MENTIRA PIADOSA

El hombre estaba en un rincón, algo aburrido, algo distanciado física y espiritualmente del bullicio de aquella fiesta y de lo que parecía ser una general alegría. Había venido para no hacer un feo a la familia, pero, saciado su moderado apetito durante la cena, pocas eran ahora sus ganas de beber, escasas las de hablar y más escasas todavía las de bailar. Desde que se había levantado de la mesa, toda su actividad había consistido en unas conversaciones, por llamar de alguna forma lo que no había pasado de ser un saludo prolongado, y un par de rechazos corteses a otras tantas invitaciones para ir a la pista; invitaciones que, dicho sea de paso, no parecían haber sido formuladas con gran entusiasmo. Así que simplemente estaba allá, dejando que la fiesta se deslizara a su alrededor, mientras se hacía la hora de retirarse discretamente.

Metido en su burbuja, no vio como Elsa (¿o era Elisa? ¿o era Elvira? ¿o Elena? ¿o Eloísa?) se aproximaba, y, taponándole todas las vías de escape, lo cogía por el brazo y, quieras que no, se lo llevaba al baile. Elena (o Eloísa, o Elvira, o Elisa, o Elsa) era la hija menor de su primo o sobrino segundo (o la novia del hijo de su otro primo o sobrino, el que enviudó, o tal vez fuera la hija o nieta de unos que, hacía un rato, le habían palmeado enérgicamente la espalda asegurando ser parientes, en grado indefinido, de su cuñada). Elisa (o Elena, o Eloísa, o Elvira, o Elsa) sonreía y no parecía dispuesta a encajar una negativa, así que se dejó arrastrar. Una vez en la pista, el hombre fue siguiendo el ritmo lo mejor que supo, sonrió lo justo, notó la proximidad de un cuerpo joven, suspiró de puertas adentro y finalmente agradeció a los dioses que protegen a los desprotegidos que la pieza acabara pronto. Eloísa (o Elsa, o Elvira, o Elisa, o Elena) se acercó un poco para hacerse oír y dijo:

—Bueno —puede que aquí dijera “tío”, pero quién sabe; el hombre no oía muy bien—, estás hecho todo un bailarín.

Y luego añadió con sonrisa de complicidad intergeneracional:

—Y no te pido otro baile no fueras a pensar que quiero ligar contigo…

—No temas, chica —respondió el hombre, y usó el “chica” para que no se notara que no recordaba bien si a la que se dirigía era Elvira o Elsa o Elena (o tal vez Elisa, o Eloísa)—, que jamás pensaría tal cosa. Sabes… me he mirado en el espejo antes de venir aquí.

Dijo aquello porque le pareció una salida vagamente ingeniosa, y todo lo digna de lo que era capaz. Lo que no se esperaba era que a Elsa-Eloísa-Elena-Elvira-Elisa le afectara la broma. Así que quedó sorprendido cuando a la chica se le borró la sonrisa y le miró con tristeza y arrepentimiento. El hombre se dio cuenta de que su comentario había hecho pensar a la chica que le había herido, y estaba claro que la pobre, en aquel mismo momento, estaba buscando desesperadamente algo que decir. Maldiciendo lo complicado que era el mundo, acudió en su ayuda:

—Que no, mujer, no hablaba en serio. A mí, aquí donde me ves, estas fiestas me rejuvenecen, el ardor guerrero vuelve a mis venas, y, oye, que tienes razón, que mejor no me pidas otro baile porque no respondo de mis actos —y le guiñó un ojo con una sonrisa en la que deslizó unas gotas de picardía para darle credibilidad.

Antes de que la cosa se enredara más, se dio media vuelta en busca de las sombras, de la soledad, del no estar. Sentía un nudo en la garganta, en el estómago, en el alma, donde fuera que se sientan los nudos. Porque lo del espejo no era broma, y sí, se había mirado al espejo antes de venir a la fiesta.

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