LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (Y OTRA MÁS)

MIS AMIGOS LOS NEGROS DE PERGHISA, EN LA ILHA DO SAL

Luis Romero

Van vestidos de hombre y no les llaman hombres.
Tienen color negro y garganta de negro.
Esos dientes heridos que cantan en la noche,
esas manos abiertas buscando tres estrellas…

¡Dime tú viejo esclavo que doblas la clavícula!
¡Dímelo tú, muchacha con los senos pintados!

Este niño panzudo o esa trenza de estopa,
o ese jarro con agua pagada a precio de oro.
¿De dónde esta alegría o esta antigua tristeza,
y estas mornas cantadas en el perfil del año?
Ocho árboles tan solo hay en toda la isla;
ocho árboles tan solo, y dos mil tiburones.

Es un negro, es un negro. Y esa mujer; la negra.
¿En qué alcoba, o qué luna, en qué playa, en qué choza…?

Perghisa; un poco de humo o un puñado de estiércol.
Cien metros más allá, reverencias y whiskys,
trescientos aparatos cual relojes gigantes,
y la ciencia amarilla vestida de verano.

El avión que pasa camino de otras cosas.
Y aquí, el negro, con su terror pequeño,
con su canción, sus dientes, y su imparcial sonrisa,
con sus enormes pies, dramáticos, descalzos.

Los negros de Perghisa cantan bajo la luna.
Le cantan a la madre, y a la mujer, y al hambre,
y le cantan a aquél
                                que entiende su lenguaje.

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 Me temo que publicando esto pierdo toda la credibilidad que me quedaba. Pero… ¿qué le voy a hacer si el domingo pasado, cuando creía que lo de la ilha do Sal ya no daba más de sí, vuelvo a bucear en papeles de mi padre y de repente encuentro, mecanografiado en tinta azul sobre una cuartilla, el poema que acabo de transcribir? Y encima es que… que la cuartilla estaba entre otras muchas, que las cogí todas juntas sin mirarlas casi, que las iba a archivar en la caja de “repasar minuciosamente algún día” y de repente me saltaron encima las fatídicas palabras: ilha do Sal. ¿Cómo iba a mirar para otro lado? Sé que suena poco verosímil, pero las cosas han sucedido exactamente como las he contado.

Además, estoy seguro de que, al menos aquella noche, en el perfil del año, mi padre entendió el lenguaje de los negros de Perghisa.

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EL PEOR DÍA

—El peor día, para mí —dijo el hombre sentado en el sofá—, es el que veo que la tarde ha durado un minuto más, que noto que el sol se ha puesto un minuto más tarde.

—¿Y qué tiene de malo que el sol se ponga un minuto más tarde? —cuestionó otro, acomodado en el extremo del mismo sofá.

—Ese primer atisbo de renuencia del sol a desaparecer me avisa de que el año apunta ya hacia la primavera, hacia el verano…

—¿Y qué tiene de malo que el año apunte hacia la primavera? —insistió, con un deje de impaciencia, el de la punta.

—Pues tú qué crees —replicó el aludido, con un breve resoplido de desdén. —El invierno es el momento en que todo está quieto, frío, silencioso. El tiempo se suspende, la máquina de convertir futuro en pasado se detiene. El invierno te aproxima a la eternidad, el verano te aleja de ella.

—Pues no te arriendo la ganancia —volvió al ataque el mismo de antes—. Menudo estafermo estás tú hecho… ¿Acaso no te gusta cabalgar a lomos de las olas de la primavera, no te gusta sentir el gozo de una nueva vida explotar en tus entrañas, no te apasiona eclosionar a una nueva llamada palpitante de la sangre?

—¡Poetastro! —dijeron algunas voces.

—¡Basta de tópicos! —pidieron otras.

—Sí, me gusta, pero… es que gasta muy deprisa el poco tiempo que nos queda —concluyó bajito, el primero que había hablado. Pero nadie lo oyó, o si alguien lo oyó no hizo mucho caso.

—A mí —tomó entonces la palabra otro personaje de aspecto apocado— me parece que el peor día del año es aquél en el que firmas y rubricas tu declaración de Hacienda.

—¡Materialista!

—¡Pesetero!

Cuando el coro de voces displicentes hizo el silencio, el aludido prosiguió:

—Cuesta mucho llegar a fin de mes… Y sí, cuando se acerca fin de mes tengo cierta tendencia a volverme materialista, ustedes me perdonarán. Entrego muchas horas de mi vida a cambio de comida, techo y cama, y una parte de esa vida que entrego se la llevan los de la Hacienda pública.

—¡Insolidario! —dijo alguien.

—¿Insolidario? No creo… Ya me parece bien dar parte lo mío. Lo que me duele es que la parte de mi vida que se llevan va a aeropuertos sin aviones, a policías que no siempre protegen al ciudadano, a banqueros que no perdonan a sus deudores, a los que quitan al prójimo el pan suyo de cada día, a los que no nos libran del mal, a obras que nacen muertas, a quienes afirman que su bien es el bien común, a rentistas improductivos, a vividores, conseguidores…

—Antisistema… —musitó uno con poco convencimiento.

Era un tema delicado, incómodo, y los presentes se miraron sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Hasta que alguien se decidió a cambiar de tercio.

—Pues a mí me permitiréis que os diga que el peor día es aquél en que se retira la decoración navideña, el momento en que bolas de colores, figuritas, pesebres, árboles y adornos vuelven a sus cajas, al largo estiaje, a la larga espera hasta que una nueva Navidad les llama de nuevo. Cuando retiro los adornos, mientras los guardo cuidadosamente, los miro con una especie de nostalgia anticipada, y no puedo evitar pensar que quién sabe qué manos los volverán a poner al año siguiente.

—Será cenizo… —se oyó.

—El peor día del año es, evidentemente, el día de mi cumpleaños —terció con cierta petulancia uno que hasta entonces se había mantenido en silencio. —Es el día que sé, indefectiblemente, que acabo de dar otra vuelta al Sol, y que esta nueva vuelta al Sol me ha dejado un poco más ajado y cochambroso.

—Y de que nos queda una vuelta menos que dar —apostilló su vecino de silla.

—Muy original, sí señor ­­—masculló el de los adornos navideños.

De nuevo se hizo el silencio. Todos quedaron pensativos, y un soplo de melancolía recorrió la reunión. Hasta que uno que estaba de pie junto a la pared se decidió a tomar la palabra:

—Pues para mí…

No pudo proseguir, pues la persona que estaba sentada en el sillón, tomando notas en una libreta de tapas negras, le interrumpió con autoridad.

—Gracias a todos, es suficiente. Tengo ya material para escribir mi entrada del blog de esta semana. Pueden retirarse.

Mientras los demás desaparecían, el hombre suspiró, pensando que a veces era cómodo poder recurrir a sus otros yoes.

FRÍO

Tengo frío. Un frío que, más que desapacible, es áspero, hosco, y me llega ya a los mismísimos huesos. Bueno, es un decir. En realidad no creo que el frío, que supuestamente me viene a través de la piel, alcance los huesos; me parece que lo que hace es nacer en los huesos, y luego extenderse por el resto del cuerpo hasta llegar a la piel. O también puede que el frío que empieza en la piel y el que me nace en los huesos se encuentren en algún punto intermedio e indeterminado, una especie de polo norte del frío interior.

Hace tiempo no hacía tanto frío, o yo no tenía tanto frío, o al menos no era este el frío que yo tenía. Era un frío normal, de fuera, del que te defiendes poniendo barreras, murallas que te protejan del exterior: un jersey, una manta, las paredes de una habitación. Cortadas sus vías de comunicación, el frío invasor era derrotado poco a poco por el calor, por mi calor, ese que antes surgía de algún punto de mis entrañas.

Pero sucedió que un día el frío empezó a adueñarse de mi cuerpo. Empecé a tener frío en los dedos, en la nariz, en los pies… No muy original, desde luego. Luego vinieron las rodillas, las muñecas, las nalgas, el ombligo. Empecé a preocuparme, pues contra aquel frío nada podían las barreras, y mi calor interior ya no conseguía expulsarlo.

Poco a poco, el frío se fue apoderando de lugares insospechados, conquistándolos con devastadora y despiadada eficacia. Sentí frío en la cabeza del fémur, en el intestino (grueso), en el riñón izquierdo, en el cerebelo, en el intestino (delgado) y hasta en la retina. Después les tocó el turno al diafragma, al riñón derecho, a las costillas flotantes y al hígado. Finalmente, llegó un momento en que noté como, con cada latido de mi corazón, ríos de sangre helada avanzaban a sacudidas por mis arterias, se esparcían por mis capilares y desparramaban la frialdad por todos mis tejidos, por todas mis células.

Mis manos estaban frías, y nadie quería mis caricias; mis labios estaban fríos, y nadie quería mis besos; mi mirada era fría, y nadie quería que le mirara. Luego fueron mis palabras las que se hicieron frías, y dejaron de escucharme. Hasta mi risa se hizo fría, y cuando yo reía los demás lloraban. Por eso dejé de acariciar, de besar, de mirar, de hablar y hasta de reír.

Al final, el frío llegó a ese sitio que no sé muy bien lo que es pero que, para entendernos, solemos llamar alma. Cuando el frío llega al alma es ya totalmente hegemónico, inapelable.

Entonces se hizo de noche. Ya no amanecerá..

Estoy inmóvil.

El frío es ya definitivo.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (COLETILLA INESPERADA)

Llamarlo milagro implica invocar una intervención divina de la que dudo; llamarlo suceso de muy baja probabilidad prescinde de cualquier pátina de magia o poesía, elementos de los que no quiero prescindir del todo. Así que de momento no lo llamaré de ninguna manera, y me limitaré a explicarlo. Lo que ha sucedido es que hoy, en mi deambular infinito por los océanos de papel de mi padre, de cuya magnitud ya di cuenta en Nadando en alguna historia, de repente, entre el catálogo de una exposición y unas anotaciones en el dorso de un sobre del Banco Comercial Transatlántico, he visto surgir un título que me ha hecho abrir unos ojos como platos: Ilha do Sal. ¡Ni más ni menos que un breve artículo, de cuya existencia yo nada sabía, sobre el episodio que narré en mi última entrada!

En la vida no sé si hay milagros, pero lo que sí hay, doy fe, son casualidades poéticas. Así que he cogido el recorte, como si me hubiera sido directamente enviado. También, y, hasta cierto punto, con algo de temor, temor a haber sido pillado en falta, que algunas lagunas de la historia que no me fueron contadas las había rellenado yo a golpe de imaginación.

El artículo está escrito desde Buenos aires, no mucho después del suceso, y fue publicado en la hoy desaparecida Solidaridad Nacional (la Soli para los amigos y para los vendedores de prensa ambulantes, especie ya extinguida). Leo con un poco de ansia, pero a la vez con sensación de reencuentro. Sonrío a medida que avanza la lectura… y no sólo porque mi versión se ajusta a los hechos, incluida la gabardina que su amigo «alzaba en despedida emocionada, mientras el viento debía conmoverle la barba de mayorazgo». Pero me doy cuenta de que pasé por alto una cosa, un ingrediente imprescindible: la tristeza y la desolación de aquel fin de año en medio del Atlántico. Yo lo había dejado reducido a una simple nostalgia (que también hubo, aunque no fue simple: «La nostalgia mordía», dice). Supongo que los padres que explican historias a sus hijos pequeños las despojan de las aristas más punzantes… Pero ahora que ya soy mayor puedo leerlo: «Aquella entrada de año fue una de las más tristes de mi vida». Aquella entrada de año, una de las más tristes de su vida, empezó en el hotel, un hotel «…bueno, de tipo colonial, con excelente cocina europea, vinos portugueses y aperitivos y licores internacionales». En el club del hotel se reunieron las fuerzas vivas de la isla. Según cuenta, «afortunadamente, el vino de Oporto obró milagros, arrebatando las penas en su dulzura cálida». Pero «entrar el año allí, en aquel pequeño club colonial, era horrible, enervante». Así que tres de los asistentes, mi padre entre ellos, salieron, provistos, así consta, de una pandereta. Caminaron hasta el pueblo, y allí se unieron a una ronda de jóvenes negros, que llevaban una guitarra y un violín, y con tal pertrecho sinfónico de cuerda y percusión se pasaron la noche, hasta que amaneció, cantando mornas a la puerta de las chozas de las mozas, y bebiendo aguardiente, de una botella que mi padre compró en la taberna de Pedro, en el único vaso de que disponían y que compartieron fraternalmente. La noche, que ya no era noche, sino amanecer, terminó con unas pocas libaciones más en otra taberna, la Pérola do Atlântico. Mi padre afirma que sus compañeros caboverdianos no les olvidarían fácilmente, no por la invitación a aguardiente, sino «…por juntar las alegrías y las penas, por estrechar sus manos, por beber en el mismo vaso, por unir las voces, por haberles dicho, ya el sol en el horizonte, que ante Dios no hay ni blancos ni negros ni portugueses ni españoles», que, por lo que deduzco, es una especie de exaltación de la amistad pero en entorno multiétnico, expresado en lenguaje actual. Estábamos en los albores (nunca mejor dicho) de 1951, recordémoslo.

Escribir tiene mucho de meter un mensaje en una botella. Y encontrar una botella con un mensaje dentro… para qué negarlo, es una cosa realmente emocionante.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL

En la isla de la Sal estuvo a punto de terminar mi historia, que, oh paradoja, a pesar de que estuvo a punto de terminar, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado.

La ilha do Sal, surgida del fondo del Atlántico en tiempos geológicamente no tan remotos, está en el archipiélago de Cabo Verde, en su extremo nororiental por más señas y, en cuanto a tamaño, no es gran cosa: algo así como un tercio de Menorca, hectárea más, hectárea menos. Está situada entre el trópico de Cáncer y el ecuador, a una distancia prudencial del continente africano, y cuentan de ella que, a pesar de su origen volcánico, es plana como el dorso de la mano.

El otro día, mientras navegaba con rumbo sur y en el cuarto de derrota intentaba escoger el mejor rumbo para atravesar las calmas ecuatoriales, la ilha do Sal me ha miró desde la carta náutica; luego yo la miré a ella. Y nos sonreímos, como dos viejos amigos.

Así que he decidido visitarla. La maniobra me va a apartar de mi derrota unas decenas de millas, y me va a costar un retraso de unos centenares de puestos en la regata, pero es que parece inevitable sentirse atraído por el sitio en el que a punto de estuvo uno de no ser. He trasluchado y he puesto proa a la isla, con un rizo en la mayor, que el alisio estaba peleón, y el spinnaker bien trimado. La verdad es que, cuando he visto la isla, me ha invadido una emoción difícil de explicar: tenue, desconocida, medio ajena. Puede que sea el tipo de emoción que toca sentir cuando se llega a un sitio en el que nunca se había estado antes; un sitio en el que la historia de uno, esa que, oh paradoja, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado, estuvo a punto de terminar. Me repito, ya los sé; pido excusas.

He navegado a lo largo de sus costas occidentales, y hasta he echado el ancla para darme un baño y celebrar el reencuentro como se merece. Lo que pasa es que… bueno, que lo que he visto no me ha gustado mucho. La ilha do Sal a mí me la explicaron (concretamente, me la explicó mi padre) como un lugar apartado del mundo, poblado por criollos algo descendientes de portugueses y muy descendientes de esclavos negros, poco civilizado, entiéndase en el buen sentido, exótico, rozando lo misterioso, o puede que lo misterioso lo pusiera mi imaginación infantil. En ese lugar apartado del mundo había un aeropuerto en el que hacían escala los vuelos transoceánicos allá por los años cincuenta, supongo que para repostar. Pues bien: de todo eso ahora sólo queda el aeropuerto. El resto se ha convertido en un “paraíso turístico” (¿paraíso para quién?), con hospedajes de nombres tan apetecibles como Hotel Melià Tortuga Beach, Vila Do Farol Resort, Djadsal Holiday Club, Hotel Oasis Salinas Sea o Melià Dunas Beach Resort & Spa, entre muchos otros. Voy a ahorrarme cualquier comentario sobre sus dimensiones, estilo arquitectónico, integración en la cultura local y demás, que con los nombres ya pagan. Y yo que creía que en la ilha do Sal se hablaba el criollo de Cabo Verde… Colmo de desdichas, ni siquiera me recibe la voz densa y rica de Cesária Évora.

En el aeropuerto de la isla de la Sal aterrizó, creo que el 30 de diciembre de 1950, o tal vez fuera de 1949, el avión en el que viajaba quien unos años más tarde iba a convertirse en mi padre. Iba hacia la Argentina, para empezar allá, junto a la que unos años más tarde iba a convertirse en mi madre, un nuevo camino en un país nuevo. Ella tenía un prometedor futuro en publicidad, y había partido unos meses antes y él tenía un prometedor futuro en el mundo de los seguros; luego la vida incumpliría ambas promesas de manera muy satisfactoria para ambos, y para mí de paso, pero eso es otra historia.

El avión había despegado de Barcelona la madrugada anterior, y el plan de mi padre era haber pasado las Navidades con sus padres (esa parte se cumplió) y la Nochevieja con mi madre (esa se cumpliría menos, como se verá). A mi padre habían ido a despedirle dos buenos amigos (JC y REG; por cierto, REG aseguró más tarde y en mi presencia haber trepado a lo más alto del mástil de la torre de control para un postrer adiós agitando una gabardina, hazaña que mi padre, también en mi presencia, confirmó en cuanto a lo de la gabardina pero que rebajó a “una pequeña barandilla” en cuanto a lo del trepado); los tres habían aprovechado para pasar aquella última noche juntos en bares, tabernas y puede que algún cabaret, que sobre esto no se me dieron detalles, aunque seguro que también estuvieron sentados en bancos públicos y hasta paseando, que la economía de aquella época no daba para muchas alegrías. También fue a despedirle su padre, que se convertiría en mi abuelo unos años más tarde, y que tuvo que pagar el taxi de vuelta a los otros dos, sin un real después de la noche de farra. La madrugada era fría, muy fría, tan agresivamente fría como sólo saben serlo las madrugadas después de noches alegres en que toca despedirse, y seguro que triste, en distintos registros para cada uno pero muy triste para todos, que los viajes a América, en aquella época, no es que fueran sólo de ida, pero la vuelta solía demorarse. He evocado esta escena muchas veces, y me he imaginado a mi abuelo, contenido y serio, abrazando a mi padre, firme y próximo pero sin aspavientos, y encajando luego el sablazo del taxi sin enfado ni reproches. También me he imaginado a mi padre, con una mezcla abrumadora de sentimientos que soy incapaz de calibrar. Antes, cuando me imaginaba la escena, era un simple y curioso espectador. Más tarde, y sin desearlo conscientemente, me fui metiendo en el papel de mi padre. Ahora, cuando la evoco, el papel en el que me meto es el de mi abuelo.

Total, a lo que íbamos: el avión aterrizó según lo previsto en la ilha do Sal, donde los pasajeros descendieron, esperaron a que acabaran las operaciones de repostado, reembarcaron y se dispusieron a saltar el charco. El avión despegó, pero no felizmente. Algo se averió en los motores, o donde fuera, y en vez de enfilar hacia Sudamérica, se puso a dar largas vueltas sobre la isla. Avisados los pasajeros, hubo escenas de nervios, mientras mi padre veía por la ventanilla como el avión se deshacía de su combustible para aterrizar con menos peso y menos riesgo. Allá abajo, en medio de la isla, divisaba la pista donde se iba a jugar su destino (y el mío, pardiez, aunque él no lo supiera). La cosa podía acabar más o menos bien o muy mal; pero lo cierto es que el avión hizo su maniobra de aproximación correctamente y aterrizó con apenas unas cuantas sacudidas. Y la cosa acabó bien, como todos habrán deducido ya, que si hubiera acabado mal ni yo escribiría esto, ni mi padre hubiera sido mi padre, ni mi madre mi madre, ni siquiera mi abuelo hubiera sido mi abuelo, y nos hubiéramos perdido todos muchos buenos ratos.

Para terminar con la historia de mi padre, diré que pasó allá el fin de año de 1950 (o de 1949), y unos cuantos días más, mientras llegaba no sé qué pieza de no sé dónde. Pasó esos días alejado del resto del pasaje, con caminatas por la isla, conversaciones con los nativos, baños en aguas tibias y supongo que ensoñaciones sobre lo que le esperaba y quien le esperaba al otro lado del océano. La pieza llegó, el avión fue reparado, y el viaje continuó sin más problemas. Eso sí, llegó a Buenos Aires con cerca de una semana de retraso, y esa semana fue muy angustiosa para la que todavía no era mi madre, pues las noticias le fueron llegando tarde y mal, y estuvo varios días sin saber qué había sido del avión ni del trozo de su futuro que viajaba en él. A veces he intentado imaginar su reencuentro: nunca he podido, me emociono demasiado.

Vuelvo al presente, miro hacia la isla desde la cubierta de mi barco y sacudo la cabeza. Levo el ancla y doy vela. Hay que aprovechar la cola del alisio, que me estoy acercando a las calmas ecuatoriales.

Pronto la isla se empieza a hacer pequeña.

Me pregunto si uno puede sentir nostalgia de un sitio en el que no ha estado nunca. Porque si la respuesta es que no, entonces no sé qué es lo que siento ahora mismo.

Aclaración para incrédulos
Todo lo explicado en esta historia es rigurosamente cierto, salvo mi llegada a la isla a bordo de un velero de regatas. Que, seamos justos, tampoco es totalmente falsa. Es lo que tiene participar en regatas virtuales alrededor del mundo…

EL PUEBLO DEL RÍO (y II)

(Primera parte en: El Pueblo del Río I)

Apenas me doy cuenta de que estoy sorbiendo mi cuarta jarra. Cae la tarde; los rayos del sol se reflejan sobre el agua, y todo adquiere unas tonalidades anaranjadas y plácidas. Dejo en libertad a mi pensamiento para que vague por donde más le plazca. Primero está un rato observando, con más curiosidad que sorpresa, el contraste entre nuestra situación, de dolor y de muerte, y lo apacible del lugar. Luego mi pensamiento va río abajo. En aquella dirección, no muy lejos ya, han de estar las enormes llanuras de agua que nadie de nuestro pueblo ha visto jamás. Lo sé, lo sabemos todos porque el día anterior al ataque habíamos capturado a un pastor que aseguraba situarlas a unos pocos días de marcha. Y mi pensamiento también lo sabe porque hay algo especial, indefinible, que flota en el aire. La cerveza me cuesta un poco más de tragar. El estómago empieza a hincharse; pronto estaré listo. Así que llamo a mi pensamiento y lleno mi quinta jarra.

Nuestro pueblo había vivido río arriba durante tanto tiempo que nadie sabía, ni mucho menos recordaba, desde cuándo, ni siquiera las Guardianas de la Sabiduría. Éramos el Pueblo del Río, y nuestras aldeas y ciudades se extendían por las orillas de aquella amplia corriente de agua que no cesaba de fluir. Era el nuestro un pueblo próspero, trabajador, respetado y temido por sus vecinos, con tiempo para la pesca y para la caza, para las cosechas y, cuando hacía falta, para la guerra. Pero también éramos un pueblo con tiempo para la música, para la poesía, para la filosofía, para ver crecer a nuestros hijos; y para el amor. El río era nuestro guía, nuestro sustento, nuestra fuerza. Las viejas tradiciones explicaban que el río era un gigantesco anillo por el que el agua daba vueltas y vueltas alrededor del mundo, movida por la fuerza de un Dios poderoso y benevolente. Y eso creíamos, y en las fiestas del solsticio nos tomábamos de las manos en círculo como tributo a ese Dios, a ese anillo de agua del que nos reclamábamos descendientes y vasallos. Y así había sido durante generaciones.

Pero sucedió que viajeros venidos desde lejanas tierras propagaron extrañas habladurías, y en esas habladurías se decía que el río no era eterno, sino que iba a morir en un charco de asombrosas dimensiones, un infinito de agua al que llamaban “mar”. A pesar de lo absurdo y blasfemo de tales historias, la inquietud se propagó como el fuego en la paja seca. Los rumores circularon, las discusiones subieron de tono. Hubo tumultos, y algunos extranjeros fueron agredidos. Finalmente, nuestra reina decidió averiguar la verdad. Así que ordenó a sus mejores guerreros, exploradores y navegantes que tomaran armas, pertrechos y provisiones en abundancia, y aparejaran la más sólida de sus naves. Ordenó que también se embarcaran dos sanadoras, un geómetra, el pintor más afamado, una poetisa, un cronista y una Guardiana de la Sabiduría buena conocedora de la naturaleza de las plantas y de los animales. Debíamos partir cuanto antes río abajo, y viajar tan lejos como fuera necesario, durante tanto tiempo como hiciera falta, para alcanzar esas aguas de inabarcable grandeza, si existían, y, si no existían, recorrer todo el río hasta volver a casa; o perecer en el intento.

El día de nuestra partida hubo una gran fiesta, y el Pueblo del Río se reunió para tributarnos una calurosa despedida. Iniciamos nuestro periplo, y mientras navegamos por aguas conocidas, los aldeanos nos saludaban al pasar, y a menudo nos entregaban regalos y nos escoltaban pequeños trechos con sus canoas. Pero poco a poco fuimos penetrando en lo desconocido, y las riberas se fueron tornando progresivamente hostiles. Seguimos río abajo durante muchas lunas, y enfrentamos peligros de todo tipo. Luchamos contra bestias salvajes y contra pueblos belicosos, arrostramos violentas tempestades, cruzamos rápidos en que los remolinos nos agitaron con furia mientras la espuma cubría el agua con su blancura amenazante. Superamos enfermedades, vencimos nuestros miedos, aplacamos el desánimo. Y al parecer habíamos llegado cerca, muy cerca; pero a la vez estábamos insalvablemente lejos.

La historia de nuestro periplo ya nunca será narrada, ni cantada, ni dibujada, ni los desiertos de agua medidos. El cronista agoniza en la bodega, el pintor fue alcanzado por las llamas, el geómetra murió a causa de unos miasmas. Es cierto que la poetisa monta guardia junto a mis compañeros; pero mucho me temo que antes de tener tiempo de componer canción alguna, compartirá con ellos su funesto destino. El mío será algo diferente.

Una suave brisa sube por el río. Miro río abajo, mientras empieza a oscurecer. No veo nada, pero detrás de aquellos recodos, detrás de aquellos árboles, me parece sentir la presencia de algo gigantesco y líquido. La brisa me trae un aroma apenas perceptible, pero sin duda embriagador; noto en la piel la llamada del infinito, la llamada de esas aguas que se extienden más allá de lo que alcanza la vista, más allá de lo concebible. Y no entiendo muy bien por qué, pero huelo a sal.

La quinta jarra de cerveza es un suplicio. Mi estómago, hinchado, se niega a admitir más líquido. El gas de la cerveza se mueve dolorosamente por mis entrañas, y yo aprieto las mandíbulas para que no se me escape por la boca. Es ya casi de noche.

Me despojo de la coraza, esta especie de segunda piel, que me ha salvado la vida, y miro con curiosidad la abolladura que ha causado la jabalina; por dentro hay sangre seca, es mi sangre. Pero no importa, esa sangre ya no la necesito para nada. Me quito las botas, el yelmo, y todo cuanto pudiera hacerme pesado en el agua. Hago un gesto a mi amigo, a mi hermano de armas, con quien hemos combatido cien veces codo a codo. Le he explicado mis designios, y le he pedido que me ayudara. No me ha hecho preguntas. Está preparado, y se acerca con una cuerda en la mano. Compruebo el nudo corredizo, asiento y le devuelvo la cuerda; luego le abrazo en silencio. Me subo a la borda del bajel, con las piernas colgando hacia fuera. En ese momento, aunque no los veo, sé que los demás han alzado sus espadas, en un gesto de despedida mudo. Inspiro profundamente. Hago una señal; entonces, mi amigo me desliza el nudo corredizo por el cuello, lo aprieta con todas sus fuerzas apoyando su rodilla en mi espalda, asegura la atadura para que no se afloje. Algo cruje cerca de mi garganta, pero no presto atención al dolor. Noto una presión terrible en el cuello; esa presión me tranquiliza, me da seguridad, la seguridad de que podré cumplir mi destino. Más deprisa de lo que yo creía, se me empieza a nublar el entendimiento. Con la última brizna de conciencia, me dejo caer al agua. Mi cuerpo flota sin necesidad de yo moverme. La corriente empieza a arrastrarlo, río abajo. Seré el primer hombre del Pueblo del Río en llegar al agua infinita, y habré cumplido las órdenes de mi reina.

Antes de cerrar los ojos para siempre, noto de nuevo, más intenso y próximo, lo que ya sé identificar como el hálito del mar.

EL PUEBLO DEL RÍO (I)

Bebo sin placer mi segunda jarra de cerveza, mientras el sol inicia el descenso hacia poniente. Bebo como un deber, sin gusto ni alegría. El agotamiento, la tensión, el miedo, el dolor, embotan mis pensamientos; por eso tardo en entender qué es lo que me produce el malestar sordo que me invade. Al final, me doy cuenta de que cerveza y placer siempre han estado muy juntos a lo largo de mi vida, de manera que beber la una sin experimentar lo otro me enfrenta a una especie de disonancia que me desconcierta e incomoda. Aunque, por mi oficio, no soy muy dado a metáforas, esta disonancia me evoca algo parecido a la muerte del amor. Sacudo la cabeza para ahuyentar tan estériles pensamientos. Luego, contemplo con tristeza la jarra que acabo de vaciar, y con decisión, y también con resignación, la lleno por tercera vez. Escucho el gorgoteo de las aguas del río al fregar sobre el casco de nuestro barco embarrancado. En otro momento, ese gorgoteo hubiera sonado como una melodía gentil; ahora lo hace como un murmullo apremiante.

El día anterior habíamos sido atacados. A lo largo de nuestro viaje, no era la primera vez que sucedía, aunque probablemente sería la última. Justo en el momento en que la claridad del día, amorfa y blanda, empezaba a asomar por oriente, una horda de guerreros de caras oscuras había caído sobre nosotros. Al amparo de la oscuridad, se habían acercado a nado a nuestro barco, y habían trepado a bordo sin que los centinelas se apercibieran. En un abrir y cerrar de ojos, aquellos feroces guerreros estaban en cubierta dispuestos a darnos muerte a todos. Nuestros centinelas, cumpliendo por última vez con su deber, cargaron contra ellos y les detuvieron, aunque sólo por un corto espacio de tiempo; pero fue un tiempo suficiente para sacudirnos las últimas hebras de sueño y tomar nuestras armas. Los del Pueblo del Río somos valientes luchadores, y pongo a los dioses por testigos de que aquel día dimos fe de nuestra bravura. Enarbolando mazas y espadas, protegidos por nuestros escudos y yelmos, caímos sobre los asaltantes. La lucha fue cruenta, y muchos compañeros sufrieron heridas terribles; otros cayeron para no levantarse más. Pero cuando el sol alcanzó lo más alto del cielo, no quedaba un salvaje vivo a bordo: todos habían huido, habían sido lanzados por la borda o habían hallado la muerte a nuestras manos.

Pero no hubo tiempo, ni de hecho motivo, para cantar victoria. Agotados, magullados, cubiertos de sangre nuestra o de nuestros enemigos, vimos con horror que durante el combate nos habían cortado la estacha del ancla que nos sujetaba al lecho del río, lejos de las orillas. Ahora íbamos a la deriva, hacia unas rocas tras las que aquellos diabólicos enemigos estaban parapetados. Intentamos maniobrar la vela, armar los remos. Pero se desencadenó el infierno: nos dispararon negras flechas de afiladas puntas, nos arrojaron piedras, nos lanzaron extraños artefactos que esparcían un fuego maligno; incluso cayeron sobre cubierta serpientes venenosas que se retorcían en busca de las pantorrillas de nuestros combatientes. Cuando estuvimos más cerca, gruesos garfios de hierro hicieron presa en las bordas de la nave, para arrastrarnos y estrellarnos contra las rocas. Entonces, el grito de guerra del Pueblo del Río resonó entre los meandros, y nuestros arqueros lanzaron dardos con mortífera puntería para obligar a los enemigos a esconderse; mientras, algunos protegimos a los marineros con los escudos oblongos, para que pudieran maniobrar y apartar el barco de aquella trampa mortal. Luchamos con denuedo, y corrió nuestra sangre. Algunos hermanos murieron atravesados por flechas, otros ardieron como teas, otros perecieron empozoñados por la mordedura de los malditos reptiles. Hasta nuestro capitán murió: fue atravesado por un garfio metálico, arrancado de nuestro lado sin que pudiéramos evitarlo y arrastrado a las aguas, que se tornaron rojas, mientras él aullaba de rabia más que de dolor, y nos exhortaba por última vez a no desfallecer.

La cerveza de la tercera jarra baja por mi garganta, mientras las sombras se alargan. Al tragar, siento un dolor agudo en el costado, donde ayer fui alcanzado por una pesada jabalina. La coraza impidió que la jabalina me atravesara de parte a parte, pero el golpe me dejó sin respiración y muy probablemente con algo roto en mi interior. Pero ya no me importa el dolor, ni el del costado, ni el del desgarro del brazo, ni la herida de la mano, ni ninguno de los demás cortes y rasguños. Sólo me importa acabar mi tercera jarra, pues empieza a acercarse el momento de ir al encuentro de mi destino.

Cuando llegó la noche, nuestro barco yacía, escorado, sobre unos bancos de arena. Habíamos conseguido apartarnos de las rocas, apagar los incendios. Pero el precio había sido muy alto. El barco, como una bestia herida de muerte, había ido dando tumbos hasta embarrancar. Los muertos habían sido arrojados por la borda con todas sus armas, para que sus cuerpos reposaran en el fondo del río. Los heridos habían sido bajados a la bodega, sin esperanzas, pues las dos sanadoras que llevábamos a bordo empuñaron la espada para ayudarnos cuando la situación era más desesperada y habían caído durante el combate. Los demás, sin soltar las armas, apostados, pasamos las horas de oscuridad ojo avizor, en un duermevela tenso. Se veían antorchas ir y venir por las orillas, pero no hubo más ataques. Al alba, la misma claridad, amorfa y blanda que el día anterior nos había traído muerte y destrucción, nos trajo, esta vez, desolación y desesperanza. Estaba claro que nuestro barco ya no abandonaría su lecho de muerte arenoso, y aunque no se veía ni rastro de los guerreros de piel oscura, todos sabíamos que estaban dejando pasar el tiempo, y que aguardarían hasta que pudieran acabar con nosotros sin mucha resistencia. A bordo, los heridos no se quejaban; los demás no maldecíamos nuestra suerte ni nos lamentábamos: el Pueblo del Río sabe esperar la muerte en silencio.