EL DÍA EN QUE ME PERDÍ EN LA BALDOSA

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Sobre mi mesa tengo una pequeña baldosa. En la vida real, la uso para dejar sobre ella mi taza de té, y en mi vida imaginaria la empleo como posavasos para mis bourbons, sí, esos que me invento para dar carácter a mi personaje de escritor maldito cuando no tengo nada mejor que hacer. La compré en Lisboa, cosa que no viene mucho a cuento, pero que al menos puede ayudar a entender por qué en ella hay un gallo azul, además de hojas, ramas y flores, también bastante azules, por cierto. Añado, y se verá más adelante que la puntualización no es baladí, que un día se me rompió por la mitad, la baldosa, claro, y con un poco de pegamento la pude recomponer. Bueno, lo de la mitad es sólo una aproximación.

Pues el otro día estaba sentado en mi sillón, con una hoja en blanco en la pantalla del ordenador, preguntándome por qué era tan difícil tener ideas, contemplando mi baldosa, de la que acababa de retirar una taza de té consumida, y pensando en lo efímero de una taza de té, de un vaso de bourbon imaginario, de la primavera, del amor, de la vida misma. La miraba sin verla, pero de pronto me pareció que el gallo se movía. Incrédulo, concentré en ella toda la agudeza de que fui capaz. Pero antes de poder aclarar nada, la baldosa empezó a crecer y a crecer, y yo empecé a caer y a caer, y tras un rato de enorme confusión me encontré rodando por el suelo, entre ramas y hojas azules. Confuso y desorientado, me levanté. A mi alrededor, y hasta el horizonte, sólo había suelo blanco y vegetación azul. Desolado, cabizbajo, me pregunté qué era lo que me había sucedido, y cuáles debían ser mis siguientes pasos.

A la primera pregunta debo reconocer que todavía hoy, mucho tiempo después, no he hallado respuesta. Pero respecto a la segunda bien pronto se resolvió la incertidumbre. En efecto, a la que volví a alzar la vista divisé a lo lejos una enorme silueta azul bípeda, con cresta enhiesta y plumas arrogantes que se iba acercando a donde estaba yo. Como en mi estado de profunda zozobra no recordaba si los gallos, especialmente los azules, eran o no carnívoros, juzgué sensato ponerme a correr y poner cuanta distancia fuera posible entre el gallináceo y yo. Era urgente encontrar refugio, porque aquel bicho, incluso de lejos, no parecía muy amistoso. Corrí y corrí, exigiendo a mi corazón y a mis pulmones me temo que algo más de lo que estaban en condiciones de suministrar. El terreno seguía sin otro particular que sus plantas azules y su lisura blanca y cerámica, así que la cosa se estaba poniendo fea;  pero cuando ya empezaba a desesperar, noté que en el suelo aparecían una especie de grumos de algo solidificado. Al poco, llegué a una grieta que cruzaba mi camino y se extendía a lado y lado hasta perderse de vista. Algunos trozos de la grieta estaban rellenos de aquella sustancia solidificada, pero otros no, de manera que no me fue difícil encontrar una oquedad donde acomodarme, jadeante. Mientras yo bendecía mi escasa pulcritud a la hora de recomponer baldosas, el gallo pasó de largo, y pude sentirme, dentro de lo insólito de la situación, a salvo.

Así empezó mi vida de baldosita, que creo que es como debe llamarse a los habitantes de las baldosas. De ella conservo recuerdos fragmentarios y muy imprecisos. Sólo sé que pasó el tiempo, sin que fuera consciente de cuánto pasó, ni apenas de cómo pasó. Y poco a poco empecé a aceptar el hecho de que iba a vivir para siempre en aquella baldosa desierta, con la única compañía de un gigantesco y huraño gallo azul.

Pero no fue así. Un buen día, al salir de mi grieta-hogar, vi pasar a cierta distancia una silueta femenina. Era evidente que ella no me había visto a mí, pues estaba de espaldas, y caminaba alejándose, sin prisa ni apuro alguno. He de reconocer que experimenté casi una sacudida, y algo se removió en mi interior. Cuando uno vive en una baldosa, entre estar solo y estar acompañado hay una diferencia. Pero hubo algo más. Y no fue deseo, o no sólo deseo. Fue bastante más, y habrá que disculparme si no lo sé explicar mejor. Ella estaba lejos, y de espaldas, de manera que no pude ver su cara, ni apenas sus formas. Pero la silueta era profundamente femenina, y, a pesar de una evidente economía de movimientos, caminaba con gracia especial, nada afectada pero tremendamente atractiva. La estuve contemplando un rato, y cuanto más la miraba más cautivado quedaba por aquella silueta estilizada, por aquella espalda erguida y flexible, por aquella melena que parecía ejecutar un suave contrapunto a su ritmo de marcha, por aquellas piernas torneadas que convertían cada paso en un paso de baile, por aquellas caderas que parecían ondular suspendidas en el éter. Y bueno, sí, lo confesaré con todas sus letras: me enamoré perdidamente, como un tonto, de manera total e inapelable. Salí corriendo tras ella, con locos pensamientos de Adanes y Evas, y con un montón de mariposas aleteando en la boca de mi estómago, perdóneseme el fácil tópico. Al llegar a una distancia razonable, se me ocurrió que debía decirle algo, iniciar algún tipo de conversación. Como verán, no estuve muy brillante, pero estas cosas nunca se me han dado muy bien; entre mi torpeza congénita y las circunstancias, un tanto singulares, en mi descargo sea dicho, sólo se me ocurrió preguntar:

-Eh, oiga, perdone… ¿sabe si los gallos azules son carnívoros?

Se detuvo y, con la misma gracia que impregnaba todos sus movimientos, empezó a darse la vuelta, despacio. Yo, mientras, me estaba derritiendo, y esperaba ver su rostro, en el que estaba seguro iba a aparecer dibujada una sonrisa cálida de divertida sorpresa. Mi sangre se estaba acercando a su punto de ebullición y mi corazón latía más fuerte y más deprisa que si me hubiera perseguido un gallo, del color que fuera. Por eso lo que sucedió me resultó totalmente sorprendente: me quedé dormido. Sí, reconozco que es raro, pero yo creo que son cosas que son habituales cuando uno vive en una baldosa.

Al despertar, estaba en mi sillón, con una página en blanco en la pantalla del ordenador. La baldosa, inofensiva y con el gallo inmóvil en su centro, ocupaba su lugar habitual. La miré con incredulidad, la miré y la remiré, incluso la inspeccioné con una lupa, luego con otra lupa más potente. Si alguien cree que lo que me preocupaba era el gallo, o localizar la grieta que me había dado cobijo, se equivoca. Lo único que me interesaba era encontrar una silueta, femenina y esbelta. Pero no di con ella. Una punzada de dolor me advirtió de la llegada de un vacío de contornos muy bien definidos, un vacío de sabor dulceamargo orlado por una infinita añoranza, que me ha acompañado desde entonces.

Me puse a teclear, para explicar la historia, pero sobre todo para mantener la añoranza a raya. A menudo, me detenía y me quedaba mirando la baldosa. Ahí, en alguna parte, una silueta femenina me está esperando, aunque no sé cómo llegar a ella. Sé que todo suena raro, pero no hay nada tan real como una ausencia.

Así que no me digáis que fue un sueño.

 

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