LA SONRISA DEL GASOLINERO

Llego con mi moto a la gasolinera. La subo al caballete. Los gasolineros van de surtidor en surtidor, de coche en coche, de coche en moto, dispensando el oloroso líquido de donde extraeremos, motor de explosión mediante, la energía que nos permitirá ir de un sitio al otro, y del otro al uno, que esto de ir y venir es cosa seria y trascendente.

Los gasolineros son, creo, indiferentes al efecto invernadero, al peak-oil y a cualquier otra cosa que no sea su tedioso quehacer en medio de una atmósfera enriquecida en hidrocarburos volátiles, y enrarecida por la mirada de los conductores que esperan turno, inquietos, irritables, impacientes, igual de indiferentes que ellos al efecto invernadero, al peak-oil y al último informe del IPCC, todo hay que decirlo.

Los gasolineros, por lo menos estos, son gente de gesto algo torcido, mirada diluidamente torva, sonrisa ausente. Pero la culpa no es de ellos, es que esto de dispensar efecto invernadero líquido es muy muy aburrido. O a lo mejor es que se contagian de la irritación de los conductores. O a lo mejor resulta que sí, que sí están preocupados por el último informe del IPCC y la acidificación de los océanos, y eso les causa pesar. O puede que simplemente sea que el propietario les paga un mal salario pero mucho peor es no tener trabajo. No creo que nunca sepa a qué se debe el gesto adusto de los gasolineros, pero es que ya me empiezo a acostumbrar a que haya cosas que nunca sabré.

Llevo un rato esperando. Yo también empiezo a estar impaciente, irritado, tenso, vigilando que nadie me pase delante, intentando aparentar indiferencia pero siguiendo con ansiedad el deambular de los gasolineros por este su reino terrenal. En eso, uno de ellos se aproxima, con su cara reglamentaria. De repente, su seriedad da paso a un esbozo de sonrisa que termina floreciendo hasta trocarse en expresión luminosa, radiante. Me quedo perplejo. ¿Qué ha sucedido? ¿Es a mí? Miro a mi alrededor, y el misterio se aclara. La acreedora de la sonrisa es una chica que, un surtidor más allá del mío, se apoya indolentemente en su motocicleta, exhibiendo unas largas y bronceadas piernas, una figura muy correctamente torneada, con todos los entrantes y salientes curvos que se exige en estos casos, y encima, bajo su cabellera rubia, mira lánguidamente al gasolinero. El susodicho gasolinero pasa por mi lado sin mirarme, probablemente también sin verme, y se va, zalamero, a atender a la belleza motorizada.

Maldigo mi suerte. Justo cuando me tocaba a mí. Medito si debo protestar o la sonrisa embelesada es ya suficiente sentencia firme e inapelable. Antes de tener tiempo de decidir nada, otro gasolinero, este con todos los atributos faciales en regla, se me acerca y sin decir palabra me empieza a llenar el depósito.

Mientras hago mi pequeña contribución a los desmanes de la industria petrolera, pienso que jamás ningún gasolinero me sonreirá como le ha sonreída a ella, y que la envidia será un feo pecado, pero que el mundo es profundamente injusto, e incluso suspiro, creo recordar, y me pongo tibiamente melancólico.

Un poco más tarde, ya a lomos de mi montura mecánica y produciendo más dióxido de carbono que el que tengo derecho a producir, consigo sacudirme la melancolía mediante una simple pregunta: ¿para qué carajo quiero yo que un gasolinero huraño me sonría embelesada y zalameramente?

Y es que una buena pregunta te arregla una tarde. Y así concluyo felizmente esta historia.

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