. Encuadro, les pido que relajen el rostro, hago una primera toma, sólo para ver el tacto del disparador, modifico el encuadre, buscando incorporar una hilera de farolas que añadan ritmo a la futura imagen, les pido que cambien la posición de las manos, y cuando bajan la guardia para moverse disparo de nuevo, les pido que sonrían, y espero unos segundos, bastantes segundos, para que se les canse la sonrisa, y entonces vuelvo a disparar, finalmente les digo que ya está, y en cuanto abandonan su hieratismo de turistas en tierra exótica, les tomo tres o cuatro tomas más en rápida sucesión. Les devuelvo la cámara con desapego experto, evito caer en la tentación de hacer una reverencia, porque mi actuación de fotógrafo consumado ha sido, modestia aparte, memorable, y me retiro dignamente. Quedan convencidas de que han sido fotografiadas por el mismísimo Catalá-Roca. O quedarían, en el caso improbable de que supieran quién era ese tal Catalá-Roca.

Mientras me alejo, pienso en que es una lástima que no haga las fotos tan bien como las explico.

DE CUANDO TIRABA PIEDRAS AL MAR

Hubo una época en que tiraba piedras al mar. Siempre se me antojó algo fascinante, a lo que merecía la pena entregarse con seria dedicación. Dicho sea de paso, puede que por eso las playas de arena siempre me hayan parecido un tanto inútiles; pero tal cosa carece de importancia. Cuando tiraba piedras al mar no sabía lo que era un juego, o, a lo mejor, lo que no sabía era que hubiera algo que no fuera un juego.  Así que, concentrado, tomaba una piedra entre mis manos menudas, me acercaba a la orilla, y la lanzaba. Seguía atentamente su vuelo curvo (más adelante supe que parabólico, pero saberlo no añadió gran cosa al asunto), contemplaba, extasiado, el momento en que rompía la superficie del agua, veía pequeñas salpicaduras verticales intentando emprender el vuelo y escuchaba con deleite el sonido acuático, mitad golpe, mitad musical gorgoteo, que anunciaba el inicio del camino hacia el fondo, misterioso y azul.  Luego, me daba media vuelta y cogía otra piedra; la elección no era trivial, ni mucho menos aleatoria: había que seleccionar bien el tamaño, la forma, las proporciones. Con ella en la mano, volvía a la orilla, y repetía el lanzamiento, cuyas características también debían ser decididas con cuidado: la fuerza, la inclinación, el giro. Todos estos matices influían, y combinándolos hábilmente conseguía una amplia gama de resultados finales con los que satisfacer al paladar del más exigente lanzador de piedras, o sea, yo. Yo, que no sabía explicarme las cosas tan bien como las explico ahora, no vayáis a creer, pero que en cambio sabía perfectamente cómo escoger una piedra y cómo tirarla al mar, y, sobre todo, sabía cómo mirarla y cómo escucharla. Y hablando de escuchar: a veces, entre piedra y piedra, me quedaba quieto, y me dejaba invadir por el murmullo intermitente de las pequeñas y amables olas mediterráneas, rompiendo con un carraspeo líquido en la orilla. Durante aquellas horas serenas, mi única preocupación eran las dudas que me asaltaban sobre si, a base de devolver tantas piedras al mar, algún día la playa iba a quedarse sin y convertirse en una sosísima y completamente inútil playa de arena, preocupación que se fue convirtiendo en pesadilla recurrente y atroz hasta atormentarme a lo largo de toda mi infancia. Bueno, toda mi infancia no, pesadilla tampoco, y atroz menos; es que a veces me puede la vena dramática: dejémoslo en que lo pensé alguna vez sin darle mucha importancia. En realidad, había pocas cosas que me preocuparan aquellas tardes inacabables de inacabables veranos, que resultaron, por cierto, mucho menos inacabables que las piedras de la playa. Pero como yo no lo sabía, cuando tiraba piedras al mar era inabarcablemente, exhaustivamente feliz.

Llegados aquí, ahora tocaría decir que un día, seducido por otras actividades y oportunidades que me ofreció la vida, dejé de tirar piedras al mar; y luego concluir con un par de frases vagamente nostálgicas o inexpresivamente filosóficas. Pero me temo que eso sería faltar a la verdad. Es cierto que ya no me paso horas tirando piedras al mar, pero es igualmente cierto que, todavía hoy, cuando piso una playa digna de tal nombre, lo primero que hago es comprobar con mirada furtiva que no haya nadie, o al menos que haya pocos y que, de esos pocos, ninguno me preste atención. Una vez comprobado, cojo una piedra, no al tuntún, sino basándome en muchos años de experiencia; mis manos, nada menudas, la sujetan; me acerco a pasos discretos a la orilla; la lanzo, la miro, la escucho. Luego suelo suspirar, y preguntarme a dónde fueron a parar aquellas acabables y acabadas tardes de acabados veranos, no porque me interese mucho la respuesta, sino porque queda bien, una pregunta al viento que no desentona con la escena. Después, otra mirada circular y furtiva, y si nadie acecha, efectúo un segundo lanzamiento; eso sí, nunca un tercero.

Entonces observo con ojo crítico a la playa, y me digo que sí, que si mantengo este ritmo prudente, todavía me quedarán piedras hasta el final.

BAR DE CARRETERA

Decían mis padres que, de viaje, el mejor criterio para escoger una fonda o mesón donde bien yantar era el número de camiones detenidos alrededor; que los camioneros, añadían, son gente de buen gusto para estos asuntos y muy viajados. Probablemente fue el recuerdo de tan sabio consejo el que hizo que me fijara en aquel bar, aunque a su alrededor no había casi camiones; pero sí, y en elevado número, camionetas, turismos menestrales y algún todoterreno tronado y manchado de barro. A pesar de lo cual y como no había coches señoritos, me dije que nadie era perfecto e hice alto.

Así que  por eso estoy ahora sentado en una mesa algo apartada, envuelto y protegido por el ruido de muchas voces que nada tienen que ver conmigo, extasiado por el bocadillo de butifarra que la joven patrona me acaba de servir. El personal es casi todo masculino: algún mono azul, bastantes jerséis de lana gruesa, gorros, muchas chirucas, anoraks, hasta un chándal o dos. Veo que la gente se conoce, algunos juegan a cartas. Al final va a resultar que no es un bar de carretera, sino un bar de pueblo pero sin pueblo. Será que se ha deslocalizado el bar del pueblo. Cosas de la globalización, me digo resignadamente.

A lo lejos, un televisor retransmite la rueda de prensa del gobierno; un ministro, el de economía creo, debe estar explicando a capella algo sobre las bonísimas perspectivas financieras y empresariales del país, y la solidez y ejemplaridad de su sistema bancario; otro ministro, el de gobernación, interior, orden público o como se llame ahora, hace la segunda voz, probablemente glosando lo mucho más seguros y felices que vamos a estar todos cuando pongan multas de magnitud bancaria a todos los que protesten sin guardar las debidas formas y compostura. En realidad lo que dicen lo deduzco, porque oír, lo que se dice oír, no oigo nada: no sé si el ruido, compasivo, detiene la voz de los prohombres o es que el televisor está sin volumen. Eso sí, me fijo en que no hay ni una sola mirada dirigida al aparato, ni una, que vengan los dioses y me quiten mi título de doctor en ciencias si mi afirmación no es de una exactitud absolutamente científica. Miro las caras de los parroquianos, luego vuelvo a mirar al televisor, luego vuelvo a los parroquianos, y calculo la distancia a la que deben estar de los ministros: me sale un número con muchos ceros, sideral.

Exquisitas porciones de butifarra en compañía de un crujiente pan con tomate rinden sus esencias a mi paladar, lo que me conduce a un estado contemplativo nada lúcido pero sí muy feliz, cercano a una leve embiraguez. Me fijo en una mesa con bastante gente donde se juega a la butifarra. En realidad sólo cuatro juegan; otros dos o tres parecen asesorar, y cuatro o cinco que están de pie contemplan y opinan. Mientras los miro, un lance despierta un cruce de argumentos vehementes que dura un rato; lo zanja uno de los jugadores, rostro curtido, pelo blanco, manos que son su capital, que sentencia, con voz potente: “si jugo el rei m’haguéssis cardat la manilla igual”. Todos parecen acatar la autoridad del veterano jugador y se hace el silencio; hasta los ministros perorantes parecen callar un momento y asentir. Como no hay más que hablar, se baraja y se vuelven a repartir las cartas. Y yo me pregunto que cómo he oído lo de la manilla y no oigo a los ministros, y cómo he oído el silencio que se ha hecho entre el ruido de voces del bar. Y no sé qué contestar.

Entra y sale gente. Se saludan, gastan bromas, dan palmadas, abrazos, comparten risas, piden carajillos; pienso que no hace tanto también hubieran pedido caliquenyos, pero ahora está prohibido. Por un momento, echo de menos una capa densa de humo azulado tamizando la luz, tamizando el sonido, tamizando el absurdo que vierte el televisor. Qué antiguo soy, me reprendo sacudiendo al cabeza. A media sacudida entra una niña en brazos de su madre. Se acercan a la mesa de los jugadores. Me preparo para una escena doméstica de lo más clásico; pero no, la mujer sonríe, la niña sonríe, hablan con alguien que no llego a ver, están un rato, se van. Me pregunto que por qué he pensado “entra una niña en brazos de su madre” y no “entra una mujer con su hija en brazos”, y no encuentro respuesta. Me pregunto por qué cada vez encuentro menos respuestas a mis preguntas.

La amenaza de círculo vicioso desaparece cuando entra en escena la patrona, la de verdad. Me veo forzado a degradar fulminantemente a la que me ha servido al rango de vicepatrona, porque lo de que donde hay patrón no manda marinero se cumple hasta en los bares de carretera, o de pueblo deslocalizados. La patrona, imperial, ejerce desde la barra; lo abarca todo de un vistazo, saluda aquí y allá, recoge algunos platos y tazas, parece aprobar con majestuoso distanciamiento; luego le dice algo al oído a la vicepatrona, a la que hago hija suya, porque tienen un aire. Por supuesto no oigo nada, pero estoy casi seguro de que le ha dicho: “Hija mía, algún día todo esto será tuyo”. Así sea, musito para mi coleto, porque está claro que la chica apunta maneras, y lo que es el bocadillo de butifarra, lo borda. La patrona se retira, sin una sola mirada al televisor, lo he comprobado. Estoy a punto de levantarme y hacerle una venia, pero por suerte me retengo a tiempo.

Siguen las charlas, la partida, las risas, el desprecio absoluto y unánime por el televisor y los que en él aparecen. Nadie me presta especial atención, bueno, ni especial ni de la corriente, así que me siento algo así como un intruso inofensivo. Total, en un bar de carretera debe haber gente variada; gente, filosofo, que el azar reúne de manera efímera, y de repente recuerdo que habíamos quedado que no era un bar de carretera y me quedo desconcertado; me rescata del desconcierto la presencia de un japonés, que se ha materializado junto a la barra. Muy serio, habla con la patrona, perdón, la vicepatrona, cambia un billete por un montón de monedas, compra un paquete de tabaco en la máquina. Vigilo atentamente, a ver si está interesado en la rueda de prensa ministerial. Y resulta que no, él tampoco. Hace una pequeña reverencia hacia la barra y se va, es de esperar que rumbo a oriente.

 Termino mi bocadillo, y ello me deja algo melancólico. Un cortado de cierre, y me levanto para irme. En ese momento, una pareja de mi edad y categoría, es decir, intrusos inofensivos, acaba de acercase a la barra. Me siento solidario y afino el oído; me parece entender que piden un bocadillo de butifarra y uno de lomo con queso. Apruebo silenciosamente su elección, sintiéndome ya un poco veterano. Mientras ellos se sientan yo me dirijo a la salida.

Al pasar a la altura de la mesa de los jugadores de butifarra me paro; de cerca, resulta que el televisor finalmente sí tiene sonido. Estoy a punto de preguntarles que cómo es que mientras gente de a caballo explica cosas de tanta enjundia, gente de a pie como ellos le dan al naipe con tan claro desinterés por lo importante. Pero no lo hago, porque la respuesta es demasiado obvia.

Salgo de aquel cobijo al frío exterior. Sigo mi camino. El bar queda atrás. Ahora ya es un recuerdo.