SOLITARIO

La primera vez que los vi juntos estaban en la mesa de un café del barrio antiguo. A ninguno de los dos podía considerarle amigo; sólo coincidíamos, de tarde en tarde, en algunos lugares y situaciones, por lo que yo los tenía catalogados como “conocidos de saludo obligado y derecho a conversación breve”. De cada uno de ellos sabía lo justo, necesario y adecuado para poder ejercer, de terciarse, el derecho a conversación mencionado; es decir, conocía unas pocas de sus coordenadas vitales, como por ejemplo su nombre, modo de vestir, lugares que les gustaba frecuentar y cosas por el estilo, e ignoraba el resto. O puede que el resto lo hubiera olvidado, pues uno tampoco hace grandes esfuerzos por recordar cosas de los conocidos de saludo obligado y derecho a conversación breve, ni siquiera cuando la memoria es joven.

Me acerqué a su mesa. No se trataba de husmear el porqué de estar juntos, eso para mí carecía de interés. Pero me gusta ver caras conocidas. Tener gente a la que saludar me da una agradable sensación de pisar terreno firme, y hace que los lugares los sienta un poco más míos. Ellos no me vieron, así que tuve tiempo de observarlos. Estaban jugando a una especie de solitario, e iban disponiendo las cartas sobre la mesa. Las movían de un montón a otro, de una hilera a un montón, de un montón a una hilera, guiados por unas leyes que no supe adivinar, como no conseguí tampoco entender el objetivo final de los movimientos, si es que había algún objetivo final, me apostillé a mí mismo. Sus cuatro manos se movían vivazmente, y llevaban con gracia y determinación de un lado a otro, a través de caminos secretos regidos por secretos códigos que sólo ellos dos conocían.

Estuve un rato así, mirándolos, sin cumplir mi deber de saludo ni decidirme a ejercer mi derecho a breve conversación. Había algo, como una especie de burbuja que los incluía a ellos pero me excluía a mí, una delgada frontera que delimitaba un territorio al que yo no tenía acceso. Pasaron unos segundos, minutos tal vez, y la situación empezó a ser incómoda. Interrumpirlos era como entrar sin llamar, pero irme era un tanto desairado y ridículo. En esas estaba cuando, por suerte, uno de los dos, él o ella, no recuerdo, alzó la vista. Luego la alzó el otro, ella o él, tampoco recuerdo. En sus ojos noté algo que yo no esperaba, difícil de describir. Desde luego, había mucha felicidad. Una felicidad profunda y compartida, un chorro de felicidad que iba de los ojos de uno a los de otra, y de los ojos de otra a los de uno, una felicidad que no me incluía a mí, ni a mí ni al resto del mundo, todo hay que decirlo, y de la que, claramente, el solitario no era la causa, aunque puede que sí el instrumento. Mentiría si dijera que noté rechazo, o fastidio. Ambos sonrieron, me saludaron, incluso cálidamente. Un poco descolocado, aproveché mi rapidez de reflejos y les dije, sin más preámbulos:

—Haciendo un solitario en compañía… ¡oh sublime paradoja!

Su sonrisa se hizo más amplia, respondieron algo que no recuerdo. Pero la burbuja seguía ahí, no habían abierto la puerta. Así que pretexté unas vagas y urgentes ocupaciones, me despedí y me batí en retirada con un regusto dulceamargo, que la felicidad es dulce, pero que fuera una felicidad por completo ajena a uno siempre deja un poco de amargura, oh cruel egoísmo.

Archivé el asunto en algún rincón de la memoria, y casi me había olvidado de él cuando, al cabo de un tiempo, aquella pareja dio que hablar. Al parecer, la historia no había acabado bien. La chica era de buena y acomodada familia, y su buena y acomodada familia tenía para ella ciertos planes que no incluían relación alguna, ni ilícita ni, mucho menos todavía, lícita, con un joven de familia de inmigrantes, sin posición, ni alcurnia, ni beneficio conocidos, ni, por supuesto, desconocidos. Nunca supe los detalles, pero me contaron que se habían prohibido los encuentros, que se habían erigido muros y alambradas, sociales, claro, y que las salidas y paseos fueron vigilados. Se terminó por enviar a la chica a un caro pensionado extranjero, y como esto no es una novela rosa, pues eso, que se produjo la ruptura. También me explicaron que él se lo había tomado con frialdad, con mucha frialdad. Y hasta me pareció percibir un atisbo de crítica por el hecho de que el chico no hubiera tenido el decoro de actuar como se debe en estos casos, es decir, por no haber raptado a la chica, ni haberse dado a la bebida, ni haber escrito poemas desesperados, ni, siquiera, haberse cortado las venas.

Pasado un tiempo, volví a verlo. Estaba él solo, sentado en la mesa de otro café, una mesa que se me antojó más pequeña que la otra, puede que más oscura también. Sobre la mesa, las cartas se movían de montón a montón, aunque parecía que pesaban más, que los movimientos eran menos decididos, más torpes e imprecisos. Estuve un buen rato observándolo, sin atreverme a acercarme. Durante ese rato, los montones crecían y decrecían, las hileras se formaban y disolvían, pero todo parecía, esta vez definitivamente, carente de cualquier objetivo final. Al final, me decidí. Junto a él, y como no alzaba la cabeza, después de un breve carraspeo, no tuve mejor idea que decir:

—Debe de ser apasionante, este juego…

Me miró con una mirada vaga e inexpresiva, muy distinta de la que le había visto tiempo atrás. Y respondió:

—No… qué va. Es el juego más soso y aburrido que jamás se haya inventado.

Sentí una especie de escalofrío, y emprendí la retirada, esta vez sin pretexto alguno.

Él siguió llevando y trayendo cartas de allá para acá.

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