OBRAS COMPLETAS

No, mire, ya le ha dicho mi secretaria que no tenía tiempo para hablar con usted, estoy de trabajo hasta las cejas. Recibió nuestra carta, supongo, y digo supongo para ser cortés, y allí ya quedaba claro que su manuscrito no nos interesa, y digo que no nos interesa también para ser cortés. Es una lástima, pero no podemos publicarlo todo. Hemos de pensar en el público, en las ventas… Esto es un negocio, no un mecenazgo, no una psicoterapia para aumentar la autoestima de autores primerizos, o que ni siquiera llegarán a primerizos, si me permite usted la franqueza. Y puede que su novela no esté mal del todo, no, pero no creo que conecte con el lector medio, ni con el lector entero, un sencillo juego de palabras bastante inocente. Y poco más que decir; además he de dejarle, lo siento. No servirá de nada que insista. Y naturalmente que no, que no me voy a extender en los motivos de mi decisión, faltaría más que ahora le tuviera que hacer un análisis crítico de lo que nos mandó. Esto es una editorial, y no una escuela de escritura, si me permite la franqueza, y van dos. Vaya a un curso, apúntese y pague, y ahí le enseñarán, le explicarán, le dirán lo bien que lo hace, y hasta es posible que termine escribiendo algo mejor. Pero, y usaré por tercera vez mi franqueza que algunos toman por brusquedad, le vaticino que seguirá igual de incapaz de hacer una obra literaria con un mínimo de dignidad, de dignidad literaria, me refiero, que tampoco se trata ahora de faltarle al respeto. Yo no tengo tiempo de darle clases. No es mi negocio. Le resumo el asunto en tres palabras: no y no. N-O. Y deme las gracias por no enviarle la factura de lo que he tenido que pagar a alguien para que leyera su manuscrito, más el rato que me lleva explicarle ahora todo esto por teléfono. Ganas no me faltan. Ni razón. Y, oiga, que yo no le quito mérito a su esfuerzo. Ha tenido tesón, paciencia, ha llegado hasta el final, cosa que muchos de sus colegas no consiguen. Cómo que qué colegas… Esos, que como usted, se ponen un buen día a escribir una novela. Muchos no la acaban, a veces ni siquiera la empiezan, loado sea Dios. Todo eso que nos ahorramos nosotros, los editores. Lo que no sé es de dónde les ha venido la idea de que uno se pone a escribir una novela un buen día y ya está. ¿Por qué no prueban a componer una sinfonía, eh? ¿Por qué? Oh, sí, claro, escribir sabe todo el mundo, eso creen. Como si creyeran que todo el mundo puede componer una sinfonía porque canta en la ducha. Que no entiende por qué hablo en plural… Bueno, pues está meridianamente claro, hablo de usted y los de su especie. Bueno, mejor lo dejamos. Ando ocupado y no quiero prolongar esta conversación. No quiero escuchar sus argumentos. Yo soy un profesional, y sé lo que me digo. Y ahora le rogaría que no me viniera con que a Joyce le rechazaron una novela. ¿O fue a Faulkner? A quien fuera. Sí, me lo suelen decir. ¿Sabe qué les contesto? Lo mismo que le voy a contestar a usted: que le prometo que el día que le den el premio Nobel me como entero su manuscrito, con tomate y mostaza, palabrita del niño Jesús, eso sí, si a cambio usted promete colgar ahora mismo y no volver a darme la lata. Y, por favor, NO me diga que a Joyce no le dieron el premio Nobel. Y es que al final es todo cuestión de ego. ¿Para qué demonios quiere publicar una novela? ¿Qué quiere demostrar? Vuelva a casa y dedíquese a sus asuntos, hombre. Y no me provoque. O le digo lo que pienso de verdad, que hasta ahora he estado moderado y suave. No me tire de la lengua. Cerramos aquí y quedamos como señores, ¿le parece? Porque no quiero hablar de su lenguaje pobre, incapaz de transmitir matices, retorcido, pesado, a menudo convencional, suficiente como para hundir la novela sin ayuda del resto. Pero hay resto. Los personajes: planos, desvaídos, sin carácter. Sus personajes no son personajes, son tópicos, no llegan ni a caricaturas. Y la historia… superficial, sin gancho, sin tensión, sin un desenlace que uno espera desde la segunda página, qué digo, desde la segunda línea, sin ritmo, nada de nada. En serio, que no quiero seguir perdiendo el tiempo explicándole los motivos de haber rechazado su engendro, quise decir su obra. Y ahora, que se me hace tarde, permítame que le dé un buen consejo: tire el manuscrito a la papelera cuanto antes. ¿Entendido?

El hombre que estaba al otro lado de la línea, que no había abierto la boca en todo el rato, murmuró algo así como que sí, que ahí la pondría, junto a sus obras completas; pero el otro no lo oyó, pues ya había colgado.

SILENCIO

Silencio viene del latín, del verbo sileo, silui, silere, que significa estar callado o callarse. Silencio es palabra que se define por negación, ya que hace referencia a la ausencia de ruido, según el diccionario. Yo diría que no es sólo ausencia de ruido, sino ausencia de sonido, pero quién soy yo para enmendar diccionarios. En particular, el silencio es ausencia o abstención de hablar; una especie de vacío sonoro, vaya. Por extensión, o por analogía, nos encontramos también con silencios escritos, como cuando la prensa no habla de ciertos sucesos o la historia arrincona hechos y acontecimientos, normalmente por resultar incómodos para según quién. Y también nos encontramos con silencios musicales, que en realidad son pausas; con silencios castrenses, que son una especie de buenas noches de obligado cumplimiento, acompañados siempre de un toque de corneta de lo más melancólico, si es que una corneta puede expresar melancolía, con silencios administrativos, cuando no te hacen ni caso y no tienen ganas de explicarte el porqué, y con muchos más.

Silencio es palabra sin duda prona a paradojas. Así, podemos decir que en la iglesia se ha hecho el silencio mientras el sacerdote perora a voces contra el sexo extramatrimonial. También podemos escuchar el silencio, aunque es posible que para ello necesitemos tener un oído muy poético. «Écoute ce qu’on entend lorsque rien ne se fait entendre», escribe Paul Valéry («Escucha lo que se oye cuando nada se hace oír»). Hubo, al parecer, un personaje que se dedicaba a coleccionar silencios de grabaciones de programas de radio, para luego deleitarse escuchándolos. Lo cuenta Heinrich Böll (Los silencios del doctor Murke); una historia interesante, por cierto. Estoy seguro que sería una gran cosa disponer de una fonoteca de silencios: el silencio mullido de las montañas nevadas, el silencio oscuro y siempre algo amenazador de la noche, el silencio tétrico de los cementerios. Seguro que suenan diferente.

Y, más paradojas: nos podemos expresar mediante el silencio, pues hay silencios elocuentes, glaciales, respetuosos, obstinados y hasta prudentes, y también los hay huraños o corteses. Por antítesis, también debe haber silencios mudos, aunque suene a pleonasmo.

Por mucho que nos parezca raro, hay silencios más silenciosos que otros. El silencio más silencioso es el absoluto; en el silencio absoluto se puede oír volar una mosca, con lo que deja de ser absoluto, presumo. Si el silencio absoluto parece que nos llena también por dentro, es un silencio profundo. Y si al silencio le acompaña un matiz de sobrecogimiento, el silencio deviene en silencio de muerte, o sepulcral, tanto da, que la idea de fondo es la misma. Y si el silencio absoluto tiene un punto de tensión llega a suceder que el silencio se hace sustancia, y entonces se puede cortar (con un cuchillo). La idea del silencio como sustancia física está ampliamente admitida, puesto que se puede hacer el silencio; en cualquier caso, es una sustancia frágil, ya que es muy fácil de romper: una simple tosecilla, por ejemplo, basta para romper el silencio. Corolario: si existe un silencio absoluto es porque hay un silencio… no tan absoluto. Curiosamente, no atino con palabras para describir silencios de este segundo tipo, así que pongamos que son silencios ma non troppo.

A veces el silencio adquiere una dimensión colectiva, corporativa casi; por ejemplo, en las congregaciones religiosas en las que se exige el voto de silencio. El voto de silencio evoca una cierta espiritualidad, recogimiento, meditación. En cambio, un pacto de silencio suele acordarse para ocultar algo, lo cual es ya menos espiritual y más sospechoso. Pero peor es cuando lo de ocultar sucede por imposición, por imposición de la llamada ley del silencio, ley cuyo incumplimiento suele acarrear nefastas consecuencias.

Después de este paseo por el silencio, concluyo que nunca la negación de algo tuvo tantas posibilidades y recovecos.

Por eso a veces a los blogs les llegan tiempos de silencio.