NOMBRES CAÍDOS

 

—¡Papá, papá! —grita el niño, entrando atropelladamente en su casa a la vuelta del colegio—. Hoy nos ha dicho la maestra que el niño aquel, el que tenía tantas pecas, ya no volverá…

—Sí, Cristobalito —le contesta el padre removiéndose un poco incómodo en su butaca—, a Ernestito, el pobre… cómo decirlo… se lo han llevado los ángeles del Cielo y está con el buen Dios.

—Eso, Ernesto —murmura perplejo el niño sin acabar de entender muy bien lo que ha pasado.

***

—Oye, Catalina, hace tiempo que no veo al panadero jubilado, sabes quién digo, aquel viejo simpático de la gorra que se tomaba el cafelito aquí delante, no me acuerdo de cómo se llama… —mira el hombre interrogativamente a su joven mujer.

—Tadeo. Tadeo se llamaba, menuda cabeza la tuya, Cristóbal. Y claro que llevas tiempo sin verlo, como que se murió —le informa al punto Catalina, un punto pizpireta.

—Vaya, Tadeo… —dice Cristóbal, y se queda pensativo.

***

—Don Cristóbal… —intenta apremiarle la asistenta— dese prisa, o va a llegar tarde al médico. Mire, doña Catalina le está esperando en el recibidor…

—Que ya voy, que ya voy… —gruñe Cristóbal.

Y al ver asomar la cabeza de su mujer desde el recibidor le espeta:

—Digo yo que por esperar cinco minutos no le pasará nada al doctor ese… ese… como-se-llame, el de la barba gris, demonios.

Y responde Catalina:

—Bernardo, Cristóbal querido, te refieres al doctor Bernardo. Pero me temo que el doctor Bernardo no nos espera, ni nos esperará más, que se murió de un mal aire hace unos meses. Y seguro que su sustituto es un joven impaciente, así que apúrate.

—Claro, Bernardo, eso es… —masculla Cristóbal algo preocupado.

***

—Hija —pregunta Cristóbal con voz temblorosa a una mujer ya no demasiado joven—, no te lo creerás pero soy incapaz de recordar el nombre de tu madre.

—Papá…

A la hija, sorprendida, parece que le cuesta hablar.

—Papá… ¿Cómo no recuerdas el nombre de mamá, si hace un mes estaba todavía viva y a tu lado?

—Hija, hija…

La voz de Cristóbal se quiebra.

—Hija, no sé qué me pasa, no puedo, lo he olvidado…

—Catalina, papá, mamá se llamaba Catalina.

—Catalina… —solloza Cristóbal.

Las lágrimas resbalan mezcladas por sus mejillas; padre e hija están ahora unidos por un abrazo de náufragos.

***

—¿Alguien me podría decir cómo me llamo?

Pero ni siquiera el silencio responde a su pregunta.

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