MIS MEMORIAS (II)

Remordimiento de cabeza

Me despierto con un fuerte remordimiento de cabeza y mucho dolor de conciencia, qué raro, no me acaban de casar esas expresiones, será mucho remordimiento de cabeza y fuerte dolor de conciencia, pues tampoco, ya lo aclararé cuando esté más lúcido. Hay también otros síntomas menores que me abstendré de enumerar porque a estas alturas cualquier cosa que escriba será usada en mi contra.

Spleen y melancolía

En mi estado, me veo casi obligado a hablar de la bilis negra, de la angustia de existir, de la melancolía profunda, sin objeto e irrecuperable. Un intento de suicidio puede completar un cuadro muy atractivo y hacerme ganar lectores.

Intento de suicidio

Hago memoria, y por mucho que busque y rebusque en mi pasado no recuerdo ni una brizna de pensamiento, ni mucho menos de intento, de suicidio. Dicho intento está, por lo tanto, en el futuro. Así que manos a la obra: ni corto ni perezoso, abro la ventana, me subo al alféizar, respiro la brisa con anticipada sensación de pérdida, dejo que el sol me acaricie por última vez, pienso que hoy es un buen día para morir y salto. Caigo bastante dignamente sobre la hierba del jardín, medio metro más abajo. Vuelvo a entrar en casa. Ya está, ya tengo el intento. Y es que la vida hay que vivirla intensamente, en primera persona.

Por si acaso, voy a prepararme un café bien cargado, no vaya a ser. Y además me tomo dos alka-seltzer y un neurocalm, me pongo música chill-out y hago unos movimientos de tai-chi.

Una vida en primera persona

Estas memorias están sacando lo mejor de mí, y estoy escribiendo frases que ni siquiera sabía que sabía escribir. Vean esta: “y es que la vida hay que vivirla intensamente, en primera persona”. No me negarán que tiene un no sé qué de ritmo, de energía. Enardecido por mi propia frase, decido salir a la calle a vivir una aventura que merezca un capítulo destacado. Y es que la vida hay que vivirla en primera persona, decididamente, perdonen que me repita, pero un hallazgo literario como este hay exprimirlo a fondo.

Un momento de desconcierto

Como he dado casi dos vueltas a la manzana y no ha pasado nada, vuelvo a casa un poco decepcionado. No sé muy bien por dónde seguir…

Proyectos para la infancia

Por suerte me doy cuenta de que la infancia había quedado pendiente de flash-back, y eso me salva del vacío creativo. Será exactamente en el momento más expansivo y exitoso de mi vida, el momento en que termino de amasar mi primer millón. Será entonces, pues, cuando evoque mis primeros años. Eso sí, he de reconocer que mi infancia fue razonablemente feliz, y eso no es buena materia prima para un best-seller. Así que deberé recurrir de nuevo a licencias prosaicas, y recordar cuando iba a robar madera a las obras para alimentar la lumbre de nuestra pobre choza, versión así medio lírico-rural, o cuando ayudaba al sustento de mi familia recogiendo colillas en el metro, versión más sórdido-urbana. O las dos, ancha es Castilla. También puedo explicar cuando murió mi pobre madre después de cedernos todas sus raciones de comida durante la temible hambruna de posguerra. Claro que para esto antes he de pedirle permiso, que con su buena salud igual se asusta al verse muerta, por muy licenciada que sea su muerte; espero que entienda que son necesidades del guion, servidumbres del marketing literario.

De nuevo Virgilio

De repente resuelvo una cuestión que me tenía medio ofuscado, véase algunos capítulos más arriba. El dolor era en la cabeza, y el remordimiento, por exclusión, tenía que ser en la conciencia. Del dolor de cabeza prefiero no hablar ahora, y lo del remordimiento viene, seguro, de mi nombre putativo, Virgilio. Pienso que si esto han de ser unas memorias y distorsiono la realidad para que me quede una narración apañadita y primorosa, luego los estudiosos que indaguen en mi vida pueden quedar desconcertados y la verdad histórica comprometida.

Tras un rato de estupefacción dándole vueltas al asunto, concluyo que es altamente improbable que nadie indague en mi vida, absolutamente irrelevante para la historia y para casi todo lo demás. Declaro pues bula de licencia y empiezo a perfilar un capítulo sobre cómo conseguí derrotar a las hordas tártaras con un puñado de incondicionales valientes a mis órdenes.

Victoria a orillas del Don

El alba, pesada y fría, húmeda y blanda, empezaba a apoderarse del campo de batalla. Ocupábamos la parte más alta de una colina cuyos flancos la escarcha blanqueaba, y que pronto la sangre iba a enrojecer. Los caballos de mis hombres piafaban nerviosos, emitiendo nubes de vapor por sus ollares. Yo, impasible, flotando sobre la tensión contenida de aquellos terribles momentos, tenía la vista fija en la caballería enemiga, que empezaba a llegar a nuestro lado del río. Empecé a recorrer con fría calma, al paso, las filas de nuestros soldados, la sotnia puesta bajo mi mando por nuestro atamán. Con deliberada lentitud desenvainé mi sable curvo y con él señalé a los tártaros. Mantuve mi brazo extendido unos segundos, luego alcé el mortífero acero y…

Me interrumpo y recapacito. Me parece que estoy yendo demasiado lejos, esto es una licencia de tal calibre que mina gravemente mi credibilidad. Decididamente lo borro, me digo, mientras el retronar de los cascos de los caballos lanzados a una carga demoledora se va perdiendo por los rincones de mi imaginación.

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MIS MEMORIAS (I)

Preliminar

Ha sido todo uno. He terminado de leer las Memórias póstumas de Brás Cubas (de Joaquim Machado de Assis, 1881) y he decidido que iba a escribir las mías, o sea, mis memorias. Después de procrastinar unos meses, me he puesto manos a la obra.


El comienzo

El secreto de unas buenas memorias está en el inicio, eso lo sabe el más pardillo. Por lo tanto, he de dar con un buen comienzo. Brás Cubas se pone a escribir sus memorias una vez muerto, lo cual es un recurso magnífico, y se las dedica al primer gusano que empezó a roer sus carnes yertas. Es genial, se me hubiera tenido que ocurrir a mí. Tendré que pensar otra cosa.


Eureka
: Virgilio

He tenido una buena idea. Me llamo Virgilio, y el primer capítulo explicará cómo y por qué, yo nonato, mis padres escogieron ese nombre para mí. Es un tema que puede dar mucho juego si lo sé explotar bien.

Claro que hay un pequeño problema, y es que no me llamo Virgilio. Es una contrariedad. Pero tanto da, será una licencia poética, ¿sí? Bueno, o una licencia literaria, que yo de esto no entiendo mucho, o una licencia a secas. Tanto da, que si ahora me entretengo en detalles nimios como esto de las licencias no conseguiré ni siquiera llegar a nacer, en mis memorias, me refiero. Lo cual, por cierto, limitaría mucho el horizonte de mi autobiografía, y además sería tremendamente decepcionante para mis futuros lectores.


Procedimiento y método

Resuelto satisfactoriamente este primer y peliagudo asunto, tengo que organizarme. Una vida larga, como habrá sido la mía el día en que me muera en mis memorias, da para mucho y si no procedo de manera ordenada puedo perderme, y, peor, hacer que mis lectores se pierdan. Me digo: la felicidad de mis futuros lectores es la estrella que guía mis pasos literarios. Frunzo el ceño. No me acaba de gustar esta última frase, un poco pretenciosa. Creo que la borraré cuando corrija el manuscrito.

A lo que íbamos: procedimiento y método. No sé si es mejor darle a mis memorias una estructura cronológica o una estructura lógica. Este dilema hace que me plantee si la vida tiene lógica o sólo tiene cronología; es un pensamiento profundo, me digo. Al final, decido que la cronología es el último recurso de la lógica, lo cual me parece más profundo todavía. Satisfecho, decido que habrá un capítulo de pensamientos profundos. Al rato rectifico: de momento los pondré juntos en un capítulo para que no se pierdan, pero luego los iré esparciendo aquí y allá, como al descuido.


Nacimiento

La narración de mi nacimiento debe sorprender pero no desconcertar, debe abrir el apetito pero no saciar. En suma, ha der ser un aperitivo que desencadene la secreción de jugos gástricos del lector, para que luego pueda digerir sin empacho los sucesivos capítulos de mi periplo vital, que habrá ido ingiriendo con voracidad creciente.

Doy un paso atrás, entorno los ojos. Qué frase. Esto es estilo. Intentaré no abusar de mis dotes estilísticas para no abrumar a nadie.

Explicar mi nacimiento en primera persona es un recurso facilón del que prescindo con desprecio. Podría disponer una especie de sopa de pensamientos de las diversas personas presentes, cabalgados, superpuestos, mezclados, no agitados, esto creo que lo he oído en alguna parte; pero temo que resulte algo confuso. Puedo recurrir a un narrador omnisciente, pero eso queda plano, sin gancho. Lo tengo: lo explicará la comadrona. La comadrona, con sus manos en las entrañas de mi madre, nota en sus dedos mi carne nonata. El mundo exterior acaba de llegar a mí. Luego vendrá un plano cenital en que participen médicos, enfermeras, mi padre y, que no me olvide, mi madre. Y luego vendrá mi primer grito; justo cuando grite, la comadrona callará para siempre, y a partir de ahí tomaré el mando y todo quedará escrito en primera persona.

Estoy encantado con esta estupenda idea tan llena de talento, así que me voy a tomar una copa para celebrarlo.


Sexo y pasión

Enardecido por la copa, bueno, por las copas, que creo que han sido dos, he decidido dejar infancia y adolescencia para más adelante; las recuperaré mediante un oportuno flash-back cuando esté de humor. Así ahora puedo dejar de lado tales ñoñerías y entrar directamente en materias que sin duda van a despertar el interés de mis futuros lectores, o sea, sexo y violencia. Como mi vida ha sido bastante pacífica, habrá más de lo primero que de lo segundo. Porque respecto a lo segundo no sé si merecerá la pena explicar el día que le toqué la bocina a uno que no me cedió el paso, y que cuando me llamó atontado yo le contesté que eso lo sería él.

Así que me quedo con lo del sexo, abandono el orden cronológico y entro en un apartado temático la mar de interesante, oh sí. Por cierto: he de vigilar que el hilillo de baba que me está empezando a salir por la comisura de los labios no me manche los papeles donde tomo estas notas, porque creo que las copas han terminado siendo tres, ahora que caigo.

En mis memorias soy un Don Juan audaz, apasionado y fogoso, pero a la vez sensible y enamorado, con un corazón lleno de cicatrices. Esta irresistible imagen me conduce a una fase profundamente creativa en la que se me ocurren ideas licenciosas a más no poder, no, no quise decir licenciosas, quise decir que algunas serían licencias literarias de esas, mecachis, y es que puede que las copas fueran cuatro, ay.

A lo mejor es conveniente dejar este capítulo para cuando se disipen los efectos euforizantes del alcohol, ya que me arriesgo a que sea un capítulo poco creíble. Claro que si resulta creíble mucho peor, pues me expongo a represalias. Otro dilema.

Desde que me he puesto a escribir mis memorias noparan des urgirme dile más, nudcaa lu oviera dich….

ACERICO

Siento el tiempo que ha pasado
.          como agujas en la piel.
Una aguja por cada barco que no salió del puerto.
Una aguja por cada día muerto.
Una aguja por cada combate que rehuí.
Una aguja por cada beso que no te di.
Una aguja por cada cuento que no os conté.
Una aguja por cada carta que no escribí,
.          que ni siquiera pensé.
Una aguja por cada abrazo que no os llegó
.          y que por ahí anda perdido.
Una aguja por cada amanecer
.          que se me escapó
Una aguja por cada libro que no leí.
Una aguja por cada sueño fallido.
Una aguja por cada latido.
Una aguja por cada tarde vacía
Una aguja por cada gota de vida
.          que se quedó en el camino.

 ………

-Eh, maeztro… Pare er carro, ozú, que a ehte paso se me va aquedá como un acerico…

Y todos estallaron en ruidosas carcajadas, incluido el hombre que estaba recitando y al que se le disipó de golpe la borrachera de melancolía que había agarrado.