SILENCIO

Silencio viene del latín, del verbo sileo, silui, silere, que significa estar callado o callarse. Silencio es palabra que se define por negación, ya que hace referencia a la ausencia de ruido, según el diccionario. Yo diría que no es sólo ausencia de ruido, sino ausencia de sonido, pero quién soy yo para enmendar diccionarios. En particular, el silencio es ausencia o abstención de hablar; una especie de vacío sonoro, vaya. Por extensión, o por analogía, nos encontramos también con silencios escritos, como cuando la prensa no habla de ciertos sucesos o la historia arrincona hechos y acontecimientos, normalmente por resultar incómodos para según quién. Y también nos encontramos con silencios musicales, que en realidad son pausas; con silencios castrenses, que son una especie de buenas noches de obligado cumplimiento, acompañados siempre de un toque de corneta de lo más melancólico, si es que una corneta puede expresar melancolía, con silencios administrativos, cuando no te hacen ni caso y no tienen ganas de explicarte el porqué, y con muchos más.

Silencio es palabra sin duda prona a paradojas. Así, podemos decir que en la iglesia se ha hecho el silencio mientras el sacerdote perora a voces contra el sexo extramatrimonial. También podemos escuchar el silencio, aunque es posible que para ello necesitemos tener un oído muy poético. «Écoute ce qu’on entend lorsque rien ne se fait entendre», escribe Paul Valéry («Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír»). Hubo, al parecer, un personaje que se dedicaba a coleccionar silencios de grabaciones de programas de radio, para luego deleitarse escuchándolos. Lo cuenta Heinrich Böll (Los silencios del doctor Murke); una historia interesante, por cierto. Estoy seguro que sería una gran cosa disponer de una fonoteca de silencios: el silencio mullido de las montañas nevadas, el silencio oscuro y siempre algo amenazador de la noche, el silencio tétrico de los cementerios. Seguro que suenan diferente.

Y, más paradojas: nos podemos expresar mediante el silencio, pues hay silencios elocuentes, glaciales, respetuosos, obstinados y hasta prudentes, y también los hay huraños o corteses. Por antítesis, también debe haber silencios mudos, aunque suene a pleonasmo.

Por mucho que nos parezca raro, hay silencios más silenciosos que otros. El silencio más silencioso es el absoluto; en el silencio absoluto se puede oír volar una mosca, con lo que deja de ser absoluto, presumo. Si el silencio absoluto parece que nos llena también por dentro, es un silencio profundo. Y si al silencio le acompaña un matiz de sobrecogimiento, el silencio deviene en silencio de muerte, o sepulcral, tanto da, que la idea de fondo es la misma. Y si el silencio absoluto tiene un punto de tensión llega a suceder que el silencio se hace sustancia, y entonces se puede cortar (con un cuchillo). La idea del silencio como sustancia física está ampliamente admitida, puesto que se puede hacer el silencio; en cualquier caso, es una sustancia frágil, ya que es muy fácil de romper: una simple tosecilla, por ejemplo, basta para romper el silencio. Corolario: si existe un silencio absoluto es porque hay un silencio… no tan absoluto. Curiosamente, no atino con palabras para describir silencios de este segundo tipo, así que pongamos que son silencios ma non troppo.

A veces el silencio adquiere una dimensión colectiva, corporativa casi; por ejemplo, en las congregaciones religiosas en las que se exige el voto de silencio. El voto de silencio evoca una cierta espiritualidad, recogimiento, meditación. En cambio, un pacto de silencio suele acordarse para ocultar algo, lo cual es ya menos espiritual y más sospechoso. Pero peor es cuando lo de ocultar sucede por imposición, por imposición de la llamada ley del silencio, ley cuyo incumplimiento suele acarrear nefastas consecuencias.

Después de este paseo por el silencio, concluyo que nunca la negación de algo tuvo tantas posibilidades y recovecos.

Por eso a veces a los blogs les llegan tiempos de silencio.

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