MIS MEMORIAS (y IV): EPÍLOGOS

Epílogo en tercera persona

Virgilio estuvo así escribiendo páginas y páginas, pergeñando unas memorias que, en los momentos de euforia, él consideraba ricas y entrañables, magníficas en su clara sencillez, llenas de humor, lucidez y ternura; y en los de no tanta euforia, vanas, vacías, insulsas, desestructuradas y hueras.

Y sucedió que de tanto acumular vida escrita, Virgilio un buen día notó algo en el pecho, como una leve dificultad al respirar. Dejó pasar un tiempo, pero la dificultad no remitió. Los días siguientes, la dificultad fue sustituida por un malestar insistente, el malestar no tardó en tornarse opresión, la opresión dio paso al dolor, el dolor se hizo angustia. Y cuanto más escribía más fuerte era la opresión, más cruel el dolor, más profunda la angustia.

Virgilio pronto entendió que la causa del mal era el peso de sus memorias, que se había hecho aplastante, que la causa del mal eran sus recuerdos, que se habían transformado en cadenas y grilletes, aquellos recuerdos voluminosos y excesivos que le aprisionaban, y que, además, había tenido la mala idea de engordar con licencias y mixtificaciones.

A Virgilio sólo le quedaban dos alternativas: dejarse morir o liberarse. Pensó que dejarse morir asfixiado por su propia historia sería sin duda un final maravilloso y muy literario, que le haría ganarse para siempre un lugar en el corazón de sus lectores. Virgilio suspiró, seducido por la épica íntima implícita en ese posible final, y a la vez suspiró porque se sabía incapaz de acometerlo, ni por acción ni por omisión.

Virgilio optó pues por la huida. Así que se puso a borrar, a romper, a quemar, a quemar sobre todo, hoja escrita tras hoja escrita, eliminando uno a uno los capítulos en que había ido envolviendo su vida, yendo hacia los cimientos, en busca del orfanato en el que no había nacido, en busca de la improbable comadrona que le palpó por primera vez, plano cenital incluido.

Y yo, señores, yo, tercera persona, narrador omnisciente que les está explicando este final, quiero dejar fehaciente testimonio que aquella hoguera en la que ardían las páginas de la vida del que dijo ser y llamarse Virgilio exhalaba un insólito olor de bacalao al pilpil. De la misma manera, yo, narrador omnisciente gracias al cual van a enterarse del final de todo esto, quiero dejar igual de fehaciente constancia que cuando a Virgilio le llegó el turno de entregar al fuego purificador las páginas en que con todo lujo de detalles y sonido de atambores se narraba la batalla a orillas del Don, en vez de proceder priomaníacamente, como con las demás, las dejó de lado con disimulo, pensando que nadie le veía. Mala suerte la suya, los narradores omniscientes nos enteramos de todo. Y no pude menos que compadecerle: pobre hombre, el único recuerdo que quiso conservar ni siquiera tenía una pizca de realidad.

Llama a llama, chispa a chispa, Virgilio pudo respirar más libremente. Y como creía firmemente que todo hombre debía dejar alguna memoria para la posteridad, él decidió dejar una memoria compuesta de silencios, los muchos silencios de su vida, mucho más llevaderos y livianos que todo lo escrito. Claro que quién va a querer leer el silencio.

Lo que a pesar de mi omnisciencia no sé explicar, y quedará como misterio consolidado, es por qué algunos retazos de las memorias de Virgilio aparecieron un buen día en el blog absurdo de un descarriado biólogo. Lo poco que queda de las memorias de Virgilio está ahí. Ahí y en el epílogo que me dictó y que a continuación transcribo.

Epílogo en primera persona

“Yo, Virgilio, siempre he hecho las cosas a medias. Cuando consideré que mi vida era una especie de proyecto inacabado, me escribí para acabarme. El resultado es que terminé por estar demasiado acabado. Decidí entonces desaparecer y hacerme silencio. Pero tampoco he conseguido desaparecer del todo, y unas briznas de mi vida han quedado atrapadas en este absurdo lugar del éter llamado blog. Lectores, debo despedirme de ustedes, pues ya no serán nunca mis lectores. No me hagan caso y olvídenme cuanto antes.”

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3 pensamientos en “MIS MEMORIAS (y IV): EPÍLOGOS

  1. el otro día me explicaron en clase, hablando de Brás Cubas, que la autobiografía más comlpeta, la que cuenta la vida entera de alguien (desde el momento de nacer hasta el de morir, ambos incluidos) es la que se hace después de muerto, la autobiotanatografia…

    vaya palabro

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