LA HISTORIA MÁS HERMOSA JAMÁS ESCRITA

Érase una vez un padre que gustaba de leer historias a sus hijos. Y sus hijos gustaban de que su padre les leyera historias. Una vez acostados los niños, el padre se sentaba en el suelo, cerca de sus camas y abría el libro; con la lectura, se asomaban de la mano a las ventanas maravillosas de la fantasía. Así, juntos, corrieron aventuras sin fin, domeñaron sanguinarias fieras, descubrieron países secretos, se codearon con princesas y dragones, con piratas y buscadores de oro, desafiaron a brujos de gran poder y escucharon a sabios, anduvieron con seres fabulosos, contemplaron tesoros de inabarcable riqueza, exploraron templos olvidados, selvas y grutas, flotaron en el cielo y vivieron bajo el mar.

Pero sucedió que un día al padre se le ocurrió pensar lo bello que sería leer a sus hijos una historia que él hubiera imaginado y puesto en palabras. Y así decidió que iba a escribir una historia, pero no una historia cualquiera, sino la historia más hermosa jamás escrita, pues eso quería para sus hijos.

De manera que se sentó a su mesa con pluma y papel, y pensó y pensó, y luego siguió pensando. Pero por mucho que se esforzara, el papel siguió en blanco, pues ni el título había sido capaz de componer. Al ponerse el sol, guardó su pluma y su papel, y se fue a leer a sus hijos, como hacía cada noche. Mas una semilla de melancolía empezaba a germinar en su corazón.

Al día siguiente volvió a su papel en blanco, y con ahínco buscó frases para dar forma a ideas que no se le ocurrían. Al llegar la noche, apenas unos pocos trazos que nada querían decir ocupaban una esquina de su hoja. Aquella noche, mientras leía a sus hijos, se dio cuenta de que la melancolía era ya algo más que una semilla.

Y los días pasaron. El papel siguió en blanco, y la melancolía creció y creció, tanto creció que a aquel pobre padre le empezó a costar respirar. Así que decidió partir, en busca de esa historia que quería escribir y que iba a ser la historia más hermosa jamás escrita. Leyó a sus hijos por última vez, dejó una nota de despedida y se puso en marcha hacia donde había visto ponerse el sol.

Anduvo por fértiles valles, cruzó ardientes desiertos, navegó por mares tormentosos, vadeó ríos de turbulentas aguas, cabalgó por praderas infinitas y atravesó desfiladeros en montañas escarpadas y blancas. Pernoctó en posadas, hosterías, caravasares, ventas y campamentos. Habló con gente de toda condición, desde arrogantes príncipes que vivían en ostentosos palacios hasta humildes leñadores que moraban en oscuras cabañas. Y por las noches echaba de menos a sus hijos, y lloraba por las historias que no les leía, y echaba de menos a su esposa y lloraba por no tener junto a él su cuerpo suave y cálido, y su voluntad flaqueaba.

Pero por la mañana, fortalecida su voluntad, seguía adelante. Mas su porfiar resultó vano, y siguió sin hallar aquello cuya búsqueda le atormentaba. Hasta que llegó un día en que, hastiado por lo estéril de su jornada y al borde de la desesperación, abrió su corazón a un hombre sabio que vivía en una gruta de las montañas y que le había dado cobijo una noche de tormenta. Puede que en verdad no fuera a un hombre sabio a quien abriera su corazón, sino a un poeta sin rimas que halló en una taberna y con quien había compartido un par de jarras de vino caliente, de ese que hiere la cabeza y el alma. Incluso hay versiones apócrifas que sostienen que no fue ni en una gruta ni en una taberna, y que ni fue a un sabio ni a un poeta a quienes hizo partícipes de su infinito desasosiego, sino que fue en un pajar y a una ramera, entre cuyos brazos había corrido a refugiarse, enfermo de soledad y borracho de nostalgia.

Pero nada de eso importa, pues lo cierto es que el sabio cavernícola, o puede que fuera el poeta amante del vino, o tal vez la ramera complaciente, le dijo, le dijeron:

—Peregrino, tu búsqueda ha terminado. Presta atención a lo que has de hacer. Tu viaje no es sino un hilo, un hilo que has ido dejando detrás de ti. Debes tomar ese hilo entre tus manos, y, una vez lo tengas, lo agitas, lo revuelves, lo barajas, lo bates, lo desordenas. Atento ahora, pues el hilo se ha tornado en revoltijo. Al revoltijo le das un poco de forma, amasándolo, pero una forma cambiante y sin aristas. Luego añades aquí y allá tus sueños y tus miedos, y lo envuelves, aunque no del todo, con la música de las montañas y el susurro de las aguas. Después lo pueblas con cosas y gentes que hayas encontrado en tu camino, y también con cosas y gentes que no hayas encontrado pero hubieras podido encontrar, incluso con las cosas y gentes que eres incapaz de imaginar. Lo riegas más tarde con tu dolor y tu soledad, y haces crujir tus dientes y vibrar tus huesos para iluminarlo, lo calientas con tu sangre derramada, y dejas que fragüe con la tristeza amarga del recuerdo de tu esposa y de tus hijos. Finalmente, lo restriegas por los olores de los lugares maravillosos y horribles en los que has estado, cuya luz brilla, lo veo, en el fondo de tus ojos. Cuando hayas hecho todo eso, toma pues pluma y papel, y luego vuelve a casa en paz, pues habrás cumplido tu destino.

Y aunque el papel, que todavía llevaba en su zurrón, era ya más amarillo que blanco, y la tinta de su pluma estaba ya casi seca, el hombre se puso a escribir febrilmente, con tal entrega que pasaron setecientos treinta días y setecientas treinta noches antes de que pusiera el punto final a su historia. Y el día setecientos treinta y uno el sabio, el poeta y la ramera vieron y leyeron, y afirmaron que, sin duda, aquello era, con casi total seguridad, la historia más hermosa jamás escrita.

Y el hombre emprendió el camino de vuelta. Cuando llegó a su casa, su esposa, que estaba en la puerta, lo vio desde lejos y corrió hacia él. Ambos se abrazaron largamente y mezclaron sus lágrimas. Luego entraron en casa. El hombre apenas podía contener su impaciencia, esperando a que se hiciera la hora de ir a dormir, y el tiempo caprichoso decidió pasar despacio. Pero al final el sol se puso y llegaron las tinieblas, pero los hijos no acudieron. El hombre, extrañado, y con su obra en una mano un tanto temblorosa, le preguntó a su mujer. Con un suspiro, ésta respondió:

—Marido mío, tus hijos han crecido mientras estabas fuera. Ahora ya no necesitan tus historias para dormir. Ahora han partido para escribir ellos mismos la historia de sus vidas…

El hombre lloró en silencio, mientras un frío que parecía surgir de lo más profundo del invierno empezaba a crecer en sus entrañas.

Y para que el frío no se apoderara de él, arrojó al fuego las hojas escritas.


Addendum

Puede que si el hombre cuyas tribulaciones explico más arriba hubiera tenido un blog, su historia no se hubiera perdido y yo se la hubiera podido leer a mis hijos. Lo que aprovecho para recordar que mañana hará dos años y 81 entradas que habito, a ratos libres, este blog.

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