EL PEOR DÍA

—El peor día, para mí —dijo el hombre sentado en el sofá—, es el que veo que la tarde ha durado un minuto más, que noto que el sol se ha puesto un minuto más tarde.

—¿Y qué tiene de malo que el sol se ponga un minuto más tarde? —cuestionó otro, acomodado en el extremo del mismo sofá.

—Ese primer atisbo de renuencia del sol a desaparecer me avisa de que el año apunta ya hacia la primavera, hacia el verano…

—¿Y qué tiene de malo que el año apunte hacia la primavera? —insistió, con un deje de impaciencia, el de la punta.

—Pues tú qué crees —replicó el aludido, con un breve resoplido de desdén. —El invierno es el momento en que todo está quieto, frío, silencioso. El tiempo se suspende, la máquina de convertir futuro en pasado se detiene. El invierno te aproxima a la eternidad, el verano te aleja de ella.

—Pues no te arriendo la ganancia —volvió al ataque el mismo de antes—. Menudo estafermo estás tú hecho… ¿Acaso no te gusta cabalgar a lomos de las olas de la primavera, no te gusta sentir el gozo de una nueva vida explotar en tus entrañas, no te apasiona eclosionar a una nueva llamada palpitante de la sangre?

—¡Poetastro! —dijeron algunas voces.

—¡Basta de tópicos! —pidieron otras.

—Sí, me gusta, pero… es que gasta muy deprisa el poco tiempo que nos queda —concluyó bajito, el primero que había hablado. Pero nadie lo oyó, o si alguien lo oyó no hizo mucho caso.

—A mí —tomó entonces la palabra otro personaje de aspecto apocado— me parece que el peor día del año es aquél en el que firmas y rubricas tu declaración de Hacienda.

—¡Materialista!

—¡Pesetero!

Cuando el coro de voces displicentes hizo el silencio, el aludido prosiguió:

—Cuesta mucho llegar a fin de mes… Y sí, cuando se acerca fin de mes tengo cierta tendencia a volverme materialista, ustedes me perdonarán. Entrego muchas horas de mi vida a cambio de comida, techo y cama, y una parte de esa vida que entrego se la llevan los de la Hacienda pública.

—¡Insolidario! —dijo alguien.

—¿Insolidario? No creo… Ya me parece bien dar parte lo mío. Lo que me duele es que la parte de mi vida que se llevan va a aeropuertos sin aviones, a policías que no siempre protegen al ciudadano, a banqueros que no perdonan a sus deudores, a los que quitan al prójimo el pan suyo de cada día, a los que no nos libran del mal, a obras que nacen muertas, a quienes afirman que su bien es el bien común, a rentistas improductivos, a vividores, conseguidores…

—Antisistema… —musitó uno con poco convencimiento.

Era un tema delicado, incómodo, y los presentes se miraron sin saber muy bien qué hacer o qué decir. Hasta que alguien se decidió a cambiar de tercio.

—Pues a mí me permitiréis que os diga que el peor día es aquél en que se retira la decoración navideña, el momento en que bolas de colores, figuritas, pesebres, árboles y adornos vuelven a sus cajas, al largo estiaje, a la larga espera hasta que una nueva Navidad les llama de nuevo. Cuando retiro los adornos, mientras los guardo cuidadosamente, los miro con una especie de nostalgia anticipada, y no puedo evitar pensar que quién sabe qué manos los volverán a poner al año siguiente.

—Será cenizo… —se oyó.

—El peor día del año es, evidentemente, el día de mi cumpleaños —terció con cierta petulancia uno que hasta entonces se había mantenido en silencio. —Es el día que sé, indefectiblemente, que acabo de dar otra vuelta al Sol, y que esta nueva vuelta al Sol me ha dejado un poco más ajado y cochambroso.

—Y de que nos queda una vuelta menos que dar —apostilló su vecino de silla.

—Muy original, sí señor ­­—masculló el de los adornos navideños.

De nuevo se hizo el silencio. Todos quedaron pensativos, y un soplo de melancolía recorrió la reunión. Hasta que uno que estaba de pie junto a la pared se decidió a tomar la palabra:

—Pues para mí…

No pudo proseguir, pues la persona que estaba sentada en el sillón, tomando notas en una libreta de tapas negras, le interrumpió con autoridad.

—Gracias a todos, es suficiente. Tengo ya material para escribir mi entrada del blog de esta semana. Pueden retirarse.

Mientras los demás desaparecían, el hombre suspiró, pensando que a veces era cómodo poder recurrir a sus otros yoes.

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