ÚLTIMOS DÍAS ANTES DEL INVIERNO

La casa era grande, grande y fría. Podríamos decir que vanamente grande y obviamente fría. Obviamente fría porque casi todo era ya frío entonces; y vanamente grande porque éramos sólo dos. Y como éramos sólo dos, nos sobraba casa, y la casa que nos sobraba simplemente la ignorábamos, como quien aparta la comida que le sobra una vez saciado; o como quien aparta la comida porque ha decidido ser sobrio. Puestos a apartar, aunque, desgraciadamente, no a ignorar, también apartábamos el frío; lo dejábamos fuera de un pequeño perímetro que habíamos creado alrededor de la gran chimenea que había en el salón. Ese perímetro lo defendía un fuego lleno de bravura, con grandes llamas y muchas chispas, que parecían velar sobre nosotros, y nos mantenían fuera del alcance no sólo del frío, sino también, hasta donde era posible, del miedo.

Lo que hacíamos en aquella casa y cómo habíamos llegado hasta allí forma parte de una larga historia que dio comienzo hace una eternidad, cuando nos conocimos; o tal vez diera comienzo en cualquier momento de los muchos años que compartimos mientras, al principio sin saberlo, luego ya plenamente conscientes, envejecíamos juntos. Claro que nunca habríamos llegado a esta casa sino llega a ser porque un buen día el Invierno empezó a caer sobre el mundo. No tengo intención de evocar aquellos momentos ni lo que fueron para la especie humana. A la duda le siguió el desconcierto, el desconcierto dejó paso a la zozobra, de la zozobra vino el miedo, y el miedo engendró el pánico, y peor. Cada cual vivió aquello a su manera. Unos pocos al principio, más tarde muchos más, todos los que pudieron al final, iniciaron una huida desesperada hacia el sur, pensando que allá el Invierno no llegaría, o que llegaría menos virulento, o al menos que llegaría más tarde. Riadas de gente se pusieron en marcha hacia cualquier parte, por cualquier medio, con tal de que esa cualquier parte estuviera hacia el sur. Al final, sólo se veían largas columnas de hombres, mujeres y niños que iban a pie camino del sur, que pronto dejó de ser el sur para convertirse en el Sur, la última esperanza de la especie. Todo se movía hacia ese Sur que tal vez ni siquiera existiera.

Ella y yo decidimos quedarnos. Para tomar la decisión, apenas tuvimos que hablar; nos miramos a los ojos, y compartimos con enorme y desoladora lucidez que ya habíamos vivido lo que teníamos que vivir, que ya habíamos hecho lo que teníamos que hacer, incluso algo más, y que no íbamos a mendigar una propina más que incierta. Con aquella mirada, renunciábamos a nuestra pequeña parte de la historia colectiva: fuera cual fuera el destino del mundo, nosotros ya no formábamos parte de él. Tomada la decisión, pasaron unos días, serenos, silenciosos. Pero nos quedó un resto de inquietud, de insatisfacción. Ese poso fue fermentando, hasta que uno de los, no recuerdo quién, propuso ir a enfrentar el invierno. Y el otro, no recuerdo quién tampoco, sonriendo, asintió. Y así nos pusimos en marcha hacia el norte.

El viaje fue largo, y desde luego ni fácil ni cómodo, sobre todo porque no sabíamos qué buscábamos ni a dónde íbamos. Más de una vez pensamos en volver atrás, aunque atrás era una palabra que iba perdiendo poco a poco su significado. Las fuerzas se fueron desgastando, y la pizca de rebeldía residual que nos había empujado contracorriente terminó por marchitarse. Fue pues una mezcla de cansancio y hastío la que nos dijo que había llegado el momento de detenernos. O puede que no. Puede que hubiéramos seguido todavía más al norte. No lo sabremos, y además carece de interés. Lo que sucedió es que, desde muy lejos, vimos la casa. Decir que fue como un flechazo es cursi, y encima no es verdad; pero a medida que nos fuimos acercando a ella, empezamos a percibir con claridad creciente que nuestra marcha llegaba a su término. Frente a la casa, cogidos de la mano, nos detuvimos un momento. Luego, nos dirigimos a la puerta, y no nos sorprendió lo más mínimo que estuviera abierta. Se había acabado la huida hacia adelante; esperaríamos aquí, a pie firme, la llegada del Invierno, y aquí, en nuestro último hogar, perderíamos nuestra última batalla.

El resto ya está casi todo explicado. La casa estaba vacía, había mucha leña, había un salón con una gran chimenea, había una despensa con comida que nos duraría, es un decir, más que la leña. Así que nos instalamos, y desde entonces estamos aquí, compartiendo esta última porción de vida que hemos decidido apurar juntos. Podría parecer que esperamos, pero en realidad no esperamos. Vivimos los segundos, con sosiego, y a medida que la mano del Invierno va apretando el mundo con más fuerza, cada vez con más fuerza, nosotros echamos más troncos al fuego, y nos acostamos junto a la chimenea, envueltos en mantas, sonrientes, mientras las llamas pintan de tonos cobrizos nuestras pieles desnudas, y hablamos, sin prisa, de las cosas que hemos hecho y de las que hubiéramos podido hacer, e incluso de las que nunca habríamos hecho. O callamos.

De esta manera han pasado los últimos días antes del Invierno. El frío nos rodea, y nuestro perímetro resiste, aunque ya por poco tiempo. Los troncos se han agotado, y está ardiendo la última brazada de leña que hemos podido conseguir. Podríamos quemar los muebles, pero para qué; además no sería elegante. De un momento a otro, el Invierno se hará con nosotros. Nos hemos librado del miedo. Estamos juntos, hemos estado juntos tanto tiempo que sería inconcebible no estar juntos también ahora. Estamos envueltos en mantas, en silencio. No hay nada que decir que no nos hayamos dicho ya. Cuando se extinga la llama postrera, quitaremos las mantas de encima de nuestros cuerpos y nos abrazaremos por última vez, y abrazados entraremos en la oscuridad final.

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