EL PUEBLO DEL RÍO (I)

Bebo sin placer mi segunda jarra de cerveza, mientras el sol inicia el descenso hacia poniente. Bebo como un deber, sin gusto ni alegría. El agotamiento, la tensión, el miedo, el dolor, embotan mis pensamientos; por eso tardo en entender qué es lo que me produce el malestar sordo que me invade. Al final, me doy cuenta de que cerveza y placer siempre han estado muy juntos a lo largo de mi vida, de manera que beber la una sin experimentar lo otro me enfrenta a una especie de disonancia que me desconcierta e incomoda. Aunque, por mi oficio, no soy muy dado a metáforas, esta disonancia me evoca algo parecido a la muerte del amor. Sacudo la cabeza para ahuyentar tan estériles pensamientos. Luego, contemplo con tristeza la jarra que acabo de vaciar, y con decisión, y también con resignación, la lleno por tercera vez. Escucho el gorgoteo de las aguas del río al fregar sobre el casco de nuestro barco embarrancado. En otro momento, ese gorgoteo hubiera sonado como una melodía gentil; ahora lo hace como un murmullo apremiante.

El día anterior habíamos sido atacados. A lo largo de nuestro viaje, no era la primera vez que sucedía, aunque probablemente sería la última. Justo en el momento en que la claridad del día, amorfa y blanda, empezaba a asomar por oriente, una horda de guerreros de caras oscuras había caído sobre nosotros. Al amparo de la oscuridad, se habían acercado a nado a nuestro barco, y habían trepado a bordo sin que los centinelas se apercibieran. En un abrir y cerrar de ojos, aquellos feroces guerreros estaban en cubierta dispuestos a darnos muerte a todos. Nuestros centinelas, cumpliendo por última vez con su deber, cargaron contra ellos y les detuvieron, aunque sólo por un corto espacio de tiempo; pero fue un tiempo suficiente para sacudirnos las últimas hebras de sueño y tomar nuestras armas. Los del Pueblo del Río somos valientes luchadores, y pongo a los dioses por testigos de que aquel día dimos fe de nuestra bravura. Enarbolando mazas y espadas, protegidos por nuestros escudos y yelmos, caímos sobre los asaltantes. La lucha fue cruenta, y muchos compañeros sufrieron heridas terribles; otros cayeron para no levantarse más. Pero cuando el sol alcanzó lo más alto del cielo, no quedaba un salvaje vivo a bordo: todos habían huido, habían sido lanzados por la borda o habían hallado la muerte a nuestras manos.

Pero no hubo tiempo, ni de hecho motivo, para cantar victoria. Agotados, magullados, cubiertos de sangre nuestra o de nuestros enemigos, vimos con horror que durante el combate nos habían cortado la estacha del ancla que nos sujetaba al lecho del río, lejos de las orillas. Ahora íbamos a la deriva, hacia unas rocas tras las que aquellos diabólicos enemigos estaban parapetados. Intentamos maniobrar la vela, armar los remos. Pero se desencadenó el infierno: nos dispararon negras flechas de afiladas puntas, nos arrojaron piedras, nos lanzaron extraños artefactos que esparcían un fuego maligno; incluso cayeron sobre cubierta serpientes venenosas que se retorcían en busca de las pantorrillas de nuestros combatientes. Cuando estuvimos más cerca, gruesos garfios de hierro hicieron presa en las bordas de la nave, para arrastrarnos y estrellarnos contra las rocas. Entonces, el grito de guerra del Pueblo del Río resonó entre los meandros, y nuestros arqueros lanzaron dardos con mortífera puntería para obligar a los enemigos a esconderse; mientras, algunos protegimos a los marineros con los escudos oblongos, para que pudieran maniobrar y apartar el barco de aquella trampa mortal. Luchamos con denuedo, y corrió nuestra sangre. Algunos hermanos murieron atravesados por flechas, otros ardieron como teas, otros perecieron empozoñados por la mordedura de los malditos reptiles. Hasta nuestro capitán murió: fue atravesado por un garfio metálico, arrancado de nuestro lado sin que pudiéramos evitarlo y arrastrado a las aguas, que se tornaron rojas, mientras él aullaba de rabia más que de dolor, y nos exhortaba por última vez a no desfallecer.

La cerveza de la tercera jarra baja por mi garganta, mientras las sombras se alargan. Al tragar, siento un dolor agudo en el costado, donde ayer fui alcanzado por una pesada jabalina. La coraza impidió que la jabalina me atravesara de parte a parte, pero el golpe me dejó sin respiración y muy probablemente con algo roto en mi interior. Pero ya no me importa el dolor, ni el del costado, ni el del desgarro del brazo, ni la herida de la mano, ni ninguno de los demás cortes y rasguños. Sólo me importa acabar mi tercera jarra, pues empieza a acercarse el momento de ir al encuentro de mi destino.

Cuando llegó la noche, nuestro barco yacía, escorado, sobre unos bancos de arena. Habíamos conseguido apartarnos de las rocas, apagar los incendios. Pero el precio había sido muy alto. El barco, como una bestia herida de muerte, había ido dando tumbos hasta embarrancar. Los muertos habían sido arrojados por la borda con todas sus armas, para que sus cuerpos reposaran en el fondo del río. Los heridos habían sido bajados a la bodega, sin esperanzas, pues las dos sanadoras que llevábamos a bordo empuñaron la espada para ayudarnos cuando la situación era más desesperada y habían caído durante el combate. Los demás, sin soltar las armas, apostados, pasamos las horas de oscuridad ojo avizor, en un duermevela tenso. Se veían antorchas ir y venir por las orillas, pero no hubo más ataques. Al alba, la misma claridad, amorfa y blanda que el día anterior nos había traído muerte y destrucción, nos trajo, esta vez, desolación y desesperanza. Estaba claro que nuestro barco ya no abandonaría su lecho de muerte arenoso, y aunque no se veía ni rastro de los guerreros de piel oscura, todos sabíamos que estaban dejando pasar el tiempo, y que aguardarían hasta que pudieran acabar con nosotros sin mucha resistencia. A bordo, los heridos no se quejaban; los demás no maldecíamos nuestra suerte ni nos lamentábamos: el Pueblo del Río sabe esperar la muerte en silencio.

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