COSAS GRANDES QUE SE HACEN EN LA VIDA

Caía la tarde. En aquella habitación, impersonal y aséptica, la tarde caía asépticamente, impersonalmente, sin poesía, sin emociones, de manera totalmente funcional. La habitación estaba protagonizada por una cama, y en la cama había un viejo que le venía pequeño a la cama, y no al revés. En la habitación, aunque con poco afán de notoriedad, figuraban también una butaca anodina, un par de sillas, un velador y un armario empotrado. El viejo murmuró algo, y el hombre que se sentaba junto a su cabecera le preguntó:

—¿Qué decís, padre?

—Digo —repitió el hombre con esfuerzo— que el tarado que afirmó que no había dos atardeceres iguales nunca estuvo en este hospital.

—Padre, ¿por qué decís eso?

—Porque es la puñetera verdad, sobrino.

El hombre de la silla se quedó callado. Le costaba dar conversación al viejo de la cama, más desde que habían comenzado a tratarle con fármacos contra el dolor, que claramente interferían con su entendimiento y le hacían decir cosas extrañas. El viejo cerró los ojos. Se sentía raro, como si divagara a medias. A sus pensamientos les reconocía cierta paternidad, aunque también reconocía que empezaban a escapar a su control. Cuando pensaba en sus pensamientos tenía la sensación de que él plantaba la semilla, ponía la idea en marcha, pero luego le era imposible darle continuidad; sus ideas se ponían a volar con sus propias alas, y se expresaban, las pocas veces en que se expresaba, con palabras que no eran las que él hubiera escogido. Como hijos que se emancipan… Por eso pensar le desconcertaba primero, y le cansaba después; claro que no pensar le aburría. A veces el sueño, que venía últimamente con gran facilidad y casi por sorpresa, le solucionaba el dilema. Pero era una solución en falso, pues antes o después llegaba el momento de despertar. Al despertar, las cosas extrañas, muy extrañas a veces, que había vivido en sus sueños, y que en sus sueños tan llenas de sentido y lógica parecían, se iban convirtiendo en absurdas, dolorosamente absurdas. Y cuanto más sentido y lógica les intentaba buscar, más cruelmente absurdas se volvían. El desasosiego duraba un rato, el necesario para que, poco a poco, los sueños se fueran deshaciendo en jirones de olvido. Entonces abría los ojos, resignado a encontrarse con el mismo atardecer (o anochecer, o amanecer) de todos los días, el mismo dilema entre el desconcierto de pensar y el aburrimiento de no pensar, la misma amenaza de conversación ociosa.

—Padre —dijo de pronto el hombre sentado—, contadme cosas grandes que hayáis hecho en la vida…

El viejo escuchó con desgana y miró al techo.

—Cosas grandes…

Odiaba, bueno, no odiaba, simplemente le producía hastío, que para odiar hacen falta fuerzas y él de eso andaba justito, le producía hastío, pues, la conversación forzada que el hombre junto a su cabecera parecía empeñado en mantener, como en cumplimiento de un deber sagrado. Pero había aprendido que si respondía a las preguntas, solía seguir un rato de tranquilidad y silencio. Así que, en busca de ese silencio deseado, lanzó el anzuelo a las aguas turbias de su memoria, sonriendo ante la metáfora del anzuelo que le había salido, así porque sí, tan poco dado a metáforas que él había sido siempre.

—Algunas veces comíamos el campo —fue explicando con lentitud—, y hacíamos carne a la brasa. Yo era el encargado de hacer el fuego, y luego de asar las carnes, y también alguna verdura con las que las acompañábamos. Hacía calor, y mientras asaba me refrescaba con tragos de cerveza helada. Luego nos sentábamos a la sombra, en una mesa con un hule a cuadros. Cortábamos grandes rebanadas de un pan denso y crujiente, mientras las carnes humeantes parecían invitarnos a gozar de la vida. Si me preguntas por algo grande, te diré: la butifarra deshaciéndose en la boca, levemente apoyada en la blandura del pan; la dulzura de la cebolla; y la aspereza del vino que bebíamos del porrón. Y luego, el campo, el bosque, el estro de las flores, el zumbido de los insectos, el sol, el cielo, las nubes, el viento moviendo las faldas de tu abuela… Eso era grande.

—Padre, padre, serían las faldas de madre…

—De quien coño fueran, sobrino, de quien coño fueran.

El viejo se había ganado unos minutos de silencio, y a la vez una sonrisa interior. Él que nunca había sido amigo de palabras malsonantes, las usaba ahora prolijamente. Lo gracioso es que surgían, así, por su cuenta y riesgo. Pero encontraba que le daban a sus frases una especie de solidez enérgica que no podía alcanzar de otra forma y que le complacía.

Pero el hombre sentado no parecía haber quedado muy satisfecho con la respuesta, de manera que no tardó en volver a la carga.

—Padre, decidme, explicadme algo grande de verdad, importante…

El viejo apenas suspiró, y con voz queda arrancó una nueva historia.

—La cima no era muy alta, ni difícil, normalmente un pequeño paseo. Pero aquel día había niebla, y mucha nieve. Me costó trabajo subir, y a punto estuve de dejarlo. No iba bien equipado, las botas se me hundían en la nieve, y cuando no me hundía, resbalaba. Pero la cuestión es que seguí, y que al final llegué arriba casi sin fuerzas. Todavía jadeando, me senté, sin ver nada, rodeado de la blandura algodonosa de la niebla. Y entonces, de repente, la niebla desapareció. Como si se hubiera corrido una cortina, a mi alrededor surgieron los picos vecinos, las crestas, las aristas, y la nieve de sus cimas empezó a brillar, iluminada por los rayos de sol que se filtraban entre las nubes y que las acariciaban como dedos de luz. Aquella belleza, inesperada, íntima, en un silencio grandioso, resultó sobrecogedora. Sí, aquello fue algo grande. Grande de puta madre, para ser más exactos.

El hombre de la silla puso una cara de cierta sorpresa. El viejo se dio cuenta y pensó que hoy le iba a costar más ganarse su ración de silencio. La siguiente pregunta, pues, no le pilló desprevenido.

—Pero padre… ¿Por qué no me queréis explicar las cosas realmente grandes que habéis hecho?

El anciano se volvió ligeramente hacia aquel que insistía en llamarle padre, y le espetó:

—Realmente grande… No creo que te lo deba explicar. Lo realmente grande es estar abrazado a las mujeres que amas, sentir su piel tibia sobre la tuya, notar en tus manos la suavidad sensual de…

—Padre, padre —le interrumpió el hombre de la silla—, habréis querido decir la mujer que amas, y os debéis estar refiriendo a madre, sin duda.

—¿Madre? —respondió el anciano a medias desconcertado—. Ella… claro… tu tía, sí… bueno, sí… ; sí, me refiero a ella, bastante, bueno, sobre todo a ella. Pues nos ha jodido el tío este pedazo de sabihondo…

El hombre de la silla decidió no insistir, no seguir en aquella dirección que se revelaba peligrosa. Estaba claro que el viejo empezaba a desvariar, y mejor evitarse ahora disgustos, a estas alturas de la vida. Juzgó prudente reorientar su charla, y a la vez ayudar al anciano a encontrar sus recuerdos. Así que prosiguió:

—Padre, ¿por qué no me contáis cosas de vuestra cátedra, de vuestros discípulos, de cuando pronunciasteis el discurso de ingreso en la Real Sociedad de Ciencias, de vuestros teoremas, de vuestra obra…? ¿No fue eso grande?

—Ah, eso… Sí, claro. Eso también. También fue grande.

Hizo una pausa mientras pensaba de qué manera le daba un toque de credibilidad a aquella afirmación complaciente y no demasiado cierta. Y de repente se le ocurrió:

—Grande, sí. Grande de cojones.

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