FRÍO

Tengo frío. Un frío que, más que desapacible, es áspero, hosco, y me llega ya a los mismísimos huesos. Bueno, es un decir. En realidad no creo que el frío, que supuestamente me viene a través de la piel, alcance los huesos; me parece que lo que hace es nacer en los huesos, y luego extenderse por el resto del cuerpo hasta llegar a la piel. O también puede que el frío que empieza en la piel y el que me nace en los huesos se encuentren en algún punto intermedio e indeterminado, una especie de polo norte del frío interior.

Hace tiempo no hacía tanto frío, o yo no tenía tanto frío, o al menos no era este el frío que yo tenía. Era un frío normal, de fuera, del que te defiendes poniendo barreras, murallas que te protejan del exterior: un jersey, una manta, las paredes de una habitación. Cortadas sus vías de comunicación, el frío invasor era derrotado poco a poco por el calor, por mi calor, ese que antes surgía de algún punto de mis entrañas.

Pero sucedió que un día el frío empezó a adueñarse de mi cuerpo. Empecé a tener frío en los dedos, en la nariz, en los pies… No muy original, desde luego. Luego vinieron las rodillas, las muñecas, las nalgas, el ombligo. Empecé a preocuparme, pues contra aquel frío nada podían las barreras, y mi calor interior ya no conseguía expulsarlo.

Poco a poco, el frío se fue apoderando de lugares insospechados, conquistándolos con devastadora y despiadada eficacia. Sentí frío en la cabeza del fémur, en el intestino (grueso), en el riñón izquierdo, en el cerebelo, en el intestino (delgado) y hasta en la retina. Después les tocó el turno al diafragma, al riñón derecho, a las costillas flotantes y al hígado. Finalmente, llegó un momento en que noté como, con cada latido de mi corazón, ríos de sangre helada avanzaban a sacudidas por mis arterias, se esparcían por mis capilares y desparramaban la frialdad por todos mis tejidos, por todas mis células.

Mis manos estaban frías, y nadie quería mis caricias; mis labios estaban fríos, y nadie quería mis besos; mi mirada era fría, y nadie quería que le mirara. Luego fueron mis palabras las que se hicieron frías, y dejaron de escucharme. Hasta mi risa se hizo fría, y cuando yo reía los demás lloraban. Por eso dejé de acariciar, de besar, de mirar, de hablar y hasta de reír.

Al final, el frío llegó a ese sitio que no sé muy bien lo que es pero que, para entendernos, solemos llamar alma. Cuando el frío llega al alma es ya totalmente hegemónico, inapelable.

Entonces se hizo de noche. Ya no amanecerá..

Estoy inmóvil.

El frío es ya definitivo.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL (COLETILLA INESPERADA)

Llamarlo milagro implica invocar una intervención divina de la que dudo; llamarlo suceso de muy baja probabilidad prescinde de cualquier pátina de magia o poesía, elementos de los que no quiero prescindir del todo. Así que de momento no lo llamaré de ninguna manera, y me limitaré a explicarlo. Lo que ha sucedido es que hoy, en mi deambular infinito por los océanos de papel de mi padre, de cuya magnitud ya di cuenta en Nadando en alguna historia, de repente, entre el catálogo de una exposición y unas anotaciones en el dorso de un sobre del Banco Comercial Transatlántico, he visto surgir un título que me ha hecho abrir unos ojos como platos: Ilha do Sal. ¡Ni más ni menos que un breve artículo, de cuya existencia yo nada sabía, sobre el episodio que narré en mi última entrada!

En la vida no sé si hay milagros, pero lo que sí hay, doy fe, son casualidades poéticas. Así que he cogido el recorte, como si me hubiera sido directamente enviado. También, y, hasta cierto punto, con algo de temor, temor a haber sido pillado en falta, que algunas lagunas de la historia que no me fueron contadas las había rellenado yo a golpe de imaginación.

El artículo está escrito desde Buenos aires, no mucho después del suceso, y fue publicado en la hoy desaparecida Solidaridad Nacional (la Soli para los amigos y para los vendedores de prensa ambulantes, especie ya extinguida). Leo con un poco de ansia, pero a la vez con sensación de reencuentro. Sonrío a medida que avanza la lectura… y no sólo porque mi versión se ajusta a los hechos, incluida la gabardina que su amigo «alzaba en despedida emocionada, mientras el viento debía conmoverle la barba de mayorazgo». Pero me doy cuenta de que pasé por alto una cosa, un ingrediente imprescindible: la tristeza y la desolación de aquel fin de año en medio del Atlántico. Yo lo había dejado reducido a una simple nostalgia (que también hubo, aunque no fue simple: «La nostalgia mordía», dice). Supongo que los padres que explican historias a sus hijos pequeños las despojan de las aristas más punzantes… Pero ahora que ya soy mayor puedo leerlo: «Aquella entrada de año fue una de las más tristes de mi vida». Aquella entrada de año, una de las más tristes de su vida, empezó en el hotel, un hotel «…bueno, de tipo colonial, con excelente cocina europea, vinos portugueses y aperitivos y licores internacionales». En el club del hotel se reunieron las fuerzas vivas de la isla. Según cuenta, «afortunadamente, el vino de Oporto obró milagros, arrebatando las penas en su dulzura cálida». Pero «entrar el año allí, en aquel pequeño club colonial, era horrible, enervante». Así que tres de los asistentes, mi padre entre ellos, salieron, provistos, así consta, de una pandereta. Caminaron hasta el pueblo, y allí se unieron a una ronda de jóvenes negros, que llevaban una guitarra y un violín, y con tal pertrecho sinfónico de cuerda y percusión se pasaron la noche, hasta que amaneció, cantando mornas a la puerta de las chozas de las mozas, y bebiendo aguardiente, de una botella que mi padre compró en la taberna de Pedro, en el único vaso de que disponían y que compartieron fraternalmente. La noche, que ya no era noche, sino amanecer, terminó con unas pocas libaciones más en otra taberna, la Pérola do Atlântico. Mi padre afirma que sus compañeros caboverdianos no les olvidarían fácilmente, no por la invitación a aguardiente, sino «…por juntar las alegrías y las penas, por estrechar sus manos, por beber en el mismo vaso, por unir las voces, por haberles dicho, ya el sol en el horizonte, que ante Dios no hay ni blancos ni negros ni portugueses ni españoles», que, por lo que deduzco, es una especie de exaltación de la amistad pero en entorno multiétnico, expresado en lenguaje actual. Estábamos en los albores (nunca mejor dicho) de 1951, recordémoslo.

Escribir tiene mucho de meter un mensaje en una botella. Y encontrar una botella con un mensaje dentro… para qué negarlo, es una cosa realmente emocionante.

LUIS ROMERO EN LA ISLA DE LA SAL

En la isla de la Sal estuvo a punto de terminar mi historia, que, oh paradoja, a pesar de que estuvo a punto de terminar, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado.

La ilha do Sal, surgida del fondo del Atlántico en tiempos geológicamente no tan remotos, está en el archipiélago de Cabo Verde, en su extremo nororiental por más señas y, en cuanto a tamaño, no es gran cosa: algo así como un tercio de Menorca, hectárea más, hectárea menos. Está situada entre el trópico de Cáncer y el ecuador, a una distancia prudencial del continente africano, y cuentan de ella que, a pesar de su origen volcánico, es plana como el dorso de la mano.

El otro día, mientras navegaba con rumbo sur y en el cuarto de derrota intentaba escoger el mejor rumbo para atravesar las calmas ecuatoriales, la ilha do Sal me ha miró desde la carta náutica; luego yo la miré a ella. Y nos sonreímos, como dos viejos amigos.

Así que he decidido visitarla. La maniobra me va a apartar de mi derrota unas decenas de millas, y me va a costar un retraso de unos centenares de puestos en la regata, pero es que parece inevitable sentirse atraído por el sitio en el que a punto de estuvo uno de no ser. He trasluchado y he puesto proa a la isla, con un rizo en la mayor, que el alisio estaba peleón, y el spinnaker bien trimado. La verdad es que, cuando he visto la isla, me ha invadido una emoción difícil de explicar: tenue, desconocida, medio ajena. Puede que sea el tipo de emoción que toca sentir cuando se llega a un sitio en el que nunca se había estado antes; un sitio en el que la historia de uno, esa que, oh paradoja, técnicamente, biológicamente, todavía no había empezado, estuvo a punto de terminar. Me repito, ya los sé; pido excusas.

He navegado a lo largo de sus costas occidentales, y hasta he echado el ancla para darme un baño y celebrar el reencuentro como se merece. Lo que pasa es que… bueno, que lo que he visto no me ha gustado mucho. La ilha do Sal a mí me la explicaron (concretamente, me la explicó mi padre) como un lugar apartado del mundo, poblado por criollos algo descendientes de portugueses y muy descendientes de esclavos negros, poco civilizado, entiéndase en el buen sentido, exótico, rozando lo misterioso, o puede que lo misterioso lo pusiera mi imaginación infantil. En ese lugar apartado del mundo había un aeropuerto en el que hacían escala los vuelos transoceánicos allá por los años cincuenta, supongo que para repostar. Pues bien: de todo eso ahora sólo queda el aeropuerto. El resto se ha convertido en un “paraíso turístico” (¿paraíso para quién?), con hospedajes de nombres tan apetecibles como Hotel Melià Tortuga Beach, Vila Do Farol Resort, Djadsal Holiday Club, Hotel Oasis Salinas Sea o Melià Dunas Beach Resort & Spa, entre muchos otros. Voy a ahorrarme cualquier comentario sobre sus dimensiones, estilo arquitectónico, integración en la cultura local y demás, que con los nombres ya pagan. Y yo que creía que en la ilha do Sal se hablaba el criollo de Cabo Verde… Colmo de desdichas, ni siquiera me recibe la voz densa y rica de Cesária Évora.

En el aeropuerto de la isla de la Sal aterrizó, creo que el 30 de diciembre de 1950, o tal vez fuera de 1949, el avión en el que viajaba quien unos años más tarde iba a convertirse en mi padre. Iba hacia la Argentina, para empezar allá, junto a la que unos años más tarde iba a convertirse en mi madre, un nuevo camino en un país nuevo. Ella tenía un prometedor futuro en publicidad, y había partido unos meses antes y él tenía un prometedor futuro en el mundo de los seguros; luego la vida incumpliría ambas promesas de manera muy satisfactoria para ambos, y para mí de paso, pero eso es otra historia.

El avión había despegado de Barcelona la madrugada anterior, y el plan de mi padre era haber pasado las Navidades con sus padres (esa parte se cumplió) y la Nochevieja con mi madre (esa se cumpliría menos, como se verá). A mi padre habían ido a despedirle dos buenos amigos (JC y REG; por cierto, REG aseguró más tarde y en mi presencia haber trepado a lo más alto del mástil de la torre de control para un postrer adiós agitando una gabardina, hazaña que mi padre, también en mi presencia, confirmó en cuanto a lo de la gabardina pero que rebajó a “una pequeña barandilla” en cuanto a lo del trepado); los tres habían aprovechado para pasar aquella última noche juntos en bares, tabernas y puede que algún cabaret, que sobre esto no se me dieron detalles, aunque seguro que también estuvieron sentados en bancos públicos y hasta paseando, que la economía de aquella época no daba para muchas alegrías. También fue a despedirle su padre, que se convertiría en mi abuelo unos años más tarde, y que tuvo que pagar el taxi de vuelta a los otros dos, sin un real después de la noche de farra. La madrugada era fría, muy fría, tan agresivamente fría como sólo saben serlo las madrugadas después de noches alegres en que toca despedirse, y seguro que triste, en distintos registros para cada uno pero muy triste para todos, que los viajes a América, en aquella época, no es que fueran sólo de ida, pero la vuelta solía demorarse. He evocado esta escena muchas veces, y me he imaginado a mi abuelo, contenido y serio, abrazando a mi padre, firme y próximo pero sin aspavientos, y encajando luego el sablazo del taxi sin enfado ni reproches. También me he imaginado a mi padre, con una mezcla abrumadora de sentimientos que soy incapaz de calibrar. Antes, cuando me imaginaba la escena, era un simple y curioso espectador. Más tarde, y sin desearlo conscientemente, me fui metiendo en el papel de mi padre. Ahora, cuando la evoco, el papel en el que me meto es el de mi abuelo.

Total, a lo que íbamos: el avión aterrizó según lo previsto en la ilha do Sal, donde los pasajeros descendieron, esperaron a que acabaran las operaciones de repostado, reembarcaron y se dispusieron a saltar el charco. El avión despegó, pero no felizmente. Algo se averió en los motores, o donde fuera, y en vez de enfilar hacia Sudamérica, se puso a dar largas vueltas sobre la isla. Avisados los pasajeros, hubo escenas de nervios, mientras mi padre veía por la ventanilla como el avión se deshacía de su combustible para aterrizar con menos peso y menos riesgo. Allá abajo, en medio de la isla, divisaba la pista donde se iba a jugar su destino (y el mío, pardiez, aunque él no lo supiera). La cosa podía acabar más o menos bien o muy mal; pero lo cierto es que el avión hizo su maniobra de aproximación correctamente y aterrizó con apenas unas cuantas sacudidas. Y la cosa acabó bien, como todos habrán deducido ya, que si hubiera acabado mal ni yo escribiría esto, ni mi padre hubiera sido mi padre, ni mi madre mi madre, ni siquiera mi abuelo hubiera sido mi abuelo, y nos hubiéramos perdido todos muchos buenos ratos.

Para terminar con la historia de mi padre, diré que pasó allá el fin de año de 1950 (o de 1949), y unos cuantos días más, mientras llegaba no sé qué pieza de no sé dónde. Pasó esos días alejado del resto del pasaje, con caminatas por la isla, conversaciones con los nativos, baños en aguas tibias y supongo que ensoñaciones sobre lo que le esperaba y quien le esperaba al otro lado del océano. La pieza llegó, el avión fue reparado, y el viaje continuó sin más problemas. Eso sí, llegó a Buenos Aires con cerca de una semana de retraso, y esa semana fue muy angustiosa para la que todavía no era mi madre, pues las noticias le fueron llegando tarde y mal, y estuvo varios días sin saber qué había sido del avión ni del trozo de su futuro que viajaba en él. A veces he intentado imaginar su reencuentro: nunca he podido, me emociono demasiado.

Vuelvo al presente, miro hacia la isla desde la cubierta de mi barco y sacudo la cabeza. Levo el ancla y doy vela. Hay que aprovechar la cola del alisio, que me estoy acercando a las calmas ecuatoriales.

Pronto la isla se empieza a hacer pequeña.

Me pregunto si uno puede sentir nostalgia de un sitio en el que no ha estado nunca. Porque si la respuesta es que no, entonces no sé qué es lo que siento ahora mismo.

Aclaración para incrédulos
Todo lo explicado en esta historia es rigurosamente cierto, salvo mi llegada a la isla a bordo de un velero de regatas. Que, seamos justos, tampoco es totalmente falsa. Es lo que tiene participar en regatas virtuales alrededor del mundo…