LUIS ROMERO: CIEN AÑOS Y DOS REEDICIONES

Me disfrazo hoy de periodista para explicar cómo fue la celebración del centenario de mi padre y de paso hacerlo con una engañosa apariencia de imparcialidad. Hubiera podido decir, simplemente, que fue muy bien, y creo que hubiera estado casi todo dicho, al menos lo esencial. Pero la fluencia escrita a veces me pierde.

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Participantes en el acto, de izquierda a derecha: Sergio Vila-Sanjuán, Juan Antonio Masoliver Ródenas, Javier Romero Martinengo, Domingo Ródenas de Moya, Joan Tharrats y Joan Sala.

La Nau Comanegra quedó pequeña para acoger a los que acudieron, por admiración, afecto o curiosidad, al acto celebrado en homenaje a Luis Romero (1916-2009) y en conmemoración de su centenario, el pasado 24 de noviembre. Luis Romero fue «un hombre bueno» (según Jean-Jacques Fleury, profesor de literatura, en carta que envió desde Albi) y «una persona encantadora, que desarmaba de lo encantadora que era» (según hizo saber a los presentes Juan Antonio Masoliver Ródenas, escritor, catedrático de literatura y crítico literario). De eclosión tardía, Irrumpió en la narrativa española a los 35 años gracias a La noria (premio Nadal 1951), y es sobre todo conocido por sus facetas de novelista (por ejemplo: Los otros, El cacique, Castell de cartes) y de historiador (o de novelista-historiador: Tres días de julio, Desastre en Cartagena, Por qué y cómo mataron a Calvo Sotelo, entre otros), que le llevaron recibir algunos de los galardones más prestigiosos de las letras españolas (además del Nadal mencionado, los premios Planeta, Espejo de España y Ramon Llull). En la última etapa de su carrera, escribió sobre arte, y en especial sobre Salvador Dalí, desde una perspectiva muy personal fuertemente empapada de su larga amistad con el pintor.

Luis Romero había confesado más de una vez su amor por las tabernas, a las que dedicó dos libros. Este amor no hay que atribuirlo al gusto por el vino, que un poco también, sino, sobre todo, al hecho de que una taberna fuera «un lugar donde la gente se reunía dispuesta a hablar», según su propia definición. Y Luis Romero era un apasionado de la conversación. La Nau Comanegra se convirtió, en este sentido, en una taberna con un tema monográfico: el autor y su obra.

En un año en que se celebraban efemérides literarias y centenarios de mayor tronío, el de Luis Romero podría haber pasado totalmente desapercibido, de no haber sido por dos editoriales que, en connivencia con la familia, han tenido el acierto (o la audacia) de lanzarse a sendos proyectos de recuperación de su obra. Por un lado, Comanegra ha reeditado La noria. Para ayudar a que sus cangilones den unas cuantas vueltas más, la novela sale acompañada de un nuevo volumen que, sin pretender ser una nueva Noria, intenta una visión poliédrica de la Barcelona de hoy de la mano de doce autores actuales; completa la reedición un prólogo de Marina Espasa. Por su parte, Calambur ha mirado hacia Los otros, publicada inicialmente en 1956, una novela intensa, menos conocida pero no por eso menor. Relata, desde la perspectiva de múltiples personajes que de alguna manera convergen en el drama, un atraco y lo que le sigue, relato que rápidamente se convierte en una crítica social áspera y a ratos descarnada, con ribetes de novela negra. Acompañan la reedición un prólogo de Santos Sanz Villanueva y un estudio de los cambios que obligó a introducir la censura. Ambas obras llevan epílogos del hijo del novelista, en dos registros muy diferentes, según resaltó Sergio Vila-Sanjuán, periodista y escritor, en el transcurso del acto.

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Las dos reediciones: La noria y Los otros

Dar una nueva vida a dos obras tan señaladas dentro de la narrativa española de posguerra constituye, por sí solo, un bonito homenaje a un autor que parecía haber ido cayendo en un inmerecido olvido. Pero reunirse a hablar de él, a analizar su obra y a rememorar algunas anécdotas era la pizca de sal que le faltaba al guiso. Por eso, y gracias a los buenos oficios de Sergio Vila-Sanjuán, las dos editoriales se pusieron de acuerdo y, en el magnífico local de la antigua fábrica Lehman, por cierto muy cerca de la casa donde vivió buena parte de su vida, y murió, el autor homenajeado, Comanegra actuó como excelente anfitrión del encuentro.

Las intervenciones, moderadas por Vila-Sanjuán, ayudaron a dibujar un retrato, desde diferentes perspectivas, de la obra, y también de la persona, de Luis Romero.  El propio Vila-Sanjuán destacó la importancia capital de La noria como una de las grandes novelas de la posguerra, y de Tres días de julio como la primera gran crónica periodística de la guerra civil. El hijo del escritor, Javier Romero Martinengo, reivindicó la figura de su padre a través no sólo de algunos de sus facetas literarias menos conocidas (poesía, literatura fantástica o en los límites de la realidad, novelas en catalán…), sino también de su biografía, y de su compromiso ético con la verdad. Juan Antonio Masoliver Ródenas mezcló recuerdos personales y evocaciones literarias, y, en una intervención que supo a poco por lo breve, destacó el fondo existencial en la literatura de Romero, así como algunos toques poéticos en medio de su prosa, seria y concisa. Según Masoliver Ródenas, La noria es un recorrido no sólo geográfico, por la ciudad, sino también un recorrido a través de las clases sociales. Y destacó Tres días de julio como la primera obra sobre la guerra civil que enfrenta, literariamente, a los dos bandos en plano de igualdad, mérito nada banal dada su fecha de publicación (1967). Domingo Ródenas, profesor de literatura de la Universitat Pompeu Fabra y crítico literario, realizó un elaborado parlamento en el que abundó en la reivindicación de la obra de Luis Romero, en especial de su capacidad de creación literaria y de reflexión, a menudo innovadora, sobre la forma, tanto si escribía una novela (por ejemplo Los otros, con el alma de la ciudad en primer plano y de protagonismo colectivo, que, ya en 1956, usaba elementos de novela negra como vehículo de una demoledora denuncia social), como un reportaje novelado (Tres días de julio, con una técnica novelesca muy elaborada para ensamblar las distintas miradas individuales sobre el hecho colectivo de aterradora magnitud que fue el desencadenamiento de la guerra civil) o arte (Todo Dalí en un rostro, que es un análisis artístico abrazando de lleno su experiencia vital con Dalí, que a la vez lo convierte en literatura).  Joan Tharrats, hijo del pintor Joan-Josep Tharrats, padre e hijo grandes amigos de Luis Romero, enlazó recuerdos y curiosidades del Cadaqués de los años 50, 60 y 70, y sobre todo de su paisaje humano e intelectual, del que se alimentó, y al que alimentó, Romero. Desde la platea, el crítico y escritor J. Ernesto Ayala-Dip comentó con humor algunos detalles sobre el viaje que a principios de los 90 compartió con Romero a Madrid, y el periodista Sergi Doria evocó la entrevista que le hizo en 2006, que fue la última en la vida del novelista. Joan Sala, de editorial Comanegra, cerró las intervenciones en su calidad de anfitrión, explicando qué le había llevado a decidir reeditar La noria, decisión a la que, por cierto, no había sido ajeno Joan Tharrats.

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Portada del folleto de la jornada que la ACEC (Associació Col.legial d’Escriptors de Catalunya) dedicó a Luis Romero en 1990

En 1990, la ACEC dedicó un homenaje a Luis Romero, en el que destacados especialistas analizaron críticamente los múltiples aspectos de su literatura. Hoy, un cuarto de siglo más tarde, un nuevo homenaje nos recuerda a un autor de indudable independencia y honestidad, innovador y renovador y cuya obra, por sus valores literarios y humanos, se mantiene hoy totalmente vigente.

TAMBIÉN NECESITÁBAMOS «LOS OTROS»

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Tras su éxito con La noria, Luis Romero vuelve a España desde Argentina (con Gloria) en 1952, decidido (decididos) a vivir de la literatura y de las letras con pureza; es decir, sin necesitar o querer otros trabajos, ni en editoriales ni en ningún otro lugar, ni aceptar sinecuras de ningún tipo, especialmente cuando ello pudiera suponer merma de su libertad de creación. Al poco, publica Carta de ayer (1953) y Las viejas voces (1955), dos obras interesantes, aunque probablemente no lo mejor de su narrativa. Luego vendrá Los otros, gestado en 1955 y publicado en 1956; como lector escasamente ecuánime que soy, me parece una novela espléndida. Y no, no es porque yo también fuera gestado en 1955 y prácticamente publicado en 1956, sino por su valor literario, social y humano. Cuando Domingo Ródenas me preguntó por alguna novela de Luis Romero que recuperar para su centenario, al estar La noria comprometida con Comanegra, me salió de dentro una respuesta casi refleja: Los otros. Esta pregunta se me hizo a principios de 2016, y Los otros está ya en las librerías gracias a editorial Calambur. Espero que sirva para que algunos lectores disfruten (o, en algunos momentos, bastantes momentos de hecho, sufran) con una novela que tiene ribetes de novela negra, pero que es, sobre todo, el relato descarnado de una realidad social miserable y demoledora, que fue la de este país y que tal vez convenga no olvidar.

Un ejemplar de la obra reeditada ha ido pasando de mano en mano en nuestro círculo familiar más íntimo, y la hemos leído (o releído) en sucesivas oleadas. Lo que sigue no es un ejercicio serio de crítica o análisis literario, ni lo pretende; es una simple conversación que ni siquiera ha tenido lugar como tal, un intercambio de pareceres entre lectores de dos generaciones que tienen en común sus lazos familiares próximos y directos, entre ellos y con el autor. Componen el dramatis personae: BRS y MRS (nieto y nieta de Luis Romero), TSS (Teresa), y EBD (El Biólogo Descarriado), compilador de esta conversación.

EBD. Los otros es una novela de muchos personajes, uno de los cuales actúa como una especie de centro de gravedad de ese pequeño microcosmos humano. Este personaje viene de La noria, donde comete (capítulo 19, Ser o no ser; por cierto, ni en La noria ni en Los otros se nos dice su nombre) un atraco que le reporta magros beneficios. Unos años más tarde, y ya en Los otros, la desesperación le lleva, como única vía de salvación frente a la miseria, a planear asaltar al cobrador de una empresa. En la primera parte de la narración van apareciendo una serie de personas que el atraco va a unir, aunque sea muy lejanamente. El atraco, que no sale bien, provoca una especie de onda expansiva que agita, en mayor o en menor medida, la existencia de todas esas personas, que orbitan por un tiempo alrededor del hecho y del personaje central, a menudo sin ser plenamente conscientes de ello. Por supuesto, el atracador sin nombre, cuya huida por Barcelona seguiremos con angustia, adquiere un relieve especial, pero sin reducir al resto a la condición de secundarios: sus vidas se hacen muy presentes a lo largo de toda la novela y son, casi, su razón de ser.

TSS, BRS, MRS. ¡¡¡Eso ya lo sabíamos!!!

EBD. Pues claro… ¿No podríais disimular un poco y meteros un poco más en vuestro papel de tertulianos literarios? Era un resumen para la galería, leñe. Venga, vamos a lo importante.

TSS. Aleix Porta acaba de publicar una reseña (Ser o no ser: la Barcelona de Luis Romero) y sugiere que el alejamiento físico desde el que se escribió La noria (Buenos Aires) permitió a su autor suavizar un poco la crudeza de una realidad social desoladora. Y que, de regreso a Barcelona, la sordidez y la miseria se hicieron tan patentes que le obligaron a que el tono de su siguiente novela (Los otros) fuera mucho más amargo, sin espacio para la esperanza o la ternura.

EBD. No sé, puede ser; como idea es atractiva, aunque La noria no es una novela particularmente optimista.

TSS. No, claro. El entorno, la ciudad de Barcelona, es el mismo. Pero en La noria la gente se divierte, al menos hay gente que lo hace o planea hacerlo. La realidad de Los otros es mucho más áspera.

MRS. Tanto La noria como Los otros transcurren en Barcelona, en 24 horas o en menos. Es extraño, estas dos novelas me hacen sentir nostalgia, nostalgia de una ciudad que no he conocido ni conoceré.

 BRS. Hay muchas otras novelas sobre Barcelona que tal vez no provoquen ese sentimiento de nostalgia. Yo creo que el retrato es tan vívido, tan sin contemplaciones, que terminas viviendo esa ciudad desaparecida, y una vez vivida, sientes nostalgia por su desaparición.

MRS. Sí. Son historias intensas, densas en cuanto a personas, auténticamente humanas, que, además, salvando las distancias, son plenamente vigentes. Y demuestran que la ciudad es contradictoria, despiadada, sobre todo en Los otros, pero que está viva, muy viva, o lo estaba en aquel entonces, antes de irse convirtiendo en la especie de escaparate que es hoy.

BRS. Un apunte: la ciudad como lugar del azar. El azar tiene un gran papel en la novela. A los personajes los reúne el atraco, pero muchos de ellos confluyen en el atraco de la mano del azar.

TSS. Volviendo a Los otros, la palabra despiadada da en el clavo. La ciudad es despiadada. Yo insisto: los personajes de Los otros son gente a los que se les escapa (o se les ha escapado ya) no sólo el presente, sino también el futuro, insatisfechos, cargados de frustraciones y de amargura.

MRS. Bueno, probablemente la situación de mediados de los 50 no daba para mucho más…

TSS. No claro, pero es que incluso el empresario, que se supone que es un triunfador, nota que su existencia está vacía; y está solo, muy solo. Casi todos están solos. Es un libro de soledades, pesimista. Probablemente necesariamente pesimista, si quería retratar fielmente la realidad social.

EBD. Desde luego, la lectura de Los otros te deja profundamente desasosegado. Pero sí que hay resquicios, unas pequeñas gotas de… ¿misericordia? para unos personajes tan desheredados de cualquier esperanza. Hay rasgos de solidaridad, de gente que intenta ayudar al atracador en su huida, hay un vislumbre de caminos que se abren para el cobrador y la secretaria, hay un tenue consuelo para la mujer del contable…

BRS. El anciano contable… La descripción de su casa de una vulgaridad escalofriante; pero en ese escenario vulgar, la ternura infinita de ese hombre hacia su mujer. Que sí, que sí. Pero yo también opino que la ciudad, en su sentido más humano, aparece como algo muy hostil. Incluso feo… No salen las partes hermosas de Barcelona, los barrios altos, ni siquiera Las Ramblas. En cambio sí salen barrios feos, inhóspitos, donde no se asfaltan las calles, donde crecen los hierbajos, hay descampados, ropa tendida, suciedad. Y esto también es de actualidad, puede que incluso más actual ahora que cuando se escribió: la dualidad de una ciudad escaparate, como se ha dicho hace un momento, pero con entrañas carcomidas.

EBD. Lo que os puedo asegurar es que las descripciones son de un realismo absoluto, de crónica periodística o de informe pericial. Estoy seguro de que el punto donde se produce el atraco, si no existía, se parecía mucho a un lugar real. Y el descampado donde se echa el atracador a descansar, un momento de sosiego (sólo aparente) en la vorágine de la huida. Y la casa donde vive con Carmela, su pareja, o la del anciano contable que decíamos antes. Lugares desaparecidos hoy, que quedan fijados en la prosa de Los otros como si de fotografías de Català-Roca se tratara.

MRS. No queda claro si los personajes son héroes o antihéroes, pero definitivamente entramos en sus vidas y motivaciones, a veces tan profundamente que a nuestros ojos quedan dignificados, especialmente los más pobres, los más desafortunados. Y el atracador, claro. Eso es uno de los atractivos del libro.

TRS. ¿Y las mujeres? Yo no llegué a vivir, al menos no con plena consciencia, aquella época, pero la sociedad aparece explícitamente sometida a unas convenciones muy rígidas. Hay una moral estricta que afecta sobre todo a las mujeres, que además desempeñan un papel muy subordinado al de los hombres. La mayor parte de mujeres que aparecen, por no decir todas, están derrotadas, desamparadas, más todavía que los hombres, y ni siquiera apuntan un germen de rebeldía como al menos sí hacen los protagonistas masculinos (el tabernero, el propio atracador…).

EBD. Es totalmente cierto. Hay mucho que aprender de esta novela, y el desasosiego que te produce no es más que una prueba de su riqueza literaria.

BRS. Cambiando un poco de tema, a mí Los otros me parece que tiene algo de cinematográfico. Algo o mucho. Hay unos personajes que confluyen, se produce el atraco. A partir de ahí, la huida desorientada del atracador en un solo plano secuencia, un travelling en el que la cámara se mueve, y su movimiento va cambiando de ritmo a medida que se desarrolla la acción: rápido al principio, más lento hacia el final. Y cuando está tumbado en el descampado y oye cantar a una mujer, tal vez el mejor momento del libro: un picado que enmarque el descampado, el hombre tumbado…

EBD. Pues… se hizo, creo, un intento de adaptación cinematográfica que no cuajó, no mucho después de la publicación. Y a finales de los setenta se hizo una película amateur en Gaillac, cerca de Albi. Esta vocación de relato visual es bastante singular en la obra de Luis Romero.

BRS. Y hablando de la obra de Luis Romero: el encadenamiento de sus personajes. Los otros lo protagoniza un personaje escapado de La noria. Algunos personajes de La noria vuelven a aparecer en La corriente, y también uno de los guardias que interviene en el atraco, así como el tabernero. Ese guardia viene de un pueblo dominado por una especie de cacique, déspota nada ilustrado que hace y deshace a su antojo, y de ese pueblo emigran para llegar a una ciudad anónima (Luis Romero declaró que era una mezcla de Madrid, Barcelona y Bilbao) el matrimonio que protagoniza La Nochebuena. La muerte de ese cacique y sus consecuencias para el pueblo se relatan en El cacique

MRS. Podríamos jugar a buscar otros encadenamientos y a proyectarlos hacia el futuro, o sea, nuestro presente.

TSS. Sí. Pero. Pero la mayor parte de los personajes de los encadenamientos están ya muertos…

EBD. Por cierto, ¿sabíais que Los otros fue la novela más traducida de Luis Romero? Se publicó en francés, italiano, alemán, sueco y húngaro. Y me parece que, junto con La corriente, la única de sus novelas que no fue reeditada.

Por lo tanto, no cabe duda: también necesitábamos Los otros.

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NECESITÁBAMOS «LA NORIA»

Dice Axel Münthe, refiriéndose a un libro suyo, algo así como que “…murió de muerte natural, y el reducido duelo que lo acompañó a la fosa común del olvido soportó su pérdida con obstinada resignación”. Muchos libros mueren. Algunos mueren deprisa, de puro prescindibles que son, y otros lo hacen después de una larga y fecunda vida. La muerte, como fenómeno estadístico, no es intrínsecamente mala, de hecho es imprescindible, en la biología y en la literatura. Pero también existe la inmortalidad, que queda reservada para las grandes obras maestras. Además, están aquellos libros que no mueren del todo, sino que entran en una especie de letargo del que pueden despertar. Si lo hacen, durante un tiempo aportan a nuevas (o viejas) cohortes de lectores todo eso maravilloso e imposible de inventariar que aporta la literatura a los que leen. Querría creer que ese es el caso de La noria, de Luis Romero, mi padre, reeditado por editorial Comanegra, por cuya intercesión la obra vuelve a estar en las librerías. Una cuidada edición en forma de una caja en que a la obra original le acompaña otra novela coral, Gira Barcelona, a cargo de escritores actuales. La noria, por lo tanto, va a dar unas cuantas vueltas más.

A Joan Manuel Soldevilla (JMS), profesor de literatura, y a mí nos presentó Tintín en un aeropuerto hace ya unos años. Él ha sido, probablemente, uno de los primeros en leer La noria recién reeditada, lectura que le inspiró una serie de comentarios que me escribió. Le he pedido permiso para recogerlos y publicarlos en este blog, y no he podido resistir la tentación de apostillarlos como El Biólogo Descarriado que soy (EBD), y el resultado ha sido una especie de conversación entre nosotros.

JMS. He vuelto a leer La noria y he disfrutado. Muchísimo. La había leído dos veces, en aquella edición de Círculo de Lectores —con esa cubierta de Yzquierdo hipnótica— que supongo que dio una enorme difusión al texto allá en los setenta; una siendo un adolescente y otra siendo joven, quizás con treinta años. Siempre me había gustado pero ahora, con cincuenta y pocos, me ha entusiasmado. Y emocionado.

EBD. En efecto, La noria fue el libro recomendado del trimestre en Círculo, en 1971, y eso ayudó a darle una nueva vida. Pasado el boom de Círculo, siguió vendiéndose, aunque fuera modestamente, en sucesivas ediciones de Destino hasta los 80, en que podríamos decir que cayó en el olvido editorial. El recuerdo sobrevivió en algunos lectores, en estudios literarios, en algunas bibliotecas… Pero incluso su papel como una de las novelas clave sobre Barcelona se fue diluyendo.

JMS.  Sí, una novela sobre Barcelona, de crítica social. Sí, bueno. Cuando se ha hablado de La noria con frecuencia se ha hecho desde una perspectiva historicista; que si novela representativa de lo social, que si destacada por el uso del monólogo interior, que si retrato de Barcelona paralelo a La colmena… La he querido leer como lo que es, una novela, sin todo eso que le echaron desde antes de nacer, y la he disfrutado. Me ha entusiasmado el ritmo, el tempo narrativo, ese metrónomo implacable que resuena en toda la novela y que la cohesiona de forma admirable.

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Luis Romero en Cadaqués, en 1953, poco después de regresar a España después de haber ganado el premio Nadal. Fotografía: Francesc Català-Roca

EBD. El tiempo… sí, es verdad. Yo leí la novela por primera vez con quince o dieciséis años, y la he releído por cuarta o por quinta vez este verano. Cada vez encuentro algo nuevo, no sé si porque soy capaz de profundizar más, o porque mis ojos han ido cambiando con los años. Pero esto del tiempo tienes razón, no lo había percibido tan claramente. La novela sigue un eje temporal muy estricto, y las horas, no las horas, los minutos, avanzan de manera inapelable. Casi diría que es ese flujo del tiempo el que hace girar los cangilones (perdón por el palabro, podría haber dicho arcaduces, pero sería todavía peor) de la noria. Puede que ese flujo inevitable se refleje en el estilo…

JMS. Admiro el estilo, certero, controlado, que sabe encontrar un equilibrio entre el poema y la crónica; el narrador, todopoderoso, que muestra, valora y opina con una extraña combinación de misericordia y distancia.

EBD. Misericordia… Me gusta la palabra, aunque yo no la hubiera empleado. Siempre he creído que en muchas de las novelas de mi padre, a pesar de que se lleva al lector a un mundo injusto, opresivo, triste, gris, hasta sórdido en ocasiones, siempre queda un resquicio para la esperanza, tal vez lo que tú llamas misericordia del narrador. Este resquicio, muy taponado por todo lo demás, no todo el mundo lo percibe; es curioso.

JMS. Esperanza… Fíjate: este verano he elaborado un texto sobre Cervantes y Barcelona, y leyendo ahora La noria he descubierto una analogía curiosa, no sé si casual. Don Quijote llega a Barcelona una madrugada del día de San Juan, más o menos la madrugada que retrata la novela; la aurora de Barcelona no tiene cuatro columnas de cieno, como la de Nueva York, sino luz, esperanza, algarabía, vida…  Tanto en Cervantes como en Romero. Por otro lado, una curiosa paradoja, ¿cómo una novela que confluye hacia un amanecer espléndido puede tener este tono crepuscular?

EBD. ¡Una influencia cervantina en La noria! Eso realmente suena bien. La crítica de la época (y algún periodista actual también, y con más énfasis) quisieron identificar en La noria influencias de Dos Passos (Manhattan transfer), de Schnitzler (La ronda), de Virginia Woolf (Mrs Dalloway) y de Cela (La colmena). Lo que sucede es que mi padre, cuando escribió La noria, no había leído ninguno de estos libros, salvo La colmena. En cambio estoy seguro de que había leído El Quijote, obra de la que era un apasionado. Quién sabe…

JMS. Hay páginas soberbias y personajes extraordinarios, retratados con una profundidad y sutileza admirables. Dos cosas he descubierto que en lecturas anteriores no había advertido con tanta rotundidad: el miedo y el sexo, que fluyen por la ciudad desde sus cabañas hasta sus palacios como un extraño magma que todo lo empapa.

EBD. El miedo… Yo no lo acabo de percibir, pero puede que tengas razón, sobre todo si por miedo entendemos la incertidumbre, las estrecheces, el no saber qué va a haber mañana para comer. Y el sexo, desde luego. Aunque yo prefiero decir “abundancia de historias galantes”, tal vez inspirado por el título del primer capítulo (Madrugada galante). Pero… ¿y la ciudad? ¿Qué papel crees que desempeña?

JMS. La ciudad la he sentido muy cercana. No viví esa Barcelona, yo nací en los sesenta, pero la he reconocido como la mía, no sé si porque me fui de ella a finales de los ochenta, antes de la fiebre olímpica que todo lo cambió. Pero intuyo que no es por eso, sino porque el autor lo que ha hecho es crear una ciudad universal y atemporal. Que retrata con precisión un momento histórico, es cierto, pero que trasciende la anécdota y la convierte en universal. Intuyo que un lector de Buenos Aires o de París se reconocería en esta ciudad, que no es la suya.

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Diversas ediciones y traducciones de La noria. La edición a la que ace referencia JMS es la de abajo, en el centro.

EBD. Supongo que eso explica el éxito de la novela fuera del ámbito estrictamente barcelonés. Aunque no fuera la obra más traducida de mi padre, sí se publicó al menos en francés, italiano y alemán e italiano, en editoriales de mucha difusión (Robert Laffont, Paul List y Fratelli Fabri).

[sonrío con cierto embarazo… no sé si sacar el tema].

EBD. Y… esto… Por cierto… ¿y mi epílogo? ¿Qué te ha parecido?

JMS. Tu texto final, soberbio; inteligente y sutil, sitúa al autor en la obra y en el tono de la obra, y retrata de forma magnífica al novelista con sus propios mecanismos. Un acierto admirable.

EBD (…)

JMS. Una idea final: sería apasionante preparar una edición anotada con las explicaciones de todas las referencias sociales, culturales, musicales, urbanas o históricas que aparecen; no porque la lectura la exija –el libro se disfruta sin saber quién era El Coyote o qué era Locura de amor-, sino porque todas ellas forman una constelación apasionante de estampas que retratan un mundo extinguido y que ya pertenece a la historia.

EBD. Pues tomo nota, aunque habrá que esperar unos años, otro despertar del letargo del olvido.


ADDENDUM

El día 24 de noviembre, a las 19:30, habrá un acto de homenaje y en conmemoración del centenario de Luis Romero. Lo anuncio sobriamente, pero me hace una especial ilusión. Nos hace.

Aquí está la invitación al acto

Aquí está el vínculo a la nota de prensa del acto

“On m’a vu ce que vous êtes, vous serez ce que je suis*”

Le ermita de San Sebastián está en lo alto, aunque no en lo más alto, del Pení y sus recias paredes blancas forman una especie de mota en la montaña de tonos severos, a modo de mínimo contrapunto a las pizarras grises y a los verdes profundos de la vegetación mediterránea.

A la ermita se sube por una pista de tierra y piedras, a veces más piedras que tierra, a veces más roca descarnada que piedras. Es toda ella inapelable cuesta arriba, una cuesta arriba que podríamos calificar de más o menos razonable hasta el Mas d’en Baltra. A partir de ahí, la pista se lanza a tumba abierta contra la pendiente, a la que va superando mediante una serie inacabable de lazadas u horquillas que, de conseguir superarlas, te conducen junto al acceso de lo que ya hace muchos años es una propiedad privada.

Hoy he subido a San Sebastián en bicicleta.

¿Por qué lo he hecho? Resulta que uno de mis yoes anteriores, bastante aficionado al ciclismo, lo hacía al final de cada temporada, cronómetro en manillar, para ver cómo le andaban las cosas de piernas y de fuelle. Los tiempos de ascensión a ese su Alpe d’Huez particular e íntimo oscilaban entre 37 y 34 minutos; con esos tiempos, la llegada a la cumbre suponía, indefectiblemente, maillot amarillo y vuelco a la general. Ese yo era mi yo del 2000. Para mi desgracia, este verano he sufrido algo de desdoblamiento temporal, y el maldito no ha parado de zaherirme: que si yo (mi yo actual, de 2016) estaba fondón, que si me veía muy fuera de forma, que de puro cobardica no me atrevía con su (¿mi? ¿nuestro?) Alpe d’Huez particular, que no sería capaz de llegar arriba sin abdicar del sillín de la bici. Total, para que se callara de una vez, he decidido hacer el intento, también, la verdad sea dicha, con el afán de comprobar si era capaz de subir o no, y, de paso, averiguar cuánto tiempo mi yo del 2000 hubiera tenido que esperar a mi yo actual de haber salido juntos en pos del puerto puntuable hors-catégorie. Mi intención era averiguarlo en un plano puramente académico, teórico, diríamos, pero el malaje se ha empeñado en acompañarme, con la peores intenciones del mundo; es lo que tiene eso de los desdoblamientos temporales.

Así que hemos iniciado la cronoescalada juntos, él sobre su (mi) bici Mérida jaspeada oro y negro, vilmente sustraída en su futuro (y en mi pasado), y yo sobre mi Cannondale gris antracita, frenos de disco y amortiguador en horquilla delantera; vergüenza me daba llevar mejor tecnología y ver que iba a usarla con menos brío. La ascensión ha sido visualmente hermosa, como hermoso es casi todo lo que puede verse en estas tierras. Una nube baja tapaba la montaña, desde su cintura hasta su cabeza, y a partir del Mas d’en Baltra, que, recordemos, es cuando la cosa se pone seria, nos hemos internado en una especie de nada de color gris con su punto de misterio, del que parecían desgajarse jirones de algodón que el viento impulsaba sobre nuestras cabezas.

Mi yo del 2000 apenas ha aguantado mi ritmo. No quiero decir con eso que se haya desfondado, sino todo lo contrario: no ha tardado en aburrirse y, tras un corto rato a mi lado y harto de esperarme, se ha lanzado en pos de la cima, donde ha tenido que aguardar 25 minutos mi llegada. Es inútil hablar de mi ascensión, sobre cuyos esfuerzos y miserias a lo largo de las lazadas (17, ni una menos) nada diré. Conste al menos que he llegado a la cima, aunque sin premio de la montaña ni vuelco en la general, digamos que rozando el fuera de control. Allí estaba mi yo del 2000, algo aburrido, que me ha mirado con una mezcla indefinible entre menosprecio y compasión, cosas de jóvenes. Juntos hemos contemplado la mortaja gris que todo lo envolvía, y en esas estábamos cuando la niebla se ha abierto y ha aparecido, glorioso, Cadaqués a nuestros pies. Parecía tener prisa, y, murmurando algunas palabras que no he entendido, se ha lanzado cuesta abajo: probablemente nuestros hijos le estaban esperando.

Mientras disfrutaba de las vistas, ha aparecido entre resuellos y francamente justito de fuerzas, mi yo del 2018, del que debo reconocer que me había olvidado por completo. Le he mirado con melancólica condescendencia:

—Qué, cuesta, ¿eh? —le he espetado con una media sonrisa de la que he intentado borrar cualquier asomo de arrogancia.

—Más o menos lo que te va a costar a ti dentro de un par de años —me ha respondido con lo que me ha parecido una brizna de insolencia.

—Oye, ese bajaba como alma que lleva el diablo —he añadido para generar un poco de complicidad.

—Ya le he dicho que se ande con cuidado, que si se la pega tú y yo salimos seriamente perjudicados…

Y es que, entre mis yoes, el decano es siempre el más juicioso.

De repente, asustado ante la posibilidad de que aparecieran más yoes de más hacia el futuro y más deteriorados o, todavía peor, que dejaran de aparecer, he decidido regresar por la vía de urgencia a mi realidad unipersonal.

Y escribir este texto en mi descargo.


(*) Más o menos: “Me han visto ser lo que sois, seréis lo que soy ahora” (de Corneille)