YE COSA MALA LA FAME

Decir que el vagón de tercera al que había conseguido subirme estaba absolutamente abarrotado no pasaba de ser un recurso literario fácil para no tener que tirar de hipérboles. De hecho, una vez instalado en la plataforma, que no conseguí pasar más adelante, hasta me consideré afortunado. A causa de algún motivo ignorado, el expreso, que tenía que salir por la mañana, lo hizo ya bien entrada la noche, y, por añadidura, con menos coches de los que tocaba. Como puede entenderse, entre la mañana prevista y la noche consumada, todos nosotros, humildes aspirantes a pasajeros, tuvimos que correr de un lado a otro, dar y recibir empujones, y ejercer con desmesura la virtud de la paciencia. Si tal cosa hubiera sucedido hoy en día, se habrían escuchado protestas airadas, se hubieran escrito cartas a la prensa llenas de sagrada indignación, se hubieran rellenado formularios de amargas quejas, puede que se hubiera reclamado hasta alguna dimisión. Pero, en aquellos tiempos, esas eran cosas que pasaban, y a las que uno se amoldaba, con mejor o peor humor, como se amolda uno a la lluvia o al sol, o a una patada en la espinilla, de terciarse: eran los tiempos que corrían, que entonces eran los nuestros, y no hay, o no hubo, más ni otros.

Bueno, que me pierdo. El caso es que allí andaba yo, lo de andaba es un decir, inmovilizado como estaba, apretujado por una humanidad variopinta, por sus equipajes y hasta por sus esperanzas, que, la verdad sea dicha, era lo que menos espacio ocupaba de todo. Por una parte, uno era, a la sazón, joven y recio, y en cuanto arrancó el tren, entre crujidos metálicos y zarandeos, empecé a olvidar la angustia, la zozobra, la peregrinación de andén en andén y de taquilla en taquilla. Yo estaba a bordo, y me estaba moviendo hacia mi destino, así que salga el sol por Antequera. Ahora bien, por otra, y superada esta euforia inicial, pronto la perspectiva de las muchas horas, nocturnas y diurnas, que iba a tener que pasar allí embutido se me empezó a antojar desoladora. Y eso que yo por aquel entonces era un joven recio, creo que ya lo he dicho, y con mucho aguante, además de buen mozo, aunque eso no viene a cuento, reciedumbre y aguante que iban a quedar pronto anuladas por el hambre. En efecto, en la la estación no sólo no había podido comer, sino que, peor aún, no me había hecho con vituallas para el viaje, en parte por no perder mi lugar en las diversas colas que tuve que sufrir, en parte por juvenil imprevisión.

Las primeras horas de aquel viaje fueron especialmente duras. Las pasé de pie, entretenido en evitar que el codo del paisano de un lado se clavara en mis costillas, que los pies del recluta del otro lado, calzados con enormes botas, aplastaran los míos, que las toses del que tenía al otro lado me vinieran directamente a la cara o que la abuela del otro lado se abrazara a mí para dormir; y sí, se han dado cuenta, en estas situaciones el número de lados que tenemos es netamente superior a lo normal. Tales tribulaciones mantuvieron a raya al hambre, que no hay mal que por bien no venga, aunque fueron desgastando mis reservas de energía. Luego, bien pasada la medianoche, empezó a operarse un curioso cambio, y empezaron a abrirse pequeños huecos. Tengo para mí que las responsables fueron las sacudidas del tren, que, como quien sacude un saco de patatas para que mejor se acomoden, nos fueron recolocando hasta el punto de que, gracias a la suerte y a un poco de habilidad y tesón, me vi amo indisputado de un trozo de suelo en el que asentar mis reales. Colmo del confort, tras un poco más de forcejeo disimulado, el trozo de suelo se vio completado por el derecho vitalicio a recostar mi espalda en una de las mamparas de la plataforma.

Aquello resultó de una comodidad superlativa, de manera que me dispuse a dormir, para ver si así las horas pasaban más deprisa. Pero, como solía decirse, que si quieres arroz Catalina, y eso que yo me doy buena maña con ese asunto. La explicación es sencilla: el hambre que tenía me impedía cualquier otra cosa que no fuera pensar en el hambre que tenía. Perdido en ese círculo vicioso, de algún recoveco de mi cabeza surgió una frase muy oportuna, que dije para mis adentros:

—Ye cosa mala la fame

De manera automática, evoqué a su autor, un compañero de mi interminable servicio militar, asturiano, pelirrojo y filósofo de oportunidad. Emilio Miranda Peláez, se llamaba, y sin yo quererlo su recuerdo vino a distraerme un rato. El tal Emilio Miranda Peláez era un personaje singular. Tenía una dolencia cardíaca que cualquiera hubiera invocado para agenciarse la licencia absoluta y la vuelta a casa inmediata. Pero no él; él procuraba disimular y quitarle importancia, porque, decía, cómo iba a volver a su pueblo sin haber cumplido lo que tenía que cumplir, total, por un latido a destiempo más o menos, que los de su pueblo no hacían esas cosas. Ya podías argumentarle, por activa o por pasiva, que no lo sacabas de ahí: que los de su pueblo no hacían esas cosas. De ahogo en desmayo, de taquicardia en palpitaciones, consiguió que le cogiéramos una extraña mezcla de cariño y rabia, y cuando en una marcha su corazón no daba para más y empezaba a ponerse azul, la mitad de nosotros le insultaba, y la otra mitad le aliviaba del peso del equipo, del máuser, o le llevaba en volandas si hacía falta.

—Miranda, ¿cómo estás?

—Derrangau —respondía el aludido.

Y al siguiente desfallecimiento, la mitad que le había ayudado le insultaba, y la mitad que le había insultado le ayudaba, y así terminaba las marchas, las guardias, los servicios, que los de su pueblo no se volvían a casa por una dolencia de tres al cuarto, por muy cardíaca que fuera. Cuando, después de más de tres años de servicio, licenciaron por fin a nuestra quinta, Emilio Miranda, asturiano, cumplidor, enfermo inconfeso, nos abrazó uno por uno, con un más que evidente nudo en la garganta. Sin dirigirse a nadie en particular, le oí murmurar:

—Tres años xuntos… Agora cada unu pel so llau.

Y como nadie supo qué decirle, que los nudos en la garganta suelen ser más contagiosos que las dolencias cardíacas, remató:

—Nun volveremos ver. Ye cosa rara, la vida…

Tenía lágrimas en los ojos, y eso que alguien dijo que los soldados lloraban de noche. Tal vez era porque, recién licenciado, ya no era soldado.

Ese mismo día nos fuimos a nuestras casas. Él partió hacia su pueblo, ese pueblo de Asturias del que nunca supe el nombre y en el que los mozos cumplían lo que había que cumplir, tuvieran el corazón sano o lo tuvieran enfermo.

Sacudí la cabeza para volver a mi vagón de tercera, modalidad sentado en suelo de plataforma con derecho a apoyo en mampara. ¿Qué se habría hecho de Emilio Miranda Peláez? Extraños caminos de la vida que juntan y separan historias y personas. Ahora mismo yo estaba en aquel tren, cruzando la noche sobre un camino de hierro, rodeado de personas que tampoco volvería a ver nunca más.

A caballo de tan profunda reflexión, miré de reojo a mi vecino de suelo y de mampara. Era un hombre bastante mayor que yo, con pinta cansada de viajante, atuendo ajado de viajante y, entre las piernas, maletín tronado de viajante. Es decir, un sujeto en cuya contemplación no hubiera gastado ni un segundo más, si no hubiera sido porque en aquel preciso instante sacó del maletín un bocadillo, lo desenvolvió y le dio un primer y tentador mordisco. Tras un rato de masticación, le dio un trago a una botella de vino que tenía a su lado. Quedé galvanizado, y en aquel momento entendí, más claramente que nunca en mi vida anterior, ni en la que vino posteriormente, el significado de la palabra envidia; y también supe por qué la envidia era uno de los siete pecados capitales. Me concentré en mis zapatos, intentando dominar un temblor que empezaba a apoderarse de todo mi ser. En esto, mi vecino se volvió hacia mí. Uno tenía su dignidad, así que antes que pudiera decir nada, le espeté:

—No, gracias.

El hombre sonrió y, sin una palabra, sacó otro bocadillo de dentro de su maletín y me lo tendió. Uno tenía su dignidad, sí, pero hasta la dignidad posee unos límites que el hambre ayuda a transgredir. Así que tomé el bocadillo casi con devoción, retiré con cuidado el papel de periódico que lo envolvía y le di un primer bocado francamente glorioso. Apenas repuesto del éxtasis, vi que del maletín salía una botella de vino que, convenientemente descorchada, me fue ofrecida sin ceremonia. De manera que comí y bebí, y al primer bocadillo le siguió otro, a pesar de mis protestas –tibias, todo hay que decirlo-, y he de reconocer que aquellos dos generosos bocadillos y aquella botella de vino, fueron de las cosas más maravillosas que me han sucedido jamás. Como tal las recordaría si no hubiera sido por lo que vino a suceder luego, que fue, palabra más, palabra menos, tal como a continuación explicaré.

Durante el festín, hablamos poco, de esto y de aquello, lugares comunes y no gran cosa más. Luego, saciado mi apetito y en estado de completa beatitud, me recosté casi voluptuosamente en la mampara que tenía a la espalda y cerré brevemente los ojos. Al volver a abrirlos, el hombre del maletín me observaba con mirada penetrante y media sonrisa. Al cabo de unos segundos, dijo:

—Ye cosa mala la fame…

Di un respingo. Aquello era casi sobrenatural. Luego me tranquilicé: el buen hombre sería asturiano, y esa sería expresión común. Pero nada más pensar eso, mi vecino continuó:

—Un viaxe xuntos… Comimos xuntos… Depués cada unu pel so llau y nun volveremos ver.

Y remató:

—Ye cosa rara, la vida.

Aunque no podía ser una casualidad, aquel hombre, por su edad no podía ser alguien de la compañía que me estuviera gastando una broma; además, qué demonios, le hubiera reconocido, que la memoria la empecé a perder mucho después. Y no, no era pelirrojo. ¿Un oficial, un suboficial? Seguro que no, su porte era todo menos bizarro. Durante un rato, fui incapaz de articular palabra, mientras él me miraba, divertido e inquietante. No sé cuánto duró mi estado de estupefacción, pero el tren fue bajando de velocidad, y al final se detuvo. El hombre cogió el maletín y se abrió paso a base de codos y sonrisas hasta la puerta. Yo intenté seguirle, no sé muy bien por qué. Con un pie en el estribo, se volvió hacia mí y me dijo:

—Emilio Miranda Peláez tuvo mala suerte. Al poco de llegar a su pueblo murió. El corazón, claro. Pobre muchacho. Sabe —añadió —… Los años de servicio militar fueron los más felices de su vida.

El tren pitó. El hombre dijo algo más pero ya no lo oí. Le pedí que lo repitiera, pero sin hacerme caso terminó de bajar del vagón y cerró la puerta. El tren volvió a ponerse en marcha. Alcancé la ventanilla, y tuve tiempo de verle mientras iba quedando atrás. Movió la mano, en un gesto de despedida. Y repitió lo que había dicho antes. Aunque las palabras se perdieron, tuve la sensación que me decía:

—Le envía saludos.

Pero no puedo estar seguro. De lo que sí estoy seguro es que donde el tren había parado no había estación ni apeadero de ningún tipo.

Ye cosa rara, la vida.

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