Luis Romero Pérez

 

 

Luis Romero nació en 1916, en el piso principal de la calle Ribera nº 1. El alumbramiento tuvo lugar en una cama de matrimonio que se conservó hasta hace relativamente poco, la misma en la que había nacido su hermano mayor y en la que nacerían sus dos hermanos pequeños, la misma en que murieron sus padres muchos años más tarde. Estudió en un colegio religioso, el Condal: estudios primarios y después peritaje mercantil. En los primeros años de la II República su padre se quedó sin trabajo: la empresa (suiza) que le empleaba decidió irse de España, y ya nadie quiso contratar a un ingeniero cuya edad se acercaba peligrosamente a la de jubilación. Eran épocas turbulentas, inciertas, y Luis Romero, a los 16 años, tuvo que entrar a trabajar en una compañía de seguros, junto a su hermano mayor (y al año siguiente el que le seguía).  Los planes eran sacar adelante a la familia entre los tres, y que el cuarto pudiera estudiar.

Claro que entonces vino la guerra, parte de la cual Luis Romero pasó preso en el castillo de Montjuich y en un campo de concentración en Hospitalet de Mar, hoy de l’Infant. Acabada la guerra, marchó como voluntario a la División Azul, al frente de Rusia, de donde volvió, definitivamente licenciado, en 1942. Se reincorpora a su trabajo de seguros, pero cambia la oficina por el nomadismo del inspector. Es más duro, pero él lo prefiere: viaja por toda la España de posguerra, en mula, bicicleta (poco, siempre mantuvo la distancia con las dos ruedas), tren, coche de línea, carro. Va conociendo gentes y lugares, algunos museos y catedrales, pero, sobre todo, aldeas, campesinos, trabajadores, curas y maestros rurales, tabernas y locales aún menos recomendables. Es observador, de curiosidad de amplio espectro, sensible, culto autodidacta y excelente conversador; gracias a ello, puede penetrar profundamente en los lugares y en las personas. Tengo para mí que esa época, intensa y vital, y ese contacto tan próximo y humano le crean una especie de sustrato, de humus, del que van a surgir las materias primas para muchos de los personajes que luego aparecerán en sus novelas. A la vez, liga amistad con algunos artistas, como los del núcleo de Bilbao, ciudad por la que siente gran debilidad. Allí, Blas de Otero le lee sus poemas en la oscuridad de su estudio, y se entienden casi en silencio.

Hay quien ha dicho que Luis Romero es un escritor de vocación tardía. No creo que eso sea exacto del todo. Sus primeras poesías y escritos breves son de antes de la guerra, y algunos de ellos se publicarán más adelante; el resto yace en una especie de legajo con la inscripción, de su puño y letra: “Todo esto es muy malo”. Yo más bien creo que es un escritor al que las circunstancias no le dejaron eclosionar antes. Su primer libro, Cuerda tensa (dedicado así: “A Gloria, en la vigilia emocionada del hemisferio Austral”) aparece, autofinanciado, en 1950. Le seguirá un libro sobre tabernas, nacido, por supuesto, de su experiencia viajera.

En diciembre de 1950 marcha a Argentina, en un viaje no exento de incidentes que ya ha sido explicado en otros lugares (aquí, aquí y aquí). Allí estaba Gloria, y allí vivieron hasta 1952, momento en que decidieron regresar a España, con, en el equipaje, un brillante premio Nadal 1951 (que se entrega la noche del día de Reyes de 1952… cuántas confusiones he leído a costa de este pequeño desajuste de años) por La noria; y la firme intención de dedicarse a la literatura.

Vivir sólo de la literatura fue probablemente la aventura más audaz de la vida de Luis Romero (y de Gloria, con sus traducciones), y no diremos que no hubo estrecheces, angustias y sinsabores. Pero, como decía Luis, “El voto de pobreza te exime del de obediencia”, y pudieron disfrutar de una existencia apartada de los cauces establecidos, enriquecedora, rodeados de un variado paisaje humano de artistas, literatos y otra fauna. Pasaron largas temporadas en Cadaqués, viajaron, tuvieron una pequeña barca y luego otra un poco menos pequeña, ambas en activo a día de hoy, una pequeña casa en la montaña más tarde, muchos y muy buenos amigos. Estoy convencido de que el saldo fue positivo, incluso con el nacimiento de su único hijo, que vino al mundo en diciembre de 1955 y les recortó su libertad de movimientos.

Luis_y_Gloria1952

Fotografía. Francesc Català Roca (1952)

Llegaron más novelas, entre las que mi preferida es Los otros, aunque de más joven me gustara más Carta de ayer, así como una copiosa producción de artículos y dos novelas cortas en catalán, que considero una delicia (o sea, dos delicias: El carrer y La finestra). Luego, en 1967, publica Tres días de julio, una obra escrita como novela pero tan minuciosamente documentada que se convierte en un libro de testimonios, de historia casi.  A mi juicio, este libro es una de las contribuciones principales que se han hecho hasta ahora no sólo a la historia de la Guerra Civil, sino a la cicatrización de heridas y brechas, más atendiendo a la fecha de publicación. Escribió luego más libros sobre la Guerra, sobre Dalí, de quien fue amigo próximo y cómplice, más artículos y colaboraciones. Creo que empezó a envejecer en serio a principios del nuevo milenio; enviudó en 2004 y falleció en 2009, con, como obra póstuma, unos textos algo inconexos e incompletos que no llegan a ser unas memorias, ni lo pretenden.

Hasta aquí, una biografía no muy brillante de Luis Romero, no demasiado diferente de lo que figura en la mayor parte de reseñas, solapillas y páginas donde se habla de él. Pero querría añadir algunas pocas cosas…

Por ejemplo: era una persona sin rencor, a pesar de lo que le tocó pasar. Me consta que quedó fuertemente impresionado por la quema y destrucción, los días 19 y 20 de julio de 1936, de Santa María del Mar. La vivió a pie de calle, y es posible que eso influyera en su elección de bando. Narra esos hechos con detalle en Tres días de julio, pero lo hace con alejamiento, sin justificarlos ni reprobarlos, sin rencor hacia sus autores, para que cada uno, en cada tiempo en que esas páginas se lean, los juzgue o los interprete como crea conveniente. Más tarde, durante su cautiverio en Montjuich, fue condenado a muerte sin juicio ni procedimiento alguno por contribuir a organizar un plante entre los presos. Pasó una noche convencido de que a la madrugada siguiente iba a ser fusilado, y cuando lo explicaba, lo hacía con humor: “Formábamos [los 15 o 16 condenados a muerte] una mezcla insólita: la mitad éramos facciosos, la otra mitad anarcosindicalistas [encarcelados a raíz de los hechos de mayo de 1937]”. Unas gestiones oportunas hicieron llegar noticias del hecho al Ministro de la Guerra (creo que era Indalecio Prieto), que ordenó suspender la ejecución sumarísima. Nunca le oí quitar importancia al hecho, ni banalizar lo que debió sentir durante las horas que estuvo en capilla, pero tampoco le oí expresarse en términos de odio hacia los responsables. De hecho, alguna vez que visitaba Montjuich con sus nietos, les decía: “A mí aquí me hacen rebaja, ya me he alojado en este castillo”.

Nunca se adscribió a camarillas, ni a las de la primera posguerra, ni a las que vinieron muchos años después. Cuando volvió de la División Azul en 1942, poco menos que como héroe de guerra, le hubiera sido fácil medrar al amparo de su reciente pasado militar. Nunca lo hizo, y se reincorporó a su antiguo trabajo, alejado de cualquier hermandad o grupo. Más tarde, a finales de los 50, y a pesar de que su idioma materno y familiar era el castellano, publicó dos novelas cortas en catalán que ya he mencionado antes, diría yo que como un modo efectivo de actuar contra la situación de la lengua catalana, y hubiera habido una tercera (que vio la luz finalmente en 1991) de no mediar circunstancias que ahora no vienen a cuento.

Él era la persona que, los domingos por la mañana, en épocas en que ni un mal seiscientos tenía (y, por cierto, nunca tuvo; entró en el mundo del automovilismo en 1967, gracias a un 2 CV), me llevaba a unos paseos, que cualquier canon razonable de entonces o de ahora calificaría de absurdos. Eran paseos por zonas de chabolas y otras barriadas pobres (y al decir pobres me refiero a pobres de los años sesenta), nuevos barrios en galopante construcción, campos de fútbol de última categoría, mercados de libros viejos, zonas industriales, playas urbanas a las que tardaría mucho en llegar el glamour. Y yo, con mi pequeña mano perdida en una de las suyas, caminaba ufano a su lado aprendiendo sin saber que aprendía. Por cierto: esos paseos terminaban en alguna mesa de algún bar modesto, donde él se tomaba una cerveza y yo un vaso de sifón. No olvidaré el día en que, tras pasear por el Guinardó, nos sentamos en una terraza. Entonces, en vez de pedir para mí el habitual vaso de sifón, me hizo traer un quinto, mi primer quinto. Fue ese uno de los momentos más gloriosos y plenos de mi vida, que puede que hoy hubiera causado la detención del adulto inductor.

Qué más… Inundaba la casa de sonidos de máquina de escribir, pero eso ya ha sido explicado en otro lugar; añadamos que redondeaba lo que para mí era un hábitat acogedor y natural con el olor de tabaco de pipa Clan o Amsterdamer. Viajó mucho, conoció a mucha gente, de la llamada importante pero también de la otra, tuvo grandes amigos, entre ellos algunos personajes disparatados cuya existencia real empieza a costarme aceptar; pero creo que empiezo a repetirme. Estuvo a punto de despeñar a una amiga argentina al desfrenarse su Dyane 6 cerca de un barranco, aunque un árbol providencial salvó la situación. Tuvo que sacar a la pasajera del coche por la ventanilla trasera, operación que, una vez vista las dimensiones de la amiga y las de la ventanilla, resulta físicamente imposible, pero que fue motivo de risas durante muchos años. Navegó por aguas de Cadaqués hasta su último verano, hizo felices a sus nietos (y sus nietos le hicieron feliz a él), discutió con Gloria el mejor emplazamiento para sus nichos en el cementerio de Portlligat, y alcanzaron un acuerdo. Allí están enterrados.

A lo largo de su vida, hizo acopio de una cantidad inimaginable de papeles y libros de todo tipo. Ese legado, ese pandemónium inverosímil, me permite, de vez en cuando, maldecirle; más a menudo, me permite seguir conociéndole, a él y a su vida desde más cerca, desde más ángulos; como si, de alguna manera, mientras intento poner orden en la entropía documental más desatada, prosiguiéramos aquellos paseos de domingo por la mañana.

Hoy, 24 de mayo de 2016, hace exactamente cien años que Luis Romero nació en aquella cama de matrimonio de la que he hablado al principio; por lo tanto, hoy hubiera cumplido cien años. Era mi padre y le echo mucho de menos.

Addendum

Primicia. Este año del centenario, andan en marcha dos proyectos editoriales de recuperación de la obra de Luis Romero, que espero se materialicen pronto. Seguiremos informando.

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6 pensamientos en “Luis Romero Pérez

  1. 100 años el tío Luis !!!!!
    Sabía que era su cumpleaños pero no había calculado la fecha. Lo recuerdo jovial y alegre, divertido y cariñoso y escucharlo siempre gustosa pues era interesante y ameno lo que contaba.
    Yo también le hecho de menos, y a la tía Gloria. Ha sido una suerte ser de su familia.
    Un abrazo de tu prima Carmen

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