LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (COLETILLA INESPERADA)

Llamarlo milagro implica invocar una intervención divina de la que dudo; llamarlo suceso de muy baja probabilidad prescinde de cualquier pátina de magia o poesía, elementos de los que no quiero prescindir del todo. Así que de momento no lo llamaré de ninguna manera, y me limitaré a explicarlo. Lo que ha sucedido es que hoy, en mi deambular infinito por los océanos de papel de mi padre, de cuya magnitud ya di cuenta en Nadando en alguna historia, de repente, entre el catálogo de una exposición y unas anotaciones en el dorso de un sobre del Banco Comercial Transatlántico, he visto surgir un título que me ha hecho abrir unos ojos como platos: Ilha do Sal. ¡Ni más ni menos que un breve artículo, de cuya existencia yo nada sabía, sobre el episodio que narré en mi última entrada!

En la vida no sé si hay milagros, pero lo que sí hay, doy fe, son casualidades poéticas. Así que he cogido el recorte, como si me hubiera sido directamente enviado. También, y, hasta cierto punto, con algo de temor, temor a haber sido pillado en falta, que algunas lagunas de la historia que no me fueron contadas las había rellenado yo a golpe de imaginación.

El artículo está escrito desde Buenos aires, no mucho después del suceso, y fue publicado en la hoy desaparecida Solidaridad Nacional (la Soli para los amigos y para los vendedores de prensa ambulantes, especie ya extinguida). Leo con un poco de ansia, pero a la vez con sensación de reencuentro. Sonrío a medida que avanza la lectura… y no sólo porque mi versión se ajusta a los hechos, incluida la gabardina que su amigo «alzaba en despedida emocionada, mientras el viento debía conmoverle la barba de mayorazgo». Pero me doy cuenta de que pasé por alto una cosa, un ingrediente imprescindible: la tristeza y la desolación de aquel fin de año en medio del Atlántico. Yo lo había dejado reducido a una simple nostalgia (que también hubo, aunque no fue simple: «La nostalgia mordía», dice). Supongo que los padres que explican historias a sus hijos pequeños las despojan de las aristas más punzantes… Pero ahora que ya soy mayor puedo leerlo: «Aquella entrada de año fue una de las más tristes de mi vida». Aquella entrada de año, una de las más tristes de su vida, empezó en el hotel, un hotel «…bueno, de tipo colonial, con excelente cocina europea, vinos portugueses y aperitivos y licores internacionales». En el club del hotel se reunieron las fuerzas vivas de la isla. Según cuenta, «afortunadamente, el vino de Oporto obró milagros, arrebatando las penas en su dulzura cálida». Pero «entrar el año allí, en aquel pequeño club colonial, era horrible, enervante». Así que tres de los asistentes, mi padre entre ellos, salieron, provistos, así consta, de una pandereta. Caminaron hasta el pueblo, y allí se unieron a una ronda de jóvenes negros, que llevaban una guitarra y un violín, y con tal pertrecho sinfónico de cuerda y percusión se pasaron la noche, hasta que amaneció, cantando mornas a la puerta de las chozas de las mozas, y bebiendo aguardiente, de una botella que mi padre compró en la taberna de Pedro, en el único vaso de que disponían y que compartieron fraternalmente. La noche, que ya no era noche, sino amanecer, terminó con unas pocas libaciones más en otra taberna, la Pérola do Atlântico. Mi padre afirma que sus compañeros caboverdianos no les olvidarían fácilmente, no por la invitación a aguardiente, sino «…por juntar las alegrías y las penas, por estrechar sus manos, por beber en el mismo vaso, por unir las voces, por haberles dicho, ya el sol en el horizonte, que ante Dios no hay ni blancos ni negros ni portugueses ni españoles», que, por lo que deduzco, es una especie de exaltación de la amistad pero en entorno multiétnico, expresado en lenguaje actual. Estábamos en los albores (nunca mejor dicho) de 1951, recordémoslo.

Escribir tiene mucho de meter un mensaje en una botella. Y encontrar una botella con un mensaje dentro… para qué negarlo, es una cosa realmente emocionante.

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2 pensamientos en “LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (COLETILLA INESPERADA)

  1. Pingback: Luis Romero Pérez | El Biólogo Descarriado

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