LA SERVILLETA AMARILLA

La mesa es pequeña, y está un poco apartada, y la mujer tampoco es que sea muy grande, y también parece apartada de casi todo, así que mesa y mujer hacen juego, y la mujer retira con desgana la servilleta amarilla que envuelve los cubiertos, esos cubiertos envueltos que le ha puesto el camarero, y se los ha puesto sin excesivo cariño, todo hay que decirlo, sin mirarla, pues según qué clientes no tienen derecho a cariño, ni a cortesía casi, a esos clientes se les pone el cubierto, se les pone el plato, claro, pero se les pone el plato como se le pone el tapón a una botella vacía, como se le pone el punto final a una instancia, piensa el camarero, aunque en realidad no lo piensa, ya se ha olvidado de la mesa, que hay que saber que el camarero ve sobre todo mesas, raramente ve las personas que se sientan a las mesas, especialmente si son mujeres como aquella, que en ese momento dispone ordenadamente los cubiertos al lado del plato único de su medio menú, sin derecho a bebida, que ya beberá luego del botellín que lleva en el bolsillo y que ha llenado en la fuente, sin derecho a postre, y es que las cosas no están para muchas alegrías, que suele decirse, aunque tampoco parece que fuera a haber mucha alegría en un poco de agua mineral y, pongamos, una manzana, digo yo, así que a falta de alegría estira su servilleta de papel, sí, la misma que envolvía los cubiertos, su servilleta de papel amarillo, suspira y ataca, sin prisa, ni placer, ni alegría, que eso ya habíamos dicho que no había, ataca el plato, y cumple así con su deber de alimentarse, atacar, cumplir su deber, qué marcial suena todo eso, pero, créanme, ustedes que no estaban allá, nada evocaba menos la milicia y el ardor guerrero que aquella pobre vieja en aquella mesa pequeña y apartada, cumpliendo su parte de un contrato que alguien debió firmar por ella un día, cosas que tiene no leerse la letra menuda, cumpliendo la parte que decía que debía alimentarse, y sí, ya no sé si lo había dicho o no, la mujer era vieja, no muy vieja, sólo razonablemente vieja, y la mujer razonablemente vieja comía en silencio, menuda obviedad que se me acaba de escapar, comía en silencio, por supuesto, cómo iba a comer la pobre, echando un discurso tal vez, si nadie la veía, si nadie la miraba, si los parroquianos atendían a sus asuntos, entre los que no estaba, por supuesto, nada que tuviera que ver con aquella mujer comiendo en silencio, ni siquiera el camarero la ve, sólo verá la mesa vacía cuando se vaya, y recogerá el servicio, que como no te he visto no me acuerdo, que dice el refrán, un poco adaptado, eso sí.

Y ustedes se preguntarán que cómo y por qué sé yo todo eso, y la respuesta es muy sencilla, tan sencilla como que yo pasaba cerca de aquel bar de mi barrio, y apoyé la cara contra el cristal, y me puse a mirar al interior en busca de unos coleguillas que a veces paraban allí, y como no estaban pues seguí mirando con descaro a mesas y comensales, que el descaro es prerrogativa de los que tenemos la virtud de ser jóvenes, virtud de la que, por cierto, carecía la mujer solitaria, como ya ha sido explicado antes, y anduve un rato mirando, mi nariz apretada contra el cristal, mis manos haciendo pantalla para evitar los reflejos, y por eso he podido explicarlo, pero sucedió que cuando empecé a quedarme sin descaro que derramar a través del cristal, me pareció que la mujer salía de su burbuja de indiferencia y silencio, y me miraba, y entonces yo también la miré, y mi descaro se tornó insolencia, y nos miramos un rato y un extraño frío empezó a recorrerme la espalda, e hice ademán de irme, pero entonces la mujer, súbitamente implorante, me suplicó, que no sé cómo pude escucharla a través del grueso cristal:

—Chico, eh, chico… Por favor… ¡Mírame! Necesito que alguien me mire y me vea. Si nadie me ve es que no existo, si no existo terminaré por desvanecerme… ¡Por favor!

—Maldita vieja… —mascullé casi para mis adentros—. A quién le importa que tú desaparezcas o aparezcas o te fulmine un rayo cósmico.

Y, con rabia, cerré los ojos, los cerré con todas mis fuerzas, pero sin apartarme del cristal, que quería que me viera así, cerrando los ojos de par en par, y sí, ya sé que fue un poco cruel, pero si el mundo no fuera un sitio un poco cruel los dioses se aburrirían infinitamente, es una idea que un día se me ocurrió en clase de religión, y seguí con los ojos cerrados un buen rato, y cuando por fin volví a abrirlos el camarero estaba recogiendo el plato y los cubiertos, y en el suelo había una servilleta amarilla un poco arrugada y no muy sucia.

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