“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)

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UN LARGO TRAGO DE VINO

Hace calor. El sol de agosto da de lleno en los tripulantes del pequeño llagut. Pero es un sol tolerable, incluso placentero para algunos, pues no es un sol obligado, sino libremente consentido, en algunos casos buscado. Además, el sol que cae mientras se flota en miles de millones de litros de agua salada es más compañía que castigo.

En la barca azul, que avanza con parsimonia hiriendo apenas la superficie del mar gentil del verano, vamos mi mujer, mis hijos, algunos amigos, yo. Alguien abre la pequeña nevera portátil y saca la bota de vino, que va pasando de mano en mano, de trago en trago. En la bota hay un vino frío, aderezado y templado por la pez que lleva la bota en sus entrañas. Cuando me llega el turno, la alzo con las dos manos, casi como si alzara un bebé: una mano cerca de la embocadura, otra en su vientre redondo, que presiono con suavidad. El pequeño chorro que brota me llega directamente al paladar, rebota en las paredes de la boca, salpica mi lengua; noto su frescura, su sabor, su aroma, su tacto, y dejo, con voluptuosidad, que se deslice por mi garganta. Cierro los ojos y prolongo el trago. Me inunda una sensación de plenitud intensa, mis humores más hipogeos afloran a mi piel y parecen hacer entrar en erupción a todos y cada uno de mis poros. Es un momento efímero y eterno.

Cuando abro los ojos estoy en la misma, aunque también distinta, barca azul, y navegamos por un mar que se diría que es el mismo mar pero no la misma agua. Yo también soy yo, pero no el yo de hace un rato. Tengo la bota en la mano, y la paso mecánicamente a la persona de mi derecha, incrédulo, pues los tripulantes no son los de antes. En la barca veo ahora a mis padres, a amigos suyos que ya hace mucho que dejaron de navegar. Miro mis manos, mis piernas, mi pecho: no son los míos pero sí son los míos. A mi alrededor, todos sonríen, salvo los que ríen abiertamente. Hablan, callan, a veces cantan; sobre todo, gozan de ese placer primario, epitelial que es ir en barca. Gozan como gozo yo, y como gozaré yo dentro de muchos años. Los veo, los oigo, casi los toco. Me emociono, pero intento disimular. Quiero decir algo, pero no sé qué. Gritaría que les echo mucho de menos, pero pensarían que me he vuelto loco, que me ha afectado el vino, que a mi edad no debería beber de la bota. Además, a qué iba a venir eso en medio de ese rato de felicidad compartida. Se me escapa una lágrima.

La bota ha dado ya la vuelta y me llega por la izquierda. Sé lo que va a suceder. La tomo en mis manos, indeciso. ¿Qué pasaría si la tirara por la borda? Pero no: cada cosa tiene su tiempo, su ritmo y hay ruedas que no deben dejar de rodar. Así que levanto la bota y le doy un largo trago, intenso, benefactor. Cierro los ojos.

Al abrirlos de nuevo, veo que me rodean mi mujer, mis hijos, mis amigos. Estoy profundamente turbado. Le paso la bota a mi hijo, o puede que sea a mi hija, que está a mi lado. En ese momento me doy cuenta de que una lágrima le resbala por la mejilla. Lo miro, la miro, asustado, pero no me atrevo a decirle nada, mucho menos a preguntarle. Parece indeciso, o indecisa, pero al final levanta la bota y le da un largo trago, en el que adivino la misma plenitud de la que acabo de disfrutar yo. Cuando termina, vuelve a sonreír; la lágrima ya se ha secado.

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Dedicado a esa barca azul, la Gloria, de cuya botadura se han cumplido cincuenta años este verano, y también en memoria de aquellos que a bordo de ella fueron felices.

DE CUANDO TIRABA PIEDRAS AL MAR

Hubo una época en que tiraba piedras al mar. Siempre se me antojó algo fascinante, a lo que merecía la pena entregarse con seria dedicación. Dicho sea de paso, puede que por eso las playas de arena siempre me hayan parecido un tanto inútiles; pero tal cosa carece de importancia. Cuando tiraba piedras al mar no sabía lo que era un juego, o, a lo mejor, lo que no sabía era que hubiera algo que no fuera un juego.  Así que, concentrado, tomaba una piedra entre mis manos menudas, me acercaba a la orilla, y la lanzaba. Seguía atentamente su vuelo curvo (más adelante supe que parabólico, pero saberlo no añadió gran cosa al asunto), contemplaba, extasiado, el momento en que rompía la superficie del agua, veía pequeñas salpicaduras verticales intentando emprender el vuelo y escuchaba con deleite el sonido acuático, mitad golpe, mitad musical gorgoteo, que anunciaba el inicio del camino hacia el fondo, misterioso y azul.  Luego, me daba media vuelta y cogía otra piedra; la elección no era trivial, ni mucho menos aleatoria: había que seleccionar bien el tamaño, la forma, las proporciones. Con ella en la mano, volvía a la orilla, y repetía el lanzamiento, cuyas características también debían ser decididas con cuidado: la fuerza, la inclinación, el giro. Todos estos matices influían, y combinándolos hábilmente conseguía una amplia gama de resultados finales con los que satisfacer al paladar del más exigente lanzador de piedras, o sea, yo. Yo, que no sabía explicarme las cosas tan bien como las explico ahora, no vayáis a creer, pero que en cambio sabía perfectamente cómo escoger una piedra y cómo tirarla al mar, y, sobre todo, sabía cómo mirarla y cómo escucharla. Y hablando de escuchar: a veces, entre piedra y piedra, me quedaba quieto, y me dejaba invadir por el murmullo intermitente de las pequeñas y amables olas mediterráneas, rompiendo con un carraspeo líquido en la orilla. Durante aquellas horas serenas, mi única preocupación eran las dudas que me asaltaban sobre si, a base de devolver tantas piedras al mar, algún día la playa iba a quedarse sin y convertirse en una sosísima y completamente inútil playa de arena, preocupación que se fue convirtiendo en pesadilla recurrente y atroz hasta atormentarme a lo largo de toda mi infancia. Bueno, toda mi infancia no, pesadilla tampoco, y atroz menos; es que a veces me puede la vena dramática: dejémoslo en que lo pensé alguna vez sin darle mucha importancia. En realidad, había pocas cosas que me preocuparan aquellas tardes inacabables de inacabables veranos, que resultaron, por cierto, mucho menos inacabables que las piedras de la playa. Pero como yo no lo sabía, cuando tiraba piedras al mar era inabarcablemente, exhaustivamente feliz.

Llegados aquí, ahora tocaría decir que un día, seducido por otras actividades y oportunidades que me ofreció la vida, dejé de tirar piedras al mar; y luego concluir con un par de frases vagamente nostálgicas o inexpresivamente filosóficas. Pero me temo que eso sería faltar a la verdad. Es cierto que ya no me paso horas tirando piedras al mar, pero es igualmente cierto que, todavía hoy, cuando piso una playa digna de tal nombre, lo primero que hago es comprobar con mirada furtiva que no haya nadie, o al menos que haya pocos y que, de esos pocos, ninguno me preste atención. Una vez comprobado, cojo una piedra, no al tuntún, sino basándome en muchos años de experiencia; mis manos, nada menudas, la sujetan; me acerco a pasos discretos a la orilla; la lanzo, la miro, la escucho. Luego suelo suspirar, y preguntarme a dónde fueron a parar aquellas acabables y acabadas tardes de acabados veranos, no porque me interese mucho la respuesta, sino porque queda bien, una pregunta al viento que no desentona con la escena. Después, otra mirada circular y furtiva, y si nadie acecha, efectúo un segundo lanzamiento; eso sí, nunca un tercero.

Entonces observo con ojo crítico a la playa, y me digo que sí, que si mantengo este ritmo prudente, todavía me quedarán piedras hasta el final.

PEQUEÑAS HISTORIAS (y 3): OTOÑO

Llueve. Bueno, no llueve. Pero llovió. Y al cabo de pocos días, volvió a llover; y luego otra vez. Uno de esos días, además de llover, en el mar hubo unas olas muy altas que rompían en la playa, y todas las barcas hubo que subirlas hasta casi la calle. El mar huele, la tierra huele, y sé que todo esto son malas señales. Muy malas. Porque se ha acabado lo de salir en barca y bañarse. Lo peor es que he de ponerme un jersey. Y no es que tenga nada contra los jerseys, pero ponerme un jersey en estos momentos es una aceptación de que se ha acabado ir por ahí en traje de baño y camiseta, que se ha acabado saltar por las rocas, entrar y salir del agua, andar por aquí y por allá. Es una rendición. A lo mejor, si no me pongo el jersey, deja de llover, vuelve el sol, la brisa tibia, el mar tranquilo; y, al revés, si me lo pongo alguien va a ver que ya está, que me rindo, que desisto, y entonces pasarán las cosas que suelen pasar cuando llegan las lluvias y las malas mares y los anocheceres antes de tiempo y el maldito jersey. Desafío pues las leyes del universo, y me ato el jersey a la cintura.

Pero no hay tu tía. Las cosas siguen su curso, con jersey o sin él. En casa aparecen maletas, que se van llenando de ropas, utensilios, libros. Unos grandes trapos blancos empiezan a cubrir camas, cómodas y estanterías. Y a mí se me empieza a hacer pequeño el estómago. Y termino poniéndome el jersey, para protegerme del frío, pero también para protegerme de algo más que no sé muy bien qué es. Recorro mi calle por última vez, y me parece triste; casi no hay nadie con quien cruzarme, y, desierta, mi calle ya no es casi mi calle. Llego hasta donde está el Roberto. Por primera vez, me parece sólo un viejo barco abandonado en la playa. Vuelvo a casa con el estómago más pequeño aún.

Las maletas, donde ha cabido un verano, son pesadas, y hay que cargarlas hasta la parada del coche de línea. Nos ayudan la Juana, propietaria de nuestra casa, y su hija, la Teresa. Cerramos la puerta y se oye un último y apagado sonido de cencerro, como un adiós triste. El camino hasta el coche de línea es penoso, pues somos un ejército vencido y en retirada.

La Juana y su hija nos despiden. Ya a bordo del autobús sale un tímido rayo de sol, y por un momento pienso que a lo mejor si vuelve a salir el sol nos quedaremos un poco más. Pero no, parece que todo sigue un orden, un ritmo inapelable; qué cosas. El autobús arranca, ruidoso, pesado e inseguro; mi estómago es tan pequeño ya que me cuesta respirar. Cuando enfila las primeras curvas, pego la nariz al cristal, como intentando retrasar el momento de la separación definitiva.

Para poder respirar un poco mejor, y mientras el pueblo se va haciendo pequeño, me consuelo pensando que dentro de mucho tiempo volveremos, volveremos en este mismo autobús, y yo llevaré la nariz pegada al cristal para ser el primero en ver el pueblo, que en vez de irse haciendo pequeño se irá haciendo grande, y, una vez llegados, marcharemos hacia nuestra casa con las maletas, donde cabe otro verano, acompañados de la Juana y de la Teresa, esta vez como un ejército victorioso. Y todo estará ahí, igual a como lo hemos dejado, el Roberto, listo para nuevas aventuras, y mi calle otra vez viva y alegre, con el Jaume peleándose con su persiana, la Sisa que me dará anises, mi primo enseñándome cosas útiles para cuando sea mayor, la Cristina con su extraño andar y su dulce sonrisa, y el Rocafort tejiendo nansas y gambinas. Y pienso que esto será así, año tras año. Siempre.

Eso espero. Si no, qué trastada…

PEQUEÑAS HISTORIAS (2): MI CALLE

Cuando cierro la puerta de casa oigo un sonido de campana, una campana que suena un poco a cascajo. También lo oigo cuando la abro. O cuando la abre o cierra cualquier otra persona. Bueno, menos mi primo mayor, que pasó con nosotros unos días y me enseñó cómo abrir o cerrar sin que suene. Dice que eso me puede ser útil de mayor, cuando haga algo que se llama “salir de noche”. De momento no lo veo muy práctico, entre otras cosas porque para hacer como él me enseñó y mantener la campana en silencio necesitaría subirme a una silla. Bueno, en realidad no es una campana, sino un “cencerro”, me han dicho. Lo colgaron porque, como la puerta de casa está siempre abierta, así mis padres se enteran de si alguien entra o sale. Lo que no entiendo es cómo saben si ese alguien entra o sale.

Total: que cierro la puerta y voy por el trozo de calle que va hacia el Carrer Nou, que una vez vi escrito Calle Nueva y casi me da un ataque de risa. El Carrer Nou es mi calle, y lleva al mar; el hecho de que la puerta de casa no esté en el Carrer Nou es un incidente sin importancia. Nada más llegar a la esquina, saludo al Quintana, que le llaman algunos, el Jaume, que  le llaman otros. El Jaume es herrero, bueno, lo era. Cuando yo era pequeño le veía trabajar en la negrura de su forja y hacía mucho ruido. Ahora la forja está cerrada y silenciosa, y él se sienta en una silla a la puerta de su casa y habla con la gente que pasa. Ha de ser un trabajo entretenido, lo he de tener en cuenta para cuando sea mayor. Intercambiamos unas palabras sobre el tiempo y sobre si viene grop o no viene grop, que es algo de gran importancia para la gente de mar como nosotros. Además de saludar, el Jaume hace otras cosas importantes. Por ejemplo, varias veces ha conseguido que mi oxidada bicicleta volviera  a funcionar cuando yo ya la daba por perdida;  y una vez que se nos cayó la llave de casa al mar, nos abrió la puerta con una ganzúa más deprisa de lo que la abríamos nosotros con la llave. Un pariente al que comentamos el hecho nos dijo que pusiéramos una cerradura más segura. Mis padres se negaron, puesto que si ponían una cerradura más segura la próxima vez que se les cayera la llave al mar se quedarían sin entrar en casa. Eso sí: cuando el Jaume se enfada da miedo. El otro día se enfadó horriblemente, y se puso a dar unos gritos que me pusieron los pelos de punta, mientras decía, también a gritos, muchas palabras raras que no entendí y que mis padres me recomendaron no escuchar; yo, claro, las escuché atentamente, e intenté memorizarlas. A lo mejor me son útiles cuando sea mayor, como lo del truco de la puerta de mi primo. Me olvidaba: el Jaume se había enfadado con una persiana, seguro que con razón.

Dejo al Quintana y casi me topo con la Cristina. Con la Cristina tengo siempre una duda: si va torcida porque cojea o cojea porque va torcida. Sea como sea, a mí me parece que su extraña forma de andar le ayuda a llevar mejor la cesta con la que va al huerto a por tomates. La Cristina tiene una sonrisa dulce, nunca dice una palabra de más y “está sorda como una tapia”, según afirmación de mi padre. Lo de la tapia me dejó intrigado, no consigo imaginarme a la Cristina con forma de tapia. Pero bueno, a mí me gusta cruzarme con ella, porque me mira, me sonríe de esa manera dulce que tiene ella de sonreír, levanta levemente una mano y murmura: “Fill…”. A su marido, el Enriquet, pescador que ya no pesca, no me lo cruzo nunca; él  mira el mundo desde su balcón.

Unos pasos más allá dejo a mi derecha el colmado de la Sisa. Lo regentan a medias con su marido, el Monjet, que en realidad no se llama Monjet sino Fernando (Fernandu). No se hablan desde hace muchos años, pero a mí, cuando voy a hacer algún recado, me regalan anises y caramelos, cada uno a escondidas del otro. Tienen un hijo al que todo el mundo llama “el Nen de la Sisa”, aunque en realidad se llama Fernando (Fernandu), también. No entiendo por qué le llaman “niño”, puesto que es un señor mayor. Hoy, mala suerte, no hay recado alguno que justifique entrar en el colmado de la Sisa, así que me quedo sin anises.

Sigo calle abajo y dejo a la izquierda una puerta cerrada que sólo se abre en otoño. Es donde se hace el vino. Cuando traen la uva, en unas especies de cubos grandes de madera,  los jóvenes del pueblo las pisan durante mucho rato, se ensucian los pies y hasta un poco las piernas y se ríen mucho. No me extraña que se rían, yo también me reiría si me dejaran ir por ahí pisando uvas. Ha de ser muy divertido, pero no me dejan. Cuando sea mayor, me dicen. Lo de ser mayor me va a dar mucho trabajo, estoy viendo.

En la siguiente esquina está la casa de Maria, la de las gallinitas. Es una señora que a veces venía a estar y jugar conmigo cuando mis padres se iban a alguna parte.  Otras veces me llevaba a su casa, donde había un patio con gallinas, a las que dábamos de comer. Pero este invierno María se despertó una mañana y no veía. No veía nada. Y no ha vuelto a ver.  Ya no jugará más conmigo, y no sé qué ha pasado con las gallinas. Ya no están, y la puerta está cerrada. La fuimos a visitar hace unos días, a casa de unos parientes con los que vive ahora. Al saludarla se emocionó, y en vez de mirarme siguió con los ojos fijos en la pared, pero me pasó las manos por la cabeza, la cara y los hombros durante un rato. De repente me creció una bola muy grande en la garganta, y ya no pude decir nada; sólo darle un beso. Al pasar frente a la puerta cerrada parece que la bola vuelve, así que aprieto el paso.

Luego viene la casa del Jordà (otros le llaman Sisonet), que dicen que tiene mal genio. Es juez de paz, un oficio que no sé muy bien en qué consiste pero que parece interesante. Tal vez cuando sea mayor…  Su mujer es la Joaquima. Me gusta mucho cruzarme con ella, ya que cada vez añade a su saludo un “guapo”, “simpático” y cosas así. Un día, mi madre me contó un secreto: la Joaquima fuma, pero lo hace a escondidas. Como mi padre también fuma, pero no a escondidas, no acabé de entenderlo. Parece que el asunto está en que las mujeres del pueblo de su edad, ni que sean las mujeres del juez de paz, no está bien visto que fumen. Como yo de mayor también fumaré, a mí no me importa que fume. Y me gustaría decirle que de mí no tiene que esconderse, pero no me atrevo.

Más cerca del mar, o sea un poco más allá, el Carrer Nou recibe una especie de calle-afluente y se ensancha. Eso me permite alejarme de donde está el Ninus, siempre vestido con su camiseta y sus pantalones de color indefinido sujetos por un cinturón ceñido mucho más arriba de donde debe tener el ombligo. Su mirada es inquietante y nunca le he visto hablar con nadie ni mucho menos sonreír. Se pasa el tiempo cortando leña con destreza a la puerta de su casa; con destreza y con un hacha. Y cuando no corta leña acarrea agua en latas grandes. Lo de las latas vaya y pase, pero entre el hacha y la mirada, lo cierto es que paso algo de miedo al llegar a sus dominios. Dice mi madre que es así, y que no me preocupe, que no le haría daño ni a una mosca. Pero claro, una cosa es una mosca, y otra cosa soy yo, y quién sabe.

Apartarme del Ninus me acerca hacia el segundo colmado de nuestra calle, el de la Mónica. Mi madre reparte sus compras entre ambos, dice que hay que estar a bien con todo el mundo. Pero cuando me toca ir a la Mónica refunfuño un poco. Primero, está más lejos; segundo, no me regala anises ni caramelos; tercero, está muy limpio y ordenado, no tiene interés. El marido de la Mònica es el Quimet; el dueño de donde se hace el vino; saluda muy bien.

Un poco más allá, la calle vuelve a estrecharse, encajonada entre dos grandes casas, y se hace más inclinada. Aquí el mar ya se nota, a veces se huele, otras se oye. El suelo, de tierra hasta este punto, pasa a estar empedrado, con piedras rectangulares en los lados y una especie de surco con piedras puestas de canto en el centro. Este surco ofrece innumerables posibilidades, tales como pasar con un pie a cada lado, o dando saltos a la pata coja justo por su centro, o haciendo eses subiendo y bajando por sus flancos, y eso en días normales: no digamos lo que se puede hacer cuando llueve y el agua baja por el medio del surco. Un auténtico acierto de los que construyeron esta calle, vamos, del que deberían tomar ejemplo otros constructores de calles.

El encajonamiento termina en la esquina del Rocafort. El Rocafort es peluquero. Me gusta que me corte el pelo porque explica cosas y gasta bromas. Lo que pasa es que la última vez que me lo cortó, mi madre al verme puso una cara muy rara, y me temo que no me va a dejar volver. No creo que fuera por la brillantina.  El padre del Rocafort es más serio, y no me atrevo a quedarme mirando lo que hace, sentado a la puerta de la peluquería, aunque mientras paso no le quito ojo. Porque a mí lo que me parece que hace Rocafort padre es magia. No sé cómo explicarlo. Tiene a sus pies juncos y cañas, o a veces ramitas de olivo. Y con eso fabrica unas especies de jaulas que se usan para pescar, en las que los peces entran pero no pueden salir. Se llaman nansas, o gambinas, según. Él coge sus ramitas, un hilo, dobla, ata, gira, entrelaza y… ¡hops! La nansa empieza a tomar forma. O la gambina. Y poco a poco va creciendo, acercándose poco a poco a lo que será su forma definitiva. Y el montoncito de juncos o de ramas de olivo cada vez más pequeño. Y de repente aquello es una nansa que cogerá muchos peces. Y vuelta a empezar.

Pasada la esquina del Rocafort, el Carrer Nou muere en una plaza que no es  una plaza, sino un trozo de mar disfrazado de plaza, un trozo de plaza disfrazado de puerto. He llegado al mar. Mi calle lleva al mar, al mar y a la luz y al viento.

Pero no lleva sólo al mar; y no sólo lleva. Lo que pasa es que no sé explicarlo.

Tal vez de mayor sepa.

PEQUEÑAS HISTORIAS (1) : EL ROBERTO


Extractos del cuaderno de bitácora del Roberto

Día …
Hoy hemos navegado por el Caribe. Ha sido una tarde agitada, que ha empezado con un tifón y, después de discutir acaloradamente si en el Caribe hay tifones o tramontanas, hemos sufrido un huracán de consenso. Aún con averías por reparar, hemos sido atacados por piratas dayakos, a los que hemos hecho frente con fiereza. Luego hemos tomado por asalto a un galeón inglés cargado de riquezas y, finalmente, hemos naufragado en una isla desierta habitada por peligrosos caníbales. La cosa se estaba poniendo realmente difícil, pero por suerte el reloj de la iglesia ha tocado cuatro cuartos de aviso y luego nueve campanadas, y nos hemos tenido que ir cada uno a su casa. Para nuestra desgracia, las campanadas son tan sonoras que resulta inútil alegar ignorancia. Por suerte, mañana el Roberto seguirá allá, y nosotros emprenderemos nuevas aventuras.

Día …
Hoy me he tenido que quedar en casa. Algo me ha sentado mal y el médico, inapelable, ha prescrito reposo y dieta. Lo del reposo me deja sin aventuras, maldición. Lo de la dieta no sabía lo que era, así que me ha parecido bien, ya que no eran inyecciones. Eso sí, cuando he comprendido el significado de esa palabra me he puesto muy triste. Aprovecho para explicar cosas en el cuaderno de bitácora.
El Roberto está medio abandonado en la playa. Nadie sabe a quién pertenece, ni siquiera si pertenece a alguien. Mi padre lo califica de sabatot (“zapatote”), lo cual, si lo he entendido bien, lo sitúa abajo del todo en la escala marinera de los barcos, y lo descalifica para cualquier navegación digna. Por un lado, ese desprecio se me hace de mal aceptar, tratándose de un barco con el que hemos surcado todos los océanos del planeta, e incluso alguno más. Pero por otro me tranquiliza: es difícil que alguien quiera echar un sabatot al agua, y eso parece garantizarnos un largo uso de nuestro buque insignia, varado en la playa de Portdogué.
A última hora me ha venido a ver un amigo y cómplice. Al parecer, hoy han estado traficando con seda y luego han desarmado a un barco negrero y liberado a toda su carga. Lo hago constar para general conocimiento.

Día …
Hemos doblado el Cabo de Hornos, varias veces, pues todo el mundo quería llevar el timón en el momento culminante. Ahora tenemos derecho a llevar un aro de oro en la oreja, que nos hemos fabricado con el papel de plata del chocolate y también tenemos derecho a escupir contra el viento. Esta segunda prebenda la probaremos otro día, pues hoy hay calma chicha. Bueno, calma chicha en Portdogué, en el Cabo de Hornos había la mayor tormenta que jamás se hubiera visto.

Día …
Hoy llueve. A pesar de todo, me he embarcado en el Roberto y escribo mi cuaderno de bitácora refugiado en su pequeña cabina. Me gusta oír la lluvia en el techo de madera. La cabina está llena de pertrechos imprescindibles para gente de nuestro oficio, tales como mapas de varios tesoros, pedernal y yesca, munición para la artillería, ron y galleta de barco. Por cierto, ninguno de nosotros tiene muy claro qué es eso de la galleta de barco, pero lo que sí sabemos es que todo buen navegante  la lleva, y siempre aparece en momentos difíciles, como naufragios, abandonos en islas y cosas así.  Hace poco hemos hecho acopio de una buena provisión de abalorios y cuentas de vidrio, que, según nuestras últimas lecturas, van muy bien para cambiar a los indígenas por oro,  piedras preciosas y pieles de fieras, o, alternativamente y si el escorbuto acecha, por frutas y hortalizas.

Día ….
Hoy ha sucedido una gran catástrofe. El día ha empezado bien, pues uno ha propuesto la absurda idea de ir a rescatar a una princesa, y nos ha dado mucha risa. Así que, dejando a la princesa en manos de sus captores, hemos puesto proa con determinación al Mar de la Sonda, que nadie sabe dónde está. Allá, unas tribus habían pedido nuestra ayuda porque estaban aterrorizados por un calamar gigante que se les comía la pesca, a los pescadores y empezaba a devorar a las vacas del pueblo. Justo cuando alguno afirmaba que la piel de calamar sirve para hacer unos estupendos trajes de buzo, ha sucedido la catástrofe. Sin previo aviso, ha aparecido un buen hombre que, con cara de pocos amigos, nos ha hecho bajar del Roberto. Hemos reclamado, pero ha habido poca discusión: que lo acababa de comprar, que iba a ponerlo a punto para navegar (qué sabrá él de cómo poner el Roberto a punto para navegar…) y que pobres de nosotros si volvía a vernos en su barco. Como no le hemos parecido muy dispuestos a obedecer así como así, ha añadido que de encontrarnos otra vez encaramados al Roberto nos iban a suceder ciertas cosas. Y por si no nos había quedado claro, se ha extendido sobre esas ciertas cosas con bastante detalle: el suficiente para salvar la vida al calamar gigante, y enviarnos a todos a casa, desolados, mucho antes de las nueve campanadas, precedidas de sus cuatro cuartos habituales, con la consiguiente sorpresa de nuestros progenitores respectivos. Los míos me han preguntado si me encontraba mal, y ante la amenaza de una nueva dieta, he tenido que mostrar mi cara más saludable. Ser un valiente a veces no es fácil.

Día…
Han pasado muchos días desde mi última anotación en el cuaderno de bitácora. El Roberto ha cambiado de aspecto. Han sustituido algunos tablones, han sacado brillo a las barandillas y unas capas de pintura han tapado desperfectos y heridas. Ha aparecido una absurda línea roja que va de la aleta hasta la amura. Vaya, que el Roberto es cada vez menos nuestro. Y no me queda otro remedio que mirar a mi padre de reojo… sabatot, había dicho.

Día…
El Roberto ya no está en la playa. Flota. Incluso hace algo parecido a navegar.  Nadie que no sea un capitán que haya perdido su barco en el peor de los naufragios puede entender lo que sentimos al ver esta pesadilla hecha realidad.

Día…
Recorro tristemente la calle que separa mi casa del mar. El día está gris, va a llover y yo no tendré la cabina de nuestro Roberto para refugiarme. Pero al llegar a Portdogué, creo ver visiones: el Roberto vuelve a estar en la playa. Me quedo atónito, y algunos de mis compinches se materializan a mi alrededor. Nos acercamos, a medio camino entre el miedo y la sorpresa. Parece el mismo de antes, sólo la línea roja en su costado nos recuerda recientes congojas. El descubrimiento de un letrero de “Se Vende” colgado, así como con desgana, en su amura de babor nos hace prorrumpir en gritos y vítores. Así que, al fin y al cabo… ¡sí era un sabatot! Qué grandes son a veces los padres. Y cuanto tranquiliza cuando las cosas vuelven a su orden natural.

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Hasta los más aguerridos marinos terminan por crecer y dejan de considerar absurdo rescatar princesas. Supongo que, a la larga, el Roberto sufrió la larga agonía que sufren los barcos fuera del agua.  Vaya usted a saber qué se hizo de sus maderas, y si poco queda de sus maderas, menos todavía queda de su recuerdo. Pero me permito afirmar que no habrá habido muchos sabatots con un destino tan glorioso como el del Roberto

EL ESTRO DE LAS FLORES

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La Muntanya Negra es la presencia mineral que tiene Cadaqués a su espalda, y digo mineral porque la mayor parte del tiempo la vegetación que la recubre, dominada por matorral rabiosamente mediterráneo, parece, contagiada de la naturaleza geológica de la montaña, haber apostatado de su naturaleza biológica. Eso sí, cuando la recupera y reivindica lo hace con tanto vigor que casi da miedo.

Para subir a la Muntanya Negra hay que partir de una de las partes menos nobles del pueblo, a saber, la entrada por la carretera de Roses. Luego hay que dirigirse hacia las escuelas, que finalmente se evitan para atacar una buena subida, primero por calles, luego por una urbanización donde casas modernas parecen querer dar una lección magistral de cadaquesidad, con sus piedras secas elegantemente dispuestas. Cuando dejo atrás esas casas y abordo un camino de tierra y roca que lleva hacia Mas Duran, se me suele escapar un suspiro de alivio, del tipo “al fin solo”. Es el momento de empezar a disfrutar del camino, que se va encaramando poco a poco, entre paredes de piedra seca y olivares. Mucho antes de llegar a Mas Duran, nada más haber alcanzado una pista, hay que hacer un acto de fe y girar a la izquierda, Así, un poco a campo a través y otro poco por senderos casi imaginados, se asciende a una pequeña cresta.

El día es hermoso, la luz brillante, el aire diáfano. La vegetación ha explotado, ha enloquecido, se ha emborrachado de primavera; da la impresión de que es la misma explosión de júbilo colectivo de un pueblo que acabara de sacudirse la opresión de una tiranía. Las laderas, al contrario que el resto del año, no son minerales, pero, sorprendentemente, tampoco son verdes. Son, sobre todo, amarillas y blancas, aunque aquí y allá hay alguna pincelada de otro color, lila por ejemplo. La culpa es de las retamas, de las aliagas, que exponen sus estandartes amarillos, de las jaras negras, cuyas flores blancas desbordan las lomas; algunos espliegos intentan hacerse ver, aunque con poco éxito. Y otras plantas menores lanzan un grito cromático rebelde rápidamente olvidado. Huele, huele de una manera feroz, huele a vida que se perpetúa, a sexo botánico.

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Al final de la cresta se toma el camino viejo a Port de la Selva, una pequeña joya, empedrado a tramos, con algunos puentes y refuerzos de piedra seca centenaria. Estos muros, construidos con una sabiduría secular ya olvidada, carecen de glamour, pero son bellos en su vejez pétrea, casi conmovedores. El camino viejo flanquea la montaña amarilla y blanca, y el mar allá a lo lejos es un telón azul que abarca todo lo que no abarca el azul del cielo. Debería andar despacio, disfrutar, empaparme de esa especie de milagro que me rodea. Pero no puedo, serán los efluvios que emiten las flores en celo; la cuestión es que mi marcha adquiere un ritmo frenético, y en un santiamén me planto en el cruce de senderos donde tomaré, a la izquierda, el que me llevará al Puig dels Bufadors y luego a la Muntanya Negra.

El calor aprieta. El maldito sendero sube de mala manera, y mi ritmo se atempera. También se atempera mi exaltado estado  de comunión con la naturaleza, y empiezo a sentirme miserable, sudoroso, y ahora me preocupa más respirar que contemplar, más subir que sentir. Pero los metros de desnivel van cayendo, y al llegar al Puig dels Bufadors recupero un poco el pulso, el mío y el de las cosas. Desde allá arriba, la sensación es la de estar a la deriva en un océano amarillo y blanco que se extiende por el monte hasta unirse con el otro océano, el azul.

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Del Puig dels Bufadors a la Muntanya negra son unos pocos pasos. Desde la Muntanya Negra se ve el Pení, Cadaqués, Cap de Creus, el castillo de San Salvador, que vela sobre Sant Pere de Rodes, l’Albera, y qué se yo cuántas cosas más. También se ven masos (masías) que conocieron tiempos mejores y nos recuerdan un pasado agrícola y ganadero un tanto olvidado por la tradición y fama pescadora. Pero sobre todo se ve, vuelve a verse, la lujuria vegetal que se exhibe sin pudor, y es tan intensa que a uno le vienen ganas de transformarse en flor o, mejor, en insecto polinizador, para hacer de celestina alada, y ayudar a la consumación de los cientos de miles de actos sexuales florales que se piden a gritos.

Desde allá arriba, la belleza es tan intensa que duele. Cielo, mar, montañas, vegetación, y la luz, esa luz transparente cuya franqueza es tan directa que hiere. Pensativo, me digo que, cuando toquen retirada, espero no recordar esta belleza total, inevitable y definitiva. Porque si, llegado el momento, la recordara, las cosas serían sin duda mucho más difíciles.

Addendum
Espero que nadie de mi gremio se crea en el deber de recordarme que los vegetales no tienen ni estro ni celo. Pero si tal cosa sucediera, me vería obligado a responder que nadie que hubiera estado ese día de mayo en la Muntanya Negra pondría en duda mis palabras con banales tecnicismos.

Por cierto, por si alguien quiere darse el paseo:
http://es.wikiloc.com/wikiloc/view.do?id=4523134