CONVERSACIÓN AL CAER LA NOCHE

Éranse una vez tres amigos, o podrían haber sido tres amigas, que tanto da, pero no combinaciones híbridas entre las dos posibilidades anteriores, y como ya hemos dicho que tanto da, para simplificar pondremos que fueran amigos, tres pequeñas personas que trenzaron los hilos de su niñez en esa felicidad cándida que da la primera edad, pero ya aviso que no va de eso la historia, así que pasaremos rápido a cuando la niñez y sus derivados inmediatos hubieron acabado, y entonces vivieron su edad adulta según lo que mejor supo hacer y entender cada uno, y el trenzado se deshizo, puede que dejara un hilillo aquí y otro allá, pero la cosa es que la vida los llevó por distintos caminos, a cada uno según su naturaleza y talentos, o puede que fueran ellos los que llevaron su vida, cada uno según su leal saber y entender, que sobre este punto no hay acuerdo, pero tal como antes, tanto da, y pasó el tiempo, que en eso la vida sí fue igual para todos, y cuando se asomaron las nieves del último invierno, o, va de metáforas, la noche estaba ya cayendo, se reunieron los tres en amable cónclave y hablaron de esto y de lo otro, y de la bondad del camino que cada uno había escogido, o que le había sido asignado, que ya he dicho que sobre esto no hay acuerdo, ni tiene tampoco gran importancia, cosa que también he dicho.

Y empezó uno:

—La revolución es la forma más elevada del cambio. El cambio es movimiento, el movimiento es vida: la inmovilidad es la muerte. La sociedad que no cambia está muerta. Yo he movido al mundo. La humanidad vive porque se mueve, y se mueve gracias a los que nos encaramos con el orden establecido, con el poder que sólo se ama a sí mismo, y le decimos: “¡basta ya!”. Nosotros, los revolucionarios, miramos más allá de las mentiras que los que mandan tejen para seguir mandando, vemos más allá del humo que todo lo tapa, y en nuestra mirada florece el futuro, un futuro diferente. Y si el futuro es diferente es que hay cambio, si hay cambio hay movimiento, si hay movimiento hay vida. Mi vida ha sido dar vida. O al menos intentarlo.

Y siguió el segundo:

—El viaje, la aventura, es la más alta expresión de la fuerza que llevamos dentro, es lo que hace latir nuestro corazón y nos lleva más allá. Explorar las fronteras, las fronteras de lo que llamáis progreso, de lo que llamáis civilización: esa ha sido mi vida. Yo me he aventurado en mundos de reglas desconocidas y cambiantes, en mundos en que la regla es que no hay reglas. He visitado territorios, paisajes, culturas en que todo es diferente e imprevisible. Me he empapado de esos mundos que no se parecen en nada al que creéis único y verdadero, me he saciado de las maravillas que están ahí, simplemente esperando que alguien tenga la audacia de ir a recogerlas. Mi vida ha sido beber de ese vaso embriagador que me ofreció la vida.

El tercero permanecía callado, pensativo, retraído.

—Bueno, ¿y tú? —le preguntaron al final.

—Pues yo —dijo titubeando—, yo, como el mundo tenía que seguir girando mientras los inconformistas nos hacíais avanzar con vuestras revoluciones, y los aventureros vivíais vuestra vida intensa cerca de las fronteras, me he dedicado a las pequeñas cosas que tenían que ser hechas. Nosotros, los conformistas, nos dedicamos a mantener todo en orden y en marcha, pues, de no ser por nosotros, no habría órdenes establecidos que subvertir ni siquiera fronteras que explorar. Para eso estamos los conformistas: para que, mientras unos hacen revoluciones y otros viven aventuras, las cosas sigan en su sitio y funcionando. Así ha sido mi vida.

Tras un momento sin decir nada, los tres se abrazaron en silencio.

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—Papá… ¿qué haces hablando sólo?

Y el anciano muy anciano sentado en el sillón junto a la ventana respondió:

—Nada, hijo, era sólo una conversación entre mis yoes.

Afuera, caía la noche.

MIS MEMORIAS (y IV): EPÍLOGOS

Epílogo en tercera persona

Virgilio estuvo así escribiendo páginas y páginas, pergeñando unas memorias que, en los momentos de euforia, él consideraba ricas y entrañables, magníficas en su clara sencillez, llenas de humor, lucidez y ternura; y en los de no tanta euforia, vanas, vacías, insulsas, desestructuradas y hueras.

Y sucedió que de tanto acumular vida escrita, Virgilio un buen día notó algo en el pecho, como una leve dificultad al respirar. Dejó pasar un tiempo, pero la dificultad no remitió. Los días siguientes, la dificultad fue sustituida por un malestar insistente, el malestar no tardó en tornarse opresión, la opresión dio paso al dolor, el dolor se hizo angustia. Y cuanto más escribía más fuerte era la opresión, más cruel el dolor, más profunda la angustia.

Virgilio pronto entendió que la causa del mal era el peso de sus memorias, que se había hecho aplastante, que la causa del mal eran sus recuerdos, que se habían transformado en cadenas y grilletes, aquellos recuerdos voluminosos y excesivos que le aprisionaban, y que, además, había tenido la mala idea de engordar con licencias y mixtificaciones.

A Virgilio sólo le quedaban dos alternativas: dejarse morir o liberarse. Pensó que dejarse morir asfixiado por su propia historia sería sin duda un final maravilloso y muy literario, que le haría ganarse para siempre un lugar en el corazón de sus lectores. Virgilio suspiró, seducido por la épica íntima implícita en ese posible final, y a la vez suspiró porque se sabía incapaz de acometerlo, ni por acción ni por omisión.

Virgilio optó pues por la huida. Así que se puso a borrar, a romper, a quemar, a quemar sobre todo, hoja escrita tras hoja escrita, eliminando uno a uno los capítulos en que había ido envolviendo su vida, yendo hacia los cimientos, en busca del orfanato en el que no había nacido, en busca de la improbable comadrona que le palpó por primera vez, plano cenital incluido.

Y yo, señores, yo, tercera persona, narrador omnisciente que les está explicando este final, quiero dejar fehaciente testimonio que aquella hoguera en la que ardían las páginas de la vida del que dijo ser y llamarse Virgilio exhalaba un insólito olor de bacalao al pilpil. De la misma manera, yo, narrador omnisciente gracias al cual van a enterarse del final de todo esto, quiero dejar igual de fehaciente constancia que cuando a Virgilio le llegó el turno de entregar al fuego purificador las páginas en que con todo lujo de detalles y sonido de atambores se narraba la batalla a orillas del Don, en vez de proceder priomaníacamente, como con las demás, las dejó de lado con disimulo, pensando que nadie le veía. Mala suerte la suya, los narradores omniscientes nos enteramos de todo. Y no pude menos que compadecerle: pobre hombre, el único recuerdo que quiso conservar ni siquiera tenía una pizca de realidad.

Llama a llama, chispa a chispa, Virgilio pudo respirar más libremente. Y como creía firmemente que todo hombre debía dejar alguna memoria para la posteridad, él decidió dejar una memoria compuesta de silencios, los muchos silencios de su vida, mucho más llevaderos y livianos que todo lo escrito. Claro que quién va a querer leer el silencio.

Lo que a pesar de mi omnisciencia no sé explicar, y quedará como misterio consolidado, es por qué algunos retazos de las memorias de Virgilio aparecieron un buen día en el blog absurdo de un descarriado biólogo. Lo poco que queda de las memorias de Virgilio está ahí. Ahí y en el epílogo que me dictó y que a continuación transcribo.

Epílogo en primera persona

“Yo, Virgilio, siempre he hecho las cosas a medias. Cuando consideré que mi vida era una especie de proyecto inacabado, me escribí para acabarme. El resultado es que terminé por estar demasiado acabado. Decidí entonces desaparecer y hacerme silencio. Pero tampoco he conseguido desaparecer del todo, y unas briznas de mi vida han quedado atrapadas en este absurdo lugar del éter llamado blog. Lectores, debo despedirme de ustedes, pues ya no serán nunca mis lectores. No me hagan caso y olvídenme cuanto antes.”

MIS MEMORIAS (III)

Cosas del lenguaje

Oye, que me he dado cuenta, leyendo por ahí, de que lo de escribir con anglicismos es muy cool, pero que debería respetar un poco más la lengua de mis mayores. Así que diré analepsis en vez de flash-back, música relajante en vez de música chill-out, superventas en vez de best-seller, mercadotecnia en vez de marketing, guay (o chévere, o padre) en vez de cool, batallón en vez de sotnia y no tengo ni idea de cómo diré tai-chi. Así seguro que se me entiende mejor.

Nota (de importancia regular, lo digo sobre todo por el título del siguiente apartado). Cuando, tras mucho buscar, estaba dudando entre llamar al tai-chi “principio generador supremo”, “lo ilimitado” o “energía del universo”, una buena amiga me hace notar que tai-chi no es un anglicismo, en qué estaría yo pensando. Y que sotnia tampoco, cosa que, pero, e tenía menos preocupado. Sea como sea, respiro con alivio.


Nota importante

Debo repasar cuidadosamente todo lo escrito. Lo de amasar mi primer millón era una licencia, una más, pero como llegue a oídos de los inspectores de Hacienda, o de mi banquero, al que debo todavía unas cuotas de amortización de un préstamo, me busco la ruina. Malditas licencias. Pero las licencias son la sal de las memorias; esta es otra frase memorable que se me acaba de ocurrir y deslizaré en alguna parte, puede que en el prólogo.


Salvad al Don

La verdad, de repente me ha dado mucha pena prescindir de la escena de la batalla a orillas del río, que me estaba quedando muy propia, muy auténtica, dramáticamente humana, cómo me gusta echarme piropos. Claro que hasta que ustedes, queridos lectores que todavía no existen pero existirán cuando lean esto, puedan alabarme, yo debo encargarme en solitario de la sección de halagos y parabienes, que no sólo de pan vive el escritor de sus memorias. Bueno, pierdo el hilo. A lo que íbamos: que lo de la batalla lo he de aprovechar sin falta, como sea. Pienso… Ya lo tengo: mientras intento escribir un capítulo, ante la hoja en blanco que me mira desafiante, me quedo dormido. Sueño con galopes, sables desnudos, frío, un río muy ancho que transporta bloques de hielo. Al despertar contemplo, incrédulo, cómo la hoja ya no está en blanco, sino que contiene, de mi puño y letra, el relato de la batalla. Y no me negarán, queridos lectores (cuando los tenga serán queridos, sin duda) que la cosa es surreal, levemente desazonadora: simplemente brillante.

Nota de importancia secundaria. He de aflojar un poco en el tema de la densidad de autoalabanzas.


Cuñas insólitas

Brás Cubas, en sus memorias, introduce de vez en cuando un episodio insólito, que no viene a cuento: una mosca que se intenta comer a una hormiga que le muerde una pata, por ejemplo; o una doctrina filosófica pintoresca: el humanitismo. Son como pequeños entremeses refrescantes que desconciertan al respetable, que después de leerlos regresa al texto con interés renovado; debo intentar emular eso. Lo que pasa es que no se me ocurre nada. He perdido una hora intentando imaginar una escena con una pastilla de jabón en la bañera, una alegoría intuitiva y deslumbrante, he pensado. Hasta que me he convencido de que era, sencillamente, una banalidad estúpida (o una estupidez banal, vaya usted a saber). Demonios, nadie me había avisado de lo mucho que costaba tener buenas ideas.


Momentos de desánimo

En vez de seguir escribiendo mis memorias, repaso lo que ya he escrito. Craso error. Todo me parece ahora mezquino, mediocre, gris. ¿Alguno de ustedes, queridos lectores, ha cocinado bacalao al pilpil? ¿Y cuando creía que todo iba bien tras un buen rato de agitar rítmicamente la cazuela, y de ver crecer poco apoca una salsa densa y cremosa, promesa firme de placeres gustativos sin fin, ha contemplado con horror su inapelable desagregación en unos elementos oleosos heterogéneos y llenos de grumos, prueba palpable de lo mucho que faltan a sus promesas ciertas salsas? Pues mis memorias me parecen ahora un bacalao al pilpil fracasado que nadie querrá catar.


Un poco mejor

La metáfora anterior me ha hecho sonreír. Estoy seguro de que nadie, ni Machado de Assis, ni siquiera el Biólogo Descarriado, ha comparado nunca unas memorias con un bacalao al pilpil. Este hallazgo literario me da ánimos y me empuja a seguir.


Deberes pendientes

A todo esto todavía no se me ha ocurrido todavía ninguna buena razón por la cual mis padres hubieran querido llamarme Virgilio. Se lo preguntaría, si no fuera porque al no llamarme Virgilio la pregunta es posible que les cause cierta sorpresa. Es un problema que debo resolver o el primer capítulo queda comprometido. También he de pensar más frases profundas para el capítulo de filosofía. Se me acumula el trabajo.


Vejez

Este es un capítulo de sentimientos contenidos: sereno, intenso pero no desgarrado. En él, muestro una aceptación melancólica de mi senectud, mezclada con una mirada lúcida sobre mi vida y el mundo. Y finalmente explico cómo encaro la enfermedad que va a acabar con mis días. Tengo que asesorarme, ha de ser una enfermedad no muy cruel, no muy larga, tampoco demasiado fulminante, que dé tiempo a unas últimas reflexiones, y que pueda terminar como una especie de clímax encubierto. Pero nada que resulte lacrimógeno ni melodramático, que mi superventas ha de mantener unos niveles mínimos de calidad literaria y humana. Y morirse como los lectores esperan de uno no es nada fácil; habrá que afinar.


Vida familiar

Antes de llegar a la vejez tengo que hablar de mi familia. Padres, mujer, hijos. Mis hijos no me perdonarían que no les mencionara, sobre todo porque fue uno de ellos quien me regaló el libro de las memorias de Brás Cubas. Luego abuelos y abuelas, tíos, tías, primos, sobrinos, familia política. Ay de mí si me dejo a a alguien. .

De lo que me estoy dando cuenta es de que escribir unas memorias da un montón de trabajo y de que te obliga a tomar un montón de decisiones. En mala hora me metí en esto.

Se me ocurre de pronto que a lo mejor este tema espinoso-familiar lo podría solucionar mediante una licencia de esas, explicando que empecé en un orfanato, y que no me casé ni tuve hijos; y es que las licencias son a las memorias lo que los comodines a los juegos de cartas.

Maldita lógica: esta solución no es viable, ya que si fuera así nunca sabría por qué me llamo Virgilio.