PUNTOS CARDINALES

Al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde me alcanza la vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Estos son mis cuatro puntos cardinales. No estoy seguro de si siempre fueron así, o si en algún momento mi mundo, como un imperio donde casi nunca se ponía el sol, se extendió más allá de las paredes o al otro lado de la puerta. Tengo vagas sensaciones, que no llegan a recuerdos, de espacios abiertos, vastos lugares y soles que parecían no ponerse, de dominios de los que me fui poco a poco retirando, a veces con lucha, otras con vergüenza; pero es posible que sólo sean recuerdos de sueños, o tal vez sueños de recuerdos.

No sé cómo es la pared que está a mi espalda. La siento como una especie de punto de apoyo, punto de apoyo que, la verdad sea dicha, no me permite mover el mundo, ni siquiera el mío, tan poca cosa. A veces, la pared que está a mi espalda me impide huir cuando la pequeñez en la que vivo se me hace insoportable.

La pared que tengo frente a mí sí que sé cómo es, o debería saberlo, pues la veo constantemente. Lo que pasa es que la veo pero no la miro, y sería incapaz de explicar cómo es si alguien me lo preguntara; aunque nadie me lo preguntará nunca, y eso me tranquiliza. En la pared de enfrente hay una ventana, un poco en alto, a través de la cual entra luz, nunca mucha, a menudo poca y triste, a veces ninguna. Saber que no hay nada que ver por esa ventana me proporciona insípida tranquilidad.

Mis ojos no alcanzan a distinguir lo que tengo a mi derecha, pero me parece que allí hay un espacio que no está vacío del todo. Lo ocupan sombras imprecisas y contornos borrosos que no consigo identificar; será porque no veo bien, o tal vez será porque mi mundo ya sólo consta de puertas, ventanas y paredes, y he olvidado todo lo demás, y por eso llamo sombras imprecisas y contornos borrosos a todo lo que no son puertas, ventanas y paredes.

A mi izquierda hay una puerta que siempre está cerrada. Antes estaba abierta y llevaba a algún sitio. Luego empezó a estar cerrada, cada vez más a menudo. Ahora parece parte integrante de la pared, y la verdad es que no me importa que sea una puerta o un trozo de muro, y ya no me interesa saber a dónde lleva o a dónde llevó en su momento.

En algún momento me da por pensar que a mi espalda está mi pasado, y frente a mí, la ventana de mi futuro; que hacia mi derecha, el salvaje oriente, se extiende el mundo desconocido y anhelado de las cosas prohibidas; y que a mi izquierda, tras la puerta y bañada con los rayos tibios del sol poniente estás tú.

Pero no. Porque al norte, mi mundo limita con la pared que tengo a mi espalda, y, al sur, con la pared que tengo enfrente; al este, mi mundo llega hasta donde alcanza mi vista, que no es muy lejos, y al oeste termina en una puerta cerrada. Sólo eso.

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