REIVINDICACIÓN DE LA PEREZA

La pereza es uno de los siete pecados capitales, o era, que recuerdo de forma vaga que los siete pecados capitales se reformaron o se derogaron; aunque puede que no, que ni se reformaran ni se derogaran y por lo tanto sigan siendo las siete maneras principales que tiene la Humanidad para perderse, y, entre ellas, la pereza mantenga su condición principal.

La primera acepción de pereza en el diccionario de la Real Academia es “negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados”. Tal definición da paso a un corolario y a una duda. El corolario es que, en lo que se refiere a las cosas a que no estamos obligados, gozamos de permiso para mostrar la negligencia y descuido que nos plazca sin incurrir en pecado de pereza. La duda es sobre cuáles son las cosas a las que estamos obligados; figuran como candidatas tanto aquellas respecto a las cuales hemos firmado un contrato, adquirido un compromiso o empeñado una palabra, como aquellas a las que la ley nos obliga, como, finalmente, las que, sin palabra dada ni ley mediante, se espera, así, en impersonal, que hagamos. El corolario es firme, la duda queda a beneficio de inventario.

Me pregunto por qué la pereza fue declarada pecado, y me respondo que sería para unir a las fuerzas coercitivas del mundo terrenal, las fuerzas coercitivas del mundo espiritual, unión harto conveniente para que el pueblo, de natural indolente e indisciplinado, hiciera y haga las cosas “a las que está obligado” con la debida diligencia y entrega: a la definición antes mencionada me remito. No hay combinación, la amenaza de aquí abajo, la amenaza de allá arriba, más convincente para garantizar que el pueblo cumpla con sus obligaciones, que conocida es la tendencia del pueblo a escamotear el diezmo, a murmurar a la hora de pagar el portazgo, a rechazar el derecho de pernada, a protestar por aeropuertos sin aviones, a oponerse a desahucios jurídicamente impecables o a indignarse al perder el dinero de unas preferentes. Sin duda, a todas estas cosas “está obligado”, véase una vez más ut supra. El descuido o incluso la tibieza en el cumplimiento de tales obligaciones constituye pues no sólo flagrante delito, castigado por las penas que establezca la legislación vigente, sino además flagrante pecado de pereza, pasible de un par de Padrenuestros y algún Avemaría, o de las llamas del infierno llegado el caso.

La segunda acepción de pereza que figura en el diccionario de la Real Academia es mucho más benevolente, contemporizadora casi diría: “flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos”. Es esta sin duda una pereza de superior clase, vecina a la languidez y que podría por tanto llegar a alcanzar un toque de distinción. Aunque no lo dice en ninguna parte, yo me malicio que sería una pereza propia de gente de alcurnia, tales como aristócratas, banqueros y jerarcas varios, es decir, gente que está obligada a menos cosas y que, por lo tanto, tiene menos oportunidades con la primera acepción y anda necesitada de esta segunda.

Pereza, como no podía ser de otra forma, viene del latín. La palabra latina es pigritia, que a su vez viene de piger, al que repugna algo, en particular el trabajo o la guerra. Así, a los objetores de conciencia (del servicio militar) se les hubiera llamado, en la antigua Roma, algo así como gens pigerrima ad labores militiae. Claro que pigritia también se aplicaba a un descanso honorable, sin dejadez ni desidia, y valga decir, para desagraviar un poco más a la pigritia y a su nieta, la pereza, que a un mar tranquilo, sereno, se le llamaba mare pigrum; que nadie me venga ahora con que obligación del mar es mostrarse debidamente tempestuoso.

En resumen: que puede que la pereza no esté bien vista, pero sépase al menos que lleva en sí no sólo un atisbo de serenidad honorable sino también un germen de rebeldía: serenidad por repugnancia a la agitación, rebeldía contra lo que se supone que estamos obligados a hacer.

Llegados aquí, reconozco haber actuado, en las últimas semanas, con cierta negligencia y descuido en esto de mantener activo el blog. Lo que no sé, y puede que debiera reflexionar sobre ello, es si he faltado a mi obligación, si he pecado, si ha sido un acto de rebeldía o si lo que he hecho ha sido un alarde de serenidad.

Pero la verdad es que reflexionar me da pereza.

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