LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL

En la isla de la Sal estuvo a punto de terminar mi historia, que, oh paradoja, a pesar de que estuvo a punto de terminar, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado.

La ilha do Sal, surgida del fondo del Atlántico en tiempos geológicamente no tan remotos, está en el archipiélago de Cabo Verde, en su extremo nororiental por más señas y, en cuanto a tamaño, no es gran cosa: algo así como un tercio de Menorca, hectárea más, hectárea menos. Está situada entre el trópico de Cáncer y el ecuador, a una distancia prudencial del continente africano, y cuentan de ella que, a pesar de su origen volcánico, es plana como el dorso de la mano.

El otro día, mientras navegaba con rumbo sur y en el cuarto de derrota intentaba escoger el mejor rumbo para atravesar las calmas ecuatoriales, la ilha do Sal me ha miró desde la carta náutica; luego yo la miré a ella. Y nos sonreímos, como dos viejos amigos.

Así que he decidido visitarla. La maniobra me va a apartar de mi derrota unas decenas de millas, y me va a costar un retraso de unos centenares de puestos en la regata, pero es que parece inevitable sentirse atraído por el sitio en el que a punto de estuvo uno de no ser. He trasluchado y he puesto proa a la isla, con un rizo en la mayor, que el alisio estaba peleón, y el spinnaker bien trimado. La verdad es que, cuando he visto la isla, me ha invadido una emoción difícil de explicar: tenue, desconocida, medio ajena. Puede que sea el tipo de emoción que toca sentir cuando se llega a un sitio en el que nunca se había estado antes; un sitio en el que la historia de uno, esa que, oh paradoja, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado, estuvo a punto de terminar. Me repito, ya los sé; pido excusas.

He navegado a lo largo de sus costas occidentales, y hasta he echado el ancla para darme un baño y celebrar el reencuentro como se merece. Lo que pasa es que… bueno, que lo que he visto no me ha gustado mucho. La ilha do Sal a mí me la explicaron (concretamente, me la explicó mi padre) como un lugar apartado del mundo, poblado por criollos algo descendientes de portugueses y muy descendientes de esclavos negros, poco civilizado, entiéndase en el buen sentido, exótico, rozando lo misterioso, o puede que lo misterioso lo pusiera mi imaginación infantil. En ese lugar apartado del mundo había un aeropuerto en el que hacían escala los vuelos transoceánicos allá por los años cincuenta, supongo que para repostar. Pues bien: de todo eso ahora sólo queda el aeropuerto. El resto se ha convertido en un “paraíso turístico” (¿paraíso para quién?), con hospedajes de nombres tan apetecibles como Hotel Melià Tortuga Beach, Vila Do Farol Resort, Djadsal Holiday Club, Hotel Oasis Salinas Sea o Melià Dunas Beach Resort & Spa, entre muchos otros. Voy a ahorrarme cualquier comentario sobre sus dimensiones, estilo arquitectónico, integración en la cultura local y demás, que con los nombres ya pagan. Y yo que creía que en la ilha do Sal se hablaba el criollo de Cabo Verde… Colmo de desdichas, ni siquiera me recibe la voz densa y rica de Cesária Évora.

En el aeropuerto de la isla de la Sal aterrizó, creo que el 30 de diciembre de 1950, o tal vez fuera de 1949, el avión en el que viajaba quien unos años más tarde iba a convertirse en mi padre. Iba hacia la Argentina, para empezar allá, junto a la que unos años más tarde iba a convertirse en mi madre, un nuevo camino en un país nuevo. Ella tenía un prometedor futuro en publicidad, y había partido unos meses antes y él tenía un prometedor futuro en el mundo de los seguros; luego la vida incumpliría ambas promesas de manera muy satisfactoria para ambos, y para mí de paso, pero eso es otra historia.

El avión había despegado de Barcelona la madrugada anterior, y el plan de mi padre era haber pasado las Navidades con sus padres (esa parte se cumplió) y la Nochevieja con mi madre (esa se cumpliría menos, como se verá). A mi padre habían ido a despedirle dos buenos amigos (JC y REG; por cierto, REG aseguró más tarde y en mi presencia haber trepado a lo más alto del mástil de la torre de control para un postrer adiós agitando una gabardina, hazaña que mi padre, también en mi presencia, confirmó en cuanto a lo de la gabardina pero que rebajó a “una pequeña barandilla” en cuanto a lo del trepado); los tres habían aprovechado para pasar aquella última noche juntos en bares, tabernas y puede que algún cabaret, que sobre esto no se me dieron detalles, aunque seguro que también estuvieron sentados en bancos públicos y hasta paseando, que la economía de aquella época no daba para muchas alegrías. También fue a despedirle su padre, que se convertiría en mi abuelo unos años más tarde, y que tuvo que pagar el taxi de vuelta a los otros dos, sin un real después de la noche de farra. La madrugada era fría, muy fría, tan agresivamente fría como sólo saben serlo las madrugadas después de noches alegres en que toca despedirse, y seguro que triste, en distintos registros para cada uno pero muy triste para todos, que los viajes a América, en aquella época, no es que fueran sólo de ida, pero la vuelta solía demorarse. He evocado esta escena muchas veces, y me he imaginado a mi abuelo, contenido y serio, abrazando a mi padre, firme y próximo pero sin aspavientos, y encajando luego el sablazo del taxi sin enfado ni reproches. También me he imaginado a mi padre, con una mezcla abrumadora de sentimientos que soy incapaz de calibrar. Antes, cuando me imaginaba la escena, era un simple y curioso espectador. Más tarde, y sin desearlo conscientemente, me fui metiendo en el papel de mi padre. Ahora, cuando la evoco, el papel en el que me meto es el de mi abuelo.

Total, a lo que íbamos: el avión aterrizó según lo previsto en la ilha do Sal, donde los pasajeros descendieron, esperaron a que acabaran las operaciones de repostado, reembarcaron y se dispusieron a saltar el charco. El avión despegó, pero no felizmente. Algo se averió en los motores, o donde fuera, y en vez de enfilar hacia Sudamérica, se puso a dar largas vueltas sobre la isla. Avisados los pasajeros, hubo escenas de nervios, mientras mi padre veía por la ventanilla como el avión se deshacía de su combustible para aterrizar con menos peso y menos riesgo. Allá abajo, en medio de la isla, divisaba la pista donde se iba a jugar su destino (y el mío, pardiez, aunque él no lo supiera). La cosa podía acabar más o menos bien o muy mal; pero lo cierto es que el avión hizo su maniobra de aproximación correctamente y aterrizó con apenas unas cuantas sacudidas. Y la cosa acabó bien, como todos habrán deducido ya, que si hubiera acabado mal ni yo escribiría esto, ni mi padre hubiera sido mi padre, ni mi madre mi madre, ni siquiera mi abuelo hubiera sido mi abuelo, y nos hubiéramos perdido todos muchos buenos ratos.

Para terminar con la historia de mi padre, diré que pasó allá el fin de año de 1950 (o de 1949), y unos cuantos días más, mientras llegaba no sé qué pieza de no sé dónde. Pasó esos días alejado del resto del pasaje, con caminatas por la isla, conversaciones con los nativos, baños en aguas tibias y supongo que ensoñaciones sobre lo que le esperaba y quien le esperaba al otro lado del océano. La pieza llegó, el avión fue reparado, y el viaje continuó sin más problemas. Eso sí, llegó a Buenos Aires con cerca de una semana de retraso, y esa semana fue muy angustiosa para la que todavía no era mi madre, pues las noticias le fueron llegando tarde y mal, y estuvo varios días sin saber qué había sido del avión ni del trozo de su futuro que viajaba en él. A veces he intentado imaginar su reencuentro: nunca he podido, me emociono demasiado.

Vuelvo al presente, miro hacia la isla desde la cubierta de mi barco y sacudo la cabeza. Levo el ancla y doy vela. Hay que aprovechar la cola del alisio, que me estoy acercando a las calmas ecuatoriales.

Pronto la isla se empieza a hacer pequeña.

Me pregunto si uno puede sentir nostalgia de un sitio en el que no ha estado nunca. Porque si la respuesta es que no, entonces no sé qué es lo que siento ahora mismo.

Aclaración para incrédulos
Todo lo explicado en esta historia es rigurosamente cierto, salvo mi llegada a la isla a bordo de un velero de regatas. Que, seamos justos, tampoco es totalmente falsa. Es lo que tiene participar en regatas virtuales alrededor del mundo…

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Un pensamiento en “LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL

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