“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s