EL PUEBLO DEL RÍO (y II)

(Primera parte en: El Pueblo del Río I)

Apenas me doy cuenta de que estoy sorbiendo mi cuarta jarra. Cae la tarde; los rayos del sol se reflejan sobre el agua, y todo adquiere unas tonalidades anaranjadas y plácidas. Dejo en libertad a mi pensamiento para que vague por donde más le plazca. Primero está un rato observando, con más curiosidad que sorpresa, el contraste entre nuestra situación, de dolor y de muerte, y lo apacible del lugar. Luego mi pensamiento va río abajo. En aquella dirección, no muy lejos ya, han de estar las enormes llanuras de agua que nadie de nuestro pueblo ha visto jamás. Lo sé, lo sabemos todos porque el día anterior al ataque habíamos capturado a un pastor que aseguraba situarlas a unos pocos días de marcha. Y mi pensamiento también lo sabe porque hay algo especial, indefinible, que flota en el aire. La cerveza me cuesta un poco más de tragar. El estómago empieza a hincharse; pronto estaré listo. Así que llamo a mi pensamiento y lleno mi quinta jarra.

Nuestro pueblo había vivido río arriba durante tanto tiempo que nadie sabía, ni mucho menos recordaba, desde cuándo, ni siquiera las Guardianas de la Sabiduría. Éramos el Pueblo del Río, y nuestras aldeas y ciudades se extendían por las orillas de aquella amplia corriente de agua que no cesaba de fluir. Era el nuestro un pueblo próspero, trabajador, respetado y temido por sus vecinos, con tiempo para la pesca y para la caza, para las cosechas y, cuando hacía falta, para la guerra. Pero también éramos un pueblo con tiempo para la música, para la poesía, para la filosofía, para ver crecer a nuestros hijos; y para el amor. El río era nuestro guía, nuestro sustento, nuestra fuerza. Las viejas tradiciones explicaban que el río era un gigantesco anillo por el que el agua daba vueltas y vueltas alrededor del mundo, movida por la fuerza de un Dios poderoso y benevolente. Y eso creíamos, y en las fiestas del solsticio nos tomábamos de las manos en círculo como tributo a ese Dios, a ese anillo de agua del que nos reclamábamos descendientes y vasallos. Y así había sido durante generaciones.

Pero sucedió que viajeros venidos desde lejanas tierras propagaron extrañas habladurías, y en esas habladurías se decía que el río no era eterno, sino que iba a morir en un charco de asombrosas dimensiones, un infinito de agua al que llamaban “mar”. A pesar de lo absurdo y blasfemo de tales historias, la inquietud se propagó como el fuego en la paja seca. Los rumores circularon, las discusiones subieron de tono. Hubo tumultos, y algunos extranjeros fueron agredidos. Finalmente, nuestra reina decidió averiguar la verdad. Así que ordenó a sus mejores guerreros, exploradores y navegantes que tomaran armas, pertrechos y provisiones en abundancia, y aparejaran la más sólida de sus naves. Ordenó que también se embarcaran dos sanadoras, un geómetra, el pintor más afamado, una poetisa, un cronista y una Guardiana de la Sabiduría buena conocedora de la naturaleza de las plantas y de los animales. Debíamos partir cuanto antes río abajo, y viajar tan lejos como fuera necesario, durante tanto tiempo como hiciera falta, para alcanzar esas aguas de inabarcable grandeza, si existían, y, si no existían, recorrer todo el río hasta volver a casa; o perecer en el intento.

El día de nuestra partida hubo una gran fiesta, y el Pueblo del Río se reunió para tributarnos una calurosa despedida. Iniciamos nuestro periplo, y mientras navegamos por aguas conocidas, los aldeanos nos saludaban al pasar, y a menudo nos entregaban regalos y nos escoltaban pequeños trechos con sus canoas. Pero poco a poco fuimos penetrando en lo desconocido, y las riberas se fueron tornando progresivamente hostiles. Seguimos río abajo durante muchas lunas, y enfrentamos peligros de todo tipo. Luchamos contra bestias salvajes y contra pueblos belicosos, arrostramos violentas tempestades, cruzamos rápidos en que los remolinos nos agitaron con furia mientras la espuma cubría el agua con su blancura amenazante. Superamos enfermedades, vencimos nuestros miedos, aplacamos el desánimo. Y al parecer habíamos llegado cerca, muy cerca; pero a la vez estábamos insalvablemente lejos.

La historia de nuestro periplo ya nunca será narrada, ni cantada, ni dibujada, ni los desiertos de agua medidos. El cronista agoniza en la bodega, el pintor fue alcanzado por las llamas, el geómetra murió a causa de unos miasmas. Es cierto que la poetisa monta guardia junto a mis compañeros; pero mucho me temo que antes de tener tiempo de componer canción alguna, compartirá con ellos su funesto destino. El mío será algo diferente.

Una suave brisa sube por el río. Miro río abajo, mientras empieza a oscurecer. No veo nada, pero detrás de aquellos recodos, detrás de aquellos árboles, me parece sentir la presencia de algo gigantesco y líquido. La brisa me trae un aroma apenas perceptible, pero sin duda embriagador; noto en la piel la llamada del infinito, la llamada de esas aguas que se extienden más allá de lo que alcanza la vista, más allá de lo concebible. Y no entiendo muy bien por qué, pero huelo a sal.

La quinta jarra de cerveza es un suplicio. Mi estómago, hinchado, se niega a admitir más líquido. El gas de la cerveza se mueve dolorosamente por mis entrañas, y yo aprieto las mandíbulas para que no se me escape por la boca. Es ya casi de noche.

Me despojo de la coraza, esta especie de segunda piel, que me ha salvado la vida, y miro con curiosidad la abolladura que ha causado la jabalina; por dentro hay sangre seca, es mi sangre. Pero no importa, esa sangre ya no la necesito para nada. Me quito las botas, el yelmo, y todo cuanto pudiera hacerme pesado en el agua. Hago un gesto a mi amigo, a mi hermano de armas, con quien hemos combatido cien veces codo a codo. Le he explicado mis designios, y le he pedido que me ayudara. No me ha hecho preguntas. Está preparado, y se acerca con una cuerda en la mano. Compruebo el nudo corredizo, asiento y le devuelvo la cuerda; luego le abrazo en silencio. Me subo a la borda del bajel, con las piernas colgando hacia fuera. En ese momento, aunque no los veo, sé que los demás han alzado sus espadas, en un gesto de despedida mudo. Inspiro profundamente. Hago una señal; entonces, mi amigo me desliza el nudo corredizo por el cuello, lo aprieta con todas sus fuerzas apoyando su rodilla en mi espalda, asegura la atadura para que no se afloje. Algo cruje cerca de mi garganta, pero no presto atención al dolor. Noto una presión terrible en el cuello; esa presión me tranquiliza, me da seguridad, la seguridad de que podré cumplir mi destino. Más deprisa de lo que yo creía, se me empieza a nublar el entendimiento. Con la última brizna de conciencia, me dejo caer al agua. Mi cuerpo flota sin necesidad de yo moverme. La corriente empieza a arrastrarlo, río abajo. Seré el primer hombre del Pueblo del Río en llegar al agua infinita, y habré cumplido las órdenes de mi reina.

Antes de cerrar los ojos para siempre, noto de nuevo, más intenso y próximo, lo que ya sé identificar como el hálito del mar.

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EL PUEBLO DEL RÍO (I)

Bebo sin placer mi segunda jarra de cerveza, mientras el sol inicia el descenso hacia poniente. Bebo como un deber, sin gusto ni alegría. El agotamiento, la tensión, el miedo, el dolor, embotan mis pensamientos; por eso tardo en entender qué es lo que me produce el malestar sordo que me invade. Al final, me doy cuenta de que cerveza y placer siempre han estado muy juntos a lo largo de mi vida, de manera que beber la una sin experimentar lo otro me enfrenta a una especie de disonancia que me desconcierta e incomoda. Aunque, por mi oficio, no soy muy dado a metáforas, esta disonancia me evoca algo parecido a la muerte del amor. Sacudo la cabeza para ahuyentar tan estériles pensamientos. Luego, contemplo con tristeza la jarra que acabo de vaciar, y con decisión, y también con resignación, la lleno por tercera vez. Escucho el gorgoteo de las aguas del río al fregar sobre el casco de nuestro barco embarrancado. En otro momento, ese gorgoteo hubiera sonado como una melodía gentil; ahora lo hace como un murmullo apremiante.

El día anterior habíamos sido atacados. A lo largo de nuestro viaje, no era la primera vez que sucedía, aunque probablemente sería la última. Justo en el momento en que la claridad del día, amorfa y blanda, empezaba a asomar por oriente, una horda de guerreros de caras oscuras había caído sobre nosotros. Al amparo de la oscuridad, se habían acercado a nado a nuestro barco, y habían trepado a bordo sin que los centinelas se apercibieran. En un abrir y cerrar de ojos, aquellos feroces guerreros estaban en cubierta dispuestos a darnos muerte a todos. Nuestros centinelas, cumpliendo por última vez con su deber, cargaron contra ellos y les detuvieron, aunque sólo por un corto espacio de tiempo; pero fue un tiempo suficiente para sacudirnos las últimas hebras de sueño y tomar nuestras armas. Los del Pueblo del Río somos valientes luchadores, y pongo a los dioses por testigos de que aquel día dimos fe de nuestra bravura. Enarbolando mazas y espadas, protegidos por nuestros escudos y yelmos, caímos sobre los asaltantes. La lucha fue cruenta, y muchos compañeros sufrieron heridas terribles; otros cayeron para no levantarse más. Pero cuando el sol alcanzó lo más alto del cielo, no quedaba un salvaje vivo a bordo: todos habían huido, habían sido lanzados por la borda o habían hallado la muerte a nuestras manos.

Pero no hubo tiempo, ni de hecho motivo, para cantar victoria. Agotados, magullados, cubiertos de sangre nuestra o de nuestros enemigos, vimos con horror que durante el combate nos habían cortado la estacha del ancla que nos sujetaba al lecho del río, lejos de las orillas. Ahora íbamos a la deriva, hacia unas rocas tras las que aquellos diabólicos enemigos estaban parapetados. Intentamos maniobrar la vela, armar los remos. Pero se desencadenó el infierno: nos dispararon negras flechas de afiladas puntas, nos arrojaron piedras, nos lanzaron extraños artefactos que esparcían un fuego maligno; incluso cayeron sobre cubierta serpientes venenosas que se retorcían en busca de las pantorrillas de nuestros combatientes. Cuando estuvimos más cerca, gruesos garfios de hierro hicieron presa en las bordas de la nave, para arrastrarnos y estrellarnos contra las rocas. Entonces, el grito de guerra del Pueblo del Río resonó entre los meandros, y nuestros arqueros lanzaron dardos con mortífera puntería para obligar a los enemigos a esconderse; mientras, algunos protegimos a los marineros con los escudos oblongos, para que pudieran maniobrar y apartar el barco de aquella trampa mortal. Luchamos con denuedo, y corrió nuestra sangre. Algunos hermanos murieron atravesados por flechas, otros ardieron como teas, otros perecieron empozoñados por la mordedura de los malditos reptiles. Hasta nuestro capitán murió: fue atravesado por un garfio metálico, arrancado de nuestro lado sin que pudiéramos evitarlo y arrastrado a las aguas, que se tornaron rojas, mientras él aullaba de rabia más que de dolor, y nos exhortaba por última vez a no desfallecer.

La cerveza de la tercera jarra baja por mi garganta, mientras las sombras se alargan. Al tragar, siento un dolor agudo en el costado, donde ayer fui alcanzado por una pesada jabalina. La coraza impidió que la jabalina me atravesara de parte a parte, pero el golpe me dejó sin respiración y muy probablemente con algo roto en mi interior. Pero ya no me importa el dolor, ni el del costado, ni el del desgarro del brazo, ni la herida de la mano, ni ninguno de los demás cortes y rasguños. Sólo me importa acabar mi tercera jarra, pues empieza a acercarse el momento de ir al encuentro de mi destino.

Cuando llegó la noche, nuestro barco yacía, escorado, sobre unos bancos de arena. Habíamos conseguido apartarnos de las rocas, apagar los incendios. Pero el precio había sido muy alto. El barco, como una bestia herida de muerte, había ido dando tumbos hasta embarrancar. Los muertos habían sido arrojados por la borda con todas sus armas, para que sus cuerpos reposaran en el fondo del río. Los heridos habían sido bajados a la bodega, sin esperanzas, pues las dos sanadoras que llevábamos a bordo empuñaron la espada para ayudarnos cuando la situación era más desesperada y habían caído durante el combate. Los demás, sin soltar las armas, apostados, pasamos las horas de oscuridad ojo avizor, en un duermevela tenso. Se veían antorchas ir y venir por las orillas, pero no hubo más ataques. Al alba, la misma claridad, amorfa y blanda que el día anterior nos había traído muerte y destrucción, nos trajo, esta vez, desolación y desesperanza. Estaba claro que nuestro barco ya no abandonaría su lecho de muerte arenoso, y aunque no se veía ni rastro de los guerreros de piel oscura, todos sabíamos que estaban dejando pasar el tiempo, y que aguardarían hasta que pudieran acabar con nosotros sin mucha resistencia. A bordo, los heridos no se quejaban; los demás no maldecíamos nuestra suerte ni nos lamentábamos: el Pueblo del Río sabe esperar la muerte en silencio.

TOCAN A MUERTOS

Tocan a muertos. Es un toque lento, solemne, contenidamente triste. Suena la campana grande, luego silencio, luego la pequeña, luego más silencio, luego otra vez la grande… El espacio entre tañidos da tiempo a que la nota se prolongue, se debilite y se extinga del todo, como si fuera el hálito de la persona que acaba de morir. El silencio se prolonga, hasta que se escucha la voz de la otra campana, que quedará en el aire unos instantes hasta que, a su vez, se extinga. Puede que sean los silencios los que dan al toque de muertos su aspecto fúnebre, su inequívoco marchamo de punto final.

 Cuando era niño y oía tocar a muertos, quedaba levemente sobrecogido, como en suspenso; pero era un sobrecogimiento efímero. Cuando era niño yo no sabía lo que era la muerte, y ni siquiera sabía que no lo sabía. La muerte era entonces algo que siempre les sucedía a los otros, y que significaba pena, llanto y ropas negras. Si tocaban a muertos estando en la escuela, el maestro nos hacía levantar y persignar; si oíamos tocar a muertos mientras estábamos jugando, deteníamos por un instante nuestros juegos, congelábamos nuestras risas sin saber muy bien por qué, y mirábamos hacia el campanario, como si allí pudiera esconderse la razón profunda de la muerte. Pronto volvíamos a nuestras batallas, exploraciones, pelotas o canicas, y nos olvidábamos del resto. Las voces de las vecinas, comunicándose el nombre del finado, formaban una especie de trasfondo sonoro al que prestábamos escasa atención.

Una vez iba corriendo (¿por qué tenemos tanta prisa cuando nos queda casi todo el tiempo del mundo?) en busca del medio cuartillo de aceite que mi madre me había encargado comprar en la tienda de ultramarinos del final de la calle. El tío Demetrio estaba sentado, como siempre (¿por qué tenemos tan poca prisa cuando el tiempo casi se nos ha acabado?), en la silla que solía sacar a la puerta de su casa. En aquel momento empezaron a tocar a muertos. El tío Demetrio se puso de pie y se quitó la gorra. Era un día de invierno, y el viento del norte barría el pueblo con su soplo helado. Yo dejé de correr, y le dije:

—Tío Demetrio, que se le va a enfriar la cabeza.

El respeto por los mayores seguía en aquel entonces unos cánones diferentes de los vigentes hoy en día; el tratamiento de usted era irrenunciable, pero al tío Demetrio era muy normal para nosotros, chiquillos, lanzarle pullas y cuchufletas, a las que solía reaccionar con gracejo y descaro. Vaya, una especie de esgrima inocente para prepararnos a lo que luego nos fuera a deparar la vida. Aquel día, el tío Demetrio me miró de una manera que aún hoy no sabría definir, y respondió, con una seriedad trascendente y concisa que nunca le había visto:

—Un difunto bien merece un poco de frío en mis sesos.

Y como puede que no me viera muy convencido, añadió:

—Cada vez que tocan esas campanas… Cada vez que muere uno del pueblo… El pueblo muere un poco. Nosotros morimos un poco. Bueno, tú un poco, yo un bastante.

Creo que fue la primera vez que pensé que, al fin y al cabo, eso de morirse no era sólo cosa de los otros. Así que me alejé al paso, sin contrarréplica, pues cuando uno está ante una gran verdad lo mejor es guardar silencio. Y mientras me alejaba estremecido por el frío del viento y por el frío de una muerte que acababa de mirar con otros ojos, el tío Demetrio seguía en pie, con la gorra en la mano, y yo me prometí que cuando las campanas tocaran por el tío Demetrio, me pondría en pie y me quitaría la gorra.

 Tocan a muertos con solemnidad y tristeza. Las dos notas, la de la campana grande y la de la pequeña nacen y se extinguen, sin cabalgarse, sin apremio, como simbolizando la intemporalidad en la que ha entrado el muerto.

 La vida dio algunas vueltas, y me llevó lejos de mi pueblo, a la ciudad, donde las campanas de las iglesias no tocan a muertos y los viejos de los bancos no se quitan las gorras, claro, por qué iban a quitárselas si las campanas de las iglesias no tocan a muertos, y ellos no mueren un poco, ni un bastante, con cada muerto, sino que mueren todo de golpe, al final. Pasó el tiempo, y pasaron cosas y más cosas, y hubo cosas que no pasaron, pero ni unas ni otras creo que importen mucho a nadie, ni siquiera a mí ya. Luego la vida dio algunas vueltas más, y volví al pueblo, que era ya otro pueblo, o tal vez el que era otro era yo. Ya nadie se acordaba del tío Demetrio, que había muerto sin que yo me quitara la gorra. Pero, eso sí: las campanas seguían doblando cuando se producía una muerte y yo, por algún motivo, empezaba a morirme un bastante, en lugar de un poco, cada vez que las oía.


Hoy tocan a muertos, de una manera especialmente solemne y triste. Puede que algún niño detenga un momento su juego. Puede que alguien se ponga en pie y se quite la gorra. Puede que ese mismo niño piense que la muerte es algo que sólo les sucede a los otros. No importa, tiempo tendrá de convertirse en uno de esos otros, como me he convertido yo, que descanso tranquilamente en mi ataúd, mientras el sonido de las dos campanas me envuelve y la gente del pueblo muere un poco, o un bastante, conmigo. Por primera vez en mi vida (¿o debería decir en mi muerte?) el toque de muertos no me estremece, sino que me acompaña.