EL TRUJIMÁN CONCILIADOR (2)

 

En el capítulo anterior
Nuestro héroe llega, camuflado, al lugar de sus hazañas, burla todas las barreras y consigue tomar posiciones en la sala, donde la mesa, para su estupefacción, no es redonda, sino rectangular. Se abre un tenso compás de espera…

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En eso llegan Sus Doctas y Experimentadas Sabidurías, que ni siquiera se dan cuenta del error geométrico de la mesa. Prefiero no sacarlos de su error. Además, tengo otros asuntos que atender, pues Sus Doctérrimas Cátedras Sublimes se muestran algo dubitativos respecto a la figura del traductor. Como todos hablan inglés, les ha parecido un poco raro mi humilde despliegue de técnica y talento. Pero antes de que desperdicien sus fértiles circuitos neuronales en pensar sobre tan nimio asunto, y aprovechando el factor sorpresa, ataco:

—Me envían los de la Superioridad del Alto Arriba— guiño el ojo aparatosamente— you know, los Grandes Jerarcas de la Ciencia Conocida y Por Conocer. Me han dicho que había algún problemilla de comunicación entre Sus Eminencias.

Les miro con amenazadora desconfianza.

—¿O me han engañado y ya han alcanzado Sus Serenísimas Usías las Consensuadas Conclusiones Trascendentes?

Aprovechando que algunos sacuden la cabeza negativamente, empalmo, señalando a la Mesa Supuestamente Redonda:

—Venga, vamos, no hay un minuto que perder, todos a su sitio y con auriculares puestos, de frente ¡mar!

Y para completar el cariz castrense que le quiero dar al momento, pongo La Fiel Infantería por los altavoces. La cosa funciona, pero como uno o dos parecen resistirse al ardor guerrero vibre en nuestras voces, pues recurro a mi Argumento Definitivo, y declamo con aire dolido:

—Aahhhh…. ¿Es por el color de mi piel que no os fiais de mí?

Es un golpe bajo, lo sé, pero es realmente infalible; todos han callado y, mansamente, se han dirigido a sus lugares de Superior Intelectual Discusión. La verdad, debo decir que he sido el primer sorprendido, ya que, con las prisas de última hora, me había olvidado de darme la capa de betún negro que tenía previsto para parecer un miembro de tan despreciada raza, y mi piel luce pálida y sonrosada. Pero los que miran de frente a la Verdad Científica no tienen ojos para insignificantes detalles, como la forma de la mesa o el color de la piel.

Así que allá vamos. Ellos en su mesa, y yo parapetado tras la mampara de cristal, ejerciendo una benevolente vigilancia sobre la Más Elevada Crema de la Intelectualidad Que Se Ha de Poner de Acuerdo Quieras Que No.

Empieza un italiano de ideas tan espesas que ni siquiera gesticula, lo que ya es decir; va desgranando algo que parece una letanía con voz tremendamente monótona. Reconozco que no tardo mucho en quedarme dormido. Al cabo de un rato, cuando me despierto, el buen hombre sigue; tengo la impresión de que se ha quedado atascado en un argumento circular. Como máximo, los participantes han estando escuchando mis suaves ronquidos por los auriculares, así que veo que muchos se los han quitado o los golpean con la mano, puede que para comprobar si se han embozado con alguna suciedad. Desconecto al italiano, subo el volumen del altavoz general de la sala, y con voz de sargento de la Legión, ordeno, en inglés:

—Por favor, permanezcan sentados, con los cinturones abrochados y escrupulosamente atentos a sus auriculares, que no deben quitarse bajo ningún concepto. Traduciré al final la intervención del Professore en Divina Sapienza para que ustedes puedan captar mejor su mensaje, en toda su profundidad, amplitud, altura y riqueza de matices.

Lo de los cinturones ha sido un desliz, pero ni se ha notado; tengo la situación controlada. Como el italiano no tiene pinta de ser capaz de salir del bucle, pongo un reggaeton por los altavoces, que sólo oye él porque a los demás les he llenado los auriculares de estática. El italiano se queda mudo por la sorpresa e inicia unos torpes pasos de baile sincopados, mientras yo digo a los demás en riguroso directo:

—Su Sapientísima Doctoridad en Variopintos Saberes ha dicho que el asunto a tratar es complejo, y que, tras un cuidadoso análisis basado en el subjetivismo crítico, ha decidido estar callado el resto de la reunión.

Lo he dicho en inglés, y lo repito en catalán, francés, italiano y castellano. Me acuerdo de que hay un croata, y como croata sé poco, lo vuelvo a decir en catalán con acento mallorquín y muy deprisa, a ver si cuela. Mis palabras provocan una ovación cerrada.

El italiano, todavía bailando su reggaeton, que por cierto hace rato que ya no suena, se sienta con la autoestima muy alta.

Es el turno del croata, que se pone a hablar en lengua balcánicamente incomprensible. No entiendo ni palabra, pero desde luego habla con gran conocimiento, fundamento y convicción. En previsión de algo así, he tenido la ocurrencia de anotar algunas de las palabras de la alocución del italiano. Con ellas, y añadiendo algunos verbos muy científicos de mi invención, compongo un discurso bien trabado; eso sí, omito artículos, preposiciones y hasta interjecciones, sobre todo las malsonantes, que uno es muy mirado, y demás palabras superfluas. De vez en cuando acabo alguna palabra en –ovic, cuestión de darle aroma exótico al asunto. Aparentemente, todos los participantes juzgan muy juiciosa la intervención del croata, o sea la mía, menos mi amigo, que acaba de identificarme y me mira con cierta preocupación. Le guiño un ojo, como para asegurarle que se han acabado sus penas, que aquí estoy yo.

(continuará…)

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¿Conseguirá nuestro héroe salvar a su amigo del Croata Deslenguado y del Italiano Denso? ¿Se alcanzarán las Conclusiones Consensuadas Trascedentes? ¿Triunfará la luz de la Razón sobre la oscuridad del dogma?

Estas y otras preguntas hallarán respuesta en la próxima entrega de esta apasionante serie… ¡no se la pierdan!

 

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3 pensamientos en “EL TRUJIMÁN CONCILIADOR (2)

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